"Cantando su miserable canto,
un monstruo atrapado en su pesadilla.
Él es un tirano,
nos pide horrores,
ella dejó todo abandonado.
Condenado a cantar, pobre monstruo.
Él no nos ve y nos desprecia a todos.
Inútilmente gritamos todos:
¡Levántate, tú, monstruo de circo!"
Quizás ese podría ser él. Ese ser tiránico atrapado en sus propias pesadillas. Aquel al que la vida dejó abandonado, aunque esa "vida" tuviese varios nombres para él. El mismo que, en consecuencia, y para encontrar venganza, se dedicaba a hacer felices a niños llevando en su interior y en su memoria a un niño infeliz. Ese chico que no puede hacer más que odiar, odiar y desconfiar de todo el que le rodea. Ese monstruo de circo.
Souta Sarushiro. El monstruo de circo.
Bajo la más inocente sonrisa, se esconde un ser totalmente contrario. Uno que, por mucho que quiera, no puede seguir siendo inocente. Un humano que odia al resto. Un hombre con odio en sus entrañas, con ansias de venganza hacia los que le trataron mal. Con una inteligencia peligrosamente desarrollada que le permitió llevarla a cabo. Dentro de lo que cabe, con relativo éxito.
Todos los que osaron herirle, abandonarle, amenazarle, o arruinarle la vida en general, ya están pagando con pena de cárcel. Algunos incluso han muerto. Despertaron a la bestia. Despertaron al monstruo. Y empezaron a gritarle y provocarle hasta que el monstruo de circo terminó atacando. Atacando para defenderse de las ofensas del pasado.
La función de venganza, sin embargo, terminó con un desenlace algo inesperado. Una vez cumplido su objetivo, y con todos los que destruyeron parte de su vida puestos bajo custodia policial, también le tocó a él pagar por el proceso. El no demasiado honrado procedimiento que usó. Las sucias leyes que creó para crearse también su propia justicia, no muy legal pero necesaria cuando demás sistemas te dan la espalda y ninguna carta juega en tu favor. El monstruo terminó enjaulado.
Aunque no obstante, su interior no está tan prisionero como lo acaba estando su exterior. Ha aprendido la lección. Su venganza se ha completado, no necesita hacer pagar a nadie más. Ahora toca refugiarse y recuperarse de todas las heridas de guerra. Las heridas psicológicas, las que duelen más y las que más cuestan de cicatrizar. Al ser tan inteligente, las heridas físicas han sido mínimas.
Solo una persona se ha preocupado por Souta alguna vez en su desgraciada vida. Y aunque en un momento llegó a deberle la vida, ya quedó en paz con esa persona salvándole él mismo la vida en una ocasión. No obstante, para él es más que un salvador: es la única persona que alguna vez ha confiado en él. Y en la que se podría decir que confía. Su padre. El único que actuó como tal en su vida.
Su padre le llevó a la prisión por su propio pie. Le enseñó el camino de vuelta a casa, una vez hubo aprendido la lección. Y ahí, estuvo y está dispuesto a hacerle compañía hasta que esté preparado para salir al mundo exterior sin desconfiar de nada y de nadie. Al fin y al cabo, esa es la misión de un padre. De un buen padre.
Tal es su aprecio por el infeliz muchacho que su padre le ha ofrecido refugio en su propia celda. Es la casa de ambos, entre otras cosas, porque es suficientemente grande para serlo. Una celda de lujo, aunque una celda. Y ahí sigue Souta, con su padre, cumpliendo juntos la pena que les toca. Resguardándose del mundo hasta que esté moralmente preparado para volver.
