Protegida por un denso silencio y, quizás, algo más que eso, Yukiko duerme profundamente, reponiéndose de su desmayo. Mientras tanto, Souta le explica al doctor Kokoro, bajo su propia petición, lo que ha averiguado, la cruda realidad que ha descubierto en la celda de alguien que se encarga precisamente de que las cosas no estén crudas. Todo, excepto la verdad.
—...Souta...—farfulla Kokoro, estando su estupefacción al máximo.
El susodicho solo hace ademán de decir que sí y encogerse de hombros, pese a que por dentro está inquieto, muy inquieto, y apesadumbrado. Nada puede calmarle en un momento así.
—Así es, doctor Kokoro. Esa ha sido Yukiko todo este tiempo, sin saberlo. Ni yo.—anuncia, con pesar.
—...Ahora todo tiene sentido.
—¿Disculpe?
—...Hace ya un tiempo, con la muestra de ADN que cogí del chequeo de Yukiko y la que conseguí cuando hicieron esas analíticas para los presos, hice una comparación de vuestras dos secuencias. No era total, pero… Sí había una coincidencia. Por eso asimiló tu sangre. Porque, al menos parcialmente, el mismo tipo de sangre corre por vuestras venas.
—¡Hm!—Souta abre mucho los ojos.—...Bueno, no sé qué me sorprende tanto. Ahora ya da igual. Ya lo sé todo.—afirma, cerrando sus orbes en contraste.—Pero… Si lo supo hace un tiempo, ¿Por qué no me lo dijo antes, doctor Kokoro?
—...Mis disculpas, Souta, pero me dijeron que sería mejor que no lo hiciese por el momento.—se excusa el doctor, educado.
—¿...El señor Houinbou?—pregunta Souta, deduciéndolo a la primera.
El moreno, con una media sonrisa, asiente con la cabeza.
—Fue él mismo el que me pidió que lo comprobase. Al parecer, hacía ya un tiempo que estaba meditando en que ambos os parecíais muchísimo, y quería comprobarlo. Y, una vez más, acertó.—explica, cerrando melancólicamente sus ojos verdes.
—¿También le pidió explícitamente que no nos lo dijera? Porque él tampoco nos lo comunicó jamás...—pide Souta, serio.
—...Así es. Yo mismo le pregunté por qué. Y me dijo que no os lo dijese hasta que los dos confiaseis plenamente el uno en el otro…. Para que el hecho de estar emparentados no tuviese nada que ver. Tenía que ser por mérito propio… Eso me dijo él.
—...Señor Houinbou...—susurra Souta, apagadamente.
Una vez más, su padre demuestra en una situación así que solo se preocupa por su bien, que solo busca lo mejor para él. Lo mejor para su hijo.
—...Ahora solo queda lo más difícil. Que lo hables con Yukiko, que ambos asimiléis la verdad, y lo podáis superar. Tenéis que ser valientes, chicos.—aconseja el doctor, sin un ápice de broma.
—...Eso tiene cierta gracia, doctor Kokoro. Les está pidiendo valentía a dos personas que ya estarían muertas si no la hubiesen tenido desde el principio.
—...Cierto. Pues tendréis que hacer uso de ella una vez más. Esta vez, esperemos que la última, ¿No?
—Por supuesto. Esto se tiene que acabar, pero ya. Para Yukiko y para mí. Ya hemos tenido bastante.
Ahora, solo resta esperar que la morena despierte de su letargo para poder hablar las cosas larga y tendidamente, para por fin poner punto y final a tan desagradable sucesión de los hechos. Cada vez que Yukiko ha abierto los ojos, el mundo que conocía ha dando un giro muy brusco. Cuando apareció con sus ojos ciegos por primera vez, llevando consigo la enfermedad que provocó muchos sustos haciendo pensar que se iría del mundo. Cuando se curó y ya veía, pasó poco tiempo hasta que se enteraron de la partida de su ser más preciado. Nada fue culpa de ella, por supuesto, por eso Souta está deseando que abra los ojos de nuevo. Esta vez, para un prometedor futuro.
Esperando a que esa apertura de orbes llegue, Souta se levanta de su asiento en el suelo y se encamina hacia una pequeña cómoda donde guarda sus escasas pertenencias. Ha recordado que, hace unos días, le mostró al médico una fotografía en la que salían retratados Manosuke y él, para el asunto que estaban tratando. Quiere enseñársela a Yukiko, por si acaba por recordar algo más fugazmente y, sobre todo, para que vea quiénes son en realidad los dos de la foto para ella.
Sin embargo, antes de traer recuerdos a Yukiko, se los acaba por traer a él mismo.
(...)
