Al final, su idea no ha funcionado, al menos por el momento. El cobarde de Kazami es capaz de hacer mucho cuando le conviene… para su desdicha. Por su culpa, Yukiko no ha podido enterarse de una verdad que ni él mismo ha terminado de asimilar todavía. Quizás si se lo hubiese podido contar, la morena podría tomar alguna medida al respecto por si Kazami se enteraba de que ella también lo sabía, pero ahora todo parece ir mal. El repostero tiene constancia de que Souta lo sabe y, por supuesto, piensa contárselo a la morena cuando salga de la celda de confinamiento de castigo. Cuando salga, claro. Entre tanto, con la neurona que usa para cuando algo puede jugar en su contra, Kazami podría volver a hacer de las suyas para evitar que Yukiko se enterase de nada. Si solo la justicia tan deplorable pudiese haberle dejado hablar con ella…
Una vez en la celda de confinamiento, tan oscura como la recordaba o incluso más, Souta golpea la pared, frustrado. Si solo pudiese decirle a Yukiko que, por lo menos, tuviese mucho cuidado hasta que él salga de ese agujero… Pero no es posible. Durante el castigo, aislamiento total. Qué más da que eso pueda provocar un peligro para alguien, las normas están para cumplirlas, aunque tenga que pagar el que menos ha hecho. Al parecer, colarse en una celda que no es la propia es muchísimo peor que abandonar a los hijos o intentar matarlos. El primero es confinado a aislamiento a oscuras, mientras el segundo campa a sus anchas yendo a donde le place, pero como nadie sabe lo que ha hecho y cuando no pide permiso para atacar a la gente tampoco nadie se entera, pues es impensable implantarle un castigo. Viva la justicia.
—Esta… Esta es la clase de justicia que he tenido al largo de toda mi maldita vida…
Harto, mientras frustra su rabia en los puños, Souta se deja caer al suelo, sentándose contra la pared, maldiciendo entre dientes. Suspirando largo y tendido, se echa las manos a la cabeza. Quizás no debería haber dejado caer la carta de la verdad sin querer cuando le ha entrado su ataque de furia incontrolada. Igual con ella hubiese podido demostrar algo con ella, pero ahora ya no va a poder ser. Porque aunque pueda recordar palabra por palabra de lo que ha leído y se le ha grabado en la cabeza para siempre, eso no convencerá a nadie. Si la justicia nunca ha jugado a su favor, ¿Por qué lo hará esta vez?
Al pensar en la carta, por supuesto su chocante contenido le ha de venir a la cabeza también. Quizás pueda aprovechar esos instantes de soledad para tratar de asimilar todo eso: su especie de hermana ha resultado serlo de verdad. Yukiko fue su media hermana todo este tiempo, y también la media hermana de Manosuke. Por eso su collar le sonó tanto cuando lo vio: al fin y al cabo, el propio Souta, junto con Manosuke, lo hicieron para ella antes de sufrir de amnesia.
—¡Agh…!
Un dolor agudo sacude su cabeza. De repente, delante suyo, le parece ver a un niño pequeño, de pelo muy corto grisáceo, ojos marrones y una sonrisa simpática hacia él. Un niño al que conoce bien. Manosuke de pequeño.
"Me alegro de que hayas venido. Ven, Souta, vamos a jugar con mi ajedrez nuevo. Pero antes de eso...Quiero enseñarte una cosa." le dice a él el pequeño Manosuke, con una voz infantil y tierna totalmente impropia para ser la del adulto rudo en el que se convirtió. Cuando mira hacia abajo, puede ver que va correctamente vestido, pero sus brazos son cortos y sus manos, pequeñas. Además, no siente el calor en el cuello que le proporciona su larga melena, por lo que deduce que su pelo es corto en esa imagen. Solo puede deberse a que es un recuerdo de su pasado. De cuando tenía 6 años, antes de sufrir amnesia. Un recuerdo que nunca llegó a ver la luz.
