Y después de una noche aparentemente más larga de lo que en realidad ha sido, los primeros rayos de sol, rosados y anaranjados, se filtran por la ventana enrejada, destruyendo la oscuridad nocturna. Contemplando el espectáculo con la mano a modo de visera, Souta se pone a pensar en que un amanecer es precisamente lo que Yukiko necesita ahora: arrojar luz sobre la oscuridad, tanto literal como metafóricamente.

Ni él ni su figura paterna han pegado ojo en toda la noche, aunque la morena en ningún momento ha mostrado indicios preocupantes. Están los dos cansados, Ryouken sobre todo, pero deciden llegar a la conclusión que un poco de sueño no les va a matar.

Cuando el sol se alza un poco más, la morena ciega mueve sus párpados inconscientemente, en señal de que se está despertando. Souta se fija enseguida, por eso no se pierde el momento en el que abre sus invidentes ojos, indicando que ya está consciente y despierta.

—Yukiko...—la llama el pelirrojo, serio e intentando controlar los nervios que le produce el acordarse de lo sucedido el día anterior.

La muchacha tarda unos instantes en reaccionar, pero cuando oye llamarla una voz familiar, intenta incorporarse en el futón.

—Souta…

Tan pronto como intenta levantarse, una expresión de dolor la invade, sujetándose la barriga. Ha dormido, pero sigue tan dañada internamente como acabó resultando de la paliza que recibió.

—No, no, no, no te muevas. Túmbate, no te esfuerces.—le aconseja Souta de inmediato, ayudándola a estirarse nuevamente.

—M-me duele mucho… N-no puedo moverme…—asegura la morena, con un hilillo de voz muy suave.

—Lo sé, lo sé… La somanta de golpes que te diste -que te dieron- ayer te ha dejado destrozada. El doctor Kokoro te operará hoy mismo. De momento, descansa.

—¿C-cómo?

—Que el doctor Kokoro te operará hoy. Lo sé, no estaba previsto para tan pronto, pero como no lo haga, no podrás llegar a esta noche siquiera.

—¿Q-qué has dicho…?

El pelirrojo se da cuenta de que el problema no es de compresión del mensaje; Yukiko no puede escucharle con claridad. El oído, probablemente el sentido que mejor conservaba, está empezando a fallarle. La enfermedad sigue atacando, y más que nunca.

—¿Qué le ocurre a la joven Yukiko?

—No escucha, señor Houinbou. El sentido de su oído se ha visto afectado… …Y es de los pocos que no había perdido totalmente. Mi mano está helada, y tampoco ha dicho nada. ...Ya ni puede sentir el frío.—explica el domador, empezando a asustarse de nuevo.

El miedo que ha empezado a experimentar se merma cuando ve que el doctor Kokoro es muy puntual y enseguida está en la celda.

—Era complicado, pero… Con todo lo que necesitaba, he estado improvisando una especie de quirófano en una sala aislada y colindante a la enfermería. Todo está listo. Llegó la hora: es ahora o nunca.—anuncia el moreno, visiblemente preocupado.

—No podemos perder más tiempo: andando.—Souta se levanta, decidido y muy serio.

Ryouken hace gesto también de intentar incorporarse, pero tanto su acólito como el doctor se lo impiden.

—Usted quédese aquí, maestro Houinbou. Ha pasado la noche en vela, y está cansado. Debe dormir.—le aconseja el médico de gafas,preocupado.

—Coincido con el doctor, señor Houinbou. Sé que está preocupado también, pero no tema. Iré yo en su lugar, y le informaré de todo, de verdad.—corrobora Souta, angustiado también por su figura paterna.

Tras mucho insistir, los dos hombres acaban convenciendo al anciano para que repose después de una noche en vela muy tensa.

—Vamos, Souta. El tiempo apremia. ¿Quieres que le traiga una camilla a Yukiko?

—No, no hace falta, yo la llevo. Puedo de sobras.

Souta se dispone a tomar a la morena en brazos para conducirla hasta la sala de operaciones donde se va a jugar la vida a todo o nada, pero antes una sosegada voz interrumpe.

—¿Podría el acólito aguardar un momento? Servidor tiene algo para ambos.

A tientas aunque asombrosamente preciso, Ryouken le quita a la morena la "campanita de la muerte" que tiene en el cinturón, que el día de ayer dio honor a su nombre cuando sonó. En su lugar, le pone otra, mucho más brillante.

