Paige Roseling/La tienda de Gold.

Aquello no me parecía una gran idea particularmente genial. Si el señor Gold nos pillaba allí nos iba a caer un buen castigo. Pero Alice era mi mejor amiga y al final me conseguía liar de una manera o de otra para que hiciese cosas como aquella. Parecía que estaba buscando algo, pero no me dejaba claro el qué. En cualquier caso tenía claro que estar hurgando entre las cosas del señor Gold no podía llevar a buen término.

_ ¿Vas a decirme ya qué estás buscando?_ Le insistí.

_ Aquí hay un espejo. Y es para mí.

_ ¿Y quién te ha dicho eso?

_ Pues un conejo blanco con chaqueta.

_ Alice, creo que has tomado demasiado té._ Le dije, alzando una ceja. Alice solía decir que cuando hacía ese gesto me parecía a la alcaldesa.

_ ¿Y entonces qué es esto?_ Exclamó, quitando una manta de un gran espejo.

Me acerqué y pasé la mano por la superficie cristalina, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. Alice sin embargo no parecía tener ningún miedo. Pasó la mano por el espejo, e incluso me dio la impresión de que presionaba, como si pudiese atravesar el cristal. Escuché un ruido y me puse sobreaviso, pensando que Gold nos habría oído. Me volví un momento, y cuando me volví a girar Alice no estaba.

Siempre se le había dado bien esconderse y huir, pero aquello sobrepasaba mi imaginación. Sin embargo no tenía tiempo para pensar en ello, por lo que sin pensármelo demasiado, había acabado por salir corriendo para que el señor Gold no me viese allí.

Alice/El país de las maravillas

No entendía lo que había pasado. Hacía menos de un momento estaba en la trastienda del señor Gold, y ahora, sin embargo, estaba bajo una seta del tamaño de un árbol bastante grande. A decir verdad, parecía un bosque de dimensiones desmesuradas. Y a pesar de todo, un lugar que me resultaba familiar, aunque no había estado allí jamás. Cuando quise darme cuenta, sentí como alguien tiraba de mí.

_ ¡Más deprisa, Alicia, Llegamos tarde!

Un conejo con chaqueta. Aquello me daba la clara impresión de que estaba soñando una vez más. No sería la primera vez que soñaba con ese lugar, y ahora lo tenía claro.

_ ¿A dónde llegamos tarde?

El conejo se detuvo y me miró como si le hubiese preguntado cuánto eran dos más dos. Odiaba que me mirasen así. ¡Qué fuese rubia no significaba que fuese tonta! Sin embargo cuando se fijó más en mí, pareció reparar en algo que se le había olvidado.

_ Eres algo más pequeña que la última vez que viniste. ¡No hay tiempo, te lo explicaré por el camino!

Aquello no me parecía en absoluto sensato, y sin embargo una parte de mí me instaba a seguir, como si fuese lo que tenía que hacer. El conejo hablaba sobre una mujer, llamada la reina de corazones, que según él yo había expulsado de aquel mundo. Me contó que había vuelto, más malvada que nunca, y que si no la detenía todo el país de las maravillas quedaría reducido a cenizas.

_ ¿Y qué pretendes que haga yo? ¡Sólo soy una niña!_ Exclamé, deteniéndole.

_ Pero no siempre lo fuiste… ¿Sabes?

Me volví, tratando de encontrar al dueño de aquella voz, pero no lo hice. No al menos al completo. Observé una sonrisa sin dueño flotando en el aire. Me asusté y me eché atrás, incrédula. Este sueño estaba tomando un cariz siniestro que no me gustaba en lo más mínimo. Mucho menos cuando la sonrisa mostró formar parte de un gato que flotaba.

_ Así no nos vale, conejo. La maldición de la reina la ha dejado tocada.

_ ¿La reina de corazones la ha hechizado?_ Preguntó el conejo.

_ No, ha sido la reina Regina, del bosque encantado. Y mientras sea una niña indefensa no nos vale de nada.

_ ¿Y qué sugieres?

_ Llévala a palacio, a la sala de los sombreros. Quizás eso la haga recordar.

_ ¿Y por qué eso iba a hacerme recordar? ¿Qué se supone que he olvidado?_ Les pregunté, tajante.

_ Debes recordar quién eres, querida. Y no hay mejor lugar que el estudio de tu padrastro. Es lo más cercano a un familiar que tienes en este reino.

Anzu Stealer/Comisaría.

