Y tal y como empezó, el año avanza, y sigue avanzando. Rumbo a lo que pueda tener de interesante, desconocido de momento. Tanto para Souta como para Yukiko, al igual que para Ryouken, que hacen su vida normal ahí en prisión a la espera paciente de algo de especial mención.

Sin embargo, el anciano asesino no necesita que algo así pase para alegrarse de confirmar su hipótesis. Especialmente desde que Yukiko se unió a sus vidas, al monje se le ve de muy buen humor, alegre de pasar sus días entre rejas con los dos.

Cada día, Yukiko toma clases como suzu de Ryouken, prestando gran atención a pesar de creer en la religión, sea cual sea. El anciano la instruye encantado, y se le ve alegre de que haya vuelto después de tantos años. Mientras duran las lecciones de meditación, Souta siempre anda cerca, nunca mejor dicho meditabundo, notando perfectamente la felicidad de su figura paterna al estar cerca de ambos.

Cuando las lecciones terminan por un día, Souta se pasa los ratos muertos charlando con Yukiko, sobre cosas con las que probablemente no haya hablado con nadie. Le cuenta una y otra vez y con detalles todos los sucesos de su pasado, especialmente aquellos que le provocaron sus traumas, a los que no identifica como tal cosa, solo asegura que son sus recuerdos. Y tampoco le gusta hablar de ello, está harto de repetir aquello. A pesar de que a veces la trama llega a repetirse, Yukiko no protesta ni una sola vez, escuchando con atención.

—En el fondo, da igual cuantas veces lo recuerde. No por ello se me va a borrar de la cabeza cuanto antes, más bien todo lo contrario. Supongo que hablarlo va bien para liberar un poco de angustia. O eso dicen. Pero bah, es todo una tontería, no sirve para nada. —menciona Souta, con cierto desdén y pasividad.

—Mientras te vaya bien, yo no tengo problema en escucharte. Así cada vez me voy haciendo una idea más precisa. Y además, yo no tengo mucho que contar, así que…

—...Ya, supongo. Bueno, estoy ya un poco harto de hablar siempre de lo mismo, pero si me va bien, pues… No obstante, ahora me tengo que ir. Ejercicios de los presos, ya sabes.

—Oh, ¿Puedo acompañarte? No es que tenga mucho ímpetu para el ejercicio, pero me gustaría que me diese un poco el aire. Lo sé, "Yukiko, no creo que con tu débil tacto de haga algo". Igualmente, me irá bien.

—Si te apetece… ¿Hay algún problema, señor Houinbou?

—Keh heh heh… Ninguno en absoluto. Que la joven Yukiko vaya, y se airee tranquila. Servidor les espera aquí a ambos para la cena, con Kuro. ¿Verdad que Kuro les espera también? Buen chico, buen chico…

Tras despedirse del anciano asesino, el pelirrojo y la muchacha ciega abandonan la celda precedidos por un guardia, que les acompaña al patio, donde hay otros presos ejercitándose.

—Ya me toca. Ven, siéntate aquí. Quieta ahí o lo lamentarás, podrías caerte.

—Qué gracioso, como si pudiera irme a algún sitio por mí misma.

Después de acomodarla en una silla, Souta se une a sus compañeros de prisión en sus ejercicios rutinarios, mientras Yukiko se airea un poco y espera paciente a que termine. Sin duda, la paciencia es una de sus virtudes… Al menos en esa ocasión.

Si no fuese ciega, sin embargo, se hubiese dado cuenta de que algunos de los reos la observan desde la distancia, extrañados. Al verle los ropajes japoneses y los ojos carentes de iris y pupilas, muchos la relacionan con Ryouken Houinbou, y por eso, la reacción es ir a preguntarle a Souta al respecto.

—Es una conocida del señor Houinbou. Una discípula suya, que llegó hace unos días, y se quedará por un tiempo. ¿A qué vienen tantas preguntas?—responde Souta, lacónico y extrañado al respecto de las incesantes cuestiones.

Terminan las sesiones, está oscureciendo y ya es hora de la cena. A Souta le toca hoy ayudar al guardia a guardar unas cosas del entrenamiento en su lugar correspondiente, ya que los presos se van turnando para hacer dicha acción. Cuando acaba, vuelve al patio para recoger a Yukiko y llevarla de vuelta a la celda. Sin embargo, al disponerse a hacerlo, la ve rodeada de mucha gente. Sorprendido, se acerca a la muchedumbre.

—Ah, así que te llamas Yukiko, ¿Eh, bonita?—aclara uno.

—Ehm, sí…

—Pobre Yukiko, eso de ser ciega debe de ser trágico, ¿No es verdad?—se preocupa otro.

—Es difícil, pero…

—¡Seguro que el amable señor Houinbou te ayuda mucho al respecto! Porque sois muy amigos, ¿No?—dice un tercero.

—Sí, me ayuda. Y sí, es algo así… Pero…

—¡Que sepas que estaremos siempre ahí para lo que necesites! Tú pide lo que quieras, que nosotros te lo conseguimos, ¿Eh?