Esa celda tan lujosa, en realidad, es una celda de aislamiento, pensada para criminales peligrosos, como lo es su padre. Al menos, como lo fue antaño. Un asesino a sueldo profesional, el famoso asesino ciego con un cuchillo y su perro guía como únicas armas que aparece y desaparece en las tinieblas al son de las campanitas, lo último que sus víctimas oyen antes de morir. El que ahora es un asesino preso desde hace mucho, alojado (más que encarcelado) en una mayestática celda de aislamiento totalmente personalizada con temática budista y objetos impropios para un reo, que dedica sus horas muertas a meditar y a tallar figuras siniestras en madera. El mismo que ha acogido a Souta con él en prisión para ayudarle con la rehabitación. El ex-asesino a sueldo Ryouken Houinbou.
Desde que se dictó su sentencia en los tribunales y se trasladó a prisión, Souta ha estado conviviendo con Ryouken en su celda. Entre barrotes y bajo la casi completa oscuridad, ha oído campanitas, meditaciones, más campanitas, más meditaciones, ladridos de Kuro el perro guía, siempre fiel a su amo, y ha compartido alguna que otra confidencia y partida de ajedrez con su compañero de celda. También ha tenido una gran cantidad de tiempo para pensar. Pensar en el pasado, pensar en el presente, pensar en el futuro. Souta ha pensado mucho tiempo.
Y, en consecuencia, muchos malos recuerdos le han quedado refrescados en su memoria, otrora amnésica. Recuerdos de su infancia, de su padre biológico, desmerecedor de tal título, de aquel mejor amigo traidor que ya no está entre los vivos, de cómo Ryouken les salvó a ambos, sobre el reencuentro de Souta con dicho asesino, aquellas personas que quisieron matarle a él y a su figura paterna, y absolutamente cada detalle sobre su meticuloso plan de venganza.
Por si no le persiguieran lo suficiente el resto del año, las pesadillas de Souta ganan terreno en época de invierno, especialmente en Navidades. Y precisamente se encuentra en esas fechas, más concretamente a día 24 de diciembre, aproximadamente unos 8 meses desde que su venganza se pudo dar por completada. Aunque no por eso todas sus pesadillas se han ido para no volver.
Es una noche fría, muy fría. Hay nieve esparcida por la calle, como se puede comprobar desde la ventanita cerrada con barrotes. Un frío glacial se cuela por cada rendija, provocando gruñidos en Souta. El frío es uno de sus odios más profundos. Cada vez que siente algo frío rozarle la piel, tiembla de odio. Su cerebro lo asocia con ese coche helado donde "murió" hace exactamente 19 años.
—Maldita sea...—bufa Souta, molesto y cubriéndose lo mejor que puede con su traje de reo a rayas azules.
En el fondo de la celda, protegida por la más negra de las oscuridades, resuena una cavernosa y leve risa, camuflada por el olor a incienso y el inundante sonido de un cuenco tibetano.
—Keh keh keh… Los quejidos del acólito no apaciguarán el frío.
El monje budista se encuentra en plena meditación, frente a su altar repleto de enseres extraños y unas cuantas velas, aunque para sus ojos ciegos no haya mucha diferencia entre tenerlas y no tenerlas encendidas.
—...Ya lo sé, señor Houinbou. Es simplemente que no puedo evitarlo.—confiesa Souta, con una seriedad mortal y un respeto especial con el que no se adreza a nadie más.
—Servidor creía que su acólito era suficientemente fuerte para soportar unos escalofríos propios de la estación en la que se encuentra.
—¡Pues claro que lo soy! E-es solo que…
—Que el frío trae consigo recuerdos fríos a la memoria del acólito, ¿Cierto?
Souta decide no hacer ademán de contestar. Solamente asiente para sí solo, y aunque Ryouken no puede verlo con sus ojos, sabe de sobras que ha dado en el clavo.
—¿Es únicamente el frío, o la fecha ha influido negativamente?—pregunta el asesino ciego, en un particular tono paternal.
El joven de pelo largo se levanta de su asiento en el suelo con esperanza de entrar en algo de calor al moverse y al acercarse a las velas del altar. Se sitúa cerca de Ryouken para que puedan oírse mejor sobre el sonido del cuenco.
—Puede ser…
—Keh keh keh… Igual al acólito se le pasaría un poco el frío si recordase que ese mismo día, hace 19 largos años, conoció a servidor.