Ahora, distingue en una sala un tablero de ajedrez muy bien hecho, así como elegantes piezas ya ordenadas sobre él. Más allá, intuye también a una mujer alta, más todavía al ir apoyada en tacones, porte sobrio y ropajes oscuros y llamativos, con media cabeza rapada disimulada por otros mechones más largos, de un rubio chillón. Relacionándolo con la carta y la foto que le enseñó el doctor Kokoro, sabe perfectamente que esa mujer no puede ser otra que Jade Erz, o lo que es lo mismo, Jade Holic, la madre de Manosuke. Cuando el susodicho se acerca a ella, la mujer se da la vuelta, con una expresión solemne y apagada que desencaja completamente con su atuendo o su imagen atrevida en los pósters. Al darse la vuelta, tanto el Souta del pasado como el del presente se percatan de que ella lleva a alguien en brazos, una criatura pequeña con fina cabellera morena, cubierta por una manta, profundamente dormida. El recuerdo es lejano, y la imagen fugaz, pero no cabe duda de que es una de sus memorias.
"Mira, Souta. Te presento a mi hermanita. Se llama Yukiko. ¿A que es pequeña?" le pregunta Manosuke, con una sonrisa inocente. A pesar de que la presentaba con tanto entusiasmo, pocas horas después se borró el recuerdo de la niña de su cabeza. De la de ambos. El pequeño Souta le acaricia la cabeza, fascinado. Entonces, llega el recuerdode la triste sonrisa que les dedica la madre de Manosuke. No supo interpretarla, pero ahora sí. En realidad, estaba acariciando también a su hermana.
Después de sonreírles con tanta pesadumbre, la francesa deja a la pequeña en una cuna y entra en otra habitación, a lo que el Souta del presente deduce que ese fue el momento en el que se puso a escribir la carta que lo contaba todo, a juzgar por haberse encontrado con él y haber pensado en Manya, su propia madre. Sin embargo, ninguno de los pequeños sospecha nada, y aprovechan su inocencia para jugar una partida de ajedrez, como buenos amigos que eran, muy cerca de la cuna de la pequeña. Ya por costumbre desde el pasado, Souta gana la partida, a lo que Manosuke, sorprendentemente, no tiene ninguna protesta.
"Hey, Manosuke, mira esto. Antes de irse al aeropuerto, mi mamá me ha dado esto. Es una cosa para hacer collares y pulseras. Dijo que podíamos hacernos pulseras de la amistad con ellas." pronuncia el pequeño Souta, con una pequeña cajita llena de abalorios rosas y morados.
"¡Pero si las pulseras son de niñas! Además, no hace falta que hagamos nada de la amistad, ¡Porque somos muy amigos!"
"Sí… Es verdad… No necesitamos pulseras para ser buenos amigos…" comenta el pelirrojo por aquel entonces moreno, cuando era pequeño, con su particular timidez.
Ahora empieza a entender por qué el collar que lleva Yukiko colgado del cuello le suena tantísimo.
"Tengo una idea mejor. Podemos hacerle un collar a tu hermanita, Manosuke. Haremos una cadenita con esto que me ha dado mi mamá, y tú le harás el colgante con… Con una pieza de ajedrez, por ejemplo. Como te gusta mucho, así tu hermana sabrá que se lo has hecho tú." Ya de pequeño, el futuro domador tenía buenas ideas.
Al ser la suya una amistad tan especial, Manosuke no iba a negarse, y se pusieron a ello, así lo recuerda Souta. La hilera de abalorios de colorines pronto estuvo lista, solo faltó el colgante de la pieza de ajedrez. Y ya por aquel entonces, la respuesta de Manosuke no podía ser más obvia.
"Esta es mi pieza de ajedrez favorita, ¡El caballo negro! La pondré en el collar, y así Yukiko sabrá que lo hemos hecho para ella. ¡Hasta le he escrito la M de Manosuke debajo!"
