Está desmayada, pero la sensación que la asola es la de un profundo sueño. Y como en tal, las imágenes empiezan a proyectarse en su cabeza mientras duerme. Pero, en el fondo, no es ningún sueño, al igual que no está durmiendo de verdad. Está desmayada, y las imágenes son recuerdos. Recuerdos que ve como en sueños.
Nota cómo abre los ojos, no obstante es solo una ilusión. Si se hubiese despertado de verdad, estaría dentro de la celda especial, y vería a Souta, por ejemplo. No es el caso, aunque a quien ve no es precisamente a la persona más diferente a Souta. Cuando abre sus orbes, distingue a alguien que la mira con amigables ojos castaños. Es una mujer a la que ha visto con anterioridad. Manya Sladkiy.
—Oh, buenos días, tesoro. Espero que hayas dormido bien, Yukiko.
Es entonces cuando se percata de que está en una cama de sábanas muy cucas, y a juzgar por todo deduce que es un recuerdo de cuando ella era pequeña.
—Buenos días, Manya.—saluda ella misma, con una vocecilla aguda.
—¿Sabes qué día es hoy, pequeña?
—¿Hoy? ¡Ah, sí! ¡Hoy es Nochebuena! Es la noche antes de Navidad, ¿A que sí?—deduce, contenta.
—Sí, eso es.—asegura, mientras ríe lánguidamente.—Pero también pasa otra cosa hoy. ¿Sabes el qué?
—...Hm… A ver, deja que piense...—cavila, cruzándose de brazos.
Al girar la cabeza, Yukiko puede ver una ventana, por la que se distinguen densos copos de nieve cayendo sin cesar en el exterior. Eso le da una idea.
—¡Ah, sí! ¡Hoy es mi cumpleaños!—declara, emocionada, con una sonrisa infantil.
—Así es, Yukiko. Hoy haces 6 años, ¿Ves? ¡Ya tienes más de una mano entera!—le indica, mientras le muestra el número correcto de dedos y la felicita.
La pequeña morena los cuenta para sí misma, alegre.
—Me contaste que "Yukiko" significa "niña de la nieve", ¿No? Y como hoy es un día de nieve, ¡Hoy es mi día!—sonríe, juntando sus manos.
Manya no aparta la mirada de la pequeña cumpleañera. En sus ojos brilla un haz de luz de orgullo y, un poco, de tristeza.
—...Eres muy lista, Yukiko. Y como hoy es tu día, tengo un regalo para ti. A ver si te gusta, ¿Vale, cielo?
—¡Yupi! ¡Un regalo! A ver qué es, a ver qué es...—insiste, animada de repente.
Emocionándose ante la alegría de la niña, Manya le tiende una caja envuelta con un llamativo lazo, lazo que Yukiko no tarda en deshacer, con una curiosidad que mataría a cualquier gato. Rompe y aparta el papel de regalo, extrae las cintas que mantienen la caja contenedora cerrada y de ella, finalmente, logra sacar un coqueto vestido blanco níveo de mangas y bordes llenos de encajes y volantes y un cinturón de tela con diseño de cuadros blancos y negros.
—¡Hala! Qué bonito...—comenta, tapándose las orejas en señal de sorpresa.—¡Me gusta! Muchas gracias...—agradece, con una gran sonrisa.
Desde el borde de la cama, Manya contempla a Yukiko con una gran y tembleque sonrisa y los ojos húmedos, mientras se pone la mano en el pecho y desvía la mirada.
—¿Hum? ¿Pasa algo, Manya?—pregunta, sorprendida.
—...Lo… Lo siento, pequeña… Es que… Ahora, cuando te he visto… Me has recordado muchísimo a mi hijo… Le echo mucho de menos...—suspira, una lágrima resbalándole por la mejilla.
—¿Tu...Tu hijo?—inquiere la niña, confusa.—¿Y yo le conozco?
Con suavidad, Manya sacude la cabeza en señal de negación.
—No, querida, no le conoces… Pero me gustaría mucho que le conocieses algún día… Y que él te conociese a ti, claro. ...Porque tú eres su hermana, ¿Sabes? Él es tu hermano.
—Her...Hermano...—por lo visto, a la pequeña no le es familiar la palabra...Nunca mejor dicho.
Cuando ella pronuncia la palabra, pensativa, Manya se alza paulatinamente de la cama, donde estaba sentada, y en algún lugar de la estancia busca algo. Lo encuentra, y regresa con la pequeña con un pedazo de papel en las manos. Yukiko lo mira, llena de curiosidad. Se trata de una foto donde salen dos niños retratados, a los que no recuerda haber visto nunca.
