Melody Song/Calles de Storybrooke.
Noté una sensación cálida que golpeaba mi pecho mientras andábamos. Alexandra y yo nos miramos. Pero ya no éramos Alexandra y Melody. Los recuerdos me habían golpeado repentinamente, y al mirarla, supe que a ella también. La maldición de la reina se había roto. Nos lanzamos la una sobre la otra y nos abrazamos. Decir que la había echado de menos durante mucho tiempo antes incluso de que se hubiese roto la maldición, era quedarse muy corta. Úrsula me había hecho creer que estaba muerta, y eso requería muchas explicaciones.
Iba a decirle a mi madre cuanto la había extrañado, al sentir cómo mi rostro se abría, dolorosamente. La cicatriz que durante la maldición había podido eludir. Pero una vez que la magia había vuelto ella también lo había hecho esa marca que no me dejaba de recordar que había fracasado. Mi madre me miró fijamente, con los ojos entre el terror y la rabia.
_ ¿Úrsula te ha hecho esto?
_ No. Fue mi prima. ¿Por qué iba a Úrsula a hacerme esto?
Úrsula me había cuidado desde que mis padres habían desaparecido, había sido dulce y atenta conmigo, incluso tras la maldición. No entendía por qué mi madre pronunciaba ese nombre con tanto odio, cuando era ella misma la había designado como mi madrina.
_ Por la misma razón por la que nos apartó a tu padre y a mí. Por tu poder.
Christina Auditore/Hospital de Storybrooke.
Estaba esperando. Esperando tener la ocasión de liberarme de aquellas cadenas. Pero esta no llegaba. ¿Acaso me dejarían un mes en aquella habitación, hasta que el colgante se recargase y pudiese salir por mí misma? Pensaba que así sería, hasta que noté la magia recorrer la sala. Mi amuleto se cargó completamente, y noté la fuerza del lobo volver a mi interior. Destrocé las cadenas que me ataban y me dirigí a la salida, para encontrarme con unos ojos que me evaluaban, y que me resultaban, en cierto sentido, familiares.
_ Ruby… ¿Qué haces aquí?_ Le pregunté, ignorante de lo que se me venía encima.
_ Soy roja para ti.
_ Acaso…
_ ¿Se ha roto el hechizo? Sí, lo ha hecho. Y mi abuela ya me ha hablado sobre ti.
_ ¿Has venido a hablar o a romperme los dientes?_ Pregunté, cruzándome de brazos.
Yo había introducido la licantropía en su familia, e imaginaba que eso era algo que no me agradecería, en especial después de haber curioseado lo que el libro de Henry decía sobre ella y lo que había hecho a su novio. Estaba segura de que no tenía intención de congraciarse conmigo, al menos no desde un inicio. Tomé asiento y se me quedó mirando.
_ A decir verdad, aún no lo sé._ Me dijo, sentándose delante de mí.
_ Cuéntame cómo empezó todo.
_ Mi infancia se desarrolló en Florencia…
_ No, eso no. Háblame del lobo.
Clavé mi mirada en la suya, y la teñí de amarillo un instante. Ella hizo lo propio, aunque probablemente fuese involuntario.
Christina Auditore/?/Flashback
Había sentido dentelladas sobre mi piel, y luego la oscuridad. Ahora me sentía en el vacío, desprovista de mis ropas, exceptuando mi cinturón, mi espada y mi anillo. Pero, al saberme sola, mi desnudez no me importó. El suelo era empedrado, y era lo único distinguible en el entorno. Aunque se perdía en la oscuridad. Me sentí frustrada y comencé a correr, huyendo de un enemigo invisible.
Pero ese vacío no parecía tener el menor respiro. Por más que avanzaba seguía en el mismo lugar, al parecer. O al menos tuve esa sensación durante un tiempo, hasta que escuché un sonido a mi espalda, un gruñido. El paisaje a mi alrededor pareció cambiar de pronto, como si aquel sonido hubiese despertado una respuesta en él. En primera instancia todo tembló, y luego observé como parecían aparecer árboles a mi alrededor. Ese sonido volvió a aparecer, esta vez más intenso, y escuché pasos detrás de mí. Cada uno de ellos hacía temblar el entorno donde me encontraba, provocando terremotos.
