Bueno, y este es el último capítulo a falta del epílogo. Quiero dedicárselo a Guest que ha hecho que este fic no haya sido un total despropósito, ¡gracias por comentarlo! Te lo creas o no me has hecho muy feliz, esta mañana he pasado un pequeño momento de Drama Queen y he estado a punto de no terminar de publicarlo.

Espero que os guste a los demás lectores, ¡y dadle las gracias! XD


MARTES. DÍA DE MERCADILLO

Un golpe sordo hizo que abriera los ojos de golpe. Era de noche y estaba en el cuarto de James Potter, un desván mal acondicionado para su uso. Pasos (torpes, dudosos, que se chocan con los muebles mal colocados) resonaban por toda la habitación. Scorpius alargó la mano y cogió la varita.

Lumos —susurró. De la punta de su varita salió un rayo de luz que iluminó toda la estancia.

Al otro lado de la misma estaba James. Con la cabeza un poco inclinada hacia delante y los hombros caídos tenía una postura con un punto de apoyo un poco raro. Aunque, sin duda, lo más raro era que estaba yendo por el lado equivocado.

—Potter —le llamó en voz baja, sin ganas de salir de la cama. Por las noches hacía frío todavía.

—¿Um? —gruñó girando la cabeza hacia él. A pesar de que llevaba sus gafas, frunció el ceño. Como intentando visualizarlo con claridad—. Ah.

Scorpius apretó los labios. Perfecto, lo que le faltaba. Tener que aguantar a un idiota borracho. Solo esperaba poder meterlo pronto en la cama y que se durmiera, sin formar un espectáculo.

Miró la hora, las tres de la mañana. ¿De dónde saldría?

—Métete en la cama, idiota.

James caminó sorteando (malamente) los trastos del desván hasta llegar a la parte de su habitación. Pero en lugar de irse a su cama, se dejó caer a los pies de la de Scorpius. Con los hombros caídos y las manos entre las piernas.

—La vida es una mierda —le confesó con voz pastosa y sin mirarlo.

—Ya.

—Lo odio —dijo tan bajito que Scorpius casi creyó que no le había escuchado.

—Oye, mira, solo es una prueba de acceso —intentó animarlo, sin saber muy bien qué decir.

James giró la cabeza para mirarlo. Tenía unos ojos parecidos a los de Lily, oscuros y almendrados. Estaban desenfocados y con las pupilas dilatadas.

—No tienes ni idea —farfulló. A continuación se levantó difícilmente de la cama, usando como apoyo uno de sus brazos. Durante el proceso se tambaleó y hubo un par de veces que prácticamente volvió a estar sentado—. No tienes ni idea.

—Oye, ¿por qué no te acuestas?

—Te crees que es muy fácil —le escupió. Estaba de pie, pero no se estaba quieto. No paraba de tambalearse, con la mirada perdida—. Pues no tienes ni idea. Tengo mucha presión.

Scorpius puso los ojos en blanco.

—Desde luego. Pero dormir lo soluciona todo. —Se quitó la colcha de encima y sacó los pies de la cama. El suelo de madera estaba frío y había algo granulado, como polvo o migas, como si hiciera mucho que nadie lo limpiase—. Vete a la cama.

—No sabes lo que es lo de ser el hijo de Harry Potter. Y el mayor. —Le señaló—. Todo el mundo se cree que tiene derecho a esperar cosas de ti.

Scorpius decidió que contestarle no servía para nada, así que se limitó a cogerle por el codo y arrastrarle por la habitación hasta su cama. James se dejó, aunque no se calló.

—Los estudios, jugar al Quidditch, ser su capitán. Organizar a los prefectos. Premio Anual —fue balbuceando—. Y cuando te sacas tus jodidos EXTASIS y puedes escapar de todo no dejan de presionarte.

—Si no quieres ser auror solo tienes que decirlo —dijo Scorpius, dejándolo caer sobre la cama sin mucho cuidado, recordando la conversación del día anterior—. A tus padres les da igual.

James se rio. Era una risa gutural y un poco seca, incluso cínica.

—Albus va a ser sanador. Va a sacar mejores notas de las que yo saqué. Y yo voy a volver a suspender el examen de acceso. Otra vez.

—¿Y?

—Nunca es suficiente —balbuceó. De golpe se le llenaron los ojos de lágrimas.

Scorpius miró al suelo, claramente incómodo. No estaba en su TOP 10 de actividades el tener que resolverle sus dudas vitales al hermano borracho de su novia. Y encima tenía toda la pinta de que iba a echarse a llorar.

Genial.

—Déjate de pucheros. —Su abuelo siempre se había mostrado muy severo con las muestras de debilidad y, la verdad, con ello había conseguido que lo esquivara siempre que tenía un mal día. Quizá con James funcionase igual—. Recomponte y actúa como un hombre.

Solo sirvió para que comenzase un llanto silencioso. Scorpius apretó los labios, asustado, intentando pensar en alguna manera de controlar la situación.

O una excusa para huir.

—Potter. James. —Cambió el peso de una pierna a otra, nervioso—. Venga.

Como era evidente, aquellas palabras no sirvieron de nada. James negó con la cabeza e intentó taparse el rostro con las manos, secándose las lágrimas en el proceso.

