Cada día, el calor está más cerca, aunque eso para muchos no signifique nada o bien no les importe en absoluto. Después de una actividad extraordinaria como lo fue la obra de teatro, ahora toca volver un tiempo a la rutina.
Souta sigue entrenando a Tasuke día a día, a pesar de que el mono ya no necesite aprender ningún truco más, ya que le obedece siempre y el pelirrojo ya le ha enseñado todo lo que necesita saber. Lo mismo le pasa con Kuro, que le hace caso desde que le conoció…. E incluso con Yukiko. Ahora tienen las tardes libres para seguir con las clases de braille, pero pronto el domador comprueba que ya no tiene nada más que enseñarle. Poco a poco, ha ido aprendiendo a leer y a escribir, y pronto lo domina a la perfección.
—Ya he terminado. Me dijiste que escribiese "las personas se parecen a la nieve, cuando no están vivas y se apilan te dificultan el tráfico", ¿Verdad?
—Je, je, me encanta esa frase. Déjame leer…—Souta desliza sus dedos sobre el papel y murmura cada palabra, comprobando que está todo bien escrito, con las letras correctas ni faltas de ortografía.—Bien, parece correcto. Y ahora lee esto.
El pelirrojo toma un papel y el punzón y echándole imaginación, redacta una frase para que Yukiko la lea.
—"El rubio de la cresta estaba tirado de bruces en el suelo. Cuando alguien está tirado en el suelo sin moverse ni un milímetro significa que se ha muerto." Qué discreción, Souta, me pregunto en qué te habrás inspirado para un verso tan conmovedor...—le recrimina ella, sarcástica y con una ceja alzada.
—Chitón si no quieres que cambie "el rubio de la cresta" por "la morena de la coleta".
—Qué miedo me das, mira como tiemblo…
—Dejémoslo estar, mejor… Pero eso sí, te diré algo. Creo que ya hemos terminado.
—¿Cómo?
—Conel braille, digo. Ya no tengo nada más que enseñarte. Ahora ya sabes leer y escribir braille perfectamente. Así que, enhorabuena, supongo.
—¡Vaya! ¿En serio? Ahora podré leer el papel donde pondrás que dejarás de meterte conmigo por escrito.
—Sigue soñando, querida, eso no va a pasar.—se ríe el pelirrojo
—¿Lo ha oído, señor Houinbou? ¡Ya sé braille!—anuncia la morena, triunfante.
—Keh heh heh… Sí, servidor lo ha oído. Felicidades a la joven Yukiko.—le dice, con una sonrisa de orgullo.
—Hey, y ahora fuera ya de bromas…. Gracias por todo, Souta. Sin ti nunca hubiese aprendido. Te debo una, gracias.—agradece Yukiko, con una gran sonrisa.
—Me debes una más, chata. Es broma, no ha sido nada. A mí también me ha ido bien, he aprendido a mejorar la bendita paciencia que tengo contigo a veces.
—De nada.—bromea la morena ciega.—Venga va, sin risas. Te lo agradezco de verdad.
Como toda respuesta, Souta asiente. Es cuando ve a Ryouken sonreír que deduce que su figura paterna está muy orgulloso de él.
—Ahora vuelvo a tener las tardes libres… Eso si no vuelven a hacer alguna movida como esto del teatro.
—A servidor no le gusta la idea de que su acólito se pase las tardes sin aprovecharlas. Debe hacer algo útil con su tiempo.
De repente, a la morena se le iluminan sus ojos ciegos y sonríe de una manera algo exagerada.
—Souta… ¿Podría pedirte un favor ahora que hemos acabado con el braille?—le pide, con una sonrisa convincente.
—Oh oh…—ironiza le pelirrojo, levantando una ceja.—¿Pedirme un favor? ¿Qué clase de favor?
—¿Podrías…? ¿Enseñarme a jugar al ajedrez?—le pide ella, juntando sus manos.
—¿Ajedrez? Espera, ¿No lo estarás diciendo por quien creo que lo estás diciendo, verdad?
