Ryouken da un paso hacia él, no obstante no le hace mucha falta, pues Souta es más rápido acercándose a su figura paterna y, sin dejar de llorar, darle un abrazo, buscando su valiosa protección, pese a que sepa de sobras que nunca la va a perder.
—Souta...—le llama, con ternura, acariciándole el pelo suavemente.
—Usted… Ha sido lo único que he tenido en mucho tiempo, señor Houinbou… Solo usted estaba ahí cuando necesitaba ayuda… Fue alguien fundamental en mi vida, y lo sigue siendo… Y siempre lo será.—declara, llorando en el hombro de su padre.—Y… Y cuando vi que… Que se había… En fin, ido… Tuve mucho miedo. M-me sentí muy desprotegido, solo de pensar que no le vería nunca más…
Tan solo recordándolo, el llanto de Souta se acentúa, así como su respiración se agita. Yukiko no deja de escucharle, aunque a ella también le está afectando. Todo lo que el pelirrojo está diciendo también se le aplica a ella, por lo que lo recuerda y experimenta como Souta.
—S-Souta... —le interpela la morena, rompiendo a llorar ella también, con un ligero temblor.
—Yukiko...—le dice Manosuke, intentando retenerla por los brazos en un acto reflejo por consolarla.
Pero el guardaespaldas no llega a tiempo. Cuando trata de interceptarla, Yukiko ha echado a correr hacia Ryouken también, a lo que Manosuke, lejos de molestarle, solo puede mirar a los tres, a la figura paterna abrazando a sus dos hijos con un aura de melancolía, con media sonrisa de conmoción.
—¡Y-yo también tuve mucho miedo! Iba a verle, cuando por fin podía, gracias a usted… Iba a decirle que todo había salido bien… Lo que fue una buena noticia para mí… Acabó convirtiéndose en la peor. ¡Me asusté mucho cuando le vi…!—no puede continuar la frase porque el llanto se lo impide.
—Oh, mi querida Yukiko….—la llama Ryouken, despeinándola un poco.—Te pido disculpas, nunca quise asustarte de ese modo. Nunca quise haceros daño, a ninguno. Quizás en mi antigua vida el hecho de asustar a los demás haya estado demasiado vigente…
—N-no diga eso, señor Houinbou. No nos asustamos por usted… Es más, fue lo contrario. Nos asustamos al creer que no estaba usted. Creo que… Que no me equivoco mucho al decir que tanto para Souta como para mí fue un golpe insuperable el pensar que se había ido…
—Pero como siempre, cuando estábamos mal, vino usted a salvarnos.—añade Souta, esforzándose por articular, aunque sea, una llorosa sonrisa.—Creíamos que nunca losuperaríamos, pero ha venido y nos ha demostrado que siempre estará con nosotros, que nunca se ha ido… Nos ha hecho fuertes. Una vez más.
—Keh heh heh… Para mí, no hay nada que me haga más feliz. Ver que os hacéis cada vez más fuertes para poder tener una vida tranquila y alegre. —responde Ryouken.—Y ahora que habéis aprendido a confiar, y que os tenéis el uno al otro, os podéis ayudar. Pueden haber dificultades, pero al menos tendréis la certeza de que no los afrontaréis solos. Cada uno tiene al otro, ya que sois hermanos… Y por supuesto, yo no pienso irme muy lejos. Es más, no me separaré de vosotros. Jamás.
Con una nueva lágrima, aunque esta vez de felicidad, el abrazo se estrecha durante unos instantes más.
—Y bueno… Seguro que aquí Manosuke también me echará una mano, ¿No es cierto?
—¿Eh? Ah, sí, sí, claro. Yo también me quedo por aquí cerca, ¿Eh? Nunca podría dejar a Souta y a mi hermanita desprotegidos. Es mi trabajo, ¿No?
—Vaya, gracias, hermanito.—sonríe Yukiko, más animada.
—Je, no es nada, mi reina. Si necesitáis que le dé patadas en el culo a más gente, solo tenéis que pedírmelo.—se jacta, con una gran sonrisa.
Ahora, la gélida mirada de Ryouken se cruza con Manosuke, que empieza a arrepentirse de haber dicho lo que ha dicho delante de él, y más después de comprobar la magnitud del dolor que le producen sus collejas o tirones de las orejas.
—De verdad, Manosuke, podrías revisar tus técnicas de ataque, si es que ciertamente te consideras un fanático del ajedrez.
