—Por fin solos, ahora podemos estar a solas, sin niños.—anuncia Manosuke, frotándose las manos y con un gesto de mofa implantado en su expresión.
—Manosuke, sabes que Yukiko no es tu hija, ¿Verdad?
—Sí, lo sé. Una hija me saldría mucho menos cara.
No lo niega, pero le ha hecho gracia y Souta estalla a reír. Está a punto de decir que comparte su opinión, cuando Manosuke añade algo que le hace dejar de reír pero no le minva la alegría en absoluto.
—Además… Si tuviera una hija, la tendría contigo. Porque te quiero.
Como reacción, y dejando a banda cosas obvias como ruborizarse, Souta da un paso adelante y abraza con calidez a Manosuke, mientras él le acaricia el pelo y los hombros, con suma delicadeza. El abrazo dura, y ambos se dan la mano, y el pelirrojo pasa a recostarse en su pecho, con lo cual siente una protección inmensa que pese a que no necesita, agradece, y le resulta de lo más agradable.
Más besos no tardan en llegar, aunque para nada causando monotonía, sino más bien pequeños instantes deliciosos ligados entre sí creando una espiral que ambos esperan no tenga fin. Producto de los restos del azúcar, la boca de Manosuke sabe dulce. A Souta, sin embargo, no parece importarle. Al menos en ese caso, si el dulce sabe así de bien, le entran ganas de hacer otro supremo esfuerzo para superar su manía. Por su parte, Manosuke solo espera que la amargura del chocolate negro que ha dejado restos en la boca de Souta, asimismo deseando que ya no sea eso lo que haya en el corazón del pelirrojo, cese pronto, primero porque su boca ya sabe maravillosamente sin necesidad de ningún condimento y segundo, porque ese sabor le recuerda a un buen café mañanero que te despabila y te despierta, cosa que no desea en absoluto. Estar con Souta, y Souta por sí solo, es un sueño hecho realidad del que no quiere despertar jamás.
Quizás se han ido moviendo inconscientemente o solo lo parece, pues de pronto el enorme lecho aparece mucho más cerca de ellos. Ambos saben bastante bien lo que significa eso, pues en parte algo que los dos llevan pensando, y queriendo, por qué no, desde hace ya un buen rato. Un poco más de tiempo, y ya están sentados sobre las sábanas, uno al lado del otro.
—M-Manosuke...—susurra Souta, con una mirada tímida, colorado e indicándole a Manosuke que detenga su arsenal de besos solo por un instante, pues quiere decirle algo.
Y por supuesto, Manosuke piensa respetarlo, aunque se muera, irónicamente, por besarle sin parar.
—Dime.—le concede, intentando ser suave, cogiéndole por los brazos con extrema delicadeza y con sus labios a escasos centímetros de los ajenos.
—...Te quiero.
De pronto, Manosuke se muestra un ápice más sorprendido, abriendo un poco más sus ojos, mirándole fijamente.
—...L-lo siento, quería decírtelo… Lo necesitaba, yo…
—Eh, eh, no… Tranquilo. No tienes que disculparte, ¡Joder! Todo lo contrario. Me encanta, me encanta que me lo digas… Que me digas cómo te sientes… Me has hecho muy feliz, de verdad.
—Y tú…
—¿Hm?
—Tú también… Tú también sabes hacerme muy feliz… Me haces feliz, Manosuke.
Le hará feliz a él, pero el sentimiento es mutuo. Con sus palabras, Souta le hace la persona más dichosa del mundo. Nadie nunca le había hecho tan feliz en su vida, y ya que le hace tan feliz, como le ha asegurado, se lo agradecerá con otro, más largo y profundo, pese a que el amor que le demuestra es el mismo en cada uno: infinito.
La fuerza de su amor queda repercutida sobre ellos cuando, ante el impulso de sus ósculos, se balancean, perdiendo el equilibrio hasta quedar recostados sobre las sábanas. La situación no puede tacharse de accidente, sin embargo. Al fin y al cabo, así iban a acabar tarde o temprano.