El blanco de la nieve cubre todo lo visible, azotado por un frío muy intenso. Sin embargo, en ese lugar, el exterior no es lo más frío que hay, sino todo lo contrario. Lo más frío es el interior. El interior de los corazones de cada uno de los huérfanos que allí habitan.
El del niño moreno escondido dentro del cuco iglú no es una excepción. Acurrucado y con la mirada distante, deja ir vaho sobre sus manos para calentarlas, angustiado cada vez que eso no da resultado. Odia el frío con todas sus fuerzas, pero no logra librarse de él.
—¡Souta! Por fin te encuentro...—pronuncia otro niño, que accede a rastras al iglú.
Al susodicho no le sorprende encontrarse a Manosuke entrando en el iglú. Sabe que le habrá estado buscando por todo el jardín y en cada recoveco del orfanato, razón por la cual deduce que que está tiritando de frío. Manosuke se alegra de encontrarle por fin, pero el sentimiento no es mutuo. No tiene ganas de hablar con nadie, y menos con su mejor amigo traidor.
—¿Qué haces aquí, Souta? Hace mucho frío fuera, te pondrás enfermo…
"Tú sí que me pones enfermo"
—E-estaré bien… No me molesta.—miente.
—Aun así, te puedes resfriar. Vamos adentro, anda. Ya casi está la cena…
—...No tengo hambre.—declara, tapándose las orejas.
—¿Seguro? Hoy es Nochebuena, la señora Miwa ha dicho que nos dará dulces a todos para celebrarlo…
Como si eso le animase lo más mínimo. Miwa y los dulces, dos cosas que le revuelven el estómago. Así que niega con la cabeza y se acurruca para sí mismo para tratar de darse algo de calor.
—¿Estás triste? Podemos hablar, si quieres… Souta...—insiste Manosuke, muy preocupado por su amigo.
—N-no hay nada de qué hablar… Solo… Solo me apetecía estar solo.
"Y molestas, como siempre."
—Qué pena… No quiero irme y dejarte solo. ...Pero si es lo que quieres…
Demostrando una consideración totalmente impropia de él salvo con Souta, Manosuke lo está diciendo muy en serio. No hay momento en el que quiera estar separado del de los cabellos negros, pero no quiere hacerle daño.
—...No… Quédate, Manosuke. P-por favor...—titubea, inseguro y encogiéndose de hombros.
Por supuesto, nada pone más contento a Manosuke, quien no se va a mover de ahí ni aunque le saquen a patadas.
—¡Hecho! No me moveré de aquí.—le sonríe ampliamente el de la cabeza rapada.
—...G-gracias...—susurra, como si le costase.
Es solamente cuando sonríe que Manosuke puede apreciar bajo los ojos castaños de su mejor amigo unas profundas ojeras. Incluso su torpe cerebro puede deducir que Souta lleva varios días sin pegar ojo.
—Souta, ¿Qué te ha pasado? ¿Estás cansado?—pregunta, con cara de alerta al instante. Si Souta no está bien, él tampoco.
—...E-es solo que... —tartamudea, mientras se le escapa un bostezo.
"Maldita sea, Manosuke. Mira lo que me haces hacer. Has hecho que bostece. Has hecho que demuestre que tengo sueño, que no duermo. Me has hecho mostrar mis debilidades."
No obstante, está acostumbrado a actuar en consecuencia para cualquier situación que pueda resultarle desfavorable, en este caso, teniendo que quedar expuesto lo que piensa, lo que siente. Sin embargo, desviando la atención, su estómago ruge. Y será más fácil explicar el por qué tiene hambre que el motivo por el cual no duerme por las noches.
—...En realidad, sí que tengo un poquito de hambre. Me desperté con dolor de tripa, y no he desayunado.
En lugar de recriminarle su falta de honestidad desde el principio, Manosuke tarda poco en buscar en los bolsillos de su abrigo para sacar de ellos una caja de cartón con decoración intrincada.
—¿...Y eso?
—Galletitas saladas. Toma, come algo. Seguro que te sentará bien.—asegura Manosuke, tendiéndole la caja con amabilidad.
—¿De dónde las has sacado, Manosuke?
En realidad, no necesita preguntar para saberlo. Conoce a Manosuke más que cualquier otra persona en el universo.
—Bueno… Justo cuando iba a buscarte esta mañana para jugar al ajedrez, la señora Miwa me dijo que la ayudase con unas cosas. Y con ayudarla, quiero decir que me mandó mover un montón de cajas mientras ella se hacía las uñas, ¡Será estúpida! ¡Por su culpa, no pude jugar contigo esta mañana!—protesta Manosuke, furibundo.—Así que cuando no miraba, me lo cobré por mi cuenta.—añade, con una sonrisa traviesa.
