CAPÍTULO 5
Kurt se alegró de tener la excusa del accidente con el auto para explicar su palidez y tensión cuando subió a ver a Carole. El impacto, no sólo del descubrimiento de su amor por Blaine, sino también por la ira que él había mostrado cuando Kurt habló de su rencor de ocho años de duración, no era cosa que pudiera apartar de su mente con facilidad.
Comprendiendo que su hijastro estaba trastornado y nervioso, Carole Hummel tuvo la sensatez de no interrogarlo demasiado, y le sugirió en cambio, que se acostara temprano.
— Se supone que tú eres la convaleciente, no yo —protestó el joven con la sombra de una sonrisa.
— No lo sé. Tu padre me dijo que Blaine parecía preocupado cuando llamó. Debo admitir que esperaba verte en un estado más lamentable cuando llegaras a casa.
Lo que su madrastra no sabía, reflexionó Kurt con amarga ironía, era que todas sus heridas eran invisibles.
— ¿Por qué no entró Blaine cuando te trajo? Sabe que siempre es bienvenido.
— La señora Duval lo invitó a cenar —explico Kurt con una mentira a medias, pues el médico había rehusado la invitación desde el principio.
—A instancias de su sobrino, sin duda Blaine es un hombre muy atractivo. —la señora Hummel hizo una pausa, como si esperara que Kurt negara la aseveración pero él no sabía mentir. El ojiazul se levantó de la cama temblando ligeramente al recordar la pasión y el deseo con el que Blaine lo habia besado Si Nick hubiera sido el que se encontrara entre los brazos del médico, dudaba de que hubiera huido como un niño asustado... ¿Qué le sucedía?, se preguntó mientras se preparaba para acostarse. Había hecho lo correcto, lo único posible dadas las circunstancias. Lo amaba demasiado para conformarse con una breve aventura, sin importar cuán apasionada pudiese llegar a ser.
Durante una semana, no vio a Blaine y trató de convencerse de que se alegraba de ello. La nieve que su padre había pronosticado cayó en abundancia una noche, cubriendo las calles de Lima con un manto blanco. Una feroz helada posterior a la nevada, los obligó a quedarse en casa virtualmente incomunicados, pero Kurt descubrió después de la segunda ocasión en que deliberadamente evitó estar presente cuando Carole debía recibir la visita del médico, que Blaine tenía tan pocos deseos de verlo como Kurt de encontrarse con él, pues no fue Anderson quien los visitó, si no un colega.
Ya había reordenado las notas tomadas en la reunión del comité, y las llamadas telefónicas del señor Fabray y la señora Duval confirmaron que ya efectuaban los preparativos para el baile de más caras.
Tan pronto como lo permitieron las condiciones del clima, Kurt y su padre fueron a Westerville para comprar las invitaciones en una tienda especializada. Su padre, quien tenía asuntos de trabajo que arreglar con un abogado de ese condado, había sugerido que almorzaran juntos en un pequeño restaurante que siempre fue el favorito del castaño desde pequeño una vez que ambos hubieran terminado sus respectivos asuntos.
Un buen fuego crepitaba en la chimenea del establecimiento y, cuando Kurt indicó su nombre, le informaron que el señor Hummel no había llegado aún, y le ofrecieron un asiento confortable en uno de los mullidos sillones del área del bar.
Acababa de ordenar un cocktail, cuando se abrió la puerta y entró una pareja. Kurt sintió que una tenaza de acero le oprimía el corazón al reconocer a Blaine y a Nick, quien aferraba posesivamente el brazo del médico.
Nick miró a Kurt sin sonreír; sus ojos eran sombríos y amenazadores. El castaño apartó la mirada y se mordió el labio inferior. La vista se le nubló mientras la fijaba en el fuego de la chimenea, luchando por contener las lágrimas.
Blaine tenía razón. No había madurado... se comportaba como un tonto adolescente y no como un sofisticado hombre de veinticinco años.