Eso también le recuerda a algo. El día que, en la celda, Yukiko le dejó ver el collar, Souta adivinó que debajo de la pieza había una especie de E angulada. No era ninguna E, sino que era una M. M de Manosuke. El propietario de la pieza que hace de colgante en su collar.
Cuando van a ponerle el collar, ambos tienen una nueva oportunidad para poder fijarse en la niña, que sigue durmiendo. Con suavidad, le colocan la peculiar joya alrededor del cuello, de donde nunca más se movió. Ella no protesta ni una sola vez, sorprendentemente. Souta también recuerda haberle visto a la pequeña unas especie de marcas en la barriga y en los brazos. Parecía como si la hubiesen pegado, pero eran demasiado pequeños para entender algo así.
—A… A ella no… Pero a su madre sí que la pegaban. Jade dijo en la carta que su marido la pegaba… A-además… El doctor Kokoro dijo que la enfermedad de Yukiko se originó por golpes que le provocaron heridas internas incluso antes de nacer. M-maldita sea… Todo parece encajar. A-agh… Mi cabeza…—se queja Souta, con un profundo dolor en las sienes.
El pelirrojo se sujeta la cabeza, con los ojos abiertos de par en par. Los recuerdos de aquella niña pequeña se agolpan en su mente después de mucho tiempo sin tener ni idea de que existían. Después, toda la retahíla de otros recuerdos y conocimientos que relaciona con ambas cartas, la de Jade y la de Ryouken, dan paso a la conexión entre todo: Yukiko es la hija ilegítima de Kazami, quien intentó matarla cuando se enteró de que era tal cosa, y para ello recurrió a un asesino profesional, Ryouken Houinbou, a quien mintió y en quien desconfió ocultándole cosas fundamentales. Tras conocer a la que iba a ser su víctima, y teniendo en cuenta la traición de su cliente, el asesino ciego le perdona la vida, trabando una gran amistad con la pequeña Yukiko. Tras muchos años, la moribunda muchacha, atacada por una enfermedad horrible que le provocaron esas heridas internas fruto de las agresiones a su madre, llega a la prisión para poder darle las últimas gracias a su salvador, antes de morirse. Es entonces cuando Souta la conoce, y poniendo los dos de su parte, llegan a establecer una confianza mutua. Pero Kazami, quien no sabía que esa hija suya seguía viva, decide intentar librarse de ella una vez más, cosa que tampoco consigue por poco.
—M-manosuke murió… El señor Houinbou, mi padre, también… Y ahora… C-casi pierdo a… A mi propia hermana.—se anuncia, hiperventilando ante lo chocante de la situación y la sola idea de pensar en qué habría pasado si se llegase a dar ese caso.
Sigue sujetándose la cabeza, con los ojos muy abiertos, respirando agitadamente y con la boca entreabierta.
—M-mi hermana… E-es lo único que me queda… Es la única de la gente que me importa que sigue viva… Y-y a ella también le importo, pero… Pero no sabe que es mi hermana… P-pero ahora… K-kazami sabe que planeo decírselo… ¡C-como le haga algo…! ¡E-es capaz de intentar matarla de nuevo para que no se lo cuente! ¡No! ¡No, no, no, no puede ser, no puede ser, no puede ser!—chilla el pelirrojo, sacudiendo la cabeza y tapándose los oídos.—¡N-no puedo dejar que le haga nada! ¡Sea mi hermana o no, Yukiko es alguien que me importa! ¡L-lo único que tengo aquí! ¡N-no puedo dejar que se vaya! ¡No puedo, no puedo, no puedo!—insiste, poniéndose muy nervioso de repente.
Ante únicamente la posibilidad, Souta se escandaliza, empieza a sudar copiosamente y lágrimas acuden a sus ojos, quedándose ahí de momento.
—¡N-no! ¡Y-ya basta! ¡L-la vida nunca me puede dejar en paz! ¡Ya perdí a Manosuke, y ya he perdido al señor Houinbou! ¡Y mi vida ya se ha jodido bastante durante toda ella misma! ¡Yukiko confía en mí, Yukiko quería ayudarme a poder tener una vida normal! ¡Y yo confío en ella! ¡N-no puedo perderla! ¡No puedo, no puedo, no puedo!
