Nos acercamos al final de la historia. Es más, en las próximas horas publicaré el capítulo final y el epílogo. La verdad es que no sé lo que os ha parecido hasta ahora la historia, aunque tengo la certeza de que hay bastante gente leyéndola. ¿Os está gustando? ¿Os es indiferente? En fin, espero que disfrutéis este antepenúltimo capítulo:


LUNES. DÍA DE QUIDDITCH

La música volvió a despertarle.

James había salido la noche anterior y, aun así, se había levantado antes que él. Como el día anterior se había desplegado sobre su escritorio y tenía un libro grande entre las manos.

Esta vez ni se molestó en pedirle a James que se comportase. Se deslizó fuera de la cama y se vistió a toda prisa para bajar por las escaleras desplegables. Parecía que no había nadie más despierto en la casa, así que intentó no hacer demasiado ruido mientras cruzaba los pasillos.

La cocina estaba, previsiblemente, vacía. El salón, vetado. No quería encontrarse de nuevo con el señor Potter en pijama ni volver a tener una conversación incómoda. Así que se decidió por desayunar algo. Aunque fuera para hacer tiempo.

Se sirvió un vaso de leche y abrió uno de los armarios, en busca de las galletas, cuando notó un movimiento a su espalda. Giró un poco la cabeza, con intención de mirar, cuando una voz lo detuvo.

—No muevas ni un pelo. —Era una voz adulta, de hombre, que no acababa de identificar. Ni siquiera le sonaba—. Identifícate.

—¿Uh? —preguntó aún con las manos en alto. Casi con miedo de bajarlas.

—¿Eres idiota, chico? —preguntó secamente—. Que me digas quién eres y qué haces aquí.

—Yo… yo…

—¡Merlín, Ronald! ¡Baja esa varita! —exclamó una voz femenina alarmada. Scorpius se envalentonó y giró un poco la cabeza.

Eran un hombre y una mujer que debían de tener la edad de sus padres. El hombre era alto y de espalda ancha, con el cabello pelirrojo muy corto y una barriga probablemente resultado de los años de dejadez. Ella era bajita y con el pelo castaño oscuro, suelto e imposiblemente rizado.

Ella tenía una mano sobre la varita de su marido, ahora baja.

—Pero Hermione… —gruñó él, en voz baja y sin apartar los ojos de Scorpius—. Es un intruso.

—No, claro que no. —Giró la cabeza hacia él y le sonrió—. Puedes bajar los brazos, Scorpius.

La obedeció. El que debía ser el señor Weasley arrugó el ceño.

—¿Malfoy? ¿Scorpius Malfoy? ¿Qué hace él aquí?

—¡Pues claro que es Scorpius Malfoy! —Le impidió responder la señora Weasley—. ¿A cuántos chicos conoces que se llamen así?

Scorpius arrugó el ceño, casi ofendido. ¿Qué problema había con su nombre?

»Y es el novio de Lily —añadió con voz segura—. Le ha invitado ella, ¿no te acuerda que nos lo dijo Ginny el viernes?

—Yo no hablé con Ginny el viernes, no lo sabía —se excusó. Sin embargo, no lo dejó ahí. Frunció el ceño un poco y añadió—: No me lo dijiste.

—Porque te conozco y sé que no te iba a gustar la idea. No tenía ganas de escuchar las mil razones por las cuales ya no te apetecía venir.

Scorpius tomó aire, impresionado del golpe bajo de la señora Weasley. Ella también debió de darse cuenta, porque en seguida se mordió el labio y dio un paso hacia su marido.

Él, por su parte, había palidecido.

—Ron… —murmuró.

—Tengo que escribir esto —dijo él guardándose la varita en el pantalón y saliendo de la cocina.

—¿Qué? ¡No, Ron! —insistió ella siguiéndolo fuera. No debió de dar más de dos pasos fuera de la cocina, porque volvió al momento.

—Yo… —murmuró Scorpius incómodo—. No quiero molestar.

—No te preocupes —le restó importancia negando con la cabeza—. Son cosas de viejos.

Parecía un poco decaída. Había sido una mujer guapa, muy guapa. Scorpius la había visto en fotografías viejas en sus libros de historia. Aquella mujer era la responsable del cambio institucional y legislativo del mundo mágico inglés, una verdadera heroína y una progresista. Ahora solo parecía cansada, demasiados años a su espalda.

»¿Qué te apetece desayunar? —preguntó acercándose a la alacena y abriendo la puerta—. ¿Te gustan las tortitas?

