La fecha es tan concreta como la persona protagonista del doloroso recuerdo que trae consigo. 27 de marzo, cuando se cumple un año justo, además de coincidir también el lugar, de la muerte de alguien que, a pesar de que no quiera admitirlo, era muy importante para Souta Sarushiro.
Trata de evitar pensar en ello, sin embargo la inteligencia que nunca asegura tener le impide no acordarse. Al fin y al cabo, ese hombre llegó a ser un punto clave en su historia, y dejó una gran imprenta cuando estuvo vivo y desde que murió. Y ahora que se cumple un año justo de su muerte, su recuerdo está especialmente presente.
—M-Manosuke… M-Manosuke...—murmura, en sueños.
Ya incluso antes de despertarse en el nuevo día, que desde hace unos cuantos ha adivinado lleno de dolorosos recuerdos, sueña con él. Sueña con ese hombre al que tanto ha odiado…pero tanto ha querido al mismo tiempo.
—¡Ah!
Perseguido por sus pesadillas (o sus recuerdos, que suelen ser tal cosa), Souta se desvela más temprano que de costumbre, empapado de sudor frío y con respiración agitada. Tarda unos segundos en comprender lo que ha pasado. Frustrado, golpea la almohada, desesperado al ver que ese recuerdo no desaparece de su mente ni tiene intención de hacerlo en mucho tiempo.
Primeramente, gruñe, y siente un gran impulso de gritar, pero se abstiene: al fin y al cabo, muchos duermen todavía. Todo esto para disimular que lo que en realidad tiene son unas ganas terribles de llorar. Evidentemente, no está dispuesto a tal cosa. Llorar no sirve para nada, y es algo para débiles, algo que sin duda la vida le ha demostrado que no es, después de todo lo que le ha tocado pasar.
Vuelve a tumbarse en su futón, tratando de deshacerse inútilmente de los escalofríos que le provoca el sudor caer por su frente y su espalda, con la cara muy junta a la almohada en un intento por conciliar el sueño de nuevo. Sin embargo, le basta conocerse para saber que eso no va a ser remotamente posible. Tiene los ojos muy abiertos, y un ligero temblor mana de su cuerpo, queriendo dormirse otra vez pero por contra luchando por no caer al sueño, pues si se duerme, él le estará esperando en sus sueños. Y no quiere verle… O no está preparado todavía.
Unas horas después, amanece para el resto, que también se despiertan. Souta no ha pegado ojo en toda la noche, reprimiendo su llanto con gruñidos que trata de disimular para aparentar que todo está como normalmente. Pero son tantos los sentimientos pasados por los que trata de luchar de golpe que, simplemente, la situación le supera incluso a él. A él y a su obsesión por querer hacer más de lo que puede hacer.
—Buenos días, Souta.—le saluda Yukiko, fiel a la rutina, alegre.
Esa frase hace mella en él. Ese día será de todo menos 'bueno'. Las lágrimas vuelven a sus ojos recordando en un instante toda suerte de cosas dolorosas, lágrimas que intenta evitar mordiéndose las comisuras de los labios, cerrando los ojos con fuerza y apretando sus puños con tanta presión que hace que sus manos queden blancas y algo después rojas casi como su cabello.
—¡¿Y-y eso qué ha sido, sarcasmo?!—grita, luchando por no quebrar su voz y maquillando su tristeza y su frustración con una ira algo injustificada.
Como cabría esperarse, la violenta respuesta asusta a Yukiko, quien no recalca haber dicho nada malo, es más, intentando ser amable con él. —¿S-Souta…?—le llama, con sus ojos vacíos muy abiertos y una mano sujetándose la cara con sorpresa y aparente disgusto por haberle incomodado de alguna forma que desconoce.
Es entonces cuando el pelirrojo se percata de que quizás haya llegado demasiado lejos. Yukiko ignora el porqué de su deprimido estado, y en ningún momento estaba tratando de herirle. Por lo tanto, no hay necesidad de estar a la defensiva con alguien que no le está atacando.
—Lo… Lo siento, Yukiko.—se disculpa, tapándose los ojos con las manos.—No quería gritarte…
—No… No pasa nada… ¿Pero…?
—¿De verdad quieres saber por qué estoy así hoy?—deduce Souta, sin necesidad de que ella complete su frase.
Al principio, a la morena le sorprende su perspicacia, aunque para nada le sorprende algo así de él.
—Pues, ya que preguntas… Sí.
—¿...Oh?
—No sé a causa de qué, pero se nota de lejos que hoy te pasa algo, Souta. Y ese algo no es especialmente bueno. Y no me gusta notar que estás así, sabes.
Souta la mira a la cara, a pesar de que ella no pueda apreciarlo. No nota ningún gesto de mala fe, a pesar de que tampoco se lo esperaría de ella en gran cantidad. Además, se ve seria en lo que dice, como si realmente le importase lo que tiene que decir. O quizás… Es que realmente le importa. Pero le cuesta decirlo con exactitud: nunca antes ha estado delante de alguien, salvo excepciones muy muy puntuales, al que de verdad le importase lo más mínimo.
—Bueno… Está bien, te lo explicaré, pero porque eres tú. Es, en realidad, otro de esos "traumas" que la gente asegura que tengo. Pero es solo un mal recuerdo, y ya está. Carajo, y pensar que no he pegado ojo por eso…
—Cuéntame, te escucho.—asegura la morena, notándose su tono preocupado.
