Amanece de nuevo, y Souta no ha pegado ojo en toda la noche. Quizás podría haber dejado la lectura de una carta tan intrigante para después de una siesta, piensa. Se ha pasado otra noche en vela para su colección dándole vueltas a todo lo que mencionaba su figura paterna en su última carta, cosa que no le ha dejado dormir tranquilo pese a su acumulado cansancio de un día tan mixto como el anterior.
—¿No has dormido nada? Deberías descansar, Souta...—le aconseja Yukiko, preocupada.
—S-sí, tienes razón… Pero no te preocupes, aguantaré de sobras. Siempre lo he hecho…
Todavía resulta doloroso permanecer en esa celda llena de recuerdos de Ryouken. El altar, las velas… Todo recuerda a él. Aún pueden imaginarse al anciano meditando como siempre lo hacía, silencioso frente al altar. Kuro está desquiciado, no sabe qué hacer sin su amo. Yukiko nota que hay algo que no está bien cuando no da clase de meditación. Incluso Souta echa de menos las collejas que a veces le daba. El hombre se va, pero sus recuerdos permanecen siempre. Algo dolorosamente cierto.
Yukiko, aunque descansada al contrario que el pelirrojo, anda todavía cabizbaja como si no hubiese dormido ni un solo segundo. No es porque esté agotada, sino más bien porque la pérdida de Ryouken en un momento tan importante para ella como lo era el comienzo de su vida sin la enfermedad que tanto la anulaba la ha afectado muchísimo. No tiene ganas de hablar con nadie, mostrándose especialmente desanimada.
Souta sabe de sobras el motivo por el que está así, pues de tonto no tiene nada. De hecho, a él le pasa algo similar. Tampoco se siente con ánimos para nada en un momento así, después de la repentina pérdida de alguien tan fundamental. La palabras de la carta quizás le den un poco de esperanza, pero no es todo tan sencillo. Él confía en Ryouken, y siempre lo hará, incluso cuando le asegura que nunca se ha ido de allí y que siempre estará con él. Le cree, por supuesto, y le da las gracias… Pero no puede negar que sigue sintiendo un gran vacío al no verle allí como de costumbre.
Hay demasiadas cosas que se le pasan por la cabeza: lo rápido que todo ha pasado, los sentimientos tan extremos y oscilantes de los últimos días, todo lo narrado en la carta, el acuerdo con el doctor Kokoro, el pensar en algo que decirle a Yukiko para animarla y de paso animarse a él mismo… Demasiado. Y sin energía acumulado, más que demasiado.
Finalmente, y vencido por pensamientos y sentimientos, termina dormido contra la pared de la celda. En parte para descansar, y en parte porque su mente siente la necesidad de contactarse con cierto alguien con quien solo puede hablar en sueños.
De nuevo esa zona rodeada con una luz blanca que da mucha paz. Paz la daría si Souta no estuviese tan hecho polvo en ese momento. Ni siquiera quería dormirse, pero no ha tenido más remedio. No le apetece nada, ni tan solo dormirse. Y para colmo…
—Hey, Saru, aquí estás.—la llama una voz tremendamente familiar.
Nada más escuchar a Manosuke mientras le ve aparecer como siempre que se infiltra en sus sueños hace, no puede reprimir un gruñido molesto.
—Que no me llames… ...Bah, déjalo. Ni siquiera tengo fuerzas para insultarte. —bufa, suspirando.
—¿No? Vaya, tienes que estar fatal entonces. ¿Qué te pasa? Anda, cuéntamelo.—le pide Manosuke, como de costumbre preocupado por el bienestar del pelirrojo.
—...Es que…
Souta respira hondo, tratando de no hundirse emocionalmente, y menos delante de Manosuke.
—...Es que… El señor Houinbou… S-se ha… S-se ha…
Pronuncia la palabra en su mente, y no puede evitar sentir un escalofrío en la columna, y algunas lágrimas acuden veloces a él. En cualquier otra situación las hubiese aguantado para sí, como tan bien se le ha dado, pero cuando se trata de nadie menos que de su padre, no puede luchar contra eso.
