—"No, no lo haces bien, tío…"

—Vamos, Yukiko, ¿Eso es lo mejor que sabes hacer? ¡Pon morritos, dramatiza y dilo como una maldita pija! Venga, otra vez.

Tomándoselo a desafío, Yukiko respira hondo, pone morritos, se abraza a sí misma y actúa de nuevo con otro distinto.

—"¡Oh,cielos, me parece que así no está bien, querido…!"

—Je. Perfecto.—susurra Souta, con posado orgulloso y una sonrisa picaresca.

—Keh heh heh… Servidor es de su misma opinión. Aunque le aconseja a la joven Yukiko que no lo haga demasiado bien. Kuro tiene buena memoria y colmillos afilados. ¿Verdad que sí, Kuro? Muy bien, buen chico…

Y así pasan el resto de los días que quedan para el estreno de la función. Lo único que queda por hacer, además de repasar las escenas, es ocuparse de los disfraces: ya que les ha quedado muy trabajada, no les gustaría perder puntos por algo tan nimio.

—Ya que tu personaje es un payaso metafóricamente hablando, puedes usar ese traje circense del que tanto he oído hablar.—le menciona la morena.

—¡Eh, cuidado! Yo no soy un payaso, sino un domador, hm. Y ese payaso es un maldito heavy a pesar de ser un viejo decrépito. Ya me dirás que tiene eso de parecido.

—Pues nada, pero es una parodia, ¿No? Y oye, eso que te ahorras de hacer. Los disfraces de Kuro y Tasuke no tienen que ser muy complicados…

—Vale, lo que tú digas, pero a no ser que muy amablemente me prestes esa bata de estar por casa que llevas para que la haga trizas, no tengo nada de tela.

—¡Oye, esto es un kimono, no una bata de estar por casa! Y ni lo sueñes, si te lo prestase me moriría de frío al instante.

—Hala, hala… Como te gusta hacer cuento, niña. Pero en fin, mejor no lo probemos, por si acaso. Buscaré en esa cajonera, a ver si hay algo.

Comprobando todos los cajones, Souta ve que, para su fastidio, solo hay ropa estilo japonés que llevaba el señor Houinbou cuando se dedicaba a asesino a sueldo, y eso no piensa tocarlo por nada del mundo por respeto a su maestro. En el otro cajón, solo está el vestido blanco sin un jirón que llevaba Yukiko la noche que conoció a Ryouken, y es demasiado pequeño para todos los disfraces.

—¿Y bien?

—Nada útil, a no ser que quieras vestirte con tu "jirón estúpido".

—¿Qué? ¿De qué rayos me estás hablando?

—De ese vestidito blanco tuyo tan mono. El señor Houinbou todavía lo tiene, aunque ya no creo que te valga. Bueno, por altura, quizás sí.—se burla Souta.

—Ja, ja. ¿Pero qué quieres decir con lo de "jirón estúpido"? Le falta un trozo, pero no entiendo a qué viene…

—Ah, eso… Nada, es que en la etiqueta hay una "J" y una "E", y pensé que eran las iniciales de algo, ¿Por qué no "jirón estúpido"?

—¿Y por qué tampoco "jóquer ególatra", genio?

—No soy un jóquer, soy un domador. Y seré muchas cosas, pero la egolatría no es lo mío, querida. En fin, volviendo a lo importante… No tenemos telas.

—¿No puedes pedirlas?

—¡Oh, claro! Señor guardia, quiero que convierta mi celda en un taller de sastrería profesional, y lo quiero para llevar, ¡No te jode! —se mofa el pelirrojo.

—Noooo, pero… Señor domador payaso, quiero que entienda que los guardias sabrán que están preparando obras de teatro, y quiero que piense que quizás ya lo hayan tenido en cuenta y estén preparados, y también lo quiero para llevar.—contraataca ella, ironizando. —...Vale, me rindo, tienes un punto de razón. Está bien, voy a probar de pedir telas a un guardia. Pero te reservaré la más hortera, ¡Por lista!

