El cuenco tibetano y las campanitas vuelven a inundar el lugar, inusitadamente sombrío a pesar de ser ya de día. Como si para celebrarlo se tratase, muchos copos de nieve empiezan a caer por el lugar una vez más. El frío vuelve a hacer acto de presencia.
—Que la joven Yukiko se ponga de rodillas, que junte las dos manos y baje la cabeza. Esa es una de las poses más básicas.
Yukiko, obediente, no se hace de rogar. Al no saber ubicarse demasiado en el lugar, Souta trata de colocarla un poco. Cuando todo parece en orden, Kuro ladra, señal que Ryouken interpreta como que su nueva aprendiz está lista.
—¿Podría la joven Yukiko hacer sonar la campanita que tiene colgada del cinturón?
En lugar de contestar, el sonido de la campana de la muerte hace acto de presencia.
—Esa es la campana material que da nombre a la nueva suzu. Que sea bienvenida a la tutela de servidor, que tratará de enseñarla lo mejor que sepa. Si el acólito es tan amable…
El asesino ciego alarga su mano anciana, indicando que le gustaría que Souta la condujese a la frente de Yukiko, donde le hace una especie de señal con el dedo índice, para luego recorrerle la cara con ambas manos para identificarla nuevamente.
—Keh heh heh… La joven Yukiko se muestra seria…. Eso es señal de que se lo está tomando en serio. Servidor elogia esa actitud.
—...Gracias.
Souta observa atentamente la escena. A pesar de que Yukiko está totalmente dispuesta a ser su discípula de meditación, o suzu como lo llaman, la chica se muestra torpe en las poses y confusa ante las enseñanzas. No desiste, sin embargo. Pero le cuesta. Podría ser cosa de su enfermedad, o quizás…
El pelirrojo hace sus cábalas al respecto. Y aunque no tiene ninguna prueba de ello, cree tener una teoría al porqué de su torpeza en la materia, ajena a cualquier enfermedad o mal corporal.
—Yukiko es bienvenida a su nueva identidad de la suzu de servidor. Servidor, asimismo, aprecia su gentileza al estar dispuesta a dedicar su, como ella dice, contado tiempo en hacer esto para agradecer un gesto de ese calibre.
—Me alegro de que lo aprecie. En realidad, sé de sobras que el favor que me hizo es impagable. Pero no soy ingrata, y aunque no pueda agradecerle al completo, pondré todo mi esmero en, al menos, intentarlo.
El acólito mueve ligeramente los labios, y para sí mismo, da una muestra de aprobación a tal talante. Muy leal por parte de Yukiko. Algo que Souta puede elogiar.
—Y con esto, la ceremonia queda completada. Mañana pueden empezar las clases prácticas.
—Por supuesto. Gracias por su atención, señor Houinbou.
—Para servidor no es nada, le asegura a su nueva suzu. Ahora, si ambos jóvenes le disculpan, servidor quiere tallar un rato una nueva figura de madera.
—Como quiera, señor Houinbou.—le concede Souta, respetuoso.
—¿Podría Kuro tenderle a servidor el cincel pequeño?
Obediente, el perro identifica el objeto y lo atrapa con la boca, peligrosamente cerca de quedársele atrapado en la mandíbula. Ryouken comprueba que la inteligencia de su animal de compañía sigue estando perfectamente.
—Keh heh heh… Kuro es muy listo, ¿Cierto? Buen chico, buen chico…
Tanto el asesino ciego como el perro se aislan en sus cavilaciones mientras Ryouken empieza a tallar un mediano y macizo trozo de madera.
—Oye… Yukiko. ¿Cómo te sientes después de la ceremonia esa?—le pregunta Souta, serio.
—Me alegro de que te interese cómo me pueda sentir, Souta.
—...Hum. Bueno, algo así.
—Estoy muy contenta de poder tener una oportunidad para saldar la gran deuda que tengo con el señor Houinbou. Significa mucho para mí.
—¿Pero no es cierto que vas más perdida que un pulpo en un garaje?
—No te sigo…
—Quiero decir que, aunque siempre has estado dispuesta a ser su suzu, o lo que sea como se llame eso, no conoces las poses y las enseñanzas de la filosofía en la que cree el señor Houinbou te suenan a chino mandarino. ¿Voy desencaminado?—expone Souta, sin poder evitar una sonrisilla irónica.
—...Hm. Inútil tratar de ocultarte nada, Souta. Me tienes calada, ¿Verdad?
—No es difícil de pillar. Parecía que estuvieses comprobando si llovía en lugar de posar para la meditación.—se ríe el pelirrojo, con una de sus risotadas estrepitosas.
—Ciertamente. La verdad es… No conozco nada de nada acerca de la religión que predica el señor Houinbou.
