EPÍLOGO
—¿Seguro que no quieres venir? —le preguntó Rose a Lily. Era el último día de vacaciones y se suponía que iban a comer al pueblo. Incluso su madre iba a ir.
Lily no tenía ganas. Estaba enfadada con todos y, sobre todo, consigo misma. Había sido demasiado pronto y no se había querido dar cuenta. Le había dado tanto miedo que se olvidara de ella después de las vacaciones que no había calculado los riesgos.
—No. Prefiero quedarme en aquí.
Scorpius había tenido mucha paciencia. Más de la que habría tenido ella si hubiese sido al revés, si ella hubiese tenido que enfrentarse a su familia. Pero eso no quería decir que no había acabado siendo un imbécil.
Le había escrito una carta disculpándose de lo ocurrido. Y, cuando había estado a punto de mandársela, se había dado cuenta que no era justo. De que, en realidad, ella no había hecho nada.
Así que la había roto y la había tirado a la basura.
(Aunque eso no quisiera decir que no lo echara de menos).
—Iros ya. Os quitarán la reserva si llegáis tarde.
Rose le dio un medio abrazo y un beso en el pómulo.
—Anímate, anda.
—Vale.
Lily le sonrió. Era una sonrisa forzada, pero a Rose le sirvió. Se levantó de la cama y cerró la puerta con cuidado al salir.
Se tumbó y volvió a abrir el libro que estaba leyendo. Tenía un marcador de tela con el Reloj de Londres pintado sobre ella. Sonrió, al recordar aquel día tan caótico.
Qué mierda de día.
Intentando distraerse de él, posó los ojos sobre el libro. Esther caminó por el pasillo. Las luces a ambos lados parpadearon. Se suponía que lo que buscaba, la respuesta a todos sus problemas, estaba detrás de aquella última puerta. Entonces, un golpe sordo…
«Toc».
Lily apartó los ojos del libro y frunció el ceño. ¿Eso había sido allí?
«Toc».
El corazón le dio un salto. ¡Definitivamente venía de su ventana! Se incorporó y dejó el libro abierto sobre sí mismo, para que no se cerrase. Dio un par de pasos hacia delante. Se detuvo.
«Toc».
Corrió las cortinas. Allí, frente a su ventana, estaba exactamente quién se suponía que debía estar. Era tan guapo, con el pelo rubio corto y el rostro afilado. Y el muy idiota estaba encima de una escoba y tenía ese tono azulado del que ha estado demasiado rato volando en primavera.
Él sonrió levemente, a modo de disculpa.
Abrió la ventana. El aire frío entró y removió sus cabellos.
—Teddy no es un homófobo —le aclaró. Él parpadeó, sorprendido.
—Vale —respondió.
—Mi madre riñó a mi padre por todo lo que me contaste.
—Me cae bien tu padre.
—Brad le contestó a Rose. Y resulta que no está embarazada.
—Bien por tus tíos.
—Victoire lleva gafas desde tercero.
Scorpius bufó, divertido.
—Lo sé, se le nota en el puente de la nariz. ¿Puedo pasar?
—Todavía no. Ahora a Albus y a mi tío Ron les caes mal de verdad.
—Vaya, por Merlín.
—James lamenta haberte besado.
—Yo también, no te creas.
Lily también sonrió.
—Deberías haber venido antes.
—Tenía miedo de que me volvieras a invitar a pasar la Pascua —se disculpó, bajando la cabeza.
Más o menos satisfecha se apartó de la ventana y le hizo un gesto con la cabeza, invitándolo a pasar.
—Entra de una jodida vez.
Scorpius la obedeció. Dejó caer la escoba y dio un par de pasos hasta ella, la abrazó por la cintura y la levantó. La besó y Lily, esta vez, no se dejó llevar. Le besó con furia, con fuerza. Le besó dispuesta a vengarse de aquellos días solas y pensando que todo había cavado. Sin una triste carta de disculpa. Acarició su cuello y su nuca, le mordisqueó los labios y la barbilla.
Y cuando consideró que ya había sido suficiente se separó y lo miró con el ceño fruncido.
—Que te quede claro —le dijo, en una voz peligrosa— que yo beso mucho mejor que James.
Scorpius cerró los ojos y soltó una carcajada floja antes de volver a besarla.
