CAPÍTULO 6


Después de abrazar a su amigo Thad, y prometerle que lo apoyaría en cualquier decisión que tomara, era momento de regresar a Lima. Jeff le había prometido a Kurt que estaría ahí un par de días antes del baile de máscaras. Kurt pensó muy bien si debía invitar a Thad y a Sebastian, después de un pequeño análisis de los pros y los contras, decidió que no era muy conveniente... No quería ningún tipo de acercamiento con Sebastian, y sabía que si lo invitaba, el músico no dudaría en intentar cualquier artimaña con tal de que Kurt callera en sus redes.

Thad insistió en que dejara que Sebastian lo llevara a la estación de trenes. Kurt se planteó decir que no, pero sabía que Thad se daría cuenta de que algo había intentado su prometido un día antes. Kurt no era de esa clase de personas que sabía ocultar las cosas. Era muy notorio que Kurt estaba molesto con Sebastian, pero Thad lo atribuyó a la conversación que sostuvieron el día anterior de camino a la agencia teatral donde Kurt alquiló su traje para la gala.

— Bien, pues has llegado sano, salvo y a tiempo —con despreocupada falta de atención al hecho de que se había estacionado en el sitio reservado para taxis, Sebastian ayudó a Kurt a descender del auto. Un coche de alquiler se había detenido frente a ellos y el pasajero descendía del mismo; Kurt sintió que el corazón le daba un vuelco, como si acabara de subir diez pisos en un ascensor de alta velocidad al reconocer a Blaine.

Como movido por una extraña intuición, el médico volvió la cabeza y lo miró a los ojos. El castaño no necesitó un poder extrasensorial para interpretar el amargo desdén en su mirada al desviar la vista hacia Sebastian.

Mientras lo estudiaba con angustia, su ex jefe se inclinó hacia él —sabes que no soy de los que se dan por vencidos, ¿verdad Kurtie? —le dijo en un susurro. Ajeno a lo que estaba sucediendo, Sebastian lo besó de lleno en los labios. No era el beso de un amante, sino el de un hombre a quien le gustaba y disfrutaba besar. Kurt se apartó de inmediato, pero cuando se volvió a mirar hacia adelante, Blaine ya no estaba allí.

Por supuesto, Sebastian insistió en acompañarlo al andén a pesar de la negativa de Kurt, llevando la caja con el traje y, una vez allí, volvió a besarlo, ahora en la mejilla.

— Que tengas buen viaje. Ojalá pudieras visitarnos en Hollywood. No olvides lo que te he dicho... Ah! y por cierto... Tus labios saben delicioso... —le dijo con un guiño.

Kurt buscó el compartimiento de primera clase que tenía designado, con la esperanza de no toparse con Blaine. ¿En dónde estaba Nick? ¿Por qué maligno giro del destino había decidido venir a Nueva York al mismo tiempo que ellos?

Se sentó en su lugar, lamentando no haber comprado algunas revistas para entretenerse en el trayecto. Decidió disfrutar, en cambio, de los encantos del paisaje, y cuando el tren comenzó a moverse, miró a través de la ventana. Deseaba que las cosas se arreglaran entre Thad y Sebastian. Los estimaba, pero tenía un afecto y simpatía especiales por Thad, y también era consciente de que se merecía a un hombre mil veces mejor que Sebastian.

Perdido en sus reflexiones, apenas se dio cuenta de que alguien se sentaba a su lado.

Por el rabillo del ojo vislumbró la mano firme y bronceada y el inmaculado puño de la camisa blanca; su estómago se contrajo al reconocer a quién pertenecían.

— ¡Blaine! —el nombre escapó de sus labios antes que pudiera contenerse, y al volverse a mirarlo, confirmada su sospecha, vio la sonrisa desdeñosa con la que él recibió su ronco susurro.

— ¿Soñabas con tu amante? —no esperó la réplica del ojiazul y prosiguió— Es curioso como puede uno equivocarse ¿verdad?. Hubo un época en la que habría pensado que serías el último ser en el mundo que se enredaría con un hombre comprometido.

