Ya nunca más te han de servir tus alas

ni te bastará la amplitud de este cielo,

hubo nubes grises que fueron malas,

pérfidas piedras que cortaron tu vuelo.

No me siento ahora culpable de tu caída,

yo iba en tus vuelos tus alas sosteniendo,

pero deseo estar cerca para curar tu herida

y si vives, que sea por y para mí sonriendo.

Ya hoy no se ven tus alas en movimiento,

eres ángel que cayó tentado por un pecado

y tú mismo a veces hiciste pecar al viento,

el viento demente que tu espalda ha rozado

By Eros.


Esa tarde, Stradivarius volvía con un excelente botín de pesca echado al hombro. La puesta de sol teñía el horizonte en sus matices celestes de rosa, amarillo y naranja. El viento acariciaba las copas de los árboles, los pétalos de las flores a las que Antharielle cantaba todos los días, y los rizos coquetos en su cabeza (que siempre parecían ondear en una brisa inexistente), danzaban contentos de recibir el aire fresco.

A pesar de que ahora yacían en la carne mortal desprovistos de sus magníficas alas en cuyas espaldas dejaron pétreamente marcados los surcos donde antes estaban, notaron que sus habilidades extrasensoriales aún permanecían. Antharielle fue el primero en darse cuenta cuando la resistencia de su piel se probó cierta; una tarde remendaba las redes que su compañero utilizaría para pescar, cuando la aguja, en lugar de clavarse en la piel, se dobló como si fuese de hule. Por su parte, Stradivarius era capaz de arrancar troncos de raíz solo con sus manos y de correr millas enteras sin sentir agotamiento. Pero en raras ocasiones, generalmente cuando yacía fuera del hogar, a lo lejos en la montaña, cazando algún animal, comenzaba a resentir la debilidad que tal vez provenía del hambre, pues al sufrir una herida, esta tardaba mucho en sanar. Al llegar a casa, alimentarse con los deliciosos platillos que Antharielle cocinaba y dormir lo necesario, la herida comenzaba a sanar en cuestión de minutos.

Estos pensamientos le hicieron esbozar una sonrisa ante el camino que se erigía colina arriba, pues al terminar el sendero, su pequeña choza y su amado Antharielle, le esperaban. Sus hermanos en el cielo debían experimentar la envidia sin saberlo, pues todas las conjeturas sobre la vida mortal se sentían ciertas, colmadas de dichas tan maravillosas como de infortunios. Era un coctel esplendido de sensaciones, vivencias y emociones, que no dudaría dos veces en haber cambiado su santidad por experimentar aquello con su amado Antharielle, que ahora a tan solo unos metros, le sonreía con sus hermosas mejillas encendidas.

Pero de la nada, una ventisca violenta obligo a Antharielle a cubrirse el rostro evitando que sus ojos se llenaran de arena. Stradivarius fue empujado hacia atrás por la fuerza invisible que le obligó a soltar el saco repleto de alimento que obtuvo esa mañana. Preocupado por su eterno amor, se encaminó en contra de la corriente para alcanzarlo. Grande fue su sorpresa al verse nuevamente restringido por un muro invisible.

Un silbido familiar, como el repiqueteo de un arpa, les sacudió. Parpadearon aturdidos y al abrir los ojos la visión de unas plumas moteadas en caoba, blanco y gris, lleno el panorama. Estas formaban una cúpula allí en el suelo, en medio de una pequeña hondonada que se había formado entre ellos. Las alas se desplegaron dejando ver a un poderoso sujeto, que reconocieron al instante.

Lithius era uno de los hermanos más gloriosos de toda la legión, el tercero al mando, justo y devoto a las órdenes del poder supremo.

Stradivarius permaneció alerta, desconfiado, desconcertado y al mismo tiempo, gustoso de volver a verlo. Pero toda sonrisa desapareció de sus rostros cuando la figura de cristal, de cuencas resplandecientes, separo sus labios y con pesar pronuncio las siguientes palabras:
—He de llevar la justicia a todos los hombres, pues todos son iguales.

Entonces supieron lo que se avecinaba; toda memoria anterior seria erradicada.

Así que, leales a la voluntad del máximo poder divino, aceptaron su castigo.

Pero Lithius no era tan hábil como Antharielle para aquellas artes y erró en el segundo intento cuando era el turno de Stradivarius, quien solo durmió por cien años hasta que su alma despertó lista para iniciar la rotación.

Al abrir sus nuevos ojos mortales, percibió las luces al llegar al mundo, las voces de los médicos, de sus progenitores mortales y otros ruidos que le confundieron. A pesar de ser una criatura recién llegada al mundo, sus memorias estaban intactas. Lo último que recordaba era aquel destello segador de luz que parecía provenir del cuerpo de su amado Antharielle, sus orbes de un azul eléctrico, del mismo tono añil replica de aquellas alas de mariposa, antes de perderse en la nada.

Al pasar de los años, todo se hizo más claro. Era hijo de un acaudalado padre de familia y viudo. Comenzó a preguntarse porque ahora recordaba con claridad sus andares celestiales. Quizá fuese el designio del poder mayor, sin embargo, sabía que las reglas habían cambiado, que no se le permitía a ningún ser mortal conservar sus memorias. Esto avivaba sus ganas de reencontrarse con su amado, de volver a verle, de tenerlo entre sus brazos ¡Y vaya que tenían razón al pensar que esto era una crueldad! Cada día que pasaba sin saber de él, era una agonía interminable, insoportable, que laceraba sus emociones hasta el punto de consumirlo en una profunda tristeza. Deprimido, siendo la sombra de lo que era como Ángel, echo de menos a Antharielle… a su Antharielle.