—Mira, Yukiko. ¿Ves a este niño de la derecha, el del pelo negro, los ojos marrones, la sonrisilla tímida y la piruleta en la mano? No lo sabe, pero… Él es tu hermano. Y mi hijo. Se llama Souta.—le explica la mujer, con una sonrisa triste llena de melancolía.
—Souta...—repite ella, sin dejar de mirar al niño de la foto.—¿Es mi hermano?
Nuevo asenso de Manya, que se cubre la boca con una mano, humedeciéndosele más los ojos. En consecuencia, Yukiko vuelve a fijarse en la foto, observando atentamente al susodicho muchacho. "Es verdad que nos parecemos…" piensa ella.
Después de un rato, la atención se desvía al pequeño que hay al lado de Souta, abrazado a él. Es un muchacho de más o menos la misma edad y altura que él, de cabello rapado grisáceo, ojos también marrones y sonrisa algo más extrovertida. —Manya, ¿Quién es el que está con Souta?
Reprimiendo sus ganas de llorar, la mujer se fija una vez más en la foto. Conoce al amigo de su hijo, y después de la carta que recibió hará unos años, más todavía.
—¿Ese? Ah, ese es el mejor amigo de Souta. Iban al mismo colegio, y se llevaban muy bien, ¿Sabes? Se llama Manosuke.
—Manosuke...—repite la niña morena, fijándose.
—Sí, exacto. Y además… Manosuke también es tu hermano, Yukiko. —anuncia Manya, con semblante de dolor.
—¿En serio? Entonces… ¿Manosuke y Souta son hermanos?
—...No, no, ellos no son hermanos entre ellos. Solo son tus hermanos.
—Pero qué raro, ¿No? ¿Cómo puedo ser hermana también de Manosuke, si él no es tu hijo?—pregunta la pequeña, confusa.
Ante el razonamiento de la pequeña, Manya se queda sin saber qué contestar. Conoce de sobras cuál es la explicación a eso, pero no cómo explicárselo a la niña. Es una situación tan complicada, y tan difícil para ella, que no puede ahogar más un llanto silencioso que le cubre las mejillas.
—¿Manya?—la llama, mirándola sorprendida.
—...Es… Es complicado, cielo. No creo que lo entiendas...—asegura la mujer, limpiándose las lágrimas que trata de cesar.—A veces… Bueno… A veces no todo es tan sencillo como parece…
No sabe muy bien de lo que está hablando Manya, pero Yukiko no aparta la vista de la fotografía. En ella, salen retratados los pequeños Manosuke y Souta. Y al parecer, son sus hermanos. No sabía nada de eso.
—...Me gustaría conocerles algún día, ¿Podré, Manya? ¿Podré conocerles?—demanda, cogiendo del brazo a la susodicha.
—...Sí, claro que sí. Tarde o temprano, les conocerás, ya verás. Me gustaría mucho que os conociéseis todos… Y que las cosas se aclarasen de una vez… Y no hiciesen más daño…
—¿Cosas que hacen daño? ¿El qué?
—...Son muchas cosas, Yukiko. En el mundo en el que vivimos, hay muchas cosas que no deberían pasar nunca… Cosas que hacen mucho daño a las personas.
—Por ejemplo… ¿El daño que te hace no estar con Souta? ¿Te refieres a eso?
—S-sí… Algo así, sí… —solloza, quebrándosele la voz.—D-daría todo por poder estar con él… Y poder reparar todo el daño que le he hecho. Souta...—bisbisea, antes de abandonarse a un profundo llanto.
La pequeña Yukiko, aunque no comprende exactamente todo lo que oye, quiere que todo vaya bien, porque todavía no sabe mucho, pero el ver a Manya le da una imagen del daño que puede hacer la vida misma. —Manya… No llores… No te preocupes, encontraremos a Souta.—pronuncia, haciéndolo mucho más fácil de lo que es realmente.—Yo te ayudaré a encontrarle, y por fin le conoceré y nos llevaremos bien. Tú siempre dices que está bien ayudar a la gente que está dispuesta a ayudarte a ti también, ¿No? Tú me has ayudado mucho, ¡Así que ahora te ayudaré yo! Sé que soy pequeña, pero te prometo que encontraré a Souta.
—Oh… Yukiko...—la llama, con una sonrisa inocente entre lágrimas.—Eres una gran chica… Estoy segura de que le encontrarás. Tarde o temprano, conocerás a Souta. Yo… Yo espero que así sea.
