DOMINGO. DÍA DE PLAYA

Scorpius entreabrió los ojos y le costó un instante recordar donde estaba (en la habitación de James Potter, en una cama demasiado blanda, en lo alto de la casa de veraniego de los padres de su novia). En la cama de al lado había un bulto que roncaba y, al girar la cabeza hacia él, descubrió un pequeño reloj que se iluminaba en la oscuridad.

Eran las seis y media de la mañana.

Miró al techo e intentó dejar la mente en blanco para poder volverse a dormir, pero fue tan inútil como enseñar a ladrar a una lechuza. Al cabo de un rato se levantó. Daría una vuelta por la casa, tampoco era tan temprano. Seguro que había algún libro con el que entretenerse hasta que la casa tuviera algo de vida.

O siempre podía bajarse a la playa.

Se vistió en silencio y bajó las escaleras de puntilla. El baño estaba vacío y salió de él enseguida. Suponía que ese mismo gesto de mear nada más despertarse no podría hacerlo si se despertaba a una hora más normal: con tanta gente en la casa y tan pocos baños.

Bajó las escaleras intentando hacer el mínimo ruido y pasó por delante del comedor que tenía la puerta entreabierta. Casi por inercia, giró la cabeza para verlo.

El señor Potter le devolvió la mirada.

Desde un sofá con sábanas, aún en un pijama a rayas. Tenía una luz encendida y un libro entre las manos.

Scorpius tragó saliva y esperó a que se acercase, consciente de que acababa de descubrir algo que hubiese sido mejor no saber. ¿Se habrían peleado porque el señor Potter no llegó a tiempo para preparar la cena?

—¿Qué haces despierto tan temprano? —preguntó con la voz baja. Parecía tan tranquilo que asustaba.

—Me he desvelado —explicó, incapaz de dar una respuesta más coherente. No podía decir, claro está, que su hijo roncaba como un elefante. Ni que el polvo del desván lo agobiaba.

—Ya… ¿te apetece desayunar?

—No, no. Gracias. Solo he bajado por un vaso de agua —mintió un poco nervioso. Cuanto antes saliera corriendo de allí, antes se libraría de la incómoda situación.

El señor Potter pareció un poco decepcionado, aun así no dijo nada. Simplemente se encogió de hombros.

—Como quieras.

—Qué descanse —murmuró corriendo de nuevo escaleras arriba.


Scorpius volvió a despertarse un par de horas después. Estaba tumbado en la cama, bocarriba, con los brazos y las piernas estiradas. Toda la habitación estaba iluminada y, en lugar de ronquidos, le acompañaba una música muy rítmica parecida a la de la noche anterior.

Se incorporó sobre los codos y miró a James. Estaba despierto y se había instalado con un enorme libro en su escritorio.

—Oye —murmuró en tono molesto. James giró la cabeza hacia él y frunció el ceño.

—¿Qué? —preguntó bruscamente bajando el sonido de la música.

Es probable que otras personas se hubiesen achicado. Pero Scorpius vivía con su madre y con su abuela, expertas en ganar las discusiones por abandono. No se iba a achantar por un poco de animadversión.

—Que me has despertado con tu música. ¿No te podrías haber esperado un rato al ponerla?

James se dio la vuelta aún sentado en su silla y esbozó una media sonrisa.

—Estás en mi casa. En mi cuarto —dijo con voz lenta—. Ni siquiera me han preguntado si me parecía bien que te quedaras aquí.

—Tampoco es como si yo quisiera estar aquí —replicó con pocas ganas de aguantarlo.

—Muy bien. Pues yo, en mi cuarto, pongo música todos los días a las nueve. Si no te gusta, te jodes.

James volvió a darse la vuelta con la silla y le ignoró mientras se vestía y calzaba. Fuera, la casa volvía a estar llena de vida. Se cruzó con Rose, que estaba haciendo cola en el baño con un neceser en la mano.

—Hola —la saludó. Ella sonrió, de mejor humor que el día anterior.

—Albus siempre tarda de más en el baño —explicó—. ¿Cómo has dormido?

—Bien —respondió. No le apetecía entrar en detalles de por qué el señor Potter estaba durmiendo en el salón o lo agradable que resultaba James por las mañanas—. ¿Sabes dónde está Lily?

—Abajo, desayunando. —Golpeó la puerta con la palma de la mano—. Yo tardaré en bajar por lo que parece. ¡Albus, ve a tocarte a tu cuarto y deja el baño libre de una vez!

—Bueno, yo voy bajando —murmuró incómodo, volteándose.

Tenía ganas de ver a Lily. Ese era el plan, ¿no? Venir para afianzar su relación, conocerse y estar juntos. El problema es que había tanta gente en la casa que Scorpius suponía que apenas disfrutarían de tiempo para estar juntos.

Como había predicho Rose, Lily estaba en la cocina. Hugo estaba sentado junto a ella y la señora Potter estaba preparando algo en la cocina.