— ¡Vaya, qué pequeño es el mundo! —comentó Nick con su habitual hipocresía.— Pero, después de todo, en estas regiones es fácil toparse con conocidos. ¿Estás solo?
Kurt tuvo dificultad en asumir un tono lo bastante cortés para responder:
— No, estoy esperando a mi padre. Vine con él esta mañana a ordenar las invitaciones para el baile.
Oh, debiste dejarme eso a mí. Tengo un magnífico impresor en Nueva York.
La sobreactuada voz enervó a Kurt. Se dijo que había algo muy ridículo en un hombre maduro que utilizaba ese tono idiota al hablar.
— Blainey, me muero por una copa. —dijo entonces Nick, dirigiéndose a su acompañante.— Algo suave. Te dejaré elegir; ya sabes lo que me gusta.
Kurt tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no mirar a otra parte, mientras el ridículo de Nick contemplaba a Blaine, con un parpadeo estúpido y demasiado afeminado. Kurt de pronto sentía deseos de vomitar. Con ánimo un poco sombrío, se preguntó cuándo entendería Nick que él no representaba un peligro como rival en potencia en lo que a Blaine se refería. Debería haberse dado cuenta de eso por la indiferencia con la que el médico lo había saludado. La expresión de desdén y disgusto debió ser evidente, incluso para una persona tan poco observadora como el sobrino de la señora Duval.
Mientras Blaine iba a la barra, Nick se inclinó hacia Kurt para preguntar con malicia: —¿Qué piensas ponerte para la cena-baile? Creo que ordenaré que me hagan un traje nuevo. Mi tía sugirió que vaya otra vez con mi diseñador, llevaré algo exclusivo por supuesto. Sus diseños son sencillamente perfectos. No tiene caso que te mencione el nombre... No creo que lo conozcas.
Kurt apenas logró reprimir el amargo comentario de que no tenía que hacer mención de un famoso diseñador de modas. Por favor! Si alguien aquí puede lucirse con un vestuario, soy yo! Por suerte, antes que pudiera dar expresión a sus pensamientos, Blaine regresó. Sin tener que mirarlo, el ojiazul sintió su presencia con aguda percepción, y se dio cuenta de que Blaine había preferido sentarse al otro lado de Nick, lo más lejos posible de él.
Desde su último encuentro, Kurt había tenido tiempo para pensar en lo que él le dijo, y aceptaba la verdad de sus comentarios. Por supuesto que Blaine no podía haberle hecho el amor; era claro que había sido su deber moral rechazarlo; y por supuesto que ahora comprendía por qué fue tan cruelmente claro al enumerar los peligros a los que Kurt se exponía con su conducta imprudente. Pero lo que Blaine no comprendía, era que él nunca se habría ofrecido de esa forma a otro hombre. Lo que no entendía era la intensidad de sus sentimientos hacia él.
— Estaba diciéndole a Kurt que tendré que ir a Nueva York para que me diseñen un traje de etiqueta para el baile —Nick hizo una mueca ridículamente coqueta mientras sonreía a su acompañante.— ¿Por qué no vienes conmigo, Blainey? Te hará bien un descanso. Trabajas demasiado. —Una sensación muy parecida a la náusea comenzó a florecer y crecer dentro de Kurt al verse obligado a escuchar la charla de ellos. Apartó la mirada, procurando no oír la réplica del médico y sintió un gran alivio al ver que su padre entraba en el restaurante. Casi volcó su copa por la prontitud con la que se puso de pie para recibirlo.
— Hola, Blaine. No esperaba verte aquí. —Burt, ¿Cómo estás? Tuve que venir a Westerville para arreglar algunos asuntos. — Y temo que yo vine a distraerlo —intervino Nick con una sonrisa que trató de ser interesante. Kurt pudo darse cuenta de que estaba en la punta de la lengua de su padre invitarlos a que almorzaran con ellos, y supo que el espectáculo de Nick siendo demasiado agradable con Blaine, le estropearía la digestión.