—Mira, te voy a preparar una taza de chocolate caliente, de té o de algo. —También podría fijarse en su abuela. Ella siempre solucionaba todo con tazas humeantes con nubes flotando en ellas—. Intenta tranquilizarte mientras tanto.

Se tumbó en la cama, todavía con las manos sobre su rostro. Parecía tranquilo y Scorpius aprovechó el momento para escaparse escaleras abajo. Si quiera llegó a calzarse. La casa, como era previsible, todavía estaba en silencio. Cruzó el pasillo en el que dormían los tíos y la madre de Lily y se dirigió directamente a la cocina, intentando ser especialmente silencioso ya que el señor Potter parecía dormir en el salón.

Agitó la varita creando una fuente de luz y empezó a buscar entre los armarios. Encontró, sin esforzarse demasiado, un bote de cacao y una taza. Sin embargo, no había ni rastro de la leche. Tras comprobar que no quedaba en la despensa, empezó a abrir y a cerrar diferentes armarios y cajones, con la esperanza de encontrarla.

—¿Qué haces despierto tan temprano? —la voz calmada del señor Potter hizo que pegase un bote y se diera un golpe con la puerta del armario que estaba mirando.

—Yo… no podía dormir —mintió, pasándose distraído la mano por la nuca.

El señor Potter, que estaba en pijama y se había olvidado atrás sus gafas, tocó una pared y sobre ellos se encendió una luz que iluminaba toda la estancia.

—Electricidad —explicó al ver la expresión sorprendida de Scorpius—. Es un invento muggle. Hicimos la instalación en la casa porque es más cómodo. Y si se protege correctamente no hace interferencia con la magia.

—Oh.

—¿Qué estabas buscando? —preguntó terminando de acercase y ojeando la taza con cacao.

—Leche —respondió secamente, esperando que no hiciera demasiadas preguntas.

—Está en la nevera —se acercó a uno de los armarios, especialmente grande, que Scorpius había creído cerrado al ser incapaz de abrirlo—. Mañana, cuando vayamos al pueblo, tengo que comprar más. Somos tantos que vuela.

El señor Potter se refería, claro, al mismo día. La leche salió de la jarra y llenó de manera gradual la taza.

—Yo tampoco podía dormir —dijo el señor Potter con amabilidad—. Estaba pensando en Ginny y, bueno, ya sabes. El tema del divorcio.

Scorpius entrecerró los ojos, claramente incómodo. No sabía qué podía decir para hacer mejor la situación o, por lo menos, poder huir de allí.

»Hay veces que pienso que es una locura, ¿sabes? Después de tantos años… —Cerró la jarra de leche y le miró con el entrecejo fruncido—. Todavía la quiero, claro. Y ella a mí.

—Entonces… —murmuró casi por inercia. En seguida lo lamentó, porque el señor Potter lo miró fijamente, esperando que continuase—. Olvídelo.

—No, ¿qué?

—¿Por qué se van a…? Ya sabe —dijo concentrándose en su taza.

—Es más complicado que eso. —El señor Potter se encogió de hombros, mientras abría uno de los armarios y empezaba a revolver en él—. Tiene más que ver con que nos miramos y, después de tanto tiempo, no nos conocemos. No sé como explicártelo.

»Tú estás saliendo con Lily. Ahora es todo… bonito. Lily te parecerá maravillosa –y más te vale no decir que no-, así que no lo comprenderás. Pero cuando toda esa ilusión desaparece deja paso a dos opciones. Por un lado, como Ron y Hermione, ese cariño y esa confianza casi instintiva. Por el otro…

Scorpius asintió. Sus padres, sus abuelos, podrían entrar en aquel primer grupo. Aunque se pelearan, había algo por detrás que te daba la seguridad de que no pasaba nada.

—Ya…

—Te estoy incomodando, ¿verdad, Scorpius?

—No, da igual —respondió rápidamente—. Gracias por la leche, voy a intentar coger el sueño…

—Espera. —El señor Potter parecía un poco nervioso, como si temiese meter la pata o algo. Y eso le ponía nervioso a él—. Tú ya eres mayor de edad, ¿verdad?

—Sí. Claro.

—Toma —le ofreció un pequeño vial con un tapón de corcho. Su contenido tenía un color blanquecino, como si fuera leche—. Es poción para dormir, te sentará bien.

Scorpius la miró, un poco descolocado. No se lo había esperado, no era algo que los medimagos te recomendaran tomar sin supervisión y podía generar trastornos de sueño y de personalidad.

Si se abusaba de ellos, claro.

Rechazarla sería muy fácil. Casi parecía una prueba. Pero su hijo, James, estaba arriba con una borrachera increíble y podría serle útil. La aceptó.

—Gracias.

—No te preocupes.


Cuando abrió la trampilla de la boardilla y entró se encontró con James subido encima de la cama. Entre sus manos llevaba un libro, al que le estaba arrancando hojas para luego tirarlas por toda la habitación.

Scorpius negó con la cabeza y se acercó a él. En el descansillo de la tercera planta le había echado a la taza la poción que le había dado el señor Potter.

—James —le llamó, dando un par de pasos hacia él. No llevaba las gafas puestas y sus ojos miopes se enfocaron sobre él un poco desorientados—. Es para ti.

Le ofreció la taza, sin llegar a estar lo suficientemente cerca para dársela. James apenas parpadeó.