—L-lo siento...—se disculpa, a regañadientes.—Está bien, nada de patadas en el culo. Q-quiero decir…
—Keh heh heh… Creo que no me has entendido. Cierto es que no deberías ir dando patadas tan gratuitas para tirar a la gente al suelo… Es mucho más efectivo hacer la zancadilla, y es más discreto.—se ríe Ryouken, perversamente, con una sonrisa de carácter similar.
Manosuke se sorprende, quedándose un poco ojiplático, buscando algún tipo de explicación en Souta, quien simplemente se encoge de hombros y sonríe. Así es el padre al que conoce y quiere.
—Me lo apunto, señor Houinbou.—se conchaba, picaresco.—Es usted un genio.
—¿Eso significa que debería ir preparando antiinflamatorios para cuando Kazami venga con moretones a la enfermería?—añade sarcásticamente el doctor Kokoro, riéndose.
Antes de que nadie más pueda responder con un asenso o, simplemente, una risa, alguien dice la suya propia, en forma de maullido.
—¡Oh, mira! Caxap ha dicho que sí…. ¿No es adorable?—inquiere Souta, sonriendo ampliamente.
—Ay, sí, pobre gatita… Mira que tener que aguantar a ese todo el tiempo… No me extraña que últimamente deambule tanto por aquí. ¿A que sí, Caxap?
La morena se agazapa y, con cuidado, toma a la gata en sus brazos y le acaricia la cabeza, a lo que ella no responde del todo mal, moviéndose un poco y maullando de nuevo. Parece que se encuentra a gusto en la celda especial, al menos mejor que en la que debería estar.
—Keh heh heh… ¿Acaso ahora tú también tienes una linda mascota, Yukiko?
—¿Eh? Oh, en realidad, Caxap no es mi mascota… Aunque bueno, solo de pensar de quién sí es mascota en teoría, me gustaría que lo fuese… No soporto el maltrato animal… O la indiferencia hacia ellos.—comenta Yukiko, acariciando a la gata, quien en respuesta maúlla una y otra vez.
Con un suave movimiento, Caxap indica a Yukiko que quiere bajarse de sus brazos, cosa que la morena sabe interpretar y accede a dejarla en el suelo, suavemente. Acto seguido, la felina avanza con paso decidido hacia el resto de animales, quienes, después de observarla unos instantes, parecen dar su aprobación a que se encuentre con ellos.
—Keh heh heh… Parece ser que Kuro tiene nuevos amigos. Esto me alegra mucho también.
—Pues en realidad, yo veo que, en comparación a Kuro, el mono y la gata son bastante pequeños… A lo que voy es… Kuro tiene faceta como de padre con ellos.
Todo el mundo decide comprobar con sus propios ojos la aportación de Manosuke, dirigiendo la mirada hacia la pandilla de animales. Comprueban que no es algo demasiado desencaminado. Tasuke, al principio algo desconfiado, observa atentamente a la gata, quien solamente se queda quieta, mirándole también. Después de unos instantes, el mono articula una sonrisilla y le acaricia la cabeza en señal de amistad, mientras ella maúlla. Sobre ellos, Kuro observa la escena, atento. A continuación de la caricia, ladra para decir que sí.
—Vaya, Manosuke. Tu primera buena aportación, estarás contento.—le pica Souta, con malicia.
—Es verdad… Son la versión animal de nosotros.—sonríe Yukiko, contenta.
—Así es. No bromeo cuando digo que Kuro es un buen chico.—asegura Ryouken, mostrando una vez más su admiración por los animales.—Espero que, ahora, cuando os sintáis solos, podáis mirar a Kuro, a Tasuke y a la gata y acordaros de que, al igual que ellos, siempre estaremos unidos. De los animales se puede tomar mucho ejemplo a veces…
—S-sí… Así es, tiene toda la razón.—corrobora Souta.
Al notarle más animado, Manosuke se acerca a él y, con suavidad, le da la mano, cosa que hace que ambos se dediquen una fugaz mirada. Si había algo que decirse entre ambos, Yukiko lo interrumpe… Una vez más.
—Ehem, ehem… El señor Houinbou ha dicho 'a veces'. No hace falta que os comportéis siempre como animales, ¿Sabéis?—les impone, graciosa. Souta se ruboriza, Manosuke reniega y bufa para sí mismo, molesto, y Ryouken solo puede sonreír, en parte por aprobación.
