El tiempo es algo valioso que no debe desperdiciarse, y no se debe dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy. Por eso, el funeral del asesino ciego tiene lugar la misma tarde de su fallecimiento. Demasiado pronto. Tanto el funeral como la muerte en sí. Demasiado pronto.
Para darle una despedida digna y como es debido, cosa que nadie permitirá que se ignore, ahora Ryouken no lleva la cochambrosa indumentaria de reo, sino sus sobrios ropajes japoneses, incluso su rosario en la mano. En el fondo, puede llegar a dar la impresión que solamente está dormido. Desgraciadamente, todos ya saben que no es así. Desgraciadamente.
Al principio, ninguno de los dos quería asistir a un acto tan fúnebre, especialmente Souta,el cual no estaba preparado para decirle adiós a su padre. Como no lo estaría nunca. Aunque al final, el doctor Kokoro, también afectado por la muerte de su maestro, intenta convencerle para que vaya, para que no se arrepienta más tarde, alegando que a su padre le gustaría que estuviese presente en un momento así. Ante esta excusa, Souta acepta, nada convencido sin embargo, y sin valor para decirle adiós a la única persona que le ha cuidado siempre.
Antes del entierro, sus acólitos le ven una última vez, ya en el ataúd, vestido acorde con su personalidad, con los ojos cerrados con suavidad. Los dos le dan un beso en la frente, y cada uno le coge de una mano, para transmitirle allí donde esté que le echarán mucho de menos. Además, cogen cada uno su pequeña campana, y la empiezan a tañer al unísono. En su memorial.
A parte de su rosario, Ryouken también porta una campanita consigo, la que le cambió a Yukiko antes de que la operasen. La campanita de la muerte.
—Al final… Resultará que esa campana lleva ese nombre por algo… Cuando la llevaba yo, estaba por morirme. Pero cuando él se la quedó, la muerte que yo llevaba se ha ido con él. ...Casi es como si lo hubiese hecho para salvarme...—masculla Yukiko, suspirando amargamente y reprimiendo sus ganas de llorar con fuerza.
Debido a esa explicación, Souta siente también ganas de llorar desgarradoramente de nuevo, pero también opta por contenerse, porque ha de ser fuerte. Tiene que serlo, como siempre lo ha sido. Pero el más afectado por las palabras de la morena parece ser el doctor Kokoro. Como si supiese algo que ninguno de los dos sabe…
Para finalizar, aunque el fin ya haya llegado mucho antes de empezar toda esa maldita ceremonia, tiene lugar el entierro en sí.
—Souta… ¿Quieres decir algo?—le pregunta el médico, al tanto de su relación tan estrecha.
Hay muchas cosas que le gustaría decirle, muchísimas. Las palabras están sobrevaloradas, pero quizás todo lo que querría decirle se resume precisamente en un vocablo que no quiere articular. Y es 'adiós'. No se ve con ánimos de dar ningún discurso, por lo que intenta resumir, y no hay otra manera que con esa maldita palabra.
—A… A…Ad…
El pelirrojo intenta articularla, lo intenta con todas sus fuerzas, hasta que la voz se le quiebra y baja la cabeza, echándose a llorar de nuevo.
—N-no puedo… ¡No puedo, no puedo, no puedo!—se altera de nuevo, sacudiendo la cabeza, lágrimas resbalándole de nuevo por las mejillas.
—Souta… N-no, no llores...—suplica Yukiko, humedeciéndosele los ojos.
—E-es que no puedo… E-e-era mi padre… M-mi verdadero pa-padre… Al único al que le he importado… Y-y no puedo decirle adiós… ¡No puedo!
—S-souta… N-no, n-no tienes que despedirte… É-él no se ha ido… Se-seguro que está cerca nuestro… Y-y él creía en la reencarnación, a-así que no se ha… No se ha...—trata de decir Yukiko, al borde del llanto.
