Simultáneamente, en la celda especial, Yukiko se encuentra sentada en el suelo, muy quietecita, pensando en lo que se le venga a la mente: su próxima operación, el día que llegó a la celda, todo lo que le ha sucedido desde entonces… Cosas tan misceláneas como los colores. Los colores que ella no puede ver.

Todo se sume en un denso silencio a su alrededor, débilmente alterado por el sonido de su propia respiración o el roce de su vestido con el suelo. Aprovecha dicho silencio para meditar un poco por sí misma, porque aunque no cree en las religiones, nada le impide relajarse en un momento tan idóneo.

Con los brazos cruzados y los ojos cerrados, su concentración es tal que incluso su debilitado sentido del oído podría percibir mejor las cosas. Por eso, reacciona rápidamente cuando oye chirriar un poco la puerta de la celda, que ha quedado abierta ya que sus integrantes presos no están dentro y ella no es tal cosa. A continuación, un leve repiqueteo en el suelo. Reconoce ese sonido.

—¿H-hay alguien ahí?—pregunta, desconfiada, reconociendo el sonido de pasos.—¡¿Q-quién está ahí?! ¡C-contesta!

La morena empieza a ponerse nerviosa. Siempre que oye pasos y nadie le contesta ha tenido una mala experiencia. No hay motivo para que esta nueva vez haya de ser una excepción.

Por muy alerta que se ponga, literalmente no puede ver la que le viene. Una potente bofetada le atraviesa la cara, antes de un fuerte empujón que le golpea la cabeza contra la pared. Esto hace que la nariz e incluso la boca empiecen a sangrar violentamente, mientras la muchacha intenta por todos los medios gritar para pedir ayuda, aunque aparentemente es en vano, puesto que su agresor se esfuerza para que no pueda hacerlo. Con toda la fuerza de la que dispone, intenta librarse de su opresor. Con una instintiva patada, logra desquitarse un instante, tratando de sujetarse a la pared para ponerse de pie y quizás salir corriendo, por puro instinto de supervivencia. Eso, sin embargo, no ha sido muy acertado. El atacante aprovecha la situación para asestarle un poderoso golpe en el cuello, muy cerca de la nuca, cosa que la deja prácticamente inconsciente y gravemente herida.

A continuación, cuando ya está completamente indefensa y nada puede hacer, puede notar levemente como es arrastrada por el suelo cogida de los brazos, hasta que después de tomar unas pocas curvas, para. Poco después, sigue siendo arrastrada para parar al instante y quedar tendida en el suelo medio muerta.

—¿Hay algo que apesadumbre al acólito, por un casual?—le pregunta el anciano, interesado.

—Nada… Espero. Es que me ha dado algo mala espina, sabe. Y no quiero llevar la razón esta vez, créame.

Al mismo tiempo, Souta y el señor Houinbou están en camino de la celda especial, que alcanzan en poco tiempo.

—Ya estamos aquí, Yukiko.

No hay respuesta. Cuando entran por completo, lo primero que, obviamente, Souta nota es que Yukiko no está por ninguna parte.

—¿Yukiko?—la llama, asustado por sus malos presentimientos.

—¿Ocurre algo con la joven Yukiko…?—pregunta Ryouken, preocupado de repente.

—No está… ¡Maldita sea, no está! ¡Mira que le he dicho que se esté quieta y que no se mueva! ¿A dónde rayos puede haber ido sola?

—…Servidor no cree que sea eso. Eso es simplemente imposible. La joven Yukiko no puede ir a ningún lugar sola. Después, no tiene ninguna necesidad de hacerlo, y más cuando prometió al acólito que nunca lo haría. Tampoco están los animales, que la podrían haber ayudado a moverse. Por consiguiente, servidor está convencido de que la joven Yukiko no ha abandonado la celda sola.—confirma el asesino ciego, con pesadumbre.

—¡¿P-pero por qué, cuando, quién…?!—al decir "quién", Souta es preso de muy mala espina.—¡H-hay que encontrarla pero ya!