—¿Qué haces?

—Me revelo —respondió con lengua de trapo, rajando otra de las hojas—. Así no podrán decir que he fracasado.

Scorpius no le entendió. Se acercó un poco más y dejó la taza sobre su escritorio.

—¿Qué libro es ese?

James no contestó, simplemente lo cerró y le mostró la tapa. Era de cuero y se veía desgastado, a pesar de que no debía tener más de un par de años. «Acceso al cuerpo de aurores», rezaba.

—Mañana te vas a odiar —le dijo, alargando la mano y cogiéndolo. Y, aunque al principio James no lo soltó, tras un par de tirones lo hizo—. Supongo que siempre podrás reconstruirlo.

»Porque yo no pienso hacerlo —añadió dejando el libro sobre el escritorio, al lado de la taza—. Ya me has causado demasiados problemas. Y ni siquiera eres simpático.

—Te crees muy listo —le dijo dejándose caer de rodillas sobre su cama—. Muy listo.

Estaba a unos centímetros y el aliento le olía a alcohol. Scorpius abrió la boca para recriminárselo, pero no llegó a decir ni media palabra. En un parpadeo, James había roto el espacio entre los dos y le había metido la lengua hasta el fondo de su boca.

Tardó en reaccionar. Más que porque le gustara porque no se lo había planteado. Cuando lo hizo le empujó con pocos miramientos, haciendo que se cayera de culo sobre la cama.

Podría haberle dado un puñetazo. Quería hacerlo. Le hubiese gustado gritarle.

(No quería despertar a nadie).

Lo miró fijamente, con los labios apretados y expresión desafiante. No parecía arrepentido, pero sí avergonzado.

Le tendió la taza y James la cogió sin ofrecer resistencia. Se la llevó a los labios y se bebió su contenido. Casi como si fuera un niño chico. Tenía los ojos enrojecidos y la nariz llena de mocos.

Estaba patético.

—Está bueno —susurró.

—Ya —respondió de mala gana.

Scorpius se sentó a su lado y esperó. Bebía a pequeños sorbitos, como si quisiera hacer que perdiese toda su paciencia. Como si fuera un niño pequeño comiéndose su primera sopa solo.

—Potter, bébetelo de una vez.


Scorpius no esperó que la poción hiciera efecto para escabullirse de la habitación. Descalzo y en pijama, cruzó de puntillas la buhardilla intentando hacer el mínimo ruido. Estaba cansado.

Lo que había que aguantar.

Bajó las escaleras hasta el baño de la segunda planta y cerró la puerta con cuidado, intentando no hacer ningún ruido. Caminó a oscuras hasta el lavamanos y abrió el grifo. Quería lavarse la cara, pasar página, y volver a su cuarto.

Con toda suerte con un James profundamente dormido.

En seguida se dio cuenta de que era mala idea. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando oyó una especie de resoplido que venía de apenas unos metros. Y es que, a pesar de que ya estaba amaneciendo, el sitio estaba prácticamente a oscuras.

—¿Quién está ahí? —Era la voz de Rose. Débil, casi como un susurro. Scorpius supo, en ese mismo momento, de que la había pillado en un momento de intimidad y que, su reacción, podría definir su relación en un futuro cercano—. ¿Eres tú, Albus?

—No —respondió a media voz. No quería despertar a nadie ni tener que dar explicaciones sobre lo que estaba haciendo en el baño con ella. Cerró el grifo rápidamente—. Perdona, no había luz y… Ya me voy.

—¡No! —La luz apareció de golpe, desde el techo, cegándolo momentáneamente. Rose estaba sentada sobre la tapa del váter, vestida con un pijama veraniego que resultaba infantil. Llevaba entre las manos algo y estaba mortalmente pálida, con los ojos rojizos y profundas ojeras. Scorpius no era capaz de recordar si las había lucido el día anterior.

—Perdona —repitió acercándose a la puerta.

—No te vayas, por favor —Rose se incorporó y le agarró fuertemente de la muñeca. Era una chica bonita, cierto. La niña desgarbada y de pelo estropeado había quedado atrás hacía muchos años. Y eso lo hacía aún más raro, si además le añadías que Scorpius salía con su prima, que estaban en una casa con los padres de ambas y que había estado llorando.

—No creo que sea buena idea —dijo quitando de su muñeca los dedos de Rose. Tenía demasiado presente lo que acababa de suceder en el piso de arriba y no le apetecía ser besado por media familia de su novia.

Rose dejó caer a un lado su brazo y bajó la cabeza, tristemente.

Por supuesto, Scorpius se sintió mal por ella. Casi culpable.

—Cuéntamelo.

Rose boqueó y, sin llegar a mediar palabra, se echó a llorar.

—Mierda —gruñó Scorpius, mirando a ambos lados—. No llores, venga.

Colocó una de sus manos de manera torpe sobre su hombro y esbozó algo así como una sonrisa cómplice. Ella hipó y se recostó contra él, colocando su rostro en el hueco entre el cuello y el hombro de Scorpius.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó pasada una cantidad razonable de tiempo, separándose ligeramente.

—Tengo un retraso —susurró sin llegar a mirarlo.

Scorpius parpadeó.

—¿Perdón?

Notó como las mejillas de Rose enrojecían.