—Ehm… Sí, ya, eso es cierto, señor Houinbou. Gracias a usted, volví a nacer. Usted fue el único que se preocupó por mí.—asegura el pelirrojo, solemne aunque sincero.
—Después devolvió el favor a servidor, la deuda del acólito quedó pagada entonces…
—P-pero… Sí, eso es cierto. Pero de todas maneras… Me volvió a salvar 12 años después de que aquello pasase. Me llevó a su casa. Se preocupó por mí todo este tiempo. Me trató como un hijo…
—Vaya, vaya… Estas palabras provenientes de los labios del acólito sorprenden gratamente a servidor.—asegura Ryouken, con una escalofriantemente cálida sonrisa.
—Supongo que incluso yo estoy débil en una fecha así… Maldita sea.—bufa Souta, con aparente sensación de debilidad.
El asesino no puede evitar continuar con su sonrisa. En el fondo de su alma no es tan implacable, los recuerdos le afectan, su pena interior acaba por aflorar a veces. Y es que, aunque a veces no lo parezca, Souta Sarushiro es humano.
—Bah. No puedo dejar que esta clase de cosas me afecte así. Y-ya me vengué en su momento, esta cosa no debería importarme lo más mínimo. ¿Fechas, números? ¡Más bien "fechorradas" y "numemeces"! Los números no tienen recuerdos asociados, porque son solo números, son…
Hace una pausa, en la cual maldice su propio pensamiento. Se percata de que estaba dispuesto a completar su propia oración con el adjetivo "fríos". Gruñe para sus adentros y para sus afueras. Se calma tan bien como consigue, absteniéndose con fuerza de golpear algo.
Sin embargo, tiene un compañero de gruñidos muy cerca. No se trata de Ryouken, que suele mostrarse bastante pacífico. Dicho compañero en cuestión es el perro Kuro, el guía de Ryouken y su compañero de terapia en prisión y desde tiempo inmemorial. El animal se encuentra fuera de la celda, dado que al ser tal cosa, tiene permiso para ir a donde le plazca.
Souta es una de las pocas personas por las que el animal muestra una curiosa empatía, cosa totalmente contraria con más del 99 por ciento del resto de la gente. Kuro obedece al pelirrojo, además de a su amo, y sabe cuándo Souta está relajado o enfadado, como es el caso. Al notarlo, el gran perro negro se acerca a los barrotes exteriores y empieza a gruñir también, en señal de amenaza contra lo que sea que perturbe a Souta.
—Keh keh keh… Ya, Kuro, ya. Lo que perturba al acólito son cosas abstractas, cosas que no puede evitar. Buen chico, buen chico...—le llama cuando nota que el perro se calma.
El joven preso trata de ignorar todo cuanto se pone en su mente, sin conseguir lograrlo del todo, extraño para alguien que suele lograrlo todo si se lo propone, dada su gran inteligencia y astucia.
Fuera no para de nevar, y el frío no cesa ni un grado, sino que incluso empeora. Souta lo nota. Nota casi todo de lo que pasa a su alrededor gracias a su gran astucia y perspicacia. Es por eso que, en un intento por pensar en otra cosa que no sea el dichoso frío, se fija en que el altar budista donde el asesino ciego medita no se ve igual que de costumbre.
Al principio, lo considera una cavilación estúpida, creyendo que debido al ángulo de su visión simplemente está pasando algo por alto. Pero más tarde, comprueba que su teoría inicial no anda desencaminada. En un puro ataque de curiosidad, se incorpora para ver mejor, puesto que las velas se lo dificultan mucho. Al acercarse, prueba que, si la memoria no le falla, cosa improbable, está en lo cierto.
