—Souta… Te he echado de menos. No sabes cuánto.

—...Algo me imagino. Eres tan previsible… Al menos, para mí.

—No me sorprende nada. Por eso siempre me ganas al ajedrez. Y me encanta eso de ti.—admite, con una sonrisa enorme.

—Je. Cierto. ...Aunque no soy invencible, tampoco. Yukiko me ganó un día.

—Ah, sí… Me lo dijiste. Todavía me cuesta creer que alguien te ganase, Saru…

—Así que lo de lo de hablar en sueños era más que una fantasía…

—Síiii… "Hablar"...—susurra Yukiko, maliciosa, desde su retiro.

—¡T-tú calla!—le masculla el pelirrojo, ruborizado.

La morena se disculpa, solemne, con un gesto de manos. Alzando una ceja, Souta comprueba que se ha puesto a jugar con los animales. Tasuke está en su falda, Kuro sentado cerca de ella, e incluso Caxap se deja acariciar por ella, en sus brazos, perezosa.

—Seh, parece que sí.—ríe Manosuke, más que nada por el comentario de la morena.—Yukiko es una chiquilla especial, ¿Eh?

—Di lo que quieras, pero… Mírala. Lleva un gato negro con ella. Eso demuestra que a veces es una bruja.—la pica Souta, malvado, sabiendo que, por supuesto, ella le está escuchando.

Cuando ella le saca la lengua desde su asiento, el pelirrojo le devuelve el gesto, acusándola un poco de "cotilla". Sin embargo, e imitando un poco el carácter de la gata, lo recibe con indiferencia, demostrando con un movimiento de ojos que no piensa irse de ahí.

—Está bien, de acuerdo, supongo que la conoces mejor que yo.—concede Manosuke, risueño.—Pero ahora mismo, rodeada de tanto bicho, morena y de piel blanca, la veo más bien como Blancanieves.—se ríe, asegurándose también de que la chica le escuche. —¡Aaaah, qué cuqui!—declara, desde su posición.—¿Has visto, Souta? ¡Para Manosuke, soy una princesa!—contraataca, con un gesto cómico de soberbia.

—Tú lo has dicho. "Para Manosuke." Y ya sabes que como es tonto, puede decir justamente lo contrario, así que un elogio de este ceporro, deberías considerarlo un insulto.—opina el pelirrojo, riéndose a todo volumen.

Mientras Souta se ríe sin parar y Manosuke aparta un poco la mirada, al ser lo mismo de siempre,Yukiko torna su expresión lastimera, con cara de cachorrito, haciendo broma también.

—¿M-Manosuke…? ¿Hermanito…? N-no me estás insultando, ¿No?—protesta, con un puchero infantil en broma mientras cierra los puños como si se fuese a limpiar las lágrimas.

—Hostia, Yukiko, ahora entiendo por qué sacas de quicio a Souta a veces.

—¡¿L-le estás dando la razón…?! ¡Y-yo creía que éramos aliados, hermanito Manosuke…!—lloriquea, tapándose las orejas, como haría Souta.

—No he dicho eso, preciosa. Aunque, para mí, no eres ninguna princesa, sabes.—le dice a su hermana, articulando una media sonrisa.

La intervención de Manosuke no puede evitar que Yukiko articule una mueca de sorpresa, que no se adopta en la cara de Souta. Tal y como el pelirrojo conoce más a Yukiko que Manosuke, también conoce bien al guardaespaldas, y además habiendo salido a colación el asunto del ajedrez, sabe lo que en realidad le está queriendo decir a la hermana de ambos.

—¿E-entonces…?

—Je. No eres una princesa, porque no hay princesas en el ajedrez. ¿No es cierto, Tontosuke?

—Eso mismo, Saru, veo que me conoces muy bien.—haciendo un paréntesis, le dedica una tosca sonrisa al pelirrojo que en realidad está llena de ternura.

—¿Hum…?

—Yukiko, hermanita. Así como yo soy el caballo, y Souta es mi rey… Tú eres mi reina.—revela, contento.

Y al parecer, ha logrado contagiárselo a Yukiko también.

—¡Hala! ¡M-me gusta eso!—admite, sonriendo ampliamente.—¡Jo, el mote de Souta te va que ni pintado, Tontosuke! ¡M-me has asustado!

"Tontosuke" le acaricia la cabeza a su hermana, sorprendentemente en alguien como él pasándole por alto la broma con su nombre… Al igual que a Souta también se la perdona.