Tener que observar a mi hija como si fuese una desconocida siempre era duro. Pero en aquella ocasión lo era especialmente. Verla llorar desconsolada y no poder abrazarla era algo que me superaba. Afortunadamente Jefferson no estaba presente, porque de lo contrario dudo que hubiese podido mantenerse firme como yo lo estaba haciendo.

_ ¿Entonces el último lugar donde la viste fue la tienda del señor Gold?_ le preguntó Graham, que tomaba notas.

_ Sí. Ella decía que estaba buscando un espejo. Al parecer alguien le había dicho que era para ella.

_ ¿Quién?_ pregunté.

_ Le va a parecer una locura, señora alcaldesa. Pero dijo que se lo había dicho un conejo blanco… con chaqueta.

Algo saltó en mi cabeza como si se tratase de un resorte y me costó no mostrarme emocional ante aquellas palabras. Tenía claro que sólo había una persona que podía haber recibido tal mensaje, una persona a la que conocía muy bien, a la que de hecho llevaba buscando desde que cayó la maldición.

_ ¿Cómo se llamaba tu amiga?_ Le pregunté directamente, ignorando la mirada que Graham me echó.

_ Alice… es una de las huérfanas del Convento._ me dijo, sin poder mirarme.

Y mi mente se refrescó al instante. La había visto muchas veces. ¡Una niña! El hechizo la había transformado en niña y por ello yo no me había podido percatar de nada. Todos aquellos años había estado buscando una adolescente. Y en eso había estado tan errada como los otros sirvientes de maléfica al buscar un bebé todos aquellos años.

_ Si me disculpáis, tengo trabajo que hacer._ les dije, poniéndome en pie.

Y así era. Tenía que visitar la tienda del señor Gold, encontrar aquel espejo y resolver el enigma que se me estaba ocultando. Saqué mi móvil y marqué el dos, para marcar el número correspondiente en marcación rápida.

_ Jefferson… creo que el país de las maravillas se ha tragado a mi hija mayor… otra vez.

Regina Mills/El parque del castillo.

Ese libro acababa de apuñalarme el corazón, y ahora entendía por qué Henry había tardado tanto en confesarme quién era según sus cuentos. Y aunque desde el principio no quise creerme aquello, había una parte de mí que me gritaba que era verdad. Había una parte de mí, que me decía que yo podía llegar a ser capaz de arrancar el corazón a una persona y convertirlo en polvo delante de sus narices.

_ ¿Entiendes ahora por qué no quería decírtelo?_ me preguntó el que era, a fin de cuentas, mi hijo. Colocó su mano sobre mi hombro y me miró a los ojos._ No quería hacerte daño.

_ ¿Y cómo ibas a quererme si soy la reina malvada?_ pregunté, apartando la mirada.

Aunque no sabía si me estaba creyendo aquella historia o no, el que me dijese que era la reina me dolía. Significaba que él podía ver esa oscuridad en mí. Y era algo que desde siempre había temido. Desde que tenía memoria, siempre había intentado compensar algo que no recordaba. Siempre había tratado de ser mejor persona. ¿Era por ello por lo que me sentía tan culpable?

_ Porque tú ya no eres la reina malvada. Has demostrado que eres una buena persona. Y sé que seguirás siéndolo.

Las palabras de Henry me consolaban. Aunque yo realmente fuese la malvada reina, él me seguiría queriendo. Pero lo que desconocía era si yo podría vivir conmigo misma. Pensé en ello mientras le veía alejarse en dirección a su casa. Más tarde, me giré, y vi que no me encontraba sola. Allí había una mujer de cabellos pelirrojos, que me era desconocida. Había algo salvaje en su mirada, que me pedía que me echase atrás.

_ ¿Quién eres?_ Pregunté, manteniendo mi mirada fija en ella.

_ Mi nombre es Christina. Y digamos que tenemos intereses comunes.

Alice/El país de las maravillas.

Aquella sala me daba escalofríos. Allí donde miraba encontraba sombreros de todos los tipos imaginados. Pero sin embargo, de entre todos ellos yo me fijé en uno en concreto. Un sombrero de copa que parecía gastado, en el que se podía observar claramente un objeto que habría calificado como una carta, sujeto por la banda de felpa. Me resultaba familiar, aunque no sabía de qué. Pero cuando iba a tocarlo, un grito me detuvo.

_ ¿Se puede saber quién eres y qué haces aquí? ¡La reina te hará decapitar si te ve aquí!_ Exclamó la voz.

