Tantos recuerdos, por una simple fotografía. En el presente, Souta contempla con seriedad la foto donde aparecen Manosuke y él, el primero con una gran sonrisa de 36 dientes y una mirada con una chispa de malicia y el segundo con los ojos cerrados y una sonrisilla más bien tímida y reducida, alguien a quien no se le puede leer el pensamiento. Una foto que desencadena muchos otros recuerdos no plasmados en papel.

—¿Souta?—le llama el doctor, notando que se ha quedado notablemente ausente.

De golpe, vuelve a la realidad, al menos en consciencia, pues su mente estaba bastante lejos en el tiempo.

—...Perdón. Estaba… Estaba pensando.

—Ya veo. ¿Sería mucho el preguntar en qué?

—...En dónde estaban y qué hacían sus hermanos mientras ella estuvo a un paso de la muerte. ...En que ninguno lo ha tenido fácil. Mayormente, los hechos que marcaron mi vida, para bien o para mal, normalmente para mal, estuvieron rodeados de nieve. Pero aun así, nunca la recordé.

El moreno de las gafas guarda silencio, pues opina que de nada serviría entablar una réplica a algo que no puede discutir. Mientras tanto, el ahora pelirrojo camina paulatinamente por la celda, para acabar arrodillado cerca del futón de Yukiko, donde está descansando.

Con cuidado, busca el collar que ha estado en su cuello desde el día que nació. Los abalorios que le puso él mismo, el caballo negro que le puso Manosuke, y la campanita que le puso Ryouken. Tres personas destinadas a formar una parte importante de su vida. Solo que ella no lo sabía. No podía saberlo. Como él tampoco podía.

De nuevo con tacto, Souta coloca sus cabellos en un orden similar al que él mismo luce, y casi por un reflejo lo compara con su propia foto. Quizás es por saberlo de antemano, pero ahora las similitudes entre ambos le parecen más obvias. Solemnemente serio, le dedica un vistazo a Yukiko. La mira pensando en lo que realmente es, cosa que todavía ni ella sabe. Lo que le recuerda que tiene que decirle algo importante.

"Yukiko, tengo que decirte algo muy importante." Como si lo hubiese escuchado de verdad, desde los pensamientos del domador, la morena despierta con lentitud, abriendo los ojos progresivamente, para encontrarse con Souta mirándola distante.

—Yukiko. ...Por fin despiertas.—pronuncia Souta, reprimiendo un suspiro.

—Souta… ¿Qué ha pasado? Tenía mucho dolor de cabeza, estaba recordando muchas cosas, y de repente… Todo se vuelve negro.

—Te has desmayado, Yukiko.—interviene el doctor Kokoro.—Lo que estabas viendo en tu cabeza, que me comentaste, eran recuerdos desde el principio. Recuerdos que tu amnesia borró.

—¿Mi amnesia…?

—Sí, eso es. Esos recuerdos estuvieron en tu subconsciente todo el tiempo, sin embargo el no recibir estímulos del exterior no te permitió recordarlos. Era una situación demasiado violenta para ti, en tu estado post-operatorio, por lo que te desmayaste cuando reviviste el momento en el que tu cerebro entró en amnesia. Cuando te diste ese golpe en la cabeza.

El médico trata de explicarlo lo más simplificado que puede para que todos puedan comprenderlo, sin embargo la morena se encuentra algo ausente, confusa. Aunque no tiene aspecto de ser precisamente por la explicación de Chusei Kokoro.

—He tenido un sueño muy extraño...—anuncia, sujetándose la cabeza con una mano, pensativa.

—¿Un sueño?—inquiere Souta, de repente curioso.

—S-sí… He visto a esa mujer, Manya. Estaba conmigo, y yo era pequeña… Era el día que cumplí seis años…

Lo que él creía. No está tan seguro, como no lo estuvo desde el buen comienzo, de que en esa situación pudiese ser un mero sueño.

—Y me dijo que tenía un hijo, llamado Souta, y que tanto Souta como su mejor amigo Manosuke eran mis hermanos. ...Raro, ¿Verdad?—explica, para medio sonreír al final en señal de desconcierto, mientras se encoge de hombros y alza un poco los brazos.

