Anzu Stealer/Alcaldía.
Estaba recogiendo mis cosas. No tenía intención de seguir con aquella farsa. La maldición no se había roto, pero yo había recuperado a todos los miembros de mi familia salvo a Grace, y esa era mi siguiente meta. Era mi niña bonita, no podía negarlo. La había llevado en mi interior, y verla con otra familia me destrozaba tanto o más que a Jefferson. Me dirigía hacia la puerta, pero tuve que detenerme al abrirla, porque me encontré cara a cara con Regina.
_ Ahora tengo algo de prisa, señorita Mills. Si me disculpa.
_ No me importa lo que usted tenga que hacer. He venido a por lo que es mío.
_ Disculpe… ¿Lo que es suyo?
_ Sí, he venido a por mis llaves maestras. Así que hágase a un lado y déjeme pasar.
_ Oh… vaya._ Dije, mirándola fijamente a los ojos._ Bienvenida, majestad.
_ No tengo tiempo para esto._ Exclamó.
En cuanto terminó la frase salí volando contra la pared, dolorosamente. Cuando la miré a los ojos entendí que la reina había vuelto. Y eso me producía sentimientos enfrentados. Por una parte, la reina había sido una de mis mejores amigas en el reino, pero por otra, me había mentido y me había forzado a convertirme en ella. En cualquier caso, sólo tenía un camino a tomar.
_ Bienvenida de vuelta, majestad.
_ Mis llaves, por favor.
_ En el tercer cajón del escritorio.
Discordia/Inframundo/Flashback
Cristal. Allí donde mirase sólo podía ver cristal, y ella no estaba. No recordaba el inframundo de esa manera, si he de ser franca. Pero estaba claro que eso era una prueba para mí. Desenfundé la espada del Olimpo y la hice girar, amenazadoramente.
_ ¡Hades, muéstrate! ¿Acaso crees que tendré más clemencia contigo que la que tuve con Ares? ¡Suéltala!
El dios se presentó delante de mí. Reconocía esa mirada de codicia en sus ojos, pues yo misma la había tenido muchas veces, daba clara señal de que éramos familia. Pero eso no era obstáculo para ninguno de los dos para acabar con la vida del otro, como mi espada indicaba.
_ ¿Dónde está ella?_ Pregunté, aferrando mi arma con fuerza.
_ En un lugar en el que no podrás encontrarla, querida. ¿Qué te había advertido sobre esas criaturas? Son juguetes, nada más.
Golpeé al lugar en que se encontraba con la espada, pero despareció. Sabía que haría ese truco, él me lo había enseñado a mí. Tenía que centrarme y encontrar a mi amada, antes de que le hiciese algo terrible, antes de que la convirtiese en un montón de carne sin forma.
_ ¿Son mis poderes lo que quieres? ¿Ansías arrebatarme la inmortalidad? No me importa. Pero devuélvemela.
Lucrezia Shayker/Storybrooke.
No podía vencer a Christina. No sabía de dónde había sacado semejante fuerza, pero me había hecho atravesar tres casas con su último empujón. Se me echó encima y me bloqueó con las piernas, dándome golpes en la cara. Traté de resistirme, pero para cuando me liberé estaba mareada.
No sabía cuanta ciudad había recorrido cuando atravesé la puerta de la tienda del señor Gold, rompiendo una vitrina. Me cayó un brazal encima. Lo reconocí, porque aquello era mío. Me lo puse en la mano izquierda por instinto, y busqué el otro, que hallé sobre el mostrador que acababa de romper. Me lo puse en la mano derecha y salí, dispuesta a encarar a mi hermana.
_ ¿Tantas ganas tienes de morir, Lucrezia?
_ En eso te equivocas.
_ ¿Entonces por qué has venido?
_ Perché io sono un Auditore, io sono un combattente._ Dije, esta vez en italiano, la lengua materna de ambas.
Me lancé a por ella, esta vez con más confianza, y le di un puñetazo en la cara. Ella contraatacó, y yo bloqueé con el brazal, pero lo esquivó y me dio de lleno en la nariz. Salí despedida hacia atrás y golpeé una farola, que se torció y se estropeó. Entonces, y tristemente, comencé a ver mi vida pasar por delante de mis ojos.
Lucrezia Auditore/Basílica de San Marcos/Flashback.