Alguien se movió de entre los sombreros, y aunque al principio pensé que se trataba de una persona, pronto me di cuenta de que estaba errada. Aquellas mejillas, en apariencia sonrosadas, estaban pintadas. Se trataba de un rostro de porcelana. Estaba delante de una muñeca con vida.

_ ¿Cuál es tu nombre?

_ Alice…_ dije, en un susurro.

Justo terminé de hablar, cuando la muñeca se me echó encima y me rodeó el cuello con sus manos de porcelana. Al parecer mi nombre era famoso en el lugar, me gustase o no. Tenía que admitir que no me había esperado aquel ataque de rabia. Y lo único que podía hacer era patalear inútilmente contra aquella muñeca, que parecía poseer una fuerza que a mí se me hacía incomprensible.

Anzu Stealer/La tienda de Gold

Pasaba la mano por el espejo, pero no ocurría nada. Estaba claro que se había dado alguna circunstancia que ya no se iba a repetir. Pero aún así no entendía cómo se había podido abrir un portal en un mundo sin magia como el nuestro. Y entonces fue cuando la idea me golpeó en la cabeza como un relámpago. Aquello era un portal, y los portales conectan dos mundos.

_ ¡Se ha abierto por el otro lado!_ dijimos Jefferson y yo a la vez.

_ Algo ha debido a pasar en el país de las maravillas._ dijo Jefferson.

_ Y por eso han buscado a su heroína una vez más. Pero ella ya no sabe que lo es. Es una niña indefensa en un mundo en que la gente que quiere el poder la quiere muerta.

Golpeé el espejo, frustrada porque sabía que no podía hacer nada. Ahora todo estaba en manos de Alice, y eso me hacía sentir fatal, porque en parte era culpa mía que ella estuviese sola. Yo debería haberla encontrado y haberla protegido, pero no lo había hecho.

_ A una parte de mí le gusta verte así._ me interrumpió Jeff.

_ ¿Por qué?

_ Porque hace tiempo que no te había visto tan humana.

Alice/El país de las maravillas

No sé de donde saqué la fuerza para quitarle a aquella muñeca de encima, pero ella tropezó contra la pared y la cara se le resquebrajó. Pensé que estaría hueca, pero bajo la porcelana me encontré con la mitad de su rostro de madera. Parecía especialmente furiosa por ello.

_ ¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a destrozar mi rostro?

Cogí el sombrero y corrí, completamente aterrorizada. Si esto era un sueño quería despertar de una vez. Tropecé con alguien, y ese alguien me agarró por el cuello y me alzó como si estuviese hecha de papel. Era una mujer, una mujer cuyo rostro observé con atención. Observé sus orejas, apuntadas como las de los elfos que había visto en las películas que veía a escondidas de las monjas.

Sus ojos eran azules cuando me había capturado, pero ahora eran de un tono rojizo, y me observaban como si yo fuese el almuerzo. Tragué saliva, y me di cuenta de que estaba temblando.

_ Tú debes ser Alicia.

_ ¡Alice!_ contradije, fingiendo más valor del que sentía.

_ Es un placer._ dijo, aunque al momento supe que estaba mintiendo._ Puedes llamarme majestad, o alteza. Lo dejo a tu elección.

_ ¿Eres la reina de corazones?_ le pregunté.

_ Podríamos decir que sí… porque no voy a dejar que ella me arrebate mi tan amado trono. ¿No crees?

Regina Mills/El hostal de la abuelita.

_ Le encontrarás en la habitación con vistas a la plaza.

_ ¿A quién?_ le pregunté a Christina. Apenas me había dicho su nombre, y esperaba que confiase en ella.

_ Cuando le veas, todo cobrará sentido para ti.

Miré al hostal antes de aventurarme en él. La abuelita no estaba presente, por lo que no se interpuso en mi camino. Escuché un grito y eso hizo que acelerase el paso. La puerta estaba entreabierta y el grito se repitió. Al entrar, e incluso de espaldas, supe reconocerle enseguida.

_ ¡August!_ Exclamé.

_ ¿Regina? ¡Vete!_ Exclamó, sujetándose la pierna, que parecía dolerle a horrores.

_ ¿Esperas que me vaya después de oírte gritar así? Deja que te vea esa pierna.

_ ¡No!

A pesar de sus protestas, se encontraba demasiado débil como para impedirme que tratase de ver lo que estaba tratando de ocultarme. Aunque nunca estaré del todo segura de si lo que vería a continuación era algo que deseaba o no ver.

_ Es de madera…_ dije, con los ojos abiertos por la impresión, aún dominada por el shock.