—Venga, Yukiko, si ya has terminado de comer, vamos a seguir con el braille.—instruye, solemne.

—Oye, Souta, si hoy no te ves con cuerpo para eso…

—No, no, en serio. A pesar de todo, tenemos que seguir con normalidad, ¿No es lo mejor?

—Bu-bueno… Si no te molesta…

A pesar de volver con las lecciones de escritura braille, eso no significa que la conversación sobre la materia.

—¿Tú entendiste lo que dije, Yukiko? ¿Entiendes por qué estoy así?

—No estoy en tu misma piel, pero te entiendo, Souta. Al menos no iba muy desencaminada en mi teoría.

—Pues no, supongo… Es que… Joder, mira que muchas veces he deseado partirle la cara a ese anormal… Pero al mismo tiempo, fue muy importante para mí.—repite, con un suspiro que trata de que sea lo más discreto posible.

—Pero necesitabas vengarte, Souta. Igual si todo eso no hubiese pasado...—medita la morena ciega, pensativa.

—...El caso es que pasó. Mi vida se jodió monumentalmente, y de las dos únicas personas a las que tenía aprecio, una de ellas murió para nada. Ya es lo que me faltaba.

—¿Pero después de haberlo hablado, lo llevas un poquito mejor, aunque sea muy muy poco?

—Seh, supongo que sí. Nunca he hablado de eso con nadie, porque nunca he confiado en nadie, y no podía mostrar mis sentimientos para que no se me echaran al cuello. Porque si lo hubiese hecho, no hubiese podido vengarme. Y como comprenderás, tenía que vengarme de mucha gente.

Yukiko asiente con una expresión neutral en la cara. Mientras tanto, Souta recuerda algunos detalles al respecto de esa venganza y sobre la mala vida que tuvo que originó dicha venganza, y al ver a su compañera tan pensativa, le viene a la memoria la historia de ella, en la que también habría muchos motivos para vengarse. —Oye, Yukiko… Me gustaría intentar aparcar este tema por el momento. Prefiero pensar por mí mismo al respecto y seguir con ese tema otro día, o algo… El caso es que quería preguntarte algo.

—¿...Sí?

—Pensando en todo esto de la venganza… Me he dado cuenta de que no soy el único. Tú también tendrías muchos motivos para vengarte si supieses, por ejemplo, quién fue el que permitió que caminases sola por esa noche tan fría, o quién quería matarte en primer lugar. ¿Nunca pensaste en vengarte de nadie?

—...Esa es una pregunta interesante, la verdad…

—La venganza es algo bueno, sabes. Hacer sufrir a los demás lo que te hicieron sufrir a ti. Y a veces, como la mía incluida, deja de ser buena para ser necesaria. ¿Y sabes algo? En tu caso, la venganza podría haberse convertido en algo necesario...—comparte el pelirrojo, pensativo.

Yukiko parece meditar la réplica que darle.

—Pues… Siéndote sincera… No sé qué habría hecho en caso de poder vengarme, pero el caso es que no he podido hacerlo. Al ser ciega, no veo cómo es el mundo exterior, y como ya has comprobado en primera persona, tampoco puedo defenderme demasiado por mí misma. Además, los recuerdos que perdí en esa amnesia por hipotermia siguen sin volver a mi memoria.—replica la morena.

—¿Nunca has recordado nada de nada? ¿Ni siquiera algo fugaz?

—...No, nada. Así como tus recuerdos te acabaron volviendo a la memoria, aunque fuese poco a poco, a mí no me ha pasado eso. No sé si es porque no puedo ver nada de fuera y mis recuerdo no reciben estímulo, o qué. En todo caso, no tengo ni idea.

De repente, Souta se muestra muy callado.

—¿Pensando en algo, Souta?

—Estaba pensando...—maquilla cuando en realidad intenta eclipsar el recuerdo de Manosuke pensando en cualquier otro aspecto.—El señor Houinbou me contó cómo os conocisteis aquella noche tan fría…

—Imagino que sí, eso mismo me dijo él.

—...Pero lo que nunca me dijo… Y supongo que a ti tampoco… Es quién fue su "cliente". En otras palabras, esa persona que quería verte muerta.

—¡Hey!—se sorprende la muchacha ciega.—Estás en lo cierto… A veces me he preguntado qué hice yo para que alguien me odiase tanto… Pero nunca se me ocurrió quién podía ser. Y el señor Houinbou nunca me lo dijo después de salvarme ni desde que llegué aquí.¿Tú crees…?—Pero más claro que el agua. Solamente lo puede saber una persona. Propongo que vayamos a preguntarle al mismo señor Houinbou. Para comprobar qué nos dice al respecto.—propone Souta.