—M-Manosuke… Y-yo...—balbucea Souta, mirando a Manosuke sobre él, ruborizado y con sus cabellos del mismo color que sus mejillas desperdigándose sobre el colchón.
En esa posición, Manosuke hace ademán de acariciarle la cara, llenándose de ternura al hacerlo. Con cuidado, y dando el primer paso, le quita la americana, siempre con un tacto especial y besándole las manos como símbolo de cariño.
—Souta…
—¿H-hm?
—¿No... No tendrás frío, no?
Manosuke sabe de sobras lo que significa el frío para el pelirrojo, por eso quiere evitar hacerle sentir incómodo.
—M-Manosuke… ¿Sabes lo que te he dicho antes, de que no soy dulce...Y tú me has dicho que te daba igual?
—Sí, sí, claro. ¿Por?
—Bueno… Al igual que en mucho ahora mismo, a mí me pasa lo mismo que a ti. Me da igual. Me da igual tener frío, no me importa lo más mínimo. Solo quiero estar contigo.
Eufórico, Manosuke no podría haber demandado una mejor respuesta. Las palabras de al que tanto quiere y adora le llenan de regocijo, y ante algo así solo puede darle las gracias mientras le besa, sintiéndose mejor que nunca al compartir un momento tan especial con su ser más querido y amado. El susodicho, por otra parte, también está la mar de a gusto: nunca antes había sido sincero con lo que de verdad sentía, y ahora que lo ha sido, el resultado no es el que hubiera esperado: para nada se siente vulnerable o débil en ninguna medida, y eso sin hablar de la preciada protección de Manosuke. Por vez primera en muchísimo tiempo, jamás ha estado tan en paz con sus miedos, con sus inquietudes… Consigo mismo. Porque Souta, durante buena parte de su vida, ha sido fundamentalmente miedos e inquietudes que nunca han visto la luz.
Llamándole paulatinamente, Souta alarga el brazo hasta acariciarle la mejilla, imitando su gesto. Mientras tanto, la sonrisa que el pelirrojo lleva implantada en el rostro demuestra que no puede estar más tranquilo y emocionado al mismo tiempo.
—S-Souta…
—¿Qué?—formula, ruborizado.
—Y-Yo… Ah… Y-yo...—tartamudea Manosuke, aprentando sus dientes con intensidad.
—¿...Te aprietan los pantalones?—inquiere, con un aire divertido e irónico.
—...Joder, sí.
A pesar del rubor de su cara, Souta no puede evitar estallar en una risa. Por qué no le sorprende lo más mínimo.
—¿Y tú?
Lo cierto es que sí. No sabe muy bien cómo contestarle a eso, pero Manosuke puede leer clara la respuesta en su cara, sonriendo ampliamente por ello.
—No te preocupes por eso, si te los quitas ya no te apretará.—le propone el de la cresta, con evidente malicia.
—¿Oh? ¿Desde cuándo tienes buenas ideas?
—Desde que estoy contigo. Por ti, hago cualquier cosa, hasta pensar, fíjate.—le responde, siguiéndole la corriente.
—No creo que ahora mismo estés pensando con la cabeza.
—...Puede que no. Tampoco es que me importe.
—Ni a mí tampoco.
Llegando a su "límite de resistencia", Manosuke no tiene más remedio que ceder a la provocación. Riéndose para sí mismo, se abalanza sobre el pelirrojo con la máxima delicadeza posible, provocando un quejido pícaro de este. Pese a eso, Souta le abraza, rodeándole con los brazos, porque no es que su deseo sea que se mueva de ahí.
—Manosuke...—le llama por milésima vez.
—Ahora, serás mío para siempre, Souta. Déjame hacerte feliz.
Acto seguido, Manosuke le regala todo un seguido de besos cariñosos, primero en la frente, luego en las mejillas, en los labios y finalmente bajando hasta el mentón y el cuello.
—M-Manosuke… Aah… M-Manosuke…
—Tranquilo. Estoy aquí.—asegura, con nuevas caricias llenas de afecto.
—E-Entonces… Entonces ya estoy feliz.