El altar está algo más iluminado que de costumbre. A Souta, por mucho que afirme que los números no son de su especial agrado, no le fallan los cálculos: puede contar una vela más que de costumbre, secretada por un pebetero. Además, cerca de dicha vela se halla una cosa totalmente inusitada. Al fijarse mejor, puede ver que es un vestido femenino, adecuado para un evento elegante. Es de talla pequeña, de un color blanco inmaculado, con bordados y lazos y una cinta a modo de cinturón con algunos adornos en negro. Además, al ser tan audaz, Souta no falla en darse cuenta de que al vestido le falta un jirón en la parte inferior de la falda que ha sido arrancado.
Evidentemente, por mucho que se fije en cada hilo que compone la prenda, Souta no puede sacar nada en claro al respecto. Alguien lo sabe mejor que nadie sin ni siquiera verle la cara de estupefacción.
—Keh keh keh… Servidor sabía que el acólito se percataría.
—Pues sí, y ya que me he percatado, ¿Me puede explicar a qué viene eso?—pregunta, extrañado.
Haciendo sonar el cuenco tibetano de nuevo, acompañándolo por una especie de vara que alarga el sonido, medita para sí mismo y en voz alta.
—La muerte no es agradable compañera de viaje. Que la luz de esta vela le llegue simbólicamente a aquella vestida de muerte, que la rodea como lo hace el pebetero a la vela, que no puede apreciarla. Servidor la homenajea así otro año más.—pronuncia el monje, solemne, cerrando los ojos aunque de nada le sirva, concentrándose en el mensaje.
Souta sigue sin entender, pero no se atreve a interrumpir el mensaje mientras dura el sonido del cuenco. Mira a Kuro fuera de la celda. Incluso el animal parece haber guardado un respetuoso silencio en el exterior. No comprende nada.
Justamente cuando el cuenco cesa de hacer ruido, Ryouken abre sus ojos vacíos, aunque no haya ningún tipo de utilidad en tal acto. Solamente quiere indicarle a su acólito que ahora está dispuesto a escuchar cualquier pregunta que tenga al respecto. Souta lo sabe interpretar.
—¿De quién estaba hablando, señor Houinbou? ¿Y qué tiene que ver la muerte en todo esto, sea lo que sea?—cuestiona, mortalmente serio.
—"Aquella"... Es real.
Deduce que está hablando de la "aquella" que ha mencionado en esa especie de plegaria u oración.
—¿Es...Una persona de verdad? Es decir, ¿Conocida suya?
—Keh keh keh…. ¿El sol ayuda a la luna haciéndola brillar con su luz? ¿O un cuerpo sangra cuando es acuchillado?—pregunta retóricamente.
De ahí, Souta responde a la pregunta. Está hablando de una conocida.
—Ya veo… Y dígame, ¿Yo la conozco?
—Servidor cree que aún su acólito no tiene ese honor. Si acabase pasando, no sería una coincidencia…
—Pero, ¿Qué era todo eso que decía de ella, sobre la muerte y lo del símbolo de la vela? Cuénteme, señor Houinbou.
—Hm… Servidor no está del todo seguro. Lo más natural sería que las palabras de servidor fuesen más que una metáfora, aunque… Servidor no tiene ninguna prueba al respecto.
—¿Una prueba de qué? No será… ¿Una prueba de muerte?
Ante la astucia de su acólito, Ryouken solamente puede reír levemente para afirmar. Es su manera de felicitarle por sus deducciones.
Y aunque Ryouken le haya dado ya la razón, sabe perfectamente que su figura paterna nunca dice las cosas directamente. Por eso, no puede evitar seguir pensando a qué puede referirse. A la conclusión a la que llega es que Ryouken está orando por una conocida suya a la que, si no fuera por el hecho de que no tiene pruebas para demostrarlo, probablemente consideraría muerta. Trata de pensar en algo coherente para imaginarse qué clase de persona podría ser.
Cierra los ojos y adopta una pose de desdén para intentar encontrar una mínima pista, ya que le ha picado la curiosidad. Mientras, Ryouken sigue con sus plegarias mientras coloca la vela junto al vestido con todas las demás. En el preciso instante en el que lo hace, Souta no puede evitar perder la concentración, pero no debido al ruido de la vela al posarse. La pierde debido a la ruidosa puerta principal, que se abre chirriando feamente.
