"Yukiko es hija de én es medio hermana de Manosuke y de Souta."
Desde que ha leído esa frase en particular, el pelirrojo se ha quedado con los ojos en blanco níveo. Un ligero temblor ha empezado a invadirle, al mismo tiempo que un escalofrío y un sudor frío se apoderan de él. Rara vez había tenido una expresión tan vulnerable implantada en su rostro, con las cejas fruncidas hacia arriba, orbes abiertas de par en par y temblor en los labios de su boca entreabierta con las comisuras hacia abajo. Atacado por una sorpresa devastadora, no tarda en sujetar la misiva con una mano hacia abajo y cubrirse con fuerza la boca con la otra.
—Y... Y… Yukiko… E-ella…
"Eso, de algún modo, nos convierte en hermanos. Es como si fuésemos hermanos." Nunca olvidará el tono despreocupadamente ignorante con el que lo dijo. Ha sido casi como una coincidencia…
"¿Acaso el acólito cree en las coincidencias?"
Entonces, lo sabe. Quizás por presentimiento, Ryouken siempre intuyó, desde el principio, que algo en los dos era muy similar. Siempre creyó que el destino acabaría por juntarlos y que se descubriese. Pero nunca lo dijo, nunca le comentó lo que pensaba al respecto. Incluso sospechando, jamás le dijo ni una sola palabra al respecto.
En ese instante, Souta no es capaz de pensar con claridad. En muy poco, ha descubierto demasiado. Finalmente, Jade Erz sí que resultó ser Jade Holic, así como la madre de Manosuke. Y Manya Sladkiy, ese nombre desconocido que salió a la luz de la manera más peculiar… Ha resultado ser su madre. Un fuerte dolor de cabeza la invade de repente, haciéndole retorcerse.
—¡Aaagh…!—grita el pelirrojo, sujetándose la cabeza.
En su cabeza, se refleja una débil imagen, desterrada en las profundidades de su memoria… Unos inocentemente brillantes ojos marrones, que le miran con aprecio. Un poco después, la imagen se aleja, y puede ver a su poseedora. Una mujer de larga y espesa cabellera negra, la piel muy blanca y una sonrisa llena de aprecio. Le coge la mano, con una palma mucho más pequeña y deditos finos. Es un recuerdo de su niñez. Un recuerdo tan fugaz y sin ningún rastro en el presente que no ha recordado hasta el momento. Esa es Manya Sladkiy. Manya Kazami. Su madre.
Por si eso fuese poco, ha descubierto que Yukiko, esa chica de origen desconocido, conocida y protegida de Ryouken, que apareció cuando todos la creían muerta, es medio hermana de Manosuke, ya que ambos son hijos de la misma madre. Y por si las cosas no fuesen ya lo bastante fuertes, resulta que Yukiko, la que era su "especie de hermana", ha terminado siéndolo de verdad. El pelirrojo y la morena, medio hermanos también, comparten padre biológico, nadie más que Yutaka Kazami. Cuando Souta accedió a su celda para hacerle pagar por "lo que le hizo a Yukiko" no imaginaba que pudiera haber más que haberla atacado. Nunca imaginó que buscando dulce venganza se encontraría con tan amarga verdad.
—E...Ese anormal… Intentó… Intentó matarla… Hace días… Y hace años. El hombre que le pidió al señor Houinbou que matase a Yukiko… Fue él.—titubea para sí mismo, con los ojos abiertos clavados en el suelo.
Kuro y Tasuke han abandonado su pelea con Caxap para fijarse que hay algo en Souta que está fuera de lugar.
—Pasó de Yukiko en cuanto tuvo la oportunidad… Tal y como hizo conmigo. Todo con tal de que le beneficiase a él… A esa escoria humana…
Hace fuerza en el puño con el que no tiene la carta sujetada, acumulando en él toda su furia interior.
