En cuestión de no demasiadas horas empieza a amanecer de nuevo, a pesar de que el frío sigue dominando todo a su paso. Algunos copos de nieve siguen cayendo tímidos, aunque no tan copiosamente como la noche anterior. Sin embargo, el gélido ambiente ha contagiado las tres paredes y los barrotes de la celda especial, así como cada molécula de aire de su interior.
Precisamente por eso, Souta no para de dar vueltas en su futón, tapándose hasta el cuello para combatir el molesto frío. Pronto, se cansa de dar vueltas y más vueltas y se rinde ante la evidencia de que no podrá volver a conciliar el sueño hasta la noche siguiente. No obstante, no le afecta en absoluto. Está demasiado acostumbrado a no pegar ojo.
Nada más levantarse, puede comprobar que, tal y como perfectamente se esperaba, Ryouken ya lleva despierto un rato. A veces parece que el monje no necesite sueño alguno para vivir. Le ve en pose de meditación, como normalmente suele estar.
—Keh heh heh… Buenos días al acólito.
Ni tan solo necesita oír su voz para saber que se ha despertado. Así es Ryouken Houinbou.
—Buenas, señor Houinbou.—saluda, mientras bosteza silenciosamente y se frota los brazos para deshacerse del frío superficial.
—Servidor espera que el frío haya dejado reposar bien al acólito, aunque sea únicamente por un tiempo.
—Estoy bien, señor Houinbou, este frío no es lo peor que he pasado, créame. Hum… Por cierto, hablando de frío, ¿Qué ha pasado con…?
Gira la cabeza, y no le es necesario que nadie responda. La chica de la otra noche, Yukiko, sigue dormida junto a Kuro. Realmente, estaba agotadísima.
—Quizás es lo mejor que tanto el acólito como servidor la dejen dormir un poco más. No está acostumbrada a esfuerzos demasiado grandes… Ni a horas demasiado altas.
Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que primero Kuro también se despierta, y empieza a olfatear a Yukiko, ya que todavía no se ha acostumbrado a que esté por ahí, y quiere asegurarse, como animal inteligente que es. En consecuencia, la muchacha abre perezosamente sus ojos, aunque no le sirva de mucho.
—¿Hm?
Al notar que se despierta, el perro la olisquea un poco más, y después de encontrar concordancia en su memoria, le da un suave lametazo en la cara.
—Ah, Kuro… Buenos días.—saluda, incorporándose a tientas y acariciando cariñosamente al animal.
—Keh heh heh… Buenos días igualmente a la joven Yukiko.
—¡Oh! ¡Buenos días, señor Houinbou! Así que ya está usted despierto…
—Así es… Ahora ya todos están listos para vivir este nuevo día.
—¿Todos? Oh, entonces…
—Así es, chiquilla, yo también estoy despierto.—"se introduce" Souta.
—Ya veo…
—No te ofendas, pero eso es una gran ironía, querida.
—E-en fin, supongo que me habrán entendido… Veo que no se te escapa una, Souta.—responde ella.
Algo sorprende al pelirrojo en la respuesta de esa chica desconocida, pero opta por no mencionar nada al respecto. Más cuando es ella la que ahora debe explicar ciertas cosas.
—Servidor espera que la joven Yukiko haya descansado después de su agotadora jornada en el día de ayer…
—Sí, ya estoy mejor, muchas gracias, señor Houinbou. Se lo agradezco de veras… Una vez más.
—Keh heh heh… Una vez más, fue un placer. ¿El acólito podría hacer algo por servidor?
—¿Eh? Claro, ¿Qué necesita, señor Houinbou?
—¿Podría el acólito ayudar a la joven Yukiko a abrigarse con algo de ropa nueva? Ese kimono ha visto tiempos mejores… Y ahora ya es demasiado pequeño y fresco para la joven Yukiko.
—Impresionante… Lo sabe, y ni siquiera puede verme...—admira la muchacha.
—Keh heh heh…
No necesita que nadie más le diga nada. El propio Souta se levanta y en una cajonera busca algo de ropa que pueda valerle a alguien del tamaño de Yukiko. En parte, está de suerte, porque el asesino ciego es de corta estatura, justo como ella. Al final, le consigue una especie de túnica larga color púrpura de manga larga ceñida y algo parecido a un abrigo fino sin botones y mangas amplias y cómodas, de un color azul marino con detalles en blanco puro. Sin embargo, los colores no son de demasiada importancia.
—Ten. Creo que esto te valdrá.
—Muchas gracias, Souta. Seguro que es así.—agradece Yukiko, sonriente, sonrisa que Souta no acaba de entender muy bien… Como casi nunca entiende una sonrisa de agradecimiento en alguien.
Pronto, el pelirrojo acaba por presenciar algo, por otra parte, obvio: Yukiko presenta dificultades para mantenerse en equilibrio mientras se viste, por lo que con su previo consentimiento (según ella, no tiene ningún problema) la ayuda a ponerse las prendas que le ha dado encima de una camiseta interior.
