Nada más comenzar, el espacio en el que se ubica es incertero, parecido al que ve en sueños cuando Manosuke se cuela en sus pensamientos. No hay una línea de suelo definida, pero Souta puede andar libremente por el lugar.
Como todo esto es cosa de Yukiko, no le sorprende el encontrarse a Manosuke frente a él, también para seguir la costumbre.
—Manosuke...—le llama.
El susodicho le ha divisado a lo lejos también. Y es que cuando se trata de él, el guardaespaldas tiene una vista de lince para encontrarle.
—Saru...—le devuelve.
Ambos empiezan a caminar el uno hacia el otro, sonriendo y, por qué no decirlo, algo ruborizados. Están a punto de encontrarse, y cuando la situación apunta a que van a poder darse de las manos, algo se lo impide. Dándoles un buen susto, y de ningún sitio para ponerse en medio de los dos, interponiéndose, aparece Yukiko, con un coqueto vestido de un blanco inmaculado, el famoso collar de los abalorios, el caballo negro y la campanita, un bonito peinado complementado por una cinta con un punto brillante que le cae por la frente y lo más inusitado: un par de grandes alas blancas. Más que seria, su expresión es autoritaria, y va acompañada de los gritos de sorpresa de ambos.
—Eh, eh, no tan deprisa, parejita. Nada de daros el lote todavía.—les frena, determinante.—¿No tenéis picardía, animales en celo? Estamos en el sagrado cielo, ¡No respetáis nada!—añade, con sorna.
—¡¿Y-y por eso aquí eres un ángel?!—bufa Souta, con una ceja alzada.
—Nah. Soy un ángel porque soy adorable.—apunta, pestañeando sin cesar.
—Adorablemente plasta, hermanita.—contraataca Manosuke, también fastidiado por la intromisión.
—¡Hey, no me matéis! Si esto solo acaba de empezar…. Solo digo que antes de "hacer deporte", es mejor que probéis la tarta nupcial tan especial que os he hecho. Así os sentará mejor, ya veréis...—inquiere, pícara.
—…¿Y no sería mejor la tarta después del deporte, para recuperar fuerzas?—pregunta Manosuke, con evidente malicia.
—Sí, porque tanto trote con tarta en el estómago… Nos sentará mal.
—¡He dicho que la tarta primero y san se acabó, jolines!—patalea, cerrando los ojos con fuerza y con un puchero.
—¡V-vale!—conceden ambos, sin rechistar.
—¡Estupendo!—sonríe ampliamente la morena, cambiando su expresión en un segundo.—Pues vamos allá. ¡Agarraos! ...Bueno, mejor no, que nos conocemos.—les dice, sacándoles la lengua.
La intervención de su peculiar hermana hace que ambos se ruboricen un poco más, algo mosqueados por lo pesada que creen que puede llegar a ser.
—Preparaos. La reina os va a llevar al palacio.
Con un chasquido de dedos, el escenario cambia. Ahora se encuentran en un espacio cerrado, parecida a una lujosa suite de hotel elegantemente decorada, donde hay una gran cama, una amplia mesa y otro mobiliario más superfluo. Sobre la mesa con dos sillas, una a cada lado, hay una voluminosa fuente en medio, con algo que está tapado a propósito. Sin saber exactamente cómo, Manosuke, Souta y Yukiko aparecen en medio de la habitación, y esta última tiene un aspecto diferente al último. Las alas de ángel le han desaparecido y el blanco de sus ropas se ha teñido de diferentes estampados, especialmente los cuadros blancos y negros y las rayas verticales rosas y lilas.
—¡Que vivan los novios!—grita la morena a pleno pulmón, cogiendo un cuenco lleno de arroz y empezando a tirarles el contenido encima.—Bienvenidos a la super ideal y super glamurosa y super carísima suite nupcial.—añade, con un guiño descarado.
—Hostia, qué cama tan pequeña, ¿No? Si no me llegas a decir que es una habitación, nunca lo habría supuesto.—ironiza Souta.—No puedes ser más directa, hermanita. ¿Qué será lo próximo, que le des a un botón y que empiece a sonar música provocativa mientras aminoran las luces?
Mientras Souta la mira, desafiante, Yukiko le devuelve la mirada, bastante normal con una media sonrisa, creando un denso silencio en el que nadie dice nada. De repente, Yukiko vuelve a chasquear los dedos y la iluminación de la sala queda reducida a unos puntitos luminosos que flotan en el aire, mientras una lánguida y sensual música lo inunda todo. Poco a poco, Souta va perdiendo los colores excepto el rojo de sus mejillas.