—Señor Houinbou… Esta campana… ¿Es una de las dos suyas genuinas?—le pregunta Souta, algo sorprendido.

—Keh heh heh… Precisamente. Y la otra… Es para el acólito Souta.—pronuncia el asesino ciego, mientras le ofrece otra campana idéntica al pelirrojo.

El susodicho la acepta, estupefacto.

—Con estas campanas, ambos pueden estar en contacto sin necesidad de hablar. Basta con hacerlas sonar para que el otro sepa que su compañero está cerca. Es una especie de mensaje de esperanza, la manera material que servidor tiene para demostrar toda la dicha que les manda.—explica el anciano ciego, con una gran sonrisa de orgullo.

Ante algo así dicho por el que considera su verdadero padre, incluso Souta no puede evitar conmoverse. A pesar de su cansado oído, Yukiko también ha podido retener algo.

—Muchas gracias, señor Houinbou...—agradece, con la mano sobre la campana.—Le prometo que me pondré bien… S-se lo agradezco mucho...—insiste, con la voz quebrada y al borde de un llanto que nunca se mostrará.

—También de mi parte, señor Houinbou. Muchas gracias, la cuidaré bien.

—Servidor sabe que la cuidará bien. Y también sabe que cuidará bien de su campana.

Como de costumbre, las palabras del asesino ciego son todo un juego de palabras. Desde el principio, estaba pensando en Yukiko mucho más que en la campana. Y cuando ha dicho "campana", lo decía también por su "suzu", que simboliza la campana y que es como se refiere a Yukiko algunas veces. Sabe, por otra parte, que su acólito pelirrojo es lo suficientemente inteligente para percatarse, por lo que sonríe con una felicidad como nunca antes.

Despidiéndose de Ryouken, Souta coge a Yukiko en brazos con suma delicadeza, siguiendo al doctor Kokoro hasta la sala de operaciones, con el corazón encogido. Por el camino, ambos hacen sonar inconscientemente las campanas, con las que dicen 'gracias' al hombre que se las ha dado, quien decide dormir un rato, sin quitarse una sonrisa de su anciano rostro. Kuro y Tasuke están a su lado para vigilarle.

—Voy a acabar de prepararlo todo bien y a prepararme yo mismo. Mientras tanto, Souta, ¿Te importaría ponerle la bata?

Es obvio que Souta no piensa protestar al respecto. Mientras el doctor se acaba de preparar para la intervención, el pelirrojo cambia los ropajes japoneses de su compañera por una bata de hospital mucho más apagada. Lo único que le deja puesto de su indumentaria habitual es el collar de abalorios y el caballo de ajedrez, al cual añade también, redistribuyendo los abalorios, la campana de Ryouken.

Mientras tanto, Yukiko intenta llamarle, decirle algo, agradecerle tal vez, pero ya ni siquiera lo logra. La voz se le apaga antes de poder salir al exterior.

—Gracias, Souta. El resto es cosa mía. Voy a ponerle la anestesia ya, ¿Prefieres esperar fuera?

—No. Me quedo con ella.

El doctor Chusei Kokoro, ya vestido con indumentaria de cirujano y aparentemente nervioso, pese a que trata de evitarlo, lleva consigo una jeringuilla de anestesia general. Antes de que la morena quede inconsciente, sin embargo, el pelirrojo intenta decirle algo para esperanzarla un poco aunque sea.

—Buena suerte, Yukiko. Será complicado, pero seguro que todo irá bien. Yo estaré aquí.

Por su reacción, puede intuir que la muchacha ciega no ha podido escucharle. No por ello, no obstante, el domador va a darse por vencido. Hace unos escasos minutos, ambos han recibido algo con que darse un mensaje de esperanza e indicar al otro que están cerca de ellos. La campana. Cerca de Yukiko, Souta hace tañer la campana que Ryouken le ha dado. Insiste, hasta que la morena logra escucharlo.

—Souta...—susurra, casi inaudiblemente.

Ella lo sabe, sabe que no se la escucha. Pero tampoco va a rendirse ante algo así. Ella también tiene su propia campana en el cuello, que hace tañer para corresponder al mensaje de Souta. El repicar de las campanas dura unos instantes, hasta que el doctor Kokoro toma uno de los brazos de Yukiko y con gentileza le inyecta la anestesia. El efecto se extiende, se está quedando dormida. Antes de caer rendida a los efectos somníferos del fármaco, mueve la mano del brazo contrario, en señal de despedida. Souta recibe perfectamente el mensaje, cerrando pacíficamente los ojos.