—Ya sabes. —Señaló levemente su abdomen y apretó los labios. Scorpius lo entendió en seguida.

—¿En serio? —preguntó sorprendido. Él ni siquiera se había acostado con nadie. Se moría de ganas de hacerlo con Lily, claro, pero Hogwarts no fomentaba las relaciones entre casas. Si ella hubiese ido a Slytherin podría haberla colado con facilidad en su dormitorio, como habían hecho algunos de sus amigos—. Pero, ¿con quién?

Rose gimoteó y Scorpius se dio cuenta de que era mejor no preguntar. Le pasó, amistosamente, una mano por el hombro e intentó trasmitirle seguridad con una media sonrisa.

—Venga, no te preocupes. Seguro que no es nada. —Y como no perdía nada por preguntar, añadió—: ¿Has pensado en…?

Asintió.

—Compré esto el sábado, en el pueblo de al lado. —Rose le ofreció una cosa alargada, de unos quince centímetros y de un blanco aséptico. Scorpius lo aceptó sin dudarlo.

—¿Y? —preguntó con mayor ansiedad de la que esperaba—. ¿A qué esperas para usarlo?

—Ya lo he hecho. —Parecía aún más desanimada.

—¿Y? —repitió con voz aguda.

—No sale nada. En las instrucciones dice que si no sale nada lo mejor es que compre otro, que puede estar defectuoso, o que vaya al médico.

Scorpius apretó los labios, intentando pensar en algo. Sentía el cerebro embotado, ¿qué le pasaba a aquella familia? ¿Tanto le costaba sentarse los unos delante de los otros y hablar? Aunque fuese una vez…

—Mañana vamos a ir al pueblo, puedes comprar otro —dijo con seguridad—. ¿Se lo has dicho a Lily?

—No —susurró, volviéndose a sentar en el retrete y apoyando los codos sobre las piernas—. Intenté hablar con Brad la semana pasada, pero…

Scorpius recordó la conversación en el andén. Rose había matizado con Brad contaba; con razón.

»No quiero que Lily piense cosas que no son —añadió en voz baja—. No le dije a nadie que él y yo…

Scorpius asintió.

»Charlie dijo que solo las chicas fáciles lo hacen. Y yo no… Brad de verdad me gusta. Pero como… —balbuceó. Parecía una niña chica, en lugar de una mujer hecha y derecha. Como se suponía.

—Es tarde —dijo, decidiendo que poco más se podría hacer y que no quería entrar en una discusión de ese tipo con Rose—. Deberías volver a tu cuarto y dormir, mañana lo solucionaremos.

Las palabras salieron solas y en seguida se lamentó. Rose levantó un poco la mirada y le sonrió, de corazón. Era una expresión amistosa, cercana, agradecida.

Él le devolvió el gesto. Como siguieran así, iban a acabar con él entre todos.

Le abrió la puerta y dejó que saliera.

—¿Pasa algo? —La voz de Lily al otro lado del pasillo le puso los pelos de punta—. He oído ruido.

Rose se atragantó y tosió ligeramente. Scorpius esperó detrás de la puerta, más que porque tuviera que ocultar algo porque no quería dar demasiadas explicaciones. Había sido una madrugada movidita y, ciertamente, difícil de creer.

—Yo también lo he oído, James debe de haber vuelto tarde —murmuró Rose—. ¿Vas a entrar en el baño?

—No.

Scorpius suspiró con alivio.

»Es que no estabas en tu cama y me ha parecido raro.

Esperó hasta que se dejaron de oír los pasos al otro lado de la puerta y hasta que estuvo seguro de que nadie más le oiría. Y, entonces, volvió a su habitación.


—Scorpius, eh, venga. Despiértate. Ya es tarde.

Entreabrió los ojos. Lily estaba inclinada hacia él, con el cabello largo y pelirrojo cayendo a un lado, los ojos brillantes y los labios húmedos. La luz se filtraba levemente por las cortinas entreabiertas. No había música.

Lily se inclinó y le besó suavemente.

Era absolutamente perfecto.

—Ey —la saludó sonriendo tontamente. Los sucesos de la noche anterior parecían lejanos, casi como un mal sueño.

—Buenos días, príncipe durmiente —le saludó con tono socarrón—. Es súper tarde, venga, arriba.

—¿Sí? —murmuró mientras se incorporaba—. ¿Tan tarde es?

—Te estamos esperando todos. Hoy íbamos a ir al pueblo.

—¿Mercadillo?

—Mercadillo. Venga, vístete y baja.

Lily se volvió a inclinar hacia él, gesto que Scorpius aprovechó para envolverla con sus brazos; una mano en la cintura, la otra en su nuca, y la atrajo más hacia él. Y para besarla. Un beso de esos largos, húmedos y en los que parece que te has olvidado de respirar.

Cuando la apartó, Lily estaba sonrojada hasta las cejas y tenía cara de tontaina. Scorpius sonrió, satisfecho de sí mismo.

—Ahora voy —le informó, sacando los pies fuera de la cama. Ella asintió, antes de levantarse y salir de la buhardilla dando pequeños saltitos.


—Buenos días, Scorpius —le saludó el señor Potter nada más verle bajar—. Espero que durmieras bien.

La pregunta iba con segundas, lo sabía, así que se limitó a sonreír y a asentir.

—Sí, la verdad es que sí. Gracias por preguntar.