—Je, je… Mi reina es más maja...—declara, con una sonrisa atravesándole la cara.—Hey, Saru, ¿No es adorable nuestra nenita?

—Sabes que es nuestra hermana y no nuestra hija, ¿Verdad? Porque de ti, lo dudo mucho.

—Vale, lo admito. Mi nene eres tú, Saru.—le confiesa Manosuke.

Tímidamente, pese a que intenta conservar la seriedad, Souta cierra los ojos con suavidad mientras se ruboriza discretamente.

—M-Manosuke...—susurra, sonrojado.

—Cuando antes te decía que te he echado de menos, lo he dicho muy en serio, sabes. Verte en sueños es solo comparable a tener tu preciosa cara delante de mí.

Admitirlo le costará, pero los piropos de Manosuke hacen mella en él, y la sensación que le producen es de su agrado. Nota una calidez tan contraria al frío que detesta y que siempre ha tenido de la que no quiere librarse nunca.

Por primera vez desde mucho, quizá demasiado, tiene algún sentimiento agradable. Siempre ha sentido cosas malas: odio, desprecio, rencor, ira, poblaban todos los recovecos de su corazón sin prácticamente excepción. Sin embargo, ya está harto. Se supone que ahora ya se ha vengado de todo lo que un día le arruinó la vida, ahora ya está libre metafóricamente. Ya no necesita nada de eso. Y en su lugar, podría hacer lugar para la tan ansiada calidez en su corazón. Poco a poco, esa era la idea. Se ha esforzado mucho, ha puesto de su parte. No necesita ni quiere más daño que el que la vida le ha hecho ya. Se acabó la desconfianza, el odio. Ahora toca confiar… Y amar…

—Te quiero mucho, Souta.

...Quizá tanto como Manosuke le ama a él.

Sus mejillas se tiñen de un rojo todavía más intenso del que ya imperaba. Por norma, el calor le parece agradable, y el que se ha apoderado de sus mejillas no puede ser una excepción. ¿A qué se debe? Demasiado acostumbrado a no admitirlo, tiene el acto reflejo de negarlo para sí mismo, sin embargo decide ser fuerte, como siempre lo ha sido, y mirar más allá de lo que intenta hacer creer, cosa que ya no le hace falta. Ya no necesita aparentar, ocultar o protegerse de nada ni de nadie. Si eso es cierto, ya no necesita odiar a Manosuke, ni guardarle rencor por lo que pasó. De ese modo, solo le queda algo que antes quedaba eclipsado por todos los sentimientos ahora innecesarios. "Entonces, ¿El amor es algo cálido?"

A lo mejor resulta que cierta persona sí que tiene algo relacionado con la brujería, pues de repente el pelirrojo nota cómo alguien le coge de la mano. Pillado por sorpresa, se gira un poco, para ver cómo Yukiko se ha levantado de su asiento y le coge la mano, sonriente, sonrisa que le hace pensar que ella, de algún modo, tiene una idea de lo que está pensando.

—Vamos, Souta, tú puedes. No tengas miedo, no pasa nada. Puedes decir lo que sientes, nadie te herirá ya.—le encoraja la morena, mirándole a los ojos.

Al cruzar su mirada con la de Yukiko, nadie menos que su propia hermana, siente que hay alguien que le augura una protección que antes tenía que buscarse solo. Eso essinónimo de confiar en alguien. Confía en Yukiko, nota que estará allí apoyándole siempre, porque la confianza establecida entre ambos es recíproca. De alguna manera, el conocimiento previo de esto le da el valor para levantar la mirada, y echar un vistazo a lo que le depara, hacia su futuro, hacia delante. En este momento, no obstante, lo que tiene delante es a Manosuke. Alguien a quien aprecia muchísimo. Ahora, no necesita negarlo ni negárselo. Ni a sí mismo… Ni a Manosuke. Ni a nadie.

El domador cierra momentáneamente los ojos, da una profunda bocanada de aire y, algo nervioso, decide dar un gran paso importante en su vida lejos de lo malo: admitir cómo se siente, y lo que siente.

—Manosuke… Yo… Yo también te quiero.

El anuncio del pelirrojo hace feliz a mucha gente. Para empezar, obviamente, a Manosuke, cuya euforia ha aumentado a niveles estratosféricos. Por otro lado, Yukiko se alegra enormemente que haya dado un paso tan importante para él, para poder vivir por fin en paz consigo mismo. Y además, cosa que no se esperaba demasiado… Le hace feliz a él mismo. Por raro que le parezca, la cálida paz que de repente ha notado en su interior, si más no le pone un poco nervioso al ser algo relativamente nuevo, no le resulta para nada desagradable. Después de mucho tiempo, ha sido sincero, incluso con sí mismo. Era algo que tenía, si no prácticamente, olvidado.