No me parecía justo realizar el entierro de dos personas florentinas en Venecia. Sencillamente, estaba fuera de lugar. Pero Christina había sido la encargada de organizarlo todo, porque tras asesinarlos, me había visto forzada a huir para que mi hermana no tomase represalias. Pero, a diferencias de las suyas, las lágrimas que cubría poniendo las manos sobre mi rostro eran sinceras.
Yo no quería matar a mis padres. No había deseado hacerles eso. Bien es cierto que no les profesaba mucho afecto, pero no quería acabar con sus vidas. La vampiresa había sido más fuerte que yo. Decidí marcharme antes de que aquello me explotase en la cara, de que mi hermana apareciese. Decidí salir de aquella sala antes de que me viese. Aunque quizás fue demasiado tarde, porque noté como alguien me tocaba el brazo.
_ ¿Es usted, Lucrezia Auditore?
_ Tal vez.
_ Quiero informarle de algo, señorita
_ ¿De qué?
_ Quizá no me crea, pero debe usted saber que las personas para los que se oficia esta ceremonia no son sus padres.
Desideria/Taller de Marco
Era él. Podría reconocerlo en cualquier parte. A fin de cuentas era mi padre. Le observaba trabajar. A pesar de todo, seguía siendo un carpintero consagrado. Pero ya no hacía marionetas. Eso era triste, a decir verdad, pues siempre le habían fascinado. Me miré a un espejo al entrar en la tienda. Realmente parecía una muñeca todavía, ya no por mi tez. Pero mi vestido era claramente el propio de una muñeca de porcelana.
Me percaté de que al entrar sonó una campana y eso me hizo sonreír, me recordó al taller en el que él trabajaba antes, tenía el mismo sistema, y en este mundo también tenía la misma sonrisa que invitaba a quedarse y observar en profundidad la tienda.
_ Buenas tardes. ¿Puedo ayudarla en algo, señorita?
Sentía ganas de abrazarlo, de decirle la verdad sobre todo, pero sabía que no me creería, y eso era doloroso. Nunca había podido hablarle de mis sentimientos, y ahora que tenía ocasión, él no sabía quién era yo. Todo por culpa de Regina. Se lo haría pagar, estaba segura de eso. Una de las cosas que había aprendido de Sheryanna era a causar dolor, grandes dosis de dolor.
_ Quería devolverle esto, creo que es suyo._ Dije, dejando el colgante en sus manos.
_ Muchas gracias, llevaba días buscándolo. No sé qué haría sin él.
_ ¿Podría saber por qué es tan importante? Sólo por simple curiosidad.
_ Perteneció a mi esposa. Lo compramos cuando quedó embarazada. Lamentablemente tanto ella como la niña que estaba esperando fallecieron. Y este colgante es cuanto me queda.
Cerré los puños, esperando que no se notase. Ahora puedo confirmar que realmente estaba furiosa. Regina había introducido en la mente de mi padre esos recuerdos trágicos, que además resultaban ser completamente falsos. Tenía otra razón para seguir con aquello, para hacerle conocer el dolor.
Christina Auditore/Storybrooke
Algo cambió de repente. Lucrezia sacó fuerzas de donde no las tenía y me lanzó por los aires. Maldije por no haber esperado a la noche propicia, y me dispuse a esforzarme más. Desenfundé la pistola que llevaba y le disparé en el hombro. Se quedó quieta un momento y comenzó a andar en mi dirección. Disparé otra vez, y el resultado fue el mismo. Siguió avanzando como si nada pudiese detenerla.
Se me colocó delante y me cogió por el cuello. Ahora entendía a lo que se referían con la fuerza de los vampiros. Lucrezia era más fuerte de lo que yo pensaba, por lo que tendría que usar mi poder, aunque no lo esperaba, y me había vestido bien. Lucrezia movió el brazo, y el brazal dejó salir la hoja.
_ Basta, Christina.
_ Jamás.
_ Quieres vengarte por la muerte de unas personas que ni tan siquiera eran nuestros padres.
_ Lo sé.
_ ¿Lo sabes?
_ Siempre lo supe. Pero eso no cambia nada. Nos criaron y nos instruyeron._ Le indiqué, tratando de librarme de su tenaza.
_ ¿Dejaste que me utilizaran como una marioneta? ¿Dejaste que trajesen pretendientes para que me violaran a pesar de no ser mis verdaderos padres?