—¿Quién? Ah, es verdad… A Manosuke le gustaba mucho el ajedrez… Pero nah, no era por eso. ...Bueno, un poquito. ¡Pero te juro que no solo era por eso!
—¿Entonces…?
—¿Recuerdas cuando al poco de llegar aquí os escuché al señor Houinbou y a ti jugar una partida de ajedrez? Pues me llamó la atención, nunca había oído hablar del ajedrez, y como luego me dijiste que Manosuke era un maniático del ajedrez, pues… Anda, porfa…
—Keh heh heh… Vaya por donde. A servidor le parece una idea interesante, ¿Qué opina su acólito?
—Ehm, pues…
—Porfa, porfa…
—¡...Bueno, está bien!—se rinde.
—¡Hurra!
—¡Pero a la mínima que empecemos con el temita de Manosuke me vas a oír alto y claro! ¿Me oyes?
—...Jo, qué aburrido. Pero vaaaaaaaale.
Souta hace un gesto de aprobación a regañadientes con una ceja alzada. Sacude la cabeza pensando que su compañera no tiene remedio cuando quiere.
—De acuerdo, pues vamos a ello. ¿...Eh? ¿Dónde está el tablero, señor Houinbou? Tampoco están las piezas.
—Ah, cierto… Ahora que servidor hace memoria… Como evidentemente las necesitan, sepan que deberán irlas a buscar a la enfermería de la prisión.
—La… ¿La enfermería? ¿Acaso se puso usted malo y no lo sabíamos, señor Houinbou?—le pregunta Yukiko, con una cara medio preocupada medio de circunstancias.
—Keh heh heh… No, nada de eso.—se ríe con una enigmática sonrisa.
—Curioso lugar para dejarse el tablero olvidado, señor Houinbou...—le comenta Souta, extrañado.—Pero en fin, a no ser que vengan las hadas a traernos otro por la ventana, cosa que evidentemente no va a pasar, tendré que ir a buscarlo.
—¡Oh! ¿Puedo acompañarte?
—...Bueno, de acuerdo. No sé para qué, pero si te apetece, está bien. Anda, vente. Ahora volvemos.
—Keh heh heh… Por supuesto. Servidor se encarga de cuidar de Kuro y de Tasuke mientras tanto. ¿Verdad que se portarán bien? Muy bien, muy bien…
Cuando está con Ryouken, Tasuke no osa hacer ninguna tontería. Al igual que su dueño, le tiene mucho respeto. Souta ayuda a Yukiko a levantarse y deja que se coja de su brazo para no tropezarse con nada.
El guardia les acompaña al frente de una sencilla puerta con una cruz roja y la palabra "enfermería" escrita debajo impresas en un folio pegado con cinta adhesiva a la puerta. "Se lo han currado de lo lindo", ironiza Souta en su cabeza.
—Bueno, aquí es. Espérame aquí quietecita en la entrada, no te muevas. No tardaré mucho.
—A la orden, mi sargento. Tenía pensado poner pies en polvorosa cuando se fuera, pero ya que me lo dice, mejor no. ¿Entra ya en la enfermería o prefiere atarme con la correa a un poste?—le bromea Yukiko, con los brazos en jarra.
—Tú sigue, anda. Cuando te des un porrazo feo contra algo no te reirás tanto, y no tengo dinero para pagarte los dientes nuevos.
—Que sí, pelirrojillo, lo he pillado: Yukiko, cierra la boca y di que sí cuando Souta te diga algo. Vamos, ve. Contra antes entres, antes saldrás.
—Más te vale.
Después de dejarla allí, Souta entra por la puerta de la enfermería, quedando la morena ciega completamente sola en un pasillo en silencio. Tal y como le ha dicho a Souta, no se mueve lo más mínimo, ya que siendo ciega, cualquier paso podría ser en falso y podría hacerse daño.
—¿Hola?—llama Souta, mirando a todas partes, ya que no parece haber nadie allí.