El pelirrojo medita nervioso sobre posibles lugares donde comenzar a realizar su búsqueda. En su mente, está escrito el nombre de cierto individual que siempre logra traer desdicha a la vida de Souta, que no puede borrarse. Sale de la celda, y sin esperar el permiso de nadie, recorre los pasillos cercanos, hasta que llega a una bifurcación y se topa con una gran roca vallada enfrente y más celdas corrientes a su izquierda.

—¿Dónde podría estar esa chica…?

Interrumpiendo sus cavilaciones, el ruido leve de una campanita se puede escuchar desde algún lugar cercano, para sorpresa de Souta, quien empieza a seguir ese ruido para intentar adivinar de donde proviene.

—Es la campanita de la muerte, servidor está seguro de eso. La campanita de la joven Yukiko.—afirma Ryouken, convencido y aguzando el oído.

—¡Yukiko!—grita Souta, para intentar llamar su atención.

De una de las salas próximas se oye un ruido de algo metálico cayendo al suelo, el abrirse una puerta y alguien echándose a correr nada más ha escuchado el grito. Souta no lo duda y acelera su paso hasta llegar al lugar de donde procede todo eso.

Siguiendo el rastro, acaba en el pasillo donde hay dos salas de trabajo, una de ellas con la puerta entreabierta, la primera. Primeramente, echa un vistazo al fondo del pasillo que tiene enfrente, pero quien quiera que sea que ha echado a correr, ya se ha perdido sin rastro. La campanita se ha callado, pero Souta está seguro: todos esos ruidos provenían de la sala de trabajo número uno.

—¿Yukiko?—la llama de nuevo.

Al abrir la puerta, no necesita más pistas. En el centro de la sala, yace Yukiko de bruces en el suelo, con expresión de dolor, sangre por la cara y el cuello y heridas por todas partes. Nada más verla, a Souta le viene otra imagen a la cabeza: Manosuke. Su cuerpo fue encontrado en esa misma sala, más o menos en la misma posición en la que ahora está Yukiko. Cuando le encontraron, Manosuke ya estaba muerto. Y ver a Yukiko igual le hace pensar que quizás ella…

—¡Yukiko!—la llama, a gritos, corriendo hacia ella.

La morena no está del todo desmayada, pero está a un paso de estarlo. Susurrando, en una voz extremadamente baja, prueba a decir el nombre de Souta, pero su lamentable estado se lo impide. Con sus últimas fuerzas ha tañido la campanita que llevaba en el cinturón para llamar la atención de alguien. Si no lo hubiese hecho, Souta la hubiese encontrado demasiado tarde. El pelirrojo se acerca a ella, la mar de nervioso y alterado. Apenas respira, y está perdiendo demasiada sangre. Empieza a entrecerrar los ojos, y Souta se teme lo peor.

La muerte de Manosuke pudo haberse evitado, pero intentar evadirla resultó ser en vano. Con un poco de tiempo, quizás se habría podido evitar. Ahora, quizás es Yukiko la que está en una posición parecida a Manosuke. Y Souta ya cometió ese error una vez: no lo hará una segunda vez. Tanto tiempo aprendiendo a confiar en Yukiko para que ahora corra la misma suerte que el guardaespaldas no puede ser.

Por eso, el pelirrojo no lo duda. Inmediatamente la toma en brazos, y echando a correr hacia la celda especial para poder curarla de algún modo, empieza a gritar que llamen al doctor Kokoro ya mismo. Ryouken no ha visto nada, pero los chillidos de su acólito ya le alertan.

—¡Por favor, que alguien avise al doctor Kokoro! ¡Yukiko está en peligro! ¡Yukiko, despierta, despierta!—vocifera a más no poder.

Es entonces cuando el asesino ciego puede notarlo. Yukiko puede estar al borde de la muerte en ese momento… Y Souta, alguien que suele mantener la calma en situaciones tensas, está gritando como un poseso. Solo hay una explicación para eso: le aterra el pensar que puede perder a Yukiko.