Frustrado, golpea el suelo, aguantando con fuerza las lágrimas en sus ojos. Tiene que calmarse, pero cuando lo intenta, piensa en lo que podría pasarle a Yukiko si está en lo cierto. Tampoco puede avisar a nadie para que la vigile, porque no se le permite comunicarse con nadie. Una justicia muy justa.
Aunque en casos muy excepcionales y especiales, Souta ha podido comunicarse con gente sin necesidad siquiera una sola palabra. Solo le ha bastado cerrar los ojos… Nunca ha creído en esas cosas, no obstante Manosuke le dijo algo en sueños. Ya que el pelirrojo se lo pidió, se ofreció a vigilar a la morena, y si es una propuesta suya, el de la cresta nunca se negará.
Pero en ese momento, su cabeza está tan ofuscada que no se para a pensarlo de ese modo. Solo puede golpear en suelo, sujetarse la cabeza y aguantar lágrimas en los ojos. Demasiado repentino todo. O demasiado, únicamente.
(...)
—A lo mejor es un subidón de azúcar, Yukiko. O que estés demasiado preocupada por Souta.
Kuro ha sabido encontrar eficientemente al doctor Kokoro, quien ha acudido a la llamada lo más rápido que ha podido. Está intentando averiguar el origen de los dolores de cabeza de la chica, que todavía no han cesado.
—N-no… No puede ser eso. U-usted me inyectó la insulina hace unas pocas horas, el efecto debería seguir ahora… Y sí, estoy preocupada por él, pero… Pero en el fondo sé que no le pasará nada malo salvo un rato completamente solo… ¡Agh! ¡¿Y qué es todo esto que no dejo de ver y que nunca antes había visto?!—grita, sacudiendo la cabeza.
—Tranquila… Tranquila. Escucha, respira hondo y cálmate. Tómate esto, seguro que te calma el dolor de cabeza.
El doctor Kokoro toma una de las tazas vacías que han quedado del desayuno, sirve agua de una botella que él traía consigo y disuelve en el líquido un sobre con polvos blancos que tornan el agua de un color anaranjado. Aunque esto de tomarse medicamentos con el sentido del gusto a pleno rendimiento no es lo más agradable del mundo, Yukiko se lo bebe sin rechistar, esperando que le haga bien.
—¿Quieres dormir un poquito? Seguro que te va bien.
—...No voy a poder dormir. Seguro que me despertaré, o soñaré con cosas muy raras que no sé qué son, y no me dejarán dormir bien...—susurra, encogiéndose de hombros y tapándose los oídos con expresión lastimera.
El médico no puede evitar sujetarse las gafas por un instante y articular un semblante que refleja una ligera sorpresa.
—¿Sabes, Yukiko? No sé si necesito dormir mis ocho horitas para variar, pero ahora mismo me has recordado mucho a Souta.
—...Oh… No sé, lo he hecho sin pensar… A propósito, ahora que saca el tema de Souta… N-no sé qué le pudo pasar para que se pusiese así…
El de los ojos verdes muestra ignorancia en su gesto.
—No lo sé yo tampoco.—confiesa el doctor.
—...Además… Ese hombre, Kazami… También estaba un poco raro.
—Qué extraño… Antes de que se montase todo este follón, el tal Kazami vino a verme a la enfermería, y entonces se le veía bastante tranquilo y sereno, serio y despreocupado como siempre, pero calmado… No sé qué le ha podido afectar tanto.
—¿Ese hombre vino a verle a la enfermería? ¿Para qué, le dolía algo?
El moreno de las gafas asiente, solemne.
—Sí, así es. Ayer se cayó al suelo al salir de la cocina, y se dio un golpe en la frente. Lo tenía un poco hinchado, pero nada serio.