—… Vale. Verás. ¿Recuerdas ese amigo traidor del que te hablé? Pues… Hoy se cumple un año exacto desde que murió, y… Su maldito fantasma me persigue hasta en sueños.
—Ah… Ese al que mataron en esta cárcel, que te traicionó hace 19 años, con el que compartiste orfanato…
—Sí, ese mismo, ese idiota. Tenía que morir, se lo tenía merecido…. Tenía que morir, tenía que morir...—se repite Souta a sí mismo, como tratándose de convencer a sí mismo.
—¿Cómo se llamaba ese amigo tuyo?—pregunta Yukiko, curiosa.
—Él… Se llamaba Manosuke. Manosuke Naitou. Aunque ese no era su apellido real, pero qué más da. Lo que cuenta es que era un absoluto imbécil. —Manosuke… Así que no lo he soñado…
—¿...Perdona?
—Esta madrugada me desvelé unos instantes porque algo me despertó, y te oí decir "Manosuke" en sueños. Pero pensé que solo era un sueño…
—Entiendo… Ya, ya te digo que incluso me persigue en mis malditos sueños. Mejor dicho, pesadillas.
—Y cuéntame, ¿Qué clase de persona era Manosuke, Souta?
—Lo que te digo, un tonto de remate. Trabajaba de guardaespaldas antes de que le mataran. Él y su maldito complejo de inferioridad lo condujeron a la ruina… Que por otra parte, se había ganado a pulso, por traicionarme, por creer que podría arreglar algo así… Y por gilipollas.
El pelirrojo desvía la mirada en dirección a Ryouken, y al verlo meditando frente a su altar, aunque sabe que le puede escuchar (y de hecho, podría haberlo escuchado), lo repite:
—Sí, porque era gilipollas. Se cargó a su compañero guardaespaldas porque quería ser el jefe, y así sentirse importante. Y después, al ser encarcelado, me encargué de hacer que esa guarda lo relacionase con el señor Houinbou y se lo cargara. Porque tenía que morir. Eso era lo que tenía que pasar.—se autoconvence de nuevo.
—Souta, por casualidad…. ¿No le echas de menos, ni siquiera un poco?
—¡No!—grita, alterado.—...Perdona. No, qué va, a un traidor como él por qué le voy a extrañar.
—Lo siento, lo siento, es que… Parece que ese tema te afecta mucho, y pensé que igual sí lo extrañabas un poco…
Souta medita para sí mismo, ¿Le echa realmente de menos? Afirma constantemente que no sin un ápice de duda, pero hay una parte de él que no puede olvidarle, porque fue una persona sumamente importante en su vida, a veces en el buen sentido, por mucho que afirme lo contrario con tanto ahínco. Mientras lo piensa, agarra un trozo de papel olvidado y con los enseres de escritura braille aparcados para las clases de Yukiko escribe "Manosuke" en el pedazo de papel.
—Toma.
Como cada vez está más acostumbrada a hacer, desliza sus dedos por el papel, y letra a letra, lee la palabra.
—"Manosuke".
El ex domador asiente, y a pesar de que sabe perfectamente que Yukiko no puede verle, sabe por otra parte que lo puede deducir ella sola.
—¿Podrías contarme con más detalle qué fue lo que pasó para que muriera, Souta?
—Para empezar, el porqué tienes que buscarlo 19 años atrás. Si Manosuke no hubiese hecho todo aquello, quizás mi vida no se hubiese arruinado entonces, ni hubiese tenido amnesia, y no hubiese ingresado en ese orfanato, ni me hubiese sentido tan mal por mi padre todo ese tiempo… Si no me hubiese traicionado… Pero lo hizo, y con eso mi vida se jodió. Por eso, desde entonces empecé a tachar a mi mejor amigo de maldito traidor.—explica, con rabia. —Pero… No lo dudo, sin embargo si aquello no hubiese pasado… No habrías conocido al señor Houinbou, Souta.
—¡Hm!
—Y del mismo modo, si ese padre tuyo era tan mala gente, igual solo era cuestión de tiempo que te pasase algo así. Sí, lo de Manosuke estuvo mal, pero aun así…
El razonamiento de Yukiko le está afectando, porque comprueba que tiene razón, y eso solo confirma el hecho de que quizás sí eche un poco de menos a Manosuke.
—Bueno, siguiendo con la historia… Después de que le detuviesen por matar a su compañero, fui a verle a la cárcel la víspera de su asesinato. Yo fui el que le trajo un cincel escondido en un tablero de ajedrez portátil, porque como sabrás, el cincel es un símbolo bastante característico del señor Houinbou…
—Eso lo sé, no te preocupes. Así que ajedrez… Es aquello a lo que tú y el señor Houinbou jugasteis un día mientras yo me iba a dormir… ¿A Manosuke le gustaba el ajedrez, Souta?
—Era un puñetero maniático del ajedrez. Todo lo relacionaba con el ajedrez de las narices. Siempre decía que era el caballo que protegía al rey, vaya idiota… No le ganaba nadie… Salvo yo.—confiesa, disimulando intencionadamente mal su modestia.