—Sí, claro —dijo sentándose en uno de los taburetes de la cocina.

—Cuando todavía tenía a mis hijos en casa, los domingos me levantaba pronto y hacía una montaña de tortitas —le contó rompiendo cuatro huevos sobre un bol—. Se podría decir que son mi especialidad.

Scorpius sonrió. Le encantaría huir de allí, pero tampoco tenía a otros sitios a los que ir.

»Hubo un año —continuó— en el que mi suegra se puso mala. Siempre comemos en su casa en Navidad, así que decidimos que cada uno llevaríamos un plato para ayudar.

—¿Llevaste tortitas? —preguntó Scorpius incrédulo. Su abuela siempre contrataba a un chef para que les hiciera la cena en las fechas importantes.

—A mi suegra casi le da un ataque cuando las vio. —La señora Weasley rio suavemente y negó con la cabeza—. Eso sí, se acabaron lo primero.

—¿Y su marido tampoco cocina? —preguntó ya con curiosidad, recordando que en casa de los Potter era él el que cocinaba.

—¿Ron? —dijo con un leve tono de burla—. No. Hemos sobrevivido todos estos años descongelando las fiambreras de la abuela y de los restaurantes de la zona.

Scorpius sonrió, imaginándose aquella casa. Las informalidades, los padres que llegan tarde y cansados, pero que llegan. Las abuelas que aparecen los fines de semana con comida para toda la semana, en lugar de las que organizan fiestas con todos sus amigos.

»Debes de estar pensando que somos un poco desastres, ¿no?

Scorpius la miró y negó con la cabeza.

—Tienen trabajos importantes.

Hermione se apoyó en la mesa, con el bol y unas varillas, y sonrió.

—Somos un poco desastres —confirmó ella, encogiéndose de hombros.

La puerta de la cocina chirrió y por ella entró un señor Potter completamente vestido.

—Umm, tortitas para desayunar —dijo a modo de saludo.

—Buenos días.

—Me gusta tu yerno —le saludó la señora Weasley batiendo con energía.

—Buenos días, Hermione —la saludó dándole un beso en la mejilla y dejándose caer a continuación sobre otro de los taburetes de la cocina—. ¿Solucionaste el problema de las veelas?

—No, no en realidad —respondió escuetamente—. ¿Las sartenes están donde siempre?

—¿Qué problema de las veelas? —preguntó Scorpius con curiosidad.

—En enero, supongo que lo sabrás, el Ministerio aprobó las uniones mixtas. —Puso la sartén al fuego con una nuez de mantequilla—. Es decir, entre razas distintas.

Vertió la primera tortita.

»El caso es que desde los países nórdicos estamos teniendo una oleada de migración de parejas mixtas, casi todas con una veela, en busca del reconocimiento de sus matrimonios.

—Te enrollas —la cortó el señor Potter—. El problema radica en que hay países que ven con malos ojos que se celebren en Inglaterra matrimonios entre sus ciudadanos que luego tienen validez en sus fronteras y les están dando graves quebraderos de cabeza.

—Y luego, cada país se coloca a favor o en contra. Por ejemplo, en Noruega los han declarado matrimonios no válidos —comentó Hermione—. En Francia están haciendo una enmienda para adoptar la ley de matrimonios mixtos. Supongo que tener a un semigigante como director ha ayudado a que varias generaciones de magos se conciencien del problema.

Scorpius asintió. Quisiera o no, ya era un adulto y debería poner mayor atención a esas cosas.

—Yo pienso que deberían hacerlo ellos también. Todos los demás países, digo —murmuró, encogiéndose de hombros—. ¿No?

La señora Weasley, con una espátula en la mano, le sonrió.

—Definitivamente me gusta tu yerno, Harry.


Lily se levantó casi una hora y media después. Salió de su cuarto sin peinarse y sin vestirse, todavía con un camisón que debía de datar de cuando tuvo sus trece años y sin zapatos en sus pies.

En cuanto vio a su tío Ron, se lanzó a sus brazos y le dio un sonoro beso en su mejilla.

—Hola, preciosa —la saludó revolviéndole (un poco más) su pelo.

—¿Qué tal estás, tío? —le preguntó separándose un poco.

—Con ganas de comer una comida decente. ¿Sabes si es mi hermana la que va a cocinar hoy? —respondió con sorna—. Ya me han presentado a tu novio nuevo.