En cualquier otra situación, Souta le habría gastado alguna broma relativa a su capacidad mental. No es el caso, sin embargo. Solo puede mostrarse serio y mirarla con pinta de no estar bromeando ni un ápice. Y Yukiko sabe cómo es él, y puede notar que hay algo que no anda, como mínimo, como de costumbre.

—¿Souta? ¿A qué viene esa cara tan larga? No pasa nada, estoy bien. Quiero decir, sueños raros he tenido muchos, y los recuerdos se han mezclado con lo que no lo son y habrá nombres que no acabe de saber, por eso mi cerebro los ha suplido con los vuestros, los que llevo oyendo todo este tiempo. ¿...Verdad?—se gira hacia el doctor Kokoro, buscando su validez como médico.

Sin embargo, no es el asenso solemne del doctor que esperaba lo que se encuentra. En su lugar, Kokoro la mira determinante, con seriedad tajante. Extrañada, enfoca otro punto de visión hacia Souta, a quien no nota demasiado diferente, y pese a que no lo aparenta, deduce por sus ojos que por dentro está agitado.

—….No, Yukiko. Te equivocas.

La firme y seria pero a la vez nerviosa mirada de Souta se clava por completo en Yukiko, quien frunciendo ligeramente el ceño deja ver cada vez más la sorpresa en su semblante.

—S-souta… ¿A qué te refieres? ¿...Qué quieres decir con eso?

—L-lo que quiero decir… Es que…

Souta está intentando por todos los medios mantener la calma, pero no le es del todo fácil, incluso para alguien como él, por lo cual no puede evitar un largo y tendido suspiro, que acompaña con taparse la boca y sujetarse la frente con las manos.

—...Que eso no ha sido ningún sueño, Yukiko. Lo que crees que has soñado es, en realidad, otra de tus memorias.

Como ella le ha pedido, Souta le ha dado una explicación, al menos el principio de esta, pero no por ello todas sus dudas se han aclarado. Tiene bastantes preguntas, y deduce que Souta puede saber la respuesta a todas ellas.

—Oh… Entiendo. Supongo que estás en lo cierto, de otra manera no se hubiese podido relacionar con todo lo que he recordado antes. ...Pero entonces…

—Sí. Todo lo que se decía en ese recuerdo es real, Yukiko.—sentencia Souta, serio.

La morena deja ver signos de sorpresa en su semblante, pero parece que todavía no ha asimilado muy bien a lo que se refiere Souta exactamente con eso.

—E-eso quiere decir que… Si todo lo que vi fue real… T-tengo dos hermanos… En alguna parte.—deduce, boquiabierta y ojiplática.

—...Todavía no lo entiendes, ¿Verdad?—susurra Souta, desviando la mirada, muy serio.

—¿Eh?

—Yukiko…. Lo que Souta quiso decir es que "nada" de lo que escuchaste fue distorsionado, o alterado por otras cosas. Y nada implica nada. ¿Entiendes?

La explicación del doctor, pero sobre todo, la cara dolida que está haciendo Souta en ese preciso instante, ayudan a Yukiko a, por fin, darse cuenta de lo que eso implica.

—¿...M-me estáis diciendo que…?—pregunta, titubeando, incluso más sorprendida que antes.

—...Sí, Yukiko. Cuando Manya te dijo que tenía un hijo llamado Souta… Era eso lo que en realidad dijo. ...Se refería a mí, Yukiko. Yo soy el hijo de Manya, siempre lo fui.—anuncia Souta, sin mudar en absoluto su expresión.

Ante la noticia, Yukiko está, por supuesto, atónita, pero más se sorprende y más lo deja ver cuando relaciona con lo posterior, con lo que significa eso.

—Souta… Eres el hijo de Manya, y… Y Manosuke era ese mejor amigo tuyo, claro… ¡Entonces…!—exclama, con los ojos muy abiertos.

Mirándola directamente a los ojos, y más serio que nunca para demostrar que nada de eso es una broma, Souta deja ir un asenso con la cabeza.