—Hola, buenos días. ¿Puedo ayudarte, joven?—le saluda una voz masculina.
De otra sala contigua, aparece un hombre de entre treinta y treinta y cinco años, porte alto y atlético, de cabellos algo largos y negros recogidos en una austera coleta hacia atrás, ojos brillantes y verdes protegidos por unas gafas modernas y una sonrisa amigable. Porta ropajes elegantes bajo una bata blanca impoluta con algunos bolsillos, por lo que a Souta le resulta obvio identificarle como el médico.
—Pues lo cierto es que sí. ¿Ha visto por aquí un tablero de ajedrez y sus fichas?
—Así es, están en la otra sala, enseguida te los traigo. Te manda el señor Houinbou, ¿No es cierto? Tú debes de ser Souta.
—Ehm… Sí, exacto.—responde Souta, incrédulo.
¿Cómo sabe ese individuo su nombre?
—Espera… ¿Entonces no te duele nada? ¿Ni siquiera tienes dolor de cabeza? Es una pena… Me aburro mucho aquí.—se ríe el doctor, con una cálida risa.
Si no fuese porque lo dice radiantemente, a cualquiera le daría un escalofrío una respuesta como esa. Por el momento, Souta sigue sin poder sacarse de la cabeza el pensamiento de que ese médico parecer saber los nombres de la gente sin que nadie se lo diga. Por cómo le mira, casi tiene pinta de conocerle. Y eso que el pelirrojo no le ha visto en su vida.
—Si esperas aquí un segundo, Souta, yo mismo te lo traeré. —se ofrece el hombre, simpático, mientras desaparece tan silenciosamente como ha llegado.
De mientras, fuera de la enfermería sigue reinando un imperioso silencio. Por puro aburrimiento, Yukiko ha empezado a golpearse levemente la palma de la mano con un dedo de la contraria, al ritmo de alguna canción que le viene a la memoria.
—Jo, menudo rollazo…
No lo oye muy bien, pero Yukiko empieza a notar unos pasos que se acercan en su dirección.
—¿Eh? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Un ruido le responde. Parece el breve sonido de un animal, aunque Yukiko nunca lo había escuchado antes.
—¿Hola?—repite ella, girando inútilmente la cabeza hacia un lado y hacia otro. Pronto empieza a incomodarse al no recibir respuesta.—¿Hay alguien?
Se está poniendo un poco nerviosa, ya que no cree que lo que oye sean imaginaciones suyas. A pesar de ello, no se mueve ni un milímetro. Es por eso que puede notar a la perfección que cuando se cae ha sido causa de alguien que la ha hecho tropezar.
—¡Aaaaah!—se asusta la morena, precipitándose hacia el suelo.
En un intento por no caer, se agarra ciegamente a la pared más cercana, sin poder ver, evidentemente, que hay un clavo saliente que tan pronto como se apoya le provoca una pequeña herida.
—¡Aaaaah! ¡Ayuda!—grita, espantada ya que le duele y no ve nada de nada.
Desde dentro de la enfermería, esperando a que el doctor le traiga el set de ajedrez, Souta puede escuchar los gritos perfectamente.
—¿Eh?
Se repiten sin cesar, y Souta mira hacia la puerta. No tiene la menor duda, proviene de fuera.
—Bueno, Souta, aquí lo tengo, las fichas están en una…
—¡Yukiko!—grita Souta, echando a correr hacia fuera.
—¿Eh?—se extraña el médico.
Abre la puerta rápidamente y al mirar hacia afuera se encuentra a Yukiko tirada en el suelo sujetándose un brazo al cual hay unido una mano sangrienta.
—¡Yukiko! Maldita sea, ¿Qué haces ahí, qué rayos ha pasado?—le pregunta, mientras se apresura a incorporarla.
—¡Mi mano…! ¡Me he cortado con esa cosa puntiaguda de la pared…! ¡Aay!
—Joder, Yukiko, te he dicho que te estuvieses quieta, ¡Si no mira lo que pasa!
