Sus ojos se cierran, pesados, hasta que en a su alrededor, la negra oscuridad amenazante que le rodeaba se metamorfosea en una esperanzadora luz blanca que se extiende por todas partes. Extrañamente, se siente misteriosamente en paz. Al menos, parcialmente. Si sus cercanías expresasen el cómo se siente, entre los alrededores blancos aparecerían todavía manchas negras. Como en un tablero de ajedrez.
Cosa que, por otra parte, explica el porqué cierto alguien está caminando en ese metafórico tablero de ajedrez.
—Souta.—le llama el rubio de la cresta.
—Manosuke… Estás aquí...—se consuela Souta, con una sonrisa inocente, que trata de cambiar enseguida.—Pse. Para variar…
—No me digas que mi rey ha quedado desprotegido…
—...Más o menos. En realidad, "tu rey" está hasta las narices de todo. Y de todos. Bueno, casi todos.
—Je… Eso último me ha gustado—anuncia Manosuke, con una gran sonrisa.
—¡E-eso no iba por ti! Cretino...—bufa el pelirrojo, algo molesto.
—Bueno, como quieras. Entonces, hago que te despiertes, ¿Vale? Venga, buenos días.
—¡E-espera, no! ...No quiero despertarme. No aún. En esa celda tan oscura me siento muy… Muy…
Debe de estar la mar de afectado. Está a punto de admitir el cómo se siente. Por suerte, según él, se ha dado cuenta.
—Muy aburrido. No tengo nada con qué jugar, ni a nadie a quien aterrorizar. Y bueno…
No quiere que le pase, pero su mirada se desvía hacia abajo. Ni siquiera él puede ignorar lo solo que se ha podido sentir y lo angustiado que se encuentra. Intenta suspirar y aliviarse, pero no acaba de hacer efecto.
Manosuke puede llegar a ser muy torpe con cosas muy diversas, pero en cuanto se trata de Souta, está completamente pendiente de él. No piensa dejarle sufrir. Al menos, no más. Quizás un poco tarde para curar heridas pasadas, pero pronto para evitar algunas futuras. Por eso, tan pronto como comprueba que Souta se encuentra alicaído, la reacción es automática, ya que un guardaespaldas, entre otras cosas, ha de ser veloz: extiende sus brazos para recibir a Souta en su pecho, y tratar de que así mejore.
—Tranquilo, Souta, yo estoy aquí. Y quien dice aquí, dice dondequiera que estés. Y puedes gruñirme lo que quieras, no me pienso ir nunca.
El guardaespaldas podría esperarse recibir algún comentario burlón, incluso algo grosero, por parte del pelirrojo, pero finalmente no es así. Souta únicamente le abraza, con los ojos cerrados, aprovechando al máximo el momento. Por supuesto, Manosuke no protesta. Está ahí para protegerle, a cualquier precio. Además, los abrazos de Souta son su tesoro más preciado.
—Sabes de sobra que siempre estaré aquí, Souta. Ahora ya poco puedo hacer, pero si me dices quién anda por ahí jodiéndote, siempre puedo atormentarlo en modo fantasma, o algo...—sonríe el rubio, apartando ligeramente la mirada.
—Je… Joder al personal tanto vivo como muerto. Muy propio de ti.—se conchaba Souta, riendo levemente.
—Todo para proteger a mi rey. Me da igual vivo o muerto… Y lo sabes.
—...Pse.—protesta, para evitar un "Sí, lo sé".
—Así que dime, ¿Qué es lo que te pasa, Saru?—le pregunta, atento.
—Pues ya que estás, un par de cosas. La primera, ¿Los muertos tenéis, por casualidad, algún poder curativo?—pregunta, con cachondeo.
—Soy un fantasma, Souta, no un hada mágica.
—¡No me jodas, hace un tiempo eras un mago! Pero claro, qué podría esperarme de alguien cuyo apellido es "de pacotilla".
—Pero solo soy mago para ti. Y en un sentido bastante peculiar...—menciona, intentando quedar algo seductivo.