En ese momento, es tarea de titanes saber quién es realmente el que está feliz, si Manosuke al estar con Souta, o si Souta al estar con Manosuke… O los dos al estar con el otro. Desde que los pesares se fueron, compartir su amor con la persona a la que aman les es motivo de una enorme felicidad de la que no quieren desquitarse jamás, y que ninguna frontera universal podrá separar, ni la del tiempo, ni la del espacio… Ni de la muerte.
Y es que su amor está más vivo de lo que nunca lo ha estado. Porque ahora que por fin ninguno tiene miedo, ambos, tanto Manosuke como Souta, están vivos.
Entre besos, caricias, más besos y más caricias, pronto el resto de las prendas de ambos comparten el destino de la americana gris del pelirrojo, las cuales pierden la pureza de su lustro al arrugarse en el suelo sin miramientos. El silencio reinante en la habitación, ya tenuemente interrumpido por la especial musiquilla de ambiente, también se ve distorsionado a causa de los múltiples suspiros, quejidos en los que la queja brilla por su ausencia, gemidos, gritos ahogados y similares. Sin embargo, a ninguno de los dos le importa lo más mínimo. Ese es el sonido de su amor, y contentos están de haber roto el mortífero silencio que lo caracterizaba.
En tan apasionado instante, el único abrigo del que disponen es poco más que el calor corporal ajeno. A ninguno le gusta el frío, para nada, pero no se quejan porque no lo sienten. El calor del amor es capaz de derretir cualquier frío, por duradero que haya sido. Y si el calor que transmite es proporcional al amor que se demuestra, todavía no se explica cómo ni el de la cresta ni el pelirrojo acaban sin presentar quemaduras severas de tercer grado. La explicación yace en que el suyo es un amor que no duele. Al menos, ya no más.
Esta vez, se acabó la ley del más fuerte. No hay nada que demostrar a nadie, no hay más dolor. Souta ya no tiene que domar, ni a Manosuke ni a sus sentimientos, y ya no tiene que evitar demostrar lo que siente demasiado, llenándose de pensamientos de secretos deseos de venganza en un momento supuestamente tan agradable. No, ya no. Ahora, su mente solo está llena del profundo amor que siente por Manosuke. Y siendo así el caso, no recuerda haberlo pasado mejor en toda su vida. Sentir cada gesto de afecto sin pensar en nada más que en disfrutarlo le hace sumirse en una euforia sin par.
Quisiera que nunca terminase, ya que se siente como en un sueño que le hace tan feliz que antes le hubiese costado creer que formase parte de su siempre triste vida. Pero así es, es su vida, y ahora es feliz. Manosuke le ha logrado hacer muy feliz y, con su amor, siempre lo seguirá haciendo.
Tendido boca arriba sobre las sábanas empapadas de sudor y sintiendo como un aliviador bálsamo para su piel ardiente el escaso frescor que todavía le queda a la superficie del colchón, yace un Souta agotado físicamente y jadeante, con los cabellos hechos un remolino sobre la almohada, los ojos brillantes en blanco debido a la intensa emoción del momento, respirando agitadamente mientras se muerde ligeramente el labio. Su expresión exhausta y ojiplática daría a entender a uno y a más de uno que ni siquiera sabe qué es lo que está pasando, pero eso es erróneo. Lo sabe, por supuesto que lo sabe, y mejor que nadie. Y es precisamente por eso que, incluso habiendo sentido ya muchas cosas, todavía puede sentir algo que le termina de convencer de que ahora se siente plenamente feliz: una fina y única lágrima se desliza rápidamente por su mejilla colorada, moviéndose por las pendientes que se encuentra a causa de los incesantes jadeos, para terminar muriendo en la almohada, simbolizando justamente lo contrario: la vida. Souta está vivo, se siente vivo, y no solo eso, se siente felizmente vivo. Y con esa lágrima, se lo ha comunicado al mundo entero. Incluso a él mismo, pues la gran sonrisa que le inunda el rostro complementa dicha demostración.
—J-joder… S-Souta...—jadea Manosuke, a su lado, con la piel perlada de sudor, pero con una mayúscula sonrisa.
