Junto con el doctor Kokoro, que también ha regresado de su tarea, hay una niña pequeña de alrededor de diez años, con una indumentaria parecida a la que llevaba Maya con un colgante de distinto color, cabellos castaño claro recogidos en una original coleta doble y ojos simpáticos y marrones.

—Vaya, doctor Kokoro, ya ha llegado.—le saluda Souta.—¿Quién es esa niña?

—Sí, ya está todo solucionado. Y esta niña es Pearl Fey, la prima pequeña de Maya. A todo esto, ¿Dónde está?

—Es verdad, ¿Dónde está esa tal Maya, sea quien sea?—pregunta, irónicamente, Manosuke.

—¿Y-Y desde cuándo está él aquí, Souta?—replica con otra pregunta.—Espera un momento… Ahora que me fijo. ¡Pero si es…!

—Ajá, es Manosuke.—sonríe Yukiko.—Han pasado demasiadas cosas mientras ha estado fuera...—declara, con algo de malicia.

—Qué pasa.—"se presenta" Manosuke.

—¿P-pero qué hace él…?

—¿Dónde está Maya, la mística? Esta es la celda especial, ¿No? Creía que estaba aquí...—inquiere la pequeña Pearl, algo tímidamente.

—Vamos a ver, que esto es un poco lío...—se centra Souta, abrumado por tantas preguntas.—Maya no se ha ido, ni este está vivo en realidad. Es que Maya es médium, ¿Sabe usted? Y por lo visto una de verdad, yo sigo alucinando…

—Así que ella canalizó a Manosuke, y por eso él está y Maya no. ...Pero vamos, que están los dos aquí, bueno… Algo así.—completa Yukiko, también algo confusa.

—¡Ah! ¡Es que Maya, la mística, tiene grandes poderes de canalización, tiene mucho talento, y se convertirá en la maestra!—explica Pearl, fantasiosa.

—Y tú serás su fan número uno, ¿Eh?—inquiere Souta, con algo de sorna que la niña no detecta.

—¡Sí! Aprecio muchísimo a Maya, la mística, mi prima.

—Pues sí que debes de serlo para vestirte incluso como ella...—comenta Yukiko.

—¿Eh? ¿Qué le pasa a mi ropa? Es el traje de médium que suelo usar siempre...—inquiere la niña, confusa.

—¿Médium? Pearl, ¿Tú también lo eres?—la mira el doctor Kokoro, sin salir por completo de su anterior asombro.

Pearl echa un vistazo a su alrededor y asiente con la cabeza, sin comprender por qué a todo el mundo le resulta tan raro, cuando ella está más que acostumbrada.

—Sí, lo soy… ¡Soy una aprendiz de médium de primera!—asegura, remangándose.

—Nada, que hoy los fenómenos inexplicables no se acaban...—ironiza Souta, con la mirada perdida.

—¿...Qué es un "fenómeno", señor doctor Kokoro?

No sabe lo que es, sin embargo podría canalizar a un difunto como lo ha hecho Maya anteriormente. Souta se muestra atónito, igual Yukiko y Manosuke. Ninguno está muy familiarizado con sucesos místicos de esa clase… Por si el asunto no-místico no fuese ya bastante complicado.

—Pero aún como aprendiz, ¿Serías capaz de hacer lo mismo que ha hecho tu prima Maya?—le pregunta Yukiko.

—Sí, así es. ¡Lo he hecho montones de veces! ¿Por qué lo ven todos tan extraño?—inquiere la niña, algo sorprendida.

—Por nada en especial...—comenta Souta, con evidente sarcasmo.

—Nunca creí que algo así sería posible...—opina el doctor Kokoro, sin dejar de mirar a Manosuke, sabiendo que, obviamente, está muerto.

—A todo esto, ¿Decía que ya se había solucionado todo lo que nos dijo Maya, doctor Kokoro?

—Ah, eso. Sí, ya está, no hay ningún problema. Se lo diría a Maya, pero… No sé muy bien cómo va esto.—dice, sin apartar la vista de Manosuke.

—De momento, no oigo voces de nadie.—declara Manosuke, con cara de circunstancias.