—Je, no me lo recuerdes o vas a tener que fregar las nubes del cielo de lo que voy a vomitar… Pues entonces, si no puedes, no podrías ayudar a que Yukiko se cure. Eso lo primero.—se ríe, para luego adoptar un tono más paulatino.
—Yukiko… Ah, sí, esa chica morena. La animadora, espectadora, como sea, que me vistió de mago.—menciona, algo irónico.
—Seh, ella. Y supongo que no tendrás nada para lanzar ninguna maldición…
—Caray con Souta, cómo te las gastas. Ya sé que me quieres, pero no creo que la pobre chica tuviese mala intención animándonos, así que no tienes que ser así con ella, hombre.—le pica, con una sonrisa.
—¡Claro que no es eso, gilipollas! Solo tú puedes pensar tal subnormalidad como que quiero curarla para luego maldecirla. No, no es para ella. Es para… Para… Para el hijo de la gran puta que ha intentado matarla. ...Y el que me jodió a mí también en su momento, vamos.—espeta el pelirrojo, furioso.
—¿Te jodió? ¡¿Quién cojones es ese cabrón?! ¡Le voy a partir la cabeza! —se alterna Manosuke, poniéndose a la defensiva.
Souta ríe por lo bajini. Por muy enfadado que esté, ver a Manosuke en plan protector al estilo macarra siempre le ha hecho mucha gracia.
—No puedo maldecirle, pero ten por seguro que le haré la zancadilla a ese cabrón. Y cuando termine, haré de guardaespaldas para esa chica, porque tú me lo has pedido. ¿Te sirve, Souta?—pregunta, incluso en una situación así, en el fondo con miedo de defraudarle.
—Eres un idiota. Solo tú puedes tomarte una tontería así tan en serio. Y todo porque lo he dicho yo.
—¿Y eso no te gusta?
—Ehm… Bueno, pues...—tartamudea, apartando la mirada y ruborizándose.
—Je. Me encanta verte así. Eres tan mono…
—Qué ironía, ¿No, cara-caballo?—le devuelve, bufando.
—Y ahora, ¿No se te olvida tu tercera petición?
—¿Tercera? Y-yo solo te he dicho que tenía dos… Ya lo hablamos, Manosuke… El que no sepas contar no es algo de lo que tengas que enorgullecerte.—se mofa el domador, a carcajadas.
—Es raro que tú no sepas algo, pero es por algo que no sabes. Tenía pensado un tercer punto desde el principio.
—También es raro que tú pienses, sabes.—interviene, algo serio.
—Desde el principio, aunque no me lo pidieses, tenía pensado estar siempre contigo. Da igual que no me veas, pero cuando te sientas solo, como te ha pasado antes, recuerda que yo siempre estaré ahí contigo.
Ante unas palabras tan bonitas y emotivas, totalmente impropias de Manosuke al menos en alguien ajeno a él, Souta no puede hacer más que ruborizarse y sonreír para sus adentros, hasta que esa sonrisa termina escapándose ligeramente hacia sus afueras.
Aprovechando la oportunidad, Manosuke se le acerca y le regala, como de costumbre un tierno beso, beso que a Souta le encanta, hasta el punto de cerrar los ojos para vivir el momento mejor. Cuando Manosuke le besa, todas las pesadillas, todos los malos recuerdos, todas las angustias desaparecen mágicamente. Al final, puede que Manosuke sí que tenga algo de mago. Cuando Manosuke le besa, Souta no puede sentirse más protegido y vulnerable al mismo tiempo. Es algo realmente mágico.
Entre besos y más besos, cada vez más hambrientos, las porciones negras en el emocional fondo se van difuminando poco a poco, volviendo a dejar ver un blanco inmaculado. Y con esa luz resplandeciente, tanto exterior como interior, Souta termina por despertarse.
—¡Reo Sarushiro!
Repentinamente, el pelirrojo abre los ojos. Sigue en esa oscura celda, aunque esa luz con la que ha soñado también se ha vuelto algo real. La puerta se encuentra abierta, iluminando cada recoveco de ese lugar tan tétrico e inhóspito.
—¿Eh?