—...Eso me pasa por preguntar.—tartamudea, con los ojos entrecerrados.
—No está nada mal.—opina Manosuke, aguantándose la risa.
—Ah, cierto, y también…
La morena saca de la nada una caja tirando a pequeña envuelta, con un lazo, y esta vez es Manosuke quien la recibe en nombre de ambos, puesto que Souta todavía está algo sorprendido.
—Vaya, gracias, hermanita. ¿Qué es?
—….No quieras saberlo.—pronuncia, con una risilla.
Esta vez, es Manosuke quien adopta cara de circunstancias, sobre todo porque puede imaginarse el contenido.
—Pero bueno, casi se me olvida. ¿Cómo vais a ir a vuestra propia boda con esos adefesios?
—…¿Gracias?
—Esperad, enseguida lo arreglo.
Abusando claramente de su poder en los sueños, Yukiko chasquea de nuevo los dedos y la apariencia de Manosuke cambia, pasando a estar con un formidable traje negro, todavía más lustroso que el que solía llevar para su trabajo, una camisa de un blanco puro y una corbata a cuadros blancos y negros. También lleva una flor rosada en el cuello de la americana.
—Je. Doy fe, hermanita, madrina, casamentera, o lo que seas.
—Muy bien, y ahora tú, Souta. Vamos a preparar a la "novia".
—B-bueno… Espera, ¿"Novia"? ¡Eh, tú!
Demasiado tarde. Antes de que Souta pueda protestar lo más mínimo, Yukiko ya ha dado otro chasquido y el pelirrojo lleva un coqueto y abultado vestido de novia blanco, con velo y ramo de flores incluido. Y, por qué no, una cara medio mosqueada y medio circunstancial considerable.
El resto, Manosuke y Yukiko, poco tardan en echarse a reír como posesos, mientras no se imaginan todas las barbaries que se pueden estar pasando por la mente del pelirrojo para "vengarse".
—Soutita, mi vida, dime que llevas medias y una liga y me vuelvo a morir.—inquiere Manosuke, algo picaresco.
—...Lo que llevo es una sed de venganza peligrosa. ...Te voy a poner el cerebro en su sitio con un golpe de tacón, hermanita.
—Entonces, ¿Llevas tacones? Oh, qué monada.
—¡C-cambiadme ahora mismoooo! ¡No puedo llevar esto, no puedo, no puedo, no puedooo!—protesta Souta, de repente más infantil.
A regañadientes, la morena vuelve a usar sus poderes para cambiarle de atuendo. Esta vez, el pelirrojo lleva un traje gris, zapatos negros, una camisa liliácea, una corbata a rayas rosadas y moradas en dirección vertical y una flor azulada en el cuello de su chaqueta.
—...Eso está mejor.—aprueba Souta, cruzándose de brazos.
Para hacer que sonría, y como le encanta verle sonreír, Manosuke le coge de la mano, cosa que da el resultado esperado y un rubor adicional, que hacen que la alegría del guardaespaldas sea todavía mayor.
—De acuerdo, ya estáis listos. Ahora, venid por aquí. Ya veréis.
Yukiko les señala la mesa, en la que hay algo encima. Mientras ambos se acercan, ella va tarareando una especie de cancioncilla para la marcha nupcial, lo que resulta algo irritante para Souta, quizás porque le da un poco de vergüenza.
—Chapa tu bocaza, hermanita. Ya he tenido demasiado de tu parte. —la calla, sonrojado.
—Vaaaaaale, ya me callo. A ver, primero de todo. Mirad lo que hay sobre esa cosa que está cubierta.
Obedecen, y descubren que sobre el mantel que tapa lo que sea eso hay dos anillos de oro, seguramente por cortesía de la morena…. Otra vez.
—Supongo que no necesitáis un croquis para esto, ¿No?
La verdad sea dicha, no. Sacudiendo la cabeza y con una sonrisa, los dos se intercambian las particulares alianzas, ruborizándose cada vez más, mientras Yukiko se queda de pie enfrente de ellos, sonriendo con aprobación.
—Y una vez más, os declaro marido y marido y podéis besaros. Con moderación.