La chica no tarda en cerrar sus ojos y quedar inconsciente. La anestesia da su resultado. La operación puede comenzar.

El doctor Kokoro se muestra tremendamente nervioso, pero debe evitarlo y mantener la sangre fría. Souta se queda ahí de pie un rato, el hecho de que el médico le haya avisado que la operación durará muchas horas no le detiene. Lo que sí empieza a incomodarle es el tener que ver imágenes "fuertes" con sangre por todas partes.

—Souta, no te preocupes. No es necesario que te quedes aquí todo el tiempo sin perderte ni un detalle. Estas cosas no son agradables de ver, así que eres libre de salir cuando quieras. No por ello Yukiko dejará de estarte agradecida, estoy seguro.

Después de meditarlo, Souta opta por salir de ahí en cuanto algo puede incomodarle. La primera parte de la intervención quirúrgica, según ha calculado el doctor Kokoro, puede tardar un buen rato. Rato que está dispuesto a aprovechar para saldar otros asuntos pendientes.

—Ahora tengo tiempo. Sé quién es el responsable de que Yukiko esté debatiéndose entre la vida y la muerte ahora mismo. ...Vamos a ver qué tiene que decir esa sabandija tan hijo de puta al respecto.—espeta para sí mismo, con rabia.

El pelirrojo se aleja por el pasillo, y al primer guardia que encuentra, le comunica que quiere verse con el reo Yutaka Kazami, quien a su parecer, tiene bastante que explicar.

Sorprendentemente, no tardan demasiado en atender a su petición, llevándole a una sala donde un gordo cristal le separa de otra exactamente igual. Souta toma asiento en la silla y enciende el micrófono que le comunica con el otro lado, algo nervioso, pues tiene la sensación de que el tema de la conversación se desviará hasta llegar a tocar otras materias mucho más incómodas y con muy malos recuerdos, recuerdos que por mucho que no quiera admitir, le siguen afectando. Respira hondo.

En unos instantes, la otra puerta se abre. Puede comprobar como el guardia desactiva la alarma del brazalete para que el preso pueda pasar, cosa que a Souta le provoca risa y rabia al mismo tiempo.

Yutaka Kazami, un hombre al que conoce demasiado bien y más de lo que le gustaría, ocupa el asiento frente a él, tranquilamente, al igual que con un gesto indiferente, lo que siente por todo en la vida que no lleve su nombre, enciende el micrófono que hay en su lado. Con esto, se podría decir que la charla puede comenzar.

Al principio, ninguno dice nada, solamente miran hacia delante, el uno al otro, Kazami con una total pasividad y Souta muy serio, en los ojos furiosos todo lo que quiere reprocharle mezclado con un odio muy profundo.

—No tengo todo el día, muchacho. Tengo cosas que hacer, así que dime qué quieres de mí.—demanda, cerrando los ojos para sí mismo.

—¿...Cosas que hacer? Je. No parece que tengas mucho que hacer, sabes. Pensaba que estabas demasiado ocupado aprovechando tu sucia libertad para hacer cosas más sucias aún.—sentencia el pelirrojo, primero con una sonrisa irónica y luego totalmente serio.

—¿Libertad? Jovencito, cuando estás en la cárcel no tienes de eso. Y lo único sucio aquí es mi delantal de cocina, a la que debería volver cuanto antes…

—...Siempre igual. Siempre con la cocina del demonio. Pues esta vez no te gustará tanto, ya que la cocina te la ha jugado en contra.—le espeta Souta, cruzándose de brazos. —Quizás tú tengas tiempo para jugar, pero en mi caso no es así. Como ya te he dicho, tengo tareas que hacer, aparentemente no como otros...—responde Kazami, mirándole de reojo con su única orbe sana.

—...Oh, sí. Aquí el niñito tiene mucho tiempo para jugar, feliz de la vida. Además, estoy genial porque no juego solito.—comienza el pelirrojo, al principio inocentón, aunque luego cambia a una seriedad con indirecta.—En mi celda, tengo una amiguita con la que juego. Se llama Yukiko, ¿La conoces?—pregunta, ya conociendo la respuesta.