—Pues claro, hemos de tratar bien a nuestra nueva amiga.

—Eh, tíos, ¿Se puede saber qué rayos queréis de Yukiko?—corta Souta, interviniendo muy sorprendido.

Al verle, todos los demás se despiden rápida y calurosamente de Yukiko, marchándose hacia el interior de la prisión.

—Aquí estás, Souta.

—Hey, ¿Qué tripa se les ha roto a esos, Yukiko?

—Ni idea. De hecho, estaba aquí esperando a que terminases de entrenar, y han aparecido todos esos hombres, tratándome como si fuese una deidad o algo…

Souta no está seguro si a esos tipos les faltan un par de tornillos… O tienen alguna intención oculta. Opina que será mejor no pensar más en el tema e ir a cenar junto con Yukiko, que empieza a dar signos de estar cansada.

Al llegar a la celda, los guardias traen la cena para todos sus ocupantes, y cuando la acaban, y después de charlar un poco, Yukiko queda traspuesta. Unas pocas horas después, es el propio Souta el que decide irse a dormir. No sabe a qué hora se acuesta el señor Houinbou puesto que a veces tiene la impresión de que el monje nunca duerme.

Al día siguiente, Yukiko se levanta de su profundo sueño con su habitual coleta hecha un remolino. Por eso, antes de empezar la rutina diaria, Souta se presta en peinarla, como suele hacer de vez en cuando. Cuando termina de rehacerle la coleta de caballo, le incorpora el bonito lazo blanco y unas cintas para decorar en algunos mechones.

—No era necesario, Souta. Aun así, muchas gracias.—es lo que siempre le responde ella, con una flamante y aparentemente sincera sonrisa.

—No hay de qué, en serio.—también por costumbre le replica Souta.

Esa mañana, sin embargo, empieza algo distinta de lo habitual. Un guardia le llama para ir a aclarar un asunto relacionado al almacenamiento de material que Souta realizó el día anterior. Sin mucho interés, al pelirrojo no le queda otra opción que aceptar y limitarse a ser escoltado por el guardia. De nuevo, Yukiko insiste en acompañarle para estirar un poco las piernas. Después de que Ryouken asegure que no le molesta empezar las lecciones un poco más tarde que de costumbre, y de que el domador alegue que a él no le molesta que le acompañe, ambos vuelven a salir fuera de la celda.

Al final, resulta que aquel asunto que había que tratar no era más que un malentendido. Había un encargo para traer nuevo material, que al parecer llega con retraso, y algún guardia torpe había creído que Souta dio al traste con algo, o alguna cosa por el estilo.

Quedando el asunto zanjado, los dos vuelven a la celda, resultando su pequeña excursión una absoluta pérdida de tiempo.

—Al final no tenía mucho misterio la cosa, ¿Eh?—ironiza Yukiko.

—Bah, no han entendido que yo era domador, no mago. ¡No puedo hacer desaparecer las cosas! ¡No puedo, no puedo, no puedo!—alega Souta, con una chispa de sarcasmo.

—Pero siempre pudiste amaestrar lo que fuese eso para que se fugasen.—bromea.

—Jo, pero aquello daba mucho miedito, ¡Yo no podría controlar ni el mando de la tele, no podría, no podría! Pero da igual, mejor que se haya solucionado ya y no haya pasado a mayores. Ahora, vamos. El señor Houinbou te estará esperando.

Cuando ambos ya están casi llegando a la celda, a Yukiko se le cae la campanita que lleva atada a su cinturón.

—¡La campana!—se alarma.

—Anda, entra en la celda, yo te la cojo. Espérame, no tardo nada, está ahí mismo.

Para recoger la campanita "extraviada", Souta debe dar algunos pasos alejándose de la celda. No le cuesta el más mínimo esfuerzo, pero al levantarse de recogerla, oye voces cerca de él, al otro lado del pasillo que conduce a la celda especial.

—¡Hey! ¿La habéis visto, la habéis visto? Acaba de pasar con su "amiguito"...

—¿Es que eres de la otra acera o qué, tío? ¡Cómo te fijas en el amiguito y no en lo lindo que le queda ese kimoncito!

—¡Ya ves, ya ves! Maldigo al que le puso ese jersey por abajo que la tapa tanto, joder.

—Anda que no sabe buscarse "discípulas" bonitas nuestro señor asesino…

—Eh, que como te oiga igual nos aleja de esa preciosidad, cretino.

—¡Es que a la mínima que se despiste o ese viejo o ese pelirrojo, ya puede ser muy ciega que no va a ver venir lo que le voy a hacer!

—¡Qué hablas! ¡Ole por ese pelirrojo que la hace pasearse por aquí ahorrándonos el trabajo de espiarla!

—Eh, ya puedes decirle a ese payaso que me la pido primero. ¡Esa pibita es mía antes que de nadie!

—No te preocupes por ese, tiene toda la pinta de desviado, pobre chiquilla mía… Con vaya dos ha ido a parar… ¡Ojalá se mudase a celdas de tíos hechos y derechos como yo, que se lo pasaría bien!

