Lucrezia Shayker/El país de las maravillas.

Realmente tenía que haber hecho un testamento. El laberinto estaba en llamas, y yo sólo podía correr de un lado para otro, sin ninguna esperanza de supervivencia. Sentí como uno de sus hechizos golpeaba cerca de mis pies y chocaba contra uno de los muros de cristal, estaba condenada. La oía acercarse. Me giré y ahí estaba, preparando su golpe decisivo.

_ Hazlo de una vez. Dejemos este juego que no lleva a ningún sitio.

_ Sabes. Teniendo en cuenta que desbancaste a la primera reina de corazones, esperaba algo más por tu parte. Pero veo que me equivocaba. No eres más que una adolescente.

_ ¡Eso no es cierto! ¡Ella es mucho más que eso!_ Exclamó una voz.

La muñeca había vuelto. Parecía que su cubierta de porcelana había vuelto a recomponerse, aunque a pesar de todo dudaba que pudiese servir de mucho contra una mujer capaz de convertir en cristal todo un jardín con un simple chasquido de dedos.

_ Enternecedor. Una niña y su muñeca. No te inquietes Desideria. La gente sabrá que moriste luchado y que luego te lancé al contenedor con el resto de la basura.

_ ¡Yo…No… Soy…Basura!_ Exclamó ella cerrando los puños.

Entonces sucedió algo extraño. Cuando Desideria cerró los puños, toda la superficie de porcelana comenzó a agrietarse y desprenderse. Si bien, bajo la porcelana no se encontraba la superficie de madera de la otra vez. Al principio pensé que se trataba de una segunda capa de porcelana, pero cuando se quitó el polvo de encima comprobé que me equivocaba. Aquello era piel y cabello real. Desideria estaba viva.

_ Voy a demostrártelo ahora mismo._ dijo, más para sí misma que para su rival, mirándose las manos.

_ ¿Acaso vas a usar los mismos trucos que te enseñé en mi contra?

Desideria simplemente sonrió, se colocó bien el vestido negro y alzó la mano. Una llamarada azul manó de ella y se dirigió hacia la reina, que lo rechazó con un movimiento de la mano. Contraatacó con una serie de cristales apuntados, que se lanzaron a la vez como proyectiles. Pero Desideria, sin inmutarse un instante, hizo un nuevo movimiento con las manos, y una cortina de plumas de cuervo nos protegió a ambas.

_ Veo que te he enseñado bien._ Dijo la reina.

_ En todo salvo en lo más importante._ contestó Desideria, con los ojos encendidos como dos rubíes teñidos de sangre.

Anzu Stealer/El pozo de los deseos.

El momento había llegado. Deslicé el contenido del frasquito sobre el pozo y una nube morada nos envolvió antes de dirigirse al pueblo. La gente no recordaba quien era, así que para ellos sería peligroso. Pero yo no podía quedarme de brazos cruzados mientras mi hija estaba en peligro. Cuando la bruma me alcanzó, me tambaleé y me caí al suelo, sintiendo como cada centímetro de mi cuerpo ardía.

Los pulmones se me quedaban sin aire, y el corazón latía cada vez más despacio. Si la sensación no me fuese increíblemente familiar, estaría aterrada como Jefferson lo estaba. Pero algo como eso no se olvida. Tardé unos minutos en superar el dolor y la falta de aire y ponerme en pie otra vez. Aunque cuando lo hice, no era la misma persona que antes. De hecho, ya no era ni tan siquiera una persona.

_ ¿Anzu, estás bien?_ Me preguntó Jefferson.

_ Tengo sed…

Regina Mills/Colegio de Storybrooke.

Había recibido una notificación de la señorita Blanchard. Quería hablar conmigo sobre Henry. Eso me resultaba extraño, porque lo más habitual habría sido que hubiesen llamado a Anzu. Sin embargo parecía estar indispuesta. A pesar de todo, lo que debería señalar es que desde que entré en aquella sala y me senté delante de aquella mujer empezó a dolerme la cabeza.

Me contó que Henry estaba faltando a clases, y me responsabilizó de ello. Me dijo que ella también era madre, y que tenía que pensar en lo mejor para mi hijo, en lugar de preocuparme porque deseaba estar con él. Quería responderle, pero la cabeza cada vez me dolía más. Y ello llegó a un punto en que la habitación se desdibujó y luego, la oscuridad se apoderó de mis ojos y perdí la consciencia.