—G-gracias… G-gracias por todo… Por todo lo que ha hecho por mí… Señor Houinbou… Le doy las gracias… A-aunque esto solo fuese cuestión de tiempo…

—¡N-no! ¡N-no digas eso, te vas a poner bien!—le dice Souta, intranquilo, mientras se tapa los oídos con las manos.

—S-souta… Muchas gracias a ti también…—le susurra, con una media sonrisa cansada.

La enferma extiende la mano que tiene libre, para poder localizar al pelirrojo, que enseguida separa las manos de sus orejas y le coge la mano a la morena, con delicadeza. La nota temblorosa, débil y muy fría. Y a él nunca le ha gustado el frío.

—Esta chica está destemplada… Le iría bien otra manta.—opina el doctor, comprobando su temperatura de forma rudimentaria.

—¡Y-yo la traigo!—exclama Souta, quien trae una nueva manta apresurado.

—Se...Señor Houinbou… ¿Podría…? ¿Podría prestarme su rosario…?—pide, con un hálito de voz.

El asesino ciego accede a su petición, y Souta le pone la cuerda con abalorios en las manos temblorosas, que lo reciben estrechándolo con fuerza y haciéndolo tambalear.

—¿Qué…? ¿Qué haces, Yukiko? Si tú no eres creyente...—le pregunta el domador, con una expresión tristona.

—N-no, es que… ...Nunca lo creí, pero… E-estoy asustada… T-tengo miedo, Souta… Morir me da miedo...—tartamudea, tosiendo con fuerza mientras estruja con fuerza el rosario de Ryouken.

—¿Eh?—se altera todavía más el pelirrojo.

—S-siempre pensé que… Que estaba preparada desde el principio… Para morirme… P-pero ahora… Ahora me da miedo… E-estoy muy asustada… N-no quiero… N-no quiero…

—¡N-no te va a pasar nada, no hay razón para estar asustada! ¡Yukiko, no te vas a morir! ¡N-no te morirás, no, no lo harás, no lo harás, no lo harás!—se repite Souta a sí mismo, sacudiendo la cabeza.

—Gracias, Souta… Gracias...—le susurra, mientras jadea agotada.

Ahora, Yukiko vuelve a entrecerrar los ojos, que se caen por su propio peso, así como deja de hacer fuerza para aguantar levantado el brazo.

—¡Yukiko! ¡No!

Es entonces cuando, por muy débil que esté, Yukiko nota caer una gota húmeda en su mano. Y luego otra, y otra.

—Y-Yukiko… Yukiko...—la llama Souta, con la voz quebrada.

Lo entiende de inmediato. Sus afectados tacto y oído no pueden confundirla lo más mínimo, ni siquiera moribunda como está ahora. Por muy raro que le parezca, Souta se ha puesto a llorar. Intenta aguantarse, reprimir las lágrimas para sí mismo, como siempre ha hecho. Pero no termina de lograrlo. Quiere dar a entender que pasa lo contrario, pero Yukiko ya ha notado cómo sus lágrimas le han caído sobre la mano. Ella misma lloraría si pudiese, por su ceguera y por su falta de fuerzas. Pero se lo agradece con toda su alma. Quizás, piensa para sí misma, el motivo por el que está tan asustada de marcharse es porque ahora tiene a Souta. Y quizás el motivo por el que Souta esté llorando cuando nunca lo hace es porque ahora tiene a Yukiko. Ambos tienen al otro, y ambos tienen la sensación de que lo van a perder.

—Souta...—lo llama nuevamente.

Acto seguido, su delicada situación y los sentimientos extremos del momento la dejan agotada, y le provocan que cierre paulatinamente los ojos y caiga rendida sobre el futón, silenciosa y quieta. Tiene toda la pinta de estar…

—Yukiko… ¡Yukiko, no! ¡Yukiko! ¡No, no, no, maldita sea, no! ¡Maldita sea, Yukiko…!—se desespera Souta, llegando a esa misma conclusión.