—Ya ha pasado el tiempo de castigo. Puede marcharse. Esperamos que algo similar no vuelva a repetirse, ¿Está claro?
Más claro no puede estar. Lo ha entendido, pero la repentina claridad en sus ojos lo ha dejado un poco atontado, por lo que solo puede asentir con debilidad.
Al salir, medita qué puede hacer a continuación. Ha pasado un largo tiempo, pero sabe de sobras que la operación de Yukiko va a ser mucho más larga que eso, por lo que deduce que el doctor Kokoro seguirá en medio de la operación. Estima más oportuno no molestarle.
—Me iré a ver al señor Houinbou. A ver si ha descansado y se encuentra mejor.
Rumbo a la celda especial. Cuando llega, los animales le reciben con afecto, y él a ellos. Su figura paterna parece mucho menos cansada que anoche, y también le da la bienvenida.
—¿Sabe el acólito algo sobre la joven Yukiko?
—Bueno, en realidad no sé gran cosa. Estuve un rato presente, pero el doctor Kokoro me advirtió de que la escena quizás me sería algo violenta, por el exceso de sangre y, en fin, un cuerpo abierto, ya me entiende...—explica, no sin un escalofrío.
—Entiende. El doctor Kokoro hizo bien en proponerle eso al acólito. Si ese es el caso, el acólito Souta se ha debido de aburrir bastante esperando fuera. Podría haber regresado a la celda, con servidor, quien a pesar de estar durmiendo no protestaría por su presencia.
—Lo sé, lo sé… No he vuelto, por dos razones. La primera, la que usted ha dicho, no quería despertarle, aunque a usted no le importase, ya que sé que usted estaba cansado. Y claro, yo sería incapaz de molestarle a usted, ya sabe. Y bueno… Hay otro motivo.
A medida que avanza en su estamento, la voz de Souta aminora su volumen, para terminar con un suspiro. En conjunto,Ryouken puede deducir que no se trata de algo nimio. Escucha explicar a su acólito la decisión de ir a poner las cartas sobre la mesa a su principal sospechoso y en el altercado en el que ha acabado derivando, que solo ha servido para comprobar que sus sospechas no eran infundadas y para confinarlo a la celda de castigo por dos horas.
—Lo del castigo es lo de menos, es decir, algo así no me afecta demasiado.—asegura, sin necesidad de mencionar su sentimiento de soledad callado por su sueño con Manosuke.—Lo que pasa… Kazami quería matar a Yukiko, señor Houinbou. Ahora ya se puede estar seguro de ello en caso de que alguien no lo estuviese. Lo que no encaja… Es por qué alguien tan pasota como él haría algo así.
—Hm… Quién sabe… Es posible que ese hombre siga ocultando algo que nadie sabe...—medita Ryouken, serio.
—En todo caso, el daño ya está hecho. Yukiko se está debatiendo a vida o muerte, y eso ya no se puede cambiar. Pero… Es que como al final Yukiko…
Quiere evitar esa palabra tan desagradable, al igual que evitar que se está empezando a poner nervioso de de que eso llegue a ocurrir, sin embargo, Ryouken posa una de sus ancianas manos sobre la de su acólito.
—Servidor tiene fe en que la joven Yukiko saldrá bien parada de esta. No es la primera vez que se encara con la muerte… Y ahora no está sola. A parte de servidor, que siempre estará allí para ella, y el doctor Kokoro, que se está esforzando por salvarla… Ahora tiene al acólito Souta. En quien ha acabado confiando de verdad.
Souta desvía su mirada hacia el asesino ciego. La cálida sonrisa con la que pronuncia estas palabras también le ponen contento a él.
—..Sí, supongo que sí. Ahora… Después de este tiempo… Creo que he empezado a confiar en ella, señor Houinbou. No ha sido fácil, pero nada en mi vida ha sido fácil. ...Y todo ha sido gracias a usted.—agradece el pelirrojo, solemne.
—Keh heh heh… Servidor cree que le tiene en demasiada alta estima.