Como se da el caso, muchas palabras se quedan en el aire. El doctor Kokoro se ha quedado con las ganas de explicarle a Maya que todo ha salido bien, y al igual que ésas, otra conversación también ha quedado pendiente, interrumpida. Una conversación sobre una materia bastante peculiar.

Tal y como la propia conversación, el talento de Pearl es bastante particular , y por lo tanto, no se puede decir que no tengan nada en común. Haciendo caso omiso del resto, la niña se concentra, aparentemente notando algo. Sin que nadie se percate, su colgante empieza a emitir un brillo curioso. No obstante, no es ni de lejos lo único que empieza a cambiar en ella. Pero aunque cambie, habrá más de uno que lo reconozca.

—Keh heh heh… Qué gran alegría verles a los todos de nuevo…

—¿Eh? P-pues quizás tú no, Manosuke, pero yo sí que las oigo.—manifiesta Yukiko, abriendo mucho los ojos de golpe, extrañada.

—Y-y yo… Yukiko, ¿Lo has escuchado tú también?—la intercepta Souta, en un gesto parecido al suyo.

—Eh, ahora a mí también me ha parecido oír algo...—comparte Manosuke, con pinta de estar algo perdido.

—E-esa voz… La reconocería de entre miles de voces distintas. Parece...—bisbisea Souta, con vocecilla paulatina y abriendo progresivamente los ojos.

No son los únicos, por lo visto. Mirando hacia la entrada de la celda, Tasuke se alza de su asiento de golpe, frotándose los ojos como comprobante de que no le están engañando. Caxap maúlla hacia ellos, sabiendo que el motivo de todo eso es algo relacionado con ellos. Pero sin duda, el más afectado es Kuro, que se incorpora con un gesto velocísimo y empieza a ladrar hacia el acceso. Por si alguien tenía alguna duda, se despejan tan pronto como, para ver mejor el origen de tanta sorpresa, Yukiko se gira y, por consiguiente, hace sonar la pequeña campana que tiene en su collar. Y es que, sea de donde sea, lo clásico es que él aparezca precedido por ladridos de perro y un siniestro tintineo de campana.

Yukiko es la primera que se gira, pero no la única. Todos se giran en la misma dirección, para quedarse igual de estupefactos. Ya no es Pearl la persona que está ahí, sino un hombre. Un hombre al que todos conocen muy bien. Alguien que, supuestamente, ya no podría estar allí. Pero ahí está, haciendo de nuevo cosas increíbles en cualquier sentido que solo alguien así podría llevar a cabo. Y es que ya lo dijo antes de marcharse, en un sentido muy metafórico: Nunca se iría de allí. Y es cierto: no lo ha hecho.

—¡S-s-señor Houinbou!—grita Souta, tapándose la boca y abriendo los ojos con las cejas progresivamente frunciéndose hacia arriba.

En cuestión de segundos, Yukiko tiene una reacción similar, humedeciéndosele los ojos. Manosuke queda ojiplático también, abriendo la boca en señal de sorpresa. Por su parte, el doctor Kokoro no es ninguna excepción. Sin embargo, eso es lo que está pasando. El que se encuentra ahí no es otro que Ryouken Houinbou, que ante algo tan inusual como poder estar en el mundo vivo cuando se suponía que ya no podría volver solo hace ademán de mostrar una gélida y cálida sonrisa. Todo porque está rodeado de los suyos. Sus subordinados, sus protegidos, sus mascotas… Y sus hijos. Y sonríe porque, aunque le dirigen una mirada de total incredulidad como si no le hubiesen visto nunca, le aprecian de verdad.

—Keh heh heh… Así es. Dije que no me iría nunca… Y yo cumplo mis promesas.—afirma, con una gran sonrisa

Todo el mundo tiene tanto que le gustaría decirle, sin embargo las palabras no terminan de salir. Siempre han sabido que nunca se ha marchado de su lado, pero el verle de nuevo cuando ya creían que no podrían hacerlo nunca más les supone un gran shock emocional.

—¡M-maestro Houinbou!—exclama el doctor Kokoro, boquiabierto.—¿Y-y Pearl…? ¡E-era cierto! ¡Es increíble!—añade a voz en grito, sujetándose las gafas bajo una expresión de total desconcierto.