—Está bien, vamos. ¡Ahora me pica mucho la curiosidad!

Mientras se acerca a su maestro, Souta suspira. Ni aún con algo que tiene tanto suspense como eso puede dejar de lado completamente el recuerdo de Manosuke. No lo esperaba, sin embargo, pero le decepciona ver que no consigue algo. Todavía sigue sin poder deshacerse de ese carácter. Todavía.

—¡Señor Houinbou, señor Houinbou!—le llama Yukiko, algo alterada desde que empezó a llamarle la atención el asunto.

—¿Podríamos hablar con usted un momento?—le pide Souta cortésmente, como siempre que se dirige a él.

—Keh heh heh… Faltaría más, ¿Qué necesitan de servidor?

—Bueno, en realidad… Es un tema algo delicado, ¿Sabe?

—Señor Houinbou. Hemos estado pensando sobre ello cuando ha salido el tema… Y nos gustaría saber, ya que solo usted puede saberlo… Quién fue el cliente que le encargó la muerte de Yukiko.—demanda Souta, lo más serio que consigue así como tratando de tener un poco de tacto.

La pregunta, por inusual que sea, consigue que Ryouken se muestre incómodo y algo preocupado. Guarda unos instantes de silencio, como meditando la respuesta. Los dos pueden notar que de golpe su silencio refleja algo de desagrado en relación a la materia, y Souta puede ver que se muestra mortalmente serio.

—Hm… Servidor teme… Teme que no puede desvelarles eso.

—¿Eh?—la morena se queda un tanto boquiabierta.

—Quizás no lo sepan, pero la antigua profesión de servidor estaba regida por una serie de códigos morales donde la confianza entre el cliente y el asesino era algo que se preciaba mucho. Esas promesas, hoy en día que servidor ha terminado en ese negocio, no tienen ya demasiada validez, pero servidor se prometió guardar el secreto hasta el día en que se muriese.—explica, serio.

—El código de los asesinos profesionales… Prometen que la identidad del cliente nunca será desvelada mientras ese cliente no le traicione de algún modo.—corrobora el pelirrojo, sabiendo bastante de la materia.

—¿Entonces no nos lo puede decir…?—finiquita la morena ciega, cabizbaja.

—...Servidor teme que no puede ser.

Algo decepcionados, los dos jóvenes inauguran un denso silencio de resignación. Respetan demasiado a Ryouken como para insistirle insolentemente.

—...Servidor se disculpa ante ambos.—anuncia el exasesino ciego, con una mano en el pecho.

—¿Eh? ¿Qué?—se sorprende Souta, con los ojos abiertos. —Servidor sabe que es algo que, especialmente la joven Yukiko, deberían saber… Pero intenta que comprendan que servidor quiere mantener su voto de lealtad incluso entonces. Por eso, les pide perdón.

Quizás sea solo una impresión, pero les parece que Ryouken no ha sonado tan sincero desde hacía mucho tiempo.

—Señor Houinbou… Cierto es que tenía ganas de saberlo, porque es algo que me duele… Pero por favor, no necesita disculparse conmigo. Entiendo perfectamente sus razones, y no me gustaría verle en un apuro por mi culpa. Así que todo está bien, de verdad.—le tranquiliza su suzu, imitando su gesto de ponerse la mano en el pecho, y dejando ir una austera sonrisa.

—Bueno, para mí saber quién fue no me es de vida o muerte, la verdad… Pero estoy con Yukiko. Le entendemos, y creo que hablo en nombre de los dos cuando le digo que no estamos enfadados.—se une el pelirrojo.

Por extraño que pueda parecer en alguien como él, eso ha conseguido sacarle a Ryouken una paternal y amplia sonrisa, que no deja de ser siniestra aunque expresa mucho cariño por los dos jóvenes.

—Keh heh heh… Servidor se siente la mar de conmovido. Por eso, les da sus más sinceros agradecimientos.

—Señor Houinbou...—repite ella, dando a entender que perfectamente la conmovida podría ser y es ella también.

—No hay de qué, señor Houinbou.—afirma Souta sin tapujos, con una sonrisa cómplice.

Después de haber aclarado ese tema tan espinoso, los dos jóvenes regresan a la clase de braille, y aunque Souta no suele hacer alguno de sus venenosos chistes debido al imborrable recuerdo de Manosuke, a ambos se los ve bastante bien. Siguen deseando saber quién podría haber sido el que quiso acabar con Yukiko, pero nunca cuestionarían a Ryouken ni a sus principios. Precisamente por eso, dejan estar el tema tan pronto como el asesino ciego se lo aconseja y siguen con normalidad.

