Los primeros rayos de sol, envueltos de una impresionante luz llena de brillo, de la mañana se cuelan por la ventana de la enfermería, incidiendo suavemente sobre la clara piel y los cabellos carmesíes de Souta, quien perezosamente abre los ojos y se incorpora. El dolor de su brazo y su cansancio han desaparecido por completo. Su sangre se ha regenerado del todo. Todo en él está correcto.

—¿...Doctor Kokoro?—titubea, levantándose de la camilla y accediendo al quirófano improvisado.

Al abrir la puerta, se encuentra con Yukiko vendada en su camilla, todavía sedada, y con Chusei Kokoro sentado en una silla cercana, apoyando sus brazos en las rodillas, echado hacia adelante con un gesto cansado. Después de tanto trabajo debe de estar rendido, es lo que se le ocurre a Souta.

—Souta… Has despertado ya. Buenos días. ¿Qué tal todo?—pregunta, con voz débil y una sonrisa lastimera.

—Estoy bien, gracias. ¿Qué tal Yukiko? ¿Aún no ha despertado?—inquiere el domador, apresurándose hacia uno de los laterales de la camilla de su amiga.

Siguiéndole, el médico se alza trabajosamente de su asiento, y con andar agotado, se sitúa cerca de él.

—Ya respira… Y ni siquiera lleva oxígeno. Eso es que todo ha ido bien, y que la transfusión de mi sangre ha sido efectiva, ¿Cierto?—deduce el pelirrojo, aparentando seriedad cuando está contento de que así haya sido.

—Oh, sí… Sí, sin duda. No creo que tarde en despertarse. Solo así veremos… Si todo está correcto.

Souta toma de nuevo la campanita de Ryouken y la tañe cerca de la cara de la morena.

—¿Yukiko? ¿Puedes oírme?—le pregunta, pensativo.

Es entonces cuando Souta comprueba que, como si estuviese durmiendo en una cama normal sujetándose las sábanas mientras se tapa, las manos de Yukiko están flexionadas, cerca de su cuello.

—Yukiko, toca la campanita de tu cuello si puedes oírme. ¿Vale?

Mientras se lo pregunta, hace sonar de nuevo su campana, para que ella, aunque inconsciente, pueda escucharle. La respuesta tarda un poco en llegar, pero finalmente llega. La mano de la morena, muy delicadamente, roza la campanita que tiene en su cuello, haciéndola sonar ligeramente.

—¡Hala! M-me ha escuchado, doctor Kokoro, ¡Yukiko puede oírme! Eso es que está volviendo en sí.—se sorprende Souta, boquiabierto.

Para convencerse más, vuelve a probarlo. Tañe la campana una vez más, y como réplica así lo hace Yukiko. No importa cuántas veces lo pruebe, el resultado siempre es el mismo. Souta no puede evitar llegar a la conclusión de que está volviendo en sí. Y como pocas veces se equivoca, esta vez también lleva la razón.

—Hmpft… Hmpft.. Hum…

—¡S-se está despertando!—se asusta Souta, de sopetón.

Muy lentamente, Yukiko logra incorporarse en su camilla, algo sorprendida.

—¿H-hum? ¿D-dónde…?

—¡Yukiko!—la llama Souta, ojiplático.

—¡Souta!—le llama ella, en retorno, con una voz mucho más sana que la que tenía antes de la operación.

La morena, visiblemente sorprendida, estira sus brazos para tratar de ubicarse, a lo que Souta le da las manos para corresponderla.

—Estoy aquí, estoy aquí. ¡Maldita sea, esto es impresionante!—bufa, estupefacto.

—Buenos días, Yukiko.—la saluda el médico, más tranquilo.—¿Cómo te encuentras?

—Pues… E-es algo muy extraño… Me noto distinta a antes… C-como más ligera. C-creo que… Físicamente, nunca me había sentido mejor.—declara, con una sonrisa bajo los vendajes de su cara.

—¡M-menos mal! Joder, me has asustado.—confiesa el pelirrojo, tapándose los oídos.

—Eso quiere decir que ahora tu enfermedad ya está curada. Estarás un tiempo bastante tocada, ha sido una operación muy muy complicada… Pero te pondrás bien, espero.—interviene el doctor, solemne.