—Es cierto. Esto resulta muy sorprendente.—corrobora el propio Ryouken.—Al fin y al cabo, siempre he sabido que os estaría viendo. Lo que ni siquiera yo me esperaba es que fuerais vosotros los que me volvieseis a ver.—explica, tranquilamente.

—...S-señor Houinbou… Y-yo...—tartamudea Souta, sabiendo que está al borde de echarse a llorar.

No es el único que puede deducirlo. Esté donde esté, Ryouken también lo sabe, y ante ello solamente puede sonreír con sencillez al dirigir su mirada hacia él.

—Y-yo… Yo siempre he sabido… Que usted seguía aquí, con nosotros… Que nunca se fue… ...P-pero ahora le estoy viendo...—titubea Souta, al final cubriéndose los ojos.

—Keh heh heh… Por supuesto, nunca me he ido. En realidad, apenas me he alejado de aquí. Al fin y al cabo, aquí está mi hogar.

Una vez dentro de la celda, e incluso antes de que se avance el animal, es Ryouken quien camina en dirección hacia Kuro, y se incorpora para acariciarle la cabeza, mientras el perro se muestra muy animado de repente.

—Hola, Kuro, hola. Buen chico, buen chico. Tú también sabes que sigo a tu lado, ¿Verdad, chico? Keh heh heh… Bien, muy bien…

—Kuro debe de haberse quedado muy afectado por su pérdida… Seguro que tanto como nosotros.—interviene Yukiko, con una lánguida sonrisilla.

Nada más escuchar su voz, Ryouken se gira y se acerca hacia ella, sonriendo al mirarla.

—Yukiko... —la llama, riendo para sus adentros, mientras la mira con un gesto de bienestar.—Tus ojos han recuperado su color. Algo parecido ha pasado con tu vida, ¿No es correcto?

—O-oh… ¿P-puede verme, señor Houinbou?

—Así es. Esto no es más que una especie de "ilusión", pero mientras dure, mi vista vuelve a ser lo que fue antaño. Hace tantas lunas que no veía cómo era el mundo a mi alrededor…

—D-debe de ser impactante, al menos. Fue parecido a lo que sintió Yukiko cuando recuperó la vista después de la operación.—apunta el doctor, solemne.

—Seguro que sí. Lo más probable es que ella sintiese la misma alegría que yo ahora mismo cuando abrió los ojos para poder ver a Souta.

—...Así que también vio ese momento… Supongo que, cuando Yukiko me dijo que tuvo la sensación de que la acariciaban, estaba en lo cierto, después de todo… Usted también estaba allí.—añade Souta, perspicaz, con una sonrisa temblorosa.

—Es… Es verdad. P-pero… Creí que solo habían sido imaginaciones mías…

—Pues no era así, Yukiko. Me acababa de marchar de este mundo, pero aun así, e incluso habiendo sido ciego la mayor parte de mi vida aquí… Tenía que ver con mis propios ojos como te ponías bien, saber que estarías a salvo, y que junto con Souta, podríais vivir una buena vida sin más miedos.

—A-así que fue usted… Aunque también me provocó un gran vacío pensar que se había ido, en el fondo siempre tuve la sensación de que estaba muy cerca de mí, que me protegía como siempre ha hecho… Y si ahora estoy sana, es solo gracias a usted. A usted, y su buen corazón. Volvió a salvarme la vida, señor Houinbou. Incluso llegó al extremo de sacrificar la suya propia por la mía. Yo… Yo siempre le estaré agradecida, aunque… Ahora más que nunca, mi deuda con usted sea más que impagable...—pronuncia la morena, con los ojos húmedos amenazando llanto.

—Yo no necesito que me pagues nada, Yukiko. El solo hecho de que estés bien para mí es pago más que suficiente, créeme. Y si hay algo que yo pueda hacer para que estés bien, estaré tan seguro como lo estuve en su momento de que cada vez que mataba se me añadía mal karma.—asegura, riendo con malicia.

Sacudiendo la cabeza, el doctor Kokoro se ríe lánguidamente para sí mismo, y algo parecido hace el resto, con melancolía.

—Qué más da el karma y todo eso, cuando es usted el mejor, señor Houinbou.—le adula Souta, con una gran sonrisa.—Y dan igual las circunstancias, siempre lo será.