—Pero si es cierto, señor Houinbou, no sea modesto. Usted ha sido lo único que he tenido en mucho tiempo… La única persona a la que le he importado. Me ha salvado la vida incontables veces, siempre se ha preocupado por mí, incluso después de todo, me acogió en su 'casa' para ayudarme, para que curase mis heridas, para poder tener un futuro mejor después de todo lo que he vivido...—pronuncia Souta, con una expresión la mar de humilde.
Ryouken le escucha, posando sus ojos ciegos sobre él, con un gran orgullo y una mayor sonrisa.
—Además… Por si eso fuese poco… Gracias a usted he conocido a Yukiko, y gracias a usted estoy aprendiendo a confiar en ella. Estoy aprendiendo a confiar en alguien. ...Todo ha sido gracias a usted, señor Houinbou. Sin usted… Yo… Yo no...—titubea el pelirrojo, adoptando una expresión muy triste.
Antes de que llegue a quedar más afectado, Ryouken toma sus manos con delicadeza, cosa que le hace callar repentinamente.
—...También para servidor ha sido una gran alegría haber conocido a su fiel acólito. Fue él quien le salvó la vida, quien siempre le ha sido leal y en quien siempre ha confiado. Su acólito ha sido como un hijo propio para servidor, al cual servidor siempre estará feliz de cuidar y de ayudar a superar sus dificultades que le brinda y le ha brindado la vida, que pocas no son. Porque para servidor, su acólito Souta ha sido lo más importante que ha tenido en su vida, más incluso que la suya propia.
—Se...Señor Houinbou…
Las palabras de Ryouken y la gran sonrisa con la que las pronuncia hacen que Souta no pueda por menos que emocionarse. En realidad, él siempre ha tenido un padre que le ha querido y le ha cuidado. Por eso, por encima de los títulos de maestro o incluso el de figura paterna, el asesino ciego siempre será Ryouken Houinbou, su verdadero padre. Lágrimas se agolpan en los ojos del pelirrojo al recordar de nuevo unos episodios de su vida no muy agradables, por otra parte emocionado ante el recuerdo de su padre Ryouken.
—Señor Houinbou… G-gracias… Gracias por todo lo que ha hecho por mí… Se lo dijo Yukiko, pero igual pienso yo: La deuda que tengo con usted es impagable.—dice Souta, con los ojos todavía llorosos y la voz quebrada.
—Servidor no necesita pago alguno. Estando a su lado, su acólito Souta le hace feliz también… Le es pago más que suficiente.—anuncia Ryouken, con una cálida sonrisa.—Y es normal que la acólita Yukiko y él piensen parecidamente. Servidor les aprecia tantísimo…
—Creo que hago bien hablando en nombre de los dos, diciéndole que el sentimiento es mutuo, señor Houinbou.—responde el domador, con una sonrisa contenta y sincera.
Ryouken rara vez se ve sonriendo tan alegremente.
—Y porque sé que Yukiko le importa muchísimo, señor Houinbou, y también porque a mí también me importa mucho, no permitiré que a Yukiko le pase nada.
—Keh heh heh… Servidor se alegra enormemente de oír eso. Desde esta celda, servidor le manda mucha energía positiva a la joven Yukiko. Seguro que a ella le hará feliz estar con el acólito Souta en cuanto despierte… Ya que está seguro de que se va a despertar.
—Eso espero… Y una vez ella esté sana, seguro que por fin, los tres podremos estar mucho mejor, y más ahora que confiamos todos en todos. Seguro que es agradable...—supone Souta, esperando que así sea.
—Keh heh heh… Por supuesto. Servidor no sabe exactamente qué hora es, pero seguro que el doctor Kokoro ha hecho progresos significativos, ya que lleva bastante tiempo. El acólito podría ir a comprobar qué tal está yendo todo.
—¿Está seguro, señor Houinbou? No quiero dejarle solo...—se excusa el pelirrojo.
—Keh heh heh… ¿Quién dice que esté solo?
Contestando a la pregunta, Kuro empieza a ladrar y Tasuke a chillar, animados y acercándose al anciano asesino.
—Je. Por supuesto, ¿Cómo he podido dudar ante algo así?—ríe el domador, acariciando a ambos animales.