En el caso de Souta, especialmente, la normalidad continúa siendo algo relativo. Ni la cosa más interesante o más sorprendente del mundo podrían desviar el camino que su memoria tiene constantemente encaminado hacia Manosuke y su recuerdo. Cada vez que revive en su memoria, a Souta le sigue pesando, y como eso sucede constantemente, no deja de afectarle sin ninguna tregua.

—Maldito idiota… Ya lo he dicho, sal de mi cabeza de una puñetera vez.

—¿Eh? ¿Me decías algo, Souta?—interviene Yukiko, acomodándose ya en su futón.

—¿Hum? Oh, nada, nada, cosas mías… Mías y de cierto alguien, pero no es nada relacionado contigo. ¿Qué, al sobre ya?

—Sip. Pero no tengo mucho sueño hoy… Qué raro. Supongo que será puntual.

—Y más cuando te he despertado esta mañana con mis sueños (digo, pesadillas) en voz alta… ¿Seguro que te encuentras bien? —Que sí, que sí, no te preocupes por eso. Y además, no intentes insistir en las cosas solo para pensar en otra cosa, Souta...—insinúa.

—Oye, ¿Y eso a qué ha venido, Yukiko? No estoy tratando de dejar de pensar en lo de Manosuke y eso…

—Vamos, Souta, no lo intentes. Nunca te he mencionado nada del tema de Manosuke, eso lo has dicho tú.—inquiere la morena, perspicaz.

—¡E-e-eso es porque eres un libro abierto, chata, se te lee en braille con mucha facilidad! ¡Sabía desde el principio lo que pensabas, lo he visto en tus ojos!

—...Eso también me lo demuestra. Sabes perfectamente, y ya estás acostumbrado, a que soy ciega, no puedo ver nada, mis ojos no dan mucha emoción al exterior porque están más vacíos que el supuesto coco de Manosuke según tú. ¡No soy ninguna estúpida, Souta!

—...Vale, tú ganas. Lo admitiré… Solo porque la comparación del coco de Manosuke me ha gustado.—se rinde, echándose a reír sonoramente para disimular que las ganas de llanto están temiblemente próximas y no quiere exponerse una vez más. Sería demasiado para un solo día.

—Eh, Souta, ahora en serio, y dejando a banda las bromas, ¿Seguro que estás bien? Ya te he dicho que no tengo sueño, si quieres hablar, yo…

Souta lo refuta sacudiendo la cabeza.

—No me hace falta. Vete a dormir, anda. Con un poco de suerte, mañana ya ni me acordaré del asunto.

—Con un poco de suerte...—comenta la chica por lo bajini, como señal de que no está muy segura de que eso pueda llegar a ser cierto.

—¡Eh! Chist. Vale ya del temita. Todos estamos cansados, yo el primero. Así que a dormir se ha dicho, ¿Clarinete?

—¡Vale, vale, perdona, señor domador, me has convencido!

Yukiko decide rendirse y dejarle pensar por sí solo de momento, sabe que eso también le irá bien como sabe también que Souta pensará en ello, aunque no se lo quiera decir. Sin más dilación, Souta se arropa en su futón, un poco de mala gana, mientras lucha por aguantar despierto todo lo que pueda. Sabe que si se duerme, Manosuke hará todo lo posible desde donde esté para invadir sus sueños. Por otra parte, mientras está despierto, su recuerdo coexiste con la concentración por no caer rendido. Ambos pensamientos están ahí, y la fuerza con la que están desquician al domador, que harto de todo eso, hace un esfuerzo supremo por dejar su mente absolutamente en blanco. Mientras lo hace, y mientras el recuerdo de Manosuke sigue ahí, se queda completamente frito, por otra parte en contra de su voluntad.

Su subconsciente se maldice al comprobar que, evidentemente, ha ocurrido lo que creía desde el principio: cualquier otra posible materia que pudiese adornar los sueños del pelirrojo ha sido expulsada a patadas, o quizás a balazos, del recuerdo de Souta, y como si fuese él el que ha actuado en escenarios, Manosuke se adueña del espetáculo.

Volvemos a vernos… Saru. En algún lugar en el limbo del sueño, Souta percibe la ruda silueta de Manosuke: su rubia cresta, burdo intento por imitar tal vez las crines de un caballo, sus facciones anguladas, ojos pequeños y marronáceos que aparentan seguridad, una enorme sonrisa de 36 dientes envidiable para unos y escalofriante para otros, una complexión alta y bastante atlética. Va vestido como la última vez que vivía, elegante como su trabajo le exigía, con buenos traje y zapatos, ambos de un negro puro, así como camisa azul y corbata a cuadros claros y oscuros que anuda un cuello en el que hay un notable collarín que lo protege. Como complemento indispensable y característico, una pistola muy conservada que no para de dar vueltas en las manos de Manosuke.