—Vale, entiendo… Y le escondiste un cincel ahí para que la guarda lo relacionara con el señor Houinbou…
—Efectivamente. Esa zorra vivía siempre con miedo de que apareciese algún "perro" del señor Houinbou para hacerle algo en venganza por quererle matar hace 13 años, porque el señor Houinbou la amenazaba… No le culpo. Hizo muy bien, esa cabrona se merecía eso y más.
—¿Un "perro"? Ah, hablas de los discípulos del señor Houinbou, los de fuera de la cárcel…
—Correcto, esos. Vivía asustada, y a cada nuevo preso que entraba, se lo llevaba para interrogarlo. Manosuke no fue una excepción. Fue entonces cuando vio que tenía un cincel en el set de ajedrez, y le relacionó con el señor Houinbou. Le preguntó, y al ver que Manosuke no decía nada al respecto, se lo acabó cargando… Lo que estaba previsto que pasara.
Ante la nueva sección de historia detallada, Yukiko se queda meditabunda, inclinando ligeramente la cabeza, porque algo se le está pasando por ella.
—¿En qué piensas? No creo que sea muy complicado de entender…
—Supongo que no… Pero hay algo que no acabo de comprender.
—Dispara.
—Bueno… Tú le trajiste ese ajedrez portátil a Manosuke, ¿Cierto?
—...Cierto, fui yo. Lo hice para que le relacionaran con el señor Houinbou.
—Vale. Y todo eso pasó, evidentemente, en la cárcel, donde ya estaba, ¿No?
—...Pues sí, claro. Se lo di cuando le visité a su celda.
—Sí. Y al ser una cárcel, no sé, digo yo, seríais grabados mientras tanto, ¿Me equivoco?
—...Eso mismo. El vídeo de la cámara de seguridad demostraba que yo vine a traerle ese set de ajedrez. ¿Y bien?
—Igual me equivoco, pero… Sabiendo que existía ese vídeo, Manosuke no tenía por qué haberse quedado callado ante esa guarda tan arpía.
Los ojos de Souta quedan abiertos de par en par. Cree que entiende a dónde quiere llegar, y por eso mismo un escalofrío le recorre, pensando que cada vez está comprobando más que siente lo contrario de lo que dice.
—Quiero decir, si ella le preguntó por ese cincel, que la asustaba tanto, Manosuke podría haberle dicho que mirara los registros de seguridad y comprobase que no era suyo, que se lo habían dado. Al ser la guarda, ver ese vídeo no tendría que suponerle mucho esfuerzo, y Manosuke podría haberse salvado así. Y me niego a creer que fuese tan estúpido como para no pensar en eso.—hipotetiza Yukiko, pensativa.
—...En el fondo, de tonto no tenía un pelo. Era tonto para unas cosas, pero avispado para otras. Así que el que eso se le pasase por la mollera es probable…
—Pero el caso es que le mataron, y eso fue porque no dijo nada, aun pudiéndose salvar en caso de hacerlo. ¿Por qué hizo eso si podría haberse salvado?
Yukiko refleja sus pensamientos dirigiendo su mirada vacía a Souta, quien sabe interpretar lo que quiere decir con ella.
—¿...N-no estarás insinuando que lo hizo por mí, verdad?—pregunta el pelirrojo, sudando y echándose hacia atrás de pura sorpresa y desatino.
—...Pues es lo más probable. Quiero decir, es lo más lógico. Quizás… Lo hizo porque no quería involucrarte a ti en ese berenjenal.
—É-él… M-manosuke… Él sabía de mi enemistad por esa arpía… Sabía que si ella me descubría, ya podía despedirme de mi trasero…
—Por eso mismo… Yo creo que prefirió que le hiciesen cualquier cosa antes de involucrarte… Y eso es porque él te apreciaba en el fondo, Souta.
—¿Me…? ¿Él me…?
Lo sabe. Por supuesto que lo sabe. Lo sabe de sobras. Y siempre lo ha sabido. Manosuke siempre le ha apreciado. Y a pesar de que lo que estaba en juego era su propia vida, nunca quiso arriesgar la de Souta. Y solo hay una explicación lógica para ello: que, incluso en sus últimos momentos de vida, el caballero solo pensó en defender a su rey. A cualquier precio. Sería todo lo idiota que quisiera en otros aspectos, pero era un buen guardaespaldas, quizás no perfecto ni nada que se le acercase, pero no era un mal guardaespaldas. Ni un mal amigo. Eso ha bastado para exterminar cualquier duda interior que le pudiese quedar después de todo: Manosuke le quería, como siempre le quiso. Se dio cuenta en las últimas de vida que Souta le había traicionado, algo que quizás estaba predestinado a pasar, pero aún así no le traicionó en retorno. Teniendo en cuenta la personalidad de Manosuke, que se lo hiciese a cualquier otra persona del universo era perfectamente probable. No obstante, no pasó así. Souta sabe que en todo momento Manosuke prefirió morir antes que involucrarle a él, cosa que seguramente le hubiese producido la muerte. Solo puede haber una explicación para que la conducta de Manosuke se viese tan cambiada entonces: porque quería a Souta.