En menos de lo que se podría esperar, la joven está ya lista. Además de vestirla, Souta hace ademán de peinarla un poco, puesto que la humedad le alteró bastante el peinado. Le hace una larga coleta de caballo recogida con un gran lazo blanco, logrado con una cinta.
—Vaya, gracias, Souta… No hacía falta que te tomases la molestia… Pero ahora estoy mucho mejor.
—Keh heh heh… Servidor se alegra igualmente de oír estas palabras pronunciadas por la voz de la joven Yukiko. Ahora, si la muchacha pudiese acercarse a servidor…
El antiguo domador la acerca a su figura paterna, para que Kuro no se tome la molestia de guiarla, y tal y como le ha pedido el asesino ciego, junta las manos de ambos. Ahora, Ryouken sujeta las pálidas y débiles manos de Yukiko con las suyas delgadas y ancianas.
—...Gracias por haberme dejado pasar aquí la noche, señor Houinbou… Espero no ser ninguna molestia para usted, o para su discípulo Souta…
—La joven Yukiko no es molestia alguna para servidor, quien por su parte está encantado de volver a cruzarse con ella. Sin embargo, servidor esperaba que la joven Yukiko pudiese decirle algo sobre el porqué ha vuelto buscando a servidor después de trece largos años… Y parece que así lo desea también su acólito.
Souta dice que sí acercándose a la conversación para poder oír con claridad lo que la muchacha tiene que decir al respecto de su aparición misteriosa.
—Por supuesto, señor Houinbou. Me disculpo, anoche no fui capaz de articular palabra, me encontraba terriblemente exhausta para dar ninguna explicación.
—Keh heh heh… Servidor ya se percató a la perfección, por lo que no hay ningún tipo de problema, disculpas aceptadas. Si ahora la joven Yukiko pudiese contarles… Será escuchada con interés.
—Sí, señor Houinbou.
En la celda, se hace un denso silencio sepulcral, interrumpido únicamente por la suave voz de la muchacha ciega.
—Imagino que lo recordará a la perfección: padezco de una enfermedad que me está matando lentamente. Yo misma encuentro sorprendente haber aguantado tanto tiempo desde que le conocí, y me perdonó la vida… Sin embargo, noto mi final bastante cerca.
—Espera un momento, ¿Tienes una especie de pálpito de que te puedes morir de un día a otro?—la interroga Souta.
—...Algo así. Mi estado ha empeorado considerablemente últimamente… Si antes no estaba bien, ahora estoy mucho peor. Las cosas que puedo hacer han quedado tremendamente reducidas en los últimos meses. Por lo tanto, de ahí deduzco que pronto será mi hora… La hora en la que la campana que llevo sonará por última vez, dando honor al nombre que posee.
—La campana de la muerte… La joven Yukiko la llamó así aquella noche.
—Así es… No obstante, y aun siendo consciente de lo que ello suponía, no podía marcharme todavía al mundo de los no-vivos. Antes, debía pagar un enorme favor que me permitió vivir trece años más, cosa que alguien como yo no se esperaba.
—Keh heh heh… Así que por eso ha venido. Algo sospechaba servidor al respecto.—ríe Ryouken, con un aire de orgullo.
—Ciertamente. Antes de morirme… Debía pagarle a usted el enorme favor que me brindó entonces… Es usted lo único que he tenido. Así que recorrí cielo y tierra para encontrarle, señor Houinbou. Para darle mis más sinceras gracias por su amable gesto conmigo, a pesar de mi humilde situación, y decirle que me gustaría pasar el poco tiempo que me queda junto a usted, para pagar mi deuda y poder morir en paz.
Souta se sorprende: habla de que se va a morir con una tranquilidad escalofriante. Eso se debe a que, gracias a su inteligencia, sabe perfectamente sobre la situación en la que se encuentra.
—Un acto muy noble de parte de la joven Yukiko. Por eso mismo, servidor estará encantado de tenerla a su lado hasta que ese trágico momento llegue, que espera sea tan tardío como sea posible.
—...Se lo agradezco de veras, señor Houinbou. Significa mucho para mí poder agradecerle como es debido el haber salvado mi vida cuando más lo necesitaba.
Souta, en este preciso instante, decide meter baza tratando de ser lo menos irrespetuoso posible.
—Y si puedo saberlo, ¿Cómo hará ella para agradecerle, será su aprendiz o algo…?
—Keh heh heh… El acólito ha planteado una idea interesante. La joven Yukiko podría practicar la meditación con servidor, para limpiar su karma y asegurarse una buena reencarnación. Servidor está dispuesto a ayudarla al respecto.
—¿De...De verdad lo haría, señor Houinbou? ¿Estaría dispuesto a que yo fuese su aprendiz de meditación?
—Keh heh heh…. ¿Se transforma la pequeña oruga en una hermosa mariposa? ¿O suelen gritar sus víctimas al oírle llegar?
La chica deja ver una gran sonrisa que solo Souta puede apreciar, aunque los tres saben que está implantada en su rostro.
—¡Muchísimas gracias, señor Houinbou! Una vez más, estoy en deuda con usted. Espero ser una buena aprendiz, me esforzaré mucho, se lo prometo. Y aunque la deuda que tengo con usted sea impagable, haré lo mejor que pueda.