—¡Souta! M-maldita sea, ¿Qué rayos pasa? ¿Por qué te pones así?—salta Manosuke enseguida, alterado por ver a Souta en una situación así. En un momento así, no piensa hacerle ninguna bromita de las suyas.
—Que… Que… Maldita sea, que… Que el señor Houinbou se ha… Se ha… Muerto.—confiesa, tembloroso.—S-se ha ido, y estoy destrozado, Manosuke…
El rubio de la cresta no tarda en correr hacia él para regalarle un abrazo y un hombro en el que llorar, para impedir que sufra, porque se prometió a sí mismo que haría todo lo posible por proteger a Souta.
—Ya, ya, Souta… Ya… Joder, menudo palo… Que se muera él, precisamente, con todo lo que le apreciabas…
—¡N-no me estás ayudando, no me ayudas, no me ayudas!—protesta Souta, acentuando su llanto.
—¡Ah! Mierda, mierda, perdona, perdona, lo siento. No llores, no llores. Ya está, ya está….—le susurra, acariciándole en la espalda.
Después de estar unos instantes llorando en el pecho de Manosuke, inexplicablemente se siente un poco mejor. No es que vaya a admitirlo, por supuesto.
—Y-y claro, como tu neurona te dará a entender… Esto me ha dejado fatal.
—Sí, sí, claro que lo entiendo… Espera, ¿No habías dicho que no ibas a insultarme?
—...Pse. He descubierto que, pase lo que pase, nunca perderé las ganas de insultarte.—replica, intentando reírse.
—A cualquier otro le metería una buena hostia… Pero de ti, me da igual. Si eso te hace sentir mejor, adelante, insúltame todo lo que quieras.
—No creo que este sea el momento para describirte...—continúa.
A pesar de que está tratando de reírse por pensar en otra cosa, no acaba de dar un resultado satisfactorio completamente.
—Y bueno… Entre eso y el cacao mental que llevo en la cabeza, pues estoy hecho un asco, sabes. Justo cuando Yukiko se recupera y se supone que todo iba a ir mejor, ale. Pasa esto. Mi propio padre…se va.—declara, apesadumbrado y sujetándose la cabeza con solemnidad.
Manosuke se muestra, como siempre, dispuesto a escucharle, mientras Souta le cuenta un poco por lo que está pasando, y cómo se siente, porque el pelirrojo sabe, de igual modo, que Manosuke le escucha. —Hostia… Vale, ya entiendo. ...Joder, y precisamente en un momento así. Souta, lo siento… Lo siento mucho.—asegura Manosuke, por una vez siendo sincero.
Souta no dice nada, no se siente con ánimos de hacerlo. Solamente busca refugio en su abrazo una vez más.
—Bueno, pero cuando te dijo en la carta que en realidad no se iba lo dijo muy en serio. Ya conoces al señor Houinbou, tú mejor que nadie.
—¡Anda! No me digas… Ya lo sé, ya sé que tiene razón, como casi siempre la tiene… Pero no es lo mismo, joder. Ya sabrás que no creo mucho en esas cosas, y lo dices como si no hubiese pasado nada.
—N-no, no es eso… Joder, no quería decirlo así….—reniega el rubio, mosqueado consigo mismo.
—Siempre que abres tu bocaza metes la pata, Manosuke. Déjalo, si lo he entendido. Porque no soy tanto idiota como tú.
—Por eso, entre otras cosas, me encantas.—le sonríe, amable.
No sabe si es porque ha quedado muy afectado ante un suceso tan horrible o porque realmente siente el impulso, pero Souta no puede evitar ruborizarse.
—M-manosuke…
—No te pongas triste, Souta. Mírame a mí… Me morí, y todavía sigo por aquí, charlando contigo.—ríe Manosuke, tratando de animarle.
—N-no lo estarás comparando, verdad… El señor Houinbou era como mi padre… Y tú solo eres un idiota rematado.—replica, malicioso.