—No conozco a nadie con ese nombre, chaval. Alguien como yo no se dedica a conocer a todas las jovencitas que le rodean.

—...Ah, vale. Entonces, ¿Cómo sabes que es una "jovencita"? Yo nunca te he dicho eso.—ataca el domador, serio.

Le reconforta ver que el repostero se da un poco por aludido, pero enseguida se recompone.

—Es increíble… Incluso una mente cansada como la mía puede acertar a la primera. Es curioso esto.—divaga Kazami, inexpresivamente.

—Ay, perdona, ya no me acordaba que acordarse de nada más que de uno mismo cansa mucho.—ironiza Souta, reprimiendo su furia.

—Muchacho, no deberías hablar a los mayores tan fríamente.

—...Encima viene a darme lecciones...—se dice a sí mismo, rabioso, y mirando hacia abajo.

Kazami puede imaginar, con esa mente supuestamente tan cansada, por dónde puede girar la conversación, y antes de que ocurra, hace gesto de marcharse ya.

—¡Eh, tú! Todavía no he terminado. No eres tan viejo como para echarte a correr cuando te conviene.

Ante la intervención, al repostero no le queda otra que volver a incorporarse, de mala gana.

—Escucha, viejo. No sé cómo, pero veo tu asqueroso pringue dulce por toda esta maldita cárcel. Y no sé por qué, lo veo aparecer justo cuando algo malo pasa. Y bueno, pensando que no haces más que joder al personal, pues me sorprende, claro. Sobre todo cuando la que esta vez se ha metido cerca de tus pringues es alguien que me importa. Lo digo porque sé de sobras que estás pringado hasta el fondo.

—Estos jovencitos y su imaginación tan activa… No tengo ni idea de que me hablas, muchacho. Como comprenderás, mis dulces no salen de la cocina, y mucho menos para manchar suelos o paredes, menudo desperdicio.

—¿No salen de la cocina? Oh, es curioso esto. Ahora resulta que eres un repostero mago. ¿Me podrías explicar, entonces, el truco que usaste para que una de esas porquerías tuyas acabase en el estómago diabético de mi amiga? ¡No sabía que el único que sabía de circo aquí era yo!—replica Souta, con unos ojos furibundos.

—Mis dulces son famosos, y como tales, es normal que la gente quiera compartirlos con el resto. Deberías decirle a la Yukiko esa que no acepte todo lo que le den los guardias. ...Porque por amiga, entiendo que es esa de la que me hablabas antes.—añade deprisa, antes de que Souta insinúe que sabe demasiado.

—Míralo ahora, el padre protector… Eres un hipócrita. ¿Ahora te dedicas a educar a todo el mundo cuando nunca lo has hecho?

Ante esta acusación, Kazami se ve mucho más afectado que hacía unos instantes, cosa que a Souta le extraña, pero no va a provocar que pare.

—Por otra parte, desperdicio o no, tus dulces acaban por arte de magia por el suelo, por la pared o pegados a las puertas. Diría que así hacen más servicio que en forma de dulce si no fuese porque cada vez que ha aparecido a Yukiko le ha pasado algo. Cuando se tropezó junto a la enfermería, cerca había una huella de ese pringue beis. Y cuando apareció medio muerta en la sala de trabajo, había una huella en la puerta hecha con el mismo mejunje. ...Demasiada casualidad, creo yo.

—...Puedes creer lo que quieras, pero creo haberte explicado ya que no soy el único que maneja mis dulces. ¿Qué culpa tengo yo si esa chica es torpe y no para de darse golpes con todo lo que se le cruza?

—Pues la misma que voy a tener yo si por accidente un perro negro te muerde el trasero mientras un mono pequeño te hace partirte los dientes.—le amenaza, medio indirectamente.

—¿Acaso me estás amenazando, jovencito?—contesta, algo furioso al principio.—Bah, es igual.

—Hay tantas cosas que te son igual que no sé por donde empezar.

—Supongamos, si quieres suponerlo, por un momento que el que esa niña se resbalase, le sentase mal ese dulce o apareciese con un pie en el otro barrio fue todo cosa mía. ¿Tendrías alguna forma de demostrar que fui yo?

—¿En serio vas a montar la clásica escena del 'No tienes pruebas'? Eres un jodido cobarde.