Mientras los colegas reos se echan a reír entre ellos con sorna, Souta se levanta después de recoger la campana del suelo, sorprendido y algo irritado.

—¡Serán cretinos…!—bufa Souta.—¿Acaso se creen que Yukiko es la guarra de turno? ¡Malditos hipócritas, solo le hacen la pelota para ganarse de calle al señor Houinbou!

Se encamina de vuelta a la celda, pensando en cómo se lo dice a Yukiko, porque cree que debe decírselo, antes de que la sigan tomando por estúpida, o lo que es peor, por un objeto.

—¡Hey, Souta! Ya has llegado, pensaba que te habías perdido o algo.

—...Toma tu campana.—le responde, solemne, mientras le coge la mano para dársela.

—¿Hum? ¿Te encuentras bien? ¿Ha pasado algo?

—Nada, no es nada. ...Bueno, en realidad...—no sabe cómo hablarle de eso con tacto. —¿Sí?—se pregunta Yukiko, extrañada.

—...Luego te lo cuento. Ahora tienes la clase del señor Houinbou, ¿No? Adelante, ya habéis esperado demasiado.

—No, no, ¡Cuéntamelo, no me tengas en vilo! ¿Es algo malo?—le ruega ella.

—Keh heh heh… Servidor desconoce qué puede ser la materia de conversación que traiga el acólito, pero puede decirle a la joven Yukiko que quizás sea mejor que espere un poco.

—Hm… Bueno, está bien, si usted lo dice.

Sin más dilación, empieza la clase. Mientras tanto, Souta medita para sus adentros, sin usar lo que Yukiko está aprendiendo en sus lecciones, cómo puede decirle que aquellos que la estaban adulando ayer lo hacían con segundas intenciones, o incluso unas terceras muy obscenas. Pero piense lo que piense, ¿De qué manera puede decir suavemente algo tan grosero? Al final, llega a la conclusión de que endulzarle las cosas no va a cambiar nada, o incluso va a ir a peor, como suele pasar.

—De acuerdo, ahora ya ha terminado mi clase, ¿Me vas a contar lo que te ha pasado? ¡No me asustes!

—Mira, te seré franco: he intentado decírtelo con tacto, pero no servirá de nada, y odio perder el tiempo. ¿Te acuerdas de aquellos presos que vinieron a saludarte ayer, tan amablemente?

—Sí, los recuerdo, ¿Por? ¿Te han dicho algo?

—A mí no, porque valor tendrían diciéndome algo así a la cara. Se han propuesto entre ellos sugerirme que te acompañe más frecuentemente a dar paseos por la cárcel, porque se mueren por verte… Sin el jersey de debajo. O sin el kimono, vamos.

—Espera, ¿Qué?—se sorprende ella, sin dar crédito.

—Como lo oyes. Que si no fuera porque "ese viejo y ese payaso" , que se buscan "amiguitas" que están como un tren, ya te habrían invitado a su celda, para que te diviertas y aun siendo ciega no veas venir lo que te iban a hacer. Pero que mientras no lo sepas, será un placer aprovecharse de ti en un sentido metafórico para ponerse al asesino vejestorio de su parte. ¿Me he expresado con claridad?

No contesta. Yukiko simplemente asimila la información que acaba de recibir con una mueca de sorpresa y desengaño.

—¿...De verdad has oído algo así, Souta?

—Con mis dos oídos. Oye, puedes creerme o no, yo te digo lo que he escuchado. Y te lo digo porque no me gustaría, primero, que te hiciesen cualquier cosa, porque como no están muy bien de la chola, a saber… Y segundo, que te enterases más tarde por algún medio de que yo lo sabía y no te dije nada.

—Así que me estás diciendo que, básicamente, solo les importa caer bien al señor Houinbou y solo pasarían de mi trasero a no ser porque "la niñata está de vicio", ¿Lo he entendido?

—Más o menos algo así, sí. Ya ves que esos salidos están de media torta, así que yo que tú me andaría con cuidado con esa gente.

Yukiko deja ir un largo suspiro, algo abatida.

—Oye, ¿Estás bien?

—Gracias por avisarme, Souta… Gracias por evitar que creyese en gente tan despreciable.

—Eh, que si no me crees, podrías oírlo por ti misma, y comprobar que te soy franco. No te voy a obligar a creerme. Como tienen la cabeza tan llena de serrín, tenderles una "trampa" no sería complicado. Yo te ayudo, si quieres. Solo para que puedas comprobarlo por ti misma, y de paso evitar que hagan alguna tontería contigo que nadie quiera.

—… ...Está bien. ¡No voy a permitir que me traten como un trozo de carne sin sentimientos!—afirma, decidida.

—De acuerdo. Si estás segura, te diré lo que podemos hacer para que les oigas. Primero iremos camino del patio, como hemos ido antes. Fue desde ahí donde les oí, por lo que supongo que si volvemos a pasar, volverán a vernos y se pondrán a largar obscenidades sobre ti y sobre cómo te van a usar para caer bien al señor Houinbou.