—Pero un idiota que te quiere. No trates de mentirme, Souta, ya tengo claro que realmente te importaba.
—Y-yo… B-bueno, tampoco te pases…—se sonroja Souta, apartando la mirada.
A modo de prueba indirecta, Manosuke le pilla por sorpresa y le da un tierno beso en los labios, a lo que Souta reacciona abriendo mucho los ojos y acentuando su rubor, cosa que le desmiente.
—Si no te importaba, ¿Por qué me has besado?
—¡M-me has besado t-t-tú!—chilla Souta, en una avergonzada protesta.
—Bueno, lo que sea. ¿Pues por qué te has dejado?
—¡¿Quizás porque te has plantado enfrente de mis narices sin darme otra opción?! ¡No puedo contigo, Manosuke, no puedo, no puedo, no puedo!
Cuando se pone tan adorable, Manosuke no puede evitar mirarle con ternura, con una mirada que no le ha dedicado nunca a nadie más. Souta lo sabe, y por muy terco que pueda llegar a ser, tampoco él puede resistirse a eso. Esta vez, es el pelirrojo el que da un paso adelante, y por instinto le da un beso en los labios, que por supuesto el rubio no piensa rechazar por nada del mundo.
—Je. Ahora sí has sido tú.—le pica Manosuke, sonriendo como nadie.
Souta gruñe para sí mismo, muy ruborizado. —¿Lo ves? Me fui, pero eso no te ha impedido verme. Ni besarme tampoco.—afirma, sonriendo pícaramente.
—¡C-cállateee!
—Anda, no te enfades, Saru.—le sonríe, mientras le acaricia la mejilla.—¿Pero ves lo que te digo?
El pelirrojo asiente, de una manera algo inocentona.
—Entiendo que para ti es chungo, porque era como tu padre, y que se muera… Pues es algo horrible.
—¿Entiendes algo? Debo de estar soñando. Anda, sí, estoy soñando.
—Qué más da. Seré tonto, pero cuando se trata de ti, entiendo lo que haga falta.
Souta aparta la mirada una vez más, dándose por aludido y ruborizándose de nuevo.
—¿Qué? ¿Te sientes mejor?
—S-supongo… Estoy mejor… P-pero solo un poquito, ¿Eh? Tampoco te pases.
Manosuke le besa nuevamente, a lo que añade a continuación:
—Me alegro por ti.
—M-maldita sea, Manosuke… A este paso, nunca me vas a dejar en paz.
—Tampoco es que quisiera, sabes.—le sonríe.
La sonrisa de Manosuke, sin quererlo, le provoca un gran bienestar interior.
—Además, que sigues siendo su fiel acólito desde la tierra, ¿Eh? Entonces, seguirá estando orgulloso de ti.
—Supongo que sí… Y-yo nunca podría dejar de serlo…
—Seguro que está sonriéndote desde donde quiera que esté ahora mismo… Eso haría yo a cualquiera que se molestase en cumplir los deseos que he dejado pendientes, como me has contado. Por eso, esa amiga tuya me cae bien cuando se anima tanto por tú y yo, ya sabes...—ríe el rubio, con una sonrisa de 36 dientes.
—No me lo recuerdes, anda. Pero sí, es lo mínimo que podría hacer por el señor Houinbou, después de todo lo que él hizo por mí. Y si él quería encontrar a ese soberano desgraciado que se la jugó a Yukiko y a él, pues yo mismo le encontraré y le patearé el culo.
—¡No te quepa duda!—se apunta el de la cresta, en pose macarra.—Si quieres que le pegue una paliza a alguien, solo tienes que pedírmelo.
—Eres tan básico… Nah, de momento no. Pero yo me lo apunto...—sonríe el pelirrojo, con malicia.—Por el momento, me conformo con que me digas si tú recuerdas algo sobre tu viejo que me pueda echar un cable. Como ya te he dicho, el tío le dijo al señor Houinbou que se llamaba como él.