—Y como pasó conmigo… Yukiko ha estado toda la vida en peligro por su culpa. T-todo porque nunca le importamos…
Souta intenta tranquilizarse para sí mismo, sin éxito. Se cubre los oídos, sacudiendo la cabeza de un lado para otro, apesadumbrado. Luego, las manos pasan a sus ojos. No puede ver, no puede oír, no puede decir nada. Una gran angustia le domina, a él, al que puesto a dominarlo todo, dominaba incluso sus sentimientos. En consecuencia, no se ve con fuerzas de hacer nada. Su verdadero padre ha muerto, su amigo tan especial también está muerto… Lo único que le quedaba sin saberlo siquiera era una media hermana perdida, que ha estado a punto de morir también. Y de algún modo o de otro, directo o indirecto, todo ha sido culpa de un hombre. De un hombre egocéntrico capaz de sacrificarlo todo por sí mismo.
Un hombre que al parecer acaba de entrar en su celda.
Por la silenciosa celda, resuena un chirrido metálico de las rejas al abrirse. Souta ni se molesta en girarse ni sorprenderse por ello. Sabe perfectamente quién es…
—...Así que aquí estás. Siempre yendo a donde te place… Caxap.
...Alguien lo bastante estúpido como para tardar tanto en darse cuenta de que existe.
—¿Ya vuelves a hacer de las tuyas? ¿Qué hacen mis cosas tiradas por el sue…?
Se calla en seco. El anciano abre de par en par su único ojo sano en dirección al pelirrojo tendido delante de su cajonera, que le da la espalda. Su personalidad indiferente se altera cuando presencia una carta manchada de sangre entre sus saliva, y sudor empieza a correrle por la frente.
—¡...T-tú! ¿Q-qué haces en mi celda, jovencito?—le pregunta, tartamudeando y visiblemente nervioso.
—...No. La pregunta no es esa. La pregunta es… Qué haces tú todavía vivo, que no te ha pisado nadie… Cucaracha. Escoria.—pronuncia Souta, con evidente malicia, aun de espaldas a él.
Por lo visto, Kazami se ha quedado mudo, por lo que se queda ahí plantado, sudando y sin decir palabra. Souta, por su parte, no tarda en darse la vuelta, encarándole con una de sus escalofriantes sonrisas pérfidas que trata de articular.
—¿...Qué pasa? Primero fui yo… Y ahora es Yukiko. ¿A cuánta gente más quieres joderle la vida? ¿Quieres batir un récord, o qué?—inquiere, con una sonrisa llena de rabia, alzando la misiva hacia arriba.
Con este gesto, Kazami puede fijarse mejor en que la palma extendida del pelirrojo se metamorfosea rápidamente en un puño cerrado, y simultáneamente, su sonrisa en una mueca seria e irada. Souta abre los ojos que tenía cerrados, viendo con furia la figura del hombre que, teóricamente, le dio la vida y también se la quitó, e hizo lo mismo con Yukiko. La frustración de saber que ha perdido a personas fundamentales en su vida y ha estado a un paso de perder a otras, todo por culpa de ese ser, un gran enfado le invade cada célula del cuerpo. Demasiadas emociones para alguien que está acostumbrado a domarlas.
Con una furia descomunal, rompe su relativa serenidad y se abalanza sobre el repostero, a la defensiva y con los ojos húmedos y encendidos de reproches que solo salen de los labios del pelirrojo en forma de insultos.
—¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! ¡Cómo pudiste! ¡Bastardo, escoria! ¡Escoria, hijo de la gran puta! ¡Te arrepentirás, bastardo! ¡Me vengaré, te lo juro!
La rabia que sentía cuando le encaró en la sala de visitas es solo comparable a la que está experimentando ahora. Se ha enterado de muchas cosas que solo acentúan su odio hacia Kazami. Demasiado odio por demasiados motivos. Por mucho que se esforzase, no podría reprimir el violento ataque de rabia que le ha entrado.
Kazami se da cuenta, por la visión de la carta, que el pelirrojo sabe demasiado. Como todo lo que sabe llegue a hacerse público, jugará en su contra. Y evidentemente, su egolatría le dice que tiene que hacer algo al respecto.
Es demasiado cobarde como para enfrentarle directamente, así que avisa a un guardia cercano para que acuda en su ayuda. Al comprobar que ni siquiera eso parece moderarle, insiste hasta que hacen caso y acuden apresurados a detener al domador, quien está completamente fuera de sí.