—Q-qué bien…

—¿E-eso quiere decir...Que ya no se morirá?—pregunta Souta, con un extraño brillo en los ojos.

—Creo que yo misma te puedo responder, Souta. No. No creo que me muera ya.—replica la morena, sonriendo cálidamente.—Yo misma lo noto. Ya no hay enfermedad. Ahora hay salud. Algo que me era desconocido hasta hace poco. Y… Me pica la nariz, huele a medicina aquí, ¿No es cierto? El calor de la manta es algo muy agradable… Nunca te había oído más claramente, y ahora noto que hay saliva sobre mi lengua… Ahora… Es como si estuviese viva de verdad, sabes.—explica Yukiko, maravillada.

El doctor explica que es cierto, porque ahora la muchacha ha recuperado sus sentidos, cosa en la que Souta cae en seguida.

—Entonces… Un momento… ¿Entonces puede ver? ¿Ya no es ciega?

—...En principio, no debería serlo. Con la tecnología tan avanzada que hay ahora, debería poder ver bien. —¡Estoy ansioso por verlo, venga ya, esto es muy fuerte! ¡Quiero verlo, quiero verlo, quiero verlo!—se autoanima Souta, empezando a sonreír como un bobo.

—Yukiko, mantén tus ojos cerrados en todo momento. Voy a quitarte la venda, y cuando te dé la señal, los abres, ¿De acuerdo?

—M-muy bien...—accede la morena, algo nerviosa.

Como ha indicado, el doctor Kokoro le desata la venda de los ojos, hasta dejar sus párpados cerrados con fuerza al descubierto. Souta, deseando ser testigo en primera fila, se acerca a ella, para poder comprobarlo. El médico le toca los párpados por fuera, frotando un poco para extender el líquido lacrimoso que actúa de barrera para que la luz no dañe sus ojos. Algo completamente nuevo para una ciega.

—Adelante, Yukiko. Abre los ojos.

Nada más que la morena abre sus ojos, Souta no necesita que ella se lo corrobore o ninguna otra prueba para saber que todo ha funcionado. En lugar de una orbe completamente blanquecina, ahora se distingue la pupila, de un negro muy brillante, rodeada por un iris color marrón castaño. El ojo ahora tiene sus características normales, ahora que también ha recuperado su función normal: la de la vista.

Lo primero que Yukiko ve, ahora que puede, es una cara que hasta ahora solo había podido imaginarse: piel clara, ojos pardos y una cara rodeada de cabellos largos y rojos. Sabe de sobras quién es, y sonríe contenta al poder verle por fin.

—S-souta… Es… ¡Es increíble, puedo verte!—exclama, feliz.—¡P-puedo ver! Ya… Ya no me acordaba… De cómo era el mundo a mi alrededor. Y ahora… ¡Ahora puedo ver, es maravilloso!—se sorprende Yukiko, mirando a todas partes ahora que puede.

Como si quisiese asegurarse, la morena desliza su mano, ahora con el tacto al máximo rendimiento, sobre la cara de Souta, para recordar cómo se lo imaginaba antes de verle.

—Que sí, que sí, soy yo. No te lo crees, ¿Eh? Bueno, yo tampoco.—asegura Souta, con una leve risa.

—Bien, pues parece que todo ha salido de perlas…—declara el doctor Kokoro con una sonrisa, aunque la mirada se le apaga, y mirando hacia un lado, añade algo por lo bajini.—Bueno, casi todo…

—Sí, todo ha salido bien. N-no tengo palabras. Muchísimas gracias por todo.—agradece, con una gran sonrisa.—¡Vaya, es todo tan…! ¡Raro! Pero es mucho mejor que estar rodeada de oscuridad siempre. Ahora veo colores… Muchos colores que ni siquiera recuerdo.

—Mira… Oh, macho, qué alivio poder usar expresiones con "mirar", "ver" y eso...—ríe Souta, con sorna.—Mi pelo. Este color es rojo. La bata del doctor Kokoro es blanca. El color de sus ojos es verde. ¡Ah! Tu kimono es azul, y el vestido es morado. ¿Ves?

—Todo a su tiempo, esto es acostumbrarse, Yukiko. Nosotros no nos lo imaginamos porque hemos visto desde siempre.—comenta Kokoro, con una media sonrisa. Una idea le viene a la mente al pelirrojo, y le trae a su amiga morena un espejo pequeño, seguramente del doctor Kokoro.

