CAPÍTULO 4


Lo siento hijo, pero ya sabes cómo son estos clientes. Tu sabes que en cuestiones de trabajo, no hay nada que pueda hacer.

— Pero se supone que íbamos a visitar esos edificios con los de más —se lamentó Kurt, quien había persuadido a su padre de que lo acompañara.

— Bien, todavía puedes hacerlo tú. Llama por teléfono a Blaine y dile que después de todo, necesitas que te lleve en su auto o si no quieres hacer eso, puedes usar el coche de Carole — agregó el señor Hummel amablemente cuando vio la expresión en el rostro de su hijo.— Las carreteras todavía están heladas, no obstante, tendrás que conducir con cuidado. No me sorprendería que cayera mas nieve antes de que termine el mes.

Ante la opción de doblegar su orgullo y pedir a Blaine que lo llevara en su auto, o tomar el coche de Carole, no había mucho de dónde escoger en realidad, se dijo el joven con amarga ironía.

Sabiendo que, debido a su desviación en la ruta para recoger a la señora Duval y a Nick, Blaine tendría que salir temprano, Kurt esperó hasta ver que su auto descendía por el camino, antes de sacar de la cochera el auto de Carole.

Por suerte, el coche respondió al primer intento y fue relativamente fácil de maniobrar. De cualquier manera, condujo con extrema precaución mientras avanzaba por el sendero cubierto de hielo.

Hacía un frío terrible ese día, y el viento le flagelaba la piel. El cielo estaba gris y cubierto de nubes de tormenta, y Kurt se alegró de haber llevado consigo el abrigo con capucha que Sebastian y Thad le habían regalado la Navidad anterior. Lo miró mientras se abría paso entre las angostas calles de Lima.

Debió haber adivinado entonces lo que Sebastian tenía en mente. Era un regalo demasiado extravagante para un simple asistente, sin importar cuánto apreciara su desempeño profesional, pero aunque el regalo lo había sorprendido, nunca se le ocurrió que sería el preludio para el cortejo de su jefe.

Encontró con facilidad las casas, estacionó el coche a un lado del camino y se puso el abrigo antes de bajarse del auto. Por comodidad, se había puesto unos pantalones ajustados y botas altas. El color de la capucha, que había alzado para protegerse del viento, resaltaba a la perfección su cabello y su piel. Temblando a causa del viento helado, cerró con llave el auto y metió las manos en los bolsillos del abrigo, antes de encaminarse a los edificios.

Hunter Clarington y el banquero Russel Fabray, ya estaban allí y lo saludaron cordialmente. Pero el señor Clarington lo miró de una forma que el castaño había aprendido a reconocer durante sus años en Nueva York; sin embargó, ocultó su malestar tras una sonrisa amable, aunque distante y se apartó del hombre; al volverse de improviso, tropezó con Blaine quien llegaba en ese momento.

Las palabras de disculpa se ahogaron en su garganta.

El viento le arrancó la capucha de la cabeza y revolvió su cabello. Alzó una mano, impaciente, para acomodárselo y descubrió que estaba tan cerca de Blaine que si daba un solo paso, sus cuerpos entrarían en estrecho contacto. Más allá de él pudo ver a la señora Duval con su sobrino; éste lo miraba con los labios apretados y sus ojos eran como dardos de hielo. Kurt se dijo que era el frío lo que lo hacía temblar de esa manera, sintiéndose de repente vulnerable e inseguro.

-¿Estas bien?

Aun a través de la gruesa barrera de su abrigo, Kurt pudo sentir la presión de los dedos de Blaine en su brazo, sosteniéndolo.

Aspiró una bocanada de aire y casi se sofocó. Por alguna razón, le era imposible mirarlo a los ojos y, al mismo tiempo, no podía dejar de contemplar su rostro. Blaine se había cortado al rasurarse, y los dedos del joven ansiaron tocar esa pequeña herida. Tenía la boca reseca. Se mordió el labio inferior con nerviosismo, y entornó las pestañas para ocultar la expresión de sus ojos del escrutinio de Blaine.