—¿Hm?—se sorprenden tanto Ryouken como Souta, que abren los ojos en respuesta.
Kuro nota perfectamente que ambos hombres se han sobresaltado, y en consecuencia, empieza a ladrar. Tratan de calmarlo, y el animal calla, pero se levanta del suelo donde estaba acurrucado y empieza a caminar lentamente hacia el origen de los ruidos.
—¿Va a comprobar qué ha sido eso, señor Houinbou?
—Kuro es inteligente. Si los perros ladran, algo oyen. Y si Kuro ha oído algo, será algo importante.—pronuncia, firme, Ryouken, dejando ir una de sus gélidas sonrisas.
Souta hace gesto de no dudarlo, y se acomoda a esperar a que el perro regrese. Su atención vuelve a desviarse en dirección a la zona de la puerta principal, ya que intuye la campana que lleva Kuro colgada a su pecho alejarse hacia dicha zona. Simultáneamente, los guardias hablan, algo agitados. Solamente Kuro está de testigo.
—¡¿S-se encuentra bien?! ¡No tiene muy buen aspecto!
—¡Está temblando! ¿Tiene frío, está bien?
Dos de los guardias con turno nocturno de la prisión hablan agitados con alguien al que sujetan de los brazos para ayudarle a no perder el equilibrio.
—S-sí, y-yo… E-es solo que…—tartamudea, tiritando de frío.
—¡Pero señorita! ¿Qué hacía sola, en mitad de la nieve, en su estado?
—E-estaba… Y-yo buscaba… ¡Ugh!
Tiembla con intensidad. Escalofríos la recorren, y en consecuencia, se agita desde su posición para intentar ganar algo de calor con el movimiento. Inmediatamente, una campanita pequeña que la chica lleva sujeta al cinturón hace acto de presencia.
La reacción es automática. A Kuro le suena aquel sonido, similar al de la campana que el animal lleva. Se acerca a la muchacha que tirita, y la olfatea suavemente desde la distancia. Encuentra una coincidencia, y al hacerlo, se pone a ladrar instintivamente, para que la chica le oiga.
—¿Eh?
El perro insiste, y al ladrar tanto, hace sonar su propia campana de igual modo, campana que la joven escucha y reconoce a la perfección. Asimila que la campana y los ladridos del perro están relacionados, y al relacionarlo en su mente, reacciona.
—¿Kuro?—le llama, dejando ver una amplia sonrisa.
Escucha su nombre, y al interpretar que le ha reconocido, ladra todavía más.
—N-no puede ser, ¡Eres tú, Kuro!
—¿Señorita? ¿Qué hace?—se sorprende uno de los guardias.
La muchacha, tan bien como consigue, posa una rodilla en el suelo y extiende una mano, mirando al frente. Kuro se acerca a ella y le lame la mano en señal de amistad.
—Sí… ¡Sí, eres tú!—sonríe ampliamente, mientras a tientas acaricia el lomo del animal.
A pesar de su aparente alegría, su respiración se muestra agitada, y no ha dejado de tiritar. Se la ve muy cansada.
—Entonces… Hey, Kuro… Si tú estás aquí… Eso quiere decir que también lo está… El señor Houinbou, ¿Verdad?—deduce, esperanzada.
Kuro deja ir un ladrido, en señal de afirmación.
—¡Oh, menos mal! Por favor, Kuro, ¿Podrías…?
No le es necesario terminar la frase, el perro es lo suficientemente listo para interpretarlo. Se coloca él mismo en posición para que la chica pueda tomarle de la cinta que sujeta la campana.
—Gracias, Kuro… Gracias.
Ladrando de nuevo, quizás para decirle "no es nada", el animal empieza su marcha. Rumbo a la celda especial. Y todo esto ante las miradas atónitas de los guardias.
El andar de la joven es lento y cansado, pero pone empeño para mantenerse en pie y agazaparse ligeramente para sujetar la cinta unida a Kuro. El animal adapta también su velocidad, caminando lento y con miramientos. Algo impropio de él.