—Así es, Yukiko. Manosuke y yo somos tus hermanos. Tú y yo siempre fuimos hermanos.

El golpe de gracia. La frase definitiva. La verdad oculta durante tanto tiempo. Cosas que a nadie dejan indiferente. Ni a Souta… Ni a Yukiko, que recibe el impulso de cubrirse la boca y fruncir un ceño que complementa unas orbes abiertas de par en par, como símbolo de incredulidad.

—Souta...—titubea Yukiko, sin poder articular muy bien la voz. —¿Cómo…?

—...Lo he sabido esta mañana, cuando… Cuando he ido a la celda de Kazami. Es por eso que le veías en tus recuerdos.

La morena no dice nada, no tiene el ímpetu suficiente para intervenir, sin embargo escucha, claro que escucha, más atenta que nunca.

—En realidad… Respecto a Manosuke y a mí… Solo eres nuestra media hermana. Ninguno tiene exactamente los mismos padres que los otros.

—…¿Manya es mi madre también?

Souta sabe que la respuesta trae muchas otras consigo, por lo que trata de serenarse por dentro, de estar tranquilo. Algo soberanamente difícil ahora.

—No, Yukiko. Tu madre es la misma que la de Manosuke, y ambos sois hermanos porque compartís madre. Jade Holic, ¿Recuerdas?

—Jade Holic...—repite, esforzándose por controlar su nerviosismo.—Y-yo creía que… Que como Manya me estuvo cuidando hasta entonces, pues… Pues que ella era mi madre.

—Tu madre, y la de Manosuke, murió el día que naciste. Asesinada. El mismo día que Manosuke y yo nos quedamos encerrados en ese coche y sufrimos la amnesia.

—¿A-Asesinada? ¿P-por quién? Q-quizás no fue así…

—Es lo más posible, Yukiko.—interviene el doctor Kokoro, informado al respecto.—El suicidio es poco probable, pues fue entonces cuando la mujer se dio cuenta de su error y quiso luchar por su hijo… Y por su hija también.

—Lo más probable… Es que fuese Holic quien la matase.

—Holic… ¿E-el padre de Manosuke? E-ese fue… El que fue a ver al señor Houinbou para pedirle que me matase, ¿No?

—No, no fue él. Holic también murió asesinado ese día, el día del incidente IS-7. Pero antes de eso, pudo ser él quien matase a su mujer. Creo que fue el único que pudo hacerlo… Además de que tenía un buen motivo.—alega Souta, bajando la cabeza en la última parte.

—¿Un motivo? ¿Qué clase de motivo puede justificar que…?

—Eso, Yukiko… Está relacionado con el que tú seas mi hermana también. ¿...Me entiendes?

—…Soy medio hermana de Manosuke… Porque compartimos madre. E-entonces… Si soy tu medio hermana también, Souta, eso es porque… ¡...Aaaah!—chilla, exasperada. Se ha percatado de lo que quiere decir.

—...Ajá. El motivo por el que somos medio hermanos, Yukiko… ...Es porque compartimos padre biológico. Y ese, como el mío, es Kazami… Tu padre biológico.

De repente, a Yukiko le da la horripilante sensación de que todo a su alrededor ha dado un giro pronunciado. Un desagradable giro que hace que algo de lo que siempre ha sido inconsciente, por si no bastase con el dolor que le provocan las cosas de las que sí lo ha sido, venga para hacerle daño. Un agridulce sorpresa, aunque en ese momento solo es capaz de ver la parte agria. La parte de la sorpresa agria. O quizás sea dulce también, pero a ella el dulce nunca le ha hecho bien.

—E… Ese hombre… Es… Kazami… Es...—tartamudea, abriendo los ojos de par en par, empezando a temblar.

—...Y eso no es todo, sabes. Lo cierto es… Que Jade Holic le fue infiel a su marido… Con su mejor amigo. Ese era Kazami. Fruto de ese engaño… Naciste tú. —anuncia el pelirrojo, tratando de mantenerse tranquilo.