Ante mí hizo acto de presencia una bestia aterradora. En primera instancia parecía un lobo, pero se trataba de uno tan colosal que nadie me habría creído de decir que lo había visto. En cuanto me vio mostró sus colmillos, brillantes como cuchillos, y gruñó, amenazadoramente. Yo desenvainé la espada, y la hice girar en mi mano, como muestra de amenaza. Se me lanzó encima y yo traté de esquivarlo, pero era una tarea que parecía imposible. Me golpeó con fuerza y me lanzó contra uno de aquellos árboles, que se descompuso en cuanto lo toqué, como si tratase únicamente de una ilusión.
Pero cuando se colocó sobre mí, pude distinguir claramente la parte inferior de una saeta que se había incrustado a la altura de su cuello. Le golpeé, lo que provocó que se apartase gracias a mi anillo, y le arranqué la saeta del cuello, rodé por el suelo y recogí mi espada. Pero cuando la criatura se acercó, parecía tener intenciones distintas. Se mostró sumiso y me acarició las piernas con la cabeza. Yo me agaché y lo acaricié.
Escuché el sonido de los latidos del corazón del lobo, que poco a poco se acompasaba al mío. Cerré mis ojos y me perdí en la bestia, de modo que llegada a un punto, no supe donde empezaba ella, y donde terminaba yo. Con ese pensamiento abrí mis ojos en mitad del bosque, sobre un charco de mi propia sangre, a pesar de que no tenía heridas visibles en mi cuerpo. Sin embargo las dentelladas en la ropa sí que estaban. Y desde ese momento me sentí muy distinta. Me sentí más fuerte, más poderosa. El lobo me había dado su poder, el poder que necesitaba para vencer de una vez por todas a Lucrezia.
Discordia/Museo de Storybrooke.
Shery rompió la vitrina, y me ofreció el cetro que tanto tiempo había ansiado. Lo cogí entre mis manos, y sentí como el poder me invadía de nuevo. La magia era curiosa en Storybrooke, pero tenía claro que ahora volvía a ser la diosa que nunca debí haber dejado de ser, y que nada ni nadie iba a interponerse en ese camino. Acaricié el cetro y lo iba a colgar de mi cinturón, cuando una voz a mi espalda me llamó la atención.
_ Creo recordar que eso que llevas en la mano me pertenece.
Me volví, y observé a una joven cubierta de tatuajes de arriba abajo. Alguien a quien conocía muy bien. La sangre de mi sangre. Mi pequeña Pain, a la que yo misma había transformado para que se pareciese a mí. Y ahora, algo me decía que iba a pagar esa decisión. Pues, como bien había dicho, ese cetro era suyo por derecho.
Se acercó y trató de quitármelo de las manos, a lo que me resistí. Si lo cogía, todo lo que había hecho para cambiarla desaparecería, y no pensaba arriesgarme a eso. Peleamos durante un buen rato por él, hasta que Shery puso su grano de Arena y lanzó a Pain por los aires. Nos aferramos la una a la otra y nos desvanecimos.
Regina Mills/Storybrooke
Le abracé. Estaba bien, no habían podido matarlo. Y eso me hacía feliz. Si perdiese a Henry no sabría qué hacer. Esas dos mujeres iban a pagar por lo que habían hecho a mi hijo. Estaba pensando en miles de castigos que hacerles sufrir. Nada me complacería más que sacarles el corazón y convertirlo en un montón de polvo en sus narices. Henry me tiró de la manga de la camisa, y cuando le miré, negó.
_ Sé en lo que piensas, y no vas a hacerlo.
_ ¿Por qué no? Ellas querían matarte. ¡Quieren matarnos a todos!
_ ¡Por qué una heroína no actuaría así!
Me quedé totalmente en shock cuando me dijo aquello. ¿Me veía… como a una heroína? Me quedé un segundo mirándole, y una sonrisa escapó de mis labios. Aunque me temía que él sería el único que me vería así. Pronto la gente querría recriminarme lo sucedido, y no sabía si seguiría viéndome con buenos ojos, aunque deseaba pensar que así sería. Podía notar la confusión a mi alrededor, la gente que me observaba, sus rostros. Tenía claro que la maldición se había roto.
_ Dime, Henry. ¿Cómo actuaría una heroína?
_ Un héroe jamás lucha solo. Necesitas quien te acompañe.