—S-souta, tranquilo...—tartamudea el doctor Kokoro, agitado ante la tensión tan fuerte.

—¡¿Pero cómo voy a estar tranquilo?! ¡Yukiko acaba de…!

—Souta… Está dormida.

—¿...Qué, c-cómo?—pregunta entrecortadamente, ojiplático.

El doctor Kokoro toma suavemente su mano y la dirige hasta rozar la nariz de la morena. Souta puede comprobar, tremendamente aliviado, que hay un aire que periódicamente abandona las fosas, señal de que está respirando.

—Me...Menos mal… ¡Maldita sea, joder, menos mal!—chilla, dando un puñetazo al suelo, temblando del susto mientras intenta tranquilizarse.

—Gracias al cielo...—suspira Ryouken, cerrando los ojos, visiblemente más tranquilo.—Lo mejor será que dejen descansar la joven Yukiko. Debe de estar en su extremo vital. Normal que estuviese tan asustada.

—Sí, exactamente… No puede esperar ni un día más. Mañana, ni un día más tarde. Mañana, cuando salga el sol y se despierte, a operarla inmediatamente de urgencia. De otro modo, no aguantará hasta el final del día. ...He logrado reunir todo lo que necesito. Pensaba esperar a la semana que viene, para comprobarlo todo, pero la situación ha dado un giro brusco.

—Definitivamente es lo mejor. La joven Yukiko ha de ser tratada con la menor demora posible. Su vida está en juego.

—¡Doctor Kokoro! ¡Por favor, salve a Yukiko! ¡Usted es el único que puede lograrlo! ¡Operémosla ahora mismo si hace falta, no aguantará mucho tiempo!—se altera el pelirrojo, con la mirada muy abierta y espantada.

—No podemos operarla mientras está dormida, no puede despertarse mientras estamos operando. Y es muy peligroso administrarle la anestesia cuando está dormida.

—¡Pero Yukiko…!

—La joven Yukiko pasará la noche estabilizada, y tan pronto como se despierte, será operada. Que el acólito no tema, servidor piensa quedarse toda la noche despierto a su lado, para que al más mínimo síntoma el doctor Kokoro pueda intervenir.

—¡Y-yo también pienso hacer eso! ¡M-me quedaré despierto hasta que ella se despierte, todo el tiempo que haga falta! ¡No le va a pasar nada!—grita Souta, mientras respira hondo para calmarse.

—Obviamente, yo también voy a trasnochar hoy. Estaré preparando todo lo necesario para comenzar lo antes posible. Por favor, vigílenla. A la más mínima anomalía en su estado, avisadme, vendré enseguida.

Tras lo cual, el moreno de las gafas se marcha apresuradamente, mientras la figura paterna y su acólito se quedan al lado de la morena dormida, sin apartar su atención de ella.

Souta logra tranquilizarse un poco, respirando hondo. Ahora sabe que Yukiko solo está dormida, y que al día siguiente será intervenida de urgencia por un profesional cualificado, así que sus temores pueden aligerar. Cuando la visión de su moribunda compañera puede apartarse de su mente, solo hay algo que se le ocurre para suplir el foco de su atención. La pregunta clave: "¿Quién la ha atacado?"

—...Tengo que comprobarlo.

Diciéndole a su figura paterna que no tardará en volver, hace el mismo camino que ha hecho para encontrar a Yukiko, hasta llegar a la puerta de la sala de trabajo uno, donde ha estado Yukiko y lo estuvo Manosuke.

Entra, y revisa el lugar. Hay algunos restos de sangre en el suelo, cosa normal ya que Yukiko sangraba por diversos lugares a causa de sus heridas. Al lado de dichas manchas, hay una caja de cartón volcada donde había enseres metálicos para diferentes usos, tales como ralladores, tijeras, punzones, alicates y algún que otro cuchillo.