¡...Tú otra vez!

Yo también te he echado de menos todo este tiempo, Saru.

¡N-no digas "también"! ¡Te tenías merecido lo que te pasó, cretino!

Je. Quizás… Pero sabiendo que me echas de menos también me basta para morirme en paz.

¡Te he dicho que no digas "también"!—protesta Souta, cubriéndose los oídos.

No intentes ocultármelo más, Saru. Te he escuchado, sabes. Llevo escuchándote desde que pasó aquello. Al final lo has admitido, ¿Eh?

I-idiota...—murmura, ruborizado.

Y con eso, se podría decir que ha terminado de reconocerlo. Al verle así, Manosuke deja ir una gran sonrisa.

¿Por qué no me delataste antes de morir, Manosuke? Podrías haber salvado el culo y además haberte vengado porque te traicioné entonces…

Je. Pues muy sencillo… Porque a pesar de eso, me negaba a involucrarte, porque sabía que podrías morir si se daba el caso. Y cuando quiero a alguien, no le quiero ver muerto a ningún precio.—le explica, picaresco, con una sonrisa provocativa.

Yo quería verte muerto, ¿Y aun así te atreverías a insinuar que te quería después de lo que acabas de decir?

Pues sí, porque sé que me querías y que me quieres tan bien como lo sabía cuando esa puta me mató. Que sepas que puedo oírte, sabes. Y te he oído confesarlo.

Seh, todos cometemos errores, supongo.—se ríe, encogiéndose de hombros de una forma muy cómica.

¿Sabes que me encanta cuando te ríes, Saru?

Cállate, gilipollas. Y no me llames así, no demuestres a la gente que eres tan imbécil como aparentas.

Viniendo de ti, me lo tomo como un cumplido.

¡Pues no lo es! ¿Ves como eres un subnormal?

Un subnormal loquito por ti. Así que me vale la pena, Saru.

V-venga y dale con Saru… ¡N-no me llamo así!—tartamudea, mientras se cubre los ojos para disimular que se está ruborizando cada vez más.

Mientras Souta hace un esfuerzo por tranquilizarse y, sobre todo, abandonar el rubor, pues es la muestra más obvia de que se está alterando, Manosuke no deja de contemplarlo ni un instante, con una sonrisa y una mirada que nunca ha dedicado a nadie más sobre la faz de la Tierra ni fuera de ella.

Así pues, ¿Vas a seguir intentando negar que me echas de menos, Sa… Souta?

—… No niego nada. Es que esa es la verdad.—afirma tan fríamente como logra, con una sonrisa cruel.

Conque sí, ¿Eh? Pues entonces, no sé qué haces aquí. Lárgate.

¿Eh?

Vamos, yo no te voy a retener. De hecho, creo que tienes razón. Planeaste todo eso y acabé muerto por ello, me traicionaste, así que debería odiarte, no querer saber nada más de ti, que incluso me molestas muerto. Así que, vete, corre. Yo tampoco tengo que echarte de menos.—replica duramente Manosuke, en un burdo intento por hacerse el serio con él.

Souta suspira. Tiene unas ganas peligrosas de darle una buena tunda. El truco que está usando es muy obvio: está tratando de fingir indiferencia que el pelirrojo sabe de sobras que nunca sentiría por él para que le afecte y admita que sí le echa de menos. Definitivamente, es un idiota, piensa. Sin embargo, sin un claro motivo, su imaginación, sin quererlo, se hace una imagen de qué pasaría si lo que dijese Manosuke fuese cierto, y no le echara de menos. Sabe de sobras que no es así, que Manosuke le añora con locura y no puede hacer nada por ocultarlo… Sencillamente no puede evitarlo. A veces la imaginación, la misma que le ocasiona soñar constantemente sobre el guardaespaldas, le juega muy malas pasadas.

Manosuke incluso tiene la osadía de intentar hacer sus provocaciones más reales llegando a girarse y a darle la espalda a Souta. Como puede, este contiene sus ganas de abofetearlo, y en un intento por superar esas imaginaciones crueles, trata de dejar ir una de esas sonrisas malévolas características suyas.

Imbécil… Así que no me echas de menos, ¿Eh? Je… Vaya retrasado… ¿Acaso te crees que…? ¿Que…?