Eso, sin embargo, no necesitan que se lo insistan. Nadie toma la iniciativa, sino que lo hacen ambos. Se besan, experimentando una alegría que quisieran que no tenga fin. Por lo tanto, no hacen demasiado caso a lo de "moderación" y no se privan de nada, besándose con pasión hasta que se queden sin aire que les permita respirar, cosa que esperan que nunca suceda o, si más no, tarde un buen rato.
Por desgracia, ese momento termina llegando, pero para hacer que sea más agradable, Yukiko les felicita con un cálido aplauso.
—¡Viva!—exclama, más contenta que unas pascuas.
—Lo admito, mi reina. Esto es perfecto.—declara Manosuke, también eufórico.
—...Vale, sí, yo también lo admito.—corrobora Souta, encogiéndose de hombros por efecto de la timidez.
Algo más breve, comparten otro beso.
—¡Sí, sí, yo lo organizo todo para que sea romántico y perfecto pero el beso es entre vosotros!—se queja con sorna, haciendo ver que está algo celosilla.
No necesitaba el gesto, pero Manosuke y Souta dejan de besarse entre ellos por un momento para darle sendos besos en la mejilla a la morena.
—Así me gusta, eso está mejor. Besitos a vuestra celestina favorita.
Sonríe, sin embargo pronto Yukiko carraspea y se frota las manos, dispuesta a pasar a la siguiente cuestión nupcial.
—Y ahora, ¡La fantabulosa tarta! Ya os puede gustar, la he hecho yo misma.
—Lo llevas en la sangre, ¿Eh?—inquiere Manosuke, sonriente.
La felicidad en la cara de Yukiko se descompone al captar el sentido de esa frase, captando que lo dice porque su padre biológico se dedicaba a la repostería. De repente, hay una lagrimilla en su ojo que complementa su expresión ofendida.
—¡Uaaah, qué malo eres, burro! ¡Espero que te vaya bien casado, pero de mí estás oficialmente divorciado, Tontosuke!—dramatiza, apartando la mirada y con una mano en el pecho.
—Manosuke...—le riñe Souta, encogiéndose de hombros, ojiplático y con la boca abierta.
—Ahí va… Mierda, mierda… Yukiko, oye… Ven aquí, Yukiko.
La morena solo le saca la lengua, cruzada de brazos.
—Perdona, preciosa, perdona. No quería decir eso… Anda, no te enfades.
De sus ojos cerrados, ella abre solo uno, que le mira con determinación.
—Lo que quería decir es que eres de sangre dulce, por eso eres tan buena y por eso te quiero mucho, hermanita. ¿Lo entiendes?
Evaluándole con la mirada, Yukiko hace gesto de pensárselo, como si fuese una niña pequeña caprichosa.
—Bueno… Vale, te perdono, pero solo porque es un día muy especial. ¡Que no vuelva a ocurrir!
—Te lo juro por mi tumba, mi reina.
—Pues vaya garantía...—añade Souta, de broma.
—Venga va, se acabaron las penas, ¡Quiero alegría! Vamos a por esa tarta. Redoble, por favor.
Creando un poco de suspense con unos cómicos gestos, llega el momento cumbre.
—¡Tacháaaaan!
Destapa la tarta, para dejar al descubierto una masa de chocolate negro y blanco dispuesta como un tablero de ajedrez, con bordes espumosos del mismo dulce. A cada lado, también hay representaciones de las piezas, con chocolate negro o blanco respectivamente. En medio, además, no podían faltar, sobre todo tratándose de Yukiko, las figuritas de la feliz pareja, sin embargo tampoco son convencionales. Tienen forma de rey y de caballo de ajedrez, obviamente, y también están pintadas y adornadas como si se trataran de Souta y Manosuke en miniatura, presidiendo la tarta desde el centro.
—Pero… ¡Pero si es un ajedrez!—exclama Manosuke, sorprendido aunque riendo.
—...No me digas, Manosuke. Si no me lo llegas a decir, me pensaba que era el dominó.—se mofa Souta, aunque no por ello aparta la vista de la tarta.
—Así es, rey y caballero. Nada de coger una espada y partir la tarta juntitos, al menos de momento, y sobre todo para que no me matéis con ella. En lugar de eso, jugaréis una partida de ajedrez, ¡Vuestra primera partida de casados!—se burla Yukiko, animada a más no poder.—Y además, si queréis picar algo, más os vale currárselo, porque el aperitivo serán las piezas que le ganéis al contrario. Es decir, cuando matéis a una pieza del contrario, en lugar de apartarla del tablero, como de costumbre, os la coméis. ¿No es chachi?