—¡Souta, ha sido alguien! ¡Me han empujado, me han hecho la zancadilla! ¡Había alguien aquí!—grita Yukiko, exasperada y soportando con dificultad el dolor del corte.
—Corre, vamos a dentro a que te frenen eso. Con esta enfermedad tuya, quién sabe qué te puede pasar por cualquier cosa.
El pelirrojo vuelve a abrir la puerta y escolta a Yukiko corriendo hacia el interior de la enfermería, alertando rápidamente al doctor.
—¡Madre mía! ¿Qué le pasa a esta chica, qué se ha hecho?
—Se ha tropezado y se ha cortado en la mano con un clavo de la pared.
—¡Souta, que no me he tropezado! ¡Me han empujado, por favor, Souta, tienes que creerme!—le suplica ella.
—Tranquilízate, ya estás con el doctor, te va a frenar la hemorragia.—trata de calmarla el pelirrojo, algo inquieto de repente.
El doctor, hábilmente, la coloca sobre la camilla y le comprueba la palma de la mano. El corte pinta bastante mal, tiene mala pinta.
—Seguramente el clavo con el que te has rascado tenía algo de roña, pero tranquila, no es muy profundo, no debe de ser nada serio. Te echaré un poco de alcohol y en teoría no debería ir a mayores.
—No sé si lo sabe, doctor, pero es que esta chica tiene una enfermedad rara con un montón de síntomas, y claro, a saber por dónde va a salir el tema...—le avisa Souta.
—¿Una enfermedad rara? Espera… Entonces… ¿Tú eres Yukiko?
—¿Eeh? S-sí, esa soy yo…
Al pelirrojo vuelve a llamarle la atención: otro nombre que se sabe sin que nadie se lo haya dicho. La pregunta vuelve a repetirse: ¿Quién es este hombre?
La conversación, aunque ha dejado más incógnitas que respuestas, queda silenciada mientras el médico aplica alcohol medicinal y una venda muy profesionalmente.
—Ya está. Ha tardado un poco en cicatrizar, quizás sea cosa de esa patología que me dices, pero no creo que tengas ningún problema serio. Eso sí, ten más cuidado la próxima vez. No fuerces mucho esa mano en unos días, y la cosa debería cuajar bien. Si por lo que sea te duele la cabeza o algo, ven a verme, te daré algo para que se te pase, puede ser que se haya infectado un poco y a veces se producen unas décimas de fiebre. Pero tranquila, nada de vida o muerte.
—Se lo agradezco, doctor...—murmura ella, todavía algo nerviosa a causa del susto.
—Te haría un tatuaje de un monito en la otra mano, pero no sé si para esos ojos especiales tuyos funcione de algo.—bromea, con una sonrisa.
—Seguro que aun así querría ponérselo, no sabe lo infantil que llega a ser a veces...—le alerta Souta, alzando los brazos con sorna.
—¿Oh? ¿Te refieres a ese dibujo que te has estampado por las dos manos, Souta?—le menciona el doctor señalándole las manos, llenas de círculos dentro del cual se intuye una cara de mono sonriente. Se ha quedado con él.
—Ehm… Nah, esto es una mancha de nacimiento...—miente, escondiéndose las manos bajo las mangas.—Bueno, la acompaño a que descanse. Vamos, Yukiko. Adiós.—se despide, tratando de ser amable aunque todavía algo desconcertado.
—Chao. Cuidate, Souta. Y tú también Yukiko.—se despide el de los ojos verdes, saludando con la mano, simpático.
Durante todo el trayecto de vuelta, Yukiko está más callada que un templo.
—Eh, ya está, Yukiko. Solo ha sido el susto del tropezón. Imagino que caerse cuando no ves nada de nada debe de ser un completo susto…
—...Souta… No estaba delirando… Yo lo escuché. Oí pasos. Incluso escuché un animal, pero no sé qué era.
—Quizás fue ese bicho que pasó entre tus pies y ya.