—¡M-Manosuke! E-eso no está bien… Te puedes meter en un lío…
—No me importa. Si te es útil, me da igual que me riñan.—responde Manosuke, dedicándole una mirada llena de afecto.
Souta le dedica otro vistazo a su pilluelo amigo. Cuando le mira, un odio desmedido le invade. Fue por su culpa que se separó de su padre, el motivo por el cual ahora las pesadillas no le dejan dormir. Pero al mismo tiempo, y pese a que intenta olvidarlo, no puede sacarse la idea de la cabeza de que es su mejor amigo, la única persona con la que puede mínimamente entablar una conversación, lo último que le queda. Su mejor amigo. Un traidor, pero su mejor amigo.
Con una sonrisa tímida, acepta las galletas que le da Manosuke y, lentamente, se come unas cuantas. Nunca lo admitirá, pero las necesitaba de verdad. De hecho, se podría decir que es gracias a Manosuke que Souta no sufre de inanición.
—¿Mejor, Souta?—le demanda, mirándole con una sonrisa.
Sin decir nada, el moreno le mira con sus brillantes ojos marrones y articula una media sonrisilla mientras asiente débilmente. Sin poder evitarlo, Manosuke se echa a reír con simpatía.
—¡Me alegro! Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que decírmelo. No necesitas ser tímido conmigo, Souta. Haré lo que sea por ti.
"Lo que necesito es vengarme de ti. ¿Me harías el favor de morirte de una vez, traidor?"
—¿...Siempre me protegerá, Manosuke?
—Siempre. Nunca me separaré de ti, Souta.—le promete Manosuke.
—¿Entonces nunca te irás?
Mirándole directamente a los ojos, el de la cabeza rapada sacude la cabeza, con una sonrisa que trata de tranquilizar a Souta.
—...Qué bien.—susurra Souta, devolviéndole una sonrisa circundada por sus manos cubriéndose la cara.
Tanteando la situación, Manosuke decide acercarse un poco más a su amigo y, despacio para no pillarle por sorpresa y asustarle, abre sus brazos para abrazarle. Aunque algo agitado, Souta lo acepta, confuso. En brazos de un traidor debería sentirse mal, si más no, desprotegido. Sin embargo, ¿Por qué esa sensación de fortaleza?
—¿Quieres que juguemos al ajedrez, Souta? Tengo el set portátil en el otro bolsillo.
"Sí, por favor. Necesito ganarte otra vez para seguir creyendo que he de destruirte como sea."
—...Me encantaría.—asegura, con una sonrisa algo más cálida.
Manosuke tarda poco en sacar de su bolsillo el tablero de su juego de mesa favorito por excelencia, la réplica en miniatura de una dura batalla, como la vida misma, a la que deberán acostumbrarse, pese a que en la guerra de la vida no hayan apenas superado la barrera de peones.
—...Jaque mate. He ganado… Parece ser...—susurra Souta, tímidamente.
"Por supuesto que te he ganado, idiota. Y en relación a "ganarte", esto es solo el comienzo."
—¡Tch, siempre me ganas!—protesta Manosuke, cruzándose de brazos, aunque no iracundo.
—¡Lo...Lo siento, no quería alardear de ello, no quería, no quería, no quería!—se pone nervioso, tapándose los oídos mientras se encoge de hombros.
—¡No, no! No quería decir eso… En realidad, no me enfado… Estoy muy contento porque he jugado contigo.
—¿De...De veras?
—Sí, en serio. Siento haberte preocupado.
—N-no pasa nada...—pronuncia entrecortadamente, con un principio de sonrisa.
"No das una, idiota. Siempre tienes que estar metiendo la pata."
De improviso, la mano de Souta toca la nieve del suelo, provocándole un desagradable escalofrío que le deja la mente tan en blanco como la propia nieve, pues la horrenda sensación que le produce el frío eclipsa el resto de posibles ideas que puedan ocupar su mente.
—¿Souta? ¿Te encuentras bien?—inquiere Manosuke, en señal de alarma enseguida, como siempre que percibe que a Souta le pasa algo incómodo.
—N-nada...—improvisa.
Demasiado tarde. Un ligero temblor empieza a manar de su cuerpecito helado, y el cómo se frota los brazos para entrar en calor habla antes que su voz.
Con cuidado, siempre poco para alguien tan frágil en el fondo como Souta, Manosuke le coge las manos, comprobando su baja temperatura.
—¡Souta, estás helado!
Como el más puro acto reflejo, Souta aparta violentamente la mano, muy nervioso de repente, aunque trata de disimularlo. Si el frío no le parecía bastante, que le toquen le resulta demasiado incómodo.