Como única respuesta, y sin que Souta sea plenamente consciente de ello, Yukiko toma también la mano de Manosuke y hace que las de ambos se encuentren, en un gesto muy tierno. Nota cómo el guardaespaldas le coge de la mano con suavidad, con miramientos, con mimo. Esta vez, también siente calor. En su mano, y en su corazón. ...No es precisamente horrible.

Otra cosa que no es tan repulsiva como otrora hubiese creído es el abrazo que Manosuke le regala a continuación. Pese a que está deseándolo, trata de ser gentil con su delicado Souta, para que no se asuste, para que no le pille por sorpresa, pero le abraza. También se siente cálido. En unos instantes, se adapta a la sensación, hasta el momento prácticamente desconocida para él, llegando a la conclusión de que no manifiesta aversión, y corresponde a dicho abrazo.

A ninguno de los dos les importaría, realmente, estar fundidos en ese abrazo por el resto de los días, sin embargo se deshace, aunque no por ello Manosuke piensa irse más lejos. Tampoco Souta, ahora. Las miradas de ambos se cruzan, sus ojos irradiando una sensación de gran felicidad muy especial, mejor que nunca, seguramente. Manosuke, por su parte, lleva un gran rato sonriendo, desde que ha divisado a Souta, como de costumbre. El pelirrojo, siempre algo más introvertido, no ha mudado demasiado su expresión tirando a seria. Ahora, sin embargo, es otro cantar. Después de los anteriores instantes de revelaciones, y su reacción, dentro de lo que cabe, positiva, sumado al hecho de tener a Manosuke sonriente delante, articula una sonrisa cada vez mayor, sonrisa que demuestra que está alegre y, por consiguiente, hace feliz aManosuke. Por vez primera desde que recuerda, no articula una falsa sonrisa llena de ocultas intenciones. Esta vez, siente el más puro, llano y cálido deseo de sonreír, así que lo hace. Después de todo, no tiene nada que temer. No ahora.

Por otra parte, alguien que también está sonriendo ampliamente decide intervenir, también alegre. Y es que si sus hermanos son felices, Yukiko es feliz también.

—Y yo os declaro marido y marido.—anuncia, con una gran sonrisa de satisfacción.

De pronto, ambos dejan de fijarse en el otro para centrar sus atenciones en Yukiko, quien se ha tomado muy en serio su papel de casamentera, siguiéndolo a rajatabla. Sin quererlo, mejor dicho, sin poder evitarlo, Manosuke estalla en risas para sí mismo, mientras que Souta se encoge de hombros, más tímido, pero no ha dejado de sonreír.

—Qué cosas tienes, Yukiko...—susurra Souta, ruborizado.

—Je… Si es que te aprecio tanto a ti también, reinecilla entrometida...—bromea Manosuke, despeinándola.

Y para dar el final clásico a la improvisada "ceremonia", Manosuke da un paso adelante, entrecerrando los ojos, para el beso definitivo. Sin embargo, es interrumpido.

—¡Ejem, ejem!—tose Yukiko, con sorna, y desafiándolo con la mirada.

—¿Y..Y ahora qué…?—tartamudea Souta, pillándole eso por sorpresa.

—He dicho que ibais a hablar en el más puro y estricto sentido de la palabra , así que los labios para hablar, guapos.—les impone, mandona a su peculiar estilo.

—¿Q-Qué…? J-joder, Yukiko, no me jodas...—masculla Manosuke, renegando.

—¡Es broma! ...Pero quería decirlo yo… Ya sabes, para continuar con lo que se suele decir...—se excusa, infantil.

Y como muchas otras cosas, los dos no pueden evitar un bufido de resignación.

—Porfa… Porfaaa...—insiste, suplicante, poniendo ojitos tiernos.

—Tch. Esta hermanita nuestra...—se dice Souta, sacudiendo paulatinamente la cabeza.

—Anda, vale.—concede Manosuke.—Pero rapidito, ¿Eh?—añade, más serio de repente

—¡Sí! Esto va a ser genial...—exclama para sí misma.

Y tomándoselo como un momento cálidamente serio, Yukiko carraspea y, con una alegre sonrisa, extiende los brazos como si fuese maestra de ceremonias.

—Podéis besaros.—concede, animada.