Lo dijo sin mirarle, como si en realidad no estuviera sentado a un metro de él.

Lily miró a Scorpius y le sonrió, tenía en los ojos un brillo cargado de orgullo.

—¿A que es guapo?

—Es más mayor que tú —dijo sin inmutarse—. ¿A tus padres les hace gracia?

—Ron, deja ya de malmeter —intervino Hermione entrando en el comedor y depositando un beso rápido en la sien de su sobrina—. Es guapísimo, cielo.

—Y muy listo —añadió Lily hinchando un poco el pecho—. Se sacó todos sus TIMOS. ¿Verdad, Scorpius?

—Tuve suerte —respondió incómodo, encogiéndose de hombros—. Tus primos, Rose y Albus, sacaron mucha mejor nota.

Eso debió de gustarle al señor Weasley, que sonrió ampliamente.

—Pues yo no me saqué ni la mitad —comentó Victoire, entrando con una bandeja de desayuno, con naturalidad—. Siempre he sospechado que mis padres tuvieron mucho que ver para que me cogieran en el banco.

—Me ha dicho Ginny que vas a dejarlo —comentó la señora Weasley empujando lo que quedaba de las tortitas hacia ella.

—Ya lo he dejado. Me buscaré algo por Londres y, si me va mal, siempre puedo pedirle trabajo al tío Ron.

—Es George el que se encarga de escoger al personal.

—Vaya, tendré que cambiar de tío favorito.

Lily se sentó al lado de Scorpius y se acercó a él para darle un beso. Scorpius puso la mejilla, algo incómodo por la reunión familiar. A medida que se habían ido levantado, la tropa Potter-Weasley se había sentado alrededor de la mesa. Y ahora parecía que nadie quería levantarse. No era el sitio de irse dando besitos.

Parecía decepcionada, así que aprovechó para cogerla de la mano.

—Hablando de enchufados, ¿cómo lleva James las pruebas para la academia de aurores? —preguntó Victoire sin maldad.

—Está estudiando bastante —comentó el señor Potter— y ya ha sacado los EXTASIS necesarios para acceder, pero no le veo muy motivado.

—Vaya, ¿tan mal se está poniendo la cosa?

—Hay muchos aspirantes y pocas plazas, y encima el Ministerio está rebajando el presupuesto del departamento. Muchos compañeros se están prejubilando —explicó el señor Weasley golpeando distraído la mesa.

—Se lo hemos dicho a James. Ahora donde se quiere gente es en la Patrulla Mágica. Pero él no… —La señora Potter suspiró, con cansancio—. Dice que quiere ser auror. Y nosotros la apoyaremos en todo lo que podamos.

—¿Y Albus y Rose? —preguntó Victoire jugueteando con la servilleta—. ¿Todavía quieren montar un grupo de música?

—Rose estuvo haciendo unas prácticas este verano en el Ministerio, se las consiguió Percy, y dice que va a intentarlo. Va a hacer carrera política.

Hermione sonrió, un poco abstraída.

—Pero solo porque dice que es la mejor manera de ganar mucho y no hacer nada que conoce —apuntó.

—Y Albus está intentando entrar en el programa de medimagia. Por eso está estudiando tanto —añadió Ginny con un deje de orgullo.

—Por cierto, ¿dónde están?

—Peleándose por el baño, como siempre —apuntó Hugo entrando en la sala y sentándose—. Hola.

—Buenos días.

—Ey.

—Hola.

—Qué ganas tenía de verte, hijo.

—Hola, mamá.

—¿Y tú que quieres hacer luego, Hugo? —preguntó Victoire mirándolo fijamente. Él se encogió de hombros.

—Quidditch —respondió con seguridad Ron—. Va a ser el próximo jugador estrella de los Chudley Cannons.

—Algunas cosas no cambian.

—Podríamos jugar fuera un partido luego —propuso Teddy sonriendo—. Hoy no hay mucho que hacer, ¿no?

—Scorpius y yo íbamos a salir a dar una vuelta —dijo Lily, mirándolo fijamente. Scorpius, que no sabía nada, asintió torpemente. Cualquier cosa por librarse un rato de la tropa.

—De eso nada —se apresuró a decir la señora Potter con voz firme—. Las vacaciones en familia son vacaciones en familia. Os quedáis.

—Pero James salió anoche —protestó Lily—. Y volvió de madrugada, que me despertó.

—Lily, no contestes —pidió el señor Potter pasándose una mano por la sien.

—Pero…

Cerró la boca con disgusto.