—Cógelo. Es un espejo. ¿Ves esa imagen que se refleja? Esa eres tú, Yukiko.—le muestra Souta, tendiéndole la lámina de cristal pulido.

Yukiko queda fascinada: no sabe si alguna vez vio como era ella misma, y en caso de que sí, ya no lo recuerda. Ni siquiera tenía conocimiento de su propio aspecto, a banda de las descripciones que algunos le han dado. Sonríe al pensar que esa chica del espejo, de piel clara, cabellos morenos y largos y unos ojos recientemente marrones es ella. Por fin puede asociar una imagen consigo misma.

—...Ya no sabía ni cómo era yo. Esto de poder ver es impresionante, y más para alguien que no tiene recuerdos con luz. Ahora sí. Ahora, noto como estoy viva de verdad. ¡Es genial!—exclama, contenta.

De pronto, no sabe si lo está imaginando a causa del shock, pero nota una suave presión en la cabeza que le desordena el pelo. Se sorprende ante este hecho.

—Hey, caray, chica, bonitas melenas que me llevas, debería haberte dicho que no se han de meter los dedos en los enchufes.—se cachondea Souta, percatándose también del remolino en el pelo que la morena tiene de repente.

—S-sí, ¿Verdad? Estaré pirada, pero he notado como si hubiese alguien que me ha acariciado la cabeza. ¿Estaré flipando o qué?

—¿Eh?

Al pelirrojo le sorprende algo así, pero prefiere no elucubrar en un momento así.

—Muy bien, en marcha. Ya he estado bastante en esta camilla. Voy a vestirme con ropa decente y, ahora en serio, ¡Voy a ver al señor Houinbou!—se entusiasma Yukiko.

El doctor Kokoro reacciona de repente.

—Exacto, me has leído la mente, ya "ves", je, je.—ríe Souta, aparentemente aliviado.—Seguro que al señor Houinbou le encantará saber que estás bien.

—¡N-no...creo que sea buena idea ir ahora!—espeta Chusei Kokoro, alterado.

—¿Y por qué no?—inquiere la morena, algo patidifusa.

—...Ah, es cierto, ¡Seremos pavos! Todavía es muy pronto, el señor Houinbou debe de estar durmiendo. ¿No es cierto?

—¿Qué? Oh, sí. Sí, sí, eso mismo. Si apenas ha amanecido… Y bueno, también Yukiko debería descansar unas horitas antes.

Renegando, la muchacha se cruza de brazos, impaciente. Mientras tanto, Souta no puede evitar recibir un aura de inseguridad proveniente del doctor Kokoro. Siente que hay algo que le está ocultando, algo raro en él. Considera la posibilidad de que sea un efecto de la emoción del momento, y decide dejarlo estar por el momento.

—A propósito, Yukiko, ¿Sabes qué? Tienes mi sangre.—le dice Souta, por charlar de algo y para amenizar la espera.

—¿Eh? ¿Qué quieres decir con eso? —Verás, Yukiko… Bueno, lo cierto es que tiene gracia...—se conchaba el doctor, con una ligera risa.—Después de la operación, hubo una complicación. Por culpa de que no tuvimos tiempo para tener unas condiciones mejores, perdiste mucha sangre en el proceso. Y Souta se ofreció para darte parte de su sangre para salvarte.

—¿Qué? ¿Que Souta…? ¡Hey! ¿En serio hiciste eso por mí, Souta?

Haciendo broma con una expresión chula que intenta disimular con falsa modestia, el pelirrojo asiente mientras ríe.

—¡Vaya, Souta, qué amable por tu parte! Te debo una muy grande.—agradece ella.

—No, qué va. Corrige eso. Me debes una MENOS.—la pica, riendo.

La chica le saca la lengua, cayendo en su juego.

—Venga, ahora sin bromas. Me has salvado la vida, Souta. Te lo agradezco de verdad.—asegura Yukiko, con una sonrisa respetuosa y cerrando los ojos como símbolo de sinceridad.

—Eh, no hay de qué. Y tranqui, no digo que no te crea.—sonríe el domador, con una cómica expresión y las cejas enarcadas.