—Así que ese era el plan… Traerla aquí para acabar de matarla, probablemente con un cuchillo… Por lo que todo este tiempo, el plan inicial era matar a Yukiko. —se dice a sí mismo, serio.

En el interior de la sala no ve nada más especialmente interesante. Lo único que quiere revisar antes de irse es la propia entrada. La llave estaba echada, por lo que el culpable tuvo que forzar la puerta, pero el detector de los brazaletes no parece haberse activado ni una vez.

—La puerta está forzada, por lo que un guardia no pudo haber sido… Pero un preso tampoco, porque no hay alarmas del detector de los brazaletes… Solo hay una posibilidad. El preso cuyo brazalete está roto. No hay otra posibilidad. Incluso aunque hubiese habido un guardia que desactivase el brazalete, de la misma forma podría haber abierto la puerta sin necesidad de forzarla. Por lo tanto, ese es el culpable: el preso del brazalete roto. Ahora, solo queda por conocer la identidad de dicho preso. Souta ya tiene sus propias sospechas. Las reconfirma cuando distingue parte de una huella de zapato en el pomo. En esta huella, hay restos de una masa pringosa beige.

—Fue él. Fue él todo este tiempo. ¡Fue ese grandísimo hijo de puta!—exclama Souta, furibundo, golpeando la pared.

Con rabia, al pelirrojo se le ensombrece la mirada.

—Todavía no sé por qué ha hecho algo así… Pero solo ha podido ser él. Hijo de puta… ¡Te juro que me vengaré por esto!—grita, enfadado a más no poder.

Poco más puede descubrir, ya que para él está todo claro. Por lo tanto, vuelve a la celda, para seguir vigilando a Yukiko durante la que será una noche muy larga. Coordina el vigilar a Yukiko con el pensar sobre ese dichoso por qué.

—¿Algo atormenta al acólito?

—Algo así, señor Houinbou… Pero no me gustaría preocuparle a usted…

—¿Acaso el acólito ya ha descubierto quién fue el atacante de la joven Yukiko?—le pregunta, serio, y seguro de que la respuesta es afirmativa.

Souta se rinde; sabe que su figura paterna ya ha leído a través de él, y no es cuestión de tiempo que se lo acabe contando.

—...Eso creo, señor Houinbou. Qué rayos, ¡Estoy más que seguro de que sé quién fue!

Finalmente, le cuenta a su maestro todo lo que ha descubierto y deducido. Su sospechoso más claro es Yutaka Kazami, su padre biológico, puesto que ha dejado el rastro de sus dulces de repostero por todas partes. Como tiene el brazalete estropeado, pudo salir de la cocina para empujar a Yukiko, le dio ese dulce cuando supo que estaba sola y sabiendo lo mal que le sentaría, y aprovechó cuando volvió a quedarse sola para intentar matarla de una vez por todas. Lo único desconocido es el porqué de todo aquello.

—Hm… ...Entiende. Tiene mucho sentido, sí.—aprueba el asesino ciego. —Así que Yutaka Kazami… El verdadero padre del acólito.

—¡No!—protesta el pelirrojo, tapándose los oídos.—¡Nunca fue mi padre! ¡Mi único padre siempre ha sido usted, señor Houinbou!

Al escucharle, el semblante se le llena de orgullo y no puede evitar sonreír.

—Keh heh heh… Servidor se disculpa y le da las gracias al mismo tiempo…

—Bu-bueno… Usted me entiende. Usted es el único que se ha preocupado por mí siempre, el único que me ha ayudado cuando lo he necesitado… Así que…

—Keh heh heh… Entiende. Aunque… Servidor sigue con la misma duda que su acólito. ¿Por qué? Ese hombre no es la clase de persona que ataque porque le apetezca. Debe de haber un motivo detrás.

—Sí, eso lo sé. Además, ¿Quién si no es tan cobarde de usar que Yukiko no puede ver a su favor? Ese ser, por supuesto. Pienso desenmascararle, y no pienso dejar que se vaya de rositas con este asunto.—asegura Souta, con una seriedad mortal. Harto de todo el asunto, Souta no puede evitar suspirar profundamente, aunque lo ha dicho muy en serio.