— Papá... si no te importa, preferiría volver a casa. No tengo... no tengo apetito.
No le importo lo falsas que pudieran parecer sus palabras ni delatar con ellas su aflicción. Tampoco le interesó la mirada profunda y perspicaz que le dirigió Blaine. Lo único que le importaba era salir de allí; sentía que se sofocaba.
Vio que su padre fruncía el ceño, pero como si se percatara de su malestar, repuso con gentileza: — Bien, si es lo que quieres... Debo admitir que no me gusta dejar sola a Carole demasiado tiempo.
Al salir al aire frió de la calle Kurt reflexionó extrañado en la mirada que creyó notar en los ojos de Blaine mientras lo miraba partir.
...
— Teléfono para ti, Kurt.
El corazón le dio un vuelco en el pecho mientras atravesaba el vestíbulo. Se habia dicho que se comportaba de manera absurda y que Blaine no querría llamarlo especialmente después de haber comprobado, al verlo con Nick en Westerville, que salía con el sobrino de la señora Duval; de cualquier manera, su agitación no cesó sino hasta que tomó el teléfono y escuchó la conocida voz de Thad.
— ¡Thadl! ¿Cómo estás? ¡Qué gusto!.
— Lamento molestarte, Kurt, pero necesito desesperadamente tu ayuda. Sebastian debe volar a Hollywood dentro de dos días y ya sabes cómo es. Todo se vuelve pánico y nerviosismo, y parece que ahora no puede encontrar las partituras del último trabajo que hizo... Ni siquiera se el nombre. Jura y perjura que debe estar archivado con algún otro, pero no las encuentro, y puedes recordar lo insoportable que se vuelve cuando se pone nervioso. Quiere llevarlo consigo pues cree que tal vez se interesen en emplear esa pieza musical en la película. ¡Eres mi última esperanza!
A pesar de su propia desdicha Kurt sonrió para si. Los métodos de archivos de Sebastian eran notorios por su desorden.
— Ni siquiera tienen nombre, Thad... No se me ocurre dónde puedan estar por el momento. ¿Ya intentaste en lo que está pendiente para archivar? ¿O en el mueble junto al aparato de mezclas? ¿O tal vez en el archivero, en la letra "E"?
— ¿La "E"?
— Sí, de errores —respondió Kurt, sonriente.
—He buscado por todas partes y ya no sé que hacer. —El castaño tuvo compasión de Thad.— Escucha, sé que es demasiado pedir, pero... me preguntaba si... si aceptarías venir —suplicó el prometido de su ex jefe.— Podríamos instalarte aquí para que pases la noche, y así me ayudarías a buscar entre los expedientes. Ya sabes el efecto apaciguador que ejerces sobre Sebastian; en este momento, quisiera archivarlo en la letra "M", de monstruo.
— Thad, temo que no podré ir... —Lo que menos necesitaba en este momento era lidiar con la insistencia de Sebastian.
Hubo un silencio, luego una breve exclamación de desaliento, que hizo sentir muy mal a Kurt. En ese momento, su padre, quien entraba en el vestíbulo, preguntó:
— ¿No podrás hacer, qué?
— Ir a Nueva York —respondió Kurt cubriendo el auricular con la mano.— Thad quiere que le ayude a encontrar unas partituras de Sebastian.
— Por supuesto que puedes ir. Además, te haría bien —afirmó el señor Hummel.— Necesitas un descanso. También podrías aprovechar para comprar un traje para el gran baile e invitar a tus amistades de Nueva York. Me daría mucho gusto volver a ver a ese amigo tuyo... ¿Cómo se llama? ese chico rubio...
— ¿Jeff? —Kurt ya había olvidado que a su padre le caía extremadamente bien su amigo de la universidad.
— Ese mismo! Puedes aprovechar tu viaje a Nueva York para invitarlo, a él y a tu ex jefe y a su novio.