Sonriendo, Yukiko abre los brazos tímidamente en dirección hacia Souta. Entendiendo lo que significa, el pelirrojo se queda un poco sorprendido al principio. Finalmente, después de meditarlo un instante, y también con cierta timidez, extiende los suyos y los dos se dan un tierno y sincero abrazo.

—Gracias, Souta. Por todo lo que has hecho por mí.

—...Lo mismo digo, Yukiko.

Un poco alejado de la escena, el doctor Kokoro les mira con una triste sonrisa. Acto seguido, mira por la ventana, en dirección a la luz del amanecer. Sin que ninguno de los dos le vea, una lagrimilla baja por su mejilla.

(...)

A media mañana, mientras dura una conversación aleatoria entre Souta y Yukiko que el doctor Kokoro escucha distante después de que la paciente haya asimilado bastante bien su primer desayuno después de la operación, aparecen por la escena casi todos los que faltaban. Kuro y Tasuke, con una habilidad y compenetración fascinante, logran abrir la puerta y acceder, también para ver a la ex-enferma y sus acompañantes.

—¡Kuro! ¡Tasuke!—exclama Yukiko, contenta al poder verles.

Se alza de su camilla y se apresura en ir a acariciar a ambos. Kuro le da un lametón en la cara como símbolo de amistad y Tasuke sube a sus hombros, con total confianza.

—Me alegro de veros… Literalmente.

—Qué tal, chicos. Buenos días a vosotros también.—les saluda Souta, también con aprecio.

Las dos mascotas se muestran felices al comprobar que los dos muchachos se encuentran bien, ladrando o chillando respectivamente mientras no dejan de moverse. Aunque eso puede cambiar.

—Decidme, chicos, ¿El señor Houinbou ya está despierto?—cuestiona Yukiko, impaciente por verle, con una sonrisa de oreja a oreja.

Tanto a ella como a Souta les inquieta el repentino silencio de los animales, así como el hecho de que se han quedado quietos de golpe.

—¿Kuro? ¿Tasuke? ¿Pasa algo?—les pregunta Souta, algo inquieto de repente.

Los animales no dan ninguna señal, algo extraño que nadie parece entender. El domador puede notar algo de preocupación viniendo de ambos, cosa que le empieza a angustiar.

—...Quizás no hayan desayunado y tengan hambre. Voy a buscarles algo, está aquí al lado, no creo que tarde… Quedaos aquí.—menciona el doctor Kokoro, cabizbajo.

A las miradas extrañadas de todos, Chusei Kokoro abandona la sala en busca de algo de comer para los animales, que se quedan quietos y callados donde están.

—Souta, deberíamos comprobarlo. Quizás el señor Houinbou siga dormido y no sepan cómo decírnoslo. O igual quiere vayamos y tampoco nos lo saben comunicar...—propone Yukiko, algo seria.

—Hm… Me parece buena idea. El doctor Kokoro nos ha dicho que nos quedemos aquí, será porque no puede dejar la enfermería sin vigilancia humana, así que no podemos ir los dos. ¿Qué hacemos?

—Oh, oh, ¿Puedo ir yo, puedo ir yo? ¡Porfa! Quiero ver cómo es esto de andar por ti misma pudiendo ver. Además, y mucho más importante, ¡Quiero ver por fin al señor Houinbou y decirle que estoy bien!—se entusiasma, contenta.

—Aish… ¡N-no tienes remedio!—protesta Souta, infantil.—Vaaaaaaale. Yo me quedo. Supongo que ahora no podrán atacarte sin que te des cuenta, aun así, ten cuidado de no darte con nada, que te conozco.—le inquiere, insinuando su torpeza.

—Gracias por el voto de confianza, listillo… Tranquilo, no creo que sea muy complicado…

—¿Sabrás llegar a la celda especial sola?

—No te preocupes, me las apañaré. Siempre puedo preguntar a alguien si me pierdo. ¡Luego nos "vemos"!—ríe, mientras se despide con la mano.

—¿A que es raro? En fin… Hasta luego. ¡Y ten cuidado!—la advierte el pelirrojo, con una ceja arqueada.

—Vamos, Souta, no exageres. ¿Qué es lo peor que podría pasar?—pregunta retóricamente.