—Es muy lindo tu abrigo, Kurt.

El castaño agradeció a la señora Duval que rompiera el tenso silencio con ese comentario y retrocedió un paso.

— Sí... sí... fue un regalo.

— ¿De tus padres? —preguntó Nick con lo que a Kurt le pareció descortés curiosidad.

Educado para no mentir, le fue imposible hacerlo.

—No... en realidad fue un obsequio de mi ex jefe. Estuvo a punto de agregar: "y de su novio", pero no tuvo oportunidad de hacerlo porque antes de que pudiera continuar Nick comentó con malicia:

—Caramba, sin duda te apreciaba mucho. Por supuesto, uno se entera aveces de algunos jefes que obsequian a sus asistentes lujosos regalos, pero siempre creí que eso no sucedía en la realidad.

Hubo un breve e incómodo silencio durante el cual, Kurt hubiera dado el mundo entero para no mirar al rostro de Blaine. Leyó la reprobación en sus ojos y adivinó lo que pensaba. Lo peor era que la terrible insinuación de Nick tenía algo de verdad. Sebastian había querido seducirlo, aunque Kurt fue tan ingenuo que no se percató de ello sino hasta que no pudo hacer algo respecto al abrigo. Jamás se había puesto a pensar en lo costoso del obsequio, pues después de todo, Sebastian y Thad eran extravagantemente generosos, de manera que él aceptó el regalo sin hacerse mayores cuestionamientos.

Sin embargo, no podía explicar todo eso a Blaine y, de cualquier manera, ¿por qué tenía que hacerlo? Se apartó de él y fue a reunirse con los demás, quienes no habían escuchado la conversación. ¿Qué diablos le importaba lo que Blaine Anderson pensara de él?

—Blaine, entremos; hace un frío espantoso aquí afuera —enlazando un brazo con el de Blaine, Nick pasó Junto a Kurt, con una sonrisa de triunfo en los labios.

Una vez en el interior de la casa, el ojiazul apartó a Blaine de su mente y trató de concentrarse en su tarea. Había llevado con sigo su iPad para tomar notas y escuchaba con atención mientras el médico explicaba sus planes respecto a los dos edificios.

—Sería imposible hacer todo lo que queremos de inmediato, mas las posibilidades son éstas: contamos, además de las casas con más de media hectárea de terreno, lo que bastaría para extensiones y estacionamiento. Visitaron las dos casas de arriba a abajo, mientras Kurt tomaba notas. Blaine sabía con exactitud lo que quería y tuvo la habilidad de expresarlo de manera que lo entendiera cualquiera con familiaridad y, contra su voluntad, Kurt se encontró animado por el entusiasmo del médico ante ese proyecto. No cabía duda de que era un plan meritorio y los demás pensaban lo mismo.

Ocupado en tomar notas, Kurt no se percató de que Blaine y él se habían quedado solos en uno de los cuartos, sino hasta que alzó la mirada y lo vio estudiarlo con una expresión pensativa, casi melancólica.

— Debe conocerte muy bien para haber escogido esto para ti.— Blaine alargó los dedos para tocar la suave tela del abrigo.— Nunca creí que llegarías a convertirte en un hombre capaz de enredarse con un alguien comprometido, Kurt. Pensé que tendrías demasiado orgullo para eso.

El corazón le dolió por el esfuerzo que tuvo que hacer para no decirle que estaba equivocado, que no era amante de Sebastian, pero Blaine tenía razón respecto a una cosa: tenía mucho orgullo. Demasiado para dar explicaciones a cualquier hombre y, especialmente a él.

—Ah! aquí estás, Blainey. Mi tía ya desea irse. Queremos que nos hagas el favor de quedarte a cenar con nosotros. Estoy de verdad fascinado con lo que piensas hacer aquí, aunque en realidad te estás desperdiciando en un pueblecito como éste. Deberías ejercer en Nueva York.