A pesar de lo sudados que están, tanto uno como el otro, al interpelado no le importa lo más mínimo incorporarse hacia él y rodear su tórax con el brazo, abrazándole con los ojos cerrados suavemente en señal de regocijo bajo los cuales el rubor permanece implacable.
En respuesta, Manosuke desliza su brazo alrededor del cuello del pelirrojo, enredando sus dedos entre sus cabellos, como tanto le gusta.
—Manosuke...—le llama, apoyando su roja mejilla sobre su pecho, abrazándole con ternura.
—Souta… Eso ha sido perfecto.—menciona, contento aunque respirando con dificultad.
—S-sí… Ha estado...Muy bien.—lo corrobora, con una pincelada de timidez.—T-te quiero mucho…
—Yo más.—responde, dándole un beso en la frente.
—N-no, eso no es cierto...—discrepa Souta, con una expresión de alegría complementada por una sonrisilla.
Con la mano que antes le acariciaba el pelo, ahora Manosuke le dedica gestos tiernos en la mejilla, conmovido por sus palabras.
—Gracias, Souta.
Su complejo de inferioridad, ese que tanto intenta ocultar, también parece haber aminorado desde que todos los miedos fueron mantenidos a raya. Además, el hecho de que Souta le haya admitido sus sentimientos hacia él ha mejorado radicalmente su autoestima.
—N-no hay de qué...—susurra, entrecortadamente.
—¿Te encuentras bien?
—Sí, tranquilo… Solo… Solo estoy un poco deshidratado.—confiesa, evidenciándolo un poco más con sus jadeos.
Una vez más, y sacando fuerzas sin saber de dónde, Manosuke se echa a reír con aprecio.
—Si es que eres más mono... —lo halaga, con una carantoña.—Espera, iré a traerte agua.
Pese a todo, Manosuke no piensa bajar ni un grado la intensidad de su protección hacia Souta, de lo mucho que lo quiere. Sin embargo, el susodicho le detiene.
—No… No te vayas...—le retiene, tirándole del brazo.—N-no pasa nada, estoy bien… Quédate...—le pide, con un tono medio suplicante adorable.
—Me quedo, me quedo.—cede Manosuke, sin pega ninguna.—Si en realidad me haces un favor…
Manosuke abandona su pose incorporada para volver a acomodarse en el lecho y, por supuesto, vuelve a abrazar a Souta, deseando nunca haberse detenido. Para complementar su gesto, el de la cresta, ahora despeinada, no se priva de acariciarle el pelo y la cara a su especial compañero, queriendo demostrarle todo el amor que siente por él.
El pelirrojo, por su parte, disfruta cada instante, y en un momento dado, se acerca un poco más a él para darle un beso, sin importarle lo más mínimo su respiración cansada. El apasionado ósculo se alarga unos deliciosos segundos.
—Ha estado genial. ...Tenía la boca un poco seca.—admite Manosuke, pícaro.
—¡E-eh! Capullo...—protesta Souta aniñadamente, con un puchero.
Acto seguido, ambos se ríen a gusto.
—Ojalá esto nunca terminara. Me quedaría aquí contigo siempre.—comenta Manosuke, jugueteando con su pelo.
—¿Cuánto tiempo llevamos así?—pregunta irónicamente Souta, con una risilla.
—Ni idea, pero sea lo que sea, poco. Muy poco. Cuando estoy contigo, todo el tiempo me sabe a poco.
—Vaya… Sabía que dirías eso.
—¿En serio? Supongo que es porque me conoces muy bien, ¿Eh, Saru?
—Por eso… Y porque yo estaba pensando lo mismo.
Nuevo abrazo, en el cual se aproximan el uno al otro todavía más, y por consiguiente también pueden completarlo con besos de todas las clases, diferentes pero igual de agradables.
—Me encantas, Souta. Te adoro, y mucho más. ¿Sabes por qué?
—¿P-por qué?
Se lo imagina, evidentemente, pero nunca se cansará de escuchárselo decir.
—Porque te quiero muchísimo, Souta. Tú eres el único que me importa y a quien amo más que a nadie.
Y por mucho que lo sepa, y que lo haya escuchado decir de sus labios montones de veces, nunca se hartará de reescucharlo.