La morena sale de la enfermería y se pone a andar por el pasillo. Las preguntas retóricas no las contesta nadie, pero el destino no es 'alguien', y más vale no tentarlo.

(...)

Yukiko camina lentamente por los pasillos de la prisión, obervándolo todo con sumo detalle a su alrededor, ahora que puede hacerlo. Recorre varios pasillos, pregunta a un guardia por la celda especial, y este la acompaña para que no se extravíe.

—Aquí estamos, señorita Yukiko. La celda especial.

El agente abre la puerta con la llave para ella, a lo que la susodicha da las gracias y se despide del guardia cuando se marcha. No se imaginaba que la celda donde ha pasado prácticamente un año fuese tan oscura, porque para ella no había diferencia alguna entre la luz y la sombra, pero en parte lo comprende, pues Ryouken no necesita la luz para nada más que para adornar.

—¿Señor Houinbou? ¿Puede oírme?—pregunta suavemente Yukiko, respetuosa.

Accede lentamente a la celda, dejando la reja abierta tras de sí, e intentando guiarse, pero la oscuridad parece total en ese lugar.

—Soy yo, señor Houinbou. Soy Yukiko. Ya estoy curada, ¿Sabe? Todo ha ido de maravilla. ¡Incluso puedo ver! Estoy prácticamente en éxtasis en este momento.—va contando ella, contenta.

No recibe respuesta alguna, cosa que la sorprende un poco.

—¿Sigue dormido, señor Houinbou? Como comprenderá, no puedo ver mucho aunque ya pueda con toda esta oscuridad… ¿Dónde habrá una vela por aquí?

La muchacha continúa hablando para sí misma, mientras a tientas localiza el lateral del altar de su maestro, por lo que supone que allí habrá algún pebetero con velas y fósforos para encender un poco de luz. Al no estar familiarizada con el aspecto dentro de las tres paredes y el enrejado, tampoco sabe dónde puede estar el interruptor de la luz.

—L-lo siento, no me gusta hurgar en sus cosas, señor Hoinbou, pero no veo nada ahora mismo. Y no he recuperado la vista para quedarme sin ella tan pronto.—le dice, con una leve risa.—Oh, aquí hay cerillas. Un poco más para allá… ¡Ajá! Un pebetero.

La muchacha abre el recipiente por una puertecilla fina y comprueba que dentro hay una vela. Genial. O eso cree.

—Estoy deseando verle por fin, señor Houinbou. Verle, y poder darle las gracias otra vez por todo lo que ha hecho por mí.—divaga, prendiendo un fósforo y concentrada en encender la vela.—Porque es gracias a usted por lo que ahora estoy aquí, viva y sana. Y le doy las gracias por ello. No sé qué hubiese hecho sin usted.

La vela está encendida, y el pebetero cerrado protegiéndola. Ahora Yukiko tiene luz con la que puede ver. Se sentiría segura… De no ser porque el denso silencio que la rodea la incomoda más todavía que la oscuridad. Y cada vez más.

—¿Señor Houinbou?—le llama Yukiko, algo preocupada.

Algo nerviosa, Yukiko mueve el pebetero con la mano. Lo sujeta, hasta que de repente y como acto inconsciente, lo deja ir al suelo, apagándose la llama a tiempo y el recipiente rompiéndose en mil pedazos. Pero ahora mismo, eso es lo que menos le preocupa.

Mientras la luz duraba, la ha acercado al altar de su maestro. Cuando ha hecho eso, se ha quedado ojiplática y helada, algo que la llama no ha evitado nada. Pronto, el mayor miedo que ha sentido jamás le ha invadido cada célula. Enfrente de su altar, Ryouken se encuentra tirado de bruces, con los ojos cerrados y sin emanar de él ni un solo movimiento. Estaría dormido si estuviese en su futón… Y respirase. Yukiko lo ha visto. Ha visto cómo su respiración era inexistente. Y cuando eso pasa, solo cabe ceñirse a lo que Souta le dijo una vez: "Cuando alguien está tirado en el suelo sin moverse ni un milímetro significa que se ha…"

—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH!—grita a más no poder, completamente desesperada y llena de miedo.—¡SOUTA!—le llama, suplicante, empezando a temblar.

Un poco antes, en la enfermería, el doctor Kokoro no tarda en volver con comida para los animales, como había dicho.