Después de hablar con un policía, acompañan a Souta a que vaya a ver a uno de mayor rango para explicarle su propuesta. Mientras tanto, Yukiko, que se ha quedado en la celda, ha caído en la cuenta de algo.

—Espera, ¿Reservarás para "mí"? ¿Eso quiere decir que también iba a hacerme un traje a mí?—se pregunta, sorprendida, ya que no lo esperaba.

El pelirrojo vuelve dentro de poco rato, con una noticia satisfactoria: al parecer, se lo han concedido, y mañana le traerán dos rollos de tela para los trajes.

Durante la noche, y mientras hablan como de costumbre, Souta desenfunda un cuaderno grande de donde saca las hojas para escribir en braille. Entre las páginas, se distinguen bocetos para los disfraces de Kuro y Tasuke, con anotaciones sobre el diseño, que cree que ha de ser distinto para los dos, ya que pertenecerán a bandos contrarios. Además, en el medio del cuaderno, ocupando toda una página, hay una silueta humana femenina que lleva un vestido muy influenciado por el estilo circense del dibujante, coqueto y con detalles llamativos.

—Hey, Souta… Que no hace falta que me hagas ningún disfraz a mí, oye. No te tomes la molestia.

—...Pues lo siento, ya me la he tomado, y no pienso borrar el dibujo ahora que me ha quedado bien.

—Que no hace falta, Souta, en serio…

—Que no es nada, de verdad. Necesito que lleves el disfraz con un diseño parecido al de Tasuke y al mío para que se vea que somos un equipo. Vamos, tampoco puede ser tan complicado…

—Hm… Bueno, si insistes… Pero no te esfuerces demasiado, ¿Eh? No hace falta que sea un vestido de emperatriz.

—De verdad, Yukiko, soy mayorcito para decidir qué haré. He hecho cosas mucho más complicadas que un vestido dichoso, además no tengo nada mejor que hacer, y no quiero aburrirme porque ya sabes lo que pasará entonces.

Evita decir directamente qué pasará, pero todos saben que se refiere a que volverá a acordarse del tema de Manosuke una vez más, como le pasa cada vez más frecuentemente.

—...Vale, está bien. Te lo agradezco—le asegura, con una sencilla sonrisa.

—No… No es nada.

Finalmente, Souta termina dicho boceto del vestido. Ya lo tendrá listo para después hacerlo con las telas. Mientras tanto, a Ryouken le agrada el gesto tanto como a Yukiko. Él mismo comprueba que su acólito está cambiando, que poco a poco empieza a tener un pequeño gesto con los que son de su confianza, todo un progreso en alguien como él. Le está costando, pero algo que quizás para muchos era imposible, se está realizando poco a poco. Y es que el monstruo de circo no tiene ya motivos para manifestar su fiereza: eso ya lo hizo en su momento. Los gruñidos del monstruo atrajeron a los cazadores, que le enjaularon, quizás para bien porque le hubiesen devorado si siguiese en libertad. Ahora, sabe de sobras que no abrirá su jaula a golpes. Tanto la jaula donde está encerrado como en la que está su corazón necesitan abrirse con tiempo, paciencia y confianza que se consigue con lo anterior. Solo entonces, el monstruo será libre, y las cadenas de su pasado no le atarán de la misma forma. Esa noche es fiel a la rutina: de tanto ensayar, ambos están agotados, y se duermen en sus futones, al lado del otro. La fría, inescrutable y ciega mirada de Ryouken les protege mucho más que cualquier otra cosa. Mientras les mira sin poder hacerlo, piensa para sus adentros sobre ambos. Les aprecia muchísimo, son dos personas fundamentales en su vida, y por el mero hecho de haberles conocido, podría morirse feliz. Un día más, Souta no puede evitar soñar con Manosuke, con todo lo que eso supone, incluidos los gemidos que trata de ahogar con la almohada. Ryouken es una mezcla entre el humor que le produce pensar que su acólito haya llegado a pensar que con eso va a impedirle escucharlo y un deseo incontrolable de despertarlo a collejas por lascivo. Sin embargo, esta noche está tan absorto en sus cavilaciones que refuerzan la idea de que le tiene muchísimo apego en el fondo, así que, al menos por hoy, decide perdonarle. Aunque le incomode oírle así, como le incomodaría a cualquier padre, decide dejarle dormir tranquilo.