—¿Y vosotros dos qué? ¿Ya sabéis que queréis hacer? —Victoire intentó redirigir la atención hacia una tema menos controvertido.

—Scorpius tiene dinero, no se va a dedicar a nada —explicó Lily con simplicidad, encogiéndose de hombros.

—¿Perdón? —preguntó la señora Potter un poco descolocada.

—Es lo que hacen los ricos. Vivir.

—En realidad… —la interrumpió Scorpius, un poco incómodo—. Sí que me quiero dedicar a algo.

Lily se ruborizó.

—No lo sabía.

—He estado hablando con Flitwick y como parece ser que la McGonagall se va a jubilar en los próximos años, voy a trabajar como su ayudante mientras realizo mis estudios avanzados de Encantamientos. No me van a pagar, pero si lo hago bien el puesto podría ser mío en cuatro o cinco años.

Hubo un momento de silencio y miradas un poco incrédulas. La señora Weasley se aclaró un poco la garganta antes de hablar.

—Eso está muy bien. Yo cuando estaba estudiando también me planteé quedarme en el colegio.

—Los profesores ganan poco —añadió la señora Potter, crítica.

Scorpius se encogió de hombros.

—Ya tengo todo el dinero que podría desear —replicó un poco a la defensiva. Ella entornó los ojos y levantó un poco la nariz, analizándolo.

—¿Y tú, Lily? —Victoire sonreía, pero a Scorpius le dio la impresión de que quería salir de allí corriendo. La situación se estaba volviendo un poco tensa.

—Todavía no lo sé. —Picoteó su plato de tortitas, distraída—. Siempre puedo retomar el proyecto de Albus y Rose de su grupo de música.

—«Lily y las invisibles» —propuso Hugo sonriendo con malicia.

Todos rieron.


A media tarde, con el sol en lo alto, Teddy montó en patio trasero unas porterías de Quidditch y sacó un puñado de escobas viejas.

—Chicas contra chicos, ¿no? —preguntó.

Del comedor, la familia se había trasladado hasta allí con las sombrillas y las butacas que el día anterior habían usado para la playa. La señora Weasley había preparado limonada con unos sobres y había varias jarras llenas de hielos repartidas por todo el lugar.

—¿Quiénes vamos a jugar? —Hugo se levantó de su asiento y se estiró un poco.

—Todos, ¿no? —preguntó Rose agitando una mano para que su hermano la ayudase a levantarse.

—Dudo que Albus y James vayan a querer bajar —dijo la señora Potter debajo de su pamela.

El señor Weasley soltó una carcajada que hizo que Scorpius pegase un respingo. No acababa de fiarse de él.

—También se dice así cuando quieres jugar y si lo hace tu hijo te quita el puesto, ¿no?

La señora Potter sonrió de medio lado y se encogió de hombros, como si fuera lo más natural del mundo.

—Tss, que a mis niños les viene bien estudiar —dijo ocultando una risilla floja y dándole un manotazo a su hermano.

—Yo también juego. —El señor Weasley se incorporó apoyándose sobre sus rodillas, como si le costase—. Me pido la portaría.

—¿Te apetece jugar? —le preguntó Lily cerca de su oído. Scorpius entrecerró los ojos y dejó escapar lentamente el aire antes de asentir.

Estaban sentados en un pequeño banco de hierro bajo un cerezo en flor. El sol, que a media tarde dejaba de calentar y dejaba a su paso un aire frío y un poco desagradable, apenas conseguía rozarles a través de las ramas.

—¡Nosotros también jugamos, Teddy!

—¿Chicas contra chicos? —volvió a preguntar, esta vez mirando a su novia. Ella sonrió y se encogió de hombros.

—Si quieres que os demos una paliza… —murmuró de manera casual pero lo suficientemente alta como para que todos lo oyeran.

—Tío Harry, Hermione, ¿os apuntáis?

Ambos estaban sentados bajo una de las sombrillas, con un refresco de limón en la mano. El señor Potter sonrió educadamente y negó con la cabeza.

—Nosotros arbitramos. —Le dio un trago a su bebida y añadió.

—Y esa es otra manera de decir que te da miedo la reacción de tu mujer si ganas o si pierdes —bromeó Ron. Los chicos se rieron, el señor Potter se ruborizó ligeramente y la señora Potter no dijo nada. Scorpius bajó la mirada, algo incómodo.