Todos se habían concentrado en el pequeño comedor, con las tazas del desayuno todavía sobre la mesa. Incluso James, que parecía especialmente incómodo.

—Te da tiempo a desayunar —le dijo amablemente la señora Potter, dejando frente a él una taza y alcanzándole una tetera—. ¿Prefieres pastas o tostadas?

—Tostadas —dijo distraído—. Gracias.

—Dice que son pastas —intervino Victoire echándose hacia delante—, pero en realidad son galletas. Creo que pretende impresionarte.

Scorpius sonrió un poco y asintió. Victoire era simpática.

—Y por si te lo preguntas, no. No son caseras —añadió.

—Ya sabías que si querías comer bien tenías que haberte ido a ver a la abuela Molly —le respondió desenfada la señora Potter—. De cualquier forma, Harry va a ir a comprar en el pueblo de al lado. Puedes ir con él y coger lo que más te guste para desayunar.

—¿Voy? —repitió el señor Potter frunciendo el ceño—. Pensaba que tú también ibas a ir.

—Ya, pero no.

—El plan es que íbamos a ir todos —insistió claramente molesto. Scorpius se fijó que nadie parecía prestar atención a la discusión o, por lo menos, solo los mayores. Para él no era más que una huella de lo que iba a pasar próximamente.

—No te enfades, Harry —intervino la señora Weasley con tono conciliador—. Yo también me voy a quedar, tengo que organizar una reunión para mañana.

—Ese no es el punto.

—Ese nunca es el punto —añadió con retintín la señora Potter, cruzándose de brazos.

—Es por trabajo, no se lo perdería si no lo fuera.

La señora Potter apretó los labios y apartó el rostro. Scorpius bajó la mirada a su desayuno e intentó comer lo más rápido posible.

—Mira, así no hay que llevar otro coche —le dijo con tono autoritario—. Y cuando volváis tendréis la cena lista.

—Vale —aceptó de mala gana el señor Potter, tamborileando los dedos sobre la mesa.

—Entonces —dijo Teddy echándose hacia delante, expresamente hacia las chicas, como para desviar la atención—, ¿habéis pensado en qué queréis?

—Pues yo quiero algo vaquero, un vestido o una falda —dijo Lily—. Y quizá mire algún brazalete, los he visto en una revista muggle y me gustan como quedan.

—Yo tengo algunos de cuando era joven, que también se llevaban, si quieres te los busco —le ofreció amablemente la señora Weasley.

—Vale. —Lily sonrió—. Gracias, tía.

—¿Y tú, Rose?

Se encogió levemente de hombros y desvió la mirada, incómoda.

—No sé, ya miraré algo.

—Ya está —avisó Scorpius, terminándose de meter la tostada en la boca y dando el último trago a su té, para ayudar a pasar la bola.

—¿Sí? Pues venga. —La señora Weasley se levantó diligentemente—. Que se os va a hacer tarde.


Scorpius salió del coche de Teddy a trompicones, seguido de Rose y de Lily. El camino había sido corto, pero completamente por carretera. Y las curvas no es que las llevara bien.

(Cualquiera lo diría, teniendo en cuenta que jugaba al Quidditch).

Respiró hondo, intentando ignorar el movimiento que llegaba desde su estómago y mirar a su alrededor. El pueblo era un lugar pequeño, de casas unifamiliares. Sin embargo, había un grupo considerable de personas recorriendo sus calles, casi todas con bolsas y comida en las manos.

—Bueno, chicos —anunció el señor Potter, saliendo del coche y sacando una cartera—. Ya conocéis las normas. Nada de comprar animales. ¿Eh? ¿Te has enterado esta vez, Lily?

—Solo fue una vez —protestó, cruzándose de brazos.

—Nada de salir del recinto del mercadillo. Y eso va para vosotros.

—Vale —murmuró Hugo, encogiéndose de hombros.

—Todo lo que no gastéis se devuelve. Y os recuerdo que sé perfectamente cuando me estáis engañando.

—Se supone que ahorrar es algo bueno —bufó Rose divertida.

—Y aquí a la hora de comer —añadió—. Eso es la una y media. Nada de las dos menos cuarto ni nada parecido. ¿Entendido?

—Sí —murmuraron a coro. Scorpius asintió, un poco desorientado.

—Pues poneros en fila.

Entonces, el señor Potter abrió la cartera y empezó a repartir dinero. Scorpius se quedó un poco apartado, no quería crear una situación rara.

—No seas tonto —le dijo el señor Potter cuando lo vio—. Tú también tienes.

—¿Qué? No, de verdad…

—No me ofendas y pon la mano —le ordenó en tono divertido—. Es una tradición.

Aceptó el dinero, un poco incómodo.

—Buen chico.

—Y volved a la una y media u os quedaréis sin comer —advirtió con tono malicioso el señor Weasley—. Y no bromeo.

—No lo hace —asintió Teddy con una sonrisa torcida—. Ni siquiera aunque te pierdas.

Lily tiró de Scorpius y comenzó a nadar hacia una calle. Rose iba junto a ellos y sus primos les seguían algo atrás.

A medida que se internaron entre los puestos, había más y más gritos. Y más y más gente. Era una versión caótica y muggle del Callejón Diagon. Lily no tardó en ver un puesto con ropa vaquera y se lanzó hacia él.