—No...—niega rotundamente, sacudiendo la cabeza.—Era una persona. Me hacía la zancadilla con el pie. De verdad, no me lo estoy inventado. Yo lo noté.
—No fue buena idea dejarte sola, Yukiko. Y además, ya da igual. Quizá los recuerdos te juegan una mala pasada.
—¡T-te juro que es verdad!
Entran en la celda, y el primero en notar que algo no va como debería es el mismo Ryouken.
—¿Ha sucedido algo digno de interés? Ambos se muestran extraños...—les dice Ryouken, mortalmente serio.
—Pues verá, señor Houinbou...—empieza el pelirrojo.
Souta cuenta lo sucedido durante la visita a la enfermería, mientras Yukiko se queda completamente callada. No se ve con fuerzas de comentar nada por el momento.
—Entiende… Bueno, al menos se ha quedado solamente en el susto y en un mal no muy severo. ¿Quién ha podido ser?—se pregunta Ryouken, pensativo.
—Señor Houinbou, entiendo que esta clase de cosas hagan pensar esas cosas, pero yo sinceramente creo que todo es producto de la imaginación de Yukiko. Se habrá pisado el vestido y el contacto con la tela puede haberle hecho creer que se trataba de una pierna empujándola. Además, todos sabemos que los presos no pueden ir por la cárcel según les plazca como si fuese una parada turística. Todos llevamos brazaletes que no nos dejan salir de las celdas ni entrar en ninguna parte.—alega Souta, en serio.
—Pero que en serio, la primera sorprendida soy yo, vaya si lo he sido, el susto que me he dado… Pero les juro que es cierto, que no lo he imaginado… Me han empujado. Podría haberme partido la crisma ahí mismo. Aunque no deja de parecerme raro…
—Será mejor que la joven Yukiko tome un poco de reposo y se tranquilice. Quizás dentro de un rato lo recuerde todo mejor...—le propone Ryouken, paulatinamente.
Finalmente, Yukiko desiste y decide aceptar el consejo. Souta la ayuda y se tumba en el futón un rato con cuidado de no rozar mucho la mano herida y vendada. Pasa un rato, pero no por ello la morena cambia de opinión. Sigue recordándolo todo igual que antes.
—Anda, ya te has despertado de la siesta. Seguro que ahora lo ves todo más claro… ...En fin, ya me entiendes.
—Sigo sin cambiar de parecer. Sigo creyendo que fue alguien que me hizo caer.
—Así que sigues con eso…
—Souta, ¿Tú me crees?
—Escucha, no serviría de nada darte la razón como a los tontos, así que te seré franco: no me resulta muy creíble que nadie, fuera quien fuera, te hiciese la gran putada.
—Lo entiendo, pero te lo juro, yo lo noté… Es verdad. Souta, ¿Qué ganaría yo mintiéndote sobre esto? ¿Proteger que soy torpe? Eso es inútil, ya lo sabes de sobra. Así que…
—Vale, te doy la razón. En ambas cosas.—se ríe, insinuando que sí que sabe de sobra que es torpe.—Pero aun así no sé qué creer. Ya te he explicado que lo que dices no tiene demasiado sentido, aunque no me estés mintiendo.
—Te entiendo, en serio, quiero decir, tienes motivos para dudar de mí, ya que la primera que no sale de su asombro soy yo. ...Oye, ya que ha salido este tema… ¿...Te puedo contar algo? Es algo que me tiene un poco incómoda desde hace algo de tiempo. No le di importancia, pero ahora me ha pasado esto, y me ha dado mal rollo, sabes.
—Ehm… Claro, por qué no. Anda, cuenta.
—Hace un tiempo… Noto como si alguien me vigilara por algún motivo que desconozco. Me siento observada. Especialmente, cuando alguien me acompaña fuera de la celda para lo que sea.
Evidentemente, esto desconcierta a Souta. Inmediatamente, recuerda el mal presentimiento que sintió hace un tiempo y esa inquietud vuelve a apoderarse de él.
—¿...Y hace cuánto que te pasa esto, dices? ¿Puedes darme un periodo de tiempo, aunque sea aproximado?