Lo primero que le preguntan es qué hace ahí, fuera de su celda, pregunta que ignora, farfullando acusaciones contra Kazami, ciego de ira, sordo a cualquier inquisitiva y sin poder decir nada más que eso. No se puede decir que ofrezca resistencia a los agentes, aunque no por ello piensa dejar que el repostero se salga con la suya.
—¡Tendríais que cogerle a él, a él! ¡Fue él quien quiso matarla, fue él! ¡Es un asesino cobarde que solo piensa en él! ¡Por sí mismo, quiso matar a Yukiko! ¡Ha intentado matarla! ¡Casi la mata!—grita Souta, reducido por los guardias, mientras intenta que le escuchen.
—…¿Qué clase de sinsentido estás diciendo, muchacho? Me parece que te has vuelto loco...—contraataca Kazami, haciéndose el despistado.
—¡Tenéis que creerme! ¡El que te haces el loco eres tú, viejo escoria! ¡Vas a pagar por lo que le hiciste! ¡Te arrepentirás de haber intentado matarla! ¡Te vas a arrepentir!—chilla, desesperado.
—¡Reo Sarushiro, cálmese! ¡Lo que dice no tiene sentido!—avisa un guardia, quien evidentemente no sabe la historia completa.
—Soy de la misma opinión. ¿Cómo podemos creer a un joven desobediente que se cuela en las celdas ajenas a su antojo? ¡Eso es violar mi privacidad!—se protege el repostero, con desdén.
Como la justicia es tan poco justa, y Souta lo sabe mejor que nadie, solo queda encontrar otra manera de demostrarlo. Piensa en algo: para que Kazami pudiese haberle roto el jirón del vestido, tuvo que verla aunque fuese una vez. Por consiguiente, ¡Yukiko tendría que haberle visto también! La amnesia pudo hacer que lo olvidase, pero si al volver a verle recupera esos recuerdos, es muy posible que saquen algo en claro.
—¡Yukiko! ¡Yukiko!—la llama, a voz en grito.
Kuro y Tasuke evalúan la situación por ellos mismos y corren de vuelta a la celda especial para proceder a avisarla, ya que también comprueban que Kazami está intentando impedir que la morena le oiga.
—Tienes que afrontar las consecuencias de tus actos, nada de llamar a la jovencita para que dé la cara por ti.
—¡Hijo de puta! ¡Lo dices porque como te vea estás perdido! ¡Yukiko, Yukiko!—insiste Souta.—¡Ven, corre! ¡Yukiko!
—Reo Kazami, ¿Sabe usted a qué viene todo lo que el reo Sarushiro está diciendo?
—...Por supuesto que no. Este chaval solo se está inventando alguna para dejarme mal porque me odia. Además, ¿De qué debería tener miedo, de que me viese una chiquilla ciega? ¡Pamplinas! Eso es lo más absurdo que he escuchado al largo de mi larga vida.—asegura, serio aunque triunfal.
—¡Te equivocas, bastardo! ¡Porque su verdadero padre la salvó para protegerla de hijos de puta como tú! ¡Yukiko, Yukiko!
Mientras Kazami, con su única orbe sana abierta, intenta pensar qué puede significar eso, Kuro y Tasuke llegan a la celda, donde la morena parece haber terminado de leer esa carta tan sorprendente que se ha encontrado, con una mano en el pecho y expresión afligida. Se incorpora al oír los ladridos de Kuro y los chillidos de Tasuke.
—...Souta, menos mal que llegas. Tenemos que hablar de algo bastante importante.
Cuando comprueba que nadie le responde y los animales siguen haciendo ruido, se gira para ver, atónita, que Souta no está con ellos.
—¿Eh? Chicos, ¿Dónde está Souta?—pregunta, alertada.
Respondiendo a su propia pregunta, oye voces en uno de los pasillos colindantes.
—¡Yukiko! ¡Yukiko!—la llama Souta, una y otra vez.
—¿Hum? Eh, ¿Qué está pasando?—inquiere, ojiplática.