—...No me odiéis, luego lo arreglo.—les susurra la morena, disimuladamente.
—Keh heh heh… Oh, Yukiko, ese paréntesis ha sido perfecto. Y hablando de 'perfecto', te he escuchado perfectamente.
Más o menos, ahora la situación es al revés. Yukiko se muestra azorada, riendo entrecortadamente para excusarse, mientras sus hermanos se ríen para ellos mismos.
—Solo espero que vuestra confianza esté bastante mejor que vuestra capacidad de disimulo, muchachos. Y eso va por todos.—les impone Ryouken, severo y a la vez no tanto.
—...Por eso no se preocupe, señor Houinbou. Eso sí que está muy bien.—asegura Souta, con determinación.
—Keh heh heh… Oírtelo decir a ti, precisamente, me da mucha tranquilidad de que así es. Has progresado mucho, Souta. Estoy muy orgulloso de ti.
Las palabras de Ryouken le llenan de regocijo. Le llena de satisfacción haber hecho orgulloso a su padre, el de verdad.
—Oh, ¿No es eso estupendo, Souta?—le pregunta Yukiko, sin esperar la respuesta que considera más que obvia.—No se preocupe, señor Houinbou. Cuidaré de su querido hijo.—le promete, algo divertida.
—...Espera, ¿Tú a mí, Yukiko? Vaya, eso me viene de nuevo.
—...De verdad, ¿Eso es todo lo que se te ocurre, hermanito? ¿Nada como "Querida hermana, te doy mis más sinceros agradecimientos y, a cambio, también te ofrezco mi más sincera protección y confianza, porque eres preciosa y adorable."?
—Eres una pedorra, capulla. Lo de 'querida, preciosa y adorable' también me viene de nuevo, sabes.—se burla Souta, con otra de sus exageradas carcajadas.
No hace falta decir nada, solo es necesario que Ryouken se cruce de brazos, determinante.
—E-es una broma, claro.—se apresura a decir el pelirrojo.—Yo también le prometo que cuidaré mucho de su hija, señor Houinbou.—replica, calcando el modelo de respuesta de la morena.
Yukiko le da un codazo, diciéndole que no se conforma solo con escuchar eso. Souta suspira y, alzando una ceja, añade algo más.
—A su hija querida, preciosa y adorable. ...Y a mi dolor en el trasero.
La morena, quien parecía más satisfecha tras el inciso, protesta.
—Y a mi hermanita, quería decir. Me habré confundido.—se ríe, con guasa.
Tanta broma estalla en una carcajada conjunta, provocando que Souta y Yukiko se den un abrazo, esta vez sin afán de mofa. Ryouken les mira, orgulloso de ambos.
—Entonces, ya puedo estar completamente tranquilo. Si sé que mis hijos se encuentran en paz y confían el uno en el otro, mi corazón se llena de orgullo y alegría. Y espero que sea así todos y cada uno de los días que nos esperan… Ya que estaremos todos juntos.
Si alguna vez las lágrimas se habían marchado definitivamente, ahora regresan, pero ya no son motivo de morriña ni nada triste. Al fin y al cabo, no se precisa morriña cuando nadie se ha ido.
—Diría que ya tengo que irme… Pero eso no sería correcto. Al fin y al cabo, no me marcho, como he dicho. Esta celda es mi hogar, nuestro hogar, siempre lo he creído así. Y hay que ser necio para abandonar un hogar… Y a los tuyos.
Un nuevo abrazo se lleva a cabo, circundado por lágrimas de la alegría que les produce la situación.
—Yukiko, Souta. Os quiero mucho a los dos.
—Nosotros también a usted, señor Houinbou...—replica la morena.
—...Padre.—añade Souta, con una sonrisa enorme.
El vocablo en su amplio sentido emociona a uno y a más de uno, así como es el causante de una alegría desbordante en dichos corazones. Llorando, saben que es la hora del adiós, es decir, del hasta luego, y como conocen a Ryouken, deciden hacerle un homenaje para demostrarle lo increíble que le consideran. En su bolsillo, Souta busca la pequeña campanita que no se ha movido de allí ni un instante, y compartiendo una mirada cómplice con Yukiko, se pone de acuerdo con ella para poder tañer sendas campanas, en honor a Ryouken, el que fue, es, y siempre será su verdadero padre.