El acre comentario lastimó a Kurt y quiso desquitarse de la ofensa: —La gente cambia, Blaine.

— Empiezo a darme cuenta —Blaine alzó la mirada y vio la caja con el traje.

Un brillo cínico y cruel endureció sus ojos y, luego de tocar el paquete con la punta de los dedos, preguntó:— ¿Qué es esto, Kurt? ¿Un pago por los servicios prestados, como el abrigo de piel?

Kurt tuvo deseos de abofetearlo y sintió que el rostro le ardía, por la ira y el dolor. Sin pensarlo, estampó su mano el el rostro de Blaine. Se puso de pie temblando, tomó el paquete y trató de salir del compartimiento mientras decía con firmeza:

—¡No necesito que me paguen para estar con el hombre que amo!

Pero no pudo pasar. Blaine tenía extendidas las piernas y Kurt no podría moverse sin entrar en contacto físico con él.

Con la voz enronquecida por la frustración, Kurt dijo: —Por favor, Blaine... déjame pasar.

—¿Por qué? —Kurt lo miró con ojos fríos como el hielo. Había en la expresión del médico un cínico regocijo. Estaba disfrutando de hostigarlo así, y no tenía intención de dejarlo pasar.

—Siéntate, Kurt —ordenó con suavidad.— Estás haciendo una escena —él miró a su alrededor y comprobó que en efecto varios pasajeros miraban con curiosidad en dirección a ellos.— Tengo mi auto en Westerville y lo primero que debo hacer al llegar a Lima, es a ver a Carole. Le parecerá extraño saber que íbamos en el mismo tren y no nos vimos.

Kurt comprendió que tenía razón, pero no tenía deseos de continuar el viaje escuchando sus ácidos comentarios.— ¿En dónde está Nick? —preguntó con aspereza, luego de volver a sentarse.

— Se quedó en Nueva York; permanecerá unos días con su familia.

— Me sorprende que te permitiera regresar solo —comentó Kurt con ironía pero en lugar de enfadarse, Blaine soltó una carcajada y sus ojos brillaron con extraña intensidad cuando se volvió hacia él y murmuró, con tono burlón:

— Vaya, Kurtie; cualquiera diría que estás celoso.

El podría obligarlo a permanecer sentado a su lado, pero no a que hablara, se dijo Kurt. Apretando la boca, se volvió hacia la ventana y miró al exterior. Podía sentir que la tensión atenazaba su cuerpo. Tenía la garganta reseca.

El rítmico balanceo del tren lo fue adormeciendo. Despertó cuando percibió la cercanía del cuerpo de Blaine y su voz que susurraba su nombre al oído.

Sobresaltado, lo miró con estupor y se dio cuenta, por primera vez, que sus ojos no eran por completo miel, sino que tenían vetas en tono verde esmeralda. Tenía los ojos más hermosos e intensos que había visto en su vida. Y tenerlo así de cerca enviaban descargas a todo su cuerpo. Podía sentir el cálido aliento de Blaine directo en sus labios. Si tan solo se acercara solo un poquito más...

Y así sucedió. Blaine acortó la mínima distancia que los separaba, maldiciendo de manera casi inaudible. Lo que siguió fue el beso más erótico que el castaño pudo haber experimentado jamás. No había ternura en esos labios. Sólo había pasión y desenfreno. Deseo... Eran todo lenguas, mordiscos, gemidos, jadeos. Kurt no pudo evitar la necesidad de enredar sus dedos en el cabello de Blaine quien se retorcía de deseo ante los jadeos de Kurt. Sus lenguas reconociéndose, saboreándose como si fuera lo único que necesitaban para vivir.

Fascinado, siguió besándolo, hasta que Blaine interrumpió el contacto. La respiración de ambos era pesada. Kurt embelezado siguió observando los hermosos ojos del médico hasta que la firme voz de Blaine lo volvió, de golpe a la realidad.— Kurt... — Nervioso desvió la mirada y la posó en la firme plenitud de su boca que seguía muy cerca de la suya. Sus labios estaban hinchados, llenos. Se estremeció. ¡Cómo hubiera deseado pasar los dedos por todo su cuerpo mientras seguía besando esos labios tan bien dibujados; besarlos ahora con suavidad! Avergonzado por esas sensaciones y pensamientos, se replegó y apartó el rostro. Sólo se escuchaba la respiración entrecortada de ambos llenando el lugar.