—Ni idea, Souta.—responde, extrañamente serio para ser Manosuke.—No recuerdo casi nada de mi viejo, como entenderás. A parte de alguna vez que lo vi muy de pasada con el tuyo, yo que sé si tenía algún colega o por el estilo. Si pasaba de mi culo.
—Es que me parece que fue demasiada coincidencia que quien quiera que fuese ese subnormal usase el nombre precisamente de él…
—Bah, encontrarás a ese tío, ya verás. Si era tan gilipollas, le cazarás en seguida, y se va a enterar de lo que es bueno. Tú solo ten cuidado, ¿Vale?—le aconseja el guardaespaldas, siempre preocupado por él.
—¡S-sé cuidarme solito, Manosuke!
Vuelve a verle adorale, como de costumbre, y no puede evitar darle otro beso .
—Vale, vale, perdona. Es que no quiero que te pase nada, Souta.
Mientras le sonríe, vuelve a besarle, Souta maldiciéndole por dentro. Hasta que al final, no puede evitar unirse a sus besos, porque aunque no esté demasiado dispuesto a admitirlo, le encantan.
Ya está otra vez, y sin poder evitarlo. No importa que tan extremamente difícil sea la situación, no por ello deja de soñar con Manosuke, y como siempre que pasa sucede, los dos empiezan a besarse repetidamente como si no hubiera un mañana. Algo que a Souta, en ese momento, no le viene del todo mal para animarle un poco: el sentir que Manosuke siempre estará ahí también, demostrándole lo mucho que le quiere. Algo que, por muy cansado que esté, logra inexplicablemente descansarle.
De pronto, de algún sitio que no logra identificar, el pelirrojo consigue oír algo que parece una risa suave. Parece distinguir de quién es. Y aunque no es muy potente, y pese a que se encuentra muy a gusto en compañía de Manosuke, el espacio indefinido y brillante se desvanece y debe decir 'hasta luego' a Manosuke, porque se está despertando de su sueño.
El pelirrojo se despierta en la celda, como cabía esperarse, apoyado en una de sus frías paredes, sentado en el suelo, donde se ha quedado traspuesto a raíz de un cansancio por la noche en vela que ha pasado que ahora ya no existe. Cuando abre los ojos y alza la cabeza, lo primero que ve es a su amiga morena, plantada delante de él, riéndose con suavidad para sí misma.
—Hey… Estás riéndote.
—Oh, Souta...—se sorprende ella, devolviéndole la mirada.—L-lo siento, ¿Te he despertado?
—Nah, tranquila, además ya he dormido suficiente. Pero no deja de sorprenderme. Antes estabas muy de bajón, y ahora te estás riendo. Curioso avance.
—Ah, ya… Bueno, no pude evitarlo.—confiesa, sonriente.
—¿Y el motivo es…?
—Es que cuando vi que te quedaste dormido sentado en el suelo, me sorprendió, y vine a comprobarlo. Y cuando me acerqué, vi que aunque primero estabas serio, de pronto empezaste a sonreír, y dormías sonriendo. Y luego, te has puesto rojo como un tomate. Y me hace gracia, porque me imagino de qué va eso...—confiesa la morena, tapándose la boca para disimular la risa. Cuando ve a Yukiko riéndose, no puede evitar una mueca de lo que es una mezcla entre corte y sorpresa.
—¡M-maldita sea, no había caído en que ahora podrías verme…!—exclama, dejando ir unas gotas de sudor por su frente.
—Pues puedes apostar. Además de que ahora puedo oírte perfectamente...—añade ella, riendo todavía más.
Souta, sin quererlo, refleja en su semblante que se está dando por aludido.
—Así pues, tenía razón. Estabas soñando con...—sonríe, mientras dibuja un corazón con los dedos.
—¡C-callaaaa!—protesta el pelirrojo, cubriéndose las orejas.
Ante las infantiles protestas de Souta, Yukiko no puede evitar reír más.