—Keh heh heh… Bien dicho. Oficialmente, servidor acoge a la joven Yukiko como su nueva "suzu".
—¿"Suzu"?—pregunta Souta.
—Correcto. Su significado es "campana". Es la manera que servidor tiene de llamar a sus subordinados, especialmente a las subordinadas féminas. Entre las cuales ya se encuentra la joven Yukiko.
—Un placer ser su "suzu", señor Houinbou. Gracias de nuevo por su gentileza.
—Más tarde, se celebrará una rudimentaria ceremonia para darle la bienvenida a la joven Yukiko. Servidor preparará el altar y todo cuanto sea necesario. Si lo desea, la joven Yukiko puede descansar un poco en lo que llega la hora propicia.
Tras decir lo cual, Ryouken se da la vuelta, perfectamente orientado y acostumbrado a pesar de no ver nada. Los dos muchachos que comparten celda con él en el momento no osarían molestarle por nada, y ante el silencio en que se encuentran, tan incómodo, deciden romperlo.
—Conque Yukiko, ¿Eh?
—Sí, así es. Y tú eres Souta. Ha sido un placer conocerte, Souta.—le asegura ella, simpática.
—Bueno, no nos conocemos mucho… Aunque yo ya sé bastantes cosas sobre ti.
—...Imagino que el señor Houinbou te habló sobre mí anoche, mientras dormía.
—Pues sí. Entre otras cosas, me dijo que ya eras tan perspicaz cuando os conocisteis.
—...Me lo tomaré como un cumplido, así que gracias. Me imagino que te habló de la noche donde me crucé con él… Cómo me salvó la vida…
—Imaginas bien, chica. Me habló de cómo ibas a ser una de sus víctimas hasta que te perdonó la vida… Y después, se enteró de lo de tu enfermedad generalizada tan destructiva, también sobre tu falta de sentidos, y esa campana de la muerte… Todo.
—Vaya, parece que pocos misterios tengo ya para ti, Souta. Me temo que no tengo la suerte de conocerte ni la mitad de bien que tú ya me conoces a mí…
Ryouken, aunque se crean que no, está escuchando cada palabra que dicen. Les oye hablar mutuamente sobre sí mismos. Cosa que le hace sonreír fríamente.
—Tienes un punto de razón. Y supongo que ahora que te vas a quedar un tiempo aquí, tendremos que acabar hablando de ello alguna vez.
—Antes de eso, Souta… ¿Puedo…? ¿Tocarte la cara? Me gustaría saber cómo eres.
—Oh, eso… S-sí, está bien, entiendo.
Yukiko mueve los brazos sin el menor sentido de la orientación, por lo que Souta la coge de las manos y le indica la posición de su cara. Ella le da las gracias y aunque su tacto está deteriorado, pasa su mano por la cara del pelirrojo, para hacerse una idea de cómo es. Su piel suave, sus finas cejas, ojos envueltos por pestañas largas,su pequeña nariz, la línea de su boca, rodeada por finos labios y el cabello largo que circunda toda su cara, presidida por dos mechones, uno a cada lado.
—Sí… Creo que más o menos logro imaginarme cómo eres, Souta.
—Si supieras…
—Me refiero físicamente, claro.
—...Así que has pillado mi intención. Raro para alguien que no tiene su oído en su mejor momento.
—Es oficial. Creo que lo sabes todo de mí…
—Nunca te acostarás sin aprender algo nuevo, o eso dicen… Cada vez sé más cosas sobre ti, a pesar de que ayer al levantarme no sabía ni que existías.
—Mi charla con el señor Houinbou ha completado la información que tienes sobre mí, supongo.
Aunque no pueda apreciarlo ella, Souta está ojiplático. Yukiko está demostrando ser merecedora de la estima en la que la tiene Ryouken, dada su inteligencia y astucia.
—Me gustaría saber de ti, Souta. Saber la historia que hay detrás cada vez que el señor Houinbou se refiere a ti como su acólito especial.
—Tú… ¿Quieres oír mi historia?
—Pero claro, ¿Por qué no? Tú mismo lo has dicho, ahora pasaremos un tiempo juntos, así que, y ya que tú sabes todo sobre mí, qué menos.
—…
—Solo, claro está, si quieres. No me gustaría que te vieses presionado...—le asegura Yukiko, racional.
Souta, para sí mismo, hace gesto de estárselo pensando, a pesar de que no le apetece y no le ve la utilidad. Antes de que pueda articular una réplica, Ryouken interviene en la conversación.
—Keh heh heh… La propuesta de la joven Yukiko es una muy acertada. Ambos hacen propuestas la mar de adecuadas. El acólito podría contarle a la joven Yukiko su historia. Eso es muy terapéutico, ya que la joven Yukiko parece totalmente dispuesta a escucharle…
—Oh, por supuesto, faltaría más. Escucharé con atención.
—De acuerdo, si insisten ambos… Pero nada de terapia, de verdad, no es necesario ponerlo de ese modo. Eso sí, Yukiko, si eres de lágrima fácil, te aconsejo que lo digas antes. Mi historia no es precisamente de color rosa.