—¿Y luego qué?

—Luego, cuando crucemos por la esquina y ya no te puedan ver, se quedarán quietos hablando donde estaban, y entonces aprovechando que hemos girado, accederemos por otro camino que acaba directamente a donde ellos estarán dando la espalda. Eso evitará que nos vean llegar y puedan esconderse o escapar. ¿Lo has entendido?

—Poca diferencia hay para mí entre un pasillo y un cruce, pero sé que sabes lo que haces. Así que, de acuerdo. Podemos ir después de comer…

—Hey, ¿Estás bien?

—No es nada, es que… Nada.—asegura, visiblemente algo deprimida, aunque evita aparentarlo.

La comida llega en breve. Al contrario que de costumbre, Ryouken no se ha enterado de la materia de la conversación, aunque ambos están seguros de que se acabará enterando, porque tiene buena memoria para recordar que Souta quería decirle algo y porque a pesar de no poder ver sí puede notar a Yukiko alicaída, afectada por algo que todavía no sabe pero que sabrá en su momento.

—¿Qué, nos vamos?

—...Sí, vamos. Cuanto antes termine esto, mejor, supongo...—accede, todavía tristona.

De momento, el asesino ciego deja que se vayan acompañados por un guardia sin hacer preguntas. Ya tendrá tiempo para hacerlas cuando sea lo que sea lo que vayan a hacer se solucione.

Souta acompaña a Yukiko por la senda que han recorrido por la mañana. Al acercarse a la abertura que conecta con el pasillo de donde salían las voces de los presos, Souta le susurra al oído que escuche atentamente, para asegurarle que no estaba mintiendo. Yukiko así lo hace, y en efecto, algo oye. Al estar un poco lejos, sin embargo, no interpreta el mensaje con claridad, aunque el mero hecho de comprobar que hablan a sus espaldas ya le produce un profundo desagrado.

Dan la vuelta, tal y como habían acordado, hasta llegar al acceso que hay detrás de la pandilla de presos hablando a escondidas. Cuando llegan, el guardia les deja solos, pues le han llamado y de todas maneras no pueden ir a ningún lugar sin que los brazaletes que llevan los presos reaccionen.

—Aquí estamos. No hagas ruido.—murmura Souta.—Delante de ti.

Yukiko aguza el oído para escuchar con atención. Aunque eso le pueda doler, si resulta ser como asegura Souta, lo considera mejor que que la engañen y se aprovechen de ella.

—¡Dita sea, ya se ha largado! Podría haberse quedado un ratito más cerca nuestro, pero no sé si me hubiese aguantado…

—Ahí le has dado, tío. La llego a ver un minuto más y ya me veis llevándola a empujones hasta mi celda.

—¡O tironeándole de las mangas, a ver si con suerte se le rompen, y con ellas, ese kimono! ¡Maldita sea, ojalá tuviese esa suerte!

—Seguro que conmigo se lo pasaría tan bien que se lo callaría a ese vejestorio ciego y hablaría con él para darme algún poder en esta prisión, ¡Sería la hostia!

—Eso si el pelirrojo te la deja un ratito, porque ya se ha escondido un montón de veces hoy con ella, ¡A saber a dónde se la lleva y qué le hace mientras tanto!

Yukiko no necesita oír nada más. Acaba de comprobar, como por otra parte creía cierto desde el principio, que Souta no la estaba mintiendo. Desde el principio, solo ha sido una excusa perfecta para acercarse a Ryouken y ya de paso "regalarse la vista" un rato. Ahora que lo ha escuchado, le sienta muy mal haber sido usada de tal cruel forma. Pero no podía quedarse sin saberlo. O hubiese sido mucho peor.

Souta comprueba en la expresión de la chica que ya se lo ha creído de sobras y no quiere escuchar ninguna obscenidad más a su costa. Por lo tanto, decide poner fin a la pantomima.

—Vete tú a saber si me la he llevado a algún lugar tan remoto como allí donde haya una de vuestras neuronas inmune a vuestras hormonas, y vete a saber si allí nos da por hablar mal de la gente. Aunque no creo que os ganemos ni de lejos.—delata su presencia Souta, con una expresión recriminante.

Inmediatamente, la pandilla de reos que conversaban tan groseramente unos breves instantes atrás se da la vuelta, para comprobar que la voz que les ha llamado la atención procede de ese pelirrojo del que hablaban, Souta, acompañado de Yukiko, que trata de calmarse para sus adentros, dejando ver una expresión muy seria.

—¡Ugh…! ¡M-mierda!—maldice uno, por lo bajini.

Justodespués, uno de sus compañeros deja ver una forzadísima sonrisa, aparentando amabilidad.

—Caramba, ¡Pero si es Souta, que tan amable como es acompaña a la pobrecilla niña!

—Eso mismo, eso mismo. Yukiko, querida, ¿Te encuentras bien, tesoro? No queremos que te canses mucho, sería malo para tu salud…

Aunque ella trata de tranquilizarse para sus adentros, no puede evitar "estallar" de pura ira.