—Keh heh heh… Te lo agradezco. Tú también has sido el mejor acólito que podría haber deseado. Yo solo espero que ahora puedas ser muy feliz, Souta. Ya va siendo hora.

—...Saber que usted siempre estará conmigo ya me pone muy contento, señor Houinbou. Usted es el padre que nunca tuve.—admite el pelirrojo, con una expresión tímida, la mirada perdida y una sonrisa adornando su cara.

Dejando a banda el motivo obvio, Ryouken nunca le había visto tan feliz, cosa que le provoca que el mismo sentimiento le invada. Siempre que Souta sufra, él sufrirá. Pero como ahora va sanando poco a poco y ya apenas le quedan motivos para sufrir, la alegría de Souta se le contagia a él mismo, como su buen padre que es.

—P-por cierto, a propósito, y haciendo un paréntesis...—susurra Souta, como si le diese apuro decirlo.—Me he dado cuenta… Ahora, se refiere a usted mismo como 'yo', en primera persona, en general. Usted solía decir 'un servidor', ¿Por qué ahora ya no?—le pregunta Souta, demanda fruto de su curiosidad.

—...Me sorprende muy poco que te hayas percatado, Souta. Incluso a mí mismo me resulta un poco extraño, pues no estoy demasiado acostumbrado… Pero tiene un motivo, ciertamente. Es porque… Antes, lo que es mi alma estaba dentro de un cuerpo humano, pero eso, la propia vida, es solo algo temporal, incluso prestado. Los humanos mueren, y quién mejor para saberlo, la verdad.—añade, con una sonrisa perversa.—Pero el alma no, sino que se reencarna en otro ser con una nueva vida. Ahora, al morirse el cuerpo en el que estaba de paso, solo queda el alma, la forma plenade lo que soy. Mi alma soy 'yo', más que la forma que adquirió antaño. Por eso, así me refiero a mí. Como el alma que soy, 'Yo'.

Como en el fondo había deducido, el motivo tiene algo que ver con sus creencias, y aunque no se puede decir que él las comparta, la explicación no puede hacer menos que conmoverle. A él también le ha enseñado algo, que por otra parte ya sabía: el alma nunca muere, y nunca lo hará, por lo que Ryouken nunca se separará de él.

Junto a él, Yukiko también se enternece. Una vez más, Ryouken hace gala de su gran sabiduría. Y esta vez, parece que ambos no son los únicos.

—...Jodidamente hermoso.—farfulla Manosuke, con su particular rudeza, con semblante de aprobación.

Souta y Yukiko se giran en su dirección con una mirada que dice 'Serás idiota…', mientras le dedican una sonrisa escéptica. Saben de sobras qué es lo que les sucede a los que dicen palabrotas en presencia de Ryouken…

—Me da a mí que el que no va a ver lo que le viene esta vez vas a ser tú, Manosuke.—le alerta Souta, con una sonrisa burlona.

—Es que se te va a caer la cresta de golpe...—añade Yukiko, aguantándose la risa.

—Keh heh heh… Me conocéis demasiado. Por cierto, encantado de verte a ti también, Manosuke. Ha pasado bastante tiempo... —le saluda, sin desprenderse de la malicia.

—¿Eh? Ah, sí, sí, igualmente, señor Houinbou. Sí, entre una cosa y la otra, hace ya mucho… ¿Pero qué os pasa?—desvía la pregunta hacia el pelirrojo y la morena.

El guardaespaldas arquea una ceja, pues el verles aguantarse la risa tan cómplices no puede ser augurio de nada bueno.

—Yo sé lo que les ocurre. Han aprendido mucho de mí, incluso demasiado, y saben que no es necesario añadir palabras groseras a lo que queramos decir.—le alecciona Ryouken, brindándole una potente colleja en la nuca pese a la diferencia de altura notable entre ambos.

—¡¿Qué coj…?!—reniega Manosuke, frotándose la cabeza.

—¿Habrá bonus?—susurra Yukiko, deduciendo que puede haber otra palabrota en camino.

Sin embargo, parece que Manosuke lo corrige en el último minuto, señal de que hasta a él le duelen las collejas de Ryouken. Por lo visto, no va a haber nueva colleja, por lo que Souta chasquea los dedos, aparentemente por decepción.