—M-maldita sea… ¿Por qué…? ¿P-por qué a él? ¿P-por qué se ha tenido que ir justo ahora…?—se pregunta Souta, a sí mismo, todavía triste.
Chusei Kokoro se muestra dubitativo, pero ya no puede aguantarlo más para sí mismo. Tarde o temprano tendría que contárselo, y no puede permitir que este asunto siga hiriéndoles.
—Chicos… Hay algo que me gustaría deciros… E-es sobre el maestro Houinbou. Yo… Yo sé lo que le ha pasado.—balbucea el doctor, con algo de pánico.
—¿E-eh?—se sorprende Souta, ojiplático.
—¿Qué quiere decir, doctor Kokoro?—pregunta Yukiko, prestando muchísima atención de repente.
—Veréis… Después de que Souta te diese toda esa sangre, y se quedase inconsciente por ello… El maestro Houinbou vino a ver cómo iba todo. Yo te inyecté la sangre de Souta, para curarte, claro. Y entonces… Fue entonces cuando vi que eso no era suficiente. El problema no se había solucionado. Todavía faltaba demasiada sangre.
—¿C-cómo? ¿Mi sangre no fue suficiente? ¿Aun con toda la que había?—inquiere el pelirrojo, estupefacto, y limpiándose como puede las lágrimas.
—V-vaya… ¿P-pero eso a qué viene ahora, doctor Kokoro?—cuestiona la morena, triste. —Yukiko… Pese a que te faltaba toda esa sangre, ahora estás viva. Y estás bien. No fue un milagro. ¿No te preguntas de dónde salió esa sangre que te salvó la vida?
Souta se percata enseguida de lo que eso significa, cubriéndose la boca ante la sorpresa. Yukiko tarda un poco más, pero tan pronto como entiende, abre mucho los ojos, e inmediatamente después se echa las manos a la cara de nuevo, empezando una vez más un profundo llanto mientras se deja caer en el suelo.
—Yukiko...—la llama el doctor, mirándola apagadamente.
—...Me salvó la vida… ¡Me salvó la vida una vez más! ¡Me donó su sangre aunque eso supusiese su muerte!—grita, llorando a pleno pulmón.—¡Su muerte fue culpa mía! ¡Fue culpa mía!—vocifera, desesperada.
—Hey, Yukiko, tranquila...—intenta calmarla Souta, derramando un par de lágrimas.—N-no te pongas así… No ha sido culpa tuya… No ha sido culpa de nadie...—susurra, tratando de mantenerse tranquilo él mismo.
—¡S-si solo esa maldita enfermedad no hubiese existido nunca…! ¡Esto no habría pasado! ¡El señor Houinbou ha muerto por culpa de mi enfermedad! ¡N-nunca me lo perdonaré…! ¡S-señor Houinbou, no se vaya…! —se desespera, gritando.
—¡Yukiko!—grita Souta, con mucho dolor.—¡N-no digas eso! ¡El señor Houinbou hizo eso por ti, porque te apreciaba muchísimo! ¡Quería que vivieses, porque te quiere mucho! ¡Haciendo eso, lo único que quería a cambio es que vivieses! ¿No lo entiendes? ¡No vale la pena culparse de algo así, porque no hay nada de qué culparse! ¡Dale las gracias por lo que hizo, y no te culpes, a él no le gustaría que te culpases!—protesta, cerrando los ojos con fuerza y pataleando con rabia mientras trata de reprimir un llanto que no tarda en ceder.
—S-souta...—le llama, con lágrimas en la cara.—Tienes razón… Estás en lo cierto… Él no querría algo así…. No querría sentir que sufro, porque él me quería mucho… Tanto como yo le quería a él...—susurra, con la voz apagada.—L-lo siento, Souta…. Lo siento mucho...—declara, rendida.
Viéndola llorar, y tratando de limpiarse sus propias lágrimas, el pelirrojo se cubre las orejas, viéndose triste y agotado ante una situación tan desagradable.