Ambas se dedican una mirada muy profunda. Mientras la pequeña intenta que las orbes de Manya dejen de estar húmedas a causa del dolor que le ha causado la vida, la modista no aparta su vista de los ojos marrones de Yukiko, y al fijarse en ellos, en su sonrisa cargada de inocencia, en su cara en general, logra ver al hijo del cual la vida le ha separado. Mirando a Yukiko, puede entrever a su pequeño Souta. Finalmente, por puro impulso, se inclina hacia adelante y le da un abrazo a la niña, que la recibe con ternura.
—Gracias, Yukiko. Si sé que encontrarás a Souta, y también a Manosuke, ya me siento mejor.—le sonríe tristemente, tratando de animarse.
—Claro. Y entonces, cuando le encontremos, ya no estarás triste, ¿Verdad?
—...Si por fin Souta conoce a su hermana, entonces seré muy feliz.
—¡Qué bien! ¿Lo habéis oído, chicos? ¡Os voy a encontrar, para poder ser todos muy felices!—anuncia a la foto, como si estuviese hablando con ellos.—Toma.
—Puedes quedártela, tesoro. No necesito fotos para pensar en mi niño todo el día.—asegura, con la mano en el pecho.—Además, si les vas a encontrar, tener una foto te ayudará, ¿No?
—¡No hace falta! Anda, guárdala. Es una foto de tu hijo, tiene que ser muy importante para ti. Y además, ¿No dices siempre que los dulces no me sientan bien para compensar que soy muy lista? ¡Lo recordaré siempre!
La diseñadora de pelo negro sonríe ante la frase de la pequeña, no obstante por dentro su felicidad no se aplica. Las dificultades de la vida también hacen mella en Yukiko. Desde que de bien pequeña la cuidó como si fuese suya, su salud ha dejado mucho que desear. No sabe muy bien qué es lo que padece, pero no pinta como nada bueno. Sin embargo, le cuenta las cosas algo adornadas, porque no quiere mentirle pero tampoco quiere ponerla a luchar contra la realidad tan temprano.
—Y ahora, ¿Podemos ir a jugar fuera? ¡Por favooor!—pide la pequeña morena, animada, aunque soltando una pequeña tos.
—¿No hace demasiado frío para ti, cielo? Ya sabes que aunque el hada de la nieve te trajo envuelta en ella, el frío te puede constipar. Y no te gusta estar constipada, ¿Me equivoco?
—¡Nooo, es un rollo!—bufa, pataleando infantilmente.—No puedo dormir bien, ¡Jo! Pero yo quiero de todas formas… ¡Solo un ratito, por favor, por favor, por favor!
Al final, a Manya no le queda otra que rendirse. Accede a la petición de la niña, poniéndole el vestido que le ha regalado y abrigándola con mucho cuidado. Cuando salen, la nieve no deja de caer, y hace un frío considerable, pero a la pequeña no parece importarle, pues mira entusiasmada cómo los copos caen en sus manos.
—¡Hala, qué chulo! ¡Puedo hacer formas con la nieve! ¿Has visto, Manya?
—No te alejes demasiado, Yukiko. Y ojo con patinar.
Un paisaje tan frío y hermoso trae muchos recuerdos para Manya, porque en ese instante puede rememorar imágenes similares de Rusia, su país natal, a donde siempre quiso ir con Souta, también para jugar en la nieve, como está haciendo Yukiko en ese momento. En cierto modo, Yukiko le recuerda mucho a Souta. Sabe la amarga razón por la cual el parecido es real, pero no puede estar más feliz. Pensar en su querido hijo a través de Yukiko le hace venir una esperanza de que algún día pueda llegar a verle de nuevo, de darle la oportunidad de conocer a su hermana y dejar todo lo malo atrás. Con una lágrima, no puede esperar a que ese día tan ansiado llegue. De que Souta llegue.
—¡Mira, mira! ¡He hecho un angelito en la nieve!
—Ya te he visto, ya.—admite, sonriendo débilmente.—Un angelito tumbado en la nieve. Eso me recuerda a ti, cielo.
—¡Oh! ¡Soy un ángel! Qué guayyy...—opina la niña, infantil, balanceándose de un lado a otro.
—No bromeo, tesoro. Cuando te encontré, estabas tumbada en la nieve… Fue justo al lado del aeropuerto, ¿Sabes? Y en los aeropuertos, hay aviones, que como los ángeles, también vuelan.—le cuenta.
—¿En serio? ¿Y qué hacía ahí, cómo llegué al aeropuerto, a la nieve?
—P-pues… N-no lo sé. Quizás… Quizás la cigüeña se confundió de camino por culpa del viento, y acabaste sobre la nieve. El nombre de Yukiko te hizo justicia desde el principio.—se inventa, tratando de adornarlo todo lo posible.