Y evidentemente, nadie va a ponerse en contra de Yukiko, especialmente porque lo estaban deseando desde hace un buen rato. Esta vez sin ningún carraspeo de interrupción, Manosuke no tarda nada en adelantarse y, con otro abrazo similar al anterior, posa suavemente sus labios sobre los de Souta, fundiéndose ambos en un, por supuesto, cálido beso, uno muy especial. Esta vez, aunque ruborizado, Souta ya no se encuentra nervioso. No tiene la sensación de vulnerabilidad coexistiendo en su mente, todo eso se acabó, ahora solo queda lo bueno, como el amor que siente por Manosuke. Y él mismo llega a la conclusión que darse un beso solamente con amor es muchomejor que tener que sufrir simultáneamente la sensación de estar expuesto al peligro por este mero hecho. Si el sabor de la felicidad es el mismo que el de los labios de Manosuke, no quiere dejar de besarle nunca.

Con los dedos enredados en su pelo largo, Manosuke también desearía que algo tan maravilloso como besar a su querido Souta no tuviese fin, no como su vida. Sin embargo, si en realidad está muerto, ¿Por qué su amor por Souta no ha muerto con él? Puede estar muerto y enterrado, pero no así lo estará su amor, que siempre estará vivo y hará que él mismo siga vivo en el corazón de Souta. El solo hecho de pensarlo, sumado a la maravillosa sensación que le proporciona el estarle besando, es razón más que suficiente para que Manosuke haya podido morirse completamente en paz.

Pero maldita sea, por muy muerto que esté realmente, se está comunicando con el mundo de los vivos, a través de un vivo, y los vivos necesitan aire. Por lo tanto, Manosuke no tiene más remedio que interrumpir tan magnífico ósculo para poder respirar. Sin embargo… Cuando al separarse puede contemplar el precioso rostro de Souta, ruborizado y cálidamente sonriente frente a él, así como puede leer el brillo de la felicidad en sus ojos, su euforia no cesa ni un ápice. Verle feliz es la mayor alegría que podrían darle.

Yukiko no aparta la vista de ambos, y se pone muy contenta también al verles tan felices, ya libres de cualquier mal recuerdo o sentimiento, y sin nada que temer. Por consiguiente, la morena inicia un alegre aplauso para celebrar el momento.

—¡Bravo!—exclama, emocionada, sin dejar de aplaudir.—¡He casado a mis hermanitos!

—...Hey, Yukiko, aprecio tu entusiasmo, pero yo que tú no iría contando eso por ahí...—se ríe Souta, aminorando incluso sus facciones maquiavélicas al reírse con sorna.

—Jo, ¿Por qué no? Esto ha sido como una boda, ahora estáis casados… Ahora estáis juntos, y felices. ¿A que sí?

En el fondo, no necesita preguntarlo. Los brillantes ojos de los dos irradian emoción positiva y alegría desbordante en gran medida. Y por lo visto, es contagioso.

—Je, pues claro que sí, peque.—le asegura Manosuke, la mar de contento, con otro de los apodos por los que se refiere a ella.—Yo no podría ser más feliz.

—...Yo tampoco. Aunque mi zopenco "marido" sea un rematado imbécil… ...Le quiero.—anuncia Souta, todavía sorprendiéndose un poco de sus palabras… Pero no en el mal sentido.

Al oír a Souta, precisamente, articulando tales palabras, Yukiko no puede por menos que quedarse algo atónita. Quién le iba a decir que, después de estarlo negando con tanto ahínco, ahora lo admitiría con una radiante sonrisa. Definitivamente, ahora Souta es feliz. Ella le ve muy feliz. No puede salir de su asombro… Ni de su alegría.

Esta vez, es el pelirrojo el que da un paso al frente para abrazar a Manosuke, quien por supuesto exagera al creer que ha tardado una milésima de segundo en corresponderle. . Con sumo cuidado y ternura, acaricia la cabeza de Souta, así como sus sedosos y largos cabellos rojos, que ahora reposa, para su más completo regocijo, en su hombro, y no le importaría que fuese así para siempre. Abrazando a Manosuke, Souta no deja de sonreír humildemente ni un solo segundo. A su lado, se siente en paz. Se siente feliz. Se siente bien. Al cabo de unos instantes, interrumpen el abrazo, pero para mejorarlo, pues Manosuke desliza su ruda pero tierna mano sobre la blanca mejilla de Souta, que como por arte de magia se torna rosada por el rubor. Pese a que su naturaleza tímida, le hace cerrar los ojos, en un momento el pelirrojo los abre para volver a mirar a Manosuke con afecto, y decirle sin hablar que le hace muy feliz el estar bien con él.