—Igual se tropezó con Caxap… O Caxap se puso en medio adrede...—ríe la morena, por lo bajini y cubriéndose la boca para disimularlo.
Curiosamente, Kuro y Tasuke ya no muestran la misma aversión a Caxap que mostraban el doctor Kokoro no puede evitar una risilla.
—Hubiese tenido gracia, pero eso es lo más interesante. Dijo que había notado cómo le hacían la zancadilla, pero no había nadie en el pasillo, y Caxap estaba en la celda. Qué extraño.
—El karma, sin duda. Podría decir que está un poco senil ya, pero se lo tiene muy merecido.—sentencia Yukiko, con pose convencida.—De todas formas, ¿Cómo puede ser que notase que le hacían la zancadilla si no había nadie allí? Estaría delirando.
—Pues al hombre se lo veía bastante convencido, pero en fin… Coincido contigo, la verdad. Y si tanto Souta como él estaban tan tranquilos antes de cruzarse, solo puedo pensar en que se han alterado al cruzarse, ¿No crees?
—Ajá… Todavía no sé por qué Souta se fue a su celda en esas circunstancias… Pero no me creo que fuese a provocarle hasta que los dos acabaran discutiendo. Espero que salga pronto de esa celda, y lo podamos hablar…
—Vaya… Le aprecias mucho, ¿Verdad, Yukiko?
La morena sonríe sencilla pero sinceramente.
—Así es… Souta es alguien muy importante en mi vida, una de las pocas personas que he tenido… Confío mucho en él. ¿Sabe? Yo le considero como un hermano.—asegura, contenta.
—¿Un…Un hermano, dices? ¿E-en serio?—inquiere el doctor, algo perplejo.—Anda… S-sí que le tienes en alta estima, sí… Que no digo que sea nada malo, eh. P-pero que hayas llegado a esa conclusión después de todas a las que podrías haber llegado…
—Doctor Kokoro, ¿Se encuentra bien? Desde que le he dicho que considero a Souta como mi hermano está muy raro...—nota la morena, con una ceja alzada.
—P-perdón, perdón… Ahora, si me disculpas, creo que tendría que irme a consultar una cosa. Si no te pasa el dolor de cabeza después de comer, avísame, ¿Vale? Y vamos a ver también si esas imágenes no dejar de surgirte, ¿Sí? Con permiso.
Levantándose de su asiento, el doctor moreno hace una reverencia antes de irse, como de costumbre, pero es detenido por la chica.
—¡Espere! Creo que voy a salir yo también. No debe de quedar mucho para que Souta salga del confinamiento, y quiero esperarle en la entrada. ¿Me acompaña?
—B-bueno… He de coger otro camino para la enfermería… Pero bueno, te acompaño un trecho.
—Gracias...—agradece ella, todavía algo sorprendida por lo rara que nota hoy a la gente.
Una vez fuera de la celda, el doctor Kokoro camina por el pasillo paulatinamente y con la mirada perdida en algún lugar. A su lado, Yukiko tampoco sabe qué decir, aunque algo que la incomoda no se le sacude de encima. Durante todo el recorrido, reina un silencio sepulcral, que nadie sabe exactamente cómo romper para mejorarlo.
—Bueno, Yukiko. Yo tengo que seguir por este camino, ¿De acuerdo? La celda de castigo está por allí, más adelante y luego torciendo a la derecha. No creo que te pierdas.
—Descuide. No creo que me pierda, y aunque eso pasase… Eso no sería lo que más me incomodaría en un momento como este...—susurra, cruzándose de brazos y apartando la mirada, pensativa.
—Cuando salga Souta, avísame, por favor. Yo también quiero saber qué es lo que ha ocurrido.
—Muy bien. Y que sepa que, sea lo que sea que le haya hecho ese hombre… Se va a arrepentir de lo que hizo.—sentencia, con un gesto de seriedad solemne.