—N-no te preocupes… A-anda, tienes que calmarte… Todos necesitamos calmarnos...—titubea, aguantando nuevas lágrimas que acuden a él.— Y-y además… ¿P-por qué te disculpas conmigo?
—...Pues muy fácil… Porque tú eras su hijo, Souta. Le querías muchísimo, más que a nadie en el mundo. P-por eso, sé que herir al señor Houinbou es como herirte a ti. ...Y al revés...—declara, cerrando paulatinamente los ojos.
—Yo… A-así es… Él era mi padre, mi verdadero padre, el único que he tenido… Y siempre lo será. Siempre. Por eso,n-no soporto que le pase nada… Y su muerte suponga para mí el peor golpe que me puedan dar.—confiesa el domador, bajando la cabeza, en un acto solemne. En medio del camposanto, se hace un silencio sepulcral, y nunca más apropiado.
—Pero… No necesitas pedirme perdón a mí, Yukiko…
—¿Eh?
—Porque… Porque estoy seguro de que a ti también te consideraba como una hija… Y tú a él como un padre. ¿Me equivoco?—inquiere el pelirrojo, audaz incluso en un momento tan horroroso.
—Souta...—se sorprende ella, ojiplática, y tapándose la boca en señal de estupefacción.—S-sí… Pues claro. Nunca he tenido un padre a mi lado. Y entonces… El señor Houinbou me salvó la vida cuando tenía seis años… Y luego me acogió como su discípula… Más tarde como su acólita… Y no ha dejado de cuidarme desde entonces. Incluso dio su vida por mí… El señor Houinbou es más que un padre para mí… Y además… También es un gran golpe para mí perderle…
—...Ajá. Estás en lo cierto… Así pues, tú también eres como su hija, Yukiko. Y por supuesto, sé de sobras que yo también. ...Ja, qué gracia.—anuncia, con media sonrisa triste, encogiéndose de hombros.—...Eso, de algún modo, nos convierte en hermanos.
—Sí, es cierto… Es como si fuésemos hermanos...—murmura ella, con una sonrisa muy influenciada por la tristeza.
—Eso hace que no me sienta tan abismalmente solo… Otra cosa más que el señor Houinbou ha hecho por mí. Enseñarme a confiar en alguien.
Ambos jóvenes, en un acto instintivo, se funden en un abrazo con el que tratan de darse consuelo y apoyo en un momento tan difícil.
—Yo también… Ahora, gracias al señor Houinbou, te tengo a ti. Ya no estaré sola nunca más.
—También yo… Creía que… Después de lo de Manosuke, y ahora el señor Houinbou, no podría continuar viviendo sin ninguno de los dos. ...Pero ahora tú estás conmigo, y no me siento tan solo. Ambas son dos muertes que no superaré jamás, por eso. Pero saber que no estoy completamente solo en este mundo me ayudará.
De nuevo, se dan un abrazo, y aunque dentro de ellos reine una grandísima tristeza, pensar que ahora se tienen el uno al otro les da valor para seguir luchando, para pese a todo continuar con la vida que Ryouken les ha dado a ellos. Otro de muchos favores impagables, según ellos, que le deben al que fue su padre y siempre lo será.
—Ahora que lo pienso… Salvándote a ti la vida, creo que el señor Houinbou también me hizo un favor a mí. Porque aunque él no se hubiese ido, pero tú sí… Yo tampoco podría estar completamente bien.
—¿En serio crees así?—le pregunta, algo sorprendida, con restos de lágrimas en las vertientes de sus ojos.
—Para el señor Houinbou, era muy importante que yo aprendiese a confiar en alguien para poder tener una vida mejor. Me quería mucho, y por eso se preocupaba por mí. Si tú hubieses muerto, después de que yo hubiese aprendido a confiar en ti…. ¿Qué crees que me habría pasado entonces?