Kurt frunció el ceño. Lo de Jeff era buena idea pero por otra parte... difícilmente podría explicar a su padre, o a Thad, por qué no quería ver a Sebastian otra vez, mucho menos invitarlos al baile. Se mordió el labio inferior y luego escuchó que Thad preguntaba con ansiedad si se había cortado la comunicación.
— No... Todavía estoy aquí.
— Escucha, Kurt, detesto presionarte, pero de verdad necesito ayuda. ¡No tienes idea de cómo están las cosas aquí! Sebastian me ha vuelto loco y... además... —su voz pareció desvanecerse por un momento y luego recuperó ímpetu cuando agregó, con una desesperación que apretó el corazón del ojiazul.— No puedo fingir contigo Kurt... Sospecho que anda metido en otra aventura y eso lo ha vuelto más insoportable que nunca.
En ese caso, se dijo Kurt, quizá no correría mucho riesgo si veía otra vez a su ex jefe.
— Bien, si de veras me necesitas...
— ¡Oh, eres un encanto! ¿Cuándo podrás venir? —Antes de colgar; acordaron que Kurt tomaría el primer tren al día siguiente y que pasaría la noche en casa de Sebastian y Thad antes de regresar a Lima. Kurt quedó muy conmovido cuando, esa noche, su padre lo llamó a su estudio y le entregó un cheque por una suma muy cuantiosa para que se comprara un traje nuevo para el baile. Cuando él objetó la generosidad del señor Hummel, recordándole lo mucho que le había costado hacer que repararan el auto de su esposa, arruinado por el accidente, su padre le dijo que no fuera tonto y agregó; con entusiasmo:
—Además, el honor de Lima depende de ti, ya lo sabes. ¡No podemos dejar que mi hijo sea opacado por un extraño!
Kurt rió de buena gana, él no se dejaría opacar por Nick y su costoso traje de diseño exclusivo.
Para que su padre no tuviera que madrugar, Kurt ordeno un taxi para que lo llevara a Westerville, donde abordaría el tren. Cuando la alarma sonó, a las cuatro de la mañana, se levantó, se bañó rápidamente y se vistió como autómata. No se sintió mucho mejor cuando por fin estuvo en el tren y salió del vagón comedor para ir a acurrucarse y recobrar un poco del sueño perdido en la comodidad de su asiento, en la sección de primera clase. Cuando llegó a Nueva York, recibió una grata sorpresa al descubrir que Thad había ido a recibirlo.
— No debiste haberte molestado —protestó Kurt, cuando se apartó del fuerte abrazo de bienvenida.— Yo podría haber ido solo a Brooklyn y, además, debes tener mil cosas que hacer.
— Mil y una —aceptó Thad con irónico desaliento.— Pero necesitaba el consuelo de un hombro sobre el cual desahogarme —recibió la mirada comprensiva de Kurt con una sonrisa irónica.— No me compadezcas; después de todo, estoy con él por decisión propia, pero hay ocasiones en las que me pregunto si soy estúpido o masoquista. Me consuelo siempre pensando que, muy en el fondo, Sebastian me ama... a su manera.
—Claro que te quiere, Thad. Lo sé.
—Es posible. Eso es lo que siempre me digo, pero empiezo a dudarlo. No sería tan terrible si los demás compartieran tu código moral, Kurt —vio la expresión de sorpresa en el rostro del ojiazul y le dirigió una triste sonrisa.— Oh, puede que sea tonto, Kurt.. pero no a tal grado. Los que están en mi situación... los que tenemos parejas infieles... pronto aprendemos a reconocer las señales de advertencia. Debo admitir que, en tu caso, me tardé un poco más. Fue cuando quiso comprarte el abrigo que me di cuenta.
— Pero, de cualquier manera tú...