—...Aquí tenéis, chicos. ¿Hum? Souta, ¿Dónde está Yukiko?—le pregunta el doctor, sorprendido.

—Yukiko creyó que los animales estaban algo extraños, y fue a comprobar a ver si era algo. Se ha ido a la celda especial con el señor Houinbou.

La comida que el doctor llevaba se precipita bruscamente al suelo, mientras riadas de sudor empiezan a correr por la frente del médico.

—¡¿Q-que ha hecho qué?!—grita, muy alterado.

—¿Eh? ¿Qué ocurre?—devuelve Souta, patidifuso y con los ojos muy abiertos.

—No, no, no, por favor… No, por favor, no...—repite el doctor sin parar, nervioso.

Apresuradamente, el doctor Kokoro abandona la enfermería, y algo más inquieto de pronto, Souta empieza a seguirle, veloz.

—¿Qué pasa, doctor Kokoro? ¿Qué pasa?—insiste Souta, visiblemente preocupado.

En medio del pasillo, resuena un potente grito que hace que a Souta se le congele la sangre.

—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡SOUTA!

Inmediatamente, Souta reconoce la voz como la de Yukiko, y el desespero que emanan sus gritos le pone los pelos de punta.

—¿Q-qué está pasando aquí?—pregunta, boquiabierto en el mal sentido, ojiplático también.

—Oh, no… No, por favor, no...—suplica Chusei Kokoro, tapándose la boca, asustado.

Sin previo aviso, ambos echan a correr hacia la celda especial. Cuando llegan, oyen a Yukiko chillar con la voz quebrada y nerviosa, entre sollozos.

—¡Souta! ¡...Souta! ¡No! ¡No, por favor, no! ¡N-noooo!—exclama, sollozando.

—¡Yukiko! ¿Qué ocurre, qué te pasa?

Souta, más familiarizado con la celda, sabe dónde buscar el interruptor. Al accionarlo, sabe que es algo que le sabrá mal toda su vida. Es su padre. Su padre está en el suelo, completamente inmóvil, con los ojos cerrados. No respira. A su lado, se encuentra Yukiko de rodillas, cubriéndose la cara mientras llora a lágrima tendida mientras sacude la cabeza gritando que no. El miedo que le asola en ese momento es imposible de describir. Nunca había sentido nada igual. Nada tan horrible.

—No… No, no, no… ¡No, no!—niega, tapándose los oídos y luego los ojos, mientras sacude la cabeza.—¡Señor Houinbou! ¡Señor Houinbou!—le llama sin cesar, suplicante y terriblemente asustado.—¡Despierte, señor Houinbou, despierte! ¡Señor Houinbou, señor Houinbou!

Souta no quiere creer lo que está viendo. Trata de reanimarle, pero nada funciona. Ryouken no despierta. Pero no, no puede ser. Solo se habrá desmayado. Se gira bruscamente para buscar al doctor Kokoro, para que le ayude a curarlo, esperando verle alarmado y dispuesto a echar a correr para la enfermería. Pero no es el caso. El doctor Kokoro muestra la esperanza que simboliza el verde de sus ojos completamente extinta por su parte, agachando la cabeza y comenzando a llorar con suavidad, diciendo que no con la cabeza a Souta cuando le mira. Ryouken no va a despertar. Nunca más.

Incluso el doctor, tan optimista como suele ser, está indicando que no hay esperanza. Souta vuelve a girarse, angustiado, buscando algo en lo que esperanzarse, pero se encuentra a Yukiko llorando a más no poder, suplicando. Se gira un poco más, cada vez más nervioso. Ha de haber algo que le desmienta, que niegue lo que está creyendo. Pero cuando gira más, se encuentra a su padre en el suelo, inconsciente. Prueba a girar un poco más, pero ya se acaba su campo de visión. No hay nada que le anime a creer lo contrario, por lo que solo le queda ver la verdad. La verdad, que está delante de él. Su padre, su verdadero y querido padre, tirando en el suelo, inconsciente. Muerto.

—...No…. ….No, esto no… Esto no, por favor… No...—tartamudea, quebrándosele la voz. Se tapa los oídos. Pronto, empieza a llorar como una magdalena.—No… No… ¡SEÑOR HOUINBOU!—grita con todas sus fuerzas, liberando toda su energía, mientras todas las lágrimas que se ha guardado siempre en su interior salen a la luz.