Al día siguiente, ambos siguen sin tener idea de lo que piensa su maestro cuando están dormidos, ni siquiera Souta sospecha que haya llegado a escucharle en sus "ataques" nocturnos. Ninguno sabe, tampoco, a qué venía lo de la llamada del otro día. Tampoco les importa: porque Ryouken también es alguien vital para ellos, y les da igual cualquier cosa que haga o que haya hecho, el aprecio mutuo que se tienen es lo único que les importa.

A media mañana, los guardias de la prisión deciden cumplir lo pactado.

—¿Reo Sarushiro? Le traemos lo que nos pidió ayer para la actividad de teatro.

La iluminación de la celda es tenue, ya que a la mayoría no les hace falta más ni menos, pero ya que hay visita, se enciende la luz principal. Al hacerlo, Souta puede distinguir a una chica joven muy vivaracha, vestida con uniforme de guardia bastante personalizado, de alegres cabellos verde jade y dulces ojos azul oscuro con matices más claros. En la mano, lleva dos rollos de tela de diseños y colores bastante distintos.

—Oh, bien. Gracias, supongo...—murmura, desganado.

Durante la noche le concedió una tregua, pero ya ha amanecido; Ryouken le planta una colleja enérgica a su acólito, que le hace protestar.

—El acólito ha de ser agradecido, así que que agradezca como es debido.—le exige, implausible. —M-muchas gracias por su ayuda, señorita guardia.—pronuncia algo agitado, incluso inclinando un poco la cabeza porque no quiere más collejas.

—Je, no hay de qué, un placer. Oye, ¿Estás bien? Te has puesto más pálido que una blusa blanca...—le menciona la alegre guardia.

—Estoy bien, en serio…

—Si me pasase igual, unos vaqueros bonitos me animarían enseguida. ¡De estos con brillantina que están ahora tan de moda…!

Souta la mira con cara de circunstancias. La impresión que le da es la de "adicta a las compras".

—De hecho, eres un afortunado, pelirrojo. Esas telas que te he traído son algo que yo ya tendría guardado en una vitrina.

—¿Entiende de telas, señorita guardia?—interviene Yukiko.

—Sí, bueno, soy una gran fan de estas cosas. La moda me gusta muchísimo, es mi mayor hobby… Pero bueno, estoy divagando. ¿Sabéis por qué son tan chachis?

—Ilumínenos, por favor, por favor, no nos deje con esta intriga, el suspense me está matando...—suplica Souta con voz desganada que lo desmiente.

Ryouken está a punto de volver a darle por su falta de consideración, pero la chica de cabellos jades no parece haberse percatado del evidente sarcasmo, y sigue con sus divagaciones, ensimismada.

—Estos diseños de telas son obra de dos grandes en el mundo de la moda, dos maravillosas modistas con un talento desbordante. Fueron las que diseñaron el patrón de las telas, y ahora harían colecciones extraordinarias mundialmente famosas… De no ser porque las dos murieron. ¡Oh, mundo cruel…!—lloriquea la fetichista de las telas.

—Vaya, era usted la mayor fan de ambas, estarían contentas… Y todo porque hacían cosas fantásticas con telas como estas… Hey...—las telas, de repente, han llamado un poco la atención de Souta.

—¡Ah, te has fijado! ¿Verdad que son una chulada? Son dos de mis patrones favoritos: las rayas verticales rosas y lilas y los cuadros blancos y negros.

Esos patrones y colores suenan de algo a Souta, que hay algo que no puede sacarse de la cabeza desde que se ha dado cuenta.