— Yo lo escogí, porque era un regalo que merecías con creces. Debo admitir que hubo un momento en el que me pregunté si serías capaz de resistir. Es un hombre atractivo, y muy persuasivo cada vez que se propone algo... pero cuando dijiste que ibas a renunciar, comprendí que no tendría que preocuparme por ti.
Kurt vio que la tristeza asomaba en los ojos de Thad y maldijo en silencio a Sebastian, por su egoísmo e insensibilidad. ¡Nunca se había alegrado más de no haber cedido al impulso de convertirse en el amante de su ex jefe!
— ¡Y me prometí que no me comportaría así! Lo que pasa es que... —Thad calló de repente y cuando Kurt lo miró, se dio cuenta de que algo extraño pasaba por su mente...
Thad notó su expresión de desconcierto y agregó con voz fatigada:
— Sí, absurdo, ¿verdad? Lo amo demasiado pero... ¡No creo poder aguantar más tiempo! Y no tengo idea de lo que dirá Sebastian. Por el momento, sólo cree que estoy de muy mal humor... no pienso decirle nada hasta que estemospor salir a Hollywood. Si le digo ahora que... No podría en este momento... No ahorita que está saturado de cosas con el viaje... Y ya sabemos lo que podría suceder.
— ¡Vas a dejarlo! ¿Estás seguro?
— No lo he decidido aún... es una posibilidad... Incluso pensé en adoptar un bebé! Pero no tengo idea de cómo lo vaya a tomar Sebastian. No comentes nada...
El tráfico estaba muy denso. Al fin lograron enfilarse hacia la cómoda casa en Brooklyn.
— Sebastian salió —informó Thad mientras abría la puerta frontal y llevaba a Kurt hacia el estudio de su prometido.— Salió hecho una furia. Sin duda fue a ver a Adam, en busca de compasión y consuelo.
Había, en la voz de Thad, un dejo de amargura que no era habitual en él. —Se cansará de ese joven, a la larga, Thad.
—Lo se... Siempre me dijo que era afortunado por estar con un hombre como Sebastian, y que debía pagar el precio de mi buena suerte pero empiezo a preguntarme si no sería mejor haber elegido a otro... un hombre que me respetara y pensara un poco en mi y no solo en él mismo...
Kurt lo miró, sin saber qué decir. —Thad... eso del bebé... puede ser una buena idea!
— ¡Oh, no me hagas caso! No creo que a Sebastian le agrade que llegue y le diga... "Mi amor, mira... he iniciado con los trámites de adopción... creo que eso será la solución a tus constantes infidelidades... Venga! seamos papás!"... Ven ayúdame a encontrar esa maldita partitura. Le pediré a Lucy que nos prepare café.
Mientras Thad iba a la cocina, Kurt comenzó a buscar entre las carpetas del archivo. Tardaron dos horas en hallarlas; estaba intercaladas entre dos carpetas y se había deslizado hasta el fondo del cajón.
—¡Si tan sólo le hubiera puesto un maldito nombre a la letra! ¿Por qué no lo habrá hecho? —exclamó Thad con molestia.
— Sólo Sebastian lo sabe... —dijo Kurt con ironía acostumbrado al hábito de su ex jefe de dejar los documentos donde fuera y como fuera con tal de quitarlos de su escritorio.
— Bien pues ya lo tenemos — Thad se desplomó en su sillón — Debes estarme odiando por haberte hecho venir hasta acá, sólo para esto.
— No, no te preocupes. Tenía que venir a Nueva York, de cualquier manera. Necesito comprar un Traje de etiqueta para una cena baile.
— No hace falta que te molestes en ir a comprar algo — aseguró Thad.— Lo que debes hacer es alquilar uno. Podrás encontrarlo en una agencia teatral; tienen unos atuendos fabulosos.
Thad estaba en lo cierto, reconoció Kurt.
—Creí que era necesario ser miembro de la asociación teatral para alquilar algo en uno de esos lugares.