Poco a poco, la chica y el perro llegan juntos cerca de la celda especial. Con el brazo izquierdo, ella se sujeta a la fría pared, jadeando. Se la nota agotada, y por eso, Kuro espera paciente a que recupere el aliento. Cuando se ha recuperado mínimamente, el perro sigue avanzando, y en el momento en que los barrotes están a unos escasos centímetros, Kuro insiste con sus ladridos, anunciando la llegada de la chica a los dos hombres dentro de la celda.
Souta enseguida se percata de que Kuro no regresa solo, y abre los ojos de par en par al tiempo que se levanta, sorprendido. Se acerca hasta tocar los barrotes, para poder ver mejor que dentro de la celda, y su estupefacción es mayor al ver que, junto con Kuro, viene una chica misteriosa.
La chica misteriosa en cuestión tiene los cabellos largos y oscuros, todos empapados, la piel clara, algo tensa por el frío. Va vestida con una especie de kimono corto y unas sandalias algo desgastadas, y aunque no se le note bien, parece que tiene algo que le cuelga del cuello por dentro de la ropa. A su cintura se ciñe un cinturón hecho de tela con lo que tiene forma de campana pequeña unido a é cara refleja una expresión sobre todo exhausta.
—Oye, ¿Qué haces?—le pregunta, todo extrañado.
Sin embargo, antes de que pueda responder, las piernas le fallan y cae de rodillas al suelo, para luego desplomarse sobre él. A causa del impacto, la campana que lleva en la cintura vuelve a hacer acto de presencia. Una especie de cascabeleo místico inunda el aire.
—¿Hm?—se sorprende Ryouken, quien ha salido al instante de su trance.
Kuro se acerca a ella, intentando incorporarla de algún modo, pero ella simplemente está demasiado cansada. La campana no para de sonar.
—Ese sonido…—Ryouken hace cara de acordarse de algo.—Servidor lo reconocería entre miles de otros sonidos distintos.
—¿Cómo dice?—inquiere Souta, boquiabierto.
—… ¿...Yukiko?—la llama Ryouken.
Ella le ha escuchado. Y al escuchar ese nombre pronunciado por esa voz, se incorpora como puede, abriendo los ojos.
—Se… ¡Señor Houinbou! ¡E-es usted!
—Esa voz… No hay duda. Ella es Yukiko. ...Cuánto tiempo.
—¿Cómo? Usted… ¿Conoce a esta chica, señor Houinbou?
La respuesta es bastante obvia, así que no recibe respuesta, sin embargo Souta acaba de caer en la cuenta de algo.
—¡E-espere un momento! ¡No será…! ¡¿No será "aquella" de la que hablaba antes?!
—Keh keh keh… Eso es correcto. El acólito es muy perspicaz. Aunque está tan sorprendido como servidor.
—¡Señor Houinbou, menos mal que le encuentro por fin! ¡No sabe por lo que he pasado para llegar aquí!—grita esa tal Yukiko, mientras respira trabajosamente, agarrada a los barrotes.
—...Servidor no esperaba que Yukiko apareciese por estos lados… Le sorprende gratamente que, aunque le cueste, siga respirando.
A Souta le suena a algo relacionado con esa "prueba de muerte definitiva" de la que hablaba Ryouken antes. Al parecer, el asesino ciego no contaba con que siguiese viva con certeza.
—Me lo imagino, señor Houinbou… Pero no podía irme. No sin volver a verle antes.
Yukiko hace un esfuerzo por abrir los ojos lo más que puede, una especie de acto reflejo ante la gratificante "sorpresa" que ha recibido al encontrar a quien buscaba después de un aparentemente largo camino. Souta no puede evitar fijarse: lo de volver a "verle" es solo una ironía.