Cuando ve que Manosuke le da la espalda, aunque sabe que solo es uno de sus jueguecitos, esa imagen se acentúa: se está imaginando qué es lo que pasaría si Manosuke, realmente, no quisiera saber nada de él. Teóricamente, eso es lo que debería hacer en ese instante, ya que Souta le traicionó, es más, su muerte formaba parte de su plan. No quiere nada de eso: ni pensar algo que sabe que no existe, ni que se le humedezcan los ojos al pensar algo tan falso, cosa que le está sucediendo, así como que su voz se quiebre. Normalmente, alguien con su talento para el control podría acabar evitándolo, no obstante Manosuke le altera totalmente. Siempre lo ha hecho… Y por el mero hecho de estar muerto eso no cambiará.

I-idiota… I-idiota...—repite, pronunciando las palabras rotas. El tono quebrado de su voz alerta incluso a Manosuke, a quien ese pinganillo que sigue llevando en el oído izquierdo no le evita escucharlo. Como siempre que cree que Souta está en algún tipo de problema, de cualquier clase, la reacción es prácticamente inminente: ni su estúpido intento por provocarle puede hacer que le ignore en un momento así. Se gira inmediatamente, para ver que el domador se ve muy afectado, con los ojos llorosos, las cejas arqueadas en señal de tristeza para variar y las manos tapándole los labios, tan pronto como se ha percatado de la sonoridad que ha adoptado su voz. No puede permitir dar ningún indicio de debilidad.

Tan pronto como ve a Souta así, Manosuke se apresura hacia él y le abraza con ternura. Souta queda ojiplático, y se maldice por pensarlo, pero en ese momento se siente cálidamente protegido.

Idiota… Idiota…

Ya, no pasa nada, Saru. Lo siento, no quería ponerte así. No quería hacerte daño. Pues claro que te echo de menos, hombre. Eres lo único que añoro de ese planeta. Joder, con lo que me gusta abrazarte…

Y-ya lo sé… Y para que lo sepas, nunca me he creído que lo dijeras en serio, sabes…

Porque eres muy listo… Pero entonces, si nunca te lo has creído, ¿Por qué te has puesto así, Saru?

—…

¿No será...Porque en realidad sí me echas de menos a mí también?—le pregunta, mirándole a los ojos mientras no le suelta por nada.

N-no…. Yo no….

Mientras lo niega de nuevo, Souta manifiesta con más acento la humedad de sus ojos y se le quiebra más la voz. Ni siquiera Manosuke es tan tonto como para no darse cuenta de lo que eso significa.

Dime que no si quieres, tus ojos me están diciendo lo contrario.

M-Manosuke…

En una especie de acto reflejo, Souta le corresponde al abrazo, quizás buscando su protección o como símbolo de que, realmente, le echa en falta.

¡J-joder! ¡Manosuke! ¡¿Por qué…?!

Porque me echas de menos después de todo. ¿No es cierto?—pregunta, con una sonrisa victoriosa.

N-no me refería a eso, cretino… Quería decir… ¿P-por qué te moriste para nada? ¡¿Por qué…?!

Eh, vamos. Yo fui el que lo eligió. Como dijiste antes, podría haberme salvado. Y estaría en la cárcel, pero no era un suicida, ¿Quién quiere morirse y renunciar así a ti, Saru? Pero si la alternativa era mezclarte en ese marrón, qué remedio. No iba a permitirlo. Porque el caballo ha de proteger al rey pase lo que pase, aunque tenga que quedar sacrificado para ganar la partida. —Oh, vamos, deja esa mierda. No has cambiado nada. Si yo hubiese sido tú en ese momento, te habría vendido y hubiera salvado el trasero. —asegura Souta, tratando de sonreír con confidencia y un punto de malicia.

Quizá… Pero yo no soy tú, sabes. Y tampoco sé si quiero serlo.

¿Eh…?

Si yo fuera tú, ya no te tendría para cuidar de ti. Y el poder abrazarte y estar contigo es algo que no cambio por nada, ni siquiera por tener un coco como el tuyo. Y por eso, como te tengo y te quiero tanto, nunca podría haberte hecho eso, a pesar de todo. Yo te traicioné, así que quedamos en paz. Pero yo te quería, por tanto… No podía venderte por las buenas, Saru.

Porque eres un tonto de remate.

Un tonto de remate que te quiere. Y con eso, puedo morirme las veces que sean. Te querré igual, y eso no va a cambiar.

Después de dedicarle una frase tan emotiva, Manosuke no tiene más remedio que soltarle un poco, por un sencillo motivo. No le gusta dejar de abrazarle, pero le es necesario para poder darle un beso en los labios. Entonces, el esfuerzo de Souta por disimularlo antes se va al garete: sus mejillas se tornan más rojas que su cabello. Si de verdad solamente le odiase con tanta fuerza, le hubiese apartado con asco y le hubiese dado un golpetazo para que no intentase nada parecido nunca más, pero no es el caso. No solo no se aparta, sino que tampoco se mueve, y su expresión da a entender que está disfrutando mucho del momento.