Estaba sobre un charco de agua y mi reflejo mostraba ese rasgo característico. Mis ojos se teñían de amarillo al tiempo que mi colgante resplandecía. Y yo, sabiendo lo que se venía encima, me quité la cara chaqueta que llevaba, para que no se hiciese trizas. Lancé un grito al cielo, que se convirtió en un aullido.
Henry Mills/Cementerio de Storybrooke.
La noche era fría y amenazaba lluvia, pero yo tenía que verla. Había visto lo que había hecho con Anzu, ese arranque de poder que había tenido. Pero Regina seguía siendo mi madre y no iba a abandonarla. Ahora debía estar confusa, y estaba seguro de que querría verme. Y creía que mi libro me diría donde se encontraba. Me dirigí a su mausoleo familiar, que el hechizo había traído. Y acabé bajando por una escalera secreta bajo la tumba de su padre, que tenía mi mismo nombre.
Pensé que me perdería en aquel laberintico subterráneo, pero no tardé en escuchar un sonido que me dio la dirección correcta. Tardé un tiempo en conseguir encontrarla, y la imagen que vi, no se parecía en nada a lo que el libro que tantas veces había releído llamaba la reina malvada.
Regina ofrecía la imagen de una mujer destrozada por el dolor, que sollozaba observando un ataúd de cristal sobre el que yacía el amor de su vida. Tenía el rímel corrido y el pintalabios se había desplazado por todo el rostro. Sabía que nunca nadie la había visto así, pero del mismo modo sabía que eso demostraba lo humana que era, y dejaba claro que había bondad en ella.
Me acerqué y la abracé. Ella al principio se asustó, pero cuando se dio cuenta de que era yo me atrajo hacia sí. Su mirada me decía que me necesitaba, que no podría superar volver a sentir ese dolor estando sola. Los recuerdos habían vuelto como una marea de dolor y eso mismo era lo que la había convertido en la reina malvada la primera vez. Pero ahora no estaba sola, ahora me tenía a mí.
_ Henry… vamos a romper la maldición.
_ ¿Estás segura?_ Le pregunté, mirándola a los ojos.
_ Es lo que Daniel hubiese querido.
Discordia/Habitación de Hotel.
_ ¿Y qué es lo que quieres hacer ahora, Shery?_ Le pregunté, cogiendo su mano.
Había venido a buscarme a mi clase y había roto la maldición sólo para mí. Ahora dejaba de ser la pobre señorita Greene, profesora de filosofía a la que le habían quitado a su hija y sin ganas de vivir. Ahora volvía a ser Discordia, una diosa poderosa, inmortal. Y ante todo, recordaba lo mucho que quería a Sheryanna. Aquella misma noche había conseguido alojamiento para las dos.
Mis poderes estaban algo bajos, pero no me importaba, porque ella tenía poder suficiente hasta que los recuperase. Y sabía bien cómo hacerlo. Tan sólo tendría que tocar el cetro y volvería a tener todos mis poderes. Aunque me gustaba que Sheryanna me mimase y protegiese. Una parte de mí, muy cercana a la indefensa mujer que había sido durante 28 años, deseaba que alguien la cuidase.
_ Quiero vengarme de los que te han hecho sufrir, mi amor._ Dijo, alzando las orejas puntiagudas, en señal de rabia.
_ Yo quiero recuperar a mi hija, Shery. Eso es prioritario. Luego nos ocuparemos de la venganza.
_ Pero esa chica no es tu hija.
_ Durante veintiocho años la he querido, y eso no ha cambiado.
_ Dame su nombre y te la traeré.
_ Alice… se llama Alice.
Desideria/Local de la abuelita.
_ Estoy buscando a Regina Mills._ Indiqué, con voz clara y tranquila, que en nada se parecía a mis verdaderos sentimientos.
_ Ha salido, pero puede esperar aquí si quieres._ Me indicó, Ruby, la camarera.
Me senté, y notando hambre por primera vez en mi vida, pedí. Pronto acabaríamos enzarzadas en un combate a muerte, y no pensaba tenerme hasta separar la cabeza del resto de su cuerpo y enterrarlos en lugares distintos. Hasta entonces, tendría que conformarme con el pastel de la camarera. Quizás esto no me devolviese a mi hermano, pero me dejaría mejor sabor de boca que no hacer nada, eso era seguro.