—Yo, sin duda, no podría haber pedido una tarta de bodas mejor. Ni a un marido-rival mejor.—asegura Manosuke, sonriéndole al susodicho.
—P-pero… E-es dulce...—susurra Souta, algo nervioso.
—Oh, gracias, Saru.
—¡N-no hablaba de ti!—protesta, sacudiendo la cabeza y cubriéndose las orejas.—D-digo la tarta… N-no podré, no podré, no podré…
—Tranquilo, Saru, no pasa nada… No te preocupes.—trata de tranquilizarle Manosuke.—Mira, tranquilo. No te pongas nervioso. Hay dos clases de chocolates para las piezas, el negro y el blanco. El blanco es más dulce, y el negro es más amargo. Así que, tú jugarás con las de chocolate negro y ya está.
—¡P-pero entonces las que me tendré que comer si te gano son las blancas, las dulces!
—¿Eh? Ah, sí, es verdad, es verdad. Pues al revés, quería decir.
—Elemental, mi querido Tontosuke.—le "felicita" Yukiko, con sarcasmo.
—B-bueno… Entonces, supongo que es mejor así… Pero eso quiere decir que, como yo juego con las blancas, yo empiezo la partida. Eso es como una ventaja. Y no quiero que me des ventaja, Manosuke, así tu derrota será demasiado aplastante.—se jacta, algo más perverso.
—Vale, sí, es verdad que siempre me has ganado tú, pero eso era antes. Yukiko te ganó una vez, ¿No? Desde entonces no hemos vuelto a jugar. Si Yukiko te ha ganado, yo no voy a ser menos, Saru. Esta vez, te voy a ganar, y no me voy a distraer por muy guapo que seas.
Ante la intervención, Souta no puede evitar ruborizarse ligeramente, pese a que trata de estar serio para comunicar que se va a tomar la partida en serio.
—Muy bien entonces, Tontosuke. Vamos allá.
—Lo estoy deseando, Saru.
—Ah, y supongo que os sabréis las normas ya, pero yo os añado una nueva. ¡Nada de hacer trampas para acabar la partida antes y empezar antes con el "temita"! ¿Queda claro?
Esta vez, son ambos los que se ruborizan, pese a que ninguno se les había ocurrido eso… O así lo quieren creer.
—¡He dicho! ¡¿Queda claro?!—insiste Yukiko, de nuevo con su faceta de directora de la peli.
—¡S-síiii!—mascullan ambos al unísono.
La morena asiente con la cabeza y, dispuestos a empezar, cogen con delicadeza las dos figuritas del centro, que no intervendrán en la partida ya que son meramente decorativas, y las dejan en la mesa.
—¡Eh, cuidado! ¿Sabéis lo que me costó encontrar fichas de ajedrez con vuestro careto?
—Un chasquido de dedos, ¿Eh?
—...Vale, me habéis pillado.—se rinde, vencida.
Sin embargo, ninguno de los dos está vencido todavía, puesto que no han comenzado la partida, cosa que en unos instantes cambiará.
—Souta, tú empiezas. Y por supuesto, yo me pienso quedar aquí a verlo.—anuncia Yukiko, por si a alguien se le había ocurrido la posibilidad contraria, que tampoco era el caso.—¡Adelante!
Intentando concentrarse, Souta inicia la partida, poniéndose serio. Después de algunos movimientos, le ha ganado un peón a Manosuke, por lo que, dubitativo al principio, lo prueba. Por una vez en su vida, Manosuke no iba errado del todo, y no sabe especialmente dulce. Poco a poco, lo mordisquea y lo engulle.
—¡La primera pieza perdida! ¿Está rico, Souta?
—...No está mal.—admite, mostrando su aprobación.
Como todo sigue en orden, la partida continúa. Pronto, Manosuke también le gana un peón, y da fe en que las fichas blancas son dulces, por lo que se felicita por haberle propuesto a Souta el cambio de colores (mejor dicho, sabores), porque teme que todavía no esté preparado para afrontar el sabor dulce, y está dispuesto a protegerle de todo cuanto pueda herirle.