—...No recuerdo hace exactamente cuanto, pero… Creo que empezó poco después de ese show. Sí, creo que sí. ¿Por?
"No puede ser…", no deja de repetirse Souta en su cabeza.
—¿...Estás completamente segura de eso?
—Sí. Entiende que por esto el incidente de antes me ha dado muchísima mala espina. Igual solo es un rollo mío, que me estoy montando una película, pero….
"No puede ser", resuena en su cabeza sin cesar. "No puede ser"
—¿Te encuentras bien, Souta? Te has quedado muy callado de repente.
—...No es nada. Algo me ha inquietado un momento, pero nada serio. A lo mejor te lo estás imaginando todo.
—Puede. Quizás me ha dado la sensación de que me han empujado y me he puesto a pensar que me llevan vigilando desde hace tiempo, puede que no sea más que una paranoya estúpida.
Eso dirán ambos, pero lo cierto es que ninguno se ha terminado de quedar completamente tranquilo. Sigue habiendo algo que les incomoda a los dos, aunque ni saben qué ni están seguros de si ese algo es algo real. Souta, por su parte, no puede sacarse el pensamiento de la cabeza sobre qué pasaría si lo que dice Yukiko resulta ser cierto.
—Yukiko, es algo tarde. Creo que deberías dormirte ya, estarás cansada de tanto movimiento.
—Pero… ¿Y lo del ajedrez? Al final hoy no hemos hecho nada…
—Mañana empezamos, tranquila. Tengo aquí las fichas y el tablero, así que mañana ya te explico cómo te enseñaré, las reglas y todo.
—Bueno… Si insistes… Buenas noches.
El pelirrojo le da las buenas noches a su compañera, sin poder olvidar ni una palabra de la conversación que acaba de mantener con ella. La morena no tarda en quedarse dormida: está agotada. Aprovechando el silencio que reina de repente, Souta se pone a pensar en todo lo que han comentado una vez más.
—Si lo que dice es cierto… A lo mejor delante de la enfermería encuentro algo que demuestre que realmente había alguien… Pero no sé, igual todo es una tontería y Yukiko se lo ha imaginado.
Sigue sopesándolo un rato más, y aunque trata de convencerse de que todo eso no es más que una mala impresión, se pone sin quererlo en la peor situación: que fuese cierto. —...Pero es que… Bah, tampoco pierdo nada por intentarlo. Seguramente no sea nada, pero prefiero estar completamente seguro. Veamos… Ya lo tengo.—piensa Souta, no tardando nada en maquinar algo para lograr su propósito.
Ryouken, de improviso, empieza a intuir que por la mente de su acólito pelirrojo circula alguna cosa, pero no opone resistencia ninguna.
—Hey, Tasuke. Ven aquí, chico.—le llama Souta, con un chasquido.
El mono holgazán está tumbado sobre un cojín, vagueando, y no parece tener intención de moverse. Souta sacude la cabeza, con una sonrisa: siempre existe otra forma.
—Tasuke,¿Quieres un plátano?
Nada más oír la palabra, el glotón animal se levanta de su regazo y se acerca a su amo, entusiasmado. El pelirrojo arquea una ceja: una treta muy obvia, pero se alegra de que haya funcionado.
—Te lo daré si antes me haces un favor. Atiende.Tú que puedes salir de la celda, te vas a ir pasillo arriba hasta la puerta que hay allí. Cuando llegues, empieza a chillar y a hacer tonterías. Vamos, sé un poco tú mismo.—se burla Souta, riendo.—Vamos, ve.
Tasuke parece haber entendido las instrucciones a la perfección. Sale de la celda por la entrada que hay para los animales y corre pasillo abajo. Y el resto es sencillo: el mono monta un escándalo que ni en una verdulería de mercadillo.
—¡¿Pero a este mono qué le pasa?!—protesta un guardia, tapándose los oídos.
—¡Señor guardia!—le llama Souta, con su más currada voz de corderito.