Sin pensárselo dos veces, se levanta de su asiento, echando a correr hacia el origen de los gritos. Cuando llega al correspondiente pasillo, puede ver a Souta sujetado por dos guardias, que le escoltan a algún lugar, seguramente a la celda de castigo dada la situación.
—¡Yukiko! ¡Yukiko!
—¡Souta! ¿Qué está pasando?—chilla la morena, sorprendida.
Nada más ver que la morena ha llegado, Kazami comprueba que Souta tenía razón: por algún motivo que desconoce, la muchacha ya no es ciega, y podría verle, por lo que procura esconderse en algún sitio en el que no sea interceptado por su mirada.
—Lo siento, señorita Yukiko, pero ahora no pueden hablar. El reo Sarushiro ha infringido las normas, y debe ser castigado.—interviene uno de los guardias que le reducen.
—¡Yukiko, escucha! ¡Es Kazami! ¡Él te atacó! ¡Es Kazami, Yukiko! ¡Intentó librarse de ti antes de la operación, y también te quiso matar cuando…!
Souta no se detiene, ignorando por completo la situación, pero su voz queda ahogada por la rápida intervención de Kazami, quien bloquea la visión de Yukiko hacia Souta de modo que ella no pueda escucharle muy quedado expuesto, pero no ha tenido más remedio. Peor para él hubiese sido que Souta hubiese continuado hablando.
—Esta juventud de hoy en día… Tan rebelde y desobediente.
—¡Souta! ¡¿Qué estás diciendo?!—le contesta Yukiko, intentando volver a verle moviéndose a un lado de Kazami.
El repostero logra obstruirle la visión con movimientos más o menos disimulados que logran su objetivo.
—¡Yukiko! ¡Escúchame! ¡Te quería matar! ¡Todo porque eres…!
—¡Jovencito, ten un mínimo de decencia y compórtate!—le impone Kazami, eclipsando su voz.
El pelirrojo sigue gritando, a lo que Kazami siempre interviene para frenarle. Finalmente, llega a la celda de castigo, y Yukiko todavía no ha podido escucharle. Una vez más, Kazami se ha metido de por medio estropeándolo todo.
—¡Souta! ¡Souta!
—Lo siento, ahora mismo no puede verle. Su castigo consiste en el aislamiento por un rato. Podrán hablar en cuanto salga.
Sin poder evitarlo, Yukiko se ha quedado muy preocupada por Souta, pese a que no sabe el motivo de su alteración, aunque sí deduce que no se debe a que le hayan pillado en una celda ajena. Souta no pierde los nervios así por pequeñeces.
—Kuro, Tasuke, ¿Qué ha pasado?—cuestiona a los animales a su lado, incómoda.
—Yo te contesto, chiquilla.—interviene Kazami, sospechando que podría llegar a deducir algo de los animales.—Lo que pasa es que tu amiguito ha querido hacer lo que ha querido cuando no puede.
Yukiko alza la mirada al fornido hombre frente a ella, desconfiada. Ha oído 'Kazami', por lo que sabe quién es. Más o menos.
—Usted… ¿Qué le ha hecho a Souta?—bufa, con el ceño fruncido, seria y molesta.
Las miradas del anciano repostero y la joven morena se cruzan, como un chispazo.
—¿Yo? El único que ha hecho algo aquí es tu amiguito del alma. No digas desfachateces como él, querida.—contraataca, algo a la defensiva.
—...No soy su "querida". Y confío en Souta lo suficiente como para saber que está así por un motivo muy importante. Como le haya hecho algo a Souta...—sentencia, desconfiada.
—...Haz lo que te parezca. Cuando te pase algo por creerle ya te arrepentirás.—asegura, cínico, y procurando apartar la mirada.
Sin embargo, ya es tarde. Su objetivo era el contrario, pero Yukiko, finalmente, le ha visto. Y cuando su mirada se ha cruzado con él, ha notado algo extraño: ese hombre, Kazami… Le resulta vagamente familiar.