Pero por muy en serio que se lo tome, no por ello Manosuke va a privarse de inicial un picaresco "juego" paralelo con Souta. Cuando le gana alguna pieza, no parece mostrar la menor prisa en terminársela, pues parece estar dispuesto a saborearla al máximo, con juegos algo exagerados con la lengua y una expresión no precisamente inocente. Evidentemente, es todo un truco para persuadir a Souta, que ni siquiera es inmune. Primero, se muestra atónito, aunque como persona inteligente que es, percibe de qué va eso y lo que pretende el idiota de Manosuke, y ni tan solo él puede evitar ponerse rojo como un tomate cada vez que lo hace. —...Oye, Yukiko...—la llama Souta, en mitad de la partida.—Creo que, cuando me has programado el traje, me has hecho los pantalones demasiado ajustados. Me aprietan.
—...Oye, Souta...—le responde ella, inquisitivamente pícara.—No te he programado nada, esto es magia, ¡Por lo que la talla es la tuya! No creo que sea culpa del pantalón.
Traga saliva. Maldita sea, Manosuke le ha hecho caer en su ridículo juego de persuasiones. Ojiplático, pocas veces se ha visto tan ruborizado. En el otro lado, Manosuke lo nota, pero no se puede decir que le disguste… Sobre todo, cuando toda esa parafernalia ha sido idea suya.
Por su parte, el pelirrojo, que cada vez está más desconcentrado, intenta no caer en su descarada provocación evitando hacer esa clase de gestos cada vez que le gana una ficha (suceso cada vez más extraño), pero cuando mastica el chocolate tan discretamente como puede, Manosuke no deja de mirarle, con una pícara sonrisa que le saca de sus casillas, y por consiguiente haciendo que, sin querer, sus mordidas se ralenticen, con lo que Manosuke está logrando que, sin Souta quererlo, la provocación pase a ser mutua.
—Y-Yukiko… Aquí hace mucho calor.—protesta Souta, aflojándose la corbata y con sudor cayéndole por la frente.—Creo que me duele la cabeza. Con tus poderes mágicos, ¿Podrías hacer algo para que se me pase?
—A ver, voy a intentarlo…
Condescendiente, la morena chasquea nuevamente los dedos.
—¿Ya?
—Sí, ya está.
—¡Pero si no noto nada de nada!
—….Eso es que en realidad no tienes dolor de cabeza.—Touché.
No dice nada, pero entre una pregunta y otra, la morena está empezando a deducir qué es lo que pasa con él. Por si le quedaba alguna duda, el observar todos y cada uno de los gestos de Manosuke se lo confirma por completo. Se ríe para sí misma: no le sorprende nada.
Lo que sí que podría sorprenderle un poco más es el cómo termina la partida especial. Manosuke es un buen jugador de ajedrez, pero por norma general, Souta siempre le ha ganado cada vez que han jugado. El pelirrojo, bufando para sí mismo, intenta tranquilizarse, concentrarse en la partida, pues se está dispersando considerablemente.
—Ja, tú sigue, pero ahora te jodes, Manosuke.—le reta, maquiavélico.—Muevo esta aquí y tu apreciado caballo negro, adiós muy buenas.
En efecto, acaba de ganarle el caballo negro al caballo negro metafórico. Por lo tanto, ahora toca zampáserlo, y por eso mismo, lo que Souta creía una victoria se relativiza cuando, seguramente a causa de que sea esa ficha en concreto, la mirada de Manosuke se afila y la malicia de su semblante se acentúa. A continuación, cuando Souta ya ha terminado, el de la cresta estalla en una sonora y animada risa. —Je, je. No te creas que me jode, Saru, es más, me ha encantado.—admite, picaresco.—Lo que es el amor, ¿Eh? Pues esta vez te va a perjudicar, Souta. Ya lo creo que sí.—asegura, confiado.—Tengo todavía otro caballo negro… Con el cual me acerco a tu rey, o al mío… Y le hago jaque mate.
Moviendo la réplica de su ficha predilecta, Manosuke proclama su victoria. El rey blanco ha quedado arrinconado, dejando blanco al propio rey. A Souta, que con una gota de sudor bajándole por la frente se queda ojiplático. Lleva razón, le ha ganado. Por primera vez.
—¡Guao, Manosuke ha ganado! ¡Esta vez sí que lo había dicho en serio!—se sorprende Yukiko, boquiabierta pero con una sonrisa.—Caray, Souta, esta vez no le has ganado ni con la ventaja. ¿Por qué será?—inquiere, fantasiosamente pícara.
—¡P-por nada! S-solamente… Solo he tenido mala suerte. —improvisa, apartando la mirada.
