Desideria/El taller/Flashback

_ Ya está, como nueva. Falta una pieza pero nadie lo notará.

_ ¿Eso no está mal, padre?_ Intervino Pinocho.

_ Ella no va a moverse, Pinocho. No la necesita.

_ Pero padre…

Padre. Esa palabra llevaba resonando en mi cabeza desde que pinocho me dejó caer y parte de la cubierta de porcelana se hizo trizas, en el mismo momento en que empezaba a tener conciencia de lo que sucedía a mi alrededor. Gepetto era mi padre. Yo quería su aprobación. Pinocho la tenía. ¿Acaso no lo merecía yo también, siendo la mayor? Yo había sido su primera muñeca, siguiendo el esquema de su maestro.

La noche había caído. Escuchaba a padre contarle un cuento a Pinocho. Estaba celosa, quería estar en aquella habitación. Quise extender el brazo, sacarlo del soporte donde estaba colocado y, como por alguna broma del destino, el brazo se movió. Y sentí como mi rostro se movía para expresar la sorpresa. Moví el otro brazo, y lo saqué del pedestal.

Pero cometí un grave error al olvidar lo que mi padre había dicho aquella misma mañana. Me faltaba una pieza, que no importaba porque no me iba a mover. Y la falta de esa pieza, la pieza que sujetaba mi tronco sobre mi abdomen, provocó que todo mi tren superior se separase de mis piernas, y cayese al suelo sin piernas. No sé por qué, pero no me hice añicos. Alcé la vista y lo único que mis ojos contemplaron fue la luna llena a través de las estrellas.

Repentinamente, Fígaro hizo acto de presencia. Un simple gatito, pero que para mí era una criatura colosal. El terror hizo presa de mí, mientras trataba de arrastrarme por el suelo para evitar ser alcanzada por el gato. Pero fue inútil. En pocos segundos el gato estaba arañando mi porcelana con sus dientes. Terminaría por romperla y destrozar la madera que había bajo ella.

_ ¡Padre!_ grité con todas mis fuerzas_ ¡Padre, socorro!

Pero por más que grité, no hubo respuesta. Fígaro me dejó bajo un armario y mi padre no vino a socorrerme. Seguí gritando un rato más, al igual que los días posteriores. Pero no conseguí llamar su atención. Y cuando el polvo comenzó a acumularse, me rendí y cerré mis ojos, con una promesa clara. De algún modo saldría de allí, y conseguiría que mi padre se preocupase por mí.

Regina Mills/Consulta del Doctor Hopper.

_ Francamente, debo decir que no comprendo lo que me está pasando últimamente, doctor. No me siento yo misma.

_ Es comprensible que sufra una crisis de identidad, señorita Mills_ Me indicó el doctor Hopper_ Henry ha entrado como una exhalación en su vida, y usted siente que tiene que cumplir un papel para él.

_ No doctor, creo que es algo más que eso._ Le dije, mirando el techo desde la posición en que me encontraba, recostada en el sofá._ Ayer estaba en el hospital y no sé que me ocurrió. Fue como una especie de… ataque.

_ ¿Un ataque?_ Me preguntó, intrigado.

_ Bueno verá. Estaba a punto de volver a casa y entonces la señorita Blanchard entró en la sala. Y me sentí furiosa.

_ Es natural que estuviese enfadada, a fin de cuentas fue ella la que la envió al hospital.

_ No, no lo entiende. Me sentí llena de rabia. Jamás me había sentido así. Era como si un agujero negro se hubiese tragado mi corazón y sólo pudiese pensar en hacer daño a Mary Margaret.

Y después había salido despedida contra una pared, pero eso era algo que era mejor que me guardase para mí, porque dudaba que el doctor Hopper me creyese, pues a fin de cuentas incluso a mí me costaba creer que aquello había ocurrido.

Desideria/El local de la abuelita

_ ¡Tiene que haber algo que yo pueda hacer!

_ Sólo si se rompe la maldición que cae sobre el pueblo lograré liberarme._ Dijo August, con voz débil.

La transformación se había acelerado más de esperábamos. A estas alturas la madera casi le cubría el rostro por completo. Lo había intentado todo, pero incluso así la transformación no se había ralentizado. Abracé a mi hermano con fuerza mientras lo poco que quedaba de él se convertía en madera. Las lágrimas acudieron a mis ojos, y tras ellas, acudió la rabia.

Me puse en pie, extendí la mano derecha y llamé a la espada. Di una serie de tajos y el armario provocó un gran estruendo cuando se cayó al suelo, reducido a una serie de piezas muy pequeñas. Tenía un solo pensamiento en la cabeza, tenía que vengar a mi hermano. Mi espada cortaba la madera como si fuese mantequilla, y estaba segura de que no sería distinto con los huesos.