¿Souta?

¿Q-qué quieres que te diga? Besos como este no los encuentras en la trena

Entonces… ¿Los añoras?—insiste el pesado de Manosuke, con una sonrisa amplia y triunfal.

...Sí.—admite, por fin, con una sonrisa lejos de ser hipócrita, más bien que expresa toda la sinceridad con lo que lo dice. Algo muy raro en Souta.

Y como si necesitase demostrar que lo que dice es de verdad, esta vez es Souta el que se lanza hacia él para besarle de nuevo. Manosuke, irónicamente, se encuentra ya en el séptimo cielo. Responde, como cabría esperarse, muy positivamente: le abraza con más fuerza y maldice el tener que parar para reponer aire.

M-manosuke…

El susodicho le responde con otro beso, más apasionado que el anterior. Los dos parecen estar disfrutando mucho del momento, y a ninguno le gustaría que se detuviese. Manosuke no para de regalarle abrazos a Souta, lo que asegura que le encanta, y que el domador no parece aborrecer del todo. —Manosuke...—repite el pelirrojo.

Dime, Saru…

Que… Que el sentimiento es mutuo...—asegura, a pesar de que sus ruborizados pómulos hablen antes que él.

¿Así que lo admites por fin? ¿Me quieres tú también, Souta?

No está seguro de poder articular palabra en un momento así, sin embargo asiente con la cabeza bajo un rubor muy marcado.

Pues entonces, ya está. Si el rey lo ha dicho, el caballo ha sido sacrificado en paz. Eso solo ya le vale.

Antes de que Souta pueda responder cualquier cosa, aunque fuese para reprocharle lo estúpido que es, Manosuke se le adelanta con un abrazo con más fuerza y un beso más profundo.

Pronto, los dos no pueden parar de besarse y de abrazarse mutuamente. Incluso siendo el que está vivo de los dos, Souta también parece encontrarse en el paraíso. Es todo demasiado bonito para ser cierto. Casi parece que sea un sueño.

Quizás… Es porque en realidad es un sueño, después de todo.

Manosuke está muerto. Eso es una realidad innegable. Y Souta, por inteligente que sea, no puede resucitarle. Le echa de menos: por eso sueña con él constantemente. No quería quedarse frito para no soñar con él, pues eso supondría admitir en su cabeza que todo era cierto: que le echaba de menos, que le quería, todo. Pero ahora, no obstante, se ha quedado dormido. Y, evidentemente, ha soñado con él. Pero no le resulta desagradable del todo.

—Pues parece que al final te has dormido antes que yo, Souta. Qué raro...—susurra Yukiko para sí misma.

—¿La joven Yukiko sigue todavía despierta? Sería mejor que se fuese a descansar.

—Sí… Sí, lo sé, señor Houinbou, lo siento, es que hoy no tengo sueño, y además… En el fondo, quería comprobar por mí misma que Souta estaba durmiendo bien… Después de todo…

—Keh heh heh… Por supuesto. Servidor opina que ese recuerdo será difícil de superar, si es que se supera algún día, pero admitirlo ha sido un paso correcto. Admitirlo, y manifestar sus opiniones. Eso aligerará el peso de uno de los grandes traumas que el acólito tiene en su corazón.

—No lo dudo… Tratándose de Souta, apuesto que nunca había hablado de este tema con nadie. Pero antes, me lo ha contado… Me ha dicho que es cierto, que echa mucho de menos a Manosuke, y que le quería tanto como Manosuke a él. Me alegro mucho de que me lo haya contado… Eso significa que, de algún modo, confía en mí, aunque solo sea un poquito…

—Servidor está convencido de ello, tanto como de que su cuchillo es un arma útil para perforarle el tórax a más de uno...—ironiza oscuramente, con una sonrisa gélida.—El acólito no admitiría esta clase de cosas con cualquier ser con el que se cruzase… Además de que Manosuke era alguien muy importante en su vida. acólito no admitiría esta clase de cosas con cualquier ser con el que se cruzase… Además de que Manosuke era alguien muy importante en su vida.

—Sí… Sí, es verdad. Seguro que ambos se querían mucho.—sonríe Yukiko.

De pronto, la sonrisa de Yukiko no puede hacer otra cosa a parte de interrumpirse, y ser intercambiada por una expresión de sorpresa. De repente, Souta, mientras duerme, empieza a emitir un sonido extraño. Cuando Yukiko aguza el oído, comprueba ojiplática que en realidad se trata de que el domador ha empezado a gemir, primero a bajo volumen, aunque un poco después el sonido se acentúa, hasta tal extremo que Ryouken alcanza a escucharlo.