—Uish… Ha faltado poco.—se burla, con una sonrisa que aparenta lástima pero que representa todo menos eso.

—Keh heh heh… No, no ha faltado tan poco. Sobre todo ahora que estáis aquí los dos.

—¿...Qué?—se pregunta Souta, extrañado.

No da tiempo a pronunciar ninguna otra pregunta ni respuesta, pues, una vez más, Ryouken se adelanta en su intervención. Antes de que ninguno de los dos, tanto Manosuke como Souta, pueda articular una queja mínimamente coherente, Ryouken coge con virulencia a ambos de una oreja, a lo que los aludidos protestan para sí mismo.

—Pobres de vosotros que me entere yo que os dejáis llevar por lascivias, sea en sueños o no. ¿Ha quedado claro?—les impone, en tono siniestramente paternal, con una media sonrisa y un gesto pícaro.

—¡A-a-ayyyyy!—se queja Souta, inocentón.—¡S-sí, señor! ¡Aauuuu! —¡J-joder…!—escupe Manosuke, reflejado en su semblante que le está doliendo de verdad.—¡C-cómo duele, hostia!

Por si no fuese bastante, Manosuke continúa renegando con tacos, cosa que hace que Ryouken ejerza más presión sobre los lóbulos de los oídos de ambos, y los gritos de dolor en consecuencia incrementen su volumen.

—¡S-si yo no he dicho nadaaaaa!—lloriquea Souta, tensando los músculos faciales.—¡Tus muertos, Manosuke!

—Ahora sí lo has dicho.—le riñe Ryouken, presionando un poco más.—Cuida esa lengua, Souta.

Después de que suelten unos chillidos más, Ryouken se da por satisfecho y les deja ir, riéndose para sí mismo con malicia. Mientras Manosuke y Souta tratan de calmar las punzadas latentes que emiten sus enrojecidas orejas por el dolor, Yukiko observa la escena, primero algo atónita, pero luego luchando consigo misma para resistir un estallido de carcajadas.

—¡Es que…! ¡Estos payasos…!—se dice Yukiko, costándole resistirse.—¡Y-yo sí que no puedo, no puedo, no puedo…!—se burla, ahogando su risa entre sus manos.

Dejando atrás a los dos por un momento, Ryouken camina hacia ella, decidido.

—Y en cuanto a ti, querida Yukiko, cuento contigo para pararles los pies. Y eso significa lo contrario a animarles. ¿Entiendes lo que quiero decirte, verdad, querida?

La risa de la morena se corta en seco. Parece que, en la reserva, también había para ella. Se pone muy seria de repente, hasta ojiplática, asintiendo con la cabeza a causa del respeto que le impone Ryouken.

—Keh heh heh… Muy bien, muy bien.—Ryouken manifiesta su aprobación, malicioso.—Y recordad que estoy ahí siempre, tanto para veros como para vigilaros, así que a comportarse con control, ¿He sido claro?

Ahora, son los tres los que dicen que sí con la cabeza, muy exageradamente, a lo que Ryouken solo puede sonreír, victorioso. Y es que, esté donde esté, también sabe hacer valer su autoridad.

Entre las bambalinas de la escena, los que ahora parecen estárselo pasando en grande son los animales, que ríen lo que los tres humanos han tenido que callar. Como segunda voz de Ryouken, Kuro manifiesta su aprobación ladrando, Tasuke está gratamente animado y riendo como un loco, e incluso la gata está pendiente de la escena, un gran progreso dada su particular indiferencia a todo el general. También desde segundo plano, el doctor Kokoro se echa a reír de buena gana, con su radiante y simpática sonrisa.

—Vaya treees, vaya tres.—comenta, con guasa.—Pueden ser como quieran, pero usted siempre logra enderezarlos, señor Houinbou. Qué cómica escena, opino que era muy paternal, porque así tan obedientes y con tanto respeto hacia usted, parecían sus hijos.

—Keh heh heh… Es comprensible, de hecho. Al fin y al cabo, realmente son mis hijos.

Pese a que se han quedado bastante dispersos tras la última intervención, esta les trae de vuelta a la realidad. Miradas fijas y sorprendidas se dirigen hacia Ryouken, quien solo sabe mirarles con aprecio.

—Se...Señor Houinbou...—susurra Souta, con un hilo de voz.