—Te traje una taza de café y un sandwich.

¡Qué hombre tan complejo y extraño era Blaine!, se dijo Kurt cuando logró recomponerse por completo. Apenas una hora antes lo había hostigado con sus reproches, momentos antes lo había besado hasta dejarlo sin aliento, y ahora le hablaba con amabilidad, como lo había hecho cuando él era un niño y Blaine su ídolo adorado. Pero bajo esa superficie amable, casi indulgente y desenfadada, yacían peligrosos rasgos que Kurt nunca imaginó de niño y, en consecuencia, a pesar del humor amistoso que él mostraba ahora, mientras le contaba sobre los años que había pasado en Londres, el castaño se escudó tras un prudente hermetismo.

Cada vez que Blaine intentaba desviar la conversación hacia Kurt, él esquivaba las preguntas, sin permitir que le sonsacara la menor confidencia íntima. Y sin embargo, se daba cuenta con tristeza de que en otras circunstancias habría reiniciado con gusto su antigua amistad. Blaine seguía ejerciendo sobre él una fascinación que sin duda, nunca desaparecería, pero sabía que si cedía a su influjo, quedaría por completo en su poder.

El tren estaba entrando a la estación de Westerville cuando lo vio fruncir el ceño y sus ojos se ensombrecieron mientras decía:

— No será posible, ¿verdad, Kurt? No hay forma de que volvamos a ser amigos... como antes.

El joven sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos, pero logró responder con calma:

— ¿Hay alguna razón para que volvamos a serlo? —Vio endurecerse el rostro del médico.

— No —masculló Blaine mientras apartaba la mirada.— Ninguna maldita razón... —y luego tomó de manos del castaño la caja con el traje para la gala, y a Kurt no le quedó más remedio que seguirlo afuera del tren y luego por los andenes hasta llegar a donde tenía estacionado su auto.

Kurt se dijo que se alegraba de su silencio, mientras Blaine conducía en dirección a su casa, pero en realidad era más exasperante ese mutismo de lo que estaba dispuesto a aceptar. No podía evitar que su tonto corazón le inspirara imágenes absurdas y románticas en las que en vez de ser dos personas obligadas a una cercanía, la cual más parecía un castigo que una intimidad, eran dos amantes dichosos que compartían ese sublime silencio que nace de la comunión perfecta.

Cuando se detuvo el auto frente a la casa de los Hummel, fue Blaine quien habló primero:

— Pasaré a ver a Carole ahora.

Por supuesto, la señora Hummel quedó encantada de verlos allí, y expresó su placer al saber que habían viajado juntos desde Nueva York.

— ¿Lograste resolver el problema de Sebastian? —preguntó a Kurt, mientras Burt bajaba a preparar café para todos.

—Sí, encontramos la partitura.

— Y Thad... ¿Está bien?

— Sí. Bastante bien —Kurt había estado mirando por la ventana mientras Blaine se quitaba la chaqueta, y en ese momento se volvió para responder a Carole.— Está pensando en dejar a Sebastian... ya no está dispuesto a soportar más sus infidelidades...

Kurt escuchó un fuerte jadeo y se dio cuenta de que provenía de Blaine al darse media vuelta para mirarlo y notar la reprobación que endurecía sus ojos y boca.

Al acercarse a la cama de Carole, Blaine se detuvo un momento para murmurar al oído del castaño:

— ¿Y te sientes feliz sabiendo que es tu culpa? ¿Qué clase de hombre eres?

"La clase de hombre que es lo bastante tonto como para seguirte amando a pesar de tu rechazo", hubiera querido gritarle.

La llegada de su padre, con la bandeja del café, rompió el tenso silencio. Blaine se acercó a la cabecera de la señora Hummel.

— Vaya, parece que está mejorando con rapidez —observó luego de examinarla.

— Son los mimos, cariño —aseguró Carole con una sonrisa—. A propósito... quisiera pedirte un favor, Blaine.