Y por mucho que desearía negarlo con todas sus fuerzas y llegárselo a creer, Souta también le quería. No en vano, fue lo único que tuvo, a parte de Ryouken, en mucho tiempo. De niño, en el orfanato, Manosuke le protegía constantemente, porque pese a todo, los dos no pudieron terminar de romper el lazo de amistad que les había unido antes de la traición. Más tarde, sin conocimiento alguno de que el pelirrojo preparaba venganza fría y de postre, tan dulce como uno de los dulces de su mal padre y tan necesaria como el oxígeno, le siguió queriendo siempre, dispuesto a protegerle de cualquier cosa que le pudiese suponer una especie de amenaza.
Y para colmo y por si fuera poco, después de la muerte de Manosuke, la que quería evitar por todos los medios pero no frenó porque creyó necesaria, terminó no siéndolo. Quizás si hubiesen tenido una conversación larga y tendida sobre el tema, Manosuke seguiría en el mundo de los vivos. Pero entonces, el domador solo sabía que tenía que vengarse de todo el mundo antes de que el asunto acabase con él: la ley de que el más fuerte siempre prevalece. Aunque a costa de llegar a ser más fuerte (en realidad, el más listo) perdió inútilmente a alguien que no debería haber muerto, y no solo eso, a alguien a quien de no ser por lo sucedido desearía vivo por todos los medios posibles. A alguien a quien quería.
—Y… Después de esto…¿Sigues sin echarle de menos, Souta?—le repite Yukiko, con intriga.
Esa es la gran pregunta, podría decirse. Está empeñado en decir que no, pero en el fondo de su corazón sabe que no es así: le echa mucho de menos, más sabiendo que podría haber estado a su lado y su venganza podría haberse llevado a cabo de la misma manera. Ve eso, ve que ahora Manosuke podría estar junto a él, abrazándole y acariciándole como solía hacer, pero que ya no está. Y si se le ha pasado por la cabeza que quería que le abrazase, es que le echa de menos.
—Yo…
...Pero como de costumbre, la vida le ha enseñado la ley del más fuerte. Y el que los más fuertes no pueden decir lo que sienten realmente.
—...No. No le echo de menos.—miente, tratando de sonar lo más serio y creíble posible.
—...Está bien, perdona, no quería incomodarte. No insisto más en el tema.—se rinde Yukiko, aunque no se muestra convencida del todo pese a que no dice nada para no herir a Souta.
—...Da igual. Trataré de no darle más vueltas a ese maldito asunto.
De repente, una voz ajena a la conversación interviene bastante oportuna:
—¿Está la joven Yukiko lista para su lección de esta mañana?—pregunta Ryouken, siniestramente respetuoso, como de costumbre.
—¿Eh? Oh, cierto, la clase… Lo siento, señor Houinbou, enseguida estoy con usted. Es que estaba hablando con Souta sobre…
—Keh heh heh… Servidor lo sabe. El otro pequeño muchacho que estaba con el acólito el día que conoció a servidor. Si no recuerda mal… Su nombre era Manosuke, ¿Es correcto?
El pelirrojo no responde. Cada vez que oye su nombre, en especial en el primer aniversario de su fallecimiento, le afecta especialmente, a pesar de que trate de aparentar exactamente lo contrario.
—...Servidor interpretará el repentino silencio como una indirecta afirmación.—deduce el asesino ciego, con una austera sonrisa.—También lamenta la muerte de su formidable compañero de ajedrez por correspondencia. Con la ayuda de la joven Yukiko, puede encender una vela en su memorial.
—Descuide, enseguida le ayudo. ¿Souta…?
—Ve, ve. No te preocupes por mí, no pasa nada. Me quedaré aquí quietecito, igual acabo por dormir lo que no he podido dormir antes, por la noche. —asegura, conociendo de sobras el dato de que no lo conseguiría ni aún deseándolo.
Mientras Souta se pone cómodo junto a una pared, buscando algo de consuelo a modo de distracción acariciando a Kuro y Tasuke, Ryouken enciende una vela parecida a la que iluminó para Yukiko en su momento, y la coloca de igual forma en un pebetero parecido. Después, a tientas, se la da a Yukiko, que después de varios intentos fallidos, lo coge por la base y lo coloca en el altar con suavidad.
—Para Manosuke…—murmura, solemne.
Y a continuación de escuchar ese maldito nombre una vez más, Souta aparta la cabeza tratando de apartar también de ella ese nombre y los pensamientos que a él se refieren. No tiene muchas esperanzas de lograrlo… Y a mitad del intento confirma que no lo logrará.
Por su parte, Ryouken sabe de sobras, también por lo que ha escuchado sin que aparentemente lo sepa nadie, que lo primero que debería hacer su acólito para sentirse mínimamente mejor es admitir que le echa de menos, y que olvide esa "ley del más fuerte", que en la cárcel ya no le sirve de nada. Y para ello, tiene que hacer que deje sus sentimientos de manifiesto, que no los oculte, y que por consiguiente se enfrente a ellos y los vaya superando, poco a poco, pero que no los evite, o le dolerán más hasta el extremo de no curarse. No cree que sea conveniente que se engañe a sí mismo ni que trate de engañar a los demás al respecto. Y para lograrlo, va a hacer falta un poco de presión, incómoda porque no quiere hacerle sufrir pero necesaria para que el sufrimiento llegue a un límite algún día.
—¿Le podría la joven Yukiko explicar a servidor la materia de la conversación que ha mantenido antes con su acólito?