—¿En serio? Pues nada comparado con lo mío, creo que nunca he sido más afortunado. Porque ahora… Esto es solo mío.
Mientras no deja de sonreír malvadamente ni una milésima de segundo, Manosuke alarga el brazo sobre la tarta para coger la ficha del rey blanco, ya que, teóricamente, la ha ganado, y le corresponde comérsela. Eso es lo que hace, de nuevo a esa peculiar y provocadora manera, y el pelirrojo solo se le queda mirando, más ruborizado que antes, porque, como le ha pasado a Manosuke, esa pieza en concreto tiene un significado específico.
—¿Qué, Manosuke? ¿Te gusta el rey blanco?—pregunta Yukiko, con una sonrisilla que obviamente muestra un sentido oculto a todo eso.
—Ah, sí. Ya lo creo.—y al igual que las de la morena, las palabras de Manosuke nada tienen de convencionales.
—Está bueno, ¿Eh?
—Mucho, mucho.
Ni la propia Yukiko, que ya conoce el doble sentido a lo que dice, puede evitar reírse ante las réplicas de Manosuke, aunque no por ello le sorprenden. Souta, por su parte, está adivinando que el rey blanco del que hablan no es precisamente el de azúcar.
—Supongo que, al estar hecho de alguna crema con mucho azúcar, a ti te gustará.
—¿Crema de azúcar? Perdona, hermanita, pero ¿Estás segura de que estamos hablando del mismo rey?—le demanda Manosuke, pese a que su mirada se dirija a Souta.
—Nah, ya decía yo que no.—se rinde, guiñando un ojo.—Creo que puedo adivinar de quién estás hablando…
—Seguro que sí. Creo que le conoces. Y bastante bien.—le va dando pistas más inútiles que un cero a la izquierda.
Y por si no fuera ya lo bastante obvio, hace el gesto de, con delicadeza, poner sus manos sobre las de Souta, al otro lado de la mesa.
—Ajá… Y no me digas que también te lo quieres comer.—le interroga Yukiko, con una mano sobre la boca, quizás para ocultar que está a un paso de estallar a carcajadas.
—Je, pues claro, ¿Por qué no…?
—...Siento decepcionarte, Manosuke, pero yo no soy dulce, ni nada que se le acerque.—le intercepta Souta, con una mirada de circunstancias además de con una ceja alzada.
—No me importa. No me importa lo más mínimo, cré da absolutamente lo mismo. Aunque fueses de ácido, te comería igualmente.
Las palabras de Manosuke solo hacen que Souta se emocione más de lo que ya está. Y cuando se cruzan ambas miradas, el brillo de alegría del otro no pasa desapercibido para ninguno.
—¡Oooooh!—se entusiasma Yukiko.—Ehm… Quiero decir… ¡Puaj! No, ¿Por qué? ¡Oooooh! ¡Oh, venga ya, puaj!—exclama, ambigua.—¡Estoy confusa…! Es una mezcla de admiración y asco…
—Oh, vamos, ¿Asco por qué? ¿No se dice por todas partes que el amor es lo más bonito del mundo?—inquiere Souta, haciéndose un poco el cursi.
—¿Que por qué? ¡Pues quizás porque tengo que escuchar a mis dos hermanos decirse tales guarradas! ¡Incestuosos!
E imitando el gesto clásico, les da una colleja a cada uno.
—¿Qué tiene todo esto de guarrada, eh?—le devuelve Manosuke, algo mosqueado.
—Oh, mira, el que faltaba, Manosuke el puritano. O tengo una mente muy sucia o me giro un momento y al volverme ya no lleváis ninguno pantalones.
—...O las dos cosas.—apunta el pelirrojo, con ironía.
—Quizás.—admite Yukiko.—Por cierto, ahora que sale el tema… Creo que ya va siendo hora de que me vaya. ¡Y no disimuléis, encelados, lo estábais deseando!
—S-si no hemos dicho… Bah, déjalo.—se rinde Manosuke.
—Me voy… A por lentillas para los ojos, para ver mejor.—comenta, divertida.—...O a quemármelos con lejía, no sé.
—Diviértete.—se burla Souta, con malicia.
—Ja, seh. En todo caso, no más que vosotros dos.
La morena abre la puerta de la habitación, y antes de salir de ella, les dedica un último vistazo, guiñándoles el ojo, por lo cual los dos aludidos se ruborizan. Pero, ¿Para qué molestarse en negar la evidencia?