—Es posible que Holic se enterase de ello y enfureciese con su esposa. Por eso la mató. ...Lo cierto es que tiene sentido.—completa el doctor Kokoro, pensativo.

—Ese collar que llevas… En realidad te lo hicimos Manosuke y yo el día que naciste, cuando los dos teníamos seis años. Pero… Ese día nos olvidamos de todo cuando recordábamos. ...Ninguno supo que tuvo una hermana alguna vez. Ni que esa hermana fueses tú.

Antes se ha desmayado ante la brusquedad de la miríada de recuerdos que había olvidado, pero Yukiko empieza a sentir que puede volver a desmayarse de un momento a otro. La miscelánea de acontecimientos que le está narrando Souta no son menos chocantes.

—Todo esto venía explicado en una carta que Jade le envió a Manya antes de morir. Esa carta, por lo que tú nos dijiste… Es probablemente ese trozo de papel que Manya tenía consigo cuando habló con Kazami en la convención. Tú lo viste… Cuando cumpliste seis años.

—E-esa noche… Fue el mismo día de mi sueño de antes… E-el día de mi cumpleaños, cuando después del circo nos fuimos a la convención, Manya y yo… Allí… Fue cuando vi a Kazami…

—...Manya supo lo que pasó por la carta de su amiga, pero cuando volvió a pedir explicaciones a su marido, ahí no había nadie. Eso fue porque… Porque Kazami me abandonó esa noche, nunca vino a buscarme, y cuando tuvo vía libre se largó… Por eso, Manya nunca nos encontró… Nunca encontró a su marido… Hasta ese día.

—El día de la convención…

—Sí. Todo lo que dijiste que recordabas lo confirma, Yukiko. Manya tuvo una conversación con Kazami, estuvieron hablando de cosas que salían en la carta…. Incluso tú viste la carta ahí. Manya sabía demasiado. Si salía a la luz lo que había hecho, su infidelidad, su hija ilegítima, los abandonos parentales…. Sería el fin de su carrera… ...El muy hijo de puta…

—N-no me lo puedo creer...—farfulla Yukiko, entrecerrando los ojos por el shock.

—Mató a Manya para silenciarla, y se llevó la carta consigo. Pero tú también estabas ahí… Tú también lo habías oído todo, Manya pudo contarte algo… Y además, con un análisis sencillo, comprobar que eras, en realidad, su hija, sería fácil…. ¿Qué motivo le quedaba para no librarse de ti cuanto antes?—ante su propia pregunta retórica, Souta baja la cabeza de nuevo, ensombreciéndosele la cara y descargando su furia acumulada en sus puños.

—V-vino hacia mí… M-me empujó, y trató de retenerme… S-si no hubiese echado a correr...—recuerda Yukiko, deduciendo ella misma lo que pasó.

—Sí… Pero eso no le supuso ningún problema, Yukiko. ...Siempre le quedaba la otra opción, la que acabó usando.

—¿O-otra opción? ¿Qué opción?

—...Contratar un asesino profesional para librarse de ti. ...Cosa que acabó haciendo.—revela, con una sombra atravesándole la cara.

La morena no puede evitar un jadeo de sorpresa desagradable. Por si no fuera bastante con el enterarse solamente de lo anterior.

—E-entonces… El hombre del que el señor Houinbou hablaba en su carta…

—Eso es. ...Resultó ser Kazami, Yukiko. Le dijo al señor Houinbou que se llamaba Paul Holic para no dar su verdadero nombre… Porque nunca confió en él. Le pidió que te matase.

—En efecto, pero el señor Houinbou te perdonó la vida, por supuesto. Ya te sabes la historia, tú mejor que nadie, Yukiko.—interviene el doctor, cruzándose de brazos ante lo chocante de la situación entera.—En realidad, no tenía por qué hacerlo, pero el señor Houinbou le envió una carta en retorno, informando a ese cliente suyo que el trato se había roto y que seguías viva. El nombre era falso, así que nunca lo supo.

—...Nunca supo que su hija seguía viva.—sentencia Souta, para dar final al discurso.