—¡¿Pero por qué clase de idiota me tomáis?!

Incluso Souta se ha sorprendido. Se la suele ver muy apaciguada, pero cuando la mosquean, tiene su carácter.

—¡Ah! ¡¿Por qué no me decís a la cara lo que me queráis decir?! ¡No soy la fulana estúpida que os creéis que soy! ¡Y no tratéis de disimularlo, o va a ser peor!—chilla, enfurecida.

Souta, algo incómodo, le alza un poco la cara con un gesto, para ayudarla a quedar a la altura de los ojos de los presos. Aunque de poco le sirva, quiere que deje ver toda la furia que siente en ese instante.

—Oh, vamos, ya que estoy aquí, podéis pedirme que os la preste un ratito, el señor Houinbou estará encantado de prestárosla también…—ironiza Souta, con aparente mosqueo que delata su tono sarcástico.

—Por favor, calmaos los dos… No sabemos de qué nos estáis hablando...—se atreve a intentar negar uno.

—¡Mi oído no será muy fino, pero os he escuchado perfectamente! ¡Cuando queráis algo de mí, pedídmelo a la cara, y por muy ciega que sea, soy lo suficientemente inteligente como para entenderos! ¡No soy únicamente un trozo de carne al que podáis usar a vuestro antojo! ¡No me gustan nada los hipócritas, así que probad a serlo, y os vais a enterar!—se defiende ella, algo alterada, sobre todo irada.

Es inútil disimular más lo indisimulable, así que los prisioneros no ven ninguna utilidad de mentir más al respecto. Sin embargo, no por ello se van a volver a sus celdas arrepentidos. Están lo suficientemente cuerdos para saber que por mucho que hable, Yukiko es incapaz de defenderse sola, y menos contra tantos. Y ahora que la muchacha conoce sus verdaderas intenciones, podrá gritar mucho, pero no por ello les va a hacer cambiar de idea.

—Pero mírala, qué preciosidad… ¿Nos estás amenazando, ricura?—le pregunta uno, con malicia.

—Tú mejor te nos calmas un pelín, ¿Eh, guapa? Porque no nos gustaría hacerle daño a una princesa tan linda como tú...—se une otro distinto, mirada escalofriante implantada en su semblante.

Souta se alarma al instante. Sabe perfectamente que gente así es capaz de hacerle daño serio, o en el peor de los casos, de llegar a cumplir por la fuerza sus caprichos más oscuros con ella. Por otra parte, debe rendirse ante la evidencia que ella no va a poder plantarles cara por mucho que quiera. —Vamos, pórtate bien y vente un ratito a jugar con nosotros, ¿Eh? Si te calmas, no tienes por qué sufrir. Solo pon un poquito de tu parte, ¿Vale?

Yukiko cada vez puede oír con más claridad cómo pasos se acercan a ella, cosa que la alerta, poniéndola un poco nerviosa. Pero no por ello permitirá que la traten así.

—No me voy a ninguna parte con vosotros, cerdos, ¡Y no os tengo miedo! —se atreve a espetar, aunque en parte no es completamente consciente de lo que implica lo que dice.

—¡Yukiko, tranquilízate! ¡No hables más de la cuenta!—la aconseja Souta, deduciendo que la cosa puede pasar a las manos en cualquier momento.

No obstante, pese a que en el fondo la chica aprecie el consejo de Souta, no puede evitar seguir a la defensiva, como hace siempre que alguien se mete con ella.

—No saques tus uñas tan pronto, fiera. Necesitas relajarte, ¿Quieres que te demos un masaje? Vamos, seguro que te gusta.

—Seguro que te lo pasas mejor que con ese payasito o ese viejo carcamal que no saben cómo tratar a una nenita como tú…

—¡No metáis a Souta o al señor Houinbou en el tema, o sino…!

—¿O sino qué? ¿Vas a resistirte? No me hagas reír, preciosa. Y no nos cabrees, tampoco, si no quieres pagarlo caro. Sería una pena destrozar un cuerpecito tan divino…

—Ya me estoy hartando de esperar. ¡Ya puedes ser ciega, que ahora mismo vas a ver lo que es bueno, nena!

Antes de que Yukiko pueda defenderse de alguna manera, ya la han atrapado con una facilidad insultante para ella. Lucha por soltarse, forcejeando, pero son demasiado brutos como para huir.

—¡Eh, soltadla ahora mismo!—se alarma Souta al instante, que no se ha movido de ahí.

—¡Aah! ¡Aaaaah!

—Eh, pelirrojo, te la devolvemos para la cena, ¿Vale? Nos llevamos a la princesita a jugar un rato.

—¡Seh, eso si queda algo de ella después de que me la haya cenado enterita!—masculla alguien, siniestro.

—¡Soltadme ahora mismo, soltadme! ¡Dejadme, por favor!—chilla, algo asustada.—¡Souta, por favor!

Es oficial. Ha de parar eso como sea, porque no piensa permitir que le hagan daño, o lo que sea que le quieran hacer. Y aunque su objetivo nunca ha sido pelear, no se va a quedar de brazos cruzados mientras hieren a alguien indefenso que confía en él para que le ayude en este lío.