—¿Se puede saber qué rayos le pasa a tu mono? ¡Le hemos intentado calmar por todos los medios y no se calla!
"Normal, sólo está actuando", piensa Souta con malicia.
—E-estábamos jugando y se ha molestado porque ha perdido. Se ha escapado y ha empezado a armar jaleo. Aish, pobrecito...—se lamenta, con los ojos tapados por sus manos.
—Bueno, ¿Y qué piensas hacer? ¡No podemos dejarlo ahí armando escándalo, pero no nos hace caso!
—Quizá… Quizá podría calmarle yo… Lo intentaré, pero no sé si puedo, no puedo, no puedo, no puedo...—murmura, con faz asustada, esta vez cubriéndose las orejas.
—Tch. Vale, está bien. Te llevaré a que calmes a ese bicho. Más te vale que se calme, me está dejando sordo.
El guardia abre la celda para dejar salir a Souta, quien se dirige a Tasuke. Su plan ha funcionado, pero no se echa demasiadas flores por ello: todo ha sucedido como él esperaba que pasaría. "Mira que son simples", piensa.
—Ya, Tasuke, ya. Bien hecho, ya te puedes calmar. Bien hecho, chico. —le felicita Souta, acariciándole la cabeza.
El mono sonríe exageradamente, su modo de decir "no ha sido nada", más bien "ha sido divertido". Sin embargo, su alegría se desvanece cuando oye algo venir desde un pasillo contiguo, que provoca que Tasuke se pegue un susto y suba a hombros de Souta, tapándose los ojos.
—¿Hum?
Por el pasillo de la izquierda a la entrada de la enfermería, llega un gato de color negro brillante, ojos almendrados color almíbar, con un extraño pañuelo rojo atado al cuello, maullando sobriamente.
—Es solo un gato, mono miedica. ¿Qué haces ahí? Ven, ven.—le llama Souta, con la mano.
El felino se muestra algo arisco e incluso gruñe y pone mirada amenazante. Souta intenta persuadirle, pero el gato testarudo no da su pata a torcer. Al final el pelirrojo decide plantar bandera blanca con el gato negro y seguir a lo que venía, hasta que un voz ronca se oye desde el mismo sitio por donde ha venido el animal.
—¡Caxap! Te tengo dicho que me esperes, ¿Dónde te has metido, bicho impaciente?
De entre las sombras del pasillo, aparece una silueta robusta con una cara y una indumentaria que Souta no es capaz de olvidar por mucho que desee. Se trata de Yutaka Kazami, su padre biológico, que se altera un poco al verle allí. Ahora, el único que pasa a mostrarse arisco, gruñe y pone mirada amenazante es Souta.
—T-tú...—escupe Souta, entre dientes, furioso.
—Vaya vaya, mira por dónde...—murmura Kazami, con los ojos cerrados.
—Pues más que tú, que estás tuerto.—le espeta Souta, a la defensiva.
Eso hace que el repostero abra el ojo que no tiene mal. Touché.
—No esperaba encontrarme a nadie por este pasillo a estas horas.
—A buenas horas te preocupas porque sea tarde, cuando era para que te ayudase con tu basura no te importaba tanto.—ataca Souta, ensombreciéndosele la cara.
—Nunca he dicho que me importase.—replica el anciano, severo. —Ahora, si me disculpas, no me apetece perder el tiempo contigo. Tengo cosas que hacer.
—...Pobre.—dice Souta, todavía enfadado.
—¿...Disculpa?
—Oh, no, hablaba con el gato. Es tu mascota, ¿No? Me da mucha lástima. Es un gato negro que tiene mala suerte. No sé qué le espera. Nunca has sabido tener a seres vivos a tu cargo.—le recrimina, furibundo, reprimiendo con esfuerzo cualquier acto violento.
Al principio, a Kazami parece haberle afectado esa frase, pero al cabo de unos instantes, cierra los ojos como si nada. Acto seguido, sigue andando hacia donde se dirigía.