Pese a que en realidad no lo sepa del todo bien, Manya está segura de que ninguna cigüeña tuvo nada que ver la noche en la que encontró a Yukiko. Lo recuerda perfectamente: ella iba a coger un vuelo para su siguiente destino en el mundo de la moda. Justo antes de embarcar, oyó un llanto fuera de la terminal, y al salir a fuera para ver qué pasaba, se encontró a la bebé morena sobre la fría y cruel nieve, llorando y temblando por el frío. Sin pensarlo, la cogió, la abrigó, le dio su nombre y la adoptó como si fuese suya. Quién iba a pensar que esa niña era, en realidad, la hija de su mejor amiga, fruto de una infidelidad con su propio marido, quien tenía el mismo nombre que ella le dio desde que nació. Sin duda, Manya no. Pero ahora ya sabía la fría y cruel realidad. Fría y cruel como la nieve, pues esa realidad involucraba de lleno a alguien con la nieve en su nombre. —Entonces… ¿Me trajo una cigüeña? ¿A dónde me tenía que llevar, entonces?
—Sí, la cigüeña es la que trae a los niños al mundo.
—¿Y a Souta también lo trajo la cigüeña? ¿Y a Manosuke?
—Ehm… S-sí, claro…—duda.
—¿Y cómo sabe la cigüeña dónde están los padres?
—L-lo mira en un mapa…
—¿Y entonces por qué dicen que llevamos la sangre de los padres?
Manya sabe que los niños son curiosos… Lo que no sabe es que tanto.
—...P-pues porque… Porque hacen magia. ¡Ah! ¡Hablando de magia…!—se desvía de la conversación, evitando el tema.—Vamos, te llevaré a un sitio muy bonito. A un lugar mágico
—¿El nido de la cigüeña?
—No. Mejor todavía.—asegura, con cara de circunstancias.—Es un lugar donde la gente lleva unos disfraces muy bonitos, de muchos colores, y hacen reír a los niños, acrobacias… Y hay muchos, muchos animales.
—¡Aaaaah! ¡El circo!—se entusiasma, extendiendo los brazos de golpe.—¡Vamos a ir al circo!
—Sí, eso es, lo has adivinado. Es tu regalo de cumpleaños.
—Pero si antes me has regalado ese vestido tan bonito que me has hecho…
—...No lo he hecho yo, cielo. Por eso, te tenía que regalar algo más.
La niña morena le dedica una mirada curiosa a la adulta que la acompaña. Manya puede leer en sus ojitos castaños el afán por saber qué se esconde detrás de esas palabras, sin embargo no se ve con fuerzas para contárselo. No lo entendería, y solo le haría daño. Y no quiere hacer sufrir a la niña tanto como ya ha sufrido ella. No más.
—Bueno… No me hagas mucho caso, pequeña. Vamos.—le indica, tendiéndole su mano.
Yukiko acepta su mano, impaciente por llegar al espectáculo circense que Manya le ha prometido.
—¿Va a haber muchos animales? Porfa, di que sí.—pregunta, deseando una afirmación.
—Pues claro. Seguro que hay muchos… Y harán trucos muy chulos, ya verás. Como la última vez que fuimos, en verano. El oso que hacía malabares, o el mono que iba en bici…
—¿Cómo puede ir un mono en bici? ¡Si ni siquiera yo puedo!—protesta la cría, con un puchero.
—Porque le enseñan, cielo. Intentaré enseñarte algún día a subir en bici.
—¿Me enseñarás como le enseñan al mono? Entonces serás como el que enseña a los animales… ¿Cómo se llamaba?
—El domador, Yukiko.
—¡Ése! El domador es alguien increíble, ¿Verdad? Es capaz de hacer muchas cosas increíbles… Y hasta cuando está cerca de animales que dan mucho miedo, está tranquilo. ¡Tiene que ser muy fuerte, y muy valiente!
—Sí, es alguien muy, muy valiente. Y muy inteligente también. ...El domador era en quien más se fijaba Souta cuando le llevaba al circo. Me sorprende que alguien tan tímido como él se fijase en el domador, precisamente… Será porque ambos son muy inteligentes.—recuerda Manya, con la mirada perdida.
Y caminando entre la nieve pensando en muchas cosas, las dos llegan por fin a la carpa donde les augura el espectáculo. Con un globo en forma de animal en la mano y habiendo visto más de cerca a algunos animales antes de la función, Yukiko toma asiento en un lugar bastante privilegiado, al lado de Manya, quien no deja de mirarla con melancolía.
—¡Que empiece ya! ¡Jo! ¿Por qué tardan tanto?