Charlando con animación, Nick se lo llevó consigo. A pesar de su abrigo, Kurt sintió un frío intenso. Tembló con una mezcla de indignación y angustia. El abrigo lo envolvía como una prisión. Lo condenaba, y de repente sintió un profundo odio por la prenda.

En realidad, Blaine se había equivocado en una cosa: Thad era quien había escogido el abrigo, no Sebastian.

Fatigado, con el ánimo en el suelo, siguió a los demás hacia la calle. La temperatura había descendido aún más y ya estaba oscureciendo. Abrió el auto y se deslizó al interior; encendió el motor y vio que el coche de Blaine ya no estaba allí.

Condujo a casa lentamente, oprimido por una tensión que lo obligaba a prestar toda su atención a lo que hacía. Entró al sendero y suspiró con alivio, pero el aliento quedó atrapado en su garganta cuando perdió el control del volante, el cual giraba por su cuenta como movido por una mano invisible, hasta llevar al coche a un costado del camino para hundirse luego en una zanja.

Le llevó varios minutos darse cuenta de lo que había sucedido y luego, toda una eternidad mientras luchaba, desesperado, por librarse del cinturón de seguridad. Fue en vano. Horribles imágenes del auto, envuelto en llamas, con él atrapado adentro, lo asaltaron hasta que de improviso; la puerta del coche se abrió con violencia y dos firmes manos se alargaron hacia él, librándolo del cinturón para arrastrarlo al exterior.

Alzó la mirada hacia su liberador, aturdido sin saber distinguir entre la alucinación y la realidad, y el nombre escapó de sus labios en un susurro: —Blaine... ¿qué...?

—No trates de hablar, no en este momento. —las manos del médico se movieron, expertas, sobre el cuerpo del joven; eran clínicamente exactas en sus movimientos y sólo cuando se aseguró de que nada estaba dañado, pareció relajarse un poco.

—El auto patinó y...

—Ya lo sé —repuso Blaine con voz calmada, amable.— Yo venía detrás de ti. Gracias a Dios que no te rompiste un hueso, por lo menos. ¿No te golpeaste la cabeza?

—No... creo que no.

— Te llevaré a mi casa para revisarte como es debido.

—No, quiero irme a casa.

—¿Con ese aspecto? —lo reprendió Blaine.— ¿Qué crees que va a pensar tu padre y Carole al verte entrar así, en esas condiciones? —Kurt bajó la mirada hacia su cuerpo y luego la alzó de nuevo, con perplejidad.— No discutas, Kurt.

— Pero, el coche...

— Pediré a alguien que venga a recogerlo. Ahora ven, protejámonos de este viento endemoniado.— Kurt intentó caminar, pero el médico, ahogando una maldición lo levantó en brazos con facilidad, como si fuera una pluma, a pesar de ser un poco más bajo que Kurt.

— Blaine...

— No hables —aconsejó él, con voz tensa.

El auto del doctor estaba detenido a pocos metros del de Kurt. Blaine abrió la puerta trasera y lo depositó con cuidado en el asiento. Kurt miró por encima del hombro del médico y vio que había comenzado a nevar.

— Está nevando —anunció con voz débil.

—Ya lo noté. — Kurt no podía explicar el motivo del tono sarcástico del moreno, y las lágrimas le provocaron escozor en los párpados; se le formó un nudo en la garganta. Estaba sufriendo un shock, se dijo, pero percatarse de esto no disipó el dolor que le atenazaba el pecho, y retrocedió cuando Blaine se inclinó sobre él, como si estuviera huyendo de alguien que pretendía atacarlo.

Lo oyó mascullar una maldición, y luego escuchó el ruido de la puerta al cerrarse, con violencia.

Cerró los ojos y trató de no echarse a llorar. La puerta del conductor se abrió y el auto osciló un poco, La puerta se volvió a cerrar, el motor cobró vida y Kurt se puso tenso cuando Blaine lo puso en marcha.