—Vamos, Souta. No podría llorar o ver el color rosa aunque quisiera.
—¡Hey! Buena jugada, chiquilla. Esa no la he visto venir… Pero tranquila, actuaré en consecuencia… Como siempre.
—El acólito puede proceder con su historia.
—Cuando quieras, Souta.
El pelirrojo hace ademán de acomodarse cerca de sus compañeros. Yukiko se incorpora, totalmente dispuesta a escucharle. Algo parecido hace Ryouken, que al parecer abandona temporalmente la preparación del altar.
—Igual si te dieses un paseo por esta cárcel encontrarías a diversos bastardos que podrían contar partes de mi historia, sabes. Y que no te sorprenda la concordancia. Yo, personalmente, me encargué de arrastrar a la mayoría a este agujero.
—¿Qué clase de "bastardos"? Y sobre todo, ¿Qué hicieron para que les llamaras así?
—Básicamente, y hablando claro, joderme la vida.—afirma, intentando aparentar tranquilidad.
No hay necesidad para Ryouken de avisar a Kuro para que le localice a Souta, él mismo ya sabe dónde se encuentra, razón por la cual es capaz de propinarle una colleja.
—¡Ay!
—Que hable bien el acólito. No es correcto ser maleducado delante de personas que no merecen ese trato.
—Jooorl, qué susto me ha dado...—protesta Souta, algo infantilmente, mientras adopta cara lastimera y se cubre los oídos con las manos.
La conversación de figura paterna y acólito provoca una risilla en Yukiko, cosa que hace que a Ryouken se le escape otra de sus frías sonrisas, y que Souta quede confuso un breve instante.
—E-en fin...—continúa el pelirrojo.—Por culpa de esos… Seres despiadados… Mi vida ha sido, en su mayoría, un infierno. Todo empezó a la misma edad a la que, según me ha contado el señor Houinbou, dices que renaciste. Seis años tenía yo entonces.
—Seis años… Efectivamente, la edad que tenía yo cuando…
—Eso es. Tú naciste más o menos cuando yo me morí, por decirlo de algún modo.
—¿Te… Moriste? Algo muy grave tuvo que pasar para que a pesar de que ahora estás hablando conmigo murieras entonces…
—Ajá. Si ya te has hecho la imagen de un crío de seis años, ahora duplícala. Imagínate a otro crío de la misma edad, amigo del primero, pero más feo, más idiota… Y más traidor.—espeta Souta, con una pincelada de furia en su carácter, aunque junto a esa furia hay un toque de pena.
—¿...Tuviste un amigo traidor?
—Sí señorita. Eso es correcto.
—…Entiendo.
—Seh, pero ahora, centrémonos en esos dos críos de seis años, ¿Vale? Resulta que un ser asqueroso que se hacía llamar mi padre trabajaba haciendo dulces. Pero pilló algo llamado hipogeusia, hablando claro, que no percibía los sabores.
—...Sí, sé lo que es eso. Mi enfermedad me ha hecho padecer algo parecido.
—Oh, es verdad. En fin… El caso es que se creía que yo tenía escrito 'catador de dulces' en la frente, o algo, y me hacía probar sus dulces, ya que él no podía. Aquello me lo hacía hacer para poder hacer buenos dulces para ganar un concurso que le convertiría en el mejor repostero del mundo.
—De acuerdo, hasta ahora te sigo…
—El concurso consistía tanto en sabor como en estética, y en eso, ese supuesto viejo mío era pésimo. Pero tenía un compañero, el padre de ese amigo traidor, que era un escultor, y se ayudaban mutuamente, para repartirse el premio, que era el título ese y un libro que valía un pastón. Como nuestros padres trabajaban juntos, ese amigo y yo tuvimos una relación muy estrecha…
—...Pero te acabó traicionando, ¿No? Algo tuvo que pasar si tan bien os llevábais.
—Eso es obvio. En realidad, fue culpa de los dos viejos escoria que teníamos. Se pelearon por el maldito premio, y primero se traicionaron ellos. Para esa traición, nos usaron a nosotros, a sus hijos. El padre de ese amigo le dijo a su hijo que me "secuestrara" para que no pudiese ir a probar esos dulces. Y claro, en ese momento, me importaba ese padre, y me lo tomé fatal. Y al final terminé yo amordazado y mi amigo a mi lado, disculpándose, encerrados en un coche congelado. Ugh...—explica Souta, mientras se sujeta la cabeza a causa de los traumas del pasado.
Yukiko hace gesto de querer preguntar si el pelirrojo se encuentra en condiciones de continuar, sin embargo antes de llegar a formular la cuestión, el propio Souta asegura que no es nada, y tomando aire, sigue con su narración.
—Mientras tanto, mi "padre" acabó asesinando al padre de mi amigo. Y un año después, cuando terminó todo el follón de los juicios, puso tierra de por miedo, sin molestarse por lo que me pudiese pasar. No se molestó en buscarme. Me dejó ahí tirado. Nunca le importé lo más mínimo. Claro que… De todo esto me enteré mucho más adelante.