Scorpius se quedó un poco por detrás, sin tener muy claro en qué gastar el dinero que le habían dado. Podía devolverlo íntegramente, pero sospechaba que al señor Potter no le gustaría.

—Oye, tenemos que hacer eso —susurró Rose acercándose a él y agarrándole el codo. Tenía mejor aspecto que la noche anterior, pero no mucho más. Se había peinado y maquillado, como si fuera un día más.

—¿Dónde? —preguntó.

—Hay una farmacia un par de calles más allá, no tardaremos mucho.

Scorpius miró a Lily. Había cogido un peto y se lo estaba probando encima de la ropa.

—¿Y qué hacemos con Lily? ¿Se lo vas a contar?

Rose negó la cabeza.

—Seguro que ni se da cuenta.

Scorpius se sintió tentado a decirle que fuera sola. Que no pensaba dejar a su novia sola para irse a solucionar sus deslices. Pero habría sonado demasiado feo y unas horas antes había prometido ayudarla. Así que asintió.

—Vale, vamos.

Le echó un último vistazo a Lily y la siguió entre la multitud.


Scorpius salió de la famarmacia. Rose había palidecido en cuanto se habían acercado al sitio y Scorpius se había ofrecido a entrar él. Supuso que le daba vergüenza.

—¿Estás segura de que funcionará esta vez?

—Sí, claro. Muchas gracias —susurró aceptándolo. Estaba ligeramente ruborizada—. Yo… no quería que volviesen a verme entrar. Como sí…

—Ya, vamos a buscar a Lily.

La verdad es que había sido incómodo. Las dos señoras que atendían se le habían quedado mirando fijamente, casi con aire de reproche.

Estaba dos puestos más allá de dónde la habían dejado. No era difícil reconocerla con su cabello rojo al vuelo.

—¿Dónde estabais? —preguntó con cierto deje de reproche en su tono sin mirarlos, mientras miraba unos marcadores de libros hechos en tela con paisajes famosos.

—Le pedí a Scorpius que me ayudará a bajar una camisa que me gustaba de un puesto y nos hemos entretenido. ¿Al final te has comprado algo?

Lily les miró de refilón.

—Sí, aunque me hubiese gustado saber qué opinabais. Podrías haberos esperado dos minutos, ¿no?

Rose la rodeó con uno de sus brazos y sonrió.

—Venga, enséñanos lo que te has comprado.

Lily se conformó con esa pequeña parte de atención y sonrió.


Volvieron pasada la media tarde. A pesar de que cada los días empezaban a ser cada vez más largos, ya había anochecido y se veían de lejos las luces de la casa. Lily se había quedado adormilada, con la cabeza sobre su hombro. Rose estaba sentada al otro lado y se la veía un poco pálida.

Scorpius no necesitaba ser adivino para saber qué haría lo mismo que el día anterior. Esperar hasta que anocheciera y hacer la prueba sola, encerrada en el baño.

Teddy detuvo el coche y se giró hacia ellos con expresión amable.

—Venga, todos fuera.

Lily se desperezó un poco y se desabrochó el cinturón con gestos lentos.

—Scorpius, porfa, ¿puedes llevarme las bolsas? —pidió dándole pequeños besos en la mejilla.

Sonrió.

—Sí, venga.

—Gracias, Scorpius —se apuntó rápidamente Rose, mientras salía del coche. Scorpius bufó y cogió todas las bolsas, antes de seguirlas.

Entraron los primeros. La casa parecía estar absolutamente en silencio y, de no ser por las luces, hubiesen dicho que estaba vacía.

—¿Lily? ¿Puedes venir? —la voz de la señora Potter se alzó desde el comedor.

—¡Voy! —respondió frunciendo ligeramente el ceño.

Rose la siguió de cerca y, por inercia, Scorpius también fue. Aunque, a decir la verdad, hubiese preferido quedarse fuera. Había algo en su voz que sonaba a problemas.

—¿Pasa algo?

Sí. La respuesta estaba más que clara. La señora Potter había llorado y tenía una vaso de lo que parecía whisky entre las manos. La señora Weasley estaba a su lado y estaba mortalmente pálida.

—Por favor, siéntate —pidió, aplastándose el pelo por un lado de la cara. Estaba nerviosa, se le notaba—. Y, ya que estás, tú también. Scorpius.

Ambos se quedaron un estáticos, sin decidirse.

—Como queráis —murmuró de manera indiferente—. Quiero hablar con vosotros…

—Quizá sería mejor que os dejase a solas —dijo la señora Weasley incorporándose. Su cuñada la agarró del brazo y la obligó a volver a recuperar su posición—. Vale.

—Creo que tenemos que hablar de algo que la tía Hermione se ha encontrado en el baño —dijo modulando su voz con cuidado. A sus espaldas, la puerta de la calle volvió a abrirse y empezó a entrar gente por ella.

Scorpius palideció. Sabía perfectamente qué iban a decir.

—No necesitas llamar a Scorpius para eso —le restó importancia Lily—. La próxima vez quitaré los pelos de la ducha, es que Albus no paraba de aporrear la puerta.

La señora Potter entrecerró los ojos y suspiró.

—¿Te crees que soy tonta y que me chupo un dedo? —preguntó apretando las palmas de las manos contra la mesa.

—¿Qué?