—Bueno… Por fin solos, ¿Eh, Saru?—le dice, acercándose a él.
—Sí… Por fin.—responde el pelirrojo, con una sonrisilla inocente.
De repente, esa inocencia se transforma en picardía.
—Por fin podré matarte sin testigos.
—Anda, no seas así, Saru. ¿No te ha gustado el juego?
—Parecías un idiota con esos lametazos que dabas. ...Bueno, lo que eres, así que...—menciona, encogiéndose de hombros.
—Lo que quieras, pero ¿No te ha gustado? Podría pensar que no, pero cuando has dicho que te apretaban los pantalones me ha dado por pensar que sí...—inquiere, haciéndose el despistado con una sonrisilla.
—Y-yo...—bisbisea el pelirrojo, ruborizándose.
Solamente con la expresión, Souta se hace el rendido, sonriendo radiantemente. El solo gesto hace que Manosuke tarde poco más de un segundo en acercarse a él todavía más y abrazarle, con mucha ternura, mientras le besa la frente.
—Manosuke…
—Eres tan adorable…
Le sonríe ampliamente, mientras tanto con un suave gesto le alza la barbilla ligeramente hasta que los dos llegan a cruzarse en mirada nuevamente. Poco tiempo pasa hasta que una simple mirada deriva en un beso, y ese beso en otro, y en otro. Es una sensación sin par, que se manifiesta en rubor en las mejillas, esta vez en las de ambos. Algo demasiado fantástico para querer que termine alguna vez.
—H-hey, Manosuke… ¿Tú...Tú me quieres?
—¿Eres el nene más adorable del mundo?
Souta deja ir una risilla, resaltada por el sonrojo de sus mejillas, porque aunque lo sabe todo perfectamente, quiere oírselo escuchar. Porque esto de sentirse querido sin ningún miedo por delante es algo que nada iguala.
—N-no sé… ¿Tú qué crees?
—¿Yo? Yo te adoro como nadie, y lo sabes. Pero no te preocupes. Te lo pienso repetir todas las veces que quieras.
—G-gracias…
—No tienes que dármelas. Aunque, te seré franco. Me encanta que me lo digas. Me gusta mucho.
Sellando las gratitudes, un nuevo beso. Uno que "amenaza" en derivar en muchísimos más.
—¿Y-y ahora…?
—Ahora... Dímelo tú, ¿Tú qué crees, Saru?
—Heh. Simplemente, "creo". Aunque no te lo dijera, sé que tú te encargarías del resto.
—Sí, has acertado. Como siempre.
—Por cierto, esa caja que te ha dado la petardilla antes…
—Has acertado de nuevo.—sonríe Manosuke, ampliamente. —Oh, y hablando de eso...
Incorporándose levemente, Manosuke da unos golpecitos en la puerta, riendo.
—Hey, Yukiko. Cuando quieras.
No es necesaria ninguna respuesta, simplemente se oye un chasquido justo al otro lado de la puerta y los puntitos luminosos y la sensual música de unos minutos antes vuelven a inundarlo todo en la habitación.
—Perfecto, gracias, hermanita.—aprueba el de la cresta, malicioso.
—¿Eh? Jooo, ¿Todavía sigues ahí?—protesta Souta, en tonalidad infantil.
—No protestes. Sabes que no me pienso ir de aquí.—se ríe Yukiko, determinante, desde el otro lado.—Tranquilo, no pienso abrir la puerta. Amaos todo lo que queráis.
—Por cierto… ¿Ya te has decidido? ¿Admiración o asco?
—Hm… No sé, ¿Por?
—Oh, por nada…—responde Souta a través de la puerta, con una risita y haciéndole un gesto de silencio a Manosuke.—Solo era para saber dónde está la nata, para echárnosela por encima y eso….
Obviamente está bromeando, puesto que es algo demasiado dulce para él, pero no puede evitar reírse cuando al otro lado oye a la morena protestando… Más o menos.
—¡Uaaaaaj! ...En el segundo cajón.—chilla, para luego añadir con naturalidad.
Esta vez, ha sido Yukiko la que se ha quedado con ellos, por lo cual se echa a reír. desde detrás de la puerta.
—Tranquilos, cualquier cosa, podéis pedírmela.—añade, riendo todavía más.
—De acuerdo, pues yo tengo una. ¿Podrías largarte, eh?