—...Ugh…
Con una mano, Yukiko se sujeta la cabeza, confusa y de repente notando un agudo pinchazo en su sien. Pese a eso, sigue mirando a Kazami con una total desconfianza hacia él. Sabe que el motivo del enfado tiene algo que ver con el repostero, de algo está segura. Y dejando a banda los malos presentimientos subjetivos que le sugiere el anciano, si alguien hiere a Souta, su confianza hace que también la esté hiriendo a ella.
—No necesito sus consejos. Souta es como mi hermano, y nunca me arrepentiré de confiar en él.—pronuncia seria.
Kazami, entonces, no puede evitar mirarla de reojo. Pese a lo que ha dicho, no parece que sepa que…
—Es "como tu hermano", ¿Eh? ...Inocente chiquilla.
—¿...Disculpe?
—Oh, mis disculpas… Solo estaba pensando en cómo ha tratado ese muchacho a su familia todo este tiempo.Y bueno, ya que te haces llamar su "especie de hermana", igual piensas que contigo hará una excepción…
—...Si lo dice por usted, como lo dice todo, usted no es familia de Souta. No después de lo que le ha hecho. Confío en Souta, por eso confío en que él confía en mí. —anuncia seria aunque orgullosa la morena, soportando su cefalea para plantarle cara, por Souta y por ella misma.
Provocando un denso silencio, Kazami se la queda mirando unos instantes, con expresión de pasividad. No tiene ningún motivo para preocuparse si ella no sabe nada. Y aprovechando que el pelirrojo estará fuera de juego un buen rato, siempre puede ideárselas de alguna manera para que nunca llegue a saber nada.
—...Hm. Si eres tan ingenua no es mi problema. Que conste que me voy tranquilo.—afirma, con desdén.
—...Con que se vaya me conformo.—espeta la morena, demostrando que Souta y ella pueden llegar a ser bastante parecidos cuando quiere.
El repostero se da la vuelta fugazmente, echándole un único vistazo efímero, pero luego da media vuelta, seguramente hacia su celda, o quizás hacia la cocina. No es que lo sepa ni le importa… De momento.
—...Anda, si eres tú. Tú eras… Caxap, ¿Cierto? ¿Qué haces aquí, gatito?—inquiere, agazapándose mientras observa al gato con atención.
Caxap permanece cerca de ella unos instantes, escrutándola con sus ojos gatunos, aunque no se puede decir que esté a la defensiva. De repente, oye una ronca voz llamándole, y el gato, con gesto perezoso, se pone a andar hacia su origen.
—...Así que su dueño es ese hombre… ...Pobre gato.
Pronto, el gato no es su mayor preocupación. El dolor de cabeza no ha cesado, y no está muy segura de a qué se debe. Kuro y Tasuke no se separan de ella ni un momento, aunque también se han quedado algo apagados por Souta.
—No os preocupéis… Souta estará de vuelta en nada, ya veréis… Vamos a esperarlo en la celda, ¿De acuerdo? Ugh… La verdad es que yo también me pregunto qué puede haber pasado.
Cumpliendo lo dicho, la morena seguida de su selecto séquito animal vuelven a la celda especial, donde ella aprovecha para tomar asiento y tratar de mejorar el estado de su cefalea con reposo, cosa que no termina de resultar.
También, relee de nuevo la última carta de su figura paterna, que ha encontrado bajo la almohada de Souta y de cuya existencia no tenía constancia. Se fija en cada uno de los detalles relatados, y en cómo se describe esa fría y nívea noche cuando conoció a Ryouken, así como pistas sobre el que intentó matarla.
—¿Quién pudo ser ese hombre tan ruin…? ¿Y qué pude hacerle yo para que deseara mi muerte? Si lo supiera, solo estaría encerrada la respuesta en los recuerdos que me borró la amnesia…
Además, la imagen de ese hombre, Kazami, del que Souta le ha hablado alguna vez, no puede borrársele de la cabeza. Su voz le resulta familiar, pese a que de hecho es toda su persona la que le suena.
—¡Ugh…! ¿Qué…?
Sin previo aviso, en su cabeza aparece alguna imagen totalmente desconocida para ella, o eso cree. No sabe si está delirando, pero le parece ver a Kazami pero algo cambiado, con la cara menos marcada por cicatrices, piel algo más clara y cabellos y bigote menos ostentosos color negro grisáceo. No podría asegurarlo, pero parece que sea el mismo repostero con años de menos. Pero ha sido la primera vez que lo ha visto, ¿Cómo puede ser que esté viendo una imagen así?