—Ginny…

—Mamá…

—Tía, no…

La señora Potter empujó hacia delante el pequeño palito –el test de embarazo- que Rose le había dado a él, a Scorpius, la noche anterior. Y que él había tirado en la papelera del baño.

—¿Qué es eso? —preguntó Lily un poco confusa.

La señora Potter enarcó una ceja.

—No me tomes por tonta, jovencita.

—¿Qué pasa aquí? —Scorpius giró la cabeza. Los señores Potter y Weasley acababan de entrar. Y a su espalda estaba toda la tropa, mirando con curiosidad.

—¿Que qué pasa? —repitió la señora Potter, incorporándose—. Que tu hija está embarazada.

El silencio fue sepulcral. Lily parpadeó, confusa, sin entender nada.

—Bueno, eso no lo sabemos —puntualizó la señora Weasley, tirando de su cuñada para que volviera a sentarse—. Por eso ibas a tener una conversación civilizada con ella.

—Lily —murmuró sorprendido el señor Potter. Sus ojos, después, cayeron irremediablemente en Scorpius.

—¿Qué? ¡No! —reaccionó al final.

—Hemos encontrado esto en el baño —añadió la señora Potter, señalando a su única prueba.

—Vale. —El señor Potter se sentó junto a su mujer y apoyó la cabeza sobre una de sus manos—. Creo que deberíais iros a vuestro cuarto.

—Papá, tú me crees. ¿Verdad? Si te digo que no… No es mío. Ni siquiera sé lo que es.

Lily tenía el pánico en su voz. El pánico de alguien a quien acorralan en un punto al que no sabe muy bien cómo ha llegado. Quizá si hubiese estado enterada de la situación hubiese sido un poco diferente.

—Victoire usa el baño de abajo —respondió con tono débil, como si le costase creérselo—. Lily, eres muy pequeña.

—Chicos, ya habéis oído a Harry —intervino el señor Weasley—. Iros de aquí.

—No, no os marchéis.

—Lily, cielo, es mejor si lo habláis entre los cuatro. Solos.

—No tengo nada que hablar con nadie, tía. Ya he dicho lo que tenía que decir.

—¡Ya está bien! —La señora Potter alzó la voz—. No nos tomes por tontos. Siéntate de una jodida vez y habla con nosotros.

Scorpius parpadeó, sorprendido por el carácter de la mujer. Pero no más sorprendido de lo que estaría dos segundos después, cuando contestó su adorable novia.

—Qué te jodan.

La señora Potter palideció.

»¡Ya estoy harta! ¡Vas de madre enrollada pero luego eres como peor! Porque ni siquiera tienes el valor de venir y decirme las cosas a las claras. ¡Tienes que mandar a tu marido para hacerlo! ¡O montar un espectáculo!

—Lily, no…

—Al que tienes bien cogido por los huevos, por cierto.

—No le hables así a tu madre —intervino Harry con tono serio, que no admitía réplicas. Un tono que no había usado hasta el momento.

—Oh, y tú no eres mucho mejor. ¿Dónde estabas? ¿Dónde estabas, joder? ¡Si hay veces que pienso que el tío Ron es más padre mío que tú!

—Ya está bien. Tu padre y yo lo hemos hecho lo mejor que hemos sabido. —La señora Potter hizo una pequeña pausa—. Aunque parece que no ha sido lo suficientemente bueno.

—¡Pero si ni siquiera me escuchas! ¡No había visto eso en mi vida!

Scorpius miró a Rose. Estaba pálida y no parecía dispuesta a decir nada. No podía revelar que era de ella. De hecho, si lo hacía sería peor.

—Seguro que has sido tan estúpida de ir a comprar otro —dijo en un siseo la señora Potter.

Rose abrió bastante los ojos.

—Ginny —le advirtió el señor Potter, sujetándole la mano—. Respira hondo.

—Mira, me da igual. Piensa lo que quieras. —Lily se encogió de hombros y se dio la vuelta.

—¡Accio test de embarazo!

La caja que había comprado en la famarmacia salió limpiamente de su bolsa y voló hasta la mano de la señora Potter. Lily abrió mucho los ojos, desorientada.

—¿Qué…? —susurró mirándolo fijamente, sin entender nada. Scorpius bajó la mirada, ligeramente.

Si no lo decía pronto confesaría él. Ya había tragado suficiente para un par de siglos.

—No funciona. Puedes comprar todos los que quieras, coleccionarlos, pero nunca funcionarán —explicó con cierta satisfacción la señora Potter—. Es por la magia, interfiere en el proceso químico. ¿Estás dispuesta a decir la verdad ahora?

Volvió a mirar a Rose, de refilón. Estaba llorando en silencio, en un segundo plano. No sabía si sentir pena por ella o enfadarse.

—Ya la he dicho. No sé de dónde ha salido eso —dijo con la voz vibrante, cruzándose de brazos. Como si se fuera a echar a llorar.

—Lily, por favor —pidió el señor Potter con voz suave.

—Papá…

—Es que es mío —dijo al fin, con un hipido, Rose.

Todas las cabezas se giraron a la vez, hacia ella. El señor Weasley parpadeó, como un idiota. La señora Potter parecía a punto de volver a echarse a llorar, aunque esta vez de pura felicidad.

Lily parecía más confusa que nunca.