—El primer diseño es de una modista con raíces rusas. Se llamaba Manya Sladkiy, y sus diseños eran como ella: no muy llamativos pero sobrios y delicados. El segundo es de una compañera y amiga suya, de origen francés, tan moderna y llamativa como sus propias creaciones. Su nombre era Jade Erz. Las dos eran unos genios.—explica la muchacha guardia, entusiasmada.

De repente, algo empieza a incomodar a Souta. No sabe si es por eso, pero la cabeza empieza a dolerle un poco.

—Uish, lo siento, tengo que irme, o me meterán bronca. ¡Buenos días!—se despide la vivaracha señorita, mientras se marcha alegremente.

Después de que se vaya, Souta se ha quedado muy callado. Ni siquiera él sabe bien por qué, pero la charla con la guardia le ha dejado pensativo de algún modo.

—Souta, ¿Te encuentras bien?

—¿Hm? Eh, sí, sí… No es nada. He tenido una sensación muy rara, pero no es nada… Al menos ahora ya podemos hacer los trajes.

—Supongo. Pero a mí no creo que debas darme tijeras, ya sabes…

—Tranquila, eso lo haré yo. Iré a buscarlas donde guardan la "tabla de braille con tonterías".—se burla Souta, con sarcasmo y con una risa exagerada.

—¡Y-ya te dije que lo del rallador es agua pasada, caramba!

Entre protestas e intentos por apartar ese mal presentimiento que ha tenido antes, Souta y Yukiko se ponen manos a la obra con los disfraces. El pelirrojo se encarga de tomar las medidas y cortar y coser la tela, mientras que Yukiko,bastante limitada por su ceguera, se resigna a hacer algunos adornos que puede hacer metiendo abalorios en los hilos, despacio. Kuro y Tasuke la ayudan, le indican donde puede encontrar lo que busca, y Kuro ladra cuando ve que en el hilo ya no caben más decoraciones. Pasito a paso, los disfraces de todos van tomando forma, y a medida que lo hacen se va acercando el día de la función final, donde toca demostrar que todo lo que se lo han currado no ha sido para nada.

—Vale, Kuro, tú ya estás. ¿Qué, listo?—le pregunta Souta, sabiendo perfectamente que le entiende.

Kuro ladra, haciendo sonar su campana, que ahora va unida al chaleco de cuadros blancos y negros que lleva.

—Genial. ¿Qué hay de ti, Tasuke? ¡Tasuke, esa cavidad es para el brazo, no para la cabeza! Trae que te ayudo, monito atolondrado.—El pelirrojo le pone su jersey a rayas lilas y rosas, parecido al que lleva él.—Así. ¿Ya estás preparado?

El mono, riéndose mientras enseña los dientes, levanta un pulgar como harían los humanos para decir que sí, e incluso choca su mano a la de Souta cuando el domador la alza.

—Je, muy bien. Y ahora tú, Yukiko. ¡Venga, ladra si necesitas ayuda!—se ríe Souta, a su estilo exagerado.

—Grrrrrr….—le gruñe la chica, siguiéndole el juego.

—Je, je, buena chica. No, ahora en serio, estate quieta que te ayudo, dudo que puedas tú sola. Déjate el suéter puesto por debajo porque todavía hace frío fuera y el vestido es bastante fresco.

—Keh heh heh… A servidor le pone muy contento que su acólito se preocupe por la salud de la joven Yukiko, es un gesto muy amable.

—Sí, bueno…

—De hecho, el acólito parece algo así como su guardaespaldas.—sonríe, con evidente sarcasmo. —Bueno, yo… ¡Eh! Jo, ¿A qué ha venido eso…?—protesta Souta, con los ojos abiertos y una expresión de decepción.

—Oye, Souta, si me canso mucho después de la función, ¿Podrás traerme de vuelta...a caballito?—se conchaba ella a su maestro y su ironía que hace alusión a cierto alguien.

—No, te tiraré por el pozo y llegarás antes. ¡...Oh, mierda!—protesta, ya que sin querer eso le ha recordado todavía más.

—El karma, Saru, el karma...—se pica Yukiko.

—¡B-basta! ¡No me llames así!