"Toma. Es una mariposa, y está hecha de golosina. Seguro que te gusta." Esa voz. La coincidencia es razonable, pero… ¿De dónde le vienen todas esas imágenes?
"G-gracias… A-aunque creo que… No debería comer de eso.", ahora su mente queda inundada con una voz aguda de niña pequeña. ¿A quién podrá pertenecer?
—¡Agh…!
Pronto, un montón de lo que parecen dulces con formas curiosas surgen en su cabeza, así como mesas con elegantes manteles que los sujetan. Cuando la visión rota un poco, ve allí mismo a ese supuesto Kazami más joven. Bajando la mirada al suelo, distingue tela blanca con adornos y un collar de abalorios con un colgante, como si fuese ella misma la que llevase eso puesto. Aunque de hecho… El vestido es parecido al que le mostró Souta que estaba guardado en la cajonera de la celda, y el collar es similar al que lleva. Entonces…
—¿S-soy yo?
"No le sientan bien. No debería comer dulces."
Otra voz distinta interviene, pero ahora no puede identificar a quién pertenece, solo intuye que es una sosegada y tímida voz de mujer. La imagen de esa voz no aparece por ninguna parte, no encuentra ninguna coincidencia. No sabe qué puede significar nada de todo eso, pero nunca antes le había pasado algo así.
Parecía que la cefalea había cesado cuando una sensación de golpe en la cabeza la invade. De nuevo, le viene una imagen distinta. Sus alrededores son poco precisos, pero sí se ve a ella misma, con ese vestido, tirada en el suelo, con mucho dolor de cabeza. Cuando alza la vista, Kazami de joven vuelve a estar ahí, bastante cerca de ella. De pronto, hace un gesto para acercarse a ella con rapidez, con una expresión que asustaría a cualquier niño pequeño. Por lo tanto, ve como ella misma se levanta a tientas, sujetándose a la pared, y mientras la visión va perdiendo nitidez y color, nota cómo echa a correr y un tirón que la retiene unos instantes pese a que no lo logra por demasiado tiempo. Abre una puerta, sumergida en oscuridad, y la imagen se pierde de repente.
—¡¿Qué…?! ¡¿Qué es todo esto…?!—farfulla, sujetándose la cabeza.—P-parecen… ¿R-recuerdos?
Su cabeza intenta descartar esa posibilidad. Nunca había tenido una sensación como aquella, y aunque el vestido, el collar y la voz infantil podrían augurar que se trata de ella de pequeña, ¿Qué haría Kazami en sus recuerdos? No tiene mucho sentido… O eso quiere creer.
—M-mi cabeza… ¡Agh…! ¡M-mi cabeza!
Kuro y Tasuke no tardan en alarmarse, y acercarse a ella para comprobar si todo va bien.
—A-avisad al doctor Kokoro, chicos. A-a lo mejor él sabe qué es lo que me pasa…
Entendiéndolo a la perfección, el perro y el mono obedecen, diligentes. Harían como Souta hubiese hecho: mandar a alguien a por el doctor y a otro para quedarse con ella por si acaso. Acordándolo todo entre ellos de alguna sorprendente manera, Tasuke se acerca a Yukiko, sentándose en su falda sin dejar de mirarla, mientras Kuro sale de la celda y se pierde por el pasillo en busca del doctor Kokoro.
—S-si no me doliese tanto la cabeza… M-me gustaría saber qué le ha pasado a Souta… ¿P-por qué se ha puesto así?
Contra más habla, más le duele, así que Tasuke, añadiendo 'enfermero' a su extenso currículum le hace guardar silencio con un gesto y la acaricia la cabeza, cosa que solo provoca que la morena ría y sonría de ternura.
—Gracias, Tasuke. Como siempre, eres de gran ayuda.
Pero mientras el monito trata de sonreír para hacerla sonreír a ella, hay por ahí otra especie de mono enjaulado que es incapaz de hacer tal cosa.