—P-perdona… N-no quería asustarte, Souta...—se disculpa Manosuke, con una cara de sinceridad que no adopta con nadie más.
"Pues lo has hecho, maldito. No te necesito, cretino."
—...No pasa nada… ...Yo...—titubea el moreno, apartando la mirada.
—Tranquilo. ...En parte, me alegra. Eso significa que lo he hecho bien.—menciona, con una sonrisa aparentemente fuera de lugar.
—¿E-eh?—Souta hace cara de no comprender.
"Solo por todas las tonterías que dices ya mereces morirte, pezado de memo."
Buscando en ese abrigo que parece contener un poco de todo lo que Manosuke encuentra, su propietario muestra lo que tiene pinta de ser un par de guantes de colores alegres, que le tiende a su amigo.
—¿Q-qué es esto, Manosuke?
—Un par de guantes. Para ti, para que no tengas frío. Feliz Navidad, Souta.—le dice Manosuke, con una gran sonrisa hacia Souta.
El moreno observa los guantes, perplejo. Son de colores suaves, exceptuando la S roja que hay en cada uno. Por eso, se da cuenta de que lo de su inicial no es coincidencia, ya que las coincidencias para él no suelen existir.
—¿Los has hecho tú, Manosuke?—en realidad, no es ninguna pregunta.
—Ajá. Los hice en el taller ese que hicimos. Me costó mucho hacerlos… No paraba de pincharme, y necesité mucha ayuda. Estúpidos hilos...—reniega, para sí mismo.
"Je. Es que eres torpe de narices para todo, pringado."
—Pero trabajé mucho en ellos, porque sé que no te gusta el frío, para que estés protegido. Porque te prometí que te protegería, y eso pienso hacer.—pronuncia Manosuke, con una seriedad en forma de sonrisa.
"Todo es culpa tuya. No tendrías que protegerme si no me hubieses dejado desprotegido."
—...G-gracias... —susurra, con un semblante adorablemente tímido.
Pese a todo, Manosuke siente una euforia con la que rara vez se le ve.
—¿Entonces te gustan? ¿Te protegen del frío?—inquiere Manosuke, insistente.
Y es que Manosuke sufre de un profundo complejo de inferioridad que, a pesar de que intenta disimular, aflora cuando se esfuerza en proteger a Souta, por miedo a hacerlo mal.
—S-sí… Son calentitos. Me gustan.
Y es que Manosuke, a pesar de provocarle repulsivos escalofríos, sabe cómo ser cálido con él para compensarlo. Y cuando Souta le recompensa con una sonrisa, por efímera que sea, Manosuke no puede estar más en paz consigo mismo.
Sopesándolo un poco consigo mismo, Souta se decide por buscar él también algo en su chaqueta, acabando por ofrecerle con un movimiento inseguro un papel doblado a Manosuke.
—¿Qué es, Souta?—demanda, curioso.
—...A-algo que hice hace unos días. ...Para ti.—menciona, introvertido.
El de la cabeza rapada tarda poco en desdoblar el folio para distinguir un dibujo hecho por Souta, en el que salen dos niños, ellos dos, por descontado, con animales alrededor, más concretamente un mono y un caballo, y una especie de carpa de colores en el fondo. Para ser del puño y letra de un niño, está bastante bien hecho.
—Souta… ¡Me encanta!—opina Manosuke, con una sonrisa, más alegre porque su mejor amigo le haya hecho un regalo que por su contenido en sí.—Muchas gracias.
—...N-no hay de qué. Es el circo, ¿Ves?
"Porque eres un soberano payaso, Manosuke."
—Ah, sí. Te gusta mucho el circo, ¿No, Souta?
El moreno asiente con debilidad, esbozando una sonrisilla.
"Seh. Al menos me gustaba antes de que me jodieses la vida."
—E-espero que te guste...—farfulla Souta, tapándose los ojos.
—Me encanta, Souta. Me gusta mucho, gracias.
Ahora, por su propio acto reflejo, es Manosuke el que se le acerca para darle un abrazo, aunque trata de ir despacio para no espantarle no puede evitar darle un abrazo a su apreciado amigo.
—Feliz Navidad, Souta.—repite Manosuke, contento.
"Serás capullo. Feliz lo será cuando te mueras."
—...Feliz Navidad, Manosuke.
Y rodeados de nieve, ambos comparten regalos de Navidad, a pesar de que eso para ellos sea lo último que les apetezca celebrar. Ambos comparten su amistad, una de las pocas cosas que ya les queda. Y a pesar de que el corazón de Souta está frío, muy frío, helado, lo calentarán los guantes que le ha dado Manosuke. Lo calentará Manosuke.