Anzu Stealer/Residencia Stealer

Había encontrado a la gente confusa por la nube morada que acababa de enviarles. Mi piel volvía a ser pálida, y la gente me miraba con extrañeza, aunque a mí no me importaba. Me importaba Lucrezia. Tenía que traerla de vuelta, pasara lo que pasase. Había estado a punto de hacerle daño a Jefferson cuando había vuelto a ser yo misma, y me daba cuenta de que mi control no era el de antes. Me había relajado, y ahora tendría que recuperar el control.

_ ¿Cuál es tu plan ahora, Anzu? Has liberado la magia en este pueblo. ¿Qué harás con ella?

_ Usaré nuestro sombrero. Iré a buscarla al país de las maravillas.

_ Sé lo que estás pensando, y no te lo voy a consentir.

_ No te estoy pidiendo permiso, Jefferson. Si tengo que quedarme en el país de la maravillas para que Lucrezia vuelva, me quedaré.

_ Enternecedor._ Nos interrumpió una voz, acompañada de un sonido de palmas.

Me volví, y mis ojos se anegaron de lágrimas. No sabía cómo lo había hecho pero ahí estaba ella. Mi pequeña Lucrezia, con sus típicas prendas de cuero y su mirada insolente. Ella, que me conocía bien, extendió los brazos antes de que yo la estrechase con los míos.

_ Te he extrañado mamá.

_ Sé que últimamente no he hecho lo mejor para ti. Pero lo importantes que estás bien, y voy a corregir todos mis errores._ me sinceré.

_ Eso es encantador mamá, pero tenemos problemas más serios.

Henry Mills/Hospiral de Storybrooke

_ ¡Henry, detente! ¡Por favor, ve más despacio! Vas a despertar a Emma._ Me pidió la señorita Blanchard.

Lo cierto es que aunque la hija neonata de la profesora me preocupaba, mi madre me preocupaba más. No creía que aquello fuese un simple desmayo, mucho menos sabiendo que había ocurrido justo frente a Blancanieves. Y por ello le pedí a la profesora que esperase fuera. Ella, a pesar de mirarme mal, se quedó allí acunando a su preciada hija. Hija que según mi cuento debería ser la salvadora en lugar de mi madre.

Me acerqué a la cama, y observé que abría los ojos. Parecía confusa al principio, aunque cuando se ubicó sus ojos se fijaron en mí. Me sonrió, seguramente para que me sintiese reconfortado.

_ No tenías que venir a verme, estoy bien.

_ ¿Qué hacías con la señorita Blanchard?_ Le pregunté.

_ Me llamó porque al parecer has estado faltando a clases.

_ Romper la maldición es más importante que eso, y tú lo sabes.

_ Tal vez, Henry. Pero eso nadie más lo sabe. Comprende que tus acciones tienen consecuencias.

_ Lo comprendo. Lo has pasado mal por mi culpa.

_ No importa. Todo está bien. Es normal que me sienta así estando cerca de Blancanieves.

Me sorprendí, porque no recordaba haberle dicho a Regina que la profesora Blanchard era Blancanieves.

August Wayne/Hostal de la abuelita

Aún me dolía la pierna. Se estaba extendiendo cada vez más, y probablemente terminase siendo un muñeco de madera de talla completa. No conseguía pensar con propiedad. La puerta se abrió, y yo pensé que sería Regina, pero aquella mujer distaba mucho de serlo. Era una joven con el cabello plateado. Sus ojos parecían dos rubíes, brillantes y aterradores.

_ Supongo que no soy a quien esperabas._ me dijo.

Había tenido el acierto de cubrirme la pierna a tiempo para que no la viese, aunque algo en su mirada me hacía pensar que no lo había hecho del todo bien. Ella se acercó, con su mirada clavada en mí. Me resultaba vagamente familiar, aunque no recordaba de qué.

_ Te duele la pierna, ¿Verdad?

_ ¿Cómo sabes…?_ pregunté, teniendo que interrumpirme para gritar por el dolor.

_ Eso carece de importancia, Pinocho. Voy a ayudarte. ¿De acuerdo?

_ ¿Por qué?

_ Porque eso es lo que hacemos las hermanas mayores. ¿O estoy equivocada?

_ ¿Desideria?_ le pregunté, con clara sorpresa en mi voz.

