Epilogo I. Después de la batalla
El soldado caminó con paso firme. El ruido de sus fuertes pasos resonaban por aquel vacio pasillo. No había nadie allí, todo desierto. Se detuvo delante de la puerta y esperó a que está se abriese. Allí, dentro del despacho principal, se encontraba su superior. Estaba sentado en una butaca, ausente completamente, como si anduviese por otro mundo. Se acercó hasta la mesa del despacho y espero a que el otro le hablase.
-¿Ocurre algo?-preguntó algo trastornado el superior-.
-Señor Prusia-empezó diciendo el soldado- Han llegado
Prusia lo miró con ojos grandes. Se levantó con la ímpetu, que la silla salió disparada hacía atrás, chocando contra la pared. El soldado, a pesar del silencio de su superior, no le fue difícil entender como este se sentía. Esbozó una sonrisa en su rostro y se hizo a un lado.
-Todos están allí, creo que quieren verle
Prusia le dedicó una sonrisa antes de salir corriendo hacia fuera. Corrió por los pasillos. Su corazón latía impaciente, emocionado, como si hubiese recobrado toda la esperanza que había perdido. La alegría se hacía visible en su rostro ¿Cómo no iba a estar feliz? Siguió corriendo a toda velocidad por los vacios pasillos de la base del HIDE y entró en la sala.
Se detuvo delante de la puerta, vacilando por primera vez ¿podía aquello ser real? Desde allí pudo ver a todos los que creía haber perdido, a todos los que podría haber perdido. Empezó examinando la sala. Los primeros que vio fueron sus tres mariscales. Riéndose como los 3 amigos que querían aparentar que no eran.
-¡Déjate de tonterías!-le replicó Syra- ¡¿Sabes lo preocupada que estaba?!
-¿De verdad lo estaba?-preguntó Leigh a la otra mariscal con una ceja al alza-.
-Nunca me había dado tanto la tabarra-suspiró Robyn. La chica sonrió y miró a su compañera, llevándose las manos a lado y lado de su cintura- ¿Dónde está la fría y tranquila Syra?
-¿Pero ha existido alguna vez?-preguntó Leigh-.
Y desde allí, Prusia vio como los tres estallaban en risas. Con una sonrisa en su rostro, dirigió sus ojos hacía donde España y Romano estaban.
-Entonces ¿Esto es el HIDE?-preguntó el mayor-.
Romano de cruzó de brazos y suspiró.
-Si-dijo con monotonía- Ya te lo he dicho, ellos nos ayudaron a derrotar a esos enemigos.
-Entonces-España luchó para que su risa no saliese a flote- ¿Te fueron a buscar en pleno campamento?
-¡¿De qué te ríes?!-gritó Romano-.
-Nada-se excusó el otro- Me imaginado la cara que Italia y tu deberías haber puesto ¡Hubiese dado lo que fuese por verlo!
-¡Cállate, idiota!-exigió el menor rojo como un tomate-.
Una sonrisa mayor fue esculpida en el rostro de Prusia. No solo estaba feliz porque su amigo había regresado del más allá, sino también porque pudo volver a ver esas pequeñas (pero entrañables) peleas entre Romano y España. Siguió su recorrido por la habitación, ahora fue el turno de encontrarse con Inglaterra y Estados Unidos.
-¿Me veo muy mal con este ojo?-preguntó el americano despreocupadamente-.
El inglés suspiró pesadamente, cruzó sus brazos delante de su pecho y miró al americano inquisitivo.
-¿Cómo le puedes dar tantas vueltas a eso?
-Hombre Inglaterra-soltó el otro- Es que un ojo amarillo…
-¡Que más da!-protestó el inglés- ¡Es solo un ojo!
-¡Claro!-replicó el americano- Como los tuyos están los dos del mismo color…
Vaya una discusión, la suya rió Prusia en su interior. Siguió mirando la sala, pero no encontró a aquella persona. Bueno, a aquellas personas. El lugar estaba plagado por agentes del HIDE pero las antiguas naciones eran fáciles de localizar entre tanto soldado ¿Por qué ellos dos no estaban? Sintió un frio puñal cruzar su corazón ¿Era posible que ellos dos…?
Con la preocupación invadiéndolo, se apresuró a llegar hasta donde los mariscales estaban. Los tres lo miraron expectantes, sin terminar de entender el porqué de su estado.