—¿E-eh? Señor Houinbou, ¿Qué le pasa a Souta? ¿Qué está haciendo…?—se pregunta Yukiko, sorprendida y comprobando que no oye alucinaciones.

—Keh heh heh… Entiende...—se dice Ryouken, mientras sacude la cabeza.—Supone que eso explica muchas cosas…

—¿Qué hace, señor Houinbou? Espere… ¿Cree que es…? ¿Es por Manosuke? Ya me entiende…

—Servidor no tiene duda de que así es. Keh heh heh… Es increíble cómo es la juventud de estos tiempos… Le daría con gusto una colleja o incluso le tiraría de la oreja si no estuviese dormido. Será un buen acólito, pero sus pensamientos tienen un nivel de impureza y obscenidad algo molesto.—asegura Ryouken paternalmente mientras se ríe, risa que igual evita un largo y tendido suspiro.

Aunque al principio sigue con su faz de estupefacción, Yukiko no tarda en asimilar las palabras de su maestro y lo que están intentando decir, y sin quererlo, empieza a reírse a carcajadas, en su caso quizás una alternativa para no morirse de vergüenza en ese instante, más que nada porque Souta no ha parado todavía y no quiere morirse por algo así.

Al escucharla reír, a Ryouken se le escapa una amplia sonrisa. Eso le recuerda que por muchas cosas similares a esa que sea capaz de llegar a hacer Souta, siempre será su acólito, alguien como su hijo adoptivo… Y siempre le apreciará muchísimo.

Y de improviso y algo impactado, Souta abre los ojos de par en par. La risa de Yukiko ha debido de despertarle, y al hacerlo la ve riendo a pleno pulmón sin parar. A pesar de que su despertar haya sido repentino, ha tenido unos instantes para comprobar en qué estaba soñando y lo que estaba haciendo por ello, y de repente se ruboriza: le daría mucha cosa que Yukiko o Ryouken le hubiesen escuchado, y más después de lo que ha estado hablando antes con ellos.

—¿Y-Yukiko? ¿Qué rayos haces despierta a estas horas? ¿Y esa risa de loca?

—¡Souta!—se sorprende de repente.—Lo… Lo siento, ¿Te he despertado?

—N-no, qué va. Me he desvelado solo. Demasiadas cosas en la cabeza, quizás.

Eso hace que a Yukiko se le escape otra risa que intenta ahogar tapándose la boca con las manos. —¿S-se puede saber de qué te estabas riendo antes, y ahora?—le pregunta, algo asustado por si lo ha escuchado todo.

—Oh, por… Por nada, es solo que… Estaba hablando con el señor Houinbou.—improvisa.

—...Ajá. ¿Y qué era eso tan gracioso?

—...Ha sido servidor. Le ha contado un chiste a la joven Yukiko que le explicó hace mucho tiempo un conocido suyo.

—¿Podría saber cuál es ese chiste tan gracioso?—les demanda Souta, algo atolondrado todavía.

Yukiko empieza a mostrar algo de incomodidad: no quería que Ryouken tuviese que improvisar nada. Sin embargo, el anciano empieza a hablar con total naturalidad.

—Llegó una vez un hombre a una biblioteca, y le pidió al encargado un libro sobre suicidios, a lo que el bibliotecario respondió. "Lo siento, no puedo prestárselo, ¿Quién lo devolvería?"

Al principio, Yukiko se sorprende: eso ha sido rápido. Souta también se queda algo sorprendido al comienzo, sin embargo sabe que solamente alguien con el humor negro de su maestro podría contar un chiste así.

Sin previo aviso, Souta comienza a reírse a alto volumen, con un estilo de risa similar al de la morena ciega, que no sabe cómo reaccionar. Finalmente, opta que el unirse a la risa sea una buena opción, por lo que así se hace. Los dos jóvenes acaban riendo juntos, cosa que a Ryouken le provoca una gran sonrisa.

—Keh heh heh… Dejando en la oscuridad chistes tan negros… Sería mejor que tanto el acólito como la joven Yukiko fuesen a dormir pronto. Mañana estarán rendidos.

—Está bien, tiene razón. Buenas noches, señor Houinbou.

—Buenas noches a la joven Yukiko también.

"Menos mal, ninguno me ha escuchado." resopla de alivio Souta.

—¿Podría el acólito acercarse un momento?

—Ehm… Sí, cómo no.

Souta se levanta perezosamente de su futón y se dirige al lado de Ryouken, quien cuando se han quedado aislados del resto de la escena, le brinda una buena colleja y sin ninguna guía necesaria sabe tironearle de la oreja.