Tercera persona/Instituto de Storybrooke

Se respiraba un intenso sopor en el aula. Nadie prestaba la menor atención a la profesora de Filosofía aunque de estar sentada entre ellos dudaba que ella misma se prestase la menor atención. Era una mujer sin motivaciones, sin ganas de enseñar. A decir verdad, era una mujer que ni tan siquiera tenía ganas de vivir.

_ ¿Queréis escucharla?_ Dijo una voz desde la puerta._ Hace que la mitología parezca una tragedia griega.

La profesora se giró y observó a una mujer apoyada en el quicio de la puerta. Era una mujer curiosa, ataviada de rojo de arriba abajo. Sus ojos parecían cambiar de color, pero lo que era aún más intrigante eran sus orejas, apuntadas como las de un elfo.

_ Quizás usted pueda hacer mejor mi trabajo._ le dijo la profesora, cediéndole su sitio.

_ Será un placer._ contestó, tomando el libro de texto y pasando las páginas._ Aburrido… Aburrido… Esto es interesante.

_ Los olímpicos no entran hasta el segundo semestre señorita…_ le espetó, buscando que le dijese su apellido.

_ Shaykary… Sheryanna Shaykary._ contestó, sin molestarse._ ¿Y por qué no entra nada bueno hasta el segundo semestre?

_ Yo no elijo el programa, sólo lo sigo._ dijo la mujer, hastiada.

_ Pues yo creo que sería conveniente darles un pequeño adelanto.

_ ¿Y quién es usted para decidirlo?

_ Lo importante no es quién soy yo. Importa quién eres tú.

_ Yo no soy nadie. Y ahora le agradecería que saliese de mi clase.

_ No podrías estar más equivocada.

Sus miradas se cruzaron y quedaron frente a frente unos segundos. A la profesora le resultaba tremendamente familiar aquella mujer, pero no sabía de qué. Cuando Sheryanna dio un paso hacia adelante, ella quiso retroceder, pero fue totalmente incapaz, sus piernas permanecieron pegadas al suelo. Cuando le acarició el rostro con una de las manos sólo pudo temblar. Y desde luego no esperó lo que vino a continuación.

Aquella mujer acababa de besarla. Y algo en su cabeza le dijo que no era la primera vez. De hecho, un constante martilleo de imágenes y voces comenzaba a golpearla sin parar. Aunque desde fuera aquello era mucho más impresionante. Los alumnos observaban incrédulos cómo su profesora resplandeció durante al menos un minuto antes de caer sobre la mesa, sujetándose con las manos.

_ Bienvenida de vuelta, mi amor…_ susurró la mujer de orejas puntiagudas.

La profesora movió la mano derecha, y todos los alumnos cayeron sobre la mesa, profundamente dormidos. Miró a su compañera, de un modo completamente distinto. Se la veía confiada, y en esa mirada se apreciaba la clara marca de la lujuria.

_ Creía que te había perdido._ Susurró, rodeando a Sheryanna con los brazos.

_ Y lo hiciste, pero estoy de vuelta.

_ ¿Cómo?

_ Digamos que he hecho una locura detrás de otra, pero ahora no importa. Es lo que tú me enseñaste.

_ Por amor se hacen grandes locuras._ Dijo la morena, sonriendo sinceramente por primera vez en veintiocho años.

Mary Margaret Blanchard/Hospital de Storybrooke.

No dejaba de sentirme culpable por lo que había pasado con la señorita Mills. Sentía la necesidad de disculparme, así que dejé a Emma con Ruby para que la cuidase, y me dirigí hacia el hospital. Creía que me la encontraría en la cama, pero estaba de pie, vistiéndose. De hecho, cuando entré se estaba poniendo la chaqueta.

_ Lamento interrumpir, pero quería disculparme.

Cuando me miró, se me heló la sangre en las venas. Nunca nadie me había mirado así. Realmente si algunas miradas matasen, esa sería una de ellas. Sentí puro odio en esos ojos profundos, y de hecho me sentía como si estuviese hablando con una mujer distinta a la que había visto la primera vez. Esperó unos segundos antes de contestarme, como si evaluase qué decirme.

_ No acepto sus disculpas. Y ahora, si me disculpa, tengo otros asuntos que atender.

_ Pero… señorita Mills.

Quería acercarme para insistir un poco más, pero al intentar tocarle el hombro, salí despedida contra la pared. Ella se volvió, y me sonrió, aunque esa sonrisa parecía de todo menos alegre, era un gesto de pura crueldad.

_ Le agradecería que no me tocase, señorita Blanchard.