Envuelto en un ambiente lacrimoso y un denso silencio interrumpido por el tintineo siniestramente cálido, Ryouken les deleita con una de sus mejores y más amables sonrisas, dando a entender que está muy feliz de tener a dos hijos como ellos.
Esas campanitas anuncian que Ryouken ha llegado, y esa vez no es ninguna excepción. Ha llegado, para no irse nunca. Simplemente, su alma no estará visible, pero estará. Sin embargo, él mismo ha demostrado que, a veces, la vista no es tan importante, pues es incapaz de captar muchas cosas. Con sus ojos solamente no ha podido ver almas, o sentimientos, pero sin ellos sí. Ha sabido ver muchísimas cosas que la gente vidente no ha visto, como la naturaleza del alma tan dolida de su acólito, sus propios sentimientos. Sin vista, lo ha visto, y ha sabido qué hacer para ayudarle. Por lo tanto, si ha podido hacer todo eso sin ver, Souta, que ha cogido ejemplo de él, de su padre, podrá verle sin verle realmente. Sentirá su protección eterna sin distinguir su figura en la celda. Al fin y al cabo, frente a la confianza y el cariño, algo tan nimio como la vista no le es comparable.
Una vez asimilado esto, no hay razón para no demostrarlo prácticamente en ese mismo instante. Tan súbitamente como apareció, mejor dicho, se dejó ver, Ryouken se desvanece de una manera muy, muy metafórica, en todo momento con una sonrisa, pues pese a que nunca soportaría el separarse de sus acólitos, de sus hijos, no lo está haciendo realmente. En definitiva, les está prometiendo que jamás se marchará, ni que le echasen. Lo bueno es que ya nadie puede echarle. De nuevo, vuelve a demostrar su astuta picardía.
En unos instantes, Ryouken ya no se puede ver en su antigua imagen, ya que esa imagen ya no existe. Solo existe su alma, que siempre se quedará ahí, y por desgracia es invisible para el ojo humano. Souta y Yukiko continúan llorando,con lágrimas cayendo por sus mejillas que circundan la sonrisa que les ilumina la cara. Las primeras incomodidades que puedan existir se ven menguadas cuando ambos comparten un sencillo pero sincero abrazo para intentar calmarse.
—S-Souta…
—¿...Qué, Yukiko?
—...Papá es alguien increíble, y por eso siempre estará con nosotros. ¿Verdad?
—...Sí. Sí, claro que sí. No te preocupes.
—No me preocupo…. Si lo sé. Sé que estáis todos conmigo, por eso estoy muy tranquila.
—...Tenéis toda la razón del mundo, chicos.—les corrobora el doctor Kokoro, limpiándose una lágrima que cae por su mejilla.—El señor Houinbou es alguien increíble… Y siempre lo será.
—S-sí, así es. ¿No estás de acuerdo, Manosuke?—le pregunta Yukiko, girándose hacia él.
Nada más darse la vuelta, la morena ha podido ver cómo Manosuke tenía un dedo bajo uno de sus ojos, pese a que tan pronto como sabe que le están mirando, detiene el gesto.
—¿E-eh? Ah, sí, ya… Es verdad.
—Manosuke, ¿No estarás llorando?—le pregunta Souta, con mirada inquisitiva.
—N-no, qué va, qué va. Y-yo solo…
—¿"Tenía algo en los ojos"? ¡Hermanito, estabas llorando!
—...Hostia, vale, sí.
Tan pronto como lo dice, se le oye protestar y frotarse la nuca. Sí, cierto es que nunca se irá de ahí.
—¡Aay, Manosuke!—se conmueve Yukiko, corriendo hacia él, contenta.
—Incluso tú estás llorando, vaya cosa.—añade Souta.
—Bueno, definitivamente sigue siendo alguien muy especial para todos.—asegura Manosuke, con una enorme sonrisa.—Además, lo mismo que ha dicho él va por mí. No me veréis, pero estaré por aquí.
—Lo sabemos. Pero por favor, no nos des sustos, Manosuke. Ya tenemos que aguantar que seas tonto, no hace falta que además seas tonto con factor sorpresa.
Esta vez, es Souta el que se queja y se desordena a drede el pelo para calmar el dolor de su nuca.
—Eso dice ahora, Manosuke, pero en realidad es tu Saru el que sabe mejor que nadie que no te vas. Y aunque lo creyera, te seguiría viendo en sueños, ¿Verdad?—declara, con una alegre malicia.