No dice nada, pues no logra reunir las fuerzas necesarias en ese preciso instante, pero Yukiko se está percatando de todo lo que le están contando. Un pasado que nunca recordó… Está volviendo a ella en su peor forma posible. Cada nueva palabra es una punzada más, que hace que el temblor que la ha invadido se acentúe. Souta se da cuenta…. Pero no por ello puede callarse. Se está dando cuenta de que es demasiado, para ella y para cualquiera… Sin embargo, no tiene elección. Tiene que saberlo.

—...Su hija...—repite cabizbaja, quizás para irse haciendo a la desagradable idea.

—Yukiko… Todavía hay más.—recalca Souta, dedicándole una mirada directa.

—¿M-más? No, por favor… Esto es demasiado...—farfulla, con las manos sobre su cara.

—Todo este tiempo tuviste razón, Yukiko. Cuando te sentías observada… Cuando notaste que te hacían la zancadilla, cuando escuchaste pasos, cuando oíste voces sospechosas… Todo era cierto. No eran tus imaginaciones. Eso da explicación a esa mirada afectada que te dio en el show, de la que me percaté y la cual me inquietó… Y esos tres ataques que sufriste… Todo por parte del mismo ser detestable.

—…¿Qué me estás diciendo, Souta?—suspira la morena, deduciendo a dónde quiere llegar.

—...Fue Kazami, Yukiko. Todo este tiempo. Te hizo la zancadilla, te dio ese asqueroso bollo que te subió el azúcar, te dejó medio muerta en la sala de trabajo… Y además, añadiendo lo de antes, estoy seguro de que te estaba espiando, sin contar que te metió esa pastilla tóxica del demonio en el pescado. Todo esto, con un único objetivo: quitarte del medio, Yukiko. No estaba muy seguro de si sabías algo comprometedor, pero no podía arriesgarse. Como siempre, tenía que matarte. Porque, aunque no eras consciente de ello, sabías demasiado. ...Solo preocupado por lo que le pudiera pasar. ...Siempre igual. Esa escoria de mierda... —reniega, golpeando el suelo.

—Souta...—le llama Yukiko, con la voz entrecortada, mirándole con un vistazo lastimero.

—Y esta mañana… Me fui a su celda para encontrar algo con qué inculparle por lo que te hizo… Sin saber que entré sin saber la mitad de cosas que te había hecho...—susurra Souta, con furia manando de sus palabras.—En su celda, encontré la carta de Manya… Y el jirón de tu vestido. El que te arrancó cuando quiso atacarte. Me pilló… Y me puse muy nervioso, pero no porque me pillara… Sino porque cada vez que le considero un hijo de la gran puta, me demuestra que lo es todavía más…

—...Souta...—repite ella, cada vez mostrándose más afectada.

Ante su llamada, el pelirrojo alza su cabeza para mirar a la morena. La ve muy afectada, un ligero temblor proviniéndole de todo el cuerpo, señal de lo nerviosa que se encuentra. Sus ojos entrecerrados y cada vez más húmedos, complementados por las cejas fruncidas hacia arriba y una boca medio abierta con las comisuras hacia abajo además de que su piel es más clara que de costumbre, todo esto sirve para dar a entender a Souta que todo eso le está afectando muchísimo, demasiado.

—...Creo que el señor Houinbou estaba en lo cierto. Quizás… Quizás todo esto ha sido demasiado repentino para ella...—opina el doctor Kokoro, absorto en sus pensamientos sobre el tema.

—Sí, así es. Pero aunque tenga razón, doctor Kokoro, y por impactante que sea esto… Yukiko tenía que saberlo. ...La verdad es dura, Yukiko, muy dura. Pero esa es, y no podemos cambiarla. La verdad es… Kazami ha intentado matarte no solo una vez, sino varias, y no solo ahora, sino hace 14 años. ...Y todo porque eres su hija biológica, Yukiko. Esa es la verdad.—declara Souta, serio y sin apartar la vista de Yukiko.

Ante la cruda realidad que le describe Souta, su semblante adopta mucho más efecto que anteriormente.