Ante dicho gesto, el doctor Kokoro la observa con detenimiento. Esa seriedad tan tajante formada por ceño fruncido, labios con las comisuras hacia abajo y chispa desafiante en los ojos castaños… No es la primera vez que la ve. Mientras cavila al respecto, se despide de la morena, pidiéndole encarecidamente que tenga mucho cuidado, y se desvía por un pasillo adyacente.
—...Supongo que a vosotros no os convenceré para que esperéis en la celda, ¿Verdad, chicos?—se gira hacia Kuro y Tasuke, suspirando mientras trata de sonreírles.
Con un gesto rápido, Tasuke logra subirse a sus hombros, animado, y Kuro indica una dirección con los ojos y se vuelve repetidamente, como gesto para decirle que, por él, pueden dirigirse a su destino cuanto antes. Yukiko asiente, y empieza su paso hasta quedar frente al pasillo que le ha dicho el médico.
—Por aquí…
Para un momento para comprobar que está yendo por el buen camino. Cuando llega a la conclusión de que así es, suspira para sus adentros y prosigue su marcha., hasta que un frenazo de Kuro la hace detenerse, sorprendida.
—¿Kuro?
El animal se ha puesto alerta, capaz de detectar una posible amenaza a mucha distancia. Olisquea las cercanías, y se mueve por la zona sin avanzar. Yukiko le sigue con la mirada, así como Tasuke, y los dos se quedan boquiabiertos cuando el perro negro empieza a gruñir, mostrando un indicio de desconfianza.
—¿Qué te pasa, Kuro? ¿Has detectado algo?
Kuro ladra, y acto seguido vuelve a gruñir. La morena mira a todos lados del pasillo, incluso se da la vuelta, pero no ve nada que le llame especialmente la atención. Así pues, llega a la conclusión de que el perro está reaccionando a algo proveniente de los pasillos colindantes.
—¿Por allí, Kuro?
Olisqueando un poco, Kuro lo corrobora, ladrando a las cercanías. Yukiko, fiándose completamente del olfato de Kuro, no sabe muy bien qué hacer a continuación. Son bastantes cosas las que le preocupan, y al ser así, no descarta el que Kuro haya detectado una amenaza real.
No sabe qué hacer, y piensa que quizás Souta podría decirle algo de estar allí. Sin embargo, no es el caso, por lo que tendrá que decidir si lo comprueba o se abstiene.
Al mismo tiempo que intenta que una decisión le salga de la cabeza, las puertas de la celda de confinamiento se abren. El pelirrojo, todavía sentado en el suelo, no sabe si sentir la luz como un bálsamo o como sal sobre la herida. Sin embargo, no es el momento de ponerse a pensar en eso.
—Ya puede salir, reo Sarushiro. Y esperamos que…
No está pendiente del típico discurso moralizador, en parte harto ya de escuchar la misma basura de semejante panda de hipócritas y por otra porque no tiene tiempo que perder. Si su sospecha es cierta, Yukiko podría llegar a pagarlo caro si no hace algo pronto, y no piensa dejar que le separen de lo poco que le queda. Tiene que contarle la verdad, por él mismo… Y por ella también. El pelirrojo lo ha pasado fatal, eso es innegable, pero si se pone a pensar, la morena lo ha pasado muy mal también. Saber la verdad, aunque les duela, quizás les sirva para recuperarse mínimamente de las heridas del pasado. Las más dolorosas y difíciles de curar.
—C-como no haya llegado a tiempo por culpa de esta mierda de justicia… Como ese hijo de puta se haya atrevido a hacerle algo… V-voy a...—farfulla furioso, apretando los dientes.
El domador deja atrás su oscura jaula temporal, poniéndose a andar por un pasillo camino de la celda especial, esperando encontrar a Yukiko allí, sin ningún rasguño. Va pensando en esto, cuando oye algo que le hiela la sangre en las venas.
—¡Aaaaah!
Es la voz de Yukiko, no tiene la menor duda al respecto. Y si el oído no le falla, ha oído también un golpe. No será posible…
—¡Y-Yukiko!—chilla, la mar de preocupado, y echando a correr.