—¿Sabías que el nombre de Manosuke tiene casi todas las letras para formar la palabra "amor"?—continúa ella, pestañeando muy deprisa.

—Le falta la "r", listilla. No sigas por ese camino, mejor...—la amenaza.

—Bueno, pero la "r" no es problema, él te llamaba "saru", diminutivo de "Sarushiro", así que tienes otra "r" para prestarle. ¡Juntos formáis "amor", qué bonito!—sigue la morena, en una pose muy cómica.

—¡Pues no se la presto, jo! C-creo que tienes un concepto muy equivocado, niña. ¡Y deja ya los juegos de palabras!

—Vale, vale...—se excusa la muchacha ciega, con una sonrisilla.

Souta sacude la cabeza: ahora toca burlarse de los cretinos que le hundieron la vida en el SS-5, y Manosuke no es de ese incidente, así que tiene que apartarlo de su cabeza. En su lugar, decide prepararse. Ahora lleva su traje circense, hecho con una camiseta de diseño similar al del jersey de Tasuke, con rayas rosas y moradas, un pantalón morado muy amplio y unos zapatos muy cómicos. Deja caer su cabello rojo sobre sus hombros, con dos grandes mechones a cada lado de su rostro. Se maquilla como cuando lo hacía para el circo: base blanca extensa por toda la cara y alrededor de los ojos, dos manchas rosadas que terminan en forma de lágrima. Qué ironía. Un payaso triste. Uno que bajo su gran sonrisa oculta lágrimas falsas que no quiere mostrar. Ese ha sido él toda su vida. Suspira al pensarlo.

Después de encargarse de su atuendo, decide ayudar a su compañera con el suyo, ya que no será capaz de ponérselo con su ceguera. Yukiko lleva un vestido muy influenciado por el mismo estilo que el de Souta, con el cuello descubierto que queda tapado con el jersey lila para que no se resfríe peligrosamente. Tanto la parte del pecho como la amplia falda llevan el patrón de las rayas verticales lilas y rosas, quedando atravesado por un cinturón ancho de la tela de cuadros a la cual va atada la campanita de la muerte. Cosidos al vestido, hay algunos abalorios y encajes que le dan un acabado muy curioso. Además, también lleva medias hechas con la misma tela que su cinturón.

—No está mal. Parece que es de tu talla. ¿Qué opinas?—le pregunta Souta.

Yukiko no puede responder en función del color o de la apariencia física, pero sí que pasa sus dedos sobre la tela y se hace una idea de la forma del vestido. Sonríe al imaginárselo, pero da una respuesta que quizás es la última que el pelirrojo se esperaría al respecto.

—En esta falda podría esconder droga. Al principio, Souta se queda más a cuadros que las medias, pero luego explota a carcajadas ante las ocurrencias de su, de algún modo, amiga. Yukiko no tarda en echar a reír también al cabo de poco.

—Espera, ya sé… A parte del vestido, esto irá bien para que vean que somos un equipo, en la función…

El pelirrojo le deshace la coleta de caballo que suele llevar y la peina dejándole el cabello suelto, presidiendo su cara dos voluminosos mechones, más o menos a su mismo estilo. Después, le pide que cierre los ojos y la maquilla con la misma base blanca, parecidos adornos en los ojos terminados en lágrima también, y como toque extra, un corazoncito pequeño en una mejilla, del mismo color rosado que los ojos.

—¿Qué tal estoy?

Al mirar el efecto final, Souta comprueba que, después de haberla vestido, peinado y maquillado así, el parecido físico entre ambos se acentúa muchísimo. Antes no se había fijado en que la morena ciega podría llegar a verse muy parecida a él. La visión le deja un poco en trance, pero sacude la cabeza y le da que es solo la impresión, puesto que la chica siempre viste igual y ahora que ha cambiado de traje la ve diferente.

—Extraña.

—Je. Gracias.—sonríe, tomándoselo como un cumplido.

Es entonces cuando ambos notan que Ryouken se ha levantado de enfrente de su altar.