El ojiazul vio el coche de su padre estacionado fuera de la casa cuando pasaron frente a ella, pero Blaine no se detuvo y Kurt no encontró fuerzas para protestar. Pudo oír que la grava del sendero que llevaba a la casa de Blaine crujía bajo las ruedas del vehículo, mientras enfilaban hacia el edificio y, un momento después, el auto se detuvo. Kurt se incorporé y alargó la mano hacia la puerta.

—Espera —dijo Blaine, Volviéndose en su asiento—. No quiero que te levantes hasta que te haya revisado bien. Te llevaré en brazos a la casa.

Ocho años antes, hubiera estado delirante de placer ante la idea de ser llevado en brazos por él, mas ahora, todo lo que sentía era aprensión, y un leve dolor que no tenía una explicación lógica.

—Creí que irías a cenar a la casa de la señora Duval.

Cuando él se inclinó para tomarlo en brazos y sacarlo del coche, Kurt se sintió abrumado por su reacción ante la proximidad de sus cuerpos. Una sensación de agudo pánico lo asaltó y tuvo que forzarse para respirar con normalidad.

—Pues te equivocaste. —el tono cortante de Blaine le indicó que no debía ahondar en el tema.

Podía sentir los copos de nieve que le caían sobre el rostro mientras él lo llevaba al interior. El médico hizo una pausa para abrir la puerta; lo cambió de posición en sus brazos, de manera que, por un instante el rostro del castaño quedó contra el cuello de Blaine. Kurt pudo percibir el aroma de su piel; de inmediato, su cuerpo se puso tenso y su cara se deformó en una expresión de ansiedad que él interpretó como un gesto de dolor cuando empujó la puerta con el pie y encendió la luz del vestíbulo.

—¿Qué sucede?

Kurt no pudo hablar, sólo se limitó a mover la cabeza. Blaine entró con él en brazos a la biblioteca, y lo depositó en un mullido sofá de piel.

—No te muevas de aquí, llamaré por teléfono a tu padre para explicarle lo sucedido. Luego regresaré para revisarte.

Antes de irse, se inclinó para encender la leña preparada en la chimenea. Kurt vio danzar las llamas y las escuchó crepitar mientras esperaba su regreso; todavía sufría el shock del accidente, se dijo, incapaz de admitir que el impacto mayor no se debía a eso, sino a la proximidad de Blaine y a la aceptación de lo que su cercanía estaba provocando en él.

El médico regresó a los pocos minutos, con aire sombrío.

— Le dije a tu padre que no hay de qué preocuparse, pero por el bien de Carole, ambos convenimos en que es preferible que te quedes aquí esta noche. Le dirá a Carole que pasé por ti para invitarte a cenar. Si vas a tu casa con el aspecto que tienes ahora, podrías causarle una recaída — se puso de rodillas frente a él y le quitó sus botas con facilidad antes de que Kurt pudiera protestar. El calor de la palma de su mano, sosteniéndole el arco del pie, los largos dedos rodeándole el tobillo, hicieron que el corazón de el castaño latiera al doble de su ritmo normal.

— Temo que tendrás que quitarte esto también — dijo Blaine al levantarse, señalando los pantalones.

La expresión de Kurt se congeló y supo que no habría modo de que hiciera lo que él le pedía. En efecto, era médico, pero seguía siendo Blaine, se recordó con espanto. Sabía que su actitud era tonta, pero por una razón desconocida, no quería que su amigo observara su cuerpo con la misma indiferencia clínica con que lo había estudiado antes.

—Estoy perfectamente. —declaró, y para demostrarlo, se puso de pie y dio algunos pasos tentativos, antes de comenzar a temblar y volver a desplomarse en el sofá.

Blaine lo miró con irritación creciente.

—¿Qué sucede, Kurt? —inquirió con severidad.— ¿No pensarás que pretendo aprovecharme de la situación?

El joven se sonrojó.

—No seas ridículo... —su voz le pareció extraña y densa al emitirla, casi como si estuviera sofocado. Volvió la cabeza y agregó con dificultad:

—Sé muy bien que no te intereso como hombre.

No pudo verlo, pero percibió su perplejidad en el silencio que siguió a sus palabras. Por fin, tuvo que volverse a mirarlo y se encontró con el intenso brillo de incredulidad en los ojos de Blaine.