Se nota a leguas que todo esto afecta mucho a Souta, a pesar de que el domador trata de guardarse el dolor para sí mismo, experto en ocultar sus verdaderos sentimientos desde siempre. Intentando aparentar que no le duele nada.
—Como el acólito ha mencionado, aquello fue objeto de conocimiento tiempo después. Mejor que continúe con lo que pasó en ese coche… Aunque servidor puede explicarlo por sí mismo.
—¿Usted, señor Houinbou, puede…? ¡Oh, claro! Imagino que fue entonces cuando se cruzaron…
—Precisamente, la joven Yukiko ha acertado. Si el acólito le permite, servidor intervendrá ahora en la narración. Tal y como intervino realmente.
En parte, Ryouken ha decidido acoplarse a la historia para dar un respiro a Souta, para que se recupere un poco de todos esos malos recuerdos que últimamente le atormentan más que de costumbre.
—El mismo frío infernal que mermaba la vida cuando la joven Yukiko y servidor se conocieron reinaba esa noche en la que servidor conoció a su querido acólito. A causa de las ventiscas y las bajas temperaturas, el coche donde quedaron atrapados los dos muchachos quedó congelado, imposible de abandonar. Además, estuvieron a punto de morir de hipotermia, que por suerte y por desgracia solo les dejó amnesia.
—¿Hipotermia, y luego amnesia? ¡Pero si…!—se sorprende Yukiko.
—Keh heh heh… Por supuesto, todo el mundo se ha percatado ya. Hay varios puntos cruciales donde las historias del acólito y la joven Yukiko tienen un parecido considerable.—comenta el asesino ciego, con una sonrisa que no termina de expresar la seriedad con la que lo ha pronunciado.
Esto hace que ambos muchachos queden callados un instante.
—Volviendo a la trama...—sigue Ryouken, paulatinamente.—...Kuro se percató de que algo no iba bien en ese coche, cuando él y servidor pasaban cerca de ahí, y gracias a que iban cerca de ese coche, los muchachos no murieron literalmente de frío. No recordaban sus nombres, y al parecer nada de nada. Servidor los acercó a un orfanato cercano, para que pudiesen sobrevivir. Desde aquel día, el acólito tuvo, y a servidor le parece que todavía tiene, una deuda de gratitud con servidor. Justo como le ha asegurado la tiene la joven Yukiko.
De nuevo, un denso silencio que podría ser cortado con un cuchillo se apodera del lugar.
—Sí, eso fue lo que pasó.
—¿El acólito prefiere continuar él mismo a partir de este punto?
—Sí, sí, claro… Aunque pronto derivemos en otro punto que podría contar perfectamente usted. Mi amigo y yo crecimos en ese orfanato, y yo no podía dormir por las noches pensando en que mi padre nunca vendría a buscarme por mi culpa, porque le fallé y no fui a probar sus dulces… Y por otra parte , solo tenía conmigo a un amigo al que ya no consideraba tal cosa, porque me traicionó y me separó de mi padre. Ese fue el comienzo de todos mis traumas. Mi vida se transformó en un completo y maldito infierno. Por si fuera poco, cuando doblé mi edad la cosa empeoró.
—...Cuando contabas doce años, ¿Me equivoco?—calcula Yukiko, a pesar de que esté convencida de que es así.
—Seis por dos son doce, así que evidentemente. Mejor dejo el tema, que no me gustan mucho los números...—esquiva Souta.—Fue el febrero del año siguiente a que el señor Houinbou se cruzara contigo, chica. Dos meses después para ser más exactos. El señor Houinbou recibió un encargo para… En fin… Para matar a alguien esa noche. Y el incidente tuvo lugar en el orfanato donde me encontraba.
—Servidor lo recuerda como si ayer mismo hubiese tenido lugar…
—Sí, lo sé, señor Houinbou. El encargo consistía en matar a un presidente, nada menos. Y el cliente era un suplantador de ese presidente que lo que quería era ocupar el lugar de la víctima una vez estuviese muerta. Por eso, recurrió al señor Houinbou.
—…¿Presenciaste un momento así, Souta?
—Sí, de hecho. Lo vi todo. Pero lo peor vino después. Resulta que ese doble del presidente, el cliente, tenía otros dos pseudointelectos que trabajaban con él en su asqueroso plan. Uno era el fiscal general del distrito por aquel entonces… Y la otra era la dueña del orfanato. Para conseguir riqueza y poder, colaboraron en el plan, haciéndolo pasar como un secuestro para conseguir un rescate, y una vez lo tuvieron, soltaron al "secuestrado", al doble. Nadie notó la diferencia en doce años. Porque la gente es idiota.
—¿Es eso "lo peor" a lo que es acólito se ha referido antes?
—...No, claro que no. Lo peor fue que, para eliminar testigos, esos maleantes quisieron deshacerse del señor Houinbou, que por supuesto conocía todo el plan. Escuché cómo planeaban matarle, y… Evidentemente, no podía permitirlo. Él salvó mi vida seis años antes, y yo iba a devolverle el favor.
—...Como es obvio.—asiente Yukiko.