—Puedo ser todo lo que tú quieras, pero si no puedes probar que hice nada de eso, no deberías hilar tan fino, chaval. Si todo eso no fuese un accidente, podría haber sido cualquiera.

—Tengo una pista para saber quién fue. El tipo en cuestión tiene su brazalete roto, ya que puede andar libremente sin que nadie le llame la atención. Solo hay un preso que tiene el brazalete hecho trizas. No debería ser difícil de demostrar, ¿Te importaría que lo comprobase?—le desafía Souta, picaresco.

—Escucha, chico. Yo no necesito demostrarte nada. Así que no puedes obligarme a que te enseñe nada. Y por mucho que vayas a decírselo al guardia, si no tienes nada contra mí, no hay motivo para comprobar nada. Así que, tú verás lo que haces. Souta golpea su mesa, con rabia. Sabe de sobras que las manchas de dulce no serán suficiente para probar que Kazami tuvo algo que ver con lo de Yukiko, y que aunque él mismo esté muy seguro de que fue él, sin pruebas no le servirá de nada. De nuevo, un ejemplo de la eficaz justicia de la que fue víctima. Pero nadie debe subestimar a Souta Sarushiro. Si algo se gira en su contra, improvisará y con su astucia se las ingeniará para conseguir sus propósitos.

—¡...Mierda! ¡Mierda!—blasfema, sobreactuando sin que nadie sepa que hace tal cosa.

Se ríe para sus adentros cuando Kazami parece estar muy aliviado.

—¡Y de mientras, Yukiko muriéndose!

El pelirrojo no menciona en ningún momento que Yukiko tiene una posibilidad de salvarse, solo refuerza el pensamiento de que se va a morir para que Kazami esté cada vez más seguro de que la muerte de la morena es cuestión de minutos. Sabe jugar con los sentimientos y pensamientos de la gente como el mejor.

—¡Anda, aprovecha y corre! Es lo que siempre has hecho. ¡Lárgate con tus asquerosos dulces, como siempre haces!—le recrimina, furioso.

—¿He de recordarte que esos pringues, asquerosos dulces como les llamas ahora, son lo que más comías de pequeño?

—...De pequeño, también me creía que eras un buen padre. Incluso yo cometo errores, sabes.

—Hm… Oye, hijo…

—¡Basta!—chilla de repente.—¡Ni se te ocurra llamarme así, ni se te ocurra, ni se te ocurra! ¡Como me llames así te juro que…! —se altera Souta, golpeando la mesa y tapándose los oídos.

—N-no me das miedo.—asegura Kazami, con una pose algo espantada que le desmiente.—Por lo que he escuchado, estás en esta prisión por una venganza la mar de bien planeada, que demuestra que eres muy inteligente. No te estoy halagando, más bien lo contrario. Si de verdad eres tan listo, ¿Te vas a poner a llorar porque te llame por lo que eres?

—Tú no mereces ni una sola de mis lágrimas. Casi nadie las merece, pero tú, el último. Y para ser tu hijo, primero tendrías que ser mi padre, cosa a lo que ni te acercas. Lo único que compartimos es una sangre que me muero por derramar cada vez que te veo ese careto de bastardo.

—No sé si sabes que todo esto queda grabado...—interviene Kazami, cínico.

—¡Que graben lo que les dé la jodida gana! ¿Qué pasa? ¿Tanto te preocupa que tu reputación quede al descubierto y por lo tanto destruida? ¿Tanto te interesa? Pues sí. Nunca te ha importado nada más. Y eso yo lo sé mejor que nadie.

—…

—Eso, eso. Medita lo que te dé la puta gana, y mientras tanto, la gente muriéndose y a ti ni siquiera te importa. "¿Que mi hijo ha estado al borde de la muerte? Se me queman los bollos, no me incordies con tonterías. Han venido a preguntar de la tele. Mi pobre hijito está muerto, ay mi pobre hijo. ¿Entonces es cierto lo de tu hijo? Yo no tengo hijos." ...Eres un maldito cabrón.

—…

—Lo que dije antes es cierto. No mereces ni una sola de mis lágrimas. Eres quien menos las merece. Por eso, maldigo el día que lloré porque no venías a buscarme. Maldigo el día que creí que haberme alejado de ti fue una crueldad. Y maldigo el día que creí que eras buen padre. Si solo lo hubiese sabido antes… No estaría hecho una mierda. Todo por tu jodida culpa.