—Manosuke… Souta… Os veo muy felices a los dos. Eso es... E-eso…

A la morena se le quiebra la voz, así como su amplia sonrisa empieza a temblar de la emoción. Pronto, y sin irse su sonrisa, lágrimas empiezan a caer por sus mejillas.

—¡E-Es tan bonito…! ¡Yo…! ¡Con todo lo que habéis sufrido, os veo tan felices! ¡Souta, Manosuke…! ¡Me pone muy contenta que os queráis tanto!—solloza, intentando secarse las lágrimas sin resultado, emocionada.

Al ver a su hermana llorar de alegría por ellos, no pueden hacer menos que enternecerse. Por fin puede llorar por algo que no sea desagradable. Lo mismo que les pasa a ellos.

—Yukiko...—la llama Souta, con una sonrisa inocente.

—¡Es que…! ¡Os habéis dicho que os queréis, y yo estaba aquí para verlo…!—exclama con la voz rota, completamente emocionada y cegada por las lágrimas.

—Oy, oy, oy, Yukiko, hermanita… Mi reina... —trata de consolarla Manosuke, afable, aunque no haya nada triste por lo que hacerlo.

Sin embargo, a ellos también les emociona encontrarla así, por lo que tardan poco en arrodillarse para ponerse a su altura y abrazarla a ella, mientras intentan ayudarla a secarse las lágrimas. Yukiko, por supuesto, les recibe con afecto, riendo sobre sus sollozos, abrazándoles con cariño.

—Per...Perdón, me he emocionado...—afirma Yukiko, con restos de lagrimilla en los ojos, la cara sonrojada y la respiración agitada.

—Si no pasa nada, peque. Mírala, Saru, qué mona, lo contenta que se ha puesto por nosotros, porque nos queremos mucho…

—Ajá… No llores, Yukiko, si esto es algo alegre… Por fin.

—Ya… Ya lo sé. Si no puedo estar más contenta...—declara, con una risita.

—Y con razón. Yo no podría estar más contento… Quiero decir, ahora estoy "casado" con la persona a la que amo, y hasta tenemos una adorable hijita.—se mofa Manosuke, con una gran sonrisa con algo de sorna.

—De verdad, Manosuke, ¿No podrías regalarme un poco más de inteligencia por tu parte como regalo de bodas?—se burla Souta, en retorno.

—Pues no sé, pero a mí me gustaría haceros un regalito. Yo… ¡Os organizaré la luna de miel!—declara, pícara, con un guiño cómplice.

Está tan renovado en el buen sentido que a Souta ni se le ha pasado por la cabeza la posibilidad de sentir una punzada de dolor al oír la palabra 'miel', que es algo dulce. No obstante, no por muy contentos que estén pueden evitar azorarse.

—Oh, hermanita, qué amable por tu parte… ...Miedo me das.—ironiza Souta, cruzándose de brazos con una sonrisilla inquisitiva.

—¿Y a dónde, si puede saberse, tienes pensado llevarnos, preciosa?—inquiere Manosuke, cayendo picarescamente en su juego.

—Pueees...—susurra, inocentona.—¿Qué es lo más lejos a lo que podéis ir con un dólar y veinte centavos que encontré en un pantalón antiguo de Souta?—pregunta, con la mano tras la cabeza.

—...Pues de la cárcel al aeropuerto. Andando.—revela Souta, sarcástico.

—Je. Esta niña...—Manosuke ladea la cabeza, mientras se sujeta el cuello, riendo.—No importa, hermanita, ya sé que nos deseas lo mejor. Eres nuestra celestina oficial, y ya sé que sin tu bendición no hubiese podido tocar a mi Saru...—añade el guardaespaldas, también con sarcasmo.—Además… No necesito irme a ninguna parte mientras Souta esté a mi lado.

Ante la opinión de Manosuke, Souta se le queda mirando, de nuevo ruborizándose, mientras Yukiko suelta un chillido de admiración.

—Es tan hermoso...—suspira la morena, melodramatizando un poco.—Pero en serio, jo, quiero haceros un regalo…

—¿Podría ser algo no comprado con mi propio dinero que me has mangado descaradamente, doña celestina oficial?—cuestiona Souta, clavándole la mirada, con resignación.

Mientras la morena les saca la lengua, los otros dos ríen ante el comentario.

—Oh… Creo que ya lo tengo...—susurra Yukiko, para sí misma.