—Y yo… Yo también te quiero mucho, Manosuke, más de lo que nunca he querido a nadie… Y tú también me importas. Siempre me has importado… Aunque sea ahora que lo admita.
Sellan sus emocionales declaraciones con otro beso apasionado, que los ruboriza a ambos y que, de nuevo, les deja sin aire.
—A-ahora sí… Creo que necesito un poco de agua...—jadea Souta, recuperando oxígeno después del intenso beso.
—Claro que sí. Lo cierto es que a mí me vendrá de la hostia.—corrobora el guardaespaldas.
—Quizás haya agua en los cajones de la mesilla. ...Supongo que esa petarda entrometida habrá pensado en todo...—se ríe Souta, con un punto de malicia.
—A lo mejor, sí. Vamos a ver, y en todo caso… Cuando estemos más descansados, hacemos otra ronda, ¿Qué me dices?—le propone, provocativo.
La propuesta le hace sentir mariposas en el estómago y otro de sus rubores que se notaría a mil leguas de distancia, pero no por ello piensa decirle que no. En lugar de responderse, deciden comprobar su hipótesis directamente, incorporándose cada uno en dirección a la mesilla de noche más cercana a su lado correspondiente de la cama.
No obstante, antes de que ninguno pueda encontrar nada, ya notan el tacto de una botella de agua en la mano. Quizás el otro la haya encontrado ya y se dispone a compartirla.
—Gracias.—pronuncian ambos, al unísono.
Todavía agazapados a un lado, no pueden dejar de extrañarse. Ninguno ha encontrado nada, ni le ha tendido nada al otro por consiguiente, pero se acaban de dar las gracias, y tienen agua en la mano. Un brillo de incógnita reluce en sus ojos.
—¡Ehem, ehem!—carraspea altiva una voz familiar.
Volviéndose hacia adelante, Manosuke y Souta se dan un susto con su correspondiente grito al encontrarse con una circunstancial Yukiko, mirándoles inquisitiva con los brazos en jarra.
—¡¿Q-qué coño haces tú aquí?!—exclama Manosuke, estupefacto.
—Y más importante… ¿Desde CUÁNDO estás aquí, mocosa?—completa Souta.
—He entrado hace dos minutos, pero sí, lo admito, llevo escuchando un poco más.—confiesa, sin mudar su expresión.—¡Pero esa no es la cuestión!
—Claro que lo es. ¡Dijiste que no pensabas entrar!
—No, no, no, perdona.—niega con el dedo, segura de sí misma.—Antes de que me echaseis a patadas, yo os dije que no pensaba abrir esa puerta. Y no lo he hecho. ¡Porque puedo atravesarla!—revela, con un guiño maquiavélico.
—¡Será bruja…! ...En más de un sentido.—reniega Manosuke.—La madre que te parió, Yukiko.
—Pues la misma que a ti, chato.—contesta, de brazos cruzados.
—¡¿M-me vas a explicar de una jodida vez qué haces aquí, niña?!—chilla Souta, resoplando.
—Porque… Porque… ¡Porque sois unos traidores!—dramatiza la morena, haciéndose la afectada.
—…¿Repítelo?—inquiere el de la cresta, extrañado.
—¡Lo vuestro, muy bonito! ¡¿Pero cómo que "Eres lo único que me importa, Souta. Te amo más que a nadie, Manosuke"?!—grita ella, imitando sus voces.—¡¿Y qué pasa conmigo?!
Ante la melodramatización de culebrón de hora de la siesta de la morena, Souta no puede evitar darse un buen palmeo en la frente, rindiéndose a la hora de intentar comprenderla.
—¡¿Qué está pasando aquí?! ¡Me estáis engañando! ¡Yo confiaba en vosotros, creía que me queríais, pero todo era una farsa! ¡Iros, no volváis, y no hagáis más daño a mi pobre corazón!—lloriquea la morena, apartándose hacia un lado exageradamente.
El rubio y el pelirrojo sienten la imperiosa necesidad de mirarse el uno al otro para decirse con la mirada su opinión al respecto. Y al parecer, coinciden. "Yukiko está un poco bastante mal de la chaveta."
