Anzu Stealer/Juzgado/Flashback.
_ Señorita Stealer. Se la acusa de delitos tales como piratería, robo, asesinato, pillaje y una larga lista de otros delitos de los que ya se la ha informado. ¿Cómo se declara?
_ Capitana Stealer._ Fue todo lo que dije, cruzando las piernas sobre la mesa, provocando en mi abogado una reacción de rechazo importante._ No acepto otro trato hacia mi persona.
_ Conteste a la pregunta, capitana.
Mis labios mostraron una sonrisa. Debía ser, además de una de las escasas mujeres que capitaneaban un barco, la única que debía tener todos los dientes con aquel reflejo tan brillante y níveo, señalando unos colmillos tan agudos que daban pavor. Me reí, y coloqué mi sombrero de tres puntas correctamente. Decididamente, me encantaba haberme metido en el negocio de la piratería. Me permitía jugar con la gente de un modo que no creía posible.
_ Me declaro culpable._ Dije, con una sonrisa en los labios._ Soy pirata, ladrona, y me encantó acostarme con esas mujeres. Más mi único delito es no poder emborracharme con mi tripulación.
_ He tenido suficiente._ Dijo el juez._ Llevadla a la horca.
_ Creo que ahí es donde vamos a tener un contratiempo._ Dije, poniéndome en pie, pues las cadenas con las que se suponía iba a retenerme estaban rotas._ No tengo intención de que desfiguréis mi cuello. ¡Contramaestre, dadme una espada!
De entre la marea del público, surgió una espada que se clavó en la mesa delante de mí. La tomé con la mano y le corté la cabeza al celador que se me acercó. Aquello comenzó una trifulca. Mis piratas, escondidos entre el público, comenzaron un ataque feroz contra todos los miembros del tribunal. Aquello fue una masacre.
Recuperé mi pistola y salí entre confusión, andando con tranquilidad pasmosa. Un guardia trató de detenerme, le partí el brazo y lo apoyé contra el suelo antes de que pudiese pestañear.
_ Por favor, deténgase._ Me suplicó.
_ Me detendré cuando tus rodillas se quiebren. Os favorece esta posición, caballero. Arrodillado ante alguien mucho más digno que vos.
_ Capitana, no tenemos tiempo para eso, la guardia nos persigue._ Me puso la mano en el hombro y yo la aparté.
_ Jones, creí que en estos años te había enseñado lo que pienso sobre que los hombres me toquen.
_ Disculpe, capitana._ Me dijo, con esa sonrisa encantadora, capaz de encandilar a cualquier mujer. A cualquiera menos a mí, por supuesto._ Pero tan sólo quería apremiaros, dadas las circunstancias.
_ Eso está mejor, contramaestre. No quisiera que olvidases, que algún día el Jolly Roger será tuyo, y toda la responsabilidad que eso comporta.
Dicho día no iba a llegar, si de mí dependía. A fin de cuentas, yo era inmortal. Lo que significaba que jamás tendría que abandonar la capitanía. Aunque eso, era algo que no iba a decirle a mi recientemente nombrado contramaestre.
Killian Jones/Bodega del Jolly Roger
_ No quiero tener que hacerte daño._ Le dije a la joven, mientras pasaba la parte roma de la espada sobre su cuello.
_ Entonces suéltame, porque no voy a decirte nada._ Sus ojos se tiñeron de dorado por un momento y la impresión me hizo tropezar.
_ Esto no se ve todos los días. Un hombre lobo tratando de proteger a un vampiro._ Dije, mirándola fijamente.
_ Se llama amistad. Es algo que tú desconoces por completo._ Me dijo, con tono avinagrado.
_ Temo que en eso os equivocáis, mi noble señora. Sois vos la que ignora cosas. Poner confianza en esa mujer sería un error.
O quizás estaba equivocado, porque Anzu tenía cierto arte para buscar problemas con las mujeres. Y el sonido de pasos que había escuchado en la cubierta no podía ser de nadie más. Una sonrisa curiosa apareció en mi rostro cuando la escuché detenerse. Hice un gesto de despedida con la mano y subí a cubierta. Me la encontré allí, de brazos cruzados.
Me acerqué sigilosamente y alcé la espada, dispuesto a dar un mandoblazo, pero ella se giró repentinamente, hizo aparecer una espada de la nada y me bloqueó con ella. Al parecer, ahora poseía magia, algo con lo que yo no había contado. Su sonrisa se torció, en una que yo conocía muy bien.
_ Ya suponía que te encontraría aquí, contramaestre.
_ Capitán._ Rectifiqué, dado un paso atrás, ya que así sería inútil atacar.
_ ¿De mi barco? No recuerdo haberte nombrado tal cosa.
_ Lo abandonaste, a él y a toda la tripulación._ Exclamé, dando un mandoblazo y comenzando así con una cadena de estocadas.