—¿Eh? ¿Decías algo, Yukiko?—demanda Manosuke, en el fondo curioso

—Ah, nada, nada, no me hagáis mucho caso...—se excusa, sonriendo.

Sin embargo, al menos Souta puede leer en sus ojos que ya tiene algo pensado… Aunque de momento, decide no insistir en el tema. De momento…

—Bueno, eso ahora da igual. Ahora lo que importa… ¡Es que estáis juntitos!—exclama Yukiko, dándoles a ambos un abrazo conjunto.

—¿Ya se te ha pasado la llorera?

—No… Sigo emocionada.—confiesa, sonriente.—Es que, por favor, ¡Hacéis taaan buena pareja! ¡Estáis preciosos! ...No sé si tanto como yo, pero…

—Tú sigue así, bonita, que a este paso te destituiré de tu papel de casamentera.

—¡...Souta, eso no lo digas ni en broma!—exagera la morena, como si le hubieran clavado un puñal en el corazón.—¡No podría renunciar a eso, no podría, no podría, no podría…!—chilla, imitando al pelirrojo.

—Ahora sí que te me has ganado, Yukiko, imitando a Saru. Te ves adorable, casi tanto como el Saru original.—interviene Manosuke, contentillo.

—Ya, ya lo sé.—bromea, sacando la lengua, divertida.

—...Además, te ves una chuleta, casi tanto como el Tontosuke original.—contraataca Souta.

Los dos aludidos se dedican una fugaz mirada que, aunque contenga la pequeña chispa de rivalidad burlona del momento, irradia todavía alegría.

—Eh, eh, ni se os ocurra pelearos, ¿Eh? Los recién casados tienen que estar alegres…

—Tranquila. No estaba pensando en nada de eso.—admite Souta, con una sonrisa.

—Yo menos.—corrobora Manosuke.

—Conque no, ¿Eh? Bien, muy bien… Me alegro.—sonríe la morena, triunfal.

Sus hermanos la imitan, todo porque no saben que todavía no ha terminado su frase.

—Aunque bueno, si no es el caso, no quiero ni imaginarme en qué estaréis pensando.

Sorpresas iniciales, rubores en las mejillas y caras de circunstancias inundan el lugar en un tiempo récord.

—Creo que te voy a pedir el mismo regalo de bodas que a este: ¡Q-que no seas tan payasa!—le recrimina Souta, protestando de un modo un poco inocentón.

Manosuke sigue un poco en trance, pero Yukiko no deja de reír para sus adentros.

—¡L-luego no digas que yo sueño obscenidades ni nada por el estilo!

—...Si yo no te he dicho nada de eso. Solo he dicho que no quería imaginarme en qué, pero no que fueran lascivias. Pero gracias por confirmármelo, hermanito.—Como de costumbre, y especialmente cuando el tema de Manosuke sale a colación, Yukiko se acaba de quedar con él.

El pelirrojo se da por aludido, primero ojiplático y luego cubriéndose las orejas y la cara para disimular un poco el rubor que le asola de repente. Manosuke observa la escena con ojo crítico, risueño.

—No sé por qué, pero tengo la sensación de que estas escenitas son bastante frecuentes entre vosotros dos.

—Algunos días más que otros, ¿Por? Lo que pasa es que Souta piensa mucho en ti, Manosuke.—explica ella, cómplice.

Tenía una ligera idea por la frecuencia en que le ha visto en sueños, pero la noticia parece poner muy alegre a Manosuke, quien no puede evitar dirigir una mirada llena de estima a Souta. El susodicho se encoge de hombros con timidez, y el sonrojo de sus mejillas se ha hecho tan grande que ni el cubrirse los ojos puede disimularlo. Yukiko lo nota perfectamente, y aunque sabe que ha dado en el clavo, se acerca a su hermano pelirrojo y se le queda mirando, inquisitiva.

—¿A que sí, Souta?—demanda, sabiendo la respuesta.

Cuando escucha a su hermana hablarle, Souta aparta suavemente sus manos de sus ojos, dejando más a la vista su rubor, y cruza su mirada con la de ella. Lee en su mirar que no quiere ninguna respuesta para conocer algo para sí misma, ya que ella lo sabe mejor que nadie. Lo que le gustaría es que lo admitiese, ya que ha dado tantos pasos importantes para poder vivir una vida pacífica. Y si ya ha admitido otras cosas, esto no puede ser ninguna excepción.

—...Mucho más de lo que nunca he admitido.—anuncia, articulando una sonrisilla.