—Buenos días —saludó acercándose a la entrada. Tanto Lily como Hugo iban vestidos con ropa muggle. Él con una camiseta azul oscuro y unos pantalones cortos, que apenas bajaban de sus rodillas. Ella una camiseta que le quedaba grande, que dejaba ver las tiras de un sujetador de colorines.

La cara de Lily se iluminó en cuanto lo vio.

—Buenos días —saludó levantándose y acercándose a él para darle un beso en los labios. La señora Potter, a unos metros, no apartó la mirada de ellos.

—Bueno, venga, sentaros a desayunar —murmuró sirviendo una taza con leche y dejándola con un pequeño golpecito sobre la mesa—. Por cierto, Scorpius, ¿a ti de qué te gustan los sándwiches? Estoy preparando unos cuantos porque vamos a bajar a la playa y ya comeremos allí.

—Um, de cualquier cosa está bien —respondió cogiendo una tostada y mordisqueándola.

Lily le cogió la mano por encima de la mesa y sonrió.

—¿Tienes ropa muggle? ¿Y un bañador? Albus te puede prestar uno si quieres…

Hugo prácticamente se atragantó con la leche.

—No, si sí me traje un bañador.

—Chachi.

Chachi —repitió Hugo entre dientes.


A pesar (o, quizá, precisamente por) vivir tan cerca de la playa, el señor Potter montó un pequeño campamento cerca de la orilla. Entre hamacas, sombrillas y una pequeña neviera para mantener las cosas frías, parecía que se querían asegurar no tener que volver a la casa por lo menos durante lo que quedaba de día.

James y Albus habían decidido quedarse en la casa aquella mañana. Estudiando, habían dicho.

—Podemos ir mañana al pueblo si queréis —propuso el señor Potter desde su hamaca. No llevaba sus gafas puestas y entrecerraba un poco los ojos al hablar.

La señora Potter, a su lado, negó con la cabeza. Era curioso ver a dos personas tan famosas allí, tal y como eran. Sin ropa para ocultar sus defectos o la edad.

—Id vosotros si queréis. Ya sabes que a mí no me gusta ir.

Scorpius estaba sentado sobre una toalla, en el suelo. Lily estaba medio recostada sobre él, rodeando su brazo y apoyando su mejilla contra su hombro.

—Podríamos ir a la heladería —dijo Hugo mientras su hermana le frotaba la espalda con protector—. Me gustan los helados que tiene.

—Y mirar las tiendas muggles —asintió Rose—. ¿No son los martes cuando ponen el mercadillo?

Lily se separó un poco y se estiró.

—Yo creo que ya podemos meternos en el agua, ¿verdad, mamá?

La señora Potter torció los labios.

—Hagamos una cosa —propuso—. ¿Veis por dónde van paseando Teddy y Victoire?

Señaló hacia sus primos, dos figuras que se perdían a lo lejos.

—Sí —respondió Lily tapándose el rostro con la mano, para evitar que el sol la deslumbrara—. ¿Qué pasa con ellos?

—Id hasta ellos y volved y entonces os podréis bañar.

—Hay que tocarle la espalda a Teddy antes de darnos la vuelta —propuso Hugo con energía.

Lily no necesitó más para levantarse de un salto y salir corriendo hacia allí. Hugo, que se levantó una fracción de segundo más tarde, ya le había sacado ventaja gracias a sus largas piernas.

Scorpius miró a Rose, algo perdido.

—Son un par de impacientes —dijo mientras se levantaba y se sacudía la arena con las manos. Añadió antes de salir corriendo—: Goblin el último.

Les siguió, claro, aunque tanto Hugo como Lily les habían sacado mucha ventaja. Y cada vez Teddy y Victoire estaban más lejos. Los pies descalzos se le hundían en la arena y salpicaba a todos lados a cada paso.

Hacía un par de minutos que había pasado a Rose, pero aún le faltaba un buen trecho para llegar a la meta cuando Hugo pasó de vuelta y prácticamente colisionaron. Scorpius se detuvo, un poco agotado.

—¡Venga, tortuga! —le gritó Rose pasándolo. Corría muy recta, con los brazos encogidos a ambos lados y con un ritmo constante.

—¡Ya, ya! —gruñó Scorpius apoyándose sobre sus rodillas y tomando aire. Parecía que no, pero correr sobre la playa era pesado.

Cuando se volvió a incorporar tenía a Lily a unos metros de él. Corría a toda velocidad moviendo mucho los brazos. Se apartó, con pocas ganas de volver a ser casi arrollado.

Pero Lily también cambió de dirección, se incorporó un poco y alargó los brazos, colisionando contra él con tanto ímpetu que acabó con el culo en el suelo y los labios de ella sobre los suyos.

—Eres el mejor —susurró ella contra sus labios. En otra situación, Scorpius se habría quejado del golpe. Pero Lily solo llevaba un bañador y estaba demasiado pegada a él.