¿Cuánta gente sabría lo del divorcio? Por el comentario del señor Weasley, dudaba que se lo hubiese dicho. Hasta la señora Weasley tenía una sonrisita floja que intentaba ocultar.

»Harry es un hombre prudente —continuó, inflando un poco el pecho—. Haced lo que él y seréis felices y comeréis perdices.

Scorpius tragó saliva y se encogió un poco sobre sí mismo.

—No seas machista —protestó la señora Potter con un tono mucho más mordaz del que requería la situación—. Venga, chicas, vamos a plantear una estrategia.

Lily soltó la mano de Scorpius tras darle un breve apretón. El señor Weasley se colocó rápido a su lado, mirando sobre el hombro a las chicas y frunciendo el ceño.

—Vamos a intentar jugar defensivo: sus errores serán nuestros aciertos —dijo con tono autoritario—. Teddy, necesito que cubras a mi hermana como si la vida te fuera en ello. Parece que ha engordado y que va a ser más lenta con la escoba, pero no os fieis. Siempre ha sido más peligrosa de lo que aparenta.

Teddy asintió vigorosamente. Tenía el cabello de un eléctrico color amarillo y había endurecido sus facciones. Parecía dispuesto al combate.

»Bien. Nuestro otro problema es Lily. —Giró la cabeza hacia Scorpius y frunció el ceño—. Normalmente diría a uno de los chicos que la cubriese, pero confinar a Hugo a que haga eso sería un crimen.

Hugo puso los ojos en blanco.

—Yo puedo cubrirla —respondió Scorpius. Ya se había enfrentado a Lily en el campo de Quidditch y sabía cómo funcionaba, no tenía por qué ser difícil.

El señor Weasley lo observó durante un instante y luego negó con la cabeza.

—No. Lo último que necesitamos es que te pongas a jugar a su favor para que no se enfade.

—¡Venga, lentorros! —les azuzó Victoire levantando los brazos hacia el aire.

—¡Ya vamos! —gruñó Ron antes de lanzarle una última mirada a Scorpius y añadir—: Tú asegúrate de que no se te cae la pelota al suelo.

Frunció el ceño, claramente ofendido. Ni que él fuera una especie de inútil. De hecho, se le daba bastante bien el Quidditch. Su padre siempre decía que volaba mejor que él y fue seleccionado en tercero para anotar en Slytherin.

—¡Mucha suerte, Scorpius! —le deseó Lily montándose en la escoba y dando una patada al suelo.

La falda del vestido que llevaba se levantaron ligeramente con el aire, dejando al descubierto sus piernas. Scorpius la siguió hasta que se elevó a un par de metros sobre el suelo antes de escoger la escoba que utilizaría.

Eran modelos antiguos, que ya no se vendían, aunque estaban sorprendentemente bien cuidadas. La madera estaba barnizada y no había ningún pelillo de la escoba más largo que otro.

Fue la señora Weasley la encargada de abrir el partido, lanzando una Quaffle de color anaranjado al cielo al grito de «¡Empieza!».

La verdad es que casi no le dio tiempo a reaccionar. En cuanto la pelota estuvo más o menos a su altura, a unos tres o cuatro metros del suelo, la señora Potter se lanzó hacia ella a una velocidad increíble. Lily también se movió al ritmo de su madre, inclinando su escoba y dejando que su cabello volase a favor del viento.

Rose, desde la otra esquina, penetró en su mitad del campo y esperó.

—¡No dejéis que se acerque! —gritó el señor Weasley, claramente refiriéndose a la señora Potter.

Hugo inclinó la escoba hacia la derecha y se colocó a una distancia media entre Rose y la señora Potter, mimetizando sus movimientos. Teddy también se movió hacia allí, con la idea de embestirla.

La pelota voló hasta las manos de Lily en una curva perfecta, calculada. Scorpius inclinó la escoba y la observó; el señor Weasley había dicho defensivo, pero parecía que su grupo estaba peor cohesionado que el de ellas.

Lily levantó el brazo y la volvió a lanzar, a algún punto por detrás de la cabeza de Scorpius. Sin embargo, la quaffle iba tan baja y con tan poca fuerza que Scorpius lo único que tuvo que hacer fue elevar ligeramente la escoba y cogerla.

—¡Lily! —gritó con impaciencia su madre—. ¡Puede permitirse una nariz rota!

—¡Solo se me ha ido un poco el brazo! —replicó sin apartar la vista de él.

Ganaron. Aunque solo porque Lily jugó para ellos todo el partido.


tbc.