—Ni siquiera eres creyente en estas cosas, ¿Me equivoco, Yukiko?
—...No. No creo en la religión, en dioses o cosas por el estilo.
—¿Sería mucho preguntar el porqué?—cuestiona Souta.
—No creo que necesite contestar a algo que perfectamente puedes saber por ti solo, porque sé que tu inteligencia es más que un rumor. Después de lo que me ha tocado vivir, ¿Me queda algún motivo para creer que va a venir un dios a quitarme la enfermedad, o que vendrá a hacerme compañía? La respuesta es simple: no. Si los dioses fuesen tan omnipotentes y piadosos como dicen, hay cosas que no pasarían jamás. No existirían las enfermedades que matan a la gente y los padres no abandonarían a sus hijos sean cuales sean las circunstancias.
Souta calla. El último estamento de su discurso iba referido a él. Por eso, no podría estar más de acuerdo con ella.
—Tienes mucha razón. Exactamente, a mí me pasa igual que a ti, ¿Te crees que Dios hubiese permitido que todos esos bastardos jodieran la vida de un niño para siempre? Claro que no.
Yukiko asiente, a pesar de que Souta se ha respondido a su propia pregunta.
—Entonces, si puede saberse, ¿Por qué estás dispuesta a pagar tu deuda, por decirlo así, mediante la religión? —...Soy débil, no creo que haya otra manera en la que pueda pagar mi deuda, dadas mis muchas limitaciones. Además, me jacto de ser leal, sabes. Seré leal al señor Houinbou hasta que me muera. Y estoy dispuesta a cumplirlo.
—...Bien dicho. Buena respuesta. Realmente, eres de lo que no hay, Yukiko.
No contesta. En lugar de eso, sonríe ante el cumplido. En el fondo, Souta nunca había pretendido elogiar a nadie, dado su profundo odio por la raza humana casi en su totalidad. Yukiko es humana, ¿Por qué no la odia también? Porque la verdad es que no la odia, en absoluto. Eso es precisamente lo que le sorprende.
Pasa un rato, y Ryouken para de tallar un momento, ahora que ha escuchado que sus dos compañeros de celda han dejado de conversar por unos instantes.
—Servidor quería comentarle algo a su acólito, por cierto…
—Dígame, señor Houinbou…
—Keh heh heh… No ha podido evitar escucharles hablar juntos, y a servidor le ha dado por pensar… Está convencido de que Yukiko y el acólito, en cierto modo, se ayudarán el uno al otro.
—¿Respecto a qué?
—En su rehabilitación, claro está. El acólito se halla donde está porque no está preparado para el mundo exterior. Necesita aprender a confiar para poder salir y hacer su vida sin traumas.
—Yo… ...Yo no tengo ningún trauma. Ni me hace falta rehabilitarme de nada.—alega Souta, algo intimidado.
—¿Y…? ¿Y cree que yo le podría ayudar al respecto? Yo no soy una gran experta en la confianza, señor Houinbou.
—Keh heh heh… Precisamente por eso. Ambos poseen muchas similitudes, servidor está convencido de que se han dado cuenta. Por eso, ambos pueden compartir sus vidas, ahora que estarán juntos por un tiempo, pedirse ayuda cuando la necesiten, aprender a labrar la confianza… Tanto por el bien de uno como por el bien del otro.
Silencio sepulcral que nadie sabe cómo interrumpir.
—Servidor tiene una gran fe en que la llegada de la joven Yukiko traerá luz a la vida del acólito, y viceversa. Espera no estar equivocado.
Esto a Souta le deja trastocado. No sabe qué pensar al respecto, nunca ha confiado en nadie, y no sabe si está preparado para confiar ahora.
—¿Souta?—le llama la chica, algo preocupada.
De repente, se oye una llamada fuera de la celda. Es un aviso para que los presos se dirijan a hacer su trabajo diario en la cárcel, por unas horas.
—Lo siento… Tengo que irme.—menciona, con un hilo de voz y yéndose al abrirle un guardia la puerta, como es menester.
—¡Souta, espera!—trata de frenarle Yukiko, incómoda.
No lo consigue, no obstante. Souta desaparece con una velocidad impactante, quedando tan pensativo y confuso como ha quedado Yukiko.
—Se… Señor Houinbou...
—Que no se preocupe la joven Yukiko. El acólito siempre ha sido muy esquivo en cuanto a estos temas. Cuando regrese, podrán hablarlo larga y detenidamente.
—Sí… Supongo que tiene razón.
Aunque no ha podido quedarse preocupada. La reacción de Souta no le ha sentado muy bien, a pesar de que no cree que sea culpa de ninguno de los dos. Solamente están desentrenados en la confianza.
Pasan las horas, hasta que anochece. Souta ha estado encargándose de sus labores rutinarias, sin embargo no ha estado demasiado concentrado. No ha parado de darle vueltas a las palabras de su figura paterna, además de a los recuerdos que han reaparecido en su mente atormentada por traumas tan diversos como los lugares del mundo. ¿Qué ha significado o significará la llegada de esa tal Yukiko a su vida? ¿Por qué no es capaz de odiarla, como le pasa con el resto de la gente? Estas y muchas otras preguntas dan vueltas y más vueltas por su cabeza cual noria incesante. Siente una gran angustia al no verse preparado para confiar en los demás.
Ahora que su venganza ha acabado, ha de ser fuerte para poder recuperarse de las heridas del pasado, y ser capaz de anteponerse a todo eso y lograr vivir su vida, la que ha defendido durante tanto tiempo. Ahora, ya no necesita defenderla, ahora le toca vivirla. Pero sin confiar en los demás, no será capaz. Tiene que aprender… Y no sabe.
Vuelve a la celda, y después de saludar efusivamente, se toma su ración de cena sin decir palabra. Yukiko hace lo mismo, aunque su expresión facial da a entender que algo la preocupa mucho. Ryouken observa la escena aun sin poder ver, valorando cosas desde el silencio. Está dispuesto a tratar de que los dos hablen la situación… Pero primero, les da cierto margen para ver si cogen iniciativa.
Souta es observador, y muy perspicaz. Ha podido notar perfectamente la expresión deprimida de su nueva compañera de celda, y de vida. No puede evitar sentirse responsable por ello, entre otras cosas, porque es, al menos, parcialmente responsable. Maldice el sentimiento de culpa, que no sirve para nada más que para hacer sentir mal al que lo padece.
—¿Souta?
—¿Yukiko?
Se sorprenden al haberse llamado al unísono, y hacen ademán de quedarse un poco aturdidos.
—...Va, tú primera.—concede Souta.
—Es que… Antes… Te he notado muy… Cómo decirlo. Efusivo. ¿Hay algo que te molesta de mí?
—No, no, no es de ti. Yo…
—Souta. No… No me gustaría causarte ninguna molestia, de verdad. Además, no tienes que contarme tus asuntos si no quieres… No me gustaría que te vieses obligado a algo…
—Lo sé, lo sé… Pero no tuve motivo para evitar contestar, y perdona si eso te molestó. No sé, algo… Algo me impidió pensar con claridad. Supongo que es porque… Porque no sé confiar en los demás.—confiesa el pelirrojo.
Yukiko baja la cabeza, pensativa y solemne.
—Te entiendo… Yo… Yo tampoco soy una experta en este tema. Pero creí que estabas molesto conmigo por algo… Es normal, soy nueva aquí, no llevo aquí ni un día, y ya se supone que hemos de contarnos todo lo que hemos vivido y más…
—Sí… Algo extraño, ¿Cierto? Pero no temas, es cuestión de tiempo. Ahora que lo pienso, lo que ha propuesto el señor Houinbou está bien, es decir, es algo positivo para los dos, pero nos ha pillado la novedad y claro… Además, al entender que el objetivo es acabar haciendo algo que no hemos vivido nunca, o casi nunca…
—Completamente de acuerdo. Tiempo al tiempo, Souta. Cuando pasen los días, y las semanas, nos iremos acostumbrando a la rareza del asunto, y ya no nos incomodará tanto…. Espero. ¿Verdad?
Souta medita un poco la respuesta. Ambos están de acuerdo en ese punto, así que no hay utilidad en negarlo. También se le ocurre que es posible que su figura paterna hablase con criterio, pues un problema que antes se les presentaba confuso e incómodo se ha solucionado de algún modo sentándose a hablar largo y tendido al respecto. Quizás funcione asimismo con el tema de esforzarse en labrar vínculos positivos con el prójimo.
—Así pues, ¿Todo bien?—pregunta Yukiko, tendiendo la mano.
El pelirrojo mira a la muchacha ciega a la cara, aunque ella no se percate de ello, y acepta su mano.
—Sí, Yukiko. Todo bien.
La chica sonríe austeramente al instante. Según asegura, se alegra de que ese tema tan espinoso se haya solucionado, como mínimo, aclarado. No es la única que lo celebra. El asesino ciego ríe para sus adentros. Y es que tiene un oído muy desarrollado, así como un aparente gran afecto por ambos.
El resto de la noche se lo pasan charlando sobre materias triviales y jugueteando un poco con Kuro, que parece extrañamente a gusto con los dos, algo raro en un perro cabezón y poco amigable como él.
—¡Kuro, sit! ¡Patita! ¡Vuelta! Buen chico.—le comanda Souta, sonriendo.
—Toma, Kuro.—le llama Yukiko, con un pedazo de su comida entre los dedos.
El animal corre ante el olor de su aperitivo, excusa que aprovecha para lamerle la mano a la chica largo y tendido.
—¡Para, para, me haces cosquillas! Buen chico, Kuro, buen chico.—le acaricia.
—Qué raro, si fueras cualquier otra chica, ya te habría comido. Realmente te tiene aprecio, Yukiko.
—Él fue también uno de los que salvó mi vida, ¿Eh, Kuro?
El perro ladra y sigue jugando con los dos jóvenes, mientras Ryouken les oye y ríe ante su imagen de la escena.
—Oye, Souta, he oído que aquí se hacen terapias con animales, ¿Verdad?
—Oh, eso. Sí, sí, cada preso tiene un animal mascota para la terapia de reinserción, o lo que sea, ¿Por?
—No, por nada, es que… No parece que tengas ningún animal de mascota, ¿O sí?
—No, de momento no tengo ninguno asignado, pero supongo que el año que viene ya sí, ahora que falta poco para el año nuevo...—deduce Souta.
—Oh, claro… A saber qué animal te toca.
—Ya se descubrirá. No necesito ninguna clase de terapia, pero al parecer nadie quiere escucharme o entenderme. Quizás... Podría ser un perro… Aunque estoy seguro de que con las ironías que tiene esta vida me acabará tocando un monito. Lo presiento.
—¿Un mono?
—Seh, tonterías de la gente, se cree que soy un mono muy lindo, hay que fastidiarse…
Yukiko se ríe ante el comentario, y antes de que Souta pueda limitarse a soltar una leve carcajada de burla, la chica cambia las risas por un bostezo.
—Uaaaaam…
—¿Ocurre algo, Yukiko?—le pregunta Souta, clavando su mirada en ella.
—Oh, perdón… Es solo que estoy un poco cansada. Lo siento, me suele pasar. Me he levantado algo tarde, pero aún así, mi enfermedad me agota con facilidad. Muy fastidioso, cierto.
—Que la joven Yukiko descanse tranquila. Mañana será un nuevo día en el que podrán desarrollarse otros hechos.
Kuro entiende cada palabra, y acompaña a la muchacha hasta el futón donde yació la noche anterior agotada. Cuando lo localiza, sabe acomodarse sola más o menos bien, acariciando al perro como modo de agradecimiento por su gentileza.
—Keh heh heh… Que la joven Yukiko pase unas buenas noches.—le desea Ryouken.
—Igualmente para usted, señor Houinbou. Hasta mañana.
—Buenas noches.—se despide Souta, algo más lacónico.
—….Gracias, Souta. Igualmente.
Tras lo cual, la chica ciega se acomoda sobre su almohada, cerrando sus ojos para seguir teniendo la misma oscuridad que de costumbre. Antes de dormirse, sin embargo, logra oír algo.
—¿Le apetece al acólito una partida de ajedrez contra servidor? A servidor le gustaría jugar.
—Claro, de acuerdo. Vamos a jugar, deje que lo prepare todo…El pelirrojo mueve el tablero y coloca las fichas en sus casillas correspondientes, así como tiende a Ryouken un bloc de notas especial y sus enseres para escribir que le sirven para poder jugar a la igual que una persona con vista.
—¿A…? ¿Ajedrez? ¿Es una especie de juego?
—¿Eh? Sí, eso es. Un juego de inteligencia, paciencia y batalla.
—El acólito y servidor juegan de vez en cuando. Son unos aficionados a la materia.
—Anda, duérmete ya, que mañana te caerás de sueño.—le dice Souta, tajante.
—Oh, ya… En fin, que se diviertan con esa partida. Buenas noches.
Aunque Yukiko se muestra muy curiosa por el ajedrez , pronto su cansancio la acaba venciendo y queda traspuesta en su futón. Ryouken y Souta juegan unas cuantas partidas de ajedrez, como de costumbre quedando el pelirrojo ganador. Evidentemente, no admitirá que gana por su gran inteligencia y perseverancia. Sin embargo, cuando la hora ya es un poco tardía, Souta decide retirarse a dormir.
No puede parar de mirar a Yukiko cada vez que se cruza con ella. Siempre que lo hace, nota una extraña sensación, aunque no está seguro de qué puede ser.
Ryouken, por su parte, está convencido de que eso, de coincidencia, tiene poco, y está seguro de que ambos muchachos podrán ayudarse mutuamente. El tiempo lo dirá, pero si el monje lo ha dicho, es por algo. Y no suele estar equivocado. El tiempo lo dirá.