—Le guié hacia la salida trasera, permitiéndole escapar con Kuro, y luego prendí fuego a nuestras huellas para simular que él nunca había estado allí. Por eso, nunca nadie sospechó que el verdadero presidente había sido asesinado, no secuestrado. ...Pero por si fuera poco, en consecuencia, más tarde la cosa fue a peor… Para mí, claro, como siempre...—bufa el pelirrojo, serio.
—Tú también sabías demasiado, Souta… ¿No es verdad?—deduce la muchacha ciega, bajando la cabeza ligeramente.
—...Exacto. Al ser una de las cómplices la propietaria del orfanato donde estaba, esa bruja tan arpía me obligaba día y noche a someterme a duros interrogatorios, desde que salía el sol hasta que se ponía, sin poder dormir por las noches de puro miedo por lo que me pudiese pasar al día siguiente. Comprendí que mi vida estaba en peligro… Hasta que escapé de allí. No podía soportarlo más.
De nuevo, una pausa se sume en todo el recinto.
—¿Qué podía hacer? ¿Acudir a la policía a denunciar todo lo que pasó? Si recuerdas, el otro cómplice era el fiscal general, nada menos, que después pasó a convertirse en el mandamás de un comité de fiscales importantísimo. Mientras ese estuviese de por medio, era imposible que la ley estuviese de mi lado, las evidencias serían falsificadas al instante. Y yo… No podía dejar aquello como si no fuese nada. Tuve que vengarme. Vengarme de todos aquellos que destruyeron mi vida. Pagarles con la misma moneda.—asegura el domador, con una pincelada de rabia en su carácter.
—Y que el acólito lo diga, adelante. ¿Cómo fue aquella venganza?—le impulsa Ryouken a seguir, aun conociendo la respuesta por sí solo y siguiendo creyendo que es terapéutico aunque Souta no quiera hacerlo con ese fin.
—Hice pagar a todo el mundo urdiendo un plan maestro en el que atrapé a todos los que merecían pagar. Intenté librarme del doble contratando a un sicario, que se dio cuenta de que era un doble y no el auténtico presi, y canceló el contrato, cosa mala para su cliente, es decir, a mí, ya que desde entonces quiso mi cuello en la guillotina. Pero aquello no fue un fiasco total. ¿Recuerdas ese amigo traidor? Se vio envuelto en ese incidente, ya que yo le di la idea de un atentado falso, y aprovechó la oportunidad para matar a su jefe para ser él el líder. Ese completo idiota, su complejo de inferioridad le hizo matar y ser encarcelado, qué mejor prueba para saber que era un perdedor.
—Souta… Estás hablando en pasado. Y dudo que te estés equivocando.
—...Caray, señorita. No está mal. No se te escapa ni una.—la adula, en algún modo, Souta.—Así es, te has fijado bien. Y no, no es un error. Si quieres encontrar a ese amigo traidor hoy en día, búscate una buena pala. Está criando malvas, durmiendo con los peces, kaputt, en el otro barrio, en fin, muerto, creo que me he explicado.
Tanto sinónimo de muerte para hacer una broma característica del humor negro que caracteriza a Souta ha sido para tapar la idea de que, en realidad, ese amigo fue algo más que eso: fue también una de las personas más importantes de la vida del domador. Y de un tiempo a esta parte, Souta ha llegado a pensar que su muerte fue innecesaria. Pero decide tratar de no pensar en ello. Como si no tuviese ya bastantes quebraderos de cabeza.
—Esa tía que trabajaba en el orfanato pasó a ser la guarda de la prisión donde estaba aquel amigo mío encarcelado. Gracias a una de mis brillantes ideas, conseguí que esa guarda sospechase que mi amigo y el señor Houinbou estaban relacionados. Esa arpía no solo quería deshacerse del señor Houinbou por lo sucedido doce años atrás, además estaba siendo amenazada, pues si se descubría la verdad, la cosa se iba a poner fea para ella. Así pues, terminó matando a mi amigo por miedo a que tuviese algo que ver con el señor Houinbou. No obstante, llegué a ser sospechado, porque no preví que latreta que había montado podría salirme por la culata. Pero improvisé, exitosamente, y quedé exento de culpa. Mi amigo había muerto, y esa zorra fue encarcelada.
Ryouken hace de nuevo un gesto con la mano, cosa que hace reaccionar a Souta.
—¡Esa mujer, esa mujer fue encarcelada!
El asesino ciego hace un gesto de aprobación que se toma con una carcajada cavernosa. Seguramente piensa como Souta, pero como le ha dicho antes, no es necesario usar ese vulgar vocabulario.
—Sigamos con la lista de cabro… De gente que tenía que pagar. Lo único que hice fue enviar un par de cartas para hacer que ese fiscal general acabase matando para proteger su apestoso secreto. Al mismo tiempo que él mataba, un poco antes tal vez, yo estaba ocupado montado en mi súper-globo del circo, llevando a una rehén drogada para un plan que maquiné. Encima de la torre donde iba a aterrizar, se encontraba, nada menos, ese doble de presi. Trató de dispararme, mientras temblaba de miedo, el muy cobarde. Lo aplasté con el globo, lo dejé más plano que una mesa. Una estúpida mesa de huesos rotos a causa de la muerte que se ganó a pulso.—bromea el pelirrojo, riendo con malicia.