Souta está al borde de un ataque de furia. Todos los recuerdos se arremolinan en su mente, causándole un dolor muy profundo que nunca sanará. Todo por culpa de alguien al que todo le da igual. Todo por culpa de alguien que nunca se sentiría tan destrozado como él mismo se siente. Todo por culpa de alguien a quien nunca importó.

—Primero, Manosuke termina muerto innecesariamente a causa de una venganza que acabé llevando a cabo por culpa de que nunca te importé. Si ya el mundo me parecía un completo asco antes, imagínate después de perder a una de las dos personas a las que realmente le importaba….

Kazami sigue escuchando, con algo de incomodidad aunque para nada arrepentido ni similar.

—...Luego aparece Yukiko, quien pone todo su empeño por ayudarme y crear una confianza mutua después de mucho tiempo y dificultades… Y vienes tú y también haces que se muera. Joder.—masculla Souta, con rabia.—Te podrías ir un poco a la mierda… Y dejar de joderme la vida, sabes.

De repente, Kazami cierra los ojos, dejándose ver serio, aunque no afectado. El pelirrojo vuelve a sentarse en la silla, golpeando furibundo la mesa, rabia supurándole por cada poro de su piel.

—¿...Has terminado ya? Este no es ni el momento ni el lugar para hablar de estas cosas. No tengo ganas de sacar ese tema.

Souta se podría esperar perfectamente algo así. Tampoco él se lo está pasando genial al recriminarle todo lo que hizo, además de estar reviviendo unas memorias muy dolorosas. Pero se prometió que se vengaría de Yutaka Kazami, y eso piensa hacer. Lleva preparando su plan desde hace un buen rato.

—¡N-no! ¡No te vayas! ¡No dejaré que te vayas sin que pagues por lo que le has hecho a Yukiko, vejestorio!—grita con energía, golpeando la mesa con fuerza.

—¿Lo que "yo" le he hecho? Eres pesadito, ¿Estás sordo? No puedes demostrar que yo haya hecho nada.¿O tienes alguna prueba que demuestre que fui yo?

—¡Y-yo…! ¡Y-yo…! ¡Grrr! ¡N-n-no!—se frustra el domador, lamentándose con rabia.

—Entonces adiós. No tengo nada más que hablar contigo, jovencito.

—¡Espera…! ¡Espera…!

No va a escuchar sus gritos. Sabe de sobras que Souta no puede probar que él hizo nada, por lo que no tiene ningún motivo para seguir escuchando las protestas del pelirrojo. No es el único. Souta también lo sabe, por supuesto que lo sabe. Aunque no por ello deja de gritar, y de simular que no va a darse por vencido. Todavía no le ha vencido, pero actuar como alguien que no quiere admitir ser derrotado hace creer a los demás que ha perdido. Maestría controlando a la gente.

Y cómo no, el domador de humanos vuelve a demostrar su valía. Sigue renegando para dar a entender lo que le conviene a Kazami, cosa que hace que el anciano siga ignorándole y abra la puerta para marcharse. Es cuando pone un pie fuera que Souta deja de gritar rabioso.

—Je… Je, je, je… Keh heh heh...—empieza a reír, con una expresión malvada.

Ni siquiera Kazami puede ignorar que su carácter ha cambiado radicalmente y se da la vuelta, para observarle riendo con malicia.

—Supongo que te ríes para no llorar, ¿Eh, joven?

—Ríete si te parece, viejo. Pero el que ríe el último ríe mejor. Ahí tienes mi prueba. Prueba que demuestra que solo pudiste ser tú.

—¿De qué me hablas…?—pregunta, con desdén.

—Has abierto la puerta. Incluso has puesto un pie fuera de la sala. Y no había ningún guardia. ...Y sigo sin oír tu brazalete sonar.—replica Souta, con confidencia y una sonrisa triunfal y pícara.

Cuando algo le intimida personalmente, Kazami sí puede darse por aludido. Ha pedido pruebas, y las ha obtenido. Ha subestimado al pelirrojo, y también tiene su merecido.

—Tu brazalete está roto. ...Tan roto como quiero ver tu cara...—farfulla el domador con furia.

Souta intenta controlarse, guardando todo el enfado que puede surgirle en forma de fuerza en su puño. Finalmente, y después de revivir tales momentos desagradables, no puede evitar abalanzarse hacia adelante y golpear el cristal, dando a ver que está ansioso de golpear a quién está detrás de él.