—Sería mejor que todos se fueran yendo hacia la zona del escenario, seguro que el espectáculo empieza en breve, y no querrán llegar tarde después de todo lo que se han preparado.—les aconseja el asesino ciego.

—S-sí, creo que tiene razón, señor Houinbou. Vayámonos yendo.

Kuro ladra y Tasuke chilla para manifestar su aprobación y se ponen en marcha ellos también. El mono, en un intento por imitar a un divo del espectáculo, se sube encima de Kuro en un posado que quiere dar a enteder que necesita descansar antes de su actuación. Todos ríen al respecto, aunque Kuro no parece protestar demasiado, solo un poco por el morro que tiene su amigo simio, pero ya que es Souta el que guía tanto a Ryouken como a Yukiko, no presenta ninguna objección.

Finalmente, llegan a un patio donde hay un gran aunque modesto escenario preparado para la ocasión, así como muchas sillas, algunas de ellas ya ocupadas. Nada más llegar, eligen unas cerca de la entrada.

—Esos idiotas no van a ver la que se avecina. Les voy a dejar en ridículo pero de una manera...—se autoentusiasma Souta.

—Espero no fatigarme mucho, esto promete… Ojalá y pudiera verles la cara de tontos que se les va a quedar. —Aprecio tu energía, Yukiko, pero a ti no te han hecho nada, ¿Entonces?

—Ah, eso. Bueno, es simplemente cosa de lealtad. Mi lealtad hacia ti me hace odiar a cualquiera que te haya hecho daño, ¿Entiendes? Esa es mi manera de entenderlo…

—Vaya, pues gracias, supongo… Aunque sí, de hecho tienes razón.

—¿Sabes cuándo nos toca?

—Ni idea, supongo que ya nos irán llamando, aunque seguro que hay poca "competencia". Los presos no suelen estar de humor para cosas así, sabes.

—Tienes razón. ¿Usted qué opina, señor Houinbou?

El susodicho no contesta, cosa que sorprende a Yukiko, porque siempre que le ha preguntado algo le ha dado una respuesta. Al final, es Souta quien le da una explicación lógica.

—Anda, el señor Houinbou no está. Al parecer, se ha ido a algún lugar con Kuro. Qué raro, ¿A dónde puede haber ido?

—Ni idea. Sé que para él, siendo ciego y eso, no tiene mucho sentido estar en un lugar como este, pero nos prometió que vendría a escuchar nuestra obra. Y dudo que haya cambiado de idea.

—Quizás le haya llamado un guardia, o algo. No creo que sea nada demasiado importante. Volverá a tiempo para vernos, le conozco, estoy seguro.—asegura Souta, sin un ápice de duda.

No se puede decir que ninguno de los dos esté muy preocupado por si Ryouken rompe su promesa de venir a escucharles, porque los dos creen que el asesino ciego no es la clase de hombre que deja una promesa sin cumplir, y menos a dos personas a las que aprecia tanto. Así que ambos se quedan en el patio, escuchando algunos de los shows de otros mientras tanto, esperando a que llegue su turno. Ni Souta ni Yukiko andan muy desencaminados en sus suposiciones, lo que no saben es que su maestro sí que lo considera "importante"

(…)

El guardia escolta a Ryouken hasta uno de los cuartos de las visitas de la prisión. Le resulta extraño estar en ese lugar, puesto que nunca antes ha estado. En todos sus años de preso, no ha recibido nunca ni una sola visita. El único contacto con el exterior que había tenido hasta entonces había sido mediante correspondencia, pero en pocos días, el monje budista usó su derecho a hacer una llamada e incluso ha ido a recibir una visita. Un comportamiento totalmente misterioso en alguien como él.

Kuro le guía hasta una silla que hay frente a un micrófono que parece verse reflejado en el otro lado por el cristal de plexiglás que separa la cárcel del exterior. Al otro lado, su visita le está esperando.

—Maestro Houinbou...—le saluda, respetuosamente.

—Keh heh heh… Así que ha cumplido su promesa y ha venido. Servidor se alegra de volver a escuchar su voz.