_ Me temo que pareces olvidar quién he sido. ¿Quién crees que querrá luchar junto a la reina malvada?_ Pregunté, con una sonrisa triste.
_ Estoy segura de que más gente de la que piensas._ Se acercó y me cogió la mano_ Ven conmigo.
Roja/Local de la abuelita.
Había hablado con Christina. No había sido en absoluto divertido, ni agradable. Aquella mujer me producía escalofríos. Me sentía como un cachorro a su lado, y aunque en cierto sentido lo fuese, odiaba esa sensación. Cuando me miraba a los ojos sentía que podía destrozarme en cualquier momento.
_ Has hecho un buen trabajo, preciosa.
Me volví, enfada, y ahí estaba ella. Lucrezia, la hija de Anzu. Le había pedido a Christina que no se acercase a ella. Pero no porque ella me cayese bien, pues de hecho estaba empezando a creer que no la soportaría jamás. Pero, tiempo atrás, en nuestro reino, había tenido amistad con su madre y sentía que le debía algo. Aunque ver esa sonrisa de superioridad en ese rostro me causaba cada vez más repulsión.
_ Pensaba que no iba a quitarme a mi hermana de encima. Pero unas palabras contigo han bastado para que no trate de estacarme. Está claro que tus dotes van más allá del físico.
_ Cállate, Lucrezia. Te agradecería que no colmases mi paciencia._ Dije, mientras me servía un café.
_ Te haces la difícil._ Me dijo, inclinándose sobre el mostrador._ Pero yo sé que en el fondo me deseas.
_ ¿Te he comentado que Alice me parecía encantadora? La echo de menos.
_ Puedes seguir dándome caramelos, si quieres._ Me dijo, pasándose la lengua por los labios.
_ Lucrezia, no soy lesbiana._ Le recordé, bastante enfadada.
_ Eso decís todas._ Me dijo, acercándose.
Sabía que tenía intención de besarme, y por eso sí que no pensaba pasar. Bastantes tonterías había aguantado ya de aquella adolescente creída. Así que, sin pensármelo dos veces, le crucé la cara con todas mis fuerzas. De hecho, me consta que oí su cuello crujir al descolocarse, algo que corrigió con un cabeceo. Eso era muy propio de los vampiros.
_ Cuando cambies de opinión, que los harás, llámame. Ya tienes mi número.
Salió del local y al momento escuché como la puerta volvía a abrirse. Iba a decirle que me dejase en paz, cuando me percaté de que la persona que había entrado era la reina malvada. Me vi con sentimientos encontrados. Por una parte, estaba furiosa por la maldición, por todo lo que nos había hecho a todos. Pero por otra parte, no se parecía en nada a la mujer que había en el reino encantado. Veía a una mujer con su hijo, cogiéndolo de la mano. Una mujer con un brillo en los ojos que la persona con la que yo y Blancanieves habíamos combatido. Se acercó y se sentó frente a mí, mirándome durante un instante. Pero antes de que hablase, Henry intervino.
_ Ha venido para que la ayudes. No va a poder sola con la amenaza que viene. Ahora es una heroína.
Pain/Museo de Storybrooke
Recordaba el brillo de aquel cetro. Sabía que era mío, aunque no tenía claro por qué. En cuanto lo toqué, sentí como si algo dentro de mí hubiese despertado. Y ahora, mientras observaba la vitrina, sentí como si piel se me quemase. Caí al suelo, sin entender qué pasaba. Y el horror se apoderó de mí al ver que los múltiples tatuajes que adornaban mi piel parecían derretirse. Me llevé la mano a la cabeza, y la aparté totalmente teñida de negro, como si mi pelo estuviese pintado con alquitrán.
Comencé a arrastrarme por el suelo, hasta verme frente a un espejo. Mi rostro había cambiado, y mi cabello empezaba a desteñirse. Al parecer era rubia. Mi ropa no tenía la talla adecuada, y mis ojos eran de un azul brillante, más hermosos que nunca. Sentí un importante dolor en la espalda, y dos alas de plumas doradas emergieron de ellas, provocando que un atronador grito saliese de mis labios. Y junto a las alas, un nuevo torrente de recuerdos golpeó mi cabeza, tal como lo había hecho al romperse la maldición.