—...Servidor nota cansado a su acólito. Podría dormir un rato para despejarse.

—No.—niega rotundamente.—Pienso estar toda la noche pendiente de Yukiko, por si acaso. Se lo agradezco, pero no voy a cambiar de idea.

—Keh heh heh… Como quiera. Servidor es de la misma opinión.

—Yo, por mi parte, sí que creo que usted debería reposar, señor Houinbou… Pero por otra parte, entiendo que Yukiko es muy importante para usted.

—Precisamente. Por eso, a servidor le da igual lo cansado que pueda llegar a estar.

Todo se sume en oscuridad y en un profundo silencio. Kuro y Tasuke ya han vuelto, pero tan pronto como se han percatado de la situación, también parecen estar tristes por lo ocurrido, mostrándose cabizbajos. Yukiko no parece presentar ningún problema mientras duerme, pero Souta prefiere no arriesgarse. Ryouken, por su parte, tampoco está dispuesto a dormirse a pesar de estar cansado.

De vez en cuando, y como no puede ver, le pregunta a su acólito pelirrojo si ha sucedido algo fuera de lo normal en la morena dormida, siendo siempre la respuesta negativa, por fortuna.

Souta, por su parte, también se muestra algo cansado ante todas las emociones desbordantes que ha experimentado hoy, pero no por ello se rinde. No aparta la vista de la durmiente Yukiko, controlando hasta el más mínimo movimiento o espasmo que presenta. Esa mala espina que tanto tiempo lleva acechándole sigue presente, más hiriente que nunca, pero ya ha desistido de pensar en ello. Sabe quién ha sido, y en nombre de Yukiko le hará pagar.

—Me vengaré del que le ha hecho esto a Yukiko...—declara, solemne.—...Porque confío en ella. Y confío en que se va a poner bien. Apresuradamente, Souta tumba a la morena en su futón, seguido de Ryouken, que no se separa de él ni un instante.

—¡Maldita sea! ¡Yukiko! ¡Hay que pararle las heridas!

El pelirrojo, con cualquier tela que encuentra, trata de hacer un improvisado torniquete a las heridas sangrantes de Yukiko, pero la enfermedad no se deja vencer tan fácilmente, y no lo pone todo tan fácil.

—¡No funciona! ¡No funciona!—se desespera Souta, perdiendo la calma.—¡¿Qué hago, señor Houinbou, qué hago?! ¡Yukiko!

El asesino ciego intenta calmarle como logra, sin demasiado resultado. El doctor Kokoro no tarda en llegar, alarmado y corriendo por los pasillos como un loco. Aplica algunas curas algo más efectivas, pero nada parece servir en un momento así.

—Por el amor de Odín, ¿Qué es lo que le ha pasado? ¡Esta paliza la ha dejado fatal! Y siento ser tan directo, ¡Pero ahora mismo Yukiko está a las puertas de la muerte!

Souta no deja de mirarla angustiado ni un segundo. Hacía ya bastante que no se sentía tan espantado. El sudor empieza a bajar por su frente, sus ojos castaños están abiertos de par en par, y está al borde de un ataque de nervios, nada parece calmarle.

—S-souta...—le llama la enferma, con un débil hilo de voz, poco a poco volviendo a la consciencia.

—¡Yukiko!—responde a gritos.—¡Sigues viva! ¡Tranquila, estamos todos aquí!—intenta animarla. Todo acciones muy impropias de él.

—Doctor Kokoro...—le avisa ella, tosiendo con fuerza.

—No, no hagas eso, se te puede reabrir alguna herida. Respira, lentamente… Tranquila…

—S-señor H-houinbou...—continúa llamando.

—Servidor está aquí, no se piensa ir. Que esté tranquila la joven Yukiko, logrará recuperarse.—trata de tranquilizarla, tomándole la mano.