— ¿De verdad es eso lo que piensas? —se puso de rodillas de nuevo ante él y le tomó el rostro entre las manos para que no pudiera esquivar su mirada. —¿Eso crees?

Kurt trató de mover la cabeza, pero no lo consiguió. Se pasó la punta de la lengua por los labios resecos.

—Me has rechazado y agredido desde que regresaste a casa, Kurt. Yo pensaba que era porque... —Blaine se interrumpió y sacudió la cabeza. —Kurt... ¿Qué ha sucedido entre nosotros? ¿Qué anda mal?

Kurt no pudo dejar de notar el tono seductor de su voz. Lo había herido una vez, tan profundamente que él nunca logró recuperarse. ¡Tenía que recordar eso!

Se retorció bajo la mano del médico y él lo soltó de inmediato, con expresión seria.

—No se qué clase de juego estás haciendo conmigo, Blaine. —dijo el castaño.— Ya me humillaste una vez y no voy a dejar que lo hagas de nuevo. Tal vez puedas actuar como si nada hubiera sucedido... como si no me hubieses acusado virtualmente de ser una zorra... un cualquiera... —el rubor cubría ahora sus mejillas y los ojos le brillaban por las lágrimas no derramadas, mientras su cuerpo temblaba de dolor.

Perdió la voz y, como sabía que estaba próximo al llanto, apretó los puños con fuerza y volvió el rostro hacia el respaldo del sofá para evitar la mirada de Blaine. Lo oyó ponerse de pie y caminar hasta detenerse ante la chimenea, bloqueando su calor. Luego, el médico se movió y Kurt lo escuchó decir, con voz ahogada:

— No tenía idea de que te sentías así... ¡Por Dios, Kurt! ¡No puedes guardarme rencor por eso todavía! ¿Qué podía hacer yo? —lo escuchó acercarse y retrocedió, pero Blaine no lo tocó; sin embargo, su voz se endureció.— ¡Eras un niño! —exclamo casi con angustia.

Kurt se incorporó para mirarlo a la cara.— Tenía diecisiete años. —declaró con amargura.

— Como dije, un niño. —Lo miró con severidad y luego masculló algo inaudible. —Un niño muy provocativo quizás... pero un niño de cualquier manera. —Los ojos de Blaine se oscurecieron de pronto.

Era Kurt quien debía estar enfadado, no Blaine, se dijo sin comprender la ira del medico. De repente este lo tomó de los hombros y lo hizo volverse hacia la luz de la chimenea.

— Tal vez tengas ocho años más, Kurt, pero eso no parece haberte hecho madurar. Has conservado tu rencor y tu amargura, sin tratar de entender mi punto de vista. ¿Qué diablos podía hacer yo? ¿Qué pensarías ahora de mi si hubiera aceptado tu ofrecimiento? ¡Dime! ¿Qué pensarías?

Era algo que nunca se le había ocurrido y sus ojos se dilataron cuando él lo obligo a enfrentar la realidad de lo sucedido en el pasado. Ahora, a los veinticinco años, ¿qué pensaría de un hombre, de ésa misma edad, que se aprovechara del enamoramiento de un chico inexperto de diecisiete para saciar su deseo?

Perplejo, aturdido, se dejó caer contra el brazo del sofá, como un muñeco de trapo, cuando Blaine lo soltó de improviso.

—Jamás trataste de ver la situación desde mi punto de vista, ¿verdad? —Blaine recorría el salón de uno a otro lado, con el rostro vuelto hacia la oscuridad.— ¡No puedo creer que hayas guardado este rencor contra mí durante tantos años! Sé que debí lastimarte, Kurt, pero no me quedaba otra opción... ¿no puedes entenderlo? ¡Estaba asustado por ti! ¡Eras tan inocente, tan ingenuo! No tienes una idea de... —hizo una pausa, tenso, y se pasó la mano por el cabello.— No estoy en el estado de ánimo adecuado para profundizar en esto ahora, pero... no imaginaba que te sentías así... —sacudió la cabeza con profunda incredulidad.