—Bueno… Al menos ya no te veo tan triste, Yukiko...—le comenta Souta, para animarla y sobre todo, para cambiar de tema.
—Ah… S-supongo… B-bueno, me imagino que estás en lo cierto…
Yukiko, tras soltar un largo suspiro, se sienta al lado de Souta, todavía algo alicaída.
—¿Sigues un poco de bajón, eh?—deduce el domador, serio.
La morena asiente con la cabeza, a desgana.
—Ajá. E-es que… Ha sido algo muy duro para mí…
—Ha sido muy duro para todos, Yukiko, creéme.
—S-sí, ya… Pero que pasase algo tan horrible el mismo día que me recupero… Y encima haber tenido que recuperar la vista y, como aquel que dice, lo primero que veo es… A-a una persona tan importante para mí… Muerta.
Mientras lo explica, un inmenso pesar se nota atrapado en sus palabras.
—E-es verdad...Tú fuiste la primera en…
—Sí… ¿Acaso te imaginas cómo me quedé? Yo venía súper entusiasmada para verle, para decirle que todo había ido bien… Era un momento muy feliz en mi vida… Y cuando fui tan contenta… Mi alegría se partió en mil trozos. Esa imagen nunca se me va a olvidar, lo sé...—asegura la morena, cubriéndose los ojos en un acto reflejo por intentar olvidar algo tan horrible.
—Tranquila, tranquila… No te asustes… Aunque si lo pienso, tuvo que ser un palo enorme…
—S-sí… Sí, mucho.. Y claro, algo así me deja muy triste cada vez que lo pienso…—suspira ella.
—Yukiko… Entiendo que es perfectamente normal que reacciones así… Aunque sé también que al señor Houinbou no le gustaría notar que estás tan triste…
—¿C-cómo?
—Tienes que ser fuerte… Porque él te salvó para que pudieses tener una vida feliz, como nunca pudiste… No quería que estuvieses triste, ¿Entiendes?
—Souta… Sí, sí, te entiendo… Gracias.—asegura la morena, con un gesto solemne.—Aunque no puedo evitar sentirme triste… Te prometo que no pienso dejar que el sacrificio que hizo el señor Houinbou por mí fuese en balde. P-porque para mí sería mucho peor pensar que ha muerto para nada…
Pese a sus palabras, el pronunciar la palabra 'muerto' sigue siendo algo muy duro para Yukiko, y más al hablar de alguien tan fundamental en su vida como Ryouken, y no puede evitar un suspiro de resignación.
—Hey, respecto a eso… ¿Sabes algo?
—¿Sí?
—Estoy seguro de que el señor Houinbou nunca hubiera considerado esto como su muerte. Recuerda que él creía en la reencarnación, seguro que se habrá reencarnado en algo estupendo, porque como fue tan buena persona con nosotros… Así que, en el fondo, sigue vivo…
—Sí… Sí, así es, él creía en la reencarnación…—recalca la morena, con una sonrisilla cansada.
—Así es. Y aunque no le veamos a pesar de poder ver los dos ahora, seguro que estará cerca de nosotros, como siempre. Nunca nos abandonaría, porque somos sus hijos, ¿Recuerdas? Él nos aprecia mucho. Así que tiene que estar cerca nuestro ahora mismo...—asegura el pelirrojo, sin poder evitar una sonrisa distante.
Yukiko, en una especie de acto reflejo, desvía la mirada por toda la celda, reviviendo toda clase de recuerdos de Ryouken. Luego, se pone a pensar en todo lo que le está diciendo Souta, e intenta imaginarse la presencia del asesino ciego ahí, como si nunca se hubiese marchado. Y llega a la conclusión de que el pelirrojo tiene toda la razón del mundo.
—T-tienes razón, Souta… Tienes toda la razón del mundo…—corrobora la morena, con una sonrisa de emoción.—Ahora que lo compruebo… Casi parece que no se haya ido nunca. Igual.. Igual es porque sigue aquí.