El pelirrojo se deja caer en el suelo, completamente destrozado. No deja de llorar ni un momento, invocando el nombre de su padre, en un poderoso e inútil deseo por devolverlo a la vida.

—¡¿Por qué…?! ¡¿Por qué?! ¡Vuelva, señor Houinbou, vuelva…! ¡Vuelva, por favor…! ¡Señor Houinbou! ¡Le…! ¡Yo le necesito, señor Houinbou! ¡Yo necesito a mi padre, señor Houinbou! ¡Le necesito a usted! ¡Más que a nada en el mundo! ¡N-no puedo vivir sin usted! Por favor… Por favor… ¡Por favor! ¡M-me haré budista, cristiano, hinduista, lo que haga falta! ¡Pero vuelva, señor Houinbou! ¡Por favoooooooor!—suplica Souta, completamente desesperado.

—¡S-señor Houinbou, no nos deje! ¡No se vaya! ¡Le queremos, le necesitamos aquí! ¡Por favor…! ¡N-no quiero tener vista para tener que verle marchar! ¡Señor Houinbou! S-señor Houinbou…

Yukiko también ha quedado tocada y hundida ante un golpe emocional de este calibre. Se abandona a su llanto, que no cesa por nada. Cuando ve a Souta llorando tanto o más que ella, suplicando por su padre y porque vuelva, llora todavía más. Ninguno lo ha pasado tan mal nunca. Ninguno podrá afrontar algo así solo. Ahora, más que nunca, se necesitan el uno al otro. Ahora, por puro instinto, corren el uno hacia el otro para fundirse en un abrazo sellado por lágrimas, buscando consuelo propio y para el otro.

—Souta…

—Yukiko…

Se llaman mutuamente, queriendo demostrarle al otro que están ahí, para estar a su lado. Los dos comparten el dolor que sienten, el más grande que nunca han sentido, y ninguno logra dejar de llorar. Nada podrá reparar una herida tan profunda.

Pronto, todo el mundo ya se ha dado cuenta de que algo no va como debería. Pese a que también está muy afectado por su pérdida, el doctor Kokoro se encarga de informar de todo, para que no sufran de una manera innecesaria. Puede venir toda la gente que sea, pero no por ello ambos van a dejar de llorar desconsoladamente. Todo ha sido demasiado repentino, un duro golpe para quienes estaban tan contentos con la cura de Yukiko, incluida ella misma.

Por mucho que ambos jóvenes no soporten el frío, no pueden evitar abrazar el helado cuerpo inerte de su querida figura paterna. Está gélido como un témpano, pero el calor de la protección que les ofrecía la siguen notando, cosa que solo hace que lamenten más su pérdida. Una pérdida completamente irreparable.

—¡Estúpida vida, que para alguien bueno que me dabas vas y me lo quitas!—grita Souta, eclipsando sus indetenibles lágrimas con gran enfado hacia todo en general.—¡¿Por qué he de creer en algo que me arrebata de mi lado al único padre que se ha preocupado por mí?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!—insiste, llorando sin parar, con una rabia sin par.

—S-souta...—le llama Yukiko, también con lágrimas cubriendo sus ojos y la voz quebrada.

—¡¿Es que por qué?! ¡No me puede llevar a mí y dejar de putearme de una vez por todas! ¡Estaba mejorando, estaba esforzándome para poder vivir más tranquilo, sin miedos! ¡Y justo cuando casi lo logro, esta vida de mierda me arrebata al que tanto se ha sacrificado por mí!

Yukiko intenta por todos los medios decirle algo a Souta para que se calme, pero no puede hacerlo cuando ella tampoco está calmada, con el mayor disgusto de su vida. Por lo tanto, ninguno tiene fuerzas para decirse nada que les dé un mínimo de esperanza. Ni siquiera las tienen para llorar tanto por su figura paterna, pero no pueden evitarlo de ningún modo.

Para conseguir un diamante que brille, hace falta muchísima presión. Para hacer que dos diamantes brillen sin parangón, la presión necesaria es enorme. Pero alguien se ha dignado en hacer brillar a dos diamantes apagados con toda la presión que podría darles. Sacrificando su propia vida por ellos.