Y en un arrebato de ira incontrolable, harto de las golpizas que su padre biológico le propinaba de la nada, durante el forcejeo, hundió un puñal en su pecho terminando así su vida.

Tembloroso, contempló en primera fila como la vida se escurría de sus ojos, como la sangre se esparcía por suelo lustroso de la mansión. Ese trago amargo, fue muestra de las atrocidades que como mortal enfrentaría durante una eternidad.

Por esas épocas antiguas, no había la suficiente tecnología para saber quién cometió el crimen, Stradivarius se sintió tan culpable, que permaneció en cama por meses. La fortuna de su padre humano paso rápidamente a sus manos, la cual, en un momento de lucidez, decidió invertir para buscar a su amado por cielo, mar y tierra, sin éxito aparente.

Estaba dejando su vida humana muy a la deriva, preocupando a otros mortales que le vieron crecer desde niño. Pero ninguno comprendía, nadie era capaz de ver que aquello era una misión de suma importancia, que no podía permanecer lejos de su amado pues desde el momento en que sus almas fueron creadas, el poder divino las marco para estar juntas. Ese precio por pagar el castigo, era impensable. Stradivarius se negaba rotundamente a costearlo pero al mismo tiempo, su amor por los seres humanos lo hizo recapacitar un tanto.

Semanas después de volver al continente, comenzó a ejercer su profesión como educador de primaria en uno de los orfanatos de su propiedad. Derrotado, pensando en el consuelo que instruir a unos tiernos mortales podría suministrarle, entro en el aula.

Pálido como la luna, él estaba allí, en un pupitre.

Era tan hermoso como lo recordaba.

Sus ojos ancestrales tan añiles que provocaban frio.

La mariposa. "Oh si…"

Jamás la olvidaría.

Despachó la clase para compartir un momento a solas con el pequeño quien, además de ser un genio, carecía de sencillez. Su destreza oral era impresionante para sus siete años de edad.

Sobre cogido por la emoción que embargaba su pecho, se acercó al pequeño, tomándole por las mejillas con adoración. —Antharielle… Mi amor, ¿me recuerdas? Te he buscado por cada continente y al fin estas en mis brazos de nuevo. —le explicó. El niño parpadeó sin comprender de que hablaba en un principio, pero tras unos minutos de reflexión su angelical rostro se ilumino lanzando un brillo opalino esperanzado.- ¿Es usted mi padre?— su dulce voz de terciopelo seguía intacta.

—Lo seré si es necesario, mi querido sol. — respondió Stradivarius dejándose llevar por el sentimiento que lo consumía uniendo sus labios en un beso profano que fue su condena terrenal.

Ignorante de aquellas conductas reprobables para la humanidad, de la locura de sus actos, lo adoptó, le cuidó y le amó cada noche.

En su lecho, el pequeño cuerpo de Antharielle respondía prematuro a los tactos que su "padre" le proporcionaba, para quien fue grato. Puesto que si su alma no le recordaba, su amor, su atracción, la necesidad del uno por el otro seguía intacta.

La primera vez, sus pequeñas piernas se tensaron, sus tiernas extremidades temblaban frenéticas mientras Stradivarius le calmaba con ternura. Los nervios del infante corrieron dorados, líquidos y tibios entre las manos que acariciaron su intimidad. El pequeño lloró de tristeza tanto como de alegría, sin saber la razón; Su alma no tenía memoria, pero seguía enamorada.

La segunda vez, sus cuerpos se unieron consumando lo que la humanidad más tarde condenaría, sus semillas fluyeron en caudales con cada encuentro y pronto, Stradivarius contaba a su prematuro amante las vivencias que compartieron años atrás.

El joven Antharielle le amaba sin reservas. Una buena tarde, se supo del pecado en toda la ciudad. La multitud enardecida preparó la orca y Stradivarius encontró la muerte por primera vez en su forma humana.

El niño lloró nuevamente, sintiendo su pecho abrirse, su corazón reventar de dolor. Las cristalinas lágrimas escurrían por su rostro, pidiendo a gritos que su padre le fuera devuelto. Pero los humanos, en su corta visión de los hechos, solo podían ver la reacción de un desdichado niño que ha sido abusado por tanto tiempo, que lamentaba la muerte de aquel monstruo.

Y el mundo nuevamente se les vino encima.

Lo que para Antharielle estaba destinado después, fue peor que mil torturas vivas. Fue llevado a una familia, quien lo explotaba a diario, llevándole a las calles donde pediría limosna. Tenía suerte si le alimentaban o le permitían dormir. Muchas noches, imploraba a los dioses que le permitieran volver al cielo para ver a su amado, imaginándose con unas enormes alas, surcando los cielos.

Mientras nevaba, soñando con aquel mundo maravilloso que su padre le había descrito, Antharielle cerró los ojos por última vez en esa vida.

En las siguientes, la tortura de la búsqueda se repitió y con cada una, la paciencia de Stradivarius era mayor, como dulce su recompensa al encontrarlo. En ocasiones no lo conseguía, así que recurría al suicidio. Comprendió entonces, con mayor exactitud, la razón por la que las almas se estancaban intentando buscarse.

Así sucedió por eras enteras, amaneceres y lunas. Recorriendo vidas, sufriendo muertes indecibles, vivencias amargas, pero al final, siempre con la dulce recompensa de la fe ciega de su amado arcángel feral.