—...Que nunca más confiarías en nadie. ¿No es cierto?—deduce ella, apenada.
—Así es. Si yo hubiese perdido a la única persona en la que había aprendido a confiar por mí mismo, nunca más me sentiría con ánimos para confiar en nadie más, y eso supondría un completo fiasco en mi vida ya de por sí destrozada. Y como buen padre para mí que es, no podía permitirlo. Así que… Se sacrificó por sus dos hijos.—comparte el pelirrojo, al final quebrándosele la voz.
—La gente puede decir lo que le venga en gana… ¡El señor Houinbou era una buena persona!—se exalta ella, pensando en todos los que le tomaban por Satanás por ser un asesino.
—Sí… El señor Houinbou tenía un corazón enorme, para mí siempre será el mejor padre del mundo. Yo...—se le cae una lágrima.—Yo siempre estaré orgulloso de ser su hijo.
Y por muy tristes que se sientan en un momento como ese, ninguno puede reprimir una sonrisa de felicidad al saber que Ryouken Houinbou ha sido, es y siempre será su verdadero padre.
—¿Eh?—se sorprenden, al unísono.
—¿Qué os pasa, chicos?—les pide el doctor, solemne y contemplándolos con una sonrisilla débil.
—Es que… Me ha parecido notar una mano en mi hombro…
—A-a mí también me ha pasado eso…
Tal es su estupefacción que se miran a los ojos, tratando de preguntarse el porqué, y cuando piensan en algo y deducen que están pensando igual, solo pueden dejar ir una sonrisa de emoción. Y eso que ninguno cree en esas cosas.
La única explicación que se les ocurre consiste en que, incluso desde dondequiera que se encuentre ahora el asesino ciego, siempre estará velando por ellos, y lo pone de manifiesto abrazándolos a ambos a la vez en su forma espectral. Haciendo sonar inconscientemente las campanitas que él les dejó, de alguna manera, como patrimonio, tienen la sensación de que todavía pueden escucharle reír. Entonces, es cuando saben que Ryouken siempre estará vivo dentro de sus corazones.
Contemplando la tumba de su padre, le dicen adiós con la mirada, y aunque no pueden evitar unas cuantas lágrimas más, están más tranquilos al saber que no están solos. Ahora, se tienen el uno al otro, y tienen a su padre en su corazón. Y eso, por absurdo que les haya podido sonar en un principio, les deja más tranquilos.
—Adiós, señor Houinbou. Aunque nunca se haya marchado en realidad.
Después de eso, consideran que pasar más tiempo en ese lugar que solo puede entristecerles es algo inútil, por lo que deciden volver a la prisión, dispuesto por mantener siempre vivo el recuerdo de su maestro, figura paterna y, directamente, padre. Estar en esa celda llena de recuerdos es algo muy difícil, sobre todo al principio. Pese a que Souta no cree, se ofrece para encender las velas de su altar, en una especie de acto simbólico por Ryouken, para darle un último adiós. Kuro también está muy triste, andando con la cola caída, pero tumbarse al lado de esas velas lo llena de paz. Yukiko, ahora que puede, contempla también la escena, llena de melancolía aunque con una sonrisa implantada en su semblante al recordar a Ryouken.
El pelirrojo, además, coge con suavidad el cuenco tibetano que pertenecía a su padre, dispuesto a hacerlo sonar. Sin embargo, le detienen.
—¿Puedo yo, Souta? Quiero demostrarle que ahora sí sé darle a la primera...—pide la morena, con una sonrisa todavía algo apagada.
—Anda, toma. Te cedo los honores, pero solo por esta vez.
Yukiko, tan bien como el asesino ciego le enseñó, golpea el borde del cuenco con la cara metálica y extiende el sonido haciéndola rodar por dicho borde. El ambiente se llena enseguida de un silencio místicamente interrumpido.