—...Así que… Entras cuando te viene en gana… Por toda la cara… Para venir a darnos espectáculo, ¿Eh? ...Vale, vale… Como quieras...—susurra Souta, paulatinamente y mirando hacia abajo con una sonrisilla venenosa y preocupante.
—¿Hm?
Apartando las sábanas hacia un lado y sin aparentemente ninguna prisa, Souta posa los pies sobre el suelo, y se levanta de la cama. Su expresión varía gradualmente: primero sonríe cálidamente, luego sus cejas se fruncen en una perversa risa y luego las comisuras de sus labios caen, en una expresión llena de desafío. De repente, una brisilla fresca recorre la habitación, quizás por la tensión del silencio del momento, y aunque Souta solo va ataviado con sus calzoncillos en ese momento, no piensa detenerse ahora. Al fin y al cabo, matando a cierta personita entrará en calor.
—¡Ven aquí que te descuartizo, tarada!
Amenazante, Souta echa a correr hacia ella, a lo que ella responde con un grito e intentando huir en vano. Mientras tanto, Manosuke observa la escena, riéndose para sí mismo. La estancia es amplia, por lo que pueden llegar a correr un poco, sin embargo incluso la súper suite nupcial tiene sus límites y pronto el pelirrojo ya tiene a su hermana como rehén en sus brazos.
—¡Suéltame, suéltame!—protesta, divertida.
No piensa ceder a eso, por supuesto. El pelirrojo, a cuestas, la lleva hasta donde Manosuke, dejándola en el lugar que ocupaba él mismo, inmovilizándola por los brazos.
—Hey, Manosuke. Nos ha cortado todo el rollo. Vamos a vengarnos.—propone Souta, con una mueca maligna.
—No sabes dónde te has metido, preciosa...—se conchaba el de la cresta.
Ambos conocen su punto débil, por el cual Yukiko se va a arrepentir de haber irrumpido en la escena. Manosuke y Souta le aplican la peor de las torturas, una que le cuesta muchísimo soportar: cosquillas.
—¡Basta, bastaaaa!—suplica, llorando de la risa.
—Oh, no, todavía no… Ya que has sido tan amable de honrarnos con tu presencia, no podemos ser tan tacaños….—añade Souta, malicioso, y riéndose sin parar.
Después de un buen rato, deciden dejarla ir, por compasión. Es algo demasiado fuerte para ella.
—¡Y-ya era hora!—lloriquea la víctima de las cosquillas.—¡N-no tenéis piedad, monstruos!
Ambos no tienen respuesta, más que una estrepitosa risa entre ellos, dada la situación. Además, pronto se le contagia a Yukiko, que al reír, deja caer algo a la cama desde su vestido. Curioso, Manosuke lo coge y le dedica un vistazo, algo atónito. Se trata de un reproductor de música portátil así como unos auriculares conectados a él.
—Eh, hermanita, ¿De dónde has sacado esto? No sabía que tuvieras uno de estos.
—Ah, eso. No es mío, me lo dieron después de que dejara el restaurante sin pizza.—explica, con broma.—Había pasado un buen rato, pero supuse que, todavía, no habríais acabado con vuestra "reunión".
—Oye, Yukiko, ya asustas bastante a los niños, no hace falta que encima les robes las cosas para darles un susto.
—Ja, ja, qué risa. ¿Dónde está la gracia, en la farmacia?
—...En ese chiste tuyo, seguro que no.
—Bueno, el caso...—continúa, sacándole la lengua al pelirrojo.—Debí parecer muy aburrida, porque el tío de la recepción me dio el cacharro este. Me enseñó cómo funcionaba, y entonces tuve una idea.
—...Volviste al otro lado de la puerta, porque teóricamente ya no estabas escuchando. ¿Verdad?—deduce Manosuke, fulminándola con la mirada.
—...Quizás. Lo que pasa...—cuenta, haciéndose la inocente.—Cuando llegué aquí, el trasto no quiso funcionar.