—...S-sí… Y… N-nunca lo hubiese pensado, pero… Manosuke y tú… Sois mis hermanos… Souta… Tú…

Está tratando de contenerse, pero sabe que no lo logrará durante mucho tiempo más… Souta también lo sabe. Lo puede leer en su mirada, de la que no aparta la suya.

—Souta… Tú…

Y con la boca temblorosa y los ojos húmedos, Yukiko termina por no poder contenerlo más. Densas lágrimas cargadas de muchas cosas que nunca antes pudieron ver la luz caen por sus mejillas.

—...Tú eres mi hermano, Souta… ¡...Tú eres mi hermano!—exclama, echándose a llorar.

Sollozando, la morena se cubre los ojos con las manos, pero nada puede frenar su llanto en ese preciso momento. Sus palabras hacen mella en Souta, quien se sorprende porque, pese a ya saberlo, escucharlo por boca de Yukiko le afecta mucho más que leyéndolo en una carta. La mira, llorando, mientras en su cabeza resuena la verdad: "Es mi hermana." Nada más pensarlo, una mueca de emoción le deforma la cara.

—Yukiko...—la llama, con un hilo de voz, mientras se acerca a ella lentamente.

Pese a todo, la susodicha no levanta la cabeza de entre sus rodillas, al tiempo que se abandona a sus lloros. El pelirrojo la llama algunas veces más, frunciéndose un poco más sus cejas cada vez que lo hace.

—Yukiko… Escúchame, Yukiko...—la interpela una vez más.

—...Souta...—tartamudea, entre sollozos incesantes.

Cuando le llama, Souta, con una pesadumbre interna grandiosa, posa su mano sobre la de ella, con suavidad. Aunque reacio al contacto físico, necesita comunicarle de alguna manera a su propia hermana que está ahí, que está con ella, y que ya nunca más será al revés, ahora que, por fin, los dos están juntos.

Al sentir la mano de su hermano sobre la suya, Yukiko hace ademán de levantar un poco la cabeza, para cruzarse entonces con los ojos marrones de Souta, que la miran con brillo húmedo que exhala emoción, una emoción que el domador nunca ha experimentado con anterioridad o, si más no, la ha ocultado en algún recóndito lugar de su partido corazón, por su propia seguridad. Pero ahora, no necesita protegerse, pues tiene a alguien a su lado al que aprecia de verdad.

—...Yukiko…

—...Souta…

Llamándole entre lágrimas, no deja de mirarle a los ojos. Toda su vida ha sido mayormente un calvario, un sufrimiento constante sin tregua, tal y como lo fue la de Souta. Y pese a todas las malas noticias que la han asolado tan repentinamente, el solo hecho de saber que le tiene a su lado le da esperanza, incluso la hace feliz: su hermano está con ella, y siempre lo estará.

Confía en él, y por eso le conoce, y sabe que cualquier gesto brusco puede afectarle mucho, pero esta vez, Souta ha empezado. Le ha puesto la mano sobre la suya, y al encontrarse ella misma tan alterada y al pelirrojo no mucho mejor, lo necesita. Necesita abrazarle. Necesita abrazar a Souta. Necesita abrazar a su hermano.

La morena abre los brazos y se aferra a Souta como a un salvavidas, llorando en su hombro. El gesto pilla al pelirrojo un poco por sorpresa, por consiguiente abre los ojos exageradamente al notar que ella le está abrazando. Sin embargo, no siente la más mínima repulsión, como siempre creyó que le pasaría. Dada la situación, muchas imagénes le vienen a la mente: cuando le separaron de su padre esa fría noche, su amnesia, cuando Ryouken le salvó, sus años en el orfanato, cuándo él salvó a Ryouken, convirtiéndose en su fiel acólito, y todo el sufrimiento que trajo su venganza, tanto como su vida misma. Manosuke murió, y posteriormente Ryouken también lo hizo. Las dos personas que más le importan se fueron de su lado. No obstante, ha aprendido a confiar en las personas por sí mismo. Ha aprendido a confiar y a apreciar a Yukiko. Gracias a Ryouken, quien solo ha pensado en él todo el tiempo, ha logrado hacerlo antes de darse cuenta de quién era la muchacha en realidad. El hecho de que sea su hermana no ha influido en que confíe en ella de verdad. Pero ahora, sabe que es su hermana, su hermana pequeña, en la que ha aprendido a confiar por sí mismo, y a la que aprecia muchísimo, y no permitirá que la separen de él por más tiempo. Por eso mismo, Souta se aferra también a Yukiko con sus brazos, un gesto simbólico de no separarla de él, y sin quererlo lágrimas empiezan a venir a sus ojos también.