Así que se contentó con devolverle el beso y acariciarle la espalda, jugueteando con los mechones de su pelo.

Se separaron cuando Rose pasó por su lado, salpicándoles con la arena al correr. Lily sonrió, un poco sonrojada, y se dejó caer a su lado.

—Siento que te hayan hecho dormir con James —susurró pasándose la mano por el pelo—. Está últimamente insoportable, como no consiguió nota para acceder a la Academia de Aurores.

—Ya…

—¿Te ha hecho alguna de las suyas?

Scorpius se planteó si responder. Podría decir que no y encogerse de hombros, quitándole importancia. Pero Lily tenía una sonrisa en los labios y quería oírlo. Así que dijo la verdad.

—Me ha despertado con música. Y luego se ha puesto muy borde.

—Qué idiota —murmuró cogiéndole la mano.

Scorpius miró al cielo (de azul celeste, claro, y sin una nube) y sonrió.

—¿No crees que deberíamos volver? —le preguntó girando la cabeza hacia donde estaban sus padres. A parte de las grandes sombrillas de colores no se puede ver nada más.

—Nah —respondió ella negando con la cabeza.

Scorpius asintió. Quizá no fueran sus peores vacaciones, después de todo.


Tanto Albus como James bajaron a la playa unas horas después, para el almuerzo. Para aquel entonces, Scorpius ya estaba de color rojo cual cangrejo.

(A pesar de la crema protectora y de las sombrillas).

Lily se había pasado la mañana junto a él. Scorpius intenta no mirarla demasiado. Lleva un bañador mínimo, de tirantes color verde marino y un estampado de cebra en la parte del pecho y la braguita. Cada vez que se acuerda, a Scorpius le entran unas ganas locas de cogerla al vuelo y meterla (de nuevo) en el mar.

La verdad es que el día en la playa había decaído bastante. Parecía, más bien, una actividad diseñada para niños. Pero las horas pasaban, la sal se había pegado a la piel y poco quedaba por hacer para divertirse. Teddy y Victoire habían desaparecido hacía un par de horas, dejando claro que ya nada les quedaba por hacer allí.

Pero los señores Potter seguían allí, sentados. En un escrupuloso silencio, vigilando a su prole como si tuvieran cinco años en lugar de rondar la veintena. Probablemente Scorpius no se habría dado cuenta de la situación, del silencio, de no saber que el señor Potter había dormido en el salón.

Ninguno de los dos se movía más allá de para beber sus refrescos. No había palabras, ni miradas cómplices.

Scorpius reprimió un escalofrío, habría preferido no enterarse.


Cuando llegó la hora de la cena (que tenía un ligero tufillo a pescado al horno), el señor Potter se acercó a Scorpius y le dijo, amable pero autoritario, «que necesitaba hablar con él en privado».

Por supuesto, Scorpius no es tonto. Sabe que lo más probable es que le caiga una bronca sobre algún comportamiento en la playa que no les ha gustado. Su hija no deja de ser su niña pequeña y él podía entrar con facilidad en la categoría del cerdo que la separaba de aquella visión angelical.

—Necesito que me guardes el secreto —soltó de sopetón cuando salieron al porche.

—¿Qué? —preguntó Scorpius desorientado.

—Sobre lo que has visto esta mañana. —El señor Potter giró un poco la cabeza, para mirarle—. No se lo habrás dicho a Lily, ¿verdad?

Tardó un instante en darse cuenta de a qué se refería. Así que, negó con la cabeza, un poco sorprendido.

—No, no lo he hecho.

—Bien. —Asintió el señor Potter, satisfecho, volviendo la cabeza hacia delante—. Pues no lo hagas, ¿de acuerdo?

—No —repitió un poco incómodo. De verdad que no quería meterse en aquel asunto.

El señor Potter se pegó tanto tiempo mirando a la playa, sin decir nada, que Scorpius pensó que tenía permiso para marcharse. Pero entonces suspiró y dijo la frase más personal e incómoda que a Scorpius se le podría haber ocurrido que no querría oír.

—Nos estamos divorciando. Ginny y yo —aclaró, como si hiciera falta—. Los chicos ya son mayores y lo entenderán. Ya no nos necesitan juntos.

Parecía que hablaba para sí mismo.

—Pero todavía no se lo hemos dicho. Ni siquiera a James, y eso que vive con nosotros. Queremos que sean nuestras últimas vacaciones en familia. Felices.

—Yo no voy a decir nada —reiteró Scorpius cada vez más incómodo. Especialmente por verse, de golpe y porrazo, en una situación así.

Las últimas vacaciones en familia. Se preguntó si Lily le habría invitado de saberlo.

—Eres un buen chico, Scorpius —dijo el señor Potter volteándose y dándole un par de palmadas amistosas sobre el hombro—. Volvamos a dentro.


tbc.