Saben lo que les está intentando decir, y el sonrojo invade de nuevo sus mejillas, al mismo tiempo que adoptan una cara de póquer.
—¡Yo qué sabía! Nunca había visto uno de esos, literalmente, así que no se me dio muy bien…
—Deja ese rollo. ¿Nos escuchaste?—le pregunta Souta, tajante, con algo de vergüenza.
—¡S-solo un poquito!
El anterior palmeo de frente de Souta se duplica: el pelirrojo lo repite y Manosuke le imita.
—Eh, pero no es solo culpa mía.—se defiende, aparentando soberbia.—Es que pegáis unos berridos que ni con megáfono, nenes.—se ríe, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿E-Estuviste mucho rato con la oreja pegada, maruja? E-es que no tienes remedio...—se queja Manosuke, bajándole el sudor por la frente.
—...Nah, tranquilos, no fue mucho. Creo que un minuto o por ahí, ¡No me matéis!—se exculpa, extendiendo sus manos.—Lo que pasó fue que, al oíros, empecé a darle a todos los botones tantas veces hasta que se encendió, y suspiré de alivio. Se me pusieron los pelos de punta al escucharos…
—Y aparte de eso… ¿No escuchaste nada más?—formula Souta, bajando un poco la mirada, serio y solemne.
—Pues… No. Nada en especial, en realidad. Os lo juro, ¡En serio! Pero… Eh, Souta...—le llama, acercándose a él con sorna.—¿Qué es lo que podría haber escuchado, eh? ¿Qué os decíais? ¿Os susurrábais cochinadas?—pregunta curiosa, guiándoles el ojo.
Dándose por aludidos, los dos aprietan los dientes y abren mucho los ojos, empezando a sudar.
—¡N-no pienso responderte a eso, hermanita!—espeta Manosuke, incómodo.
—No me hace falta. Puedo suponerlo. No me creo que os hayáis estado cuatro horas o más sin decir nada.—insinúa, inquisitiva.
—¡Ah!—una vez más, Souta intenta no achantarse, sin resultado.—...Ah, que el trasto dichoso lleva la hora incorporada…
—No exactamente. El tío que me lo dio me dijo que la batería le duraba alrededor de cuatro horas. Y esperando a que salieseis para venirme a buscar conforme ya estabais satisfechos, el reproductor se quedó seco. Más o menos como…
—¡No hace falta que hagas la metáfora, no hace falta, no hace falta!—lloriquea Souta, cubriéndose las orejas.
—Y cuando me quité los cascos porque ya no tenía batería el trasto, fue cuando os escuché deciros cosas tan egoístas, sin pensar en vuestra preciosa hermanita. Fin.—finiquita, con una sonrisa angelical.
Lo está contando como si fuera lo más normal del mundo, por lo que Souta y Manosuke no pueden por menos que mirarla con cara de circunstancias, con alguna que otra gota de sudor bajando por su frente.
—Pero no os pongáis así, anda. Si ya habíais acabado, ¿No?
Silencio incómodo y tenso que se podría cortar con un cuchillo. Los aludidos desvían la mirada, intentando ocultar su rubor. Esta vez, la que se palmea la frente es la morena.
—Pero bueno, ¿Todavía teníais más ganas de fiesta? ¡Sois…! ¡Mira que seréis viciosos y lascivos!—les riñe, en realidad partiéndose de risa.
Y por si no estaban ya bastante desconcertados con las intervenciones de la morena, esta continúa, como si no existiese un límite.
—Aunque bueno, no me extraña. Míralos, marcando musculitos, ¡Guapos, sexys!—bromea, partiéndose de risa, y haciendo un supremo esfuerzo por silbar a modo de provocación entre la risa.
—¡Eres…! ¡Eres…!—chilla Souta, colorado y ojiplático.
En un modo por devolverle la jugada, Manosuke hace un gesto de chulería.
—...Muy sincera.—añade Manosuke, haciéndose el gallito.
Primero, Yukiko hace un mueca de asco bastante exagerada, aunque quizá no tanto cuando Souta y ella se miran y por lo bajini susurran "Naaah".
—Vale, vale, ¿Eh?—contesta Manosuke, de brazos cruzados.