—¿A qué vienen esos semblantes tan sorprendidos? Pero si, en el fondo, ya lo sabíais.

—S-sí… Así es. Siempre le hemos considerado como nuestro padre, señor Houinbou.—admite Yukiko, con una sonrisa.—Es solo que… Emociona el oírselo decir.

El pelirrojo asiente débilmente con la cabeza, corroborándolo. La reacción de ambos únicamente hace que Ryouken ría para sí mismo, mirándolos con una cálida ternura disfrazada de un vistazo gélido.

—Las palabras están sobrevaloradas. A veces, el silencio dice muchas cosas, al igual que la luz puede traer mucha oscuridad. No vi necesidad de deciros algo que deberíais saber de sobras. Desde el comienzo, os he considerado mis propios hijos. Y como tales, mi aprecio por vosotros es enorme. Y nunca dejará de serlo.

Una vez más, las lágrimas amenazan con salir, ante la emoción del momento. Especialmente Souta se ve afectado por las palabras de Ryouken, con los ojos cada vez más húmedos.

—En parte, por eso fue que se me ocurrió pedirle al doctor Kokoro que comprobase vuestra sangre. Los dos erais mis hijos, cosa que, de algún modo, os asemejaba a dos hermanos, sin contar vuestras incontables similitudes. Tampoco me sorprendió del todo, pero cierto es que fue bastante inaudito descubrir que en realidad… Erais hermanos de sangre.

—Ah, espera, ¿Que usted lo supo desde el principio?—inquiere Manosuke, atónito.—¡Joder…!

Clavándosele la mirada desafiante que de repente le dedica Ryouken, decide no continuar con amenaza de soltar algún improperio parecido.

—Jo...Lín, es usted increíble, sabe. Y encima, terminó acertando. ¡Hay que jo…! Jorobarse.

—Keh heh heh… Bueno, no podía saberlo. Pero si algo me sobraba era tiempo, tiempo que usé para meditar, bastante más que solamente guardar silencio. Durante mucho tiempo, pude pensar en muchas cosas. Y uno acaba llegando a sus propias conclusiones.

—Y si no nos lo comentó… Fue por algo, ¿No es cierto, señor Houinbou?—le intercepta la morena, en parte conociendo ya de sobra la respuesta.

—Keh heh heh… ¿Al apuñalar a alguien este pierde sangre?

Acostumbrados al toque de ambigüedad y de misterio que suele predominar el habla de Ryouken, tanto Souta como Yukiko pueden deducir la respuesta, por lo que sonríen. Sin embargo, no todo el mundo parece tenerlo tan claro.

—Pues sí, ¿No? Es lo más lógico, si apuñalas a alguien, se desangra. ¿Pero a qué viene eso?—inquiere Manosuke, confuso.

—...Será… Zopenco...—masculla Souta, sacudiendo la cabeza.

—Manosuke, hermanito, era una pregunta retórica. Como la respuesta es sí, también queda respondida la duda anterior.—le instruye Yukiko, con cara de circunstancias.

—...Ah.—articula, desviando la mirada.—Perdone usted, ¿Eh, señorita intelectual?

—No es que sea intelectual, es que tú eres imbécil de remate.—le insulta Souta, sacándole la lengua con malicia.

Con unos brazos cruzados que luego se extienden amenazantemente hacia ellos, Ryouken logra callarles de golpe.

—¡P-perdón!—chillan ambos, con una sincronización sorprendente.

—Keh heh heh… Excelente.—se jacta Ryouken, y sin necesidad de haber dicho nada.—Retomando, estaba diciendo que sí, que si no os lo comuniqué antes, fue únicamente por vosotros. Si por mí fuese, os lo hubiese dicho tan pronto como lo hubiese sabido.

—Cuéntenos, señor Houinbou, le escuchamos.—le asegura Yukiko, conmovida.—Y vosotros, ya estáis escuchando sin tonterías, ¿Me habéis oído?—les riñe su hermana, girándose en su dirección.

Souta bufa, algo mosqueado.

—Ahora nos dice que prestemos atención, y antes nos empuja para que nos besemos. Si es que, como he dicho antes, el gato es lo que le faltaba para rematar la faceta de bruja.—susurra, evitando que los demás le oigan.