—¿Y a ti qué te importa lo que yo pudiera sentir? —replicó Kurt, entre dientes con voz apenas audible, pero Blaine lo escuchó, pues lo tomó de los brazos y lo hizo incorporarse hasta quedar a unos centímetros de él.

— ¡Mierda! ¡Claro que me importa! —rugió.— ¿Crees, por un instante, que si entraras ahora y te me ofrecieras como aquella vez, podría rechazarte?

Kurt lo miró con asombro. Buscó en su rostro alguna señal de ironía y sólo encontró angustia y... deseo?

Fue como si lo hubiera golpeado un puño de acero en el pecho. ¡Blaine lo deseaba! Abrió la boca y volvió a cerrarla; y luego lo oyó decir, con voz densa, extraña.

— Vuelve a hacer eso... —y la boca del castaño se abrió, de forma instintiva para absorber el calor de la boca de Blaine cuando él lo besó con una avidez contra la que Kurt no tuvo defensa alguna.

Lo oyó murmurar contra sus labios:

—No sabes cuánto he deseado hacer esto, Kurt. Incluso entonces... ¡que Dios me perdone! Te deseo, Kurt. Quisiera llevarte arriba conmigo para hacerte el amor hasta...

El castaño reaccionó en ese momento, con escandalizado horror. Trató de retroceder y sacudió la cabeza.

—¿Qué sucede? Kurt lo apartó de sí y volvió a negar con la cabeza. Al hacerlo, lo vio fruncir el ceño y dirigir la mirada hacia el abrigo de piel.— Ya entiendo... estás pensando en él, ¿verdad? —sus labios se endurecieron y sus ojos se ensombrecieron por amargura.— Tendrás que perdonarme. Olvidé que estabas... con alguien más.

Habría sido la cosa más fácil del mundo decirle que se equivocaba, pero su último resto de sensatez se lo impidió. Blaine lo deseaba, lo había dicho y sólo Dios sabía cuánto lo había deseado a su vez. En el momento en que su boca tocó la de él, se dio cuenta de cuán intensamente ansiaba sus caricias; ocho años de rencor nada habían cambiado. Reconoció desde el momento en que sus labios se unieron, que todavía lo amaba; pero esa vez no era el amor de un niño, sino el de un hombre.

Una parte de Kurt no podía creerlo... no quería creerlo y sin embargo, era cierto. Tuvo que esforzarse para controlar la risa histérica que se agolpaba en su garganta.

—Más vale que te lleve a casa.

Kurt no puso objeción y lo dejó escoltarlo a la puerta, con los labios todavía palpitantes por la presión del beso. Su cuerpo vibraba con mayor intensidad... era mas que el deseo ligero despertado alguna vez por Sebastian.

¡Qué irónico era el destino! Casi podía reír ante la absurda suposición de Blaine de que Sebastian era su amante, pero mientras siguiera creyendo eso, Kurt estaría seguro.

Si Blaine descubría alguna vez que ningún hombre lo había tocado aún, que ninguno lo había excitado de la forma en que él lo estimulaba, entonces estaría perdido. Perdido, porque Blaine lo tomaría sólo por deseo, y eso era algo que Kurt no podría soportar.

Cuando era adolescente, creyó que si un hombre tenía una relación física con alguien más, eso era señal inequívoca de que se amaban. Pero ahora era adulto, ahora sabía que no siempre sucedía así. El médico no había dicho que lo amaba y no podría entregarse a Blaine sabiendo que, aunque ese hombre era todo en la vida para Kurt, para Blaine sólo sería un joven al que había deseado durante muchos años.

Blaine lo llevó a su casa en silencio y estacionó el auto cerca de la puerta.

—No, no entres conmigo —se apresuró a decir Kurt después de abrir la puerta y, para su alivio, Blaine regresó al coche y se marchó, dejándolo que enfrentara solo el asombro de su padre al verlo regresar más temprano de lo esperado.