El sonido de las espadas al chocar resonó en la oscuridad de la noche, aunque el conjuro que Cora había lanzado sobre mi barco lo protegía, de modo que sólo la joven recluida en las habitaciones inferiores nos podía escuchar. Anzu contaba ya con ello, no quería sorpresas extrañas. Pero eso iba a ser su perdición, porque esta vez mi acero iba a atravesarle el pecho y no se iba a volver a levantar. Lancé una estocada contra ella, apuntando directamente al corazón, y me sonreí al sentir la presión del hueso antes de que mi arma lo partiese.
Regina Mills/Castillo/Flashback
Daniel, no podía dejar de pensar en él. Me sentía realmente feliz cuando estaba con él, y sólo con él. ¿Sería por eso que me agradaba tanto montar? No, eso era algo que siempre me había apasionado, pero estar con él sólo hacía que me sintiese mejor por ello. Entré al castillo y fui a mi habitación. Me vi sorprendida, porque me encontré a mi madre observando una bola de nieve que ella misma me había regalado años atrás.
_ Madre… Ya os he dicho que no creo conveniente que rebusquéis en mis cosas._ Murmuré, con voz queda.
Quería mucho a mi madre, pero eso no cambiaba el hecho de que me aterraba, y que su magia no me inspiraba ninguna confianza. Quizás, si no estuviese tan obsesionada con ella, podríamos ser felices. Dejó la bola donde se encontraba y me miró, sonriendo. La notaba extraña. Tenía la piel muy pálida, y sus ojos tenían una vida extraña que no solían tener. Como si se alegrase de tenerme enfrente, y como si fuese la primera vez que lo hacía. Sonrió, y me di cuenta de cuan joven parecía. Pero ese era su rostro, sin lugar a dudas.
_ Lo siento, hija. Estaba preocupada, es todo._ Me dijo, y eso definitivamente me trastocó. Nunca solía decirme cosas como aquella, y estaba empezando a sospechar.
Se acercó y me rodeó con los brazos. Noté su cuerpo frío como el hielo, pero no me aparté. Mi madre nunca me abrazaba, y esa la primera muestra de afecto que recibía por su parte desde hace mucho.
_ Te quiero hija, y siento no poder estar contigo tanto como me gustaría.
La miré, sin entender aquellas palabras, pero no pude contestar, porque en cuando miré sus ojos, que se teñían de un tono rojizo, sentí como el sueño me invadía y perdía la conciencia.
Cora Mills/Castillo/Flashback
Estaba inquieta con respecto a Regina. Sabía que me ocultaba algo, y ya era tiempo de saberlo. Me dirigí a su habitación, y abrí la puerta en silencio, sorprendida de no escucharla. Y lo que encontré hubiese provocado temor en mí de no haberme arrancado el corazón tiempo atrás. A pesar de ello, sentí un escalofrío cuando vi a aquella mujer tan parecida a mí acariciando los cabellos de mi hija mientras esta dormía.
_ Supuse que no tardarías en venir, Cora. Veo que has envejecido muy bien._ susurró.
_ ¿A qué has venido?_ Le espeté, tratando de que no me temblase la voz.
Ella se llevó el dedo a los labios y un temblor me sacudió, pero lo único que hizo fue emitir un suave sonido, como buscando que me callase.
_ No hables tan alto, despertarás a Regina.
_ No has contestado a mi pregunta._ Le dije, expresando una exigencia.
_ He venido a ver a mi hija, Cora.
_ ¿Tú hija?_ Le pregunté, enfatizando la primera palabra.
_ No seas tonta, Cora. Sabes que esta joven es hija mía, y no tuya. ¿Crees que verterme sobre ti fue tan solo para divertirme?
_ Durante todos estos años quise pensar que así era._ Le espeté, furiosa.
_ Estabas equivocada._ Me dijo, poniéndose en pie y colocándose frente a mí.
Era como estar ante un espejo, un espejo más joven. Salvo su cabello, que se estaba coloreando de pelirrojo, su color natural, pues seguramente se habría lanzado un conjuro para teñirlo y parecerse más a mí.
_ Tú me has dado lo que por mí misma no he podido conseguir jamás.
_ No vas a llevarte a mi hija._ Le dije, bien claro.
_ Ni lo pretendo, pero deberías estarme agradecida después de todo lo que he hecho por ti.
_ ¿Qué has hecho tú por mí?_ Le dije, con el tono envenenado.
_ Este castillo… tu título… todas tus posesiones. ¿Crees que son fruto del esfuerzo de la hija del molinero? ¿Quién crees que le dio las agallas? ¿Quién crees que envió al ser oscuro para que salvase su vida? ¿De verdad has pensado que durante este tiempo todo lo que te ha pasado ha sido cuestión de suerte.
Iba a decirle algo, pero noté a Regina gimotear. Me giré para mirarla y seguía despierta. Al volver la vista, Anzu había desaparecido.
Cora Mills/Casa Stealer.
Sentía que esta vez iba a triunfar. El plan que había trazado iba a funcionar, de eso estaba segura. La puerta se abrió y yo sonreía cuando Anzu, malherida, hizo acto de presencia. Esta vez yo tenía ventaja, y pensaba sacar tajada de ello. En cuanto atravesó la puerta alcé la mano y la lancé contra una pared, ante lo que respondió con un grito de dolor. Tenía el brazo roto y toda la zona del pecho manchada de sangre. Una sonrisa cínica adornó mi rostro cuando la miré a los ojos y vi terror en ellos.