—...Souta...—le llama la morena, notando que la sujeta con brazos temblorosos.

—...N-no pasa nada, Yukiko. No llores. No llores...—musita, sin saber a ciencia cierta a quién se lo está diciendo.

Sea a quien sea que se lo haya dicho, no surte mucho efecto. Las lágrimas empiezan a resbalarle por las mejillas, mientras abraza a Yukiko con más fuerza. Ella se ha dado cuenta, por lo que también reanuda su llanto. Finalmente, los dos hermanos quedan abrazados, llorando ambos, de alegría, de tristeza, o de ambas cosas.

—S-Souta...

—T-tranquila… No te preocupes… Estoy bien.—asegura, lágrimas cayendo por sus ojos, pero articulando una sonrisa.

Al verle sonreír, a la morena se le contagia, y no puede evitar sonreír ella también. Por sus lágrimas, no debe preocuparse demasiado, pues el propio Souta se encarga de deslizar el pulgar bajo sus ojos para limpiarle el lloro, pues no quiere que llore, al menos no de tristeza. Si se van a tener unos a otros, no tendría que haber motivo para tristeza.

Antes de que Yukiko pueda imitarle y limpiar las lágrimas del pelirrojo, ya hay alguien que se encarga por ella. Tasuke corre hacia su amo y le limpia la cara con un pañuelo, cosa que le provoca risa y una memoria de lo mucho que aprecia al mono. Kuro no tarda en unirse a él, dando lametazos en la cara a ambos jóvenes. Incluso la normalmente huraña gata Caxap se apunta, ronroneando en la falda de Yukiko, quien la acaricia, empezando a mostrar un aprecio inversamente proporcional al odio que tiene hacia su dueño.

—...Me alegro muchísimo de que ya estéis sonriendo, chicos.—opina el doctor Kokoro, inscribiéndose al improvisado club de sonrisas mientras aporta la suya, tan simpática.

—...S-sí… Ha sido todo muy difícil hasta ahora, mucho, para los dos. Solo espero que, ahora, cambie un poco. Aunque a mí ya me haya cambiado un poco.—comenta, con una media sonrisa y una expresión algo más animada que antes.

—A-así es… L-lo que pasa es que… Aish...—titubea Yukiko, apartando la mirada.

—¿Qué pasa, Yukiko? ¿A qué viene eso?—pregunta Souta, aumentando ligeramente su nerviosismo.

—Ay, Souta, no sabes lo que estoy sufriendo…

—P-pero Yukiko… N-no pasa nada, cálmate… Sé que es difícil, pero...—tartamudea el pelirrojo, apenándose un poco mientras se tapa los oídos.

—N-no, no me entiendes, Souta...—baja la cabeza, haciendo un puchero.—Y-ya era bastante difícil antes… Y ahora me entero de que somos hermanos… ¡Justo cuando me estaba enamorando de ti!—chilla, melodramática.

—¡¿Q-q-quéeeeeeee?!—exclama Souta, abriendo los ojos y la boca de par en par, cayéndose con todo el equipo.

—E-es cierto, yo….

De repente, Yukiko le dedica una fugaz mirada antes de sonreír ampliamente y echarse a reír como una posesa.

—¿E-eh?—reniega Souta, haciendo un mohín.

—¡Qué cara has puesto, hermanito! ¡Te lo has creído!—vocifera alegre, riendo sin parar.

—Y..Y-yo… Yo...—titubea, empezando a sudar.

Su reacción es complicada de describir, pues pasa de la confusión a la sorpresa y de ella a la resignación, todo mientras Yukiko ríe y ríe como una loca.