—Podría… Pero no lo pienso hacer. ¡Anda, vamos, dejad de quejaros, os he dicho que no pienso abrir la puerta! Además, esta cosa está hecha de madera buena.—alega, golpeando la puerta.—No puedo escucharos.
—Por eso estamos hablando ahora mismo, ¿Eh?—contraataca Manosuke, con una ceja alzada.
—¡Que lo dejéis de una vez! ¡Cómo no os calléis ya os pondré tiempo límite y entonces veréis! Ya veréis, ¡Os traeré de vuelta y todavía os estaréis subiendo los pantalones!
El solo pensarlo hace que un instenso rubor, si es que el que tenía ya no era basante marcado, bañe las mejillas de Souta.
—¡No serías capaz, Yukiko!
Sin embargo, esta vez no hay réplica. Por mucho que se queden mirando la puerta, ninguna voz va a hablar desde el exterior.
—¿Se ha ido? Lo dudo seriamente.—se resigna Souta, con un suspiro.
—Puede ser… Pero si se está calladita, no hace daño a nadie, ¿No?—añade Manosuke, con sorna.—Es mi hermanita, y la adoro, pero nada me va a impedir pasar un rato maravilloso contigo… Saru.
—¿...Te da igual saber que está esta aquí escuchando?—inquiere Souta, claramente incómodo.
—...Hostia, igual no me da.—admite Manosuke, posando una mano sobre su cuello.—Da corte, y encima es mi hermana… Y la tuya, así que, por si ya no fuese bastante…
Por una vez, el pelirrojo coincide con el de la cresta, y con mariposas en el estómago de la incomodidad que le produce el asunto, abre la puerta un segundo, haciendo que, obviamente, Yukiko acceda involuntariamente a dentro del cuarto, especialmente porque estaba con la oreja pegada.
—Así pues, sigues aquí, microbio. Ya sabía que no te pirarías tan fácilmente.
—Jo, ¿Por qué sois tan plastas? ¡En los otros sueños no os lo pensábais tanto!
—En los otros sueños tú no estabas, cariño.—la intercepta Manosuke, con ironía.
—Hey, Yukiko. Hermanita querida de mi alma y de mi corazón… ¿Cuánto dinero voy a tener que coger de la cartera de Manosuke para que te largues?—inquiere, con sorna y una sonrisa malévola.
—...No acepto sobornos.—sonríe Yukiko, impertérrita.
—Bueno. Pues te doy otra cosa, ¿Vale? ¿Qué tal…? ¿La oportunidad de dejarte seguir con vida?—contraataca el pelirrojo, malicioso.
Al parecer, a la morena un escalofrío le ha recorrido el espinazo.
—Vale, vale, tranquilo. No te pases.—intenta calmarle, con un gesto de las manos.
Mirándoles a ambos, adivina que no tiene elección, y también de que son capaces de muchas cosas para que les dejen tranquilos en un momento tan íntimo.
—¡...Vale, me voy! Pero que conste que lo hago por vosotros, porque sé que os queréis mucho y tal. Pero a simple vista no parecíais tan tiquismiquis…
—...Recuerda esa frase cuando me hagas ordenar tu ropa y me des la vara porque "te da cosa que vea tu ropa interior", hermanita…
—¡Aish, lo que sea! Además, ¡No os necesito, pringados! Yo paso de vosotros, ¡El señor Houinbou, Kuro y Tasuke son los hombres de mi vida!—bromea, altiva.
—...No sé muy bien qué contestar a eso.—apunta Manosuke, confuso.
—Además, ¡Qué demonios! Estoy en un hotel de lujo, así que mientras vosotros decidís no salir de la habitación para nunca jamás, yo voy a servirme mi comida y la vuestra. ¡Y lo cargaré en esta habitación, y no pienso pagarlo yo!
—Lo que sea con tal de que te largues.—sentencia Souta, algo serio.
—Y a parte, que este rato no va a tener precio.—inquiere Manosuke, algo más pícaro.
—….Estupendo. No creo que pueda comer después de esto.—protesta Yukiko, con un puchero.
—No te preocupes, también te compraré sal de frutas para el estómago. Adiós.—se despide Manosuke, a toda velocidad para dar a entender que tiene prisa.
Sacándoles la lengua y con un gesto de soberbia, Yukiko abandona la habitación, y por supuesto no vuelven a cerrar la puerta hasta que comprueban que se ha metido en el ascensor y este desciende.