Ha habido una caída, sin embargo el pelirrojo no llega a tiempo para evitarla, y cuando comprueba su naturaleza, se da cuenta de que, de haberlo sabido, no iba a querer evitarla tampoco.
(...)
—¡Yukiko!
A voz en grito, el pelirrojo echa a correr por el pasillo, maldiciendo para sus adentros y un poco para sus afueras, con una mueca de preocupación implantada en el rostro. No vuelve a escuchar otro grito de Yukiko, por lo que no puede evitar ponerse mentalmente en la peor de las situaciones y alarmarse , cosa que le incita a correr más deprisa.
A medida que se acerca, primero para su alivio, puede escuchar de nuevo la voz de la morena, por lo que un gran peso se le quita de encima. Pero el mensaje de sus palabras es algo extraño.
—¡¿Se puede saber qué rayos pasa con usted?!—chilla ella, con un punto inevitable de histeria.
"¿Usted?" se dice Souta a sí mismo, pensativo. "¿De quién está hablando?"
Le hubiese costado un rato relacionarlo, pues él nunca le llamaría con algo tan respetuoso como "usted". Ni siquiera le tutearía, le llamaría de "eso" y ya se estaría arriesgando. Esa descripción, al menos para él, es bastante concreta. No obstante, le es más rápido comprobarlo con sus propios ojos, pues llega tan rápidamente como puede a la escena.
Cuando por fin alcanza la encrucijada de los dos pasillos, un atisbo de alivio le inunda al ver a Yukiko de pie, algo alejada del cruce, aparentemente bien. Sin embargo, la situación lejos está de demostrar que todo sigue su cauce normal. Así se lo demuestra la mezcla de furia y sorpresa que hay implantada en el semblante de la morena, además de Tasuke cubriéndose los ojos sobre sus hombros y Kuro en el suelo, ladrando y gruñendo. Y más aún, la figura de Kazami con una rodilla en el suelo, aparentemente alzándose de él, molesto.
— ¡...Tch! La pregunta, señorita, es qué diantres pasa contigo. ¿A qué viene hacer tropezar de este modo a este anciano?
—¡¿Yo?! ¡Y-yo no he hecho nada! Ni siquiera me he movido de aquí, y cuando iba a pasar por el cruce ¡Por poco se me cae encima! ¿No lo habrá hecho adrede?—inquiere la morena, con una afilada mirada de desconfianza.
—¿Adrede? Por favor, niña, tengo cosas mejores que hacer que dejarme caer para darte un susto. Además, ¡No me mientas! Sé que me has empujado tú. Puedes creer lo que te plazca sobre mí o lo que supuestamente hice a tu amiguito, ¡Pero no por eso debes hacerme caer tan gratuitamente!—bufa Kazami, haciendo que el enfado le haga mostrar sus dientes.
—¡Ni siquiera sabía que estaba ahí! ¿Cómo iba a empujarle desde mi posición? El que sí que sospecho que sabía que venía es usted, sabe. ¿Acaso me estaba espiando?—pregunta Yukiko, molesta, con los brazos cruzados.
Kuro no deja de ladrar, cosa que demuestra el porqué gruñía anteriormente. Al parecer, detectó que había alguien muy cerca en circunstancias sospechosas, y alertó de ello. Cuando la morena iba a comprobarlo, Kazami se desplomó delante de sus narices, naturaleza de su grito y del golpe que oyó Souta. Y para excusarse, el repostero solo va diciendo que ha sido ella la causante del supuesto tropiezo.
—Ahora me dirás que me he tropezado por arte de brujería, ¿No, niña? ¡Sé que has sido tú!
"No ha sido ella. Que te jodan, cabrón." oyen tanto el anciano como la morena, raíz por lo cual se sorprenden.
—¡¿Quién ha dicho eso?!—reniega, girando la cabeza.