—Heh… Sí. Es como si todavía le vieses por aquí, ¿Verdad? A mí me pasa lo mismo… Le veo meditando, con su rosario en la mano, o acariciando a Kuro…
—Yo hasta tengo la sensación de que le oigo reírse mientras el cuenco tibetano lo inunda todo…
Ambos se miran, y con su propia mirada se dan la razón, con una débil sonrisa.
—Así pues, sigue aquí… Nunca se ha marchado de nuestro lado...—declara la morena, animándose un poco.
—No, qué va… Él es un buen padre… Y un buen padre nunca abandona a sus hijos.—asegura el pelirrojo, contento solo de pensarlo.
Ella le vuelve a dar la razón, conmovida y con lagrimillas en los ojos. Acto seguido, asiente, visiblemente más animada y recuperada, y aunque no puede evitar llorar, no se ve deprimida, como anteriormente. —Gracias, Souta… Porque a pesar de que ya me han devuelto la vista, me has abierto los ojos.
—De nada… Estoy seguro de que el señor Houinbou hubiese querido que supieras esto.Y bueno… Ahora que somos como hermanos, tenía que intentar animarte de algún modo, supongo...—explica Souta, encogiéndose de hombros, extrañado ante la situación. Nunca antes había tratado de animar a nadie, además de que una relación así no la ha establecido jamás.
—Pues lo has conseguido. Por eso te lo agradezco mucho.—asegura con una sonrisa.
Al principio, Souta no puede evitar sentirse un poco extrañado por la situación, sin embargo unos instantes después no se niega a un abrazo, dicho sea de paso que les deja más tranquilos a ambos. Ahora están juntos para apoyarse.
—Y ahora que ya me encuentro algo mejor… Contesta, ¿Qué hacías con Manosuke cuando has soñado con él antes?—pregunta de sopetón, con una ceja alzada.
—¡...Ya estamos! Vuelves a ser tú...—comprueba Souta, empezando a sudar, ojiplático y en expresión de shock.—¡Q-qué rápido cambias de tema cuando quieres!
—¡No me cuentes milongas!—Acto seguido, adopta una expresión amenazante.—¡Confiese, reo Sarushiro! ¡Estaba soñando alguna obscenidad con Manosuke Naitou!—chilla, como si fuese una policía deseosa de sacarle una confesión.
Ahora, Yukiko se alza de su asiento, y corre detrás de Souta, y antes de que él pueda siquiera preguntar qué hace o a dónde va con cara de circunstancias, la morena le coge los dos mechones pelirrojos que tiene a cada lado de la cara y los ata con sus puños como si fuesen coletas.
—¡Vale, vale, lo confieso!—con una mano, junta las dos coletas en una y con la otra le tapa los ojos, en un intento por imitar la pose que suele adoptar Souta.—¡E-es cierto! ¡Soy culpable! ¡Pero pido clemencia, YO LE AMO! ¡No puedo evitarlo, no puedo, no puedo, no puedo!—fantasea Yukiko, imitando su voz mientras se esfuerza en reprimir la risa.
—...Uno de mis cargos es asesinato. Te lo digo para que lo tengas presente.—la amenaza Souta, con una sonrisa malvada, sin ni siquiera girarse para mirarla a la cara.—De momento me han cargado con uno solo, pero como no me sueltes el pelo y no pares de sacar ese tema me van a cargar con el segundo.
—Bueno, siempre puedo escribir alguna escenita sobre los dos para que Manosuke se ponga de mi parte y con un beso te haga perdonarme.—sonríe picaresca la chica.
—¿Ah, sí? Pues ahora verás…
Souta, echando sus brazos hacia atrás mientras se alza del suelo, logra auparla en sus hombros.
—¡Suéltame, suéltame! ¡Souta Sarushiro, bájame ahora mismo!—le regaña la morena, protestando infantilmente. —¡Seré un monito, pero has despertado al King Kong que llevo dentro! Mejor para mí, porque King Kong iba con una chica, ¿No? Pues perfecto...—menciona Souta, perverso.