Y ella, junto con sus hermanos, no puede ser una excepción. La morena no tarda en renegar al compartir el dolor de nuca de los otros dos. Ya son los tres los que han comprobado que Ryouken sigue ahí, presente, escuchándoles. El solo pensarlo les hace venir una carcajada, pues en el fondo saben con quién se la están gastando.
—Seguro que, por mucho que os esté dando collejas, está sonriendo ahora mismo al veros reír tan contentos.—interviene el doctor Kokoro, solemnemente alegre.
—Sin duda. Ha de estarlo por estar viendo a estos dos payasos.—se burla, señalando a ambos.
—¡Habla por ti!—le devuelven rápidamente, al unísono.
De nuevo, más carcajadas ante las ocurrencias de ambos, y felicidad al pensar que por eso Ryouken puede estar más que contento.
—Hey, por cierto, ¿Puedo proponeros algo, chicos?
—¿El qué?
—Ahora que, por fin, estáis los tres juntos, ¿Qué os parecería haceros una foto los tres?
—¡Sí, sí! Una foto con mis hermanitos, ¡Mi primera foto!—sonríe Yukiko, bastante emocionada de repente.
—Y la primera cámara que rompas.—ironiza Souta, con una estrepitosa risotada.
Los tres parecen aceptar la propuesta del médico, que con su teléfono móvil les hace una foto, la primera en la que los tres pueden salir juntos. Un recuerdo que merece serlo.
—Listo. La revelaré y os pasaré una copia, ¿De acuerdo?
—Por mí vale. Me gustaría verla entonces.—opina Manosuke.
—...Espera… ¿También tienes que despedirte, hermanito?—le pregunta Yukiko, más alicaída que antes.
—¿En qué hemos quedado, mi reina? No me voy, solo dejáis de verme. Pero estar, estoy, no lo dudéis.
—...Es cierto. Además, nos vamos a ver de nuevo. ...Vaya que sí.—añade para sí misma, apartando la mirada y haciéndose la despistada.
—Y también te lo digo a ti, Saru. Siempre estaré aquí contigo.
—...Lo sé… De verdad que lo sé. Manosuke…
Le llama, mientras el susodicho le abraza con ternura, pues por mucho que lo sepa, no le molesta recordárselo siempre que quiera, tanto Souta como él mismo.
—Nos volveremos a ver, tenlo por seguro.
—Sí… No sé por qué, pero tengo la impresión de que va a ser así.—le replica el pelirrojo, con una media sonrisa.
—Hasta pronto, Saru. Y a ti también, hermanita.—se despide, al menos relativamente.
—Hasta pronto, Manosuke.
—Sí… Eso mismo.—contesta la morena, con picardía que intenta disimular.
La figura de Manosuke también se desvanece, aunque sea temporalmente. Y otra vez, vuelve a haber un par de lágrimas en cada uno, aunque solo sea por la impresión primeriza que puede dar. En realidad, están muy contentos, pues después de mucho tiempo, los dos tienen a los suyos cerca, a gente en quien confiar plenamente.
—¿Hum? ¿Qué ha ocurrido…?—inquiere confusa la voz de la pequeña Pearl.—¡Ah! ¡Maya, la mística!
La niña echa a correr hacia su prima, ahora que puede verla por fin. Le da un tierno abrazo, mientras es correspondida por ella, quien sufre de una ligera cefalea, aparentemente.
—Hola, Pearly. Hey, si estás aquí, eso quiere decir que…
—Sí, no te preocupes, Maya. Ya está todo arreglado. Tan pronto como terminé lo que me pediste, acompañé a Pearl hasta aquí.—le explica el doctor Kokoro.
—Ah, vale. ¿Eh? ¿Y a vosotros qué os pasa, Souta, Yukiko…?—les demanda la médium, con semblante atónito.
—N-no pasa nada... —responde Souta, algo más tranquilo.
—Oh… Vale, supongo...—titubea Maya, algo insegura.—Bueno, qué, ¿Qué os ha parecido la demostración? Os dije que era cierto, nada de cuento.
—...Ya, ya lo hemos visto. Resulta que era cierto.—asegura Yukiko, con una ceja alzada. Lo ha comprobado a la perfección.
Segura desde el principio, Maya adopta una expresión convincente, conforme llevaba la razón desde el principio.
—Bueno… Si ya se ha arreglado todo, creo que Pearl y yo deberíamos irnos yendo ya.