_ Juro que me las pagarás, Regina Mills.

Melody Song/Camerino de Melody y Alexandra

Estaba sola una vez más. Alexandra insistía en repasar las canciones una vez más a pesar de que yo ya sabía que se las sabía perfectamente. Pasé la mano por uno de los múltiples posters marinos que tenía colgados de la pared y suspiré.

_ ¿Te gusta el mar?_ Preguntó una voz a mi espalda.

Me giré y me encontré cara a cara con Alexandra, que me sonreía ampliamente. Estaba tan distraída que no la había oído llegar. A veces pensaba que era un ninja, porque incluso con mis grandes orejas llegaba a sorprenderme de aquella manera.

_ Siempre me ha fascinado, pero Vanessa me tiene prohibido acercarme. Ni tan siquiera sé nadar. No se lo digas a nadie, me da mucha vergüenza.

_ Yo nado muy bien, podría enseñarte si quieres.

_ Eso me encantaría.

Desideria/El taller/flashback

Era una noche oscura, como el resto de ellas. El polvo se había acumulado sobre mí. Ya no sabía el motivo por el que seguía teniendo esperanzas, en el fondo sabía que mi padre nunca me encontraría debajo del armario. Sin embargo aquella noche observé cómo alguien metía la mano bajo el armario y me aferraba. Yo sonreí, sentí dolor en mi rostro de porcelana, que llevaba mucho tiempo rígido, dada la inactividad que había llevado. Sentí como de mi ropa se deslizaba un broche, pero no le di importancia.

_ Ven conmigo muñequita… tenemos trabajo que hacer.

Observé a la mujer que me sostenía. Me inspiraba temor, y sus orejas, afiladas, eran un rasgo que no se parecía nada que yo hubiese visto jamás. Cerré los ojos y asentí, pues aunque quisiera, no tendría a nadie más que me acompañase y me cuidase.

Lucrezia Shayker/Zona residencial de Storybrooke.

La zona residencial estaba desierta. Y a pesar de todo estaba alerta, precisamente por ello. En la zona había un silencio que me parecía antinatural. No se escuchaba el sonido de los pájaros ni el de los niños. El silencio era tan absoluto que provocaba que me doliesen los oídos. Tan sólo se escuchaban mis pasos. Sin embargo, me llamó la atención un escaso silbido, que me sirvió como para aviso para agacharme y esquivar una flecha que venía en mi dirección.

Supe, incluso antes de que apareciese delante de mí, quién había disparado. Simplemente confirmó mis sospechas el ver a aquella mujer delante de mí. Su cabello pelirrojo y sus ojos, fijos en mí, con una sonrisa calculadora que conocía desde que era una niña.

_ Hola Christina. ¿Qué tal estás?

_ Ansiosa.

_ ¿Ansiosa? ¿Por qué?_ pregunté, aunque ya conocía la respuesta.

_ Porque llevo veintiocho años deseando sacarte los ojos, por supuesto.

_ ¿Es ese modo de hablar a tu hermana?_ Le pregunté, haciéndome la ofendida.

_ Hace mucho que dejaste de ser mi hermana…

Anzu Stealer/Consulta del Doctor Hopper/Flashback

_ Todo el mundo hace exactamente lo que yo deseo._ Susurré, llevándome la mano al rostro.

_ ¿No es eso lo que todo el mundo quiere en algún momento?_ Me espetó el doctor, anotando en su libreta.

_ Pero no lo hacen porque quieren hacerlo, lo hacen porque están obligados. No es real.

Yo no deseaba eso. Deseaba volver atrás, romper esta maldición. Pero no estaba capacitada. Por más que lo intentaba, el hechizo se mantenía férreo y poderoso. ¿Cómo romper semejante maldición sin magia? Sabía bien que sólo había algo capaz de romper algo así, un beso de amor verdadero. Pero por más que buscaba, no lograba encontrar a Jefferson.

_ Debo irme, doctor.

Mis pasos comenzaron a recorrer la que se había convertido en mi ciudad. Quizás para Regina sería hermoso ver a la gente sufrir. Sin embargo, para mí, era una continua tortura. No sabía a dónde me dirigía, pero sin embargo mi subconsciente parecía tenerlo más claro. Cuando quise darme cuenta, me encontraba atravesando la puerta de cristal de aquella tienda.

_ ¿Señor Gold?

_ Alcaldesa Shayker. ¿Qué os trae por aquí?_ Me estremecí. Podía haber perdido sus poderes y recuerdos, pero aún sabía cómo lograr hacer temblar a la gente.