—Mi venganza será terrible, chato...—contraataca ella, con mirada malvada graciosa.
—Je. De aquí a que puedas vengarte, te has quedado frita en mis hom…
Sin previo aviso, Yukiko aprovecha su posición para hacerle cosquillas a Souta en la tripa, cosa que parece ser el punto débil del pelirrojo, pues se echa a reír a carcajadas, incluso a lagrimear de la risa.
—¡P-para, para! ¡T-te vas a caer, y no será culpa mía!
—¡Pruébame! Te dije que me vengaría, y admite que esta venganza es más efectiva que la que planeaste tú.—bromea, sin parar.
Ambos siguen con la bromita un poco más, riendo sin parar, hasta que algo les deja muy callados a los dos de repente.
"Keh heh heh…"
Esa risa es inconfundible, así como la sosegada y cavernosa voz que la entona. Y al parecer, ambos la han escuchado perfectamente.
—Eso era...—susurra Souta, ojiplático.
—¿Tú también lo has escuchado?—pregunta Yukiko, alzando la cabeza puesto que todavía está en sus hombros.
—...A-ajá. Era…
—Papá...—llaman, los dos al unísono.
Con un poco de melancolía, ambos se miran de nuevo, compartiendo una sonrisa conmovida y una mirada húmeda.
—Era cierto, después de todo...—murmura Yukiko, contenta.
—Sí… Espera un momento, ¿Es que acaso no me creías?—protesta Souta, infantil.
—¿Me estás llamando mentirosa? ¿Qué formas son esas de hablarle a tu preciosa y adorable especie de hermana?—replica ella, divertida.
—Eres… Eres… ¡M-me sacas de quicio, Yukiko!—la encara, con una ceja arqueada.—Y mira que eso no es fácil… ¡A veces eres incluso peor que Manosuke!
—¡Eh, eh, a la morena la respetamos, eh!—desafía, con pose egocéntrica.
—Claro, claro… Cuando respetes al pelirrojo, luego hablamos…
Como una especie de 'demostración', Souta la coge por la cintura desde su posición y le da la vuelta para cogerla en brazos quedando su cara frente a su espalda, mientras ella trata de oponer resistencia sin éxito. El domador es muy fuerte, aunque no lo aparente.
—¡¿Qué haces, animal?! ¡Bájame!—protesta Yukiko, riendo sin parar.
—Keh heh heh… Así no podrás hacerme cosquillas… Venganza por la venganza.—se ríe Souta, imitando inconscientemente la risa de su padre.
—No me subestimes. Todavía puedo…
Antes de terminar la frase, Yukiko le da una patada en la barriga con el pie.
—¡Ayyy! ¡P-para, eso es jugar sucio!
—Bájame.—indica, lacónica.
—¡Sí, claro, no me dejaré vencer por ti, chata!
Yukiko repite el gesto, con las cejas enarcadas en señal de venganza.
—¡Auuu! ¡M-me vas a tiraaar!
—Suéltame y no te partirás el morro.
—¡N-no pienso rendirme!
Pese a tanto espectáculo, cuando están cerca de los futones de ambos, tanto pataleo y cosquilleo empieza a hacer que Souta pierda el equilibrio, con riesgo de caerse él y con él, Yukiko. De pronto, el propio pelirrojo se percata que, misteriosamente, el futón se mueve ligeramente hacia él, si es que no está soñando.
El futón telekinético, al parecer, choca con su pie, y le hace perder el equilibrio y precipitarse él y la morena al suelo, aunque como el propio futón estaba ahí, ha amortiguado el golpe, impidiendo que haya daños graves.
—¿Q-qué rayos acaba de pasar?—se pregunta Yukiko, sorprendida, tumbada boca arriba, en el futón.
—Algo muy normal… Que el propio futón me ha hecho caer sobre él.—explica Souta, camuflando su sorpresa con un semblante que hace creer que está perfectamente habituado a ese tipo de situaciones sobrenaturales.
—¿No creerás que alguien lo ha movido, verdad?