—¿Y luego?
—Luego dejé allí a la rehén drogada, para que el fiscal general la culpara y un amigo de ella demostrase que era inocente, hurgando en los trapos sucios de ese capullo para llevarlo a la cárcel. Mientras tanto, llevé el cadáver del doble a una cámara frigorífica que el circo donde trabajé tenía alquilada para la comida de los animales. Allí guardé el cuerpo, que se conservó para que yo, unos días más tarde, pudiese crear una falsa escena del crimen. No obstante, me acabaron pillando. Todo por unos polvitos amarillos en el globo y un milisegundo que tardé de más en apagar un transistor, pero me pillaron. Pero ya todos habían pagado. Ya me había vengado. Y ahora estoy aquí.
—Entiendo… Al menos, creo haberlo entendido todo bastante bien.
Esperando que Yukiko diga algo más, Souta se calla, expectante. Sin embargo, esa esperada respuesta no llega, cosa que sorprende mucho al pelirrojo. Sabe que cualquier persona suele decir algo más aparte de que lo ha entendido.
—¿Y ya está? ¿No vas a decir nada más al respecto, chiquilla?
—¿Oh? ¿Se supone que he decir algo más?
—Pues…
—¿A lo mejor estás esperando que te diga que "qué penita, lo siento mucho"? Pues no te equivocas, Souta, lo siento mucho por ti. Lo que te ha tocado no es nada agradable, y lo siento por ti. Pero aunque te lo dijera, ¿Qué cambiaría eso? Lo último que necesitas es mi compasión, sabes.
Si la falta de pregunta le ha sorprendido, la respuesta deja ojiplático a Souta. Esa chica tiene toda la razón del mundo. Definitivamente, tiene algo que no es como las demás personas.
—Keh heh heh… No sabe si servidor se lo había dicho ya, pero la joven Yukiko posee una inteligencia envidiable. Otro de los muchos puntos que ambos jóvenes tienen en común.
Ante la observación del monje asesino, los dos callan al instante. La comparación les deja sin palabras, a pesar de que no la creen del todo desacertada. No mencionan nada, de momento.
—¡Qué dice! Está exagerando, señor Houinbou, no soy tan inteligente ni nada por el estilo. Todavía no puedo, no puedo, no puedo creer cómo logré hacer todo aquello.—menciona, ironizando.
Ryouken sabe perfectamente que en el fondo lo sabe tan bien como él, que es muy listo. Pero no lo admite delante de la gente.,
—Bu-bueno… Ya te he contado mi vida, Yukiko. Y yo sé sobre ti, pero de todos modos, ¿Puedes hablarme un poco de ti misma? Es decir, quisiera oír tu punto de vista, ya que estamos. Además de que ya no quiero hablar de mis recuerdos más. —le pide Souta, sin una pizca de guasa.
—¿Uh? ¿Tú…? ¿Quieres escucharme hablar de mi vida?
—Oh, vamos, querida, es pequeño, pero tengo un corazoncito. Además, si tú has hecho lo mismo por mí, qué menos. Se acabó hablar de mi vida, no le veo la más mínima necesidad de haber sacado el tema.
—¿A la joven Yukiko le importa compartir su punto de vista con servidor y su acólito? Ambos la escucharán con atención.—le asegura Ryouken, con una sonrisa sencilla.
—No, no, por supuesto que no me importa. Si a ninguno le importa, estaré encantada. Aunque no sé muy bien qué diferencia puede haber…
La chica carraspea y se dispone a comenzar con su propia narración, ambos hombres escuchándola y no solo oyéndola.
—Mis recuerdos empiezan la noche que el señor Houinbou tuvo el amable gesto de perdonar mi vida, y no recuerdo casi nada de lo que viví anteriormente.
—Si el señor Houinbou no anda erróneo, recuerdas tu nombre, tu edad, sobre tu enfermedad y que tu cumpleaños ronda estas fechas, ¿Cierto?
—Cierto. Eso es lo único que recuerdo. Nunca he tenido ninguna prueba de nada que pasara antes de esa noche, me temo… Y al despertar, ya estaba ciega, por lo que siento no recordar prácticamente nada del mundo donde vivo. Cuando desperté, estaba en el escondite del señor Houinbou, según me dijo él mismo, y me contó que me perdonó la vida, razón por la cual he regresado contra viento y marea para darle las gracias antes de que se me lleve la muerte, como he explicado antes.
—Así es, ya hablaste de eso antes. Dime, ¿Podrías hablarme un poco de esa enfermedad gravísima en cuestión?—pide Souta, serio aunque bastante respetuoso.
—Sí, bueno… De hecho, no sé gran cosa al respecto, solo puedo darte una definición causal, es decir, de lo que me provoca.
—No importa, es mejor que nada. Además, tampoco soy médico.