Sin embargo, Souta no está tan seguro respecto a Ryouken, pues por su mueca circunstancial puede llegar a intuir que es posible que haya sido escuchado. Para su dicha, su figura paterna no dice nada al respecto de momento.

—Bueno, de hecho, estoy seguro de que este asunto salió a colación cuando se habló del tema. En realidad, lo hice porque, cuando lo supe, y pese a que ya estaba evolucionando, el lazo de confianza mutua entre vosotros no estaba del todo consolidado. Deciros algo así en ese momento supondría, de algún modo, terminar de forjarlo más arbitrariamente por el mero hecho de ser hermanos, y eso no podía ser. Teníais que aprender por vosotros mismos, y si algo así, por muy alegre que me pusiese, podía contaminar lo que os esforzásteis tanto en lograr, mejor sería guardar el secreto hasta el momento oportuno.

—...Es usted increíble, señor Houinbou. En todo momento estuvo valorando la situación para que nos fuese favorable a ambos, y para ello lo tuvo todo en cuenta.—le halaga Souta, profundamente conmovido.

—Así es el maestro Houinbou.—interviene el doctor Kokoro, pacífico.—Aunque parezca que solo esté en silencio, está pensando en muchas cosas.

Y haciendo fe al inciso del doctor Kokoro, el susodicho solo sonríe, diciendo muchas cosas con una simple mirada. No obstante, qué más da si lo dice en silencio o no. Son sus seres queridos los que le rodean, por lo tanto sabe de sobras que pueden entenderle a la perfección.

—Es cierto, porque el señor Houinbou es genial, ¿Verdad?—comenta la morena, sonriente.—¿Hay algo que usted sea incapaz de hacer, señor Houinbou? ¡Lo dudo!

—...Bueno, de hecho hay una en concreto que tengo muy clara que no puedo.

—¿Eh?—se preguntan todos.

—Keh heh heh… ¿Y esa sorpresa? Es totalmente cierto. Puedo hacer muchas cosas, y pueden enseñarme a hacer todavía más, pero hay una en concreto que no puedo, y nunca podré hacer. Nadie, tampoco, podrá enseñarme. Me refiero… A estar sin vosotros.

Por si sus palabras no fueran lo suficientemente sobrecogedoras, la seria felicidad con la que lo ha pronunciado ha sido la gota que ha colmado el vaso, o el corazón. Todos lanzan un suspiro, que manifiesta una sorpresa que pronto en Souta se metamorfosea en estado de emoción conmovedora que hace que la humedad regrese a sus ojos si es que alguna vez se había marchado.

—S-Señor Houinbou… E-eso…

Entrecerrando los ojos, Souta adopta una mirada que primero muestra seriedad pero que luego se deforma ligeramente para poner las comisuras hacia abajo antes de que le empiecen a temblar. Sin poder evitarlo, quizás sin quererlo, ha roto a llorar.

—...Y-yo tampoco puedo estar sin usted, señor Houinbou, no puedo, no puedo, no puedo… Y no quiero que nadie me enseñe. Usted es mi padre… El único que he tenido. ...Siempre le necesitaré a mi lado. ¡N-no puedo soportar estar sin usted!—solloza, densas lágrimas bañándole la cara nuevamente.

Alertados por su llanto, Manosuke y Yukiko le llaman, preocupados, si más no al comienzo. La impertérrita seriedad de Ryouken, únicamente para manifestar que lo ha dicho completamente en serio, se ve transformada en una sonrisa muy amplia y cálida, dando a entender que está conmovido por las palabras que le brinda su especial acólito… Su hijo. Le ve llorar, ahora que puede, y recordando que nunca lo hacía, para evitar mostrar su interior, sus verdaderos sentimientos, o lo que es lo mismo, para no verse vulnerable hacia el prójimo. Sin embargo, ahora es distinto. Está llorando, y ni siquiera se molesta en cubrirse, o en disimularlo; no le importa que los demás le vean llorando. Está demostrando cómo es, y lo que siente, sin miedo a lo que pueda pasarle. Eso es que ya ha aprendido que no tiene que esconderse, ni tener miedo. Ha evolucionado. Ha aprendido a confiar. Justo lo que él quería, por el bien de su preciado acólito.