—Pues… Me ha estado contando sobre Manosuke, y sobre cómo empezó todo. El porqué murió, lo que pasó para que muriese y todos los detalles…
—Ajá. ¿Y ella ha sacado una idea clara de cómo era Manosuke?
—Bueno, sí, más o menos, por lo que me ha contado Souta…
—¿Y cuál es esa idea que ha sacado de él, en base a las explicaciones del acólito? A servidor le gustaría mucho saber lo que la joven Yukiko ha aprendido de él.
—Sobre Manosuke… Sé que era un hombre de la misma edad de Souta, amigo suyo desde la infancia, y todo se torció por una traición de su parte. Compartió orfanato con Souta, hasta que se marcharon, cuando empezó a trabajar de guardaespaldas. Mató a su compañero por celos y una vez en la cárcel, la guarda le mató porque se pensaba que era un esbirro suyo, señor Houinbou, cuando solo era su compañero por correspondencia de ajedrez, al que por cierto era muy aficionado y bastante bueno al respecto.
—Keh heh heh… Así es, esa parece ser la idea exterior que servidor tenía de él. ¿Y en respecto al carácter…?
No hace falta decir que Souta lo está escuchando todo, sin perderse ningún detalle que, para su desgracia, no hacen más que recordarle más y más a Manosuke.
—Su carácter…. Bueno, evidentemente no le conocí, pero por lo que sé por Souta, tenía un grave complejo de inferioridad que intentaba disimular siendo un poco fanfarrón, pero lo más importante de eso… Ehm, bueno…
Ryouken lee entre líneas que su suzu está tratando de ser discreta y no decir lo último mientras que Souta la esté oyendo, porque teme que pueda afectarle. Pero no puede permitirlo, es lo más importante que Souta debe oír.
—Que lo diga sin miedo. No pasará nada.—le susurra.
—Pero… Señor Houinbou...—duda, incómoda.
—Keh heh heh… Adelante, sin miedo. No pasará nada. Es más, es mejor de este modo.—le murmura con discreción.—Que le cuente.
Dada la insistencia de Ryouken, Souta no puede evitar prestar especial atención a la próxima frase, aunque se imagina por dónde irán los tiros y se maldice por ello.
—Pues… Que por lo que hemos podido averiguar que podría haber pasado y no acabó pasando, más concretamente que Manosuke pudo evitar su muerte delatando a Souta, cosa que no hizo… Igual es una tontería, pero… Me dio la impresión de que Manosuke quería mucho a Souta.
De tan afectado como ya estaba desde antes, ha sido volver a repetirlo y recordar un millar de cosas relacionadas con Manosuke. Cosas buenas. Muchísimas cosas que quería destinar al rincón más recóndito de su memoria y de su corazón, para que el tema dejase de afectarle. Cosas que vuelven a salir a la superficie. Y le hacen derrumbarse.
Y ahora, el golpe de gracia.
—¿Y qué cree la joven Yukiko? ¿El acólito de servidor le quería también de la misma forma?
Ryouken sabe lo que contestará, y sabe que aunque ahora le deje destrozado, tarde o temprano le hará más bien que mal. Además, también se propone explicarle más tarde a Yukiko que lo ha hecho por su bien, ya que la nota muy incómoda al tratarse de Souta.
—¿La verdad? ...Sí, lo creo. Es decir, no tengo ninguna prueba, pero… Tengo la sensación de que es así… Aunque Souta no quiera admitirlo. Eso es lo que creo yo.
Eso es lo que Ryouken quería oír. Souta, sin embargo, no puede pensar igual. En este instante, es lo que menos quería escuchar. No menciona nada al respecto, pero si Yukiko pudiese verle la cara, se daría cuenta de sobras que esas palabras le han acabado de derrumbar emocionalmente. Los únicos que se dan cuenta de eso visualmente son los animales, que empiezan a emitir sonidos al verle tan afectado.
—Hey, calma, calma… Kuro, Tasuke, ¡Tranquilos!—intenta tranquilizarlos la morena.—Souta, ¿Pasa algo con ellos?
—...N-nada, nada… Y-yo… N-nada...—titubea el pelirrojo, con la voz quebrada.
Aunque no pueda ver su cara descompuesta por el dolor de su memoria, Yukiko tiene la suficiente audición como para notar lo rota que está su voz. Y solo puede ser por un motivo, por el que se siente por lo menos parcialmente responsable, cosa que hace que su corazón se rompa un poquito metafóricamente.
—S-señor Houinbou… Está triste… Triste por mi culpa. Creo que no debería...—murmura Yukiko con suavidad para que Souta no logre oírla.
—Que no tema la joven Yukiko. Servidor lo ha hecho intencionadamente. A veces, hay destrozos que pueden reparar otras cosas. Solamente se ha de dejar pasar el tiempo oportuno.—le susurra el asesino ciego en retorno, también con un volumen bajo, para evitar que su acólito les oigo conversar.
Sin más dilación, Ryouken y Yukiko comienzan con la lección de budismo , a pesar de que la chica ciega no puede evitar estar más distante que de costumbre pensando preocupada en su compañero pelirrojo, a pesar de que su maestro le haya asegurado que todo irá bien.