—Además, servidor tiene siempre el sentimiento de que sus dos acólitos le acompañan. Por lo tanto, servidor no podría estar mejor acompañado.—asegura el asesino ciego, riendo con simpatía.
—Bien, entonces voy a ver. Cualquier cosa, vendré a informarle. Cuídese, señor Houinbou.
Despidiéndose con afecto, Souta abandona la celda, directo al quirófano improvisado en la enfermería. Quiere comprobar por sí mismo qué tal le está yendo a Yukiko, y retransmitirle todo el ánimo que Ryouken le manda. Ahora que sabe que Manosuke debe andar cerca haciendo de guardaespaldas para ella y que Ryouken le manda energía positiva, está un poco más convencido de que la morena sobrevivirá.
Al parecer, cuando llega no hay ninguna imagen violenta que le impida entrar, así que lo hace. Yukiko, todavía inconsciente, por supuesto, está llena de vendas. Incluso hay alguna cubriéndole los ojos, aparentemente relacionado a la cura de su ceguera. Sin embargo, aunque a primera vista pueda dar la impresión de que esas vendas son para bien, la expresión preocupada y nerviosa del doctor Kokoro llegan a contradecirlo.
—Doctor Kokoro, ¿A qué viene esa cara tan seria?—le pregunta Souta, consciente de que eso en un médico puede ser algo grave.
—...Es por Yukiko. Ya le he aplicado todas las curas que necesitaba, tarea de titanes por cierto, pero… Creo que algo no va bien.
—¿Eh?—se altera Souta, de repente algo agitado.—¿C-cuál es el problema?
—No estoy seguro… Le he hecho algunas pruebas post-operatorias, y… Lo más probable es que haya perdido demasiada sangre.
—¿S-se ha desangrado?—inquiere el pelirrojo, cada vez más y más nervioso.
—La operación ha sido muy larga, y las condiciones no han sido óptimas, hemos de admitirlo. Si hubiésemos tenido un poco más de tiempo… Pero era necesario intervenir rápido, así que por eso… Es normal que en una operación se pierda sangre, lógico por otra parte, aunque tanto tiempo en el quirófano ha hecho que esa cantidad sea demasiada. Y por mucho que mis curas hayan funcionado, si no tiene suficiente sangre… Adiós muy buenas.—explica el doctor, sudando y recolocándose las gafas repetidamente.
De nuevo culpa del tiempo. Si ese bastardo no hubiese atacado a Yukiko, hubiesen tenido un poco más de tiempo y todo habría salido mejor. Souta maldice por ello, pero no es el momento más propicio. Como no hagan algo pronto, todos los esfuerzos del doctor habrán sido en vano, y la morena no sobrevivirá. No. No piensa permitirlo.
—¿Y no hay alguna manera de poder arreglarlo, doctor Kokoro?
—Claro, algo muy sencillo. Hacerle una transfusión de sangre, es decir, inyectarle sangre para que no muera. Pero esto no es un hospital, no hay sangre que pueda inyectarle, obvio…—continúa Chusei Kokoro, con pesar.
Es una solución simple. Tan simple que podría estar al alcance de prácticamente cualquiera, aunque no tenga ni idea de medicina. Souta no sabe prácticamente nada de medicina ni de farmacia ni de nada similar, pero no es ningún ignorante. Sabe cuál es la solución, y ante una situación así, y por alguien que le importa, ni se lo piensa.
—¡Yo le daré parte de mi sangre!—espeta de repente.
—¿C-cómo?—se sorprende un poco el médico.—¿Le darás tu sangre? ¡Pero Souta…! Yukiko ha perdido cantidades ingentes de sangre. Aunque le donases todo lo que ha perdido, ¡Podría ser peligroso para ti sacarte tanta sangre de golpe!
El pelirrojo, sin cambiar de idea, sacude la cabeza.
—Me da igual. Tanto el señor Houinbou como yo mismo tenemos grandes esperanzas en que todo salga bien. Si ha surgido un imprevisto y por suerte la solución es tan simple, ¡No podemos dejarlo ahora! Doctor Kokoro, pásele mi sangre a ella.—se ofrece el domador, sin tapujos.