_ Quisiera hacer un trato con usted.

_ ¿Un trato?_ Sonrió, y yo traté de permanecer impasible._ ¿Qué desea exactamente?

_ Quiero un niño…

Lucrezia Auditore/Venecia/Flashback

Sentía el viento golpeando mi cara, mi cabello revolverse detrás de mí. El calor corría por mis piernas mientras se flexionaban para dar un salto y permitirme saltar de un tejado a otro. Me giré, y vi a Christina unas casas más atrás, apoyada en una chimenea, respirando con dificultad. Me reí y volví sobre mis pasos para quedar a su altura.

_ He vuelto a ganar.

_ Se ve que has crecido. Antes siempre te dejaba atrás.

_ Es que yo he estado practicando mientras tú cenabas con tus pretendientes._ Dije, sacándole la lengua._ No sé como lo soportas.

_ Me consuela saber qué hago lo que debo, Lucrezia. Me casaré y tendré muchos hijos que hereden nuestro linaje. Esa es la razón de nuestra existencia, Lucrezia. Tú también lo harás, y serás feliz. Es nuestro destino.

_ No, me niego a eso. No me pudriré siendo la esposa de un hombre al que ni tan siquiera amo.

_ ¿Y qué harás?

_ Vivir, ver el mundo, y buscar el amor verdadero.

_ Eso es un absurdo. ¿Acaso crees que la vida es un cuento de hadas?

_ Podemos lograr que lo sea.

_ Lucrezia, tienes que entender algo. No existen los cuentos de hadas, y no hay finales felices.

_ No estoy de acuerdo con eso, Christina.

Desideria/Avenida principal de Storybrooke.

La rabia se había apoderado de mí, y no podía detenerla. Atraía las miradas de la gente mientras avanzaba. Tenía un solo pensamiento en mi cabeza. Quería asesinar a Regina y nada ni nadie sería capaz de impedir que lo hiciese. Era una mujer malvada y cruel, y por su culpa mi hermano volvía a ser un muñeco y no podía moverse, no podía hablar. Le ensartaría el corazón con mi espada, y se lo arrancaría igual que ella había ensartado tantos.

_ Disculpe._ indiqué a la persona con la que acababa de chocarme.

Iba a seguir mi camino, cuando me percaté de que en el suelo había un objeto brillante. No me habría llamado tanto la atención, de no ser porque reconocía aquel objeto, porque a decir verdad, era mío. Se trataba del broche que tanto tiempo atrás se me había caído en el taller de mi padre.

_ Disculpe, creo que esto se le ha caído._ Le indiqué, recogiéndolo.

_ No, lamento que eso no me pertenece, señorita.

_ ¿No sabrá por casualidad de quién es? Me gustaría devolvérselo.

_ Creo estar seguro de que eso pertenece a Marco, el carpintero. Habría jurado que se lo he visto puesto más de una vez.

_ ¿Podría indicarme donde está su taller?_ Pregunté, retrasando mis planes homicidas por un momento, por una esperanza mejor.

Regina Mills/La tienda de Gold.

_ Se lo he dicho, tan sólo quiero hacerle unas preguntas sobre Henry. Sé que usted se lo consiguió a la alcaldesa.

_ Señorita Mills. Créame que agradecería que no siguiese tratando de acceder a su hijo por esa vía. De hecho, creo que todos se lo agradecerían.

Debía haber algo oscuro en aquel asunto, porque se empeñaba en evitar mis preguntas. Y eso me preocupaba, porque no podía significar nada bueno para Henry. ¿Y si había sido secuestrado, o algo peor? Mi intuición me decía que debía seguir con aquel asunto. Mi mirada también lo indicaba, por lo que el señor Gold me dirigió una última mirada severa y añadió.

_ Ahora, me temo que debo pedirle que salga de mi local…_ dijo, haciendo una pausa_… por favor.

Iba a replicar algo, cuando noté que era incapaz de decir nada. Mis piernas se quedaron rígidas durante un instante. Y acto seguido, sin yo desearlo, me giré y salí por la puerta, cerrando tras de mí. La impresión que me llevé fue enorme y devastadora. Y entonces, antes de poder recomponerme, recordé por qué aquello había ocurrido. Recordé una mazmorra oscura, una conversación, un acuerdo.

Y esa fue la primera imagen de muchas. Recordé mi infancia, mi adolescencia. A mi mente acudió la imagen de Blancanieves, mis tretas para acabar con ella, la maldición. Pero ante todo volvió el recuerdo de Daniel, y un dolor atroz, junto a algo pesado como un plomo, se instaló en mi corazón, haciendo que me tambalease y cayese de bruces al suelo.