Por su parte, dicho pelirrojo se encuentra ausente, inmerso en esos pensamientos que quiere dejar atrás nadando hacia la superficie. Kuro y Tasuke ya se han calmado un poco, e instintivamente llegan a la misma conclusión consistente en dejar solo un rato al domador, para que aclare sus ideas, mientras ellos se van a tomar su desayuno. Imposible determinar cómo han acabado pensando así, los animales se retiran juntos de la escena, dejando a Souta aislado en la celda, de cara a la pared, con la mirada distante y miles de recuerdos agolpándose en su recuerdo.
Tratando de apartar todos esas esas cavilaciones, Souta decide fijarse en lo que tiene más cerca: la pared. Nada llama la atención de ella, por lo que como punto de distracción no sirve demasiado. Incluso llega a hacer algo tan estúpido como recorrer las oquedades resultantes entre los ladrillos, rellenas con algún material plástico. Mientras lo hace, la palma de su mano y las yemas de sus dedos se posan contra el muro, que le transmite el frío que tiene en su superfície. Un frío que inmediatamente reflota sus traumas más profundas.
—¡Ugh…!
"¡Déjame irme, Manosuke! ¡Mi padre estará preocupado por mí, le prometí que iría con él! ¡Por favor, suéltame!"
"Perdona… Perdóname, Souta… ¡Pero no puedo! ¡Si lo hago, mi padre se enfadará mucho! ¡Perdóname, por favor!"
"¡Manosuke, somos amigos! ¡Por favor, déjame libre! ¡Tengo miedo, Manosuke, tengo miedo!"
"¡Y-yo también, Souta, tengo mucho miedo! ¡Lo siento mucho!"
El frío de la pared es solo comparable al que hacía aquella noche fría de diciembre cuando se quedaron atrapados dentro de un coche congelado por la nieve. Ahí está él de niño, con lágrimas resbalando por sus suaves mejillas, amordazado de manos. A su lado, el pequeño Manosuke, su opresor, llorando también. Ambos asustados, y muertos de frío. Hasta que de repente, todo se vuelve negro y los dos niños se desmayan en el asiento trasero del coche.
Al despertar, ninguno recuerda muy bien cómo han llegado ahí. Ni idea sobre por qué se encuentra atado de manos. Ni siquiera recuerdan sus nombres, ni sobre su pasado. El ladrido de un perro grande les hace volver en sí. Se trata de Kuro, que con su fuerza canina logra romper el hielo que bloquea la puerta, cuando a través de la puerta, una anciana y delgada mano les ofrece su ayuda para salir del coche. Es entonces cuando Ryouken les salvó la vida a los dos, a pesar de haber arrebatado muchas otras vidas con anterioridad. Sorprendido al encontrar a dos niños solos en tal ventisca a esas horas y fechas, decide acompañarles a un orfanato cercano, donde seguramente tendrán cobijo. Souta recuerda tomar firmemente la mano del asesino mientras anda a tientas y no deja de mirar a su peculiar salvador. Incluso cuando tiene que soltarle para ponerse en un refugio seguro para él, sus ojos brillantes y marrones no dejan de mirar a ese anciano que le ha salvado la vida. Se promete que no le olvidará, a pesar de que esté demasiado cansado como para decir nada. Y en el futuro, descubrirá que al menos cumple sus promesas. Esos años que pasa en el orfanato, Manosuke no se separa de él ni un segundo. Sobre el papel, continúan siendo íntimos amigos, a pesar de que Souta no pueda perdonarle en el fondo de su alma por haberle separado de su padre. Por las noches, cuando nadie le ve ni le oye, llora profundamente, preguntándose por qué nadie viene a buscarle. Durante el día, la cosa no mejora. Su relación con los otros huérfanos no es especialmente buena y la directora del orfanato no es ningún ángel celestial. Entre tanta gente desagradable, siempre está Manosuke, dispuesto a defenderle ante cualquier ofensiva ajena mientras lo compagina con jugar con él al ajedrez.
Seis años más tarde desde aquella fatídica noche, las casualidades reúnen de nuevo al asesino salvador y a ese niño amordazado al que salvó de una muerte hipotérmica. Confirma que la cuidadora es una arpía cuando descubre que está planeando matar al anciano, y no va a permitirlo: le va a devolver el favor. Demostrando una astucia impropia de un zagal de 12 años, guía a Ryouken hacia una salida segura y borra sus huellas para que nadie descubra que ha estado ahí alguna vez. Desde ese momento, Souta se convierte en su fiel acólito, con quien se carteará desde la prisión una vez la policía le haya echado las manos encima un poco más adelante.
Desde ese momento, la vida del joven Souta se hace mucho más insoportable que de costumbre. La cuidadora no deja de interrogarle una y otra vez sobre esa noche fatal, día y noche, sin descanso. Su vida acentúa esa sensación de sinvivir. Llega al momento que no puede dormir por puro miedo a lo que pasará al día siguiente. En esos momentos tan difíciles, Manosuke también estaba junto a él:
"Souta, cálmate, no llores…"
"¡N-no estoy llorando! ¡S-solamente….! ¡...Sniff! ¡...Sniff!"
"Souta… Tranquilo, tranquilo… Venga, vámonos a la cama."
"¡N-no puedo dormir, hace demasiado frío, y tengo mi-miedo!"
"No pasa nada, ¡Yo estoy a tu lado! Además, si no nos dormimos, la señora Miwa podría enfadarse…"
"¡Buaaaaaaa! ¡N-no quiero que me hables de ella! ¡Cállate, Manosuke, cállate!"