— Lo que sea, Carole.

— Me preguntaba si podrías llevar a Kurt al baile y traerlo después —dijo la señora Hummel.— Burt no quiere asistir. Dice que no se divertiría sin mí —miró con ternura a su esposo, al otro lado del cuarto.— Después de... —fue el turno de mirar a Kurt.— De su accidente con el coche, me preocupa que conduzca; en especial con este clima.

Por un momento, Kurt quedó demasiado sorprendido para hablar. No podía mirar a Blaine y luego, reuniendo todo el autocontrol, se apresuró a decir:

— Por Dios, Carole, no hay necesidad de eso. Puedo tomar un taxi. Además, Jeff vendrá al baile también... — Blaine lo miró con severidad.

—Me encantaría llevarlo, Carole — contestó. Se volvió a mirar a Kurt y agregó con suavidad:— Yo ya tenía pensado pedirle que fuera conmigo.

"Mentiroso", pensó el castaño con acritud, pero no había forma de expresarlo en voz alta cuando su padre y Carole los miraban con esa sonrisa complacida y afectuosa. ¿Cómo negarle algo a su padre y a Carole?

...

Ponte el traje, me muero por verte con él.

Era casi la hora de la cena y Blaine tenía ya varias horas de haberse ido. Kurt y Carole estaban solos en la casa y el ojiazul fue a su habitación, accediendo a la petición de la señora Hummel, para poner se el hermoso traje. La expresión en los ojos de Carole y su asombrado silencio cuando lo vio, provocaron que un estremecimiento de placer recorriera la espalda de Kurt. —¿Te gusta?

—¡Oh, hijo... es... fantástico! Te ves guapísimo!

—También traigo una máscara —y se la colocó.

—¡Precioso! — El joven le contó cómo consiguió el fabuloso atuendo.

— Estupenda idea —corroboró Carole.— Y Thad... ¿Cómo está eso de que dejará a Sebastian?

Por primera vez, Kurt pudo hablar con Carole sin restricciones sobre la relación existente entre Sebastian y Thad.

—Sí, temo que ese es el riesgo de estar comprometido con un hombre poderosamente atractivo como él. Con frecuencia, a pesar de su inteligencia, suelen comportarse como niños mimados, atraídos de manera inevitable hacia las golosinas sabrosas, pero sin valor nutritivo. —comentó el castaño.

—Al menos, con tu padre nunca tuve ese tipo de problemas puesto que siempre fue muy serio y maduro. También Blaine es un hombre muy atractivo pero tiene la madurez y la fuerza de voluntad para no caer en esa clase de trampa. Me parece el tipo de hombre que, una vez que se enamore, será fiel hasta la muerte.

Kurt miró a su madrastra con expresión irónica. —Carole... temo que será Nick el afortunado que se llevará semejante joya. —En el silencio que siguió a sus palabras, Kurt no se atrevió a mirar a Carole, sino hasta que ésta dijo, con suavidad:— Oh, cariño... lo siento... ¿Estás seguro?

— Yo... sí —murmuró Kurt con voz temblorosa. Forzó una tensa sonrisa al volverse a mirarla.

— Se lo mucho que lo amas hijo —afirmo la señora Hummel con gentileza.— Y yo había pensado... tu padre y yo... —se mordió el labio inferior.— No sabes cuánto lo lamento. Pensé que esta vez, ahora que Blaine y tí son adultos...

Sin poder escuchar mas, Kurt se levantó de la cama y corrió a su habitación. No tenia caso autonombrarse estúpido por ser un hombre de veinticinco años que se echa de bruces sobre la cama para llorar desconsolado por el dolor de amar a un hombre que siempre estaría fuera de su alcance, pero eso fue lo que hizo.

Era la hora de la cena cuando tuvo el suficiente autocontrol para volver a enfrentar al mundo. Aunque se había lavado la cara con agua fría, sus ojos seguían muy enrojecidos; Carole, diplomática no comento mas sobre Blaine cuando el castaño fue a preguntarle si quería tomar algo. En lugar de ello pidió a su hijastro que le hablara de su visita a Nueva York.