—Se enfada, se enfada.—le pican ambos, infantilmente.
—No, qué va, qué va. Si ya sé por qué lo dices, Yukiko.
—Sí, porque eres muy fe-...
—Porque el verdadero guapo y sexy aquí es Saru.—responde, con otra línea diferente a la que iba a decir Yukiko.
Como reacción, Souta se tapa la boca con las manos, abriendo los ojos mientras se ruboriza otro poco. Manosuke le acaricia la cara, con mucha suavidad, en parte para decirle lo en serio que lo ha dicho. La morena, por su parte, regresa a la disyuntiva del aprecio o del asco.
—P-por favor, delante de mí no...—suplica por lo bajini, cubriéndose los ojos.
—¡A-a buenas horas!—protesta Souta, atacándola.
—Bueno, es comprensible, ¿No? En el fondo, eres una niña. Nuestra niña.—asegura Manosuke, acariciándole el pelo moreno a su hermana.
Yukiko se hace la conmovida, con una pose infantil, y se acerca a Manosuke, dándole un abrazo.
—¡Anda! ¡No sabía que en el fondo eras un buenazo, Manosuke!
—...No estoy de acuerdo. Ni en eso ni en que esta payasa sea tan niña.—interviene Souta, circunstancial.
—Está bien, soy un cabronazo, y esta chica tiene una mente jodidamente sucia.—declara, con sorna.
—¡Oye, no es justo, egoístas! ¡Yo quiero mimitos también!—se queja Yukiko, con un puchero.
Ambos se la quedan mirando, ojipláticos y con una ceja alzada.
—¿Hum? ¡Aaaaah!—grita, boquiabierta.—¡No penséis mal, enfermos!
—¿Quién es la incestuosa ahora, querida?
—¡C-calla!—protesta, tapándose las orejas de nuevo.—¿Es así como cuidáis de vuestra hermanita/hija?
—Tienes razón. Ya has estado despierta mucho rato, venga a dormir.—le impone Manosuke, en el mejor tono paternal que es capaz de lograr.
—¿...Queréis que descanse, o tenéis otras intenciones malvadas en mente?
—Que duermas, que duermas. Eso sí, si cuando te despiertas te hemos dejado al otro lado de la puerta, que no te extrañe. Hay un porqué.—se ríe Souta, maquiavélicamente.
—Yo más agua no os doy. Solo os aviso. Y quien avisa no es traidor, no como otros...—comenta, con indiferencia.
Entre los dos, apartan las sábanas para que luego Yukiko pueda taparse con ellas.
—Un momento…
Sin comprender, Manosuke y Souta esperan para ver lo que quiere Yukiko. Con otro chasquido de dedos, las sábanas actuales son cambiadas por otras nuevas.
—¿A qué viene esto, Yukiko?
—Je. Que os habéis creído que voy a tocar esas sábanas por dentro. Soy todo lo que queráis, pero no tonta.
Primero, su reacción es la habitual: cara aludida, algo de sudor cayendo de la frente… Luego, ríen por lo bajini, con una mirada de complicidad.
—...Tienes razón. Creo que has hecho bien.
—Oh, por favor, ¡Qué asco! ¡Pero no me déis la razón!
—Ya no es tan divertido, ¿Eh?
Se enzarzan en una 'pelea', protestando, suspirando e ironizando, pero siempre con una sonrisa, pues están contentos de estar el uno con el otro.
—Manosuke el mago, yo el domador y esta petarda una payasa. Si es que creo que nunca me he ido del circo.
—Ja, ja, muy gracioso. Quizás el payaso seas tú, porque me haces reír de qué manera.
—Ya jugaremos a los circos en otro momento. Ahora a dormir.
—Cuando me despierte, haremos nuestro propio circo, ¿Vale? De momento, me conformo con que me cantéis una nana.
—¿De verdad crees que el vozarrón de Tontosuke es capaz de hacer dormir a alguien?—le pregunta Souta, con sarcasmo.
—Ni idea, pero si a ti te enamoró, por algo sería.
Touché. Tal respuesta hace efecto en Souta