"¡Lo siento…! Perdóname. No llores. Nadie te hará nada. ¡Porque no lo permitiré!"
"M-manosuke…"
"Te lo prometo, Souta. Te protegeré siempre."
"G-gracias… ¿Puedo…? ¿Puedo darte un abrazo?"
"¡Claro que sí!"
"...Si solo no hubieses traicionado esa noche, Manosuke…."
"¿Hum? ¿Me has dicho algo, Souta?"
"Nada, nada… Buenas noches, Manosuke."
Y por raro que pudiese parecerle, ese estúpido de Manosuke siempre cumplió esa promesa. Siempre le protegió ante cualquier cosa que creyese una amenaza para Souta. Tan pronto como les es posible, abandonan el orfanato. Aunque no sirva de mucho: Souta ya no está a salvo en ninguna parte. El miedo sigue sin desaparecer. Pero llegó el momento de vengarse de los que convirtieron su vida en lo que es: un contínuo tira y afloja, en el que solo el más fuerte e inteligente prevalece. Pronto se conciencia de que no puede dar el más mínimo signo de debilidad, o todos pueden abalanzarse sobre él. Y mientras Manosuke se desvive por protegerle, hasta tal extremo de llegar a guardaespaldas, Souta está planeando cómo deshacerse de él. Es lo que debe hacer. Él le traicionó, y merece morir. O eso trata de decirse.
En la otra cara de la moneda, siente un gran aprecio por Manosuke. A pesar de la traición, él siempre se ha comportado como un amigo para él, llegando a ser la relación entre ambos muy estrecha. Manosuke se ha convertido en una de las personas más importantes para Souta. Mientras le encantaría estrangularlo a veces, otras le mataría solamente a besos. Aunque no puede admitirlo, adora pasar tiempo junto a Manosuke, sentir que le cuida con afecto, ver que es el único al que el guardaespaldas trata con cariño. Pero nadie puede saberlo. Debe morir, se repite una vez tras otra.
Y al final, así es. Su ingenioso plan termina por surtir efecto y Manosuke termina asesinado en la cárcel. Lo que le desconcierta son, de hecho, dos cosas: La primera, Manosuke podría haber evitado su muerte en caso de haber delatado el cómo Souta llevó a cabo su plan. Sin embargo, prefirió callarse antes que meter a Souta en el asunto, quien podría morir en caso de hacerlo. Y aun sabiendo que Souta le había traicionado, murió en su lugar. Porque le quería, al igual que lo hacía Souta. Pero después vino la segunda cosa, que desmoronó por completo al Souta que creía que aunque le hubiese costado sentimentalmente Manosuke había muerto merecidamente. La muerte de Manosuke resultó en vano. Manosuke podría seguir a su lado, dándole el cariño que tantas veces necesita y le encanta, y su venganza no se hubiese visto afectada. Mientras otra gente de la que se ha vengado, a la que odia profundamente, solamente ha recibido pena de cárcel, Manosuke ha muerto, y eso no se puede cambiar.
Y ahora, está tratando de aparentar que no le importa en absoluto, que no le echa de menos para nada y que está bien muerto. En otras palabras, fingiendo para no mostrar unos sentimientos que pueden girarse en su contra. Pero ahora, ¿Qué importa ya? Está en la cárcel, no necesita esconder nada, porque ya nadie va a hacerle daño. Precisamente por eso ahora tiene el pulso acelerado, mucho sudor bajando por su frente y los recuerdos que antes se agolpaban a él se transforman en lágrimas deseosas de salir al exterior por primera vez en mucho tiempo.
Está a punto de llorar ya cuando recuerda las conversaciones y las promesas de cuando eran niños, momentos en los que han sido muy felices. Y en especial, algo que le gustaba mucho oírle decir a Manosuke cuando llegaba a casa, algo la mar de corriente pero para él un símbolo de que seguía vivo un día más, un día más que podría pasar con él, algo que ya no podrá decirle nunca más….
—Hola, Souta.
...Algo que Yukiko ha representado a la perfección. Al parecer, tanto tiempo pensando en esos recuerdos han derivado en el final de la lección de la morena ciega, que después de su clase se acerca a él guiada por los animales y le saluda, indicándole que está ahí con él. Algo que Manosuke solía decir… Y que no podrá ser nunca más. Porque Manosuke ya no está con él. Y a los seres queridos que faltan se les echa de menos.
Nada más oír esas palabras que le llevan a amargos déjà vu, la boca empieza a temblarle, quebrándole la voz una vez más, mientras densas lágrimas cargadas de dolor ahora salen a fuera liberando y expresando el dolor con el que se han creado.
—¿Eh? ¿S-Souta…?—le llama la chica, preocupada.
Se esfuerza por aguantar el llanto, pero no termina de salirle bien. Una rabia interior le apresa, porque nunca antes se había visto tan vulnerable como ahora. Ha descubierto que es inútil tratar de engañarse: siempre echará de menos a Manosuke. Y su recuerdo de que ya no volverá le produce lágrimas, lágrimas que cree que debería guardarse para sí mismo y para nadie más, como siempre ha hecho.
—Y-y-yo…. Y-y-yo…
—Souta, ¿Estás bien, qué te ocurre?—le pregunta la morena, con las orbes muy abiertas aunque de nada sirva, expresando su angustia por el pelirrojo.