—Je. Seh, eso creo…
—¿Y quién puede haber sido?
—Pues no sé… Alguien que para prevenir que nos diésemos una monumental hostia nos ha hecho caer a posta. Solo se me ocurre alguien capaz de hacer una gilipollez tan grande...—ríe Souta, con malicia.
—¡Ah! ¡Manosuke!—declara ella, con una sonrisa de entusiasmo.—¡Entonces, como el señor Houinbou, él también está por aquí cerca!
—Supongo que sí. Dicen que mala hierba nunca muere. Será cierto...—comenta Souta, con sorna.—Pero bueno… En realidad, yo se lo dije.
—¿Qué tú se lo dijiste? ¿El qué, que no perdiese oportunidad de hacerte tropezar con el futón adrede?
—Claro que no, tarada.—se burla, sacándole la lengua.—Una vez que lo vi en un sueño, bueno, medio sueño medio pesadilla, antes de tu operación, le dije que ya que era tan guardaespaldas y quería hacerme un favor, que te protegiese para que esa operación no fuese en vano. Y, por supuesto, no se irá a negar a algo que le he dicho yo.
—Hey, no te eches flores, pelirrojo.—protesta Yukiko, con una mueca aniñada.—¿No podría ser que lo hubiese hecho por mí directamente?
—Ya sé que estamos hablando de Manosuke, pero ¿Quién iba a ser tan zoquete como para echarte una mano?—bromea Souta, riendo sin parar.
Por muy en broma que lo haya dicho, Yukiko tiene una réplica para eso, y bastante rotunda.
—Tú.
Ante la respuesta, Souta se queda boquiabierto unos instantes, aunque después no puede evitar asentir para sí mismo.
—Cierto.—admite, con los labios fruncidos.
Después de esto, ambos se incorporan y comparten una mirada fugaz. Acto seguido, no pueden evitar una risilla débil. Ahora ya están mucho menos alicaídos ante una noticia tan horrible. Y ha sido porque los dos se han ayudado mutuamente.
Ninguno de los dos está demasiado pendiente de la hora, por lo que la hora de la cena si que se percaten. Durante este tiempo que ambos comparten con las mascotas, a las cuales no se las nota demasiado animadas tampoco, intentan ponerlas un poco más contentas, y con algo de esfuerzo parecen conseguirlo. A Kuro le cuesta mucho estar a gusto sin su amo al lado, pero el estar con Souta le tranquiliza. Además, Tasuke se ha convertido en su amigo del reino animal, en quien también confía, pese a ser un perro testarudo.
—Ellos también han aprendido a confiar en el otro… Como nosotros.—comenta Yukiko, con una sonrisa.
El perro y el mono se sienten muy a gusto en compañía de los dos muchachos, y el sentimiento es mutuo, puesto que a Souta siempre le han gustado más los animales que las propias personas, o al menos la inmensa mayoría de ellas.
—Sí, es verdad… Y al igual que nosotros, también deberían saber que el señor Houinbou les apreciaba muchísimo, que siempre estará aquí presente para ellos también.
Cuando Souta pronuncia estas palabras, Kuro suelta un ladrido y Tasuke chilla, ambos pareciendo felices.
—Hey, ¿Qué os pasa, chicos?—les pregunta Yukiko, como si pudiesen responderle, aunque de hecho sí pueden.
—Conozco esa mirada.—explica Souta, fijándose mucho.—Kuro siempre se ponía así cuando el señor Houinbou le acariciaba. Y Tasuke siempre hace eso cuando le acarician la cabeza, también.
—Eso significa...—deduce la morena, conmovida.
—Sí, exacto. ...Ellos también notan su presencia.—concluye el pelirrojo, también conmovido.
Como símbolo de amistad, Souta y Yukiko pasan el tiempo después de cenar jugando con Kuro y Tasuke, quienes aprecian el gesto y también se sienten mejor. Ryouken es capaz de mucho incluso después de muerto, por eso muchos le admiran pese a todo.