—Por el ambiente aquí… Casi parece que nunca se haya ido. Bueno, de hecho, seguro que no.—comenta Souta, silencioso.
Antes de irse a dormir, ambos dedican una reverencia frente al altar, como si fuesen creyentes devotos, aunque no lo hacen por creencia alguna sino como acto de respeto. Al hacerlo, no pueden reprimir nuevamente las lágrimas, aunque esta vez son más silenciosas y solemnes.
A continuación, tantas emociones y tanto ajetreo en su primer día post-operatorio, pasan factura a Yukiko, que de repente se nota muy cansada, y se abandona al calor de la manta que ahora puede notar agradablemente. Su día ha sido extremadamente agradable y desagradable al mismo tiempo, pero a pesar de todo siente que Ryouken siempre estará ahí para ella, y aunque le duela no verle físicamente ahora que puede, el saber que tiene un padre que la protegerá le da una extraña paz interior.
Souta, aunque también esté agotado, no se duerme tan fácilmente. Contempla el crepitar del fuego quemando las velas mientras acaricia a Kuro y a Tasuke, quienes tristones también se han quedado dormidos. Además, tampoco puede evitar mirar a Yukiko durmiendo. Se podría decir que, en el mundo real, es lo único que le queda.
Aprovecha el silencio para pensar en muchas cosas, tanto recientes como antiguas, que han marcado su vida de todas formas, para bien o para mal. Cuando Ryouken le salvó la vida en ese coche congelado, cuando le ayudó posteriormente en ese orfanato donde fue muy desdichado e infeliz, todas las veces que se carteaban y maestro y acólito y padre e hijo se mantenían en contacto. Más tarde, vino toda la parafernalia que supuso su venganza, en la cual Ryouken se preocupó por él y su seguridad en todo momento, hasta el extremo de escapar de su celda para ir a salvarle. Allí, empezó su etapa como preso, y el asesino ciego volvió a salvarle entonces. Un poco más tarde, llegó Yukiko y eso supuso el comienzo de su amistad y sterior confianza, de nuevo gracias a Ryouken. En todo eso y más, Ryouken estuvo siempre ahí ayudándole. Razón por la cuál Souta siempre le estará agradecido.
Souta nunca tuvo un padre que le cuidase o le educase, ni siquiera que le quisiera. Al menos, no uno biológico, porque pese a todo lo que le quitó, la vida sí le acabó dando un padre: el asesino ciego, quizás la última persona de la que se puede esperar algo así, le protegió y le apreció como a un verdadero hijo propio. Justo cuando nadie más estaba de su lado. Eso es lo que un padre real hubiese hecho por su hijo. Así pues, Ryouken siempre será su padre, aunque no compartan la misma sangre. "Si no fuese porque es lo que mantiene con vida a las personas, ¿Qué tan importante sería la sangre si se derrama con tanta facilidad?". Era algo que Ryouken solía decir. Y como un buen acólito e hijo, ha aprendido de él.
—El tiempo no podrá cambiar todo el aprecio que siento por usted, señor Houinbou… Padre.—susurra Souta, para sus adentros, triste aunque se esfuerza por no llorar más.
Ya es negra noche, todo a su alrededor es silencioso. Yukiko lleva profundamente dormida un buen rato, Kuro se ha quedado traspuesto delante del altar, de donde no piensa moverse, y Tasuke igual, muy cerca de su canino amigo. El pelirrojo no ha logrado abandonar todas sus cavilaciones apresadumbrantes en todo el día, pero lo cierto es que está agotado ante un día tan esperanzador y pésimo a partes bastante iguales. Quizás ya le tocaría irse a dormir, pero al parecer todavía no se ha acabado el día.
—Souta, ¿Tienes un momento? Quiero hablar contigo, es importante.
El doctor Kokoro rompe el silencio que tanto le ha caracterizado a lo largo del día para acercarse al domador tranquilamente aunque con seriedad.