—¡Es verdad! ¡El señor Nick nos estará buscando!—se alarma, ojiplática.—Además… La señorita Trucy me dijo que iba a presentarme a un amigo suyo. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí. El "Señor Sombrero". Es un nombre un poco peculiar, ¿No?
—Eh, Pearly. Quizás el tal señor Sombrero solo sea un monigote de madera que Trucy, con su magia, haga aparecer de la nada, ¿Eh?—propone Maya, divertida.
—¡N-no me tome el pelo, Maya, la mística, por favor! E-eso no es posible...—protesta Pearl, inocentona.
—En fin, si os parece bien, os puedo acompañar.—se ofrece el doctor, risueño.—Para que no os perdáis.
—¡Oh! ¡Muchas gracias, señor doctor Kokoro! Es usted muy amable.—le agradece Pearl, con una educación algo impropia para una niña de su edad.
—Ah, y encantada de conoceros, chicos. Chao, adiós.
Ambas primas Fey se despiden y abandonan la celda especial junto con el doctor Kokoro, que las escolta amablemente. Souta y Yukiko, ahora, se han quedado solos, aunque en realidad no sea así ni de lejos.
—...Un día de lo más normal, ¿Eh, Yukiko?—ironiza Souta, con una ceja alzada.
—Pues la verdad es que sí.—le sigue el juego ella.—Me he enterado de más cosas sobre mí en unas horas que en catorce años. Pero no pasa nada, estaré bien. Porque no estoy sola, ¿No?
—No lo dudes, hermanita. Aunque tengas un coco lleno de serrín, no lo dudes.
—Ja, ja, mira cómo me río. Ah, no, que no tiene gracia.
Después de otra de sus bromitas, Souta le desordena el pelo, con afecto. Lo cierto es que él tampoco puede dudarlo, pues no está solo. Y ya que le ha pedido a Yukiko que no lo dude sean cuales sean las circunstancias, él tampoco lo hará.
—Hey, chicos.—Souta llama a los animales.—El día también ha tenido telita para vosotros, ¿No? Os pondré algo para comer, después de lo que pasó en la comida os habréis quedado con hambre.
—Excepto Caxap, que se comió mi pescado, o al menos lo intentó.—apunta la morena, con cara de circunstancia.—En fin, yo también tengo cosas que hacer…
Mientras el pelirrojo se encarga de la comida de los tres animales, Yukiko, discretamente, toma ese famoso cuaderno en el que tiene escrito un completo glosario de términos ajedrecísticos y otras cosas varias.
—Vale, creo que ya está. ¿Eh? Yukiko, ¿Qué estás haciendo?
—¿Eh? Ah, nada, nada.—se excusa.—Guardaba sitio para pegar la foto que nos ha hecho el doctor Kokoro, cuando esté impresa. Es algo que me gustaría mucho guardar.
—Ya… ¿Y para decidir en qué página la vas a poner también necesitas escribir?
—¡Quiero delimitar el borde, listo!
—Sin ni siquiera ver la foto, claaaaro….
—….No cuela, ¿Verdad?
—Ni de lejos, preciosa. Más o menos puedo suponer de qué va esto, pero prefiero no pensar demasiado. Eso sí, como me entere de según qué cosas, me vas a oír.
—Míralo, Souta el puritano. Eso me lo dices cuando Manosuke y tú podáis respirar entre beso y beso.—le desafía ella, irónica.
—…"Pero si yo nunca he hablado de Manosuke. Eso me demuestra que tú sí lo estabas pensando."—se burla el pelirrojo, mimetizando perfectamente su voz.
—¡Ah! ¡P-porras! Me has pillado…
—En realidad, no era ningún misterio, guapa. ¿Te crees que no te escucho cuando te susurras cosas a ti misma? Tú sí que hablas con megáfonos cuando quieres decir secretos.
—¡Eh, eh, eh, tranquilo! De hecho, eso puede demostrar que estaba pensando en eso, pero no el tema sobre el que estoy escribiendo. Solo estaba contando qué es lo que ha pasado hoy, que no es poco, ¿No crees?
—¿...De verdad?
—¡Síii!—protesta.—Solo estoy escribiendo sobre lo de hoy…
—Bueno...—añade Souta, algo desconfiado.
Mirándola con una ceja alzada, se aleja en dirección al otro lado de la celda, donde están los animales. Es cuando se da la vuelta que Yukiko añade a sí misma:
—Keh heh heh… De momento.—susurra, maliciosa.