—Claro, claro….Por lo que sé, es una enfermedad generalizada, es decir, que afecta a todo mi cuerpo. Me invalida mucho, porque me dificulta el caminar, ya que me canso en nada, mi digestión es un poco pesada siempre, y sin motivo, mis sentidos están muy trastocados en mal sentido, tú mismo puedes verlo-cosa que yo no puedo- y hace que me cueste respirar, entre otras cosas más eventuales. Una enfermedad con la que he vivido toda mi vida.
—Ya… Ya veo… Y mis disculpas por la ironía. ¡No puedo creer que sea tan bobo como para no encontrar otras palabras, no puedo, no puedo, no puedo!—menciona Souta, con un ápice de broma.
—No es nada… Hasta entonces, estuve viviendo, seguramente, porque nunca he visto nada, en algún orfanato de las afueras, aburrida ya que no puedo hacer nada a causa de esta enfermedad que me limita tanto. Siempre he estado sola, sin nadie a mi lado, nunca he recordado nada de nada, ni de nadie. Inexplicablemente, por algún capricho de la naturaleza, he aguantado viva bastante tiempo. Hasta que moví algunos hilos para descubrir el paradero del señor Houinbou para venir a darle las gracias cuando noté que mi vida se podría acabar en cualquier momento.
—Eso me ha parecido comprobar…. Has tenido mucha suerte, a pesar de tu situación has aguantado todo este tiempo viva, porque francamente, cualquier otra persona ya estaría muerta.
—Keh heh heh… El mismo acólito lo ha dicho. "Cualquier persona". La joven Yukiko no es "cualquiera", justo como su acólito. De eso servidor está muy seguro.
Cada vez que Ryouken se pone a hablar de Yukiko, especialmente cuando le encuentra algún punto de parecido con su propia historia, Souta no puede evitar callar en seco, luchando en vano por no preguntarse si Ryouken quiere llegar a algún lado con todo lo que dice.
—Bueno… Creo que eso es todo lo que tengo que decir por mi parte. Realmente, no hay mucho que contar, puesto que hay muchas cosas que no recuerdo y las que recuerdo no puedo describirlas al ser ciega. Algo así como un libro en blanco.
—Se podría ver así… E-es decir, es una manera de compararlo. Maldita sea, ¿Todas las expresiones tienen algo que ver con la vista? Oh, espera… ¡Dita sea! —bufa Souta, molesto porque no necesita dar golpes bajos a Yukiko.—¡No puedo ser más torpe, no puedo, no puedo, no puedo!
La susodicha empieza a reír por lo bajini.
—Lo siento, no quería ser irrespetuosa. No te preocupes por mí, Souta, de verdad… Esas expresiones no tienen nada que ver contigo.—bromea, mientras se ríe un poco más.
—Está bien, me rindo.—murmura Souta, confuso.
—Keh heh heh… A veces, tomarse según qué desgracias con un poco de humor es aconsejable… El acólito podría tomar ejemplo de la joven Yukiko al respecto.
—¡Oh, vamos…! No necesita tomar ningún ejemplo de mí, si Souta es muy listo.
—Qué va, no lo soy. ¿Qué voy a ser listo yo…?
Meditando para sí mismo sobre el asunto, Souta no puede dejar de mirar a Yukiko. Desde que llegó, hay algo que le llama vorazmente la atención sobre ella. No está seguro de por qué, pero algo le dice que esa chica no es ninguna ordinaria individual. Igual solo es una idea aleatoria. Eso creería si no se pudiese sacar el pensamiento de la cabeza.
Tanta charla ha derivado en una primeriza hora de la comida. Ryouken anuncia a ambos muchachos que después de eso, tendrá lugar esa improvisada ceremonia de iniciación para dar la bienvenida a Yukiko oficialmente. Al parecer, gracias a la influencia del asesino ciego, se ha conseguido que Yukiko "resida" en la celda especial junto con el monje y Souta. Ninguno ha puesto ninguna pega, mucho menos Yukiko.
—Hey, Souta, tienes comida entre los dientes.
—¿Eh? Oh, vaya, qué vergüenza, a veces me comporto como un animal, soy… ...Espera un momento...—se percata Souta.
—Has picado...—le bromea Yukiko, con sorna, sacándole la lengua.
—Increíble… ¡Me has pillado totalmente! ¡No puede ser, no puede ser, no puede seeer!—se sorprende Souta.
—Es solo la novedad, todavía no te has acostumbrado a que sea ciega… Es lo normal. En unos días ya no picarás, ya verás… Tú que puedes ver.
—Sabes, nunca he visto… He conocido… A alguien tan orgulloso de ser ciego.
—Ehem, ehem...—carraspea Ryouken, con evidente sarcasmo.
La risa de Yukiko le hace percatarse de su error garrafal, llegando a preocuparse por si realmente está perdiendo facultades.
—¡Aaah! ¡Lo siento, lo siento! Definitivamente, la Navidad no me sienta bien.—bufa Souta, molesto.
—Ha sido todo tan repentino… Seguro que te acostumbras a que esté en el medio, Souta, seguro.
No encuentra ninguna necesidad de refutar eso, así que no lo hace. Pronto, la comida se da por finiquitada, y dan paso a la ceremonia prometida.