—Que… Que… —tartamudea entre sollozos, tratando de calmarse.
—¿Sí? ¿Qué? Tranquilo, dime.
Solloza unas veces más y se limpia las lágrimas tan silenciosamente como logra, intentando que su compañera no escuche su quebrada voz, a pesar de que ya de nada sirva ocultar gran cosa. Por eso, no es necesario andarse con más rodeos.
—Que… Que le echo de menos, Yukiko. Le echo de menos...—confiesa, cubriéndose las orejas con las manos, sin abandonar la humedad en sus ojos.
Nada más escucharle, Ryouken esboza una sonrisa triunfal. Su plan ha dado el resultado que esperaba.
—Souta...—murmura Yukiko, esbozando una austera sonrisa.
—¿H-hm? ¿Y esa sonrisilla?
—...Lo has hecho muy bien, Souta. No pasa nada porque lo digas. Al revés, seguro que te vendrá muy bien. Anda, cuenta.—le anima ella.
Hecho polvo, Souta decide contarle la verdad a Yukiko, porque siente que ya no puede más con ese tema.
—Pues eso, que… Que ahora que sé que no volverá, le echo de menos. Él no debería haber muerto, Yukiko, su muerte fue inútil… Y claro, ahora que me doy cuenta… Tenías razón en lo que dijiste, Yukiko. Manosuke me quería, y yo lo sabía. Y… Y…
—Eso es, vas muy bien. Vamos, suéltalo.
—Pues nada, que…—Vamos, ¡Dilo, sin miedo!
—¡Q-que yo también!—responde violentamente, a regañadientes.
—¿Tú también… qué?—. En el fondo puede deducirlo, pero quiere que él mismo lo diga.
—Yo… Yo…
—¿Qué?—insiste.
—¡Que le quería, vale! ¡Y-ya está, ya lo he dicho!—confiesa, nervios, y tapándose los ojos.
De nuevo, el asesino ciego muestra su aprobación ante la situación para sí mismo. Está orgulloso de que por fin su acólito se haya abierto y haya puesto las cartas sobre la mesa de una vez por todas. Y por fin, después de que la morena le asegure de nuevo que está ahí para escucharle en lo que tenga que decir, se lo acaba explicando mejor: que en realidad, la relación de odio hacia Manosuke coexistía con una de cálido aprecio, que Manosuke era su mejor protección, y que ambos se querían mucho pese a todo.
—...Pero yo tenía que vengarme, Yukiko. Mi vida ya estaba arruinada. Y alguien tenía que pagar por ello lo mismo que pagué yo en su momento, sabes.
—Sí, sí, lo entiendo…
—Pero después la muerte de Manosuke resultó ser una completa pérdida de tiempo. Ahora Manosuke seguiría con vida, y mi venganza no hubiese cambiado. Si solo lo hubiese solucionado a tiempo… Pero no pasó así, y ahora… Ya no volverá nunca más…
—Souta… Estoy segura de que Manosuke te sigue queriendo… No sé dónde estará ahora, pero al menos, sé que te quiso hasta el último segundo que tuvo de vida. ¿Por qué si no se iba a sacrificar por ti?
—...En el fondo, lo sabía. La última vez que hablamos… Vi que me seguía apreciando, pese a todo. Y luego, murió para nada...—explica el domador, sacudiendo la cabeza con pesar interno.
—Lo sé, es muy duro, con todo lo que te pasó lo último que necesitabas es perder a alguien importante a cambio de nada. Pero has hecho bien contándolo. Sé que te es difícil, Souta, porque lo es… Pero poco a poco, no pienso presionarte para que me lo cuentes todo el mismo día. Lo que cuenta es que poco a poco vayas avanzando…
—S-sí… Sí, creo que tienes razón…
—Keh heh heh… Por supuesto que la tiene. Servidor opina exactamente lo mismo. El paso del acólito a hablar sobre sus preocupaciones en lugar de guardárselas para él mismo ha sido una decisión acertada…
—...Fue usted, ¿Verdad? Usted dijo todo eso para que los recuerdos de Manosuke me acabasen conduciendo a contar cómo me sentía…
—Keh heh heh… Eso es correcto. Una medida incómoda pero necesaria. Porque servidor sabía que sería algo bueno para su acólito. Y servidor solo quiere lo bueno para él. Souta hace ademán de mirar directamente a sus ojos ciegos a su figura paterna, lo único que le quedó después de que Manosuke muriese. Su sonrisa siniestra aunque completamente sincera es la mejor protección que siempre ha podido obtener de nadie.
—...Gracias, señor Houinbou. Y a ti también, Yukiko. Creo que… Realmente lo necesita.
—Keh heh heh… Muy bien, muy bien. Lo necesitaba, ciertamente. Y lo ha conseguido. Servidor está muy orgulloso de él.
—Encantada, Souta. Siempre que pueda serte de ayuda…
El pelirrojo asiente, algo más tranquilizado. Traen la comida y es entonces cuando termina de calmarse más . El recuerdo de Manosuke sigue estando muy presente, pero después de haberlo confesado todo, le sigue doliendo, aunque siente una extraña liberación que nunca había experimentado antes… Llega a pensar que incluso sea un poco eficaz y todo.