_ Debiste entender que al final triunfaría. Una madre hace cuanto tiene que hacer por sus hijos._ Le dije.
_ ¿Y por eso tienes tanto interés en destruir la felicidad de Regina?_ Me espetó._ Es mayor para tomar sus decisiones.
_ Tú abandonaste a tu hijo por tus hijas. No eres nadie para hablar sobre la maternidad.
_ Lo hice, porque era lo mejor para él. Sé que su sitio está con Regina. A diferencia de cuando la dejé contigo, esta vez es lo correcto.
_ Nobles palabras, sabiendo que tu final está próximo.
_ ¿Confiáis mucho en alguien a quien apenas conocéis, verdad?_ Sonrió, y yo no lo entendí.
Tampoco tuve tiempo de pensarlo, ya que en cuanto terminó la frase salí despedida al otro lado de la habitación, cargándome una vitrina y cayéndome unos cuantos platos decorativos en la cabeza, que evidentemente se hicieron añicos. Juraría que mi moño acababa de salvarme la vida.
_ Siempre has creído más en ti misma de lo que deberías. No puedes vencerme, ni ahora, ni nunca. Formo parte de ti desde hace ya demasiado tiempo. No puedes matarme, te destruirías a ti misma. En lugar de centrarte en eso, quizás deberías volver a colocarte el corazón e intentar recuperar a tu hija.
Me puse en pie, y me apoyé en el quicio de la puerta de entrada, que seguía abierta. Miré con odio a aquella mujer, pero era cierto. No podía derrotarla. Jamás podría, y ese fantasma del pasado me seguiría persiguiendo por toda la eternidad.
_ Qué sabrás tú sobre mí._ Le espeté.
_ Que la única diferencia entre tú y yo es que yo puedo escuchar a mi corazón. Tú decidiste no hacerlo hace mucho. Así que si no tienes nada más constructivo que decir, sal de mi porche.
Regina Mills/hostal de la abuelita
Noté un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo y abrí los ojos repentinamente. Fue una sensación similar a la reacción a una pesadilla, pero no recordaba haber tenido ninguna. Aunque Henry, al que escuché corretear por la cocina, quizá sí que había tenido una. Era un chico muy valiente, pero tenía diez años, y a esa edad, siempre se tenía miedo a muchas cosas. Me levanté y fui en su busca.
Le encontré en la cocina, mirando un vaso de leche caliente, como si fuese lo más importante del mundo. Aquel gesto me recordó a August, e hice un esfuerzo por evitar sentir una punzada en mi corazón. Me acerqué a él y le puse suavemente la mano en el hombro, sonriendo con suavidad.
_ ¿Qué te pasa, Henry? ¿Has tenido una pesadilla?
Asintió suavemente y yo me mordí suavemente el labio. Recordé que Blancanieves, siendo pequeña y antes de granjearse mi odio, solía venir a mí cuando tenía una pesadilla, y recordar lo que hacía entonces me hizo pensar en lo que hacer. Cogí el vaso de leche y le añadí un poco de cacao y canela, para convertirlo en un chocolate, y lo coloqué delante de él otra vez.
_ Cuéntamela, te sentirás mejor.
_ Soñé que una mujer, cubierta con una capucha, te apartaba de mí. Y que no volvía a verte.
_ Eso no pasará jamás._ Le dije, muy seria._ No dejaré que nada te aparte de mi lado.
_ Pero y sí…
_ No, de ninguna manera._ Le espeté, cortante._ No hay nada que pueda separarme de ti. Eres la única persona que jamás ha creído en mí, Henry. Y lo que más quiero en este mundo.
Killian Jones/Bodega del Jolly Roger
_ Te dije que Anzu no era de fiar._ Le recalqué a la loba, que seguía tratando de deshacerse de las ataduras que le había puesto.
Yo, en cuanto Anzu me dejó atado y desprovisto de mi Garfio me rendí ante la evidencia de que iba a tener que quedarme en la bodega un buen rato. Pensé que el conjuro con el que Cora había bañado mi espada me permitiría tomar ventaja, pero no había sido así. Y ahora estaba atado en la bodega de mi propio barco, junto con aquella joven.
_ Anzu es de fiar. Tú no la conoces como yo.
_ Os equivocáis. Sois vos quien no la conoce._ Le recalqué._ Si fuese de fiar no os habría dejado aquí. Su corazón es más negro que el carbón.
_ Fue más negro que el carbón._ Dijo, poniendo énfasis en la primera palabra._ Ella ha cambiado. Todos merecemos una segunda oportunidad. Incluso tú si te lo propusieses.
Ante aquel comentario sólo pude apoyarme bien en el tablón que me había tocado y lanzar una risa. Esperaba que Cora saliese con vida de su confrontación con Anzu, porque de lo contrario iba a tener que quedarme donde estaba y era más que evidente que no iba a poder vengarme de ella ni del cocodrilo.