Los ojos de Yukiko, a la par que cansados, se muestran casi completamente blancos, con señales que anteriormente circundaban los iris y las pupilas, que ahora son del color de la nieve. La muchacha no puede ver nada ni a nadie aunque lo desee. Es ciega. Souta se percata. Eso le basta, junto con la respiración cansada de la joven y la debilidad que presenta, para deducir que algo en ella no va como realmente debería.
—Kuro lo ha hecho muy bien escoltando a esta invitada tan especial a la celda de servidor y su acólito. Buen chico, buen chico, Kuro.—sonríe Ryouken, halagando a su perro.
—Señor Houinbou… Esta chica está delirando. Está literalmente casi muerta de frío...—pronuncia Souta, más serio que de costumbre con respecto a otras personas.
—El acólito está en lo cierto… A servidor también le sorprenden gratamente sus palabras gentiles…
Antes de que Souta pueda decir algo al respecto, llegan los guardias que le han abierto la puerta, que han seguido el rastro de Kuro guiándola a la celda. Yukiko está defallida, prácticamente desmayada aguantándose a los barrotes como si su vida dependiese de ello. Aunque no es algo que se aleje demasiado de la realidad.
Al llegar los guardias, Ryouken les logra convencer para que dejen entrar a Yukiko a la celda, para así darle algo de abrigo e incorporarla. Tan pronto como aceptan, Ryouken pide encarecidamente a su acólito pelirrojo que la ayude a incorporarse correctamente.
—Keh keh keh… El acólito sabe que servidor lo haría por sí mismo, si no fuese porque la luz en su mundo se apagó hace muchas lunas. Además, así lo hizo, por igual, la luz de la joven Yukiko.
—...Me he percatado, señor Houinbou. Esta chica es ciega. Por eso no puede apreciar la luz de la vela que usted ha encendido para ella.—deduce Souta, perspicaz.
Ryouken calla, no le da la razón aunque sabe que la tiene, solo sonríe cavernosamente. Mientras tanto, y mientras muchos interrogantes se plantean en la mente del antiguo domador circense, Souta sujeta a Yukiko tan bien como puede, con una fuerza que no aparenta poseer. La chica está demasiado aturdida como para pronunciar palabra, solamente respira agotada para reponer aire y fuerzas mientras Souta la incorpora en un futón, y la tapa para que los escalofríos cesen.
Una vez Yukiko ha repuesto un poco la temperatura, empieza a preguntar sobre su localización, confundida.
—Se… Señor Houinbou…
—Que Yukiko no tema. Está dentro de la celda de servidor, quien espera que su frío corporal haya mejorado. Ahora la joven debería descansar del largo viaje que ha emprendido.
—Gracias… Muchas gracias, señor… Me ha salvado… De nuevo.—menciona, débil y humilde.
—Creo que deberías dejar la charla para más tarde y dormir un poco. Las palabras no te van a devolver la energía, sabes.—le aconseja Souta, un tanto rudo y frío.
—¿A…? ¿A quién pertenece esta voz?
—¿Quién, yo?
—Keh keh keh… Sabe que Yukiko no le conoce, pero servidor tiene un acólito consigo, que le hace compañía en su retiro del exterior. Un acólito especial.
—...Soy Souta.—se presenta, serio.
—Souta...—repite ella, extendiendo los brazos esperando encontrar algo.
El susodicho comprueba que la muchacha le está buscando, ya que no puede verle. Le coge las manos para que le localice.
—Estoy aquí. Delante de ti. Te he puesto una manta para que no cojas frío.—le cuenta, con algo de desdén.
—Aah… Pues… Gracias a ti también… Souta…
—No… No tienes por qué dármelas, supongo...—responde, confuso. No está acostumbrado a que nadie le agradezca nada, por trivial que sea.
Justo después de pronunciar su nombre, Yukiko cae rendida del cansancio y queda profundamente dormida. Souta le cuenta a Ryouken que ya se ha dormido, aunque evidentemente, el sueño de Yukiko no va a ser el único tópico del que espera hablar con su figura paterna a continuación. Tiene preguntas, algunas preguntas. Bastantes preguntas.