—Yukiko, todavía faltan diez minutos para que empiece, tranquilízate….
—¡No puedo! ¡Quiero ver el espectáculo ya mismo!
Manya no puede evitar sacudir la cabeza con sencillez. "Es solo una niña", piensa.
—¿Cómo podía Souta aguantar tanto tiempo sin rechistar?—se queja Yukiko, con un puchero de inconformidad y cruzándose de brazos.
—...Souta es un niño muy calmado. Y aunque se solía guardar lo que pensaba para sí mismo, yo sé que estaba impaciente porque el espectáculo empezase.
—¿Y cómo lo sabes? Eres maga…
—No, no lo soy… Lo que soy es su madre. Y le conozco. No todo lo que me gustaría, sin embargo… Pero le conozco.—asegura, con morriña.—Como a ti, le gustaban mucho los animales, y se ponía muy contento cuando les veía.
—Claro, ¡Porque los animales son geniales! Seguro que le hubiese gustado mucho mi globo. Pero aunque sea mi hermano, me costaría prestárselo, hm.—se jacta, con pose confiada.
Manya se ríe con suavidad, echando otro vistazo al globo que le ha comprado, en forma de poni.
—¿Sabes a quién le hubiese gustado mucho ese globo, especialmente? A Manosuke. Le gustaban mucho los caballos.
—¿Los caballos? Ah, sí, como este… Me dijiste que esto era un caballo, ¿No?—inquiere la pequeña, tocando su collar de abalorios.
—...Eso es, sí.
—Parece que a mis hermanos les gustan mucho los animalitos. ¡Pero yo sé más que ellos de animalitos! ¡Soy una experta!—presume infantilmente.
—No me digas. ¿Sabes lo que es un pingüino, Yukiko?
Ante la nueva palabra, que nunca había escuchado, deja ver un gesto dubitativo.
—Eeeeehm… Pueeees… Sí, muy fácil...—miente.
Antes de que Manya pueda demandar una respuesta a modo de broma, las luces disminuyen y se centran en la pista, donde empieza a sonar música.
—¡Ya empieza, ya empieza! ¡Yupiiii!—chilla, entusiasmada y aliviada por haberse librado.
—Vaya, vaya. Salvada por la campana, Yukiko.
—¿Salvada por quién?
—Es una expresión. Las campanas no pueden salvar a la gente, Yukiko.
—¡Igual en el mundo del circo sí que pueden!
—...Quizás. Eres especial y mágica, como el propio circo, Yukiko. Entonces, es posible que a ti las campanas sí te puedan salvar.
Ante la afirmación de Manya, la pequeña hace ademán de sonreír ampliamente. Por alguna razón, eso le proporciona unas misteriosas paz y tranquilidad.
—Ahora, estate atenta, cielo. El espectáculo va a empezar. Cuando termine, tenemos que irnos rápido a la convención, así que aprovecha, ¿De acuerdo?
—¡Sí, sí! ¡Por fin!—declara contenta, moviendo las piernas en su asiento.
La rusa solo puede sonreír tras ver la reacción de la pequeña que la acompaña. Porque no es solo su reacción lo que está viendo. En ese momento, podría afirmar que está viendo a su propio Souta.
—Ojalá Souta y Manosuke estuviesen aquí...—comenta la niña, dejando su deseo flotando en el aire.
Manya le pasa una mano por sus cabellos oscuros, enternecida.
—Sí… Ojalá. Me gustaría mucho que estuvieseis los tres juntos…
—Y a mí… ¡Así podríamos montar nuestro propio circo! Yo estaría muy contenta por estar con ellos…
La mujer le propina un beso en la mejilla, emocionándose otra vez nada más pensarlo. Piensa hacer algo para que los tres terminen juntos por fin, aunque sea lo último que haga. Sea como sea, tiene que hacer que su hijo sepa la verdad, para que sea feliz. Si eso implica perder su vida en el intento, está dispuesta a ello.
La misma Yukiko que estaba tan contenta mirando el show circense es la misma que se mostraría tan asustada unas horas después, así como la que no recordaría nada de todo eso al día siguiente. Muchas cosas se cumplieron más tarde: Manya tuvo que acabar haciendo ese sacrificio al que estaba dispuesta, a morirse, eso sí, dejando con ella la carta de la verdad, que acabó informando a su hijo de la verdad mucho tiempo más tarde. Además, Yukiko sí fue salvada por una campana, una y más de una vez, razón por la cual también ha terminado reuniéndose con ese hermano del que tanto le hablaba Manya.
Pero nunca recordó nada de eso. Nunca… Hasta ahora.