—Ser la pareja de Sebastian tiene sus ventajas —repuso Thad con un guiño significativo e irónico— . Yo te acompañaré. — Kurt se dejó persuadir pensando que Thad necesitaba distraerse en lugar de seguir preocupado por los revolcones de Sebastian. Una hora después, les mostraban varios trajes que habrían dejado mudo a Nick.
—¿Qué le parece éste? —sugirió la mujer encargada, quien tenía en la mano un increíble traje de etiqueta negro, con chaleco de satén con detalles bordados muy finos, el gazné era de igual manera negro, y la camisa blanca.— Fue diseñado para una de las obras más importantes de Broadway: "El fantasma de la ópera", quedará perfecto con su pelo castaño y su cutis tan blanco.
Kurt tocó con los dedos la delicada tela del chaleco y se preguntó, maravillado, cómo habrían logrado los diseñadores ese maravilloso efecto.
—Pruébatelo —lo animó Thad.
Kurt necesitó la ayuda de la asistente para anudar el gazné. El chaleco se ajustaba a su cuerpo de manera perfecta. Cuando comentó esto, la asistente sacudió la cabeza.
—Así es como debe ser. Le queda perfectamente y también el largo del pantalón es el adecuado. No habrá que hacerle ajuste alguno.
Thad se mostró entusiasmado. —Es fabuloso, Kurt; debes llevarlo.
—Necesitaré una máscara —dijo el joven, dejándose persuadir. El alquiler del traje sería costoso, pero no tanto como comprar uno nuevo.
—Una máscara... tengo la ideal —dijo la encargada.— Espere un momento.
— ¡Ahí tienes! —exclamó Thad cuando, un momento después, su joven amigo se probaba la máscara.— Perfecto.
Nada más elegante que una simple máscara blanca que daba al rostro de Kurt un efecto irreal y mágico, haciendo que sus labios parecieran más plenos, y acentuaba el óvalo perfecto de sus ojos.
—Magnífico —anunció Thad y agregó, dirigiéndose a la encargada:— La llevamos.
Mientras envolvían el traje y la correspondiente máscara, Kurt y su amigo contemplaron fascinados los demás trajes y vestidos colgados en el mismo armario.
El auto de Sebastian estaba estacionado frente a la casa cuando regresaron y de inmediato Kurt se dio cuenta del cambio en el ánimo de Thad. Pareció encerrarse en su interior y Kurt sintió una profunda pena por él.
— Vaya, por fin llegas, Thad; ¿en dónde diablos estabas? Ya sabes que teníamos que asistir a la función de esta noche... —la voz irritada de Sebastian calló de improviso cuando vio a Kurt, parado junto a su novio. Kurt lo vio sonrojarse ligeramente y mirarlo con nerviosismo, como quien es sorprendido en un acto reprobable. Era uno de esos hombres que en público son encantadores con sus parejas y se guardan los regaños y las groserías para la intimidad.
— Kurt! ¿Qué haces aquí? —no hizo el intento de abrazarlo.
— Le pedí que viniera para ayudarme a buscar tu partitura —explico Thad con tono cortante.
El ojiazul vio que su ex jefe se apoyaba con inquietud, primero en un pie y luego en el otro.
— Las encontramos hasta atrás entre dos carpetas —agregó Thad con sequedad. Sebastian tuvo la delicadeza de parecer avergonzado aunque no demasiado.
— ¿Ah, sí? Supongo que he sido un poco gruñón últimamente... imagino que es este asunto de tener que ir a Hollywood.
— ¿En serio? Creí que seria por el otro asunto que tienes en mente.
Kurt no supo quién se asombró más, si él o Sebastian. Este miró a Thad con perplejidad. Era tan poco habitual que su novio usara ese tono tajante con él, que nadie supo qué decir.
Fue hasta que Thad se alejó hacia la cocina, que Sebastian pareció relajarse un poco. Exhaló un profundo suspiro y lanzó una leve maldición.
— No sé qué diablos le sucede a Thad.
— ¿No lo sabes? —inquirió Kurt con deliberada ironía.