—Yo también me alegro muchísimo de comprobar que se encuentra usted bien, maestro Houinbou. Y por supuesto, nunca podría desobedecer una orden suya.

—Servidor nunca dio ninguna orden, solo pidió un favor.

—Lo sé, lo sé… Pero de todos modos, es mi maestro, no podía negarme. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de usted, maestro Houinbou, estaba algo preocupado. Pero estoy alegre de que mis preocupaciones fuesen infundadas.

—Se alegra de que le importe incluso a día de hoy, pero servidor no le ha pedido que venga para hablar sobre él.

—Cierto, discúlpeme. Sigo dándole vueltas a eso que me comentó, ¿De qué se trata?

—Se trata de algo que solamente su fiel discípulo, con sus especialidades, podría llegar a lograr. Como ya le explicó, servidor tiene dos acólitos, que ahora viven con él en esta prisión.

—Sí, si no recuerdo mal, sus nombres eran Souta y Yukiko, ¿Es correcto?

—Es correcto, efectivamente.

—Recuerdo que me habló de Souta alguna vez en sus cartas. Ese muchacho que planeó una venganza tan elaborada, que le ayudó en una de sus últimas misiones para pagarle la deuda que tenía con usted al salvarle la vida en ese coche… Sí, sé de quién me habla.

—Keh heh heh… Ciertamente. Ese es su acólito Souta, alguien que es como un hijo para servidor.

—Pero… Esa tal Yukiko… No sé sobre ella, ¿Qué me puede contar?

—Cierto, servidor no le contó esa historia. Pero ahora que sabe que la joven Yukiko seguía viva todo este tiempo, se la contará.

Algo resumidamente, Ryouken le cuenta a su discípulo sobre la noche que se topó con Yukiko, como parte de un encargo suyo, a la que decidió perdonar la vida. También le explica un poco sobre su enfermedad, y sobre la confianza que poco a poco está creando con Souta.

—Así que es allí a donde quería llegar… Por eso me ha llamado, ¿Cierto?

—Keh heh heh… Así es. La enfermedad de la joven Yukiko supone una amenaza cada día más peligrosa. El acólito Souta está trabando confianza con ella, algo que le será vital para poder rehacer su vida confiando en el prójimo. Servidor teme que, si esa confianza se hace tan sólida como le gustaría, pero la joven Yukiko acaba muriendo tal y como le augura esa turbia enfermedad, sea un golpe demasiado duro para su acólito. Entonces, Souta nunca volverá a confiar en nadie más. Y por eso, servidor está preocupado.

—Entiendo… Es usted muy noble, señor Houinbou. Por mi parte, haré todo lo que esté en mi mano… Pero no sé si yo… Es decir, soy solo un humilde humano, yo…

—Keh heh heh… Servidor sabe de sobras que lo logrará, porque tiene depositada en su fiel discípulo una gran confianza. Para ello, deberá hacer lo siguiente…

Ajenos a oídos indiscretos, Ryouken le explica su especie de plan para llevar a cabo lo que tiene en mente. Su intermediario parece entender sus intenciones a la perfección.

—No creo que me sea muy complicado. Muy bien, haré todo lo que esté en mi mano al respecto. Si la cosa sale bien, estaremos en contacto muy pronto.

—Keh heh heh… Sin duda. Servidor le da sus más sinceras gracias otra vez.—agradece Ryouken, humildemente.

—No es necesario que me agradezca, maestro Houinbou, usted sabe que haría cualquier cosa por usted. Bueno…. Me temo que el horario de visitas termina aquí. Debo irme, pero sepa que volveré.

—Keh heh heh… Por supuesto que servidor lo sabe. Hasta entonces.

—Hasta entonces. Cuídese, por favor.

Ese fiel discípulo se marcha, muy concienciado en lo que ha de hacer. Y si ha prometido a su fiel maestro que lo logrará, es que lo hará. Ryouken lo sabe. Y no suele depositar su confianza en la gente que no la merece.