—¿Qué? —preguntó el señor Weasley.

—Que no es de Lily. Es mío, los dos. Yo no… —Rose se cubrió el rostro con las manos y negó con la cabeza, nerviosa.

—Vale, se acabó —decidió la señora Weasley incorporándose—. Ya ha sido suficiente espectáculo.

—Mamá, no te enfades —pidió con voz débil. Su padre la rodeó con uno de sus largos brazos.

—No me enfado —murmuró la señora Weasley, visiblemente cansada—. Simplemente no me lo esperaba. Recoge lo que necesites, nos vamos a ir a casa. Por lo menos esta noche.

»Los demás, subiros a vuestras habitaciones.

—Mamá… —dijo Hugo dando un par de pasos hacia delante. Él también parecía un poco desconcertado.

—Hugo, tú quédate aquí. Lo más probable es que mañana estemos de vuelta.

»¡Venga!

Poco a poco empezaron a moverse. Escaleras arriba, con paso lento y un tanto circunspecto.


Lily tiró de él hasta llegar a su cuarto y lo cerró con un golpe sordo.

—¡Tú lo sabías! —le gritó, casi histérica.

Scorpius la miró. No sabía que contestar, aquello no era propio de ella.

—Sí.

—¿Y no me lo dijiste?

Scorpius se encogió de hombros, un poco incómodo. La respuesta era evidente.

—¿Y dejaste que…? —Lily señaló hacia el suelo, hacia donde estaba el comedor. El pecho le subía y le bajaba muy rápido—. ¿Por qué?

—Porque esta casa es una casa de locos —dijo, perdiendo él también la cabeza—. Porque todo el mundo tiene problemas y parece que, que… ¡que soy yo el que se los tiene que resolver!

Lily parpadeó.

—¿Qué?

—Que me tienen loco. ¡Entre todos! ¡Llevamos saliendo un jodido mes y ya sé cosas que no tengo claro que tú si quieras sospeches!

—¿Qué? —repitió.

—¿A cuento de qué me tengo que enterar de que tus padres se están divorciando? —No debería habérselo dicho. Pero era un buen momento. Era el mejor momento en el que podría gritar y desahogarse un poco. Él también tenía derecho, ¿no?

—¿Qué?

—Y ya no solo eso, ¡sino que a tu padre le ha dado por contarme sus problemas como si fuéramos amigos de toda la vida! Y, ey, ¡me ha dado un potente somnífero solo porque le dije que me costaba un poco dormir!

Esta vez Lily no contestó. Simplemente se sentó sobre la cama y lo miró fijamente. Sin apenas parpadear.

»Bien, sigamos. ¿Sabías que tu hermano tiene una crisis existencial? Qué piensa que es una decepción, aunque aún no tengo muy claro si es porque es gay o porque cree que no sirve para nada. Aunque, por cierto, teniendo en cuenta que a tu primo Teddy le escandalizó que Charlie pudiera ser un chico no me extrañaría que estuviese acojonado.

—¿Quién? ¿Albus?

—No. James. Aunque de Albus también podría hablar. De Albus y de tu madre y de tu tío. Tres individuos que parecen querer asesinarme cada vez que me ven.

—Eso no es verdad.

—¿No? Tu tío me amenazó con la varita.

—Es un buen hombre… —protestó Lily.

—Tu madre parece querer saltarme al cuello cada vez que me ve.

—Está enfadada conmigo por traerte sin avisar… ¡y a Albus le gustas!

—Estás de coña.

—Piensa lo que quieras. —Lily apretó los labios—. ¿Algo más de lo que quejarte?

—Sí. El hecho de que tu prima decida que soy la mejor persona a la que confesar su posible embarazo adolescente. Eh, genial. Qué planazo.

Tomó aire de manera violenta. Ni siquiera se había dado cuenta, pero estaba temblando. Podría seguir, seguir echando mierda.

Lily estaba a punto de explotar, se le veía a la legua. Exactamente igual que en el comedor.

—Vete —le dijo con tono autoritario.

Scorpius parpadeó, sorprendido.

—¿Qué?

—Que te largues si tantos problemas tienes con mi jodida familia. Porque, ¡vale! No es perfecta —volvió a levantarse, a encarársele—. Pero, adivina. Es exactamente igual que yo.

»Caótica y problemática. Y parece que va a explotar en cualquier momento.

Apretó los labios. Y Scorpius lo vio claro.

Podía besarla y acabar con todo, pisoteando un poco su dignidad. O podría darse la vuelta. No tendría una ruptura tan fácil en la vida. Y, a decir verdad, tampoco llevaban tanto.

Si eso les esperaba el resto de su noviazgo lo mejor era terminarlo cuanto antes.

Abrió la puerta y salió.

Allí estaba toda la tropa. Toda la tropa que les había hecho aquel inicio de Pascua imposible. James pálido. Albus ruborizado. Hugo incrédulo. Teddy descolocado. Victoire abrió los labios en cuanto lo vio, dispuesta a decir alguna cosa para aliviar la situación.

Alguna broma que Scorpius no quería oír.

—¿Y a ti qué te pasa? —le espetó, pasando de largo—. ¿Vas a llorarme porque te han puesto gafas y no te gusta cómo te quedan?

Victoire cerró la boca y apartó el rostro.

Scorpius se marchó.


end.