Al doctor Kokoro le deja estupefacto la propuesta de Souta, pero inmediatamente empieza a meditarla.
—Bueno… Había una coincidencia, así que…—susurra, para sí mismo.
—¿Cómo?
—Ah, nada, no me hagas caso. Quería decir que tengo tu secuencia de ADN en la ficha de cuando hicimos esos análisis generales, así como la de Yukiko de cuando le hice el chequeo. Creo que vuestros tipos de sangre podrían ser compatibles… Lo único que como Yukiko es diabética, primero tendré que hacerte la prueba del azúcar.
—Je. Si es por el azúcar, no creo que haga falta preocuparse mucho…—afirma, irónico y de repente con algo de seriedad.
Sin perder ni un minuto más, el doctor Kokoro le hace dicha prueba, y como el mismo Souta se imaginaba, los niveles de azúcar son compatibles con su diabetes. Por lo tanto, el médico no tiene otra opción que aceptar la oferta del domador. Haciendo unos cálculos improvisados, determina cuánta cantidad le hace falta, y le asusta el pensar que es demasiada para extraerle a Souta. Sin embargo, él no parece intimidado.
—Cuando quiera.—declara Souta, descubriéndose el brazo apresuradamente.
No es gran fan de las agujas, pero no piensa protestar. Con algo de nerviosismo que intenta controlar, el doctor Kokoro empieza con la extracción de sangre. Incluso cuando advierte a Souta que está sobrepasando el límite de sangre que se puede extraer de una sola vez, el pelirrojo no le detiene, más bien lo contrario, le incita a seguir. Por mucho que Souta insista, llega un momento en el que el médico tiene que parar, o puede ser peligroso para Souta.
Por mucho que trate de decir que no pasa nada, y que le da igual la cantidad que haga falta, se ve a leguas que Souta se ha debilitado mucho de repente. Se muestra cansado, y con el brazo inmovilizado. Demasiada sangre.
—Souta, ya sé que no los soportas, pero tienes que comer dulce. Como no lo hagas, la sangre puede tener algún problema para regenerarse. Eres joven, y no deberías tener problemas, pero… Es por seguridad. Demasiada sangre.
Kokoro le trae un bollo de pastelería con chocolate y azúcar glas. A Souta se revuelven las tripas, no puede soportarlo. Es demasiado shock emocional para él. Aun así, hace un supremo esfuerzo y le da un bocado, entre arcadas y con amenaza de no poder tragar. Otro magnánimo esfuerzo, y logra engullir, repugnado a más no poder. Escalofríos le recorren todo el a bocado, tardando una eternidad y media, logra terminarse el bollo entero, reprimiendo las ganas de vomitar tan poderosas que le asolan. —Me alegro mucho de que hayas decidido hacer ese esfuerzo, Souta.—le felicita el doctor Kokoro.—Ahora, sin perder más tiempo, voy a inyectarle tu sangre a Yukiko. Le has salvado la vida, Souta.
Está muy cansado, pero hace un esfuerzo por ponerse de pie, y acercarse a Yukiko. La contempla, profundamente sedada y vendada cual momia.
—Tranquila, Yukiko. Te pondrás bien. ...Te lo prometo.
Tras lo cual, saca la campana de Ryouken que tiene en su bolsillo y la hace sonar cerca de Yukiko, quien aunque esté anestesiada todavía puede percibirlo con y como esperanza, a pesar de que no pueda responder.
Retiene las últimas palabras del doctor, por lo que se alegra gratamente, pero pronto un extraño sueño le invade. Cierra los ojos, rodeado de nuevo de oscuridad. No sabe exactamente si se ha quedado dormido o se ha desmayado por la pérdida brusca de sangre, pero el doctor Kokoro tiene la certeza de que en poco tiempo se recuperará. Le acomoda en la camilla de la enfermería para que descanse.
—Bueno, Yukiko… Vamos allá. En el fondo, eres una chica afortunada. Que Souta se preocupe tanto por ti es una suerte que casi nadie tiene.—asegura Chusei Kokoro, sonriendo a pesar de la situación.