-Leigh, ellos…
Leigh lo miró extrañado y luego sonrió. Prusia miró a los otros mariscales. Robyn sonreía y, Syra, de brazos cruzados, lo miraba de forma entrañable. Prusia no terminaba de entender que estaba ocurriendo pero, en una corazonada, decidió voltear. Sus ojos se fueron abriendo por la sorpresa y, sin poderlo evitar, unas lágrimas asomaron por ellos. Se mordió el labio, tenía que evitar mostrar debili… ¡Al diablo todo el protocolo de parecer fuerte! Cogió y le abrazó, dejando que las lágrimas corriesen libremente por su rostro.
-West-dijo emocionado por verle de nuevo-.
Alemania, no, Ludwig sonrió y le devolvió el abrazo.
-He vuelto a casa, hermano
Sin darse cuenta, el reencuentro de los dos hermanos se convirtió en el centro de atención. Todos observaban la escena emocionados, con sus rostros inundados por la compasión, la felicidad de verlos reunidos de nuevo.
Leigh sonrió al ver a su superior mostrar (como pocas veces hacía) el carinyo que le tenía a su hermano. Miró a su alrededor, todos con aquellas sonrisas demostrando la humanidad que vivía en cada uno de los presentes.
-Quien diría-empezó a decir el mariscal en un susurro para sí mismo- Que este sería el final de esta aventura-sonrió-.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Inglaterra vació todo el estante. Hacía años (siglos tal vez) que no ordenaba aquellas estanterías repletas de viejos libros. Se los había leído todos, cuando cogía uno y miraba la portada de este, al instante recordaba todo lo que había grabado en sus páginas. Algunos eran novelas, otros ensayos científicos, la verdad, había una gran variedad de temas. De pronto, cogió un libro. Trató de seguir el mismo procedimientos que con los demás, recordar lo que había escrito y decir: "debería volvérmelo a leer". Pero hubo un pequeño contratiempo, no terminaba de recordar lo que había allí escrito. Intrigado, lo tomó y se sentó en la butaca, dispuesto a leerlo.
A medida que pasaban las páginas se preguntaba: ¿Cómo he podido olvidarme de este libro? Lo cerró y, con su mano encima la cubierta del libro, se recostó en el respaldo de la butaca y empezó a recordar.
-Hay un límite para la imprudencia-decía Leigh mientras observaba el portal que conducía hacía el más allá-.
Yo lo miré extrañado. Parecía como si aquel mariscal se hubiese perdido en los confines del infierno al que Romania, Noruega y otras naciones se habían lanzado. No terminaba de entender ese comentario suyo. Incluso, por un instante, me pareció que el que hablaba no era Leigh, era otra persona.
-¿Sabes, Inglaterra? Sé que puede parecer retorcido, cruel incluso, pero me alegro que haya ocurrido toda esta guerra.
-Leigh
Él sonrió ante mi tono de queja y ligera molestia.
-Sabía que podías reaccionar así. No es que esté contento con la masacre que hemos sufrido, o con todo el sufrimiento que hemos pasado. Yo he perdido compañeros en esta guerra, compañeros que no puedo recuperar, que solo pueden seguir con vida en mis recuerdos. Pero, aún así, esta guerra, el haberos conocido a todos vosotros: a Italia, a Romano, a Noruega, a Romania, a ti…-empezó a recitar- Ha hecho que, por primera vez, los miembros del HIDE, valoremos lo que es la vida ¿no es eso irónico? Nosotros, que somos humanos y estamos limitados por el tiempo, no pensábamos en que ocurría si alguien moría. Si eso pasaba decíamos: "Esta muerto" y todos podíamos dormir tranquilamente esa noche. Desde vuestra llegada, cada vez que un compañero se ha marchado de nuestro lado, hemos sentido la tristeza de su ida ¡Es como si las naciones nos hubieseis despertado la humanidad que escondíamos!-sonrió-.
Arthur no sabía cómo reaccionar a esas palabras. Podía entender los sentimientos de Leigh a la perfección a pesar que Leigh se explicó de una manera bastante complicada y difícil de entender.
-Ha sido un honor conocerte-sonrió el mariscal- Inglaterra
Inglaterra sonrió al recordar esas palabras del mariscal y volvió sus ojos hacía el ventanal de la sala.
-Así que las naciones despertamos su humanidad-sonrió orgulloso-.