...

Dos días después, durante una reunión del comité recolector de fondos, Kurt tuvo la oportunidad de hablar a solas con el médico. Los demás ya se habían ido y el señor Hummel estaba fuera de la casa de Blaine, charlando con el profesor Schue.

— Blaine... sobre lo del baile... En realidad no es necesario de que pases por mí. Yo preferiría...

— ¿Qué? ¿Que te llevara tu amante? —los labios del doctor se torcieron en una mueca arrogante.— ¿Por qué no le pides que te acompañe, Kurt? Ahora que no tienes que preocuparte por su infeliz prometido... ¿O es que ese tal Jeff es otra mas de tus conquistas?

— ¡Basta, Blaine! ¡Estoy harto de que me tomes por una zorra! ¿A ti qué mas te da lo que haga o deje de hacer con quien a mi se me de la gana? Quizás ellos fueron lo suficientemente valientes como para no despreciarme como tú lo hiciste... — El médico se fue acercando poco a poco hacia él.

— ¡Ni se te ocurra ponerme una mano encima! Soy el amante de otro, ¿lo olvidaste?

Tenso por la frustración, Kurt oyó que su padre lo llamaba.

— Más vale que te vayas —dijo Blaine y le abrió la puerta del estudio. Kurt hizo una pausa, debatiéndose entre salir o quedarse a discutir con él, mas en ese momento sonó el teléfono.

Mientras él titubeaba, Blaine levantó el auricular y su voz adoptó un tono de enorme placer al contestar, con una sonrisa complacida en los labios:

—¡Nick! Por supuesto que te eché de menos. — Kurt sintió deseos de vomitar ante el ridículo entusiasmo de Blaine. Eso de hablar como idiota seguramente era contagioso.

Más tarde, el ojiazul no se pudo explicar cómo llegó hasta el auto de su padre. Lo único que sabía fue que temblaba como una hoja movida por el viento, con una mezcla de furia y celos, mientras el señor Hummel conducía hacia la casa.

...

Una llamada telefónica del señor Schue hacia el fin de la semana para preguntar sobre los preparativos finales del baile de San Valentín, obligó a Kurt a ir a su casa.

El señor Schue vivía con su esposa y su hijo de tres años de edad. Kurt tenía gratos recuerdos de la Señorita Pillsbury del instituto.

Un retrato de la familia Schuester Pillsbury estaba colgado en una pared de la biblioteca, encima de la chimenea y Kurt notó que eran una familia muy unida y feliz. El profesor lo vio observar el cuadro y le sonrió.

— Tú también tendrás la tuya, Kurt —anunció con orgullo y luego, su sonrisa se desvaneció al agregar, casi en un murmullo.— No debes preocuparte por Nick.

Era un comentario extraño y Kurt quedó desconcertado por un momento. Él sabía que la gente murmuraba acerca de él y de Blaine... Carole se lo había dicho. No pudo ahondar en el asunto, pues el señor Schue ya tenía una larga lista en su escritorio y se estaba aclarando la garganta para entrar en materia:— Bien, ahora hablemos del baile —propuso.— No sé qué tienes pensado, Kurt... pero el repertorio debe ser... pues... para que la vieja guardia también pueda bailar y disfrutar. —A Kurt le tomó algunos segundos entender su comentario, pero al captar lo que el señor Schue quería decir, dominó una sonrisa. No quería que él pensara que se estaba burlando.

— Muchas de las entradas fueron adquiridas por personas de treinta años o más —repuso el joven,— y por supuesto que, puesto que se trata de una ocasión romántica, esperarán que haya música adecuada para que ellos también bailen.

—Ah, eso me parece excelente. Ya tengo confirmados a Santana, Quinn, Brittany, Finn, Puck, Rachel, Tina, Mercedes, Artie, Mike... solo faltas tu... ¿Cuento contigo?

— ¡Por supuesto que sí, señor Schue! No podría dejar de participar! —respondió el castaño lleno de emoción.— ¿Tiene pensado que nos reunamos para afinar detalles?, ¿Finn también vendrá? ¡Carole no me ha comentado nada!