—¡Aaayyy!—protesta el pelirrojo, con un tono un poco infantil.

—Servidor solo puede decirle a su acólito que está bien hablar las cosas, pero ya que se le dio tan bien controlar las cosas en su momento, que aprenda a controlar un poco más su cuerpo, su mente y sus instintos.—le susurra el asesino ciego, severo y con apariencia de no aceptar un no por respuesta.

—¡Vale, vale! ¡L-lo siento!—se disculpa, con una expresión vulnerable, casi inocente.

Después de la regañina de su figura paterna, Souta vuelve a regañadientes a su futón al lado del de Yukiko. —Es lo correcto desear buenas noches también.—le alecciona el asesino ciego, una vez más de tantas.

—¡Perdón, perdón! Buenas noches. A todo el mundo.

Después, se deja caer sobre su almohada, con la mirada perdida y con pinta de estar agotado. Sin que se dé cuenta, Yukiko se incorpora un poco, y le habla entre susurros.

—Souta…

—¿Qué pasa?

—¿Seguro que estás bien? ¿No estás cansado?

—No… Bueno, sí… Pero nada serio. Buenas noches.

Hay una pausa, pero la chica continúa.

—Souta…

—¿Y ahora qué?

—¿Seguro que te has desvelado porque sí? ¿No estarías soñando nada que te ha desvelado, no?

—Que no… Venga, vete a dormir ya.—insiste, con un tono algo aniñado.

—Vale, vale…

De nuevo, se hace un breve silencio, breve porque parece que Yukiko ha cenado lengua y le ha dado por hablar.

—Souta…

—¡¿Qué?!

—¿Por qué tienes la oreja roja y ardiendo?

—¡Déjameeee!

—...Solamente suponía que estaba así. Ni veo el color rojo, ni noto el calor. Pero me lo acabas de confirmar.—Yukiko se acaba de quedar con él.

—¿Ahora eres la típica listilla? Sí, tengo la oreja ardiendo y más roja que mi pelo, ¿Algún problema?

—Ninguno, ninguno. No me muerdas. Buenas noches.

—Espera, Yukiko…

—¿Ahora quieres hablar tú? Si de tanto domar cabras te has quedado como ellas.

—Muy graciosa. No me hagas hacer un chiste cambiando al suicida por ti, chata.

—¿Qué quieres, Souta?

—Nada, que… Que ahora que lo dices, sí que es cierto que… Que ese tema sigue afectándome mucho… Y bueno, que estoy seguro de que tardará en desaparecer… Pero aun así… Gracias por tu ayuda, Yukiko.

—Oh, no hay de qué, en serio. Estoy aquí para lo que necesites, Souta. ¿Recuerdas que te lo dije? Cuando quieras hablar, aquí me tienes.

La sonrisa sincera de Yukiko le hace ver que lleva razón, que Yukiko se propuso algo que está cumpliendo poco a poco. Algo que le sorprende mucho. —Eso sí, a ser posible, hablemos mañana… Creo que de repente me ha venido el sueño...—alega, bostezando.

—No tienes arreglo, niña. Pero bueno, tienes razón. Venga a dormir ya, maruja, que te gusta cotorrear.

—Buenas noches, Souta.

Y al poco, los dos caen rendidos de sueño. Tanto palique da sopor a cualquiera, incluso a ellos. Se quedan dormidos, uno muy cerca del otro, ambos muy tapados y colocados de una manera muy similar. Tasuke se queda frito cerca de su amo, al que aprecia mucho. Los únicos que trasnochan, como de costumbre, son Ryouken y Kuro.

—Keh heh heh… Se han quedado dormidos. Ya iba siendo hora.

Ryouken, por su parte, se muestra mucho más pensativo que de costumbre, lo cual ya es decir. Recuerda la breve charla que ha tenido con ellos hace unos instantes, y algo le conmueve mucho: cuando los dos se han puesto a reír tan contentos, no solo le agrada que se lo pasen bien juntos, dada la situación de ambos, sino que cada vez que comprueba el parecido tan marcado entre ambos, una sonrisa de orgullo adorna su rostro anciano.

—Keh heh heh… ¿No encuentra Kuro que ese par se parecen mucho?—A modo de respuesta, Kuro ladra.—Sí, ¿Verdad? Buen chico, Kuro, buen chico…

Souta vuelve a soñar con Manosuke, obviamente. Esta vez, mucho más relajado,ya que duerme a gusto después de haber aclarado las cosas, sin hacer ningún esfuerzo por evitar dormirse. Y como duerme bien, sueña con cosas que le gustan. Por eso, sueña con Manosuke. Y sonríe al recordarle.