Manosuke no contesta inmediatamente, aunque algo así incluso él lo comprende a la primera de escucharlo. Tarda apenas unos instantes en aproximarse a Souta y darle otro tierno abrazo, como nunca se cansará de hacer, por mucho que pasen meses, años, siglos… O a mejor vida.

—Yo igual, Saru, no sabes cuánto. Y no hace falta decir "desde que pasó aquello", incluso antes de eso, no había día ni momento en que no pensase en ti. Desde el principio, tú has sido la persona a la que más he querido siempre.

—¿...De verdad…?—pregunta, con un hilillo de voz, Souta.

En realidad, ya sabe la respuesta, o se la podría imaginar como cierta. Simplemente le ha gustado tanto que le diga algo así que quiere escucharlo de nuevo. El sentimiento de protección que le ha asolado le ha dejado muy tranquilamente feliz, en paz consigo mismo… Solo alguien tan especial para él como Manosuke podría hacerle sentir así.

—Souta… Pues claro que sí.—asegura, tomándole de las manos.—Tú has sido lo más importante que he tenido siempre. No había momento en el que no estuvieses pensando en ti, porque te quería mucho. Y todavía te sigo queriendo.

La que manifiesta más abiertamente la sensación conmovedora que ha sentido al escuchar a Manosuke es Yukiko, que se ha puesto muy contenta. Souta de momento no dice nada, pero evidentemente también se ha alegrado mucho.

—No lo dudes ni un momento, Souta. Te quiero, siempre te he querido y siempre lo haré. No necesitabas preguntármelo.

—...Tch. Manosuke, estás más ciego que yo antes, ¿No?—interviene la morena, con los brazos en jarra.—¿Es que no ves que Souta ya lo sabía de sobras, que solo quería oírte decirlo?

—...V-vaya, me has calado.—comenta Souta, con un gesto tímido.

—¿En...En serio?—pregunta Manosuke, algo desconcentrado.

El asenso de ambos, el de Yukiko determinante y el de Souta algo más tímido, provocan que Manosuke reniegue al principio, pero solo al principio.

—...J-joder, un poco tonto sí que soy, hostia.—se dice a sí mismo.—Pero… Ay, Souta, es que eres tan adorable... —le adula, acariciándole la mejilla con suma ternura.

—Que sí, que sí, "Saru, eres muy mono", "Saru, te quiero", Saru esto, Saru lo otro… ¡Déjate de remilgos, hermanito Manosuke, y dale un besi…!

Las elucubraciones de la morena deben quedar a mitad, porque cuando ella misma quiere ver cómo se está tomando Manosuke sus consejos, comprueba que ya los ha seguido incluso antes de que acabe: los dos enamorados ya se están dando otro apasionado beso con abrazo incluido cuando Yukiko levanta la mirada.

—...Bueno, está bien que toméis la iniciativa. V-vaya...—se dice a sí misma, algo ojiplática al evaluar la pasión por la cual se están dejando llevar.—E-en fin… Os dejo a lo vuestro, supongo…

Pese a que intenta mantenerse callada y apartar un poco la mirada, no puede evitar echar un fugaz vistacillo de vez en cuando, superándole el amor que se demuestran, así como la brusquedad que también dejan ver de vez en cuando.

—Jolín, podríais coger aire de vez en cuando… Y vaya babosos, os vais a quedar sin saliva… ¡Eh! ¡Tierra llamando a Manosuke y a Souta! ¡Yo…!

Sin dejar de besarse, cada uno alarga una mano hacia Yukiko para taparle la boca, que protesta con la mirada misma. Esta vez, la directora de la peli deberá guardarse sus notas para ella.

Pero a pesar de tanta pasión y de haber acallado a Yukiko, tienen que admitir que estaba en lo cierto. Necesitan respirar, al menos si quieren que haya besos posteriores.

—…¿Qué, Manosuke? ¿Crees que ya podemos dejarla hablar?

—Venga, va.

Poniéndose de acuerdo, liberan sus manos de la boca de su hermana, quien seguramente se estaba planteando morderles para que la soltaran.

—Supongo que habréis entendido porque quiero que tengáis luna de miel, ¿No? Creo que estas imágenes no son muy recomendables para mí.—bromea, con guasa.

—Y espero que hayas entendido que tampoco está bien abrir tu bocaza mientras nos estamos besando, sabes.

—¿Por qué, acaso os corto el rollo? Si soy vuestra mayor fan.—afirma, levantando sus pulgares en señal de aprobación.

—Y me parece muy bien, preciosa, pero en los momentos así, Souta es solo mío, ¿estamos?—la desafía Manosuke, aunque sonriente.—Así que no pienso compartir su atención contigo, hermanita.