—¡YUKIKOOOOO!—grita el pelirrojo, con una furia pasajera y cómica.—¡ME SACAS DE QUICIO, YUKIKO!

Sin embargo, nada más verla reír, no puede evitar sacudir la cabeza de un lado para otro y echarse a reír él también, a su forma exagerada y estrambótica. A continuación, en un gesto más afable de lo que suelen ser los suyos habituales, le desordena su cabello moreno con afecto.

—Estás hecha una payasa… Hermanita.—le dice, con una sonrisa pícara.

Ante el gesto, ninguno de los dos puede evitar sonreír. El tratarse de 'hermanito' y 'hermanita' es algo nuevo para ellos, pero no les desagrada del todo.

—Entonces… ¿Ya estás mejor, Yukiko?

—Ajá, eso creo…. Quiero decir, esto no es precisamente que te digan que hay un cambio de horario imprevisto, no sé si me explico. … Es algo muy fuerte, sabes. Pero estás a mi lado… Lo poco que me queda aquí, que tampoco es poco.

—Yo...—deduce Souta, relacionándose como eso único que le queda.

—No, los barrotes de la celda. Nos llevamos bien.—ironiza Yukiko, con cara de circunstancias y una ceja alzada.—Claro que tú, payaso.—le pica, sacándole la lengua.

—Ya, ya. Vuelve a meterte conmigo y te retiro el saludo, bonita.

—Gracias por admitirlo, je...—hace broma, mientras se arregla el pelo.—Y no serías capaz.

—...Vale, lo admito. Tú también eres de lo poco que me queda, sabes. Eres importante para mí, Yukiko.—admite, con una seriedad sincera.

Se forma un silencio, en el que Yukiko hace ademán de sonreír con ternura.

—Vaya, qué raro se me hace decirlo. Casi tanto como llamarte por lo que eres. Por lo que ahora sé que eres.

—Dilo otra vez. Por favooor...—le pide ella, suplicante.

—Hermanita…

Ella tuerce un poco la cabeza y ríe, contenta al escucharlo. Pero no tanto cuando continúa.

—...Eres muy plasta cuando quieres.

Aunque protesta, la morena no duda en contraatacar.

—No tanto como tú…. Hermanito.—añade, maliciosa aunque luego con una sonrisa enorme.

Souta, que se estaba riendo a pleno pulmón, detiene sus risotadas en seco para quedársela mirando nuevamente. Y una vez más, también, le dedica un gesto afectuoso informal, mientras sonríe naturalmente.

—¿Sabes? Ahora que te tengo a ti… Me hubiese encantado conocer personalmente a mi otro hermanito.—menciona, con algo de melancolía.

—¿Tu otro hermano, Yukiko? Ah...—interviene el doctor Kokoro.

—¿Hablas de Manosuke?

—Noooo, hablo de…

Souta se la queda mirando con determinación. No necesita más sarcasmos, gracias.

—Oh, pues claro que hablo de Manosuke. También es mi hermano… Vaya, se me hace raro a mí también. El caso es que me gustaría haberle conocido…

En su falda, la gatita Caxap maúlla con suavidad, cosa que hace que Yukiko agache la mirada para acariciarla. Últimamente la felina negra pasa mucho tiempo en la celda especial, por lo que deducen que está evitando al cafre de su dueño, que por otra parte no le hace ni caso. No es que les importe su presencia, sin embargo: el resto de animales no protesta tanto como antaño y la morena está empezando a cogerle afecto.

—Me hace gracia que digan que los gatos negros traen mala suerte cuando, con el cabrón que tiene por dueño, es la pobre la que tiene mala suerte.

—Es cierto, ¿Cómo iba a traer esta gatita mala suerte a nadie?—comenta Yukiko, con un gesto de afecto al animal.

En ese momento, su conversación se ve interrumpida por alguien que se acerca a los barrotes con paso acelerado.

—¡Jo, este sitio es enorme! ¡Hasta la villa Kurain está mejor señalizada que esto!—protesta una voz femenina, renegando.