Tanto la supuesta víctima como la supuesta agresora miran hacia atrás, y ahí solo ven a Souta, preguntándose qué rayos ha pasado ahí. Aparentemente, ahora la culpa recaerá sobre el pelirrojo, aunque Yukiko sabe de sobras que no lo ha dicho él. Habría reconocido la voz, y esa no le suena de nada.
—Maldita sea, ¿Qué ha pasado aquí?—cuestiona Souta, sorprendido y automáticamente molesto cuando divisa al anciano.
—¡T-tú otra vez, jovencito!—masculla, algo alterado de repente.
—¿Te sorprende? Lo que me sorprende a mí es que nunca te mueras. En fin...—contraataca Souta, malicioso, que metamorfosea al poco en odio.—¿Qué haces aquí, viejo? Como me entere de que te has atrevido a poner tus sucias manos sobre Yukiko, vas a desear no haber nacido tanto como lo deseo yo.—amenaza, muy enfadado.
—...Estoy bien, Souta. No te preocupes por mí.—responde la morena, mirando la escena con algo de desconcierto.
—Habrase visto. No vayas tan de defensor y cuida tus palabras, joven. Ya que ella no debe ir agrediendo a ancianos indefensos, tú tampoco tienes que insultarlos.
—No te he insultado… En este momento, claro. Otras ocasiones, no te digo que no, pero ahora no he abierto la boca. Se te va la cabeza, viejo, y el doctor Kokoro no sabe curar todavía la demencia senil.—se mofa Souta, con una sonrisa venenosa.
—¿Tú también pretendes mentirme, jovencito? Te he escuchado. ¡Sois los dos una panda de gamberros! —...Sea lo que sea la memez que estés pensando, ya da igual. Los "gamberros" se van a la celda, y ya no te molestarán más, ya verás… Si es que puedes ver mucho con un solo ojo, claro. Nos vamos a pensar en lo que hemos hecho, y después, hablaremos de lo "buena persona" que eres, ¿De acuerdo?—dice Souta, con una mirada llena de desprecio.
Eso, cosa que no le sorprende al domador, ha afectado a Kazami, quien decice zanjar la conversacion y marcharse rápidamente hacia algún lugar de la cárcel. Sus palabras refrescan su propia memoria, sobre la charla que ha de venir ahora. Con expresión seria, Souta deja ir una bocanada de aire, intentando tranquilizarse.
—...No quiero volver a ese desgraciado en mi maldita vida.—protesta, por lo bajini.
—Souta, me alegro de que ya hayas salido de allí. Iba a esperarte, pero como comprenderás me han torcido un poco los planes.
Souta, quien quizá quiere contestar de algún modo, no logra articular palabra coherente. Solamente hace ademán de quedarse mirando a Yukiko, con una expresión solemne y apesadumbrada. Sabe una verdad sobre ella de la que ni siquiera ella tiene constancia, a pesar de que es una verdad que les involucra a ambos.
—¿Souta? ¿Te encuentras bien?
—Yo…
—¿Qué pasó con ese hombre antes de que te metieran en la celda de confinamiento? Se te veía muy nervioso, Souta. ¿Te hizo algo Kazami? ¡Porque no se lo perdonaré!—menciona, a la defensiva.
—Ni eso… Ni más cosas que creo que le perdones.—farfulla el pelirrojo, en voz baja.
—¿Cómo dices? ¿Qué quieres decir?—inquiere, sorprendida.
—...Vamos a la celda. Allí hablaremos.
—...Souta, no me gusta ese tono con el que lo dices… ¿Qué pasa?—pregunta ella, preocupada de repente.
—Yukiko. P-por favor.—repone, con voz suplicante. Bastante difícil le resulta ya.
Aunque alterada, la morena asiente para sus adentros, accediendo a dejarlo para luego. Desde luego, esa mirada tan afectada que le ha dedicado Souta no le ha sentado nada bien, y por la naturaleza de su pregunta, deduce que tiene algo que ver con el motivo por el que estaba tan nervioso antes. De ahí no puede venir nada bueno, mejor dicho, nada agradable.