—¡Ostras, que este me pega!—se burla Yukiko, como poniéndose a cubierto.—¡Un enroque en la vida real!

—Je… "Ataque de celos"... Es cierto.—recuerda Souta, encogiéndose de hombros mientras suelta una risita.

—¿Eh? ¿De qué estáis hablando?—inquiere Manosuke, desviando la mirada.

—Es porque eres celosillo, hermanito.—le reta Yukiko, con un guiño.—No te preocupes, caballo, no necesitas saltar, no pienso poner a tu rey en jaque ni nada por el estilo.

Al recordar esos términos ajedrecísticos que él mismo suele incorporar a su lenguaje, Manosuke no puede por menos que esbozar una progresiva sonrisa.

—Me rindo. No puedo, no puedo. Adoro a esta chica.—declara, la mar de contento.

Manosuke atrapa a su hermana pequeña en un gran abrazo abrumador, que pese a que su hermano es mucho más grande que ella, Yukiko recibe con sorna, empezando a reírse.

—Estupendo, lo que me faltaba. Que cada vez se parezca más a ti.—bufa Souta, sacudiendo la cabeza con una expresión burlona.

—¡Souta! ¡No sabía que tú también eras celosillo!—bromea Yukiko, todavía entre los brazos de Manosuke.

—¿Q-qué? N-no, yo no he dicho eso…—protesta, cubriéndose las orejas.

—No seas tímido, Saru. Son amores distintos, y en ese aspecto, por muy mona que sea, Yukiko no compite contigo, por lo que no te mosquees.—le menciona Manosuke.—Anda, ven aquí. Únete al abrazo.

—...De verdad, sois los dos unos petardos.—comenta Souta, algo serio. Repentinamente, su seriedad se transforma en una gran sonrisa.—¡H-hacedme sitio!

Dicho esto, se acerca rápidamente a ellos, y rodea sus brazos alrededor de Yukiko, que queda en medio, más contenta que unas pascuas. Todo el mundo se está riendo, y al notar el ambiente tan animado, pronto los animales se hacen también partícipes de la alegría reinante en la celda especial, que recibe su nombre por alguna razón.

—Hermanitos petardos, ¡Os quiero mucho!—exclama Yukiko, animada.

—Mírala qué mona, lo contenta que está. Hemos de ser buenos padres con ella, ¿Eh, Saru?

—Mi amor, no somos sus padres, admítelo de una vez, cansino.—le ataca, con un tono dulzón y una expresión inocentona que dirían todo lo contrario.

—No importa, puedo ser mi propia tía, no me importa si por eso os decís cosas preciosas.—asegura Yukiko, infantil.

—No te preocupes por eso, mi reina, eso pasará siempre, dan igual las circunstancias.—le responde Manosuke, provocando regocijo en ella.

—Además, ¿Para qué quieres tantos padres? ¿No es mejor tener un padre y dos hermanos para diversificar un poquito?

—Hm… Bueno, tienes razón...—lo sopesa Yukiko.

—Hey, Saru, te quiero mucho, pero no estoy muy de acuerdo en eso.—le refuta Manosuke, de repente poniéndose a la defensiva.—No pienso dejar que ese hijo de la gran puta se vuelva a acercar a mi hermanita, ¿Estamos? ¡Le vuelvo a patear el culo si hace falta, pero después de que la abandonase así, no es su viejo ni es nada!

—¿C-cómo…?—se sorprende Yukiko al principio.

El pelirrojo comprende lo que quiere decir Manosuke, puesto que está cometiendo el error de interpretar que es Kazami a quien él se refería.

—Vale, ya entiendo. No, Manosuke, no hablaba de ese. Nunca he creído que ese sea su verdadero padre, ni permitiría que volviera a acercarse a ella. Yo hablaba… Del que alguna vez se ha comportado como un padre para ella.—explica Souta, de repente melancólico.

—¿Eh?—se sorprende Manosuke, que no acaba de comprender del todo.

—Souta...—susurra la morena, bajando la cabeza con pesar. Ella también ha comprendido a lo que se refiere su hermano pelirrojo.

—Eh, ¿Qué os pasa a los dos? Souta, Yukiko… ¿Por qué os habéis puesto tan depres de repente?

Antes de que cualquiera de los dos pueda responderle, una vocecilla que se acerca por el pasillo interrumpe su conversación.

—¡Maya, la mística! ¿Dónde está, Maya, la mística? ¡Ya está todo arreglado!