Una mano al azar está peligrosamente cerca del cinturón de Yukiko, que lucha por apartarse de sus opresores, que por su parte no le conceden tregua alguna. Mientras algunos animan y meten cizaña de fondo, otro tiene intención de apartarle bruscamente el kimono que la cubre. Justo a tiempo, Souta atrapa con fuerza la mano de aquel que quería hacer tal cosa. —¡Oye, ya la estáis soltando, cerdos! ¡No quiero partiros la cara, pero lo haré si es necesario!—salta Souta, de repente desviando todas las atenciones hacia él.

Nada más percatarse que Souta les está desafiando, el hombre que la tiene cautiva entre sus rudas manos la aparta sin miramientos hacia un lado, mientras se gira amenazante hacia el domador.

—¿Qué pasa, mariquita, quieres pelea?

—¡La quiere para él solo, el egoísta! ¡Déjanosla un rato, corre!

—¡Yukiko no es ningún objeto que se preste, se alquile o lo que sea! ¡Sacad vuestras asquerosas manos de encima suyo, ganaos la confianza por vosotros mismos, y dejadla en paz y aliviáos con la manita, enfermos!

La ofensiva de Souta basta para ponerlos a casi todos en posición de querer darle una buena tunda. El pelirrojo no puede evitar dejar ir una sonrisa pícara: sabe de sobras que podría ganarles a todos con una mano atada a la espalda. Pero justo cuando va a defenderse de un ataque, lo interrumpe una voz conocida.

—¡No! ¡Dejad a Souta tranquilo, os he dicho que no le metáis en esto!—interviene Yukiko, que pese a todo está tratando de proteger a Souta de cualquier consecuencia que todo eso pueda tener para él.

—¡Y ahora le defiende, le ama y todo, si es que es tonta perdida la niñata!

—¡Ya me estoy hartando de tanta tontería! ¡Enviad a ese payaso a tomar viento! De mientras...—sigue, mientras vuelve a coger a Yukiko sin que pueda hacer nada.—Tú te vienes conmigo, cariño. ¿Eh que sí? Vaya que sí.—amenaza, con una mirada pícara totalmente terrorífica.

—¡Aaah, suéltame, déjame en paz! ¡Souta, Souta!

Ese hombre no está dispuesto a soltarla por nada, y como se demore un segundo más, Yukiko podría lamentarlo mucho. Souta no irá a permitir algo así, y más cuando después de estando débil como está, antes ha intentado, incluso, defenderle. No necesitaba ninguna protección, se vale por sí mismo, pero igualmente Yukiko no ha dudado en tratar de protegerlo siendo ella la amenazada. Una prueba más de la lealtad de Yukiko. Ha obrado imprudentemente, se ha ido un poco de la lengua, pero cuando Souta ha dado la cara por ella, ella ni se lo ha pensado a la hora de dar la cara por él.

Y Souta será muchas cosas, pero no es un ingrato.

Rápidamente, aparta a empujones a todos los que le bloquean el paso hacia Yukiko, y con fuerza lucha contra los brazos apresadores del que tiene a la chica atrapada.

—¡Como la toques estás muerto! ¡¿Te enteras?!

Nada más se le presenta la oportunidad, y para defenderse de un buen puñetazo, Souta le propina a ese preso una buena bofetada en la cara que le hace soltar bruscamente a Yukiko, que cae al suelo, asustada.

Yukiko ha quedado libre. Pero ese incidente, y más en una cárcel, no va a quedar impune para nadie.

—¡¿Se puede saber qué pasa aquí?!—interviene una voz ajena.

Un guardia ha accedido rápidamente nada más escuchar el escándalo, frenando la pelea antes de que pudiese llegar a ser realmente peligrosa. Al final, el incidente termina con un reo con la mejilla roja y sangre en la nariz, que junto a sus compañeros de palique, se disipa a su respectiva celda, y con Souta como el único que ha hecho algo inadecuado en la escena.

La morena, todavía en el suelo, puede escuchar con pesar que intenta disimular inútilmente cómo el guardia le impone a Souta una especie de amonestación o penalización por alterar el orden de la prisión. El pelirrojo, aunque con furia acumulada que se guarda para él, como de costumbre, la encaja con seriedad. Acto seguido, ayuda a Yukiko a incorporarse, mientras comprueba con la mirada que ha salido completamente ilesa.

—...Volvamos a la celda. Vamos.—le dice solemne Souta.

Durante el trayecto de vuelta a la celda, ninguno de los dos dice nada en absoluto. Todavía están algo aturdidos respecto a lo que ha pasado. Al llegar, Ryouken nota perfectamente que ha sucedido algo, sin embargo la seriedad que presenta Souta le hace dejarle intentar asimilar la rabia que tiene acumulada hasta que se le pase.

Por otra parte, nota también que su suzu se muestra muy callada y afligida, y a pesar de que trata de calmarse consigo misma, no lo consigue del todo. Quizás necesita hablar con el domador sobre lo sucedido, pero le deja que se tranquilice para sí mismo un tiempo. Como también le vendría bien hacer a ella.