—¡Fuiste tú! ¡Fuiste tú, hijo de puta! ¡Tú intentaste matar a Yukiko! ¡Bastardo! ¡T-te juro que esto lo vas a pagar muy caro! ¡Te lo juro!—grita, desfogándose con el cristal.

Esta vez, Kazami sí que se asusta. Se podría decir que acaba de caer en su propia trampa. Y los ojos llenos de odio y furia del domador llegan a hacerle creer que puede estar diciendo eso muy en serio.

Mientras el anciano repostero intenta avisar a alguien antes de que Souta pueda llegar a informarles de cualquier cosa en su contra, el pelirrojo queda inusualmente descontrolado, gritando enfadado y dando golpes al cristal, cosa que se acentúa cuando recuerda el porqué de su odio, tanto la razón actual como la que se lleva gestando desde hace más de 19 años.

Sin embargo, todo eso dura poco tiempo. Los guardias no tardan en intervenir, en parte alertados por Kazami, quien va alegando que el domador se ha vuelto loco de atar y no para de inventarse falacias en su contra, producto de la rabia.

—¡Hijo de puta! ¡Como Yukiko se muera, te juro que te mato! ¡Bastardo! ¡Cabrón! ¡Te vas a arrepentir de haberla atacado, pedazo de cobarde! ¡Hijo de la gran puta!

Los guardias entran apresurados por la puerta y algo asustados consiguen reducir al pelirrojo hasta que deja de dar golpes al cristal y no tiene más remedio que reprimir su ira. Kazami, dedicando una última mirada de desdén y seriedad a su hijo biológico, aprovecha la confusión para escurrirse de la escena.

Para finalizar la escena de esa conversación tan dolorosa, Souta debe optar por calmarse, ya que los policías le han cogido, inmovilizándolo. Sigue furioso, pero en el fondo nunca ha sido un hombre que demuestra su enfado mediante golpes, aunque en este caso se ha dejado llevar un poco. La situación le supera emocionalmente.

El altercado que ha provocado sin quererlo no va a quedar impune. Aparentemente aplicando el convenio habitual, los agentes le imponen pasar un par de horas en una celda de confinamiento especial para castigar las malas conductas de los presos. Aunque resoplando y renegando, el pelirrojo no piensa oponer resistencia. Lo último que necesita son más problemas, y menos innecesarios.

Le fastidia porque ese tiempo podría pasarlo haciendo otras cosas más provechosas, como comprobar el desarrollo de la operación o charlar con su figura paterna y que le aconseje ante todo el estrés rememorado. Además, ese lugar tan lúgubre, poco espacioso, oscuro e inhospitalario le hace sentir solo. Muy solo. No es la primera vez que se siente así, aunque eso hace que le afecte más. El sentimiento de soledad solo trae consigo recuerdos desagradables, y una sensación de no haber mejorado nada en absoluto.

Acaba de descubrir como, cosa que no le sorprende, estaba en lo cierto en sus sospechas. Si alguna quedaba, ahora ya no existe duda que pueda interponerse en la idea de que fue Kazami quién intentó matar a Yukiko. No tiene ni idea de por qué haría algo así, cuando nada le importa más que sí mismo, sin embargo. Podría pensar en algo, pero la mala sensación de pesadumbre que le atormenta y el cansancio que lleva encima le impiden hacerlo. Si a eso le añade la soledad que le asola en ese momento, el sentimiento de que está harto se le acentúa.

—Yukiko… Señor Houinbou… Me gustaría estar con alguno de los dos ahora mismo…—se dice a sí mismo, tapándose las orejas, triste.

No le encuentra nunca sentido a permanecer de pie, por lo que se sienta apoyando su espalda contra la pared, mientras lanza un largo suspiro. No por ello deja de creer que está más solo. Lo único que parece acompañarle son unas profundas ganas de dormir. Un sopor que termina venciéndole.

La mente humana, aunque a veces piense en grandes tonterías, es sabia en el fondo. Si ve alguna oportunidad de refugiarse de algo desagradable, intenta aprovecharla. Por eso mismo, la mente de Souta, no precisamente en su mejor estado, aprovecha el anterior sopor para descansar y algo más importante: demostrarse a sí mismo, inconscientemente, de que no está solo en realidad.

"Porque un caballero nunca puede dejar a su rey indefenso"