— Me agrada tu entusiasmo, Kurt. Ahora debemos centrarnos en el repertorio. No queremos que sea aburrido pero tampoco demasiado estridente. Respecto a lo de Finn, sí, ya se encuentra en Nueva York con Rachel, estan tomándose unos días para estar juntos, pero estarán aquí para el baile. En cuanto a la reunión, será en unos días más, y a cada uno le he solicitado que traiga propuestas de canciones, creo que de esa manera será más fácil que lleguemos a un acuerdo. Así que ve pensando en tus opciones, Kurt.

— Así lo haré, profesor. — Kurt ya tenía en mente qué canciones le gustaría interpretar.

— ¿Ya conoces el salón de baile de la casa de la señora Duval?

Kurt no lo conocía y no se había atrevido a visitar a la señora por temor de que, al hacerlo, se topara con Nick. No sabía si éste había regresado de Nueva York, aunque estando el baile tan próximo, le parecía poco probable que permaneciera allá mucho tiempo más.

— Bien, pues me he tomado la libertad de concertar una visita contigo para este día —informó Will. Kurt no pudo ocultar su sorpresa.— Si tienes tiempo, podríamos ir en mi auto una vez que terminemos con estos asuntos —agregó el hombre mayor.

Casi una hora después, se detenían frente a la cerca de la mansión Duval. Kurt ya conocía los suntuosos jardines, pues asistió a varias fiestas de verano celebradas en la propiedad, pero nunca había entrado en la casa.

Cuando los condujeron hasta las impresionantes escaleras que llevaban al salón de baile, no había señales de la señora Duval.

— ¿Qué te parece? Creo que era necesario que conocieras el salón donde se desarrollará el baile de máscaras, ¿no te parece? Así podrás organizar todo lo que haga falta. —señaló el señor Schue.

Kurt estaba sorprendido ante la majestuosidad del lugar. Era imponente y no pudo evitar imaginarse bailando una romántica pieza en brazos de Blaine. ¿Por qué seguía pensando en él, cuando este solo tenía comentarios irientes para con su persona? Eres un pobre tonto, Kurt. Olvídate de Blaine!

Cuando regresó a casa, el joven habló con Carole sobre el salón de baile y acerca de las canciones que tenía que proponer para que cantaran en la gala. Carole le dio algunas sugerencias. Después de esto, se enfrascaron en una charla acerca de los arreglos para el banquete y luego hablaron sobre la decoración floral, cuando el señor Hummel regresó del trabajo.

...

Ese fin de semana el clima empeoró, el termómetro descendió y todo Lima se vio envuelta por una capa de nieve y hielo. Una tarde, mientras esperaban la llegada de Blaine, recibieron una llamada telefónica para informarles que el joven médico se había retrasado debido a un importante accidente en la carretera, en las afueras de Lima.

— El doctor Anderson fue al hospital con las ambulancias —informó la recepcionista a Kurt.— Es posible que tenga que quedarse allá para ayudar en la sala de operaciones, pero le llamaré en cuanto sepa algo.

Carole se estremeció al enterarse de la triste noticia. Pobre gente; espero que nadie esté grave.

— Lo que no acabo de entender es por qué Blaine decidió regresar aquí —reflexionó Kurt.— Está tan bien preparado que podía trabajar en cualquier parte.

— Lima es su hogar, cariño —dijo Carole.— Tanto su padre como su abuelo ejercieron aquí.

— Pues no me imagino a Nick resignado a vivir en este "pueblo" —repuso Kurt con cierta irritación, sin querer admitir lo mucho que envidiaba al sobrino de la señora Duval. Aunque era demasiado sensato para engañarse pensando que si Nick no hubiera estado allí, Blaine habría... ¿Qué? ¿Se habría enamorado de él? ¡Qué tontería! Era posible que el médico se sintiera atraído sexualmente hacia él... pero en lo emocional, no había nada de amor para él... en absoluto.

Cuando la recepcionista volvió a llamar, más tarde, para avisar que Blaine no podría llegar esa tarde sino hasta el día siguiente, Kurt se dijo que se alegraba, pues tenía una selección musical qué hacer.