Llega la hora de la cena, y la tensión se podría cortar con un cuchillo. Aunque quizás no se le haya pasado del todo, Souta parece algo más recuperado, por lo que Yukiko aprovecha para hablar con él.

—Souta, yo… Lo siento. Ha sido mi culpa, he sido demasiado imprudente… Si es que en el fondo estaba segura de que no hubiese podido hacer nada de nada, pero no, quise meterme, y… Y ahora te han amonestado por mi culpa, yo…

—Ya, ya. Da igual. No le des más vueltas. Esos malnacidos no volverán a molestarte. Además, no iba a quedarme ahí viendo cómo te hubiesen hecho daño sin hacer nada, sabes. Y a pesar de todo, tuviste el valor de encararte por mí. Sinceramente, no me hacía falta, pero oye… Eso es muy leal de tu parte.

—Tú también diste la cara por mí. No iba a quedarme allí quietecita lloriqueando. ...Bah, qué tonta he sido. Si no me hubiese intentado hacer la valiente, quizás…

—Cosas que pasan. Es solo una penalización, no es el fin del mundo, y tampoco me arrepiento. Así que, ya está. Tú has luchado por mí, yo por ti, estamos en paz. Me he llevado una amonestación por culpa de esos cabrones, y tú te has llevado un buen susto. No ha sido culpa tuya, sinceramente, así que no te la eches.

Yukiko no puede evitarlo, y deja ir una sencilla sonrisa. —Si insistes… Aun así, gracias… Por haberme salvado el pellejo.—afirma ella, no sin un poquito de sorna, ahora que todo ha pasado ya.

—Lo que tú digas. De acuerdo, vamos a aparcar este tema y san se acabó, ya es agua pasada.

—Keh heh heh… Antes de que se pase, servidor quiere también un poco de ese agua que de momento es presente.

Dudando, Yukiko deja verse algo insegura sobre cómo proceder al respecto, hasta que al final Souta deduce que es inútil intentar ocultarle algo a Ryouken, y después de cenar, se lo cuenta todo: cómo los presos quisieron ganarse la confianza de Yukiko cuando luego él les oyó difamar sobre ella y sobre cómo pretendían usarla para ganarse al asesino ciego, el cómo su suzu reunió el valor para plantarles cara a los que la acosaban, y cómo todo ello derivó en una pelea, una penalización, y más que nada, en una muestra de lealtad.

—...Eso explica lo silenciosos que ambos jóvenes han estado el día de hoy en general. Servidor se alegra de que ninguno haya salido gravemente herido.

—Sí, no se preocupe por eso, señor Houinbou, los dos estamos perfectamente. Esa amonestación no me va a matar, y como no tengo intención de meterme en problemas, pues…—asegura Souta, confiado aunque algo serio.

—Servidor siente mucho que por su culpa esa gente tan despreciable haya querido llegar a herir a su joven aprendiz. Sus más sinceras disculpas.

—¿Cómo? ¡Oh, no, por favor, no se culpe! Qué culpa puede tener usted, señor Houinbou, faltaría más. No se la eche, por favor. ¡La culpa fue de esos imbéciles!—. Nada más comprobar que ha alzado el tono, lo corrige para no ser irrepetuosa delante de su maestro.—Huy, perdón...—se disculpa, cortada.

—Keh heh heh…. No hay problema, por servidor la joven Yukiko puede referirse a ellos así.

—Porque lo son, la verdad… ¡Eh, un momento! ¡A ella sí le deja decir tacos! ¡Eso no valeeee!—protesta Souta, algo infantil.

—¡A mí se me ha escapado, listillo, y tú los dices para dar y regalar!—bromea ella, intentado ser simpática con Souta.

—¡Hey, tampoco te pases, graciosilla!—responde, con un tono de burla que tranquiliza a Yukiko, quien se temía que no se lo tomase bien.

—...Sinceramente, servidor espera que ninguno de los dos se acostumbre a decir palabrotas.—les corta Ryouken, solemne, y con un posado que intimida a ambos. Evidentemente, el monje ha acertado, porque inmediatamente los dos se coordinan mentalmente para hablar.

—¡Lo sentimos, señor Houinbou!—se disculpan, algo apurados, ya que lo mínimo que querrían es disgustar al asesino ciego.

—Keh heh heh… Muy bien, muy bien. Pues ahora que servidor está al corriente de la situación, el agua ya puede ser pasada. Servidor va a centrarse en el presente, o quizás en el futuro próximo de ese grupo de reos con los que han hablado antes. Porque ya que han hecho que sus dos compañeros se den una muestra de lealtad, a servidor les gustaría hacerles una visita…

—¿Eh? ¿Una visita?