— ¿Qué demonios insinúas? — Sebastian se mostró irritable e indignado, como siempre que sabía que había cometido una falta, y no hubo la menor gentileza en la forma en que tomó a su ex asistente del brazo para llevarlo hacia el estudio. — ¿Que esta sucediendo aquí? —preguntó con tono gruñón.— Thad ha estado insoportable estas últimas semanas; nunca se había portado así.
— Quizá está harto de un hombre que le es infiel hasta con un palo de escoba —sugirió Kurt con toda la intención, y en seguida se arrepintió de sus palabras. Después de todo, no tenía derecho a meterse en los problemas maritales ajenos.
— ¿Quieres decir que lo sabe? ¿Te lo dijo él? —A veces Sebastian podía ser increíblemente cerrado. Kurt lo miró con ironía.
—Siempre lo ha sabido, Sebastian —aseguró.— Lo que sucede es que en el pasado prefirió hacerse de la vista gorda. ¿Por qué crees que no quise tener una aventura contigo? No porque no me hayan dado ganas... claro que me dieron ganas! —casi soltó una carcajada al notar la expresión complacida de su ex jefe.— Eres un hombre demasiado atractivo, y muy persuasivo cuando te propones algo, pero Thad es mi amigo. Lo quiero demasiado para lastimarlo con algo que, en el mejor de los casos, sería una fugaz aventura tuya.
—¡Oh, Kurt, por favor! ¡Tú sabes que tu nunca serías... —el ojiazul no lo dejó terminar.
— Vamos, Sebastian... Te conozco demasiado para hacerme ilusiones. Llega una nueva cara, te convences de que te has enamorado, pero una vez que termina la emoción de la conquista, te cansas y vuelves a Thad. El buen, dulce y comprensivo Thad. Como el niño que regresa con mamá, después de sus andanzas y travesuras. Pero... ¿te has puesto a pensar en lo que sucedería si algún día llegaras y no lo encontraras aquí, esperándote?
Fue evidente para Kurt que Sebastian nunca había imaginado tal posibilidad, quien sólo pudo mirarlo con expresión dolida de un niño malcriado.
— Pero... él siempre estará aquí; Thad es...
— ¿Estas seguro? —preguntó Kurt con ironía y vio que la duda ensombrecía los ojos de su ex jefe.— Te ama, Sebastian —agregó con suavidad.— Pero el amor no dura para siempre. Sobre todo, cuando no se le cultiva.
Sebastian tragó saliva y miró a Kurt con ojos preocupados.
— ¿Quieres decirme que Thad ha encontrado a otro? —preguntó con voz tensa y casi temblorosa.— Se ha portado de forma muy extraña estos días. Eso explicaría... —miro a Kurt con una expresión parecida al pánico y él se apresuró a decir:
—Él no me ha dicho eso, pero sé que no es feliz.
— ¿Thad... no es feliz? —Sebastia parecía tan sorprendido ante semejante posibilidad que, de no haber sido por la seriedad del momento, Kurt se habría echado a reír. Ya había interferido mucho... pero Sebastian debía ponerse las pilas o terminaría solo...
— Tu nunca serías una aventura, Kurt... lo sabes... Yo estaría dispuesto a...
— ¡No se te ocurra decirlo! ¿Qué acaso nuestra conversación no sirvió de nada? ¡Por amor de Dios Sebastian! ¡Vas a perder a Thad!
— Si para llegar a ti, es necesario que él se vaya... —Le dijo acercándose hasta quedar a escasos centímetros de Kurt.
— No puedo seguir escuchandote... eres un imbécil, Sebastian...
El castaño se encontraba acorralado entre el cuerpo de su ex jefe y el librero.— Tu mismo acabas de reconocer que te sientes atraído por mi... Puede ser solo cuestión de tiempo... —Sebastian se inclinó muy lentamente buscando los labios de Kurt. El ojiazul volteó el rostro para evitar sus labios. Cerró los ojos y coloco sus manos en el pecho del músico, empujándolo fuertemente. Salió de la biblioteca sorprendido por la desfachatez de Sebastian... Nunca iba a cambiar. Eso era un hecho...
Más tarde, esa noche, Kurt se asombró ante la firmeza con la que Thad se negó a acompañar a Sebastian al teatro.
— Le hará bien ser rechazado de vez en cuando. Su dulce amante no actuará esta noche; el suplente ocupará su lugar, de modo que no tendrá el consuelo de verlo. Sospecho que es por eso que quiso que lo acompañara, pero por primera vez, decidí no interpretar el papel de emergente en el bat —Kurt sonrió ante la forma en que Thad se lo decía. El rostro de Thad cambió entonces y su mirada se tornó sombría, angustiada.— ¡Kurt, soy un idiota! ¿Por qué no me rindo de una vez? ¿Por qué soporto esto? No puedo seguir compitiendo con...
— No tienes que hacerlo, Thad. Sebastian te quiere, pero necesita recordarlo. Nunca cambiará; siempre será el mismo de siempre, pero debiste ver su cara esta tarde, cuando sugerí que podrías cansarte de él.
Thad miró a su amigo fijamente. — ¿Le dijiste que...?
— Aja... y él pareció preocupado, como un niño al que se le dice que no existe Santa Claus. — Nunca le diría que Sebastian estuvo a punto de besarlo. Sería algo muy duro de asimilar.
— Hm... Nunca traté de provocarle celos... —Kurt sonrió divertido.— En serio estoy contemplando el irme y dejarlo...
— Bien... lo que decidas está bien. Yo te apoyo en todo...y lo sabes Thad. Oye pero... esa posibilidad de adoptar un bebé...
— Como sabes, no creo que sea buena idea... Eso lo dije sin pensar... y además no podemos darle a Sebastian demasiados sustos de una sola vez.
Ambos rieron y Kurt se alegró de ver a su amigo más animado. Los dos se asombraron al darse cuenta de que Sebastian llegaba a casa temprano, pero Kurt decidió, con tacto, ir a su habitación, con la excusa de que la agitada vida Neoyorkina lo había dejado exhausto... Él tenía sus propios asuntos qué solucionar...
Decidió llamar a Jeff para invitarlo al baile, quien aceptó encantado. Se quedaron charlando un largo rato en el que Jeff no dejaba de insistirle en que Sebastian y él serían una bomba sexual y que lo harían perfectamente bien juntos.
—Anímate Kurt... qué mejor forma de dejar de ser casto y puro... Sebastián es muy atractivo y está loco por ti, y seguramente lo hace riquísimo. —Kurt no pudo evitar reír ante los comentarios de su amigo. Ya lo extrañaba. Sólo Jeff lo hacía reir como loco.
— No pienso hacerlo, Jeff... Thad es mi amigo y lo quiero y no importa que esté a punto de dejarlo...
Jeff no lo dejó terminar.— ¿Qué? El buen Thad dejará a Sebastian? ¡Vaya! ¡Finalmente ese ingenuo abrió los ojos! Ya era hora... ¡Oye!... ¡Esto es fantástico! Thad dejará a Sebastian y entonces ya nada te detendrá para que des rienda suelta a tus más perversos deseos. Tu mismo me has dicho que muchas veces soñaste en que Sebastian te lo chu...
— Jeff! ¡Cierra la boca! ¡Eso no va a pasar! Además... Blaine... está en Lima y sigue siendo la cosa más deliciosa que yo haya visto jamás... —Kurt le platicó brevemente su encuentro con Blaine, prometiendo darle más detalles cuando fuera a Lima al baile de máscaras.
Una vez que colgó, se recostó en la cama con una sonrisa al imaginar la cara que pondría Nick cuando lo viera con el traje que había decidido llevar al baile... Definitivamente también pensó en Blaine...