—...Te diría que irse sin despedirse está mal… Pero nadie me lo enseñó en su momento. Así que paso.—continúa Souta, atacándole.
—Tú dime lo que quieras, jovencito. El caso que te haré va a ser el mismo que si no me dijeses nada.
—Tranquilo, estoy acostumbrado. Demasiado acostumbrado.
Le echa un último vistazo al pelirrojo, y desaparece por el pasillo a la derecha, seguido del gato Caxap. Souta se queda ahí plantado, ahogando la furia que siente haciendo fuerza con el puño y apretando los dientes.
—Maldito viejo… Ojalá esté tan tuerto y chocho que se le parta un plato en la cabeza. Viejo de mierda… Que le den mucho por culo.
Tasuke se altera porque nota claramente que su amo está furioso, muy furioso. Con las manos, le hace un gesto para que se calme.
—Tranquilo, Tasuke… No vale la pena… No vale la pena...—se repite a sí mismo.—Vamos a lo que de verdad importa. El motivo por el que hemos venido. Vamos a ver si algo indica que hubo alguien que estuvo aquí cuando Yukiko se pegó el monumental trompazo…
Partiendo del clavo con el que la morena se hirió anteriormente, el domador deja a su mascota en el suelo y procede a buscar indicios de una segunda persona. Revisa las paredes, las cercanías de la puerta, incluso la puerta en sí. No parece haber nada.
—Lo que yo decía… No parece haber nada.
Tasuke, por su parte, pasa de estar más o menos callado a agitarse repentinamente.
—Tasuke, ya no hace falta que actúes, cálmate, ¿Eh? ¿Qué pasa, has visto algo?
El mono le señala el suelo a su dueño, con una sonrisa que indica que ahí hay algo que le agrada. Al asomarse, Souta lo comprende en seguida. En esa zona,el suelo huele dulce, cosa que a él, por su parte, le provoca una arcada. Pero a Tasuke parece gustarle el olor.
—¿Se puede saber qué diantres hay aquí…?
Al acercar un poco la mirada, Souta comprueba que en el suelo hay estampada una huella pequeña, parecida a la de un animal, en una sustancia que huele dulce de consistencia pegajosa y color beige.
—Este pringue beis me suena de algo…
Ese mal presentimiento del principio se acentúa notablemente. Souta abre los ojos de par en par, sorprendido, mientras en su cabeza se repite la frase anterior. "No puede ser". "No puede ser".
Finalmente, decidiendo que ya no encontrará nada más que le pueda servir, vuelve a la celda, con peor espina de la que tenía antes.
—Así que el acólito ya está de vuelta... —le saluda Ryouken.
Souta vuelve a su celda más callado que una tumba: quizás no ha sido una buena idea ir a explorar nada. No es detective ni nada que se le parezca: no necesita pruebas de nada.
—¿Hay algo que el acólito no le ha contado a servidor y que éste debería saber?
—Nada… Bueno, pero no tiene mucha importancia. Escuche…
Dudándolo un poco, el pelirrojo termina por contarle su pequeña experiencia delante de la puerta de la enfermería, intentando seguir la pista de lo que estaba hablando con Yukiko. El monje budista le escucha con atención, dejándose ver algo sorprendido.
—Vaya… Bueno, quizás no sea nada, pudo ser ese gato que dejó una huella de algo que pisó…
—Sí, seguro que es lo más probable,pero me ha dejado un mal sabor de boca de nuevo, no sé por qué, porque si fue ese gato que al marcharse hacia allí dejó eso, no demuestra fin, creo que me he puesto algo nervioso.
—El acólito quizás debería descansar un poco. Tal vez al día siguiente tenga sus pensamientos más amueblados y tranquilos…
Al final, Souta decide irse a dormir para aparcar de una vez por todas ese dichoso asunto. Antes de cerrar los ojos, sin embargo, su intento por hacerlo no resulta muy fructífero. Solo espera que al día siguiente todo eso haya pasado ya y esa cosa que parece angustiarle se vaya para no volver.