—Precisamente. Ya que tenían tantas ganas de caerle bien a servidor… Servidor podría enseñarles lo que hace falta para ser uno de los suyos. No suele hacer demostraciones sobre sus técnicas mortales ya, pero por alguien con tantas ganas de caerle bien… Alguien que incluso llegó al extremo de querer usar a una suzu suya… Siempre puede hacer una excepción.—afirma, con una sonrisa pérfida que asustaría a cualquiera, en especial si entendiese su negro sarcasmo.—Incluso Kuro estaría encantado de enseñarles lo que vale. ¿Verdad que Kuro les enseñaría cómo matar con una demostración práctica? Buen chico, buen chico… Keh heh heh…

—En resumen, no me gustaría ser uno de esos gilip… Indeseables.—menciona Souta, leyendo perfectamente entre líneas.

—Fascinante, señor Houinbou, es usted impresionante.—le halaga Yukiko, con una sonrisa.

—Déjame adivinar, ¿Porque es capaz de hacer eso cuando han herido a alguien importante para él?—deduce Souta.

—Por eso… Y porque es capaz de defenderse sin vista. Ya me gustaría a mí saber un poco de su particular autodefensa aún siendo ciega…

—Para el carro, Yukiko… Yo pensando que ibas a decir algo con sentimentalismo… Y ahora me dices que lo que querías es saber cómo haber repartido unas cuantas galletas, metafóricamente, claro… Definitivamente, esa no me la esperaba de ti, sabes...—le dice el pelirrojo, algo sorprendido.

—Je, no hay nada de malo en hacerte respetar… Por desgracia solo puedo usar las palabras, que hoy en día poco efecto suelen tener a la hora de la verdad…. Pero lo que no voy a hacer es quedarme sentada mientras me hunden en el barro. Y si para eso he de aprender un poco del señor Houinbou...—menciona, con un poco de ácida sorna y una sonrisa.

Al escucharla reír con algo de guasa, Ryouken deja ir una siniestra risa también, cosa que al principio deja a Souta sin saber qué pensar. La chica se nota mucho más extrovertida con ellos desde que llegó, cuando era tímida y callada. Ahora se la ve mucho más integrada, y más después de haber estado dispuesta a dar la cara por Soutasin poder hacerlo realmente, y aun sabiéndolo. Antes se sentaba calladita, sin hablar demasiado, y ahora está hablando con sorna que le gustaría aprender de la 'autodefensa' de Ryouken, riendo al respecto y todo.

Siguen charlando otro poco dentro de la celda, haciendo un poco de broma sin llegar a cruzar la raya que separa la broma graciosa de la broma pesada. Ha sido un largo día, han vivido muchas cosas, en especial Yukiko, que debería reponerse de los golpes que se ha dado cuanto antes, a pesar de haber sido leves, como medida preventiva. Por eso, Ryouken le aconseja que se vaya a dormir.

—Que la joven Yukiko descanse.

—Gracias, señor Houinbou, buenas noches a usted también.

A pesar de que Yukiko se acomoda con la intención de dormirse, no por ello Souta evitará comentarle un par de cosas.

—¿Qué, te has quedado con ganas de cantarles las cuarenta un poco más?

—Di mejor que me moría por patearles el culo a esos capullos. —asegura, con una media sonrisa y una ceja alzada.

—Estoy contigo ahí. Gente como esos se merecen una buena hostia donde más les duele, a ver si las neuronas se les colocan en el sitio. Así que, yo también les hubiese pateado el culo… De no ser porque soy muy torpe, ¡No podría, no podría, no podría!

—...Vamos, Souta, no me fastidies, claro que podrías. Y de hecho, lo has hecho.

—¿Perdona?

—¡Venga, has apartado a un montón y le has plantado una bofetada a uno que ha sonado tanto que incluso yo la he oído desde el suelo! Es posible que no fuese tu intención, pero por poder, podrías habértelo cargado y todo.

—…

Souta no puede evitar callarse un instante. De hecho, es justo como ella dice, sin embargo no va a ir diciendo a los demás que podría noquearlos sin despeinarse.

—Solo uso la violencia cuando me atacan, no soy de esa clase de chungos que reparten a diestro y siniestro porque sí. En otras palabras, me defiendo cuando me atacan.

—Entonces, ¿Por qué me defendiste cuando me atacaban a mí, y no a ti?

—...Porque antes de usar la violencia di la cara por ti con palabras, y me fuiste leal entonces. Así que no iba a dejar ese favor sin pagar. —confiesa, con una sonrisa sencilla que Yukiko cree poder sentir sin verla.

—De la misma manera no podía dejarlo yo sin pagar. Y sí, estamos en paz. Pero aun así, gracias.

—Lo mismo te digo. Por demostrarme que cuando dijiste que eras leal, lo dijiste en serio.

Yukiko no contesta. Asimila sus palabras teniendo en cuenta su significado y la persona de quién vienen, y las circunstancias de esa persona. Y después de hacerlo, solo puede sonreír.

Después de la charla que ha mantenido con Souta, se duerme, sin abandonar su sonrisa ni siquiera dormida. Souta puede comprobarlo. Todo esto le sorprende gratamente. Al fin y al cabo, nunca nadie antes le había sido leal y le había demostrado que quería ayudarlo ayudándole.