En otro día al azar, la rutina parece volver a hacer acto de presencia, como se ha convertido en menester. Yukiko sigue con sus clases de budismo, las cuales no ha abandonado desde el día que llegó.

—Me acuerdo de eso. El loto es el símbolo del despertar, porque… Porque cuando florece representa el momento del Nirvana.

—Keh heh heh…. Excelente, excelente. La memoria de la joven Yukiko es ágil.

—Muy bien, por fin te ha entrado en el cogote que "Nirvana" no es una persona.—se ríe Souta, comentando desde una zona algo apartada, mientras juega con Kuro y Tasuke.

Como suele hacer siempre que se mete con sus habilidades para las religiones, Yukiko le saca la lengua, provocando risa en el domador, que sigue jugando con los animales.

—Bueno, ya he aprendido algo más. Poco a poco, pero bueno...—trata de ser optimista la morena.

—Así es. Grano a grano se forma la montaña. O como solían decir en época de servidor, "Muerto a muerto se forma el cementerio".—se ríe ácidamente Ryouken.

—Je. Muy buena, señor Houinbou.—le felicita Souta, malicioso.

—Keh heh heh… Bueno, ahora lo que tocaría sería… ….Ugh…

De repente, Ryouken hace gesto de no sentirse demasiado bien, y se sujeta la cabeza, suspirando profundamente.

—¿"Ugh"? ¿Eso es alguna palabra en clave o algo…?—pregunta la morena, que evidentemente no se ha percatado de nada.

—¿Se-señor Houinbou? ¿S-se encuentra usted bien?—inquiere Souta, de golpe la mar de preocupado.

—No es nada, solamente… Servidor únicamente nota dolor de cabeza, y algo de mareo repentino… Quizás se esté resfriando, o le falte algo de sueño… Pero no cree que sea nada grave, que no se preocupen...—murmura Ryouken, con un tono de voz más liviano que de costumbre, los ojos cerrados y sujetándose la cabeza.

—Debería descansar, señor Houinbou. No queremos que le pase nada.—se alarma también Yukiko, algo angustiada de repente.

—Le llevaré a ver al doctor Kokoro, señor Houinbou. Será lo mejor.—se ofrece Souta inmediatamente, claramente preocupado.

El asesino ciego intenta disuadirle, diciendo que lo más probable es que no sea nada de demasiada importancia, pero eso no hace que el pelirrojo cambie de opinión. Aunque sea así, tienen que asegurarse, porque no quiere que corra ningún peligro. Souta se nota muy angustiado ante la posibilidad de que su figura paterna, tan importante para él, pueda enfermar.

—No se preocupe por nada, señor Houinbou, yo le acompañaré, seguro que el doctor Kokoro puede darle algo para que se le pase el dolor.

—...Servidor se lo agradece...—da las gracias el monje budista, con voz cansada y entrecortada.

—S-souta...—le llama la morena, también preocupada.—Quiero ir yo también… Ayúdame a levantarme.

—No, tú mejor quédate.

—¡Pero Souta…! ¡Estoy tan preocupada como tú, quiero ir!

—Escucha, aunque te vengas, eso no va a cambiar nada. Quédate aquí, y cuida de Kuro y de Tasuke, ¿Quieres? Sé que estás preocupada, pero tranquila, te avisaré a la mínima. Si tampoco será nada grave, pero mejor asegurarnos. Además, el doctor Kokoro sabe lo que hace.—trata de calmarla el pelirrojo.

—...El acólito Souta tiene razón. Es mejor que la joven Yukiko se quede aquí...—corrobora el asesino ciego, cansado.

—Bueno… Vale, de acuerdo. Espero que todo vaya bien. ¡Cuídese, señor Houinbou!—le pide, preocupada.

—...Que ella no tema. Servidor se recuperará pronto. Se lo agradece a la joven Yukiko también.—le susurra, totalmente sincero.

Pronto, el pelirrojo acompaña a su figura paterna hasta la enfermería de la cárcel, para que vea al doctor Kokoro. Yukiko se queda sentada contra la pared de la celda, la mar de angustiada, cuidando de Tasuke y de Kuro, quien también se ha quedado muy cabizbajo por su dueño.

—No te preocupes, Kuro. El señor Houinbou se pondrá bien, ya verás. Souta está con él...—le habla la morena, mientras le acaricia con tacto.

El perro ladra, y parece algo más tranquilo ante las palabras de la chica, que también sirven para calmar un poco a Tasuke. Notando la preocupación en su amo domador, deja ver una cara alterada que pocas veces muestra.

—No pasa nada, Tasuke. Es normal que Souta se preocupe mucho por el señor Houinbou, al fin y al cabo, es como un hijo para él.

Más tranquilo, Tasuke se sube en hombros de Yukiko y empieza a chillarle, animado, y a jugar con su pelo.

—Anda que tardas tú en ponerte mejor, Tasuke… ¡Para, para, me haces cosquillas!

Kuro, de golpe y porrazo, se pone a gruñir, como hace siempre que batalla con la mascota de Souta. Dicha mascota, por su parte, se ríe de él, y aunque sin mala intención, sigue haciendo el burro un poco más.

—Vamos, no os peleéis… Tasuke, para, anda. Kuro, no te enfades… ¡Chicos!—ninguno de los dos parece obedecerla, siguen a su bola.

Es cuando los barrotes de la celda comienzan a chirriar que Tasuke echa a correr despavorido hasta refugiarse detrás de la morena ciega, y Kuro enfoca sus ladridos hacia la entrada de la celda.

—Hey, ¿Qué ocurre, chicos? ¿Qué os pasa?

—Buenos días, señorita Yukiko. ¿Cómo es que está sola?—le pregunta un guardia, que viene a traer la comida para los presos.

—Oh, hola. ¡Si es solo un guardia, miedicas! Lo siento, parece que están alterados hoy. Souta ha ido a llevar al señor Houinbou a la enfermería, que se encontraba mal.

—Oh, entiendo… Bueno, a mí me han dicho que venga a traerles la comida. ¿Le molestaría mucho que se la dejase por aquí?

—Ah, no, por mí no, adelante. Kuro, tranquilo, ¿Qué te pasa?

El guardia abre la puerta y deja la comida de todos por ahí, para cuando vuelvan de la enfermería, mientras la morena intenta sin éxito calmar a Kuro, que no deja de ladrar y de gruñir hacia la puerta

Antes de que el carcelero abandone la celda, no claramente sin embargo, la morena puede escuchar una voz junto con la del guardia, únicamente un instante.

—...Espere...—susurra esa voz.

—¿Hm?—se extraña Yukiko, sintiendo algo raro en su cabeza.

A continuación, ambas voces callan y se oyen pasos que se dirigen a fuera de la celda. Al mismo tiempo, parece que los animales se han calmado un poco.

—¿Ahora estáis más tranquilos? ¿Pero qué os pasa, chicos?—les pregunta, mientras se pone su almuerzo sobre la falda. —...La verdad es que tengo hambre, ayer no cené mucho… Pero Souta y el señor Houinbou todavía no han llegado, ¿Creéis que les importará?

Kuro y Tasuke le responden, el primero ladrando dos veces y el segundo chillando repetidamente.

—Espero que no… Bueno, allá voy… Podéis iros a comer vosotros también, si queréis.

A tientas, aunque ya acostumbrada, Yukiko toma el tenedor y empieza a comer, ya que tiene hambre. Nota algo raro: hay algo en la comida que tiene una consistencia que nunca había probado.

—¿Y esto? Parece como chicle… ¿Será algún tipo de pasta? Ni idea, como no me sabe a nada…

Sin darle la menor importancia, la morena continúa con su almuerzo tan tranquilamente, hasta que al cabo de un rato, empieza a sentirse extraña, con una especie de malestar en el estómago y un repentino dolor de cabeza.

—Huy… Qué raro… ¡Ugh!—de repente, se encuentra bastante mal.

Mientras tanto, volviendo de la enfermería, están Ryouken y Souta, quien se ha quedado algo más tranquilo después de ir a visitar al doctor.

—¿Lo ve? Servidor le dijo a su acólito que no era gran cosa… Se recuperará muy pronto…

—Aun así, no puedo arriesgarme tratándose de su salud, señor Houinbou… No puedo, no puedo, no puedo...—tartamudea, tristón.

A pesar de que ya esté algo más paulatino después de la charla que ha mantenido con Chusei Kokoro, el pelirrojo sigue con algo que no puede sacarse de la cabeza: el mismo médico, en privado, le ha comentado que cosas así suelen ser frecuentes en personas de avanzada edad. El asesino ciego ya está algo mayor, y como tal, su salud no es tan buena como lo fue antaño. Es precisamente por eso que el pelirrojo continúa con una especie de espina clavándole que le preocupa.

—De todas formas… Servidor se lo agradece de nuevo.—le dice Ryouken, solemne y humilde.

—Por favor, no se preocupe, señor Houinbou, no ha sido nada...—replica el domador, con algo de bajón.

Sin embargo, el bajón se metamorfosea en una pincelada de odio cuando a su lado ve pasar, de nuevo, a Yutaka Kazami, su padre biológico. Va seguido por un guardia, que nada más encontrarles, les indica que les ha dejado la comida ya en la celda, y que su compañera aseguró que no habría problema. Mientras Ryouken corrobora la decisión de su otra acólita y da las gracias educadamente, Souta le dedica a Kazami una mirada de profundo odio y desprecio, mirada que el repostero encaja con su habitual desdén.

—Maldito bastardo...—masculla Souta entre dientes, para sí mismo, mientras el carcelero se aleja con el cocinero.

—¿El acólito decía algo?

—...Nada, nada. Volvamos, Yukiko estará preocupada.

Al contrario de lo que creía, la morena no parece estar con su mirada ciega clavada en la entrada, esperando a escuchar sus pasos: parece distante, mientras se sujeta la tripa y la cabeza y reniega para ella misma.

—Ya estamos de vuelta, Yukiko. El doctor Kokoro ha dicho que no es gran cosa.—anuncia Souta, mientras ayuda a Ryouken a sentarse para que descanse.

—...Me… Me alegro… ¡Ugh!

—¿Le ocurre algo a la joven Yukiko? Parece sufrir mal de algo…

—Pues la verdad… Desde hace un rato me duele la barriga… Y la cabeza un poco… ¡Ugh! Creo que hay algo que me ha sentado mal…

—¿Pero cómo puede ser…? Nunca antes te había pasado algo así, Yukiko...—le asegura Souta, sorprendido.

—Ni idea… ¡Ugh!

—¿Quieres que te lleve a que te vea el doctor Kokoro? Creo que nos va a hacer la ola hoy…

—Definitivamente es lo mejor, servidor está de acuerdo. Si el acólito fuese tan amable de llevarla..

—Yo me encargo, señor Houinbou. Anda, vamos, seguro que no es nada grave…

—Usted descanse, señor Houinbou, ¡Ugh!

Sedespiden, y los dos acólitos abandonan la celda para volver a la enfermería. Por el camino, Yukiko no mejora ni un poco. Mientras tanto, Ryouken, con la ayuda de su fiel mascota y de Tasuke, coge el plato que contenía el almuerzo de Yukiko, que evidentemente ha quedado a medias.

—Hum...—se sorprende mientras lo prueba.—Esta parece comida normal, la que sirven todos los días… Sin embargo… Hay grandes restos de una sustancia dulce…

Meditando para sí mismo, Ryouken intenta establecer una conexión entre ese nuevo dato y los sucesos que han tenido lugar últimamente, llegando a unas conclusiones personales algo desconcertantes.

Simultáneamente, en la enfermería, el doctor Kokoro no puede estar más sorprendido de ver a Souta de nuevo, esta vez acompañando a alguien distinto.

—¿Souta? Vaya, sí que me echabas de menos...—le sonríe el médico, con sorna.

—No es una broma, doctor Kokoro, ahora parece ser que es Yukiko la que no se encuentra bien.

—No me digas… ¿Y qué te ocurre, Yukiko?—le pregunta, agradable, aunque ahora completamente serio.

—¡Ugh! Pues… Esperando a que los dos llegaran… Han traído la comida, y cuando me he puesto a comer mi parte me he sentido un poco rara, y… ¡Ugh! Me ha empezao a doler la tripa y la cabeza… ¡N-nunca me había pasado algo así!

—Vale, está bien… Vamos a ver, te voy a hacer algunas pruebas para ver qué puede ser… Souta, ¿Serías tan amable de alcanzarme ese cuaderno de notas y el estetoscopio de la mesa?

El doctor Kokoro, aprovechando el chequeo que debía hacerle en breve a la morena, le realiza unas cuantas pruebas para averiguar qué puede tener, mientras anota los resultados y Souta le alcanza lo que le pide, un poco extrañado. Mediante la prueba de azúcar en sangre, el doctor Kokoro llega a unas conclusiones algo alarmantes.

—Madre mía, ¡Tu nivel de azúcar en sangre es altísimo, Yukiko! Como siga subiendo, no creo que pase nada bueno… Te inyectaré insulina intravenosa, porque esto es completamente anormal. El nivel de azúcar nunca sube tanto.

—Pero es muy extraño… Yukiko nunca come dulces, me dijo que no le sentaban bien….¿Entonces?—interviene el pelirrojo, expectante.

—Sí, bueno… Aunque ese sea el caso, Yukiko no puede detectar cuando algo es dulce o no, tiene una hipogeusia muy avanzada, es decir, que no tiene gusto.

El pelirrojo, por su parte, hace sus propias cavilaciones al respecto, y entre que la insulina va haciendo su efecto, el diagnóstico es tajante.

—No hay duda, Yukiko es diabética. Es muy probable que se deba a su enfermedad.

—Claro, tiene sentido… Por eso los dulces nunca le han sentado bien… Pero no entiendo, si no ha comido nada dulce últimamente…

—Dime, Yukiko, ¿Es eso cierto?

—Sí, es cierto… Bueno, eso creo. Quiero decir, yo no puedo saber si algo es dulce o no, pero…Siempre como con Souta, y él me lo hubiese dicho…

—¡Pues claro que te lo hubiera dicho! Yo lo sabía, así que… Entonces, no me lo explico.

—¡Oh! ¡Claro, qué tonta! Ha sido hoy, seguro. Cuando nos han traído el almuerzo y el señor Houinbou y tú no estabais. He empezado a comer y estaba sola. Seguro que ha sido entonces. Además, que fue después de eso de que me empecé a sentir mal...—explica Yukiko, pensativa.

—Es que a quién se le ocurre...—la regaña Souta, suspirando.

—¡Oye, y yo qué sabía! ¡Eres muy listo, tú!

—Tranquilidad, muchachos, tranquilidad. Le podría haber pasado a cualquier en estas circunstancias. Pero ahora que ya lo sabes, que no vuelva a repetirse, ¿Vale? Lo digo por ti, Yukiko. Si comes y nadie lo está vigilando podría pasarte lo de hoy. El azúcar es malo para ti, y como estés descontrolada, quién sabe lo que puede pasar.

—Je, je… Soy muy torpe.—confiesa Yukiko, sonriendo inocentemente.

—¡¿N-no se te ocurre nada como "Lo siento, no volverá a pasar"?!—la riñe Souta, de nuevo.

—Hey, tranquilidad… Me conformo si me decís que tendréis más cuidado a partir de ahora. Y no lo digo como el que ha perdido un balón y lo cuela en un árbol. Yukiko, esto va muy en serio. No quiero asustarte, pero cualquier cosa podría empeorar notablemente las cosas, ¿Entiendes?—le explica el doctor Kokoro, profesionalmente.

—Sí, sí… Lo entiendo, doctor Kokoro, lo siento… Tendré mucho cuidado, de verdad.

—...Me alegro. Souta, vigílala, por favor. Tu ayuda le será muy útil.

—...Muy bien. Cuente con ello, doctor.—se compromete el pelirrojo, con seriedad.

Se despiden de nuevo del doctor Kokoro, quien le aconseja a Yukiko que ayune por un poco de tiempo y que repose, sobre todo. Ahora que ha empezado con algunas analíticas, el chequeo general está cada día más cerca.

—Ya lo has oído, mona. Nada de comer sola, o lo lamentarás.

—Jo, ha sido sin querer… ¿Yo que sabía que la comida llevaba algo con más azúcar que una fábrica de chocolate? La comida nunca lleva tanto azúcar...

—...Vale, en eso tengo que darte la razón. Ahora, a descansar, ¿Entendido?

—Que sí, Souta… No te pongas así...—se ríe Yukiko, tratando de ser simpática.

—Ah, claro, qué guay todo, ¿No? ¡Yupi, aquí no pasa nada!

—Eh, eh, tranquilo…

—No, es que encima eso, ¡No le veo la maldita gracia, Yukiko!—se enerva el pelirrojo.

Yukiko se muestra ojiplática ante su reacción, cosa de la que el pelirrojo se percata.

—Maldita sea… Perdona, me he emocionado. Es que… Últimamente algo me da mal rollo, sabes. Primero dices que te han tirado al suelo adrede, luego una cosa que nunca te había pasado, y mientras me cuentas que te sientes observada… Y no sé por qué, pero me queda una mala sensación que no se va.

—Souta...—le llama Yukiko, sorprendida.

—Oh, ya están de vuelta los acólitos, ¿Ha ido todo bien?

Ryouken, a pesar de seguir cansado, les espera con ansia, preocupado porque todo ande bien. Al llegar, Souta acomoda a Yukiko en su futón un rato y le está contando lo sucedido a su figura paterna, quien a pesar de su malestar general ese día le escucha con atención, sin interrumpirle. Mientras tanto, en su futón, la morena medita sobre lo que le ha comentado Souta antes de entrar en la celda.

—Ahora lo importante es que la joven Yukiko descanse. El doctor Kokoro es un hombre inteligente, y se lo ha recomendado por algo.—explica Ryouken, notándose a leguas que está preocupado por su acólita.

—Gracias, señor Houinbou, así lo haré. Y lo mismo le digo a usted… No me gustaría que le ocurriese nada...—le replica la morena, preocupada también.

Pasa el rato en la celda, y Souta sigue dándole vueltas a lo que le ha comentado a su compañera antes. De nuevo, la única pista dejada detrás de que a Yukiko le ocurra alguna desgracia es un rastro dulce. No puede ser casualidad, cree, aunque le gustaría creer lo contrario, puesto que ese pensamiento no para de angustiarle.

—¿Souta…? ¿Podemos hablar un momento? ...A ser posible, en privado.—le susurra discretamente al pelirrojo.

Extrañándole, Souta acepta, acercándose hacia su futón, y bajando el volumen de su voz.

—Dime.

—Quería preguntarte… Antes de que me trajeras a la enfermería… ¿Qué te dijo el doctor Kokoro acerca del señor Houinbou?

—Ah, eso… Me dijo que… Que son cosas debidas a la edad, probablemente. El señor Houinbou es mayor, ha de reposar y no cansarse demasiado.—le explica, notándose la preocupación en la tonalidad de su voz.

—...Entiendo...—asegura, ausente.

—Estás preocupada, ¿Verdad? Puedo notarlo. En parte, porque yo también lo estoy y usas mi mismo tono.

—No se te escapa una, ¿Eh? Pues sí, claro que estoy preocupada. El señor Houinbou es lo único que he tenido en mucho tiempo, le tengo un gran aprecio, y no soportaría que le pasase nada...—murmura la morena, viéndose triste.

—Mejor no pienses. Ahora el doctor Kokoro le ha dado algo para que se reponga, no debería presentar más problemas...—trata de calmarla Souta, aunque a él no le acaba de hacer efecto tampoco.

Yukiko suelta un largo suspiro. El pelirrojo tiene ganas de hacer lo mismo, pero al final logra contenerse.

—Por cierto… ¿Te encuentras mejor?—le pregunta, deseando cambiar de tema antes de empezar a sentirse incómodo emocionalmente.

—Oh, eso… Sí, estoy mejor, gracias. La insulina me ha venido muy bien, y junto con el descanso, me repondré de esta. El doctor Kokoro sabe lo que hace, sin duda…

—Claro…—asegura Souta, con la atención puesta en otro lado.

Apartado y olvidado de la celda, encuentra un plato que todavía contiene comida, raro porque ya todos han comido. Solo puede pertenecer a la única integrante de la celda que no terminó su almuerzo.

—Eh, Yukiko, ¿Este plato en el que hay un gran pegote de algo beis mordisqueado es tu almuerzo?

—Puede ser. Pero sin duda, no voy a arriesgarme de nuevo.

Souta decide realizar una pequeña pesquisa. Con algo de desconfianza, toma una pequeña parte de esa sustancia pegajosa que tanto le recuerda a la que dio la forma a la huella de gato que olía dulce y con el tenedor la coloca sobre su lengua. Se esfuerza en saborearla al principio, pero tan pronto como el sabor le inunda la boca, acaba de tragar y las arcadas empiezan a apoderarse de él. Infernalmente dulce.

—¡Maldita sea, qué asco! ¡No puedo, no puedo, no puedo!—grita, alterado, raspándose la lengua con los dientes para quitarse el sabor cuanto antes.

—Souta, ¿Qué pasa?

—¡Esa jodida cosa es dulce a más no poder! Seguro que fue por eso, no hay duda. ¡Esta mierda te ha disparado el azúcar!
—Eh, tranquilo, no te mosquees, ya se me ha pasado….

Souta no está mosqueado por eso. El dulce sabe igual que hace 19 años: le trae muy malos recuerdos, y casi puede ver a su padre biológico ofreciéndole toda clase de golosinas del mismo sabor que esa masa beige, para que las probase para él. Recuerdos del IS-7, el inicio de todos esos traumas y miedos que nunca admitirá. Recuerdos de Yutaka Kazami, su padre biológico. Recuerdos que le producen un malestar y una angustia terribles.

No quiere creer que sea cierto. No sabe si Kazami está metido en todo eso, por la cual cosa no dice nada, pero no deja de tener una sensación rara al respecto. Una mala sensación.

Por el repentino silencio del domador, puede intuir que hay algo que se le está pasando por la cabeza, y si es lo que ella cree, aprovecha para mencionarle una cosa.

—A propósito… Cuando ha venido el guardia a traer la comida… He oído una voz a su lado.

—¿De…De verdad? ¡P-podría ser de quien te metió esa basura en la comida! Dime, ¿Cómo era?

—Lo siento, pero apenas habló, solo dijo una palabra, estaba lejos y habló bajo, y con mi maravilloso oído no escuché demasiado, pero sé que era la voz de un hombre adulto. Una voz que me resulta algo familiar y no sé precisamente por qué…. Pero me da mal rollo, Souta.

Toda esa información solo favorece que el asunto tenga cada vez más mala pinta. La descripción del propietario de la voz coincide, a pesar de que solo es una posibilidad. En Souta, cada vez más, urge la necesidad de aclarar si de verdad Kazami ha tenido algo que ver con los 'accidentes' de Yukiko.

No entiende tampoco el porqué iba Kazami a molestarse en atacar precisamente a Yukiko en caso de que haya sido él en realidad. No sabe qué creer al respecto, y aunque le cree completamente capaz de algo tan cobarde como atacar a una ciega enferma, no entiende por qué iba a tomarse semejante molestia. Él, mejor que nadie, sabe que Yutaka Kazami no es un hombre al que le guste atacar por gusto. Ha de haber algún motivo de peso, o el asunto no merece ni la más mínima importancia. Como no se la mereció su propio hijo.

Mientras no deja de darle vueltas y más vueltas, van pasando los días y esa mala espina sigue sin marcharse. Yukiko ha quedado bastante tocada a causa de tanto azúcar perjudicial en su organismo, a pesar de que Chusei Kokoro le administrase insulina, ya que la enfermedad que cada día avanza sin tregua hace que cualquier daño que reciba de multiplique exageradamente. Por otro lado, Ryouken también se muestra más apagado últimamente. Se cansa con facilidad, presenta molestias ocasionales y su voz suena más sosegada. Entre esto y la mala impresión que no se la va de la cabeza ni a tiros, Souta empieza a sentirse cada día más y más intranquilo.

Entre tanto malestar invisible, llega un día en el que quizás las cosas puedan mejorar: el doctor Kokoro por fin le hará ese largo chequeo a Yukiko, para ver si descubre algo sobre la naturaleza de su enfermedad y una posible cura o retraso de síntomas.

—Servidor está convencido de que el doctor Kokoro encontrará algo, y sabrá cómo poner fin a cualquier mal que haya traído, traiga o esté por traer esa maldita enfermedad.—anima Ryouken, con voz algo desanimada debido a su cansancio.

—No lo dudo. Nunca pensé que se me presentaría esta oportunidad, así que no la tiraré por la borda. Vamos, no quiero hacer esperar al doctor.—se autoanima Yukiko, tratando de ser fuerte.

Kuro guía a Ryouken con la misma delicadeza que siempre ha usado, mientras Souta coge a Yukiko del brazo, procurando que no se tropiece y le pase algo parecido a lo que ya le ha pasado anteriormente. Tasuke viaja en sus hombros, como de costumbre.

—Souta, últimamente te noto muy callado. ¿Te pasa algo?

—¿Eh…? No, no es nada…

—¿Te has peleado con Manosuke en sueños?—bromea la morena, pícara.

—No, pero igual en poco me acabo peleando contigo, así que no me pruebes.—contraataca el pelirrojo.

—Vamos, no me mates ahora que están buscando una cura para mi enfermedad…

—Jo, no te pases… Nunca haría algo así.—le asegura el domador, sincero.

—Aw, qué bonito… Manosuke estará muy celoso.

—Venga y dale con Manosuke… ¡Le diré al doctor Kokoro que recupere tu sentido del gusto pero que en retorno te deje muda! ¡Qué descanso, jolín!—protesta el pelirrojo.

Ryouken le pega otra de sus collejas precisas a pesar de su ceguera.

—¡Aaay! Jo, señor Houinbou, ¿Y ahora qué he hecho?

—Nada de bromas con la salud de nadie. Luego la vida se lo devolverá en el mal sentido.—le riñe su figura paterna, con una risa aunque sin ningún tipo de guasa.

—L-lo siento…

Finalmente, Souta llega a la enfermería frotándose la cabeza y Yukiko aguantándose la risa con la mano, mientras Ryouken ladea la cabeza seguidamente con una sonrisa.

—Vaya, qué agradable sorpresa. Me pensaba que la muchachita vendría sola, ¡Pero en su lugar me encuentro a toda la familia!—declara el moreno de gafas, sonriente.

Los dos jóvenes se quedan ojipláticos ante la metáfora del doctor de los ojos verdes. Ryouken, por su parte, no se altera lo más mínimo.

—Keh heh heh… Por supuesto. No iban a dejar a la joven Yukiko sola en un momento tan crucial. Dicho de otro modo, los que son víctimas de asesinato tienen una ventaja: no se mueren solos.—se ríe Ryouken, frío como un témpano.

—Gracias… ….Creo.—susurra Yukiko, sonriendo aunque alzando una ceja, algo confusa.

—Yo que tú vigilaría mis espaldas por si acaso, Yukiko.—se cachondea Souta, con una estrambótica risa ante el chiste de su maestro.

—Ay, maestro Houinbou, ese humor suyo...—sonríe cálidamente el doctor.—En fin… Vamos con ese chequeo, querida. Tengo algunas cosas de cuando te he visitado antes, como por ejemplo, tu muestra de ADN que te tomé cuando te cortaste en la mano. Aun así… Te advierto que se te hará pesado, son muchas cosas y será un proceso largo.

—Qué pena, tendré que cancelar mis citas en el palacio real…—ironiza la morena.—Doctor Kokoro, créame que no me fastidia para nada. Aguantaré el tiempo que haga falta.

—Lo mismo va por parte de servidor.

—Y yo no voy a ser la oveja negra, claro.—corrobora el pelirrojo.

Incluso Kuro y Tasuke emiten sus sonidos característicos para demostrar que ellos también están de acuerdo y están ahí para apoyar.

—Vaya, ¡Fantástico! Bien, entonces ¿A qué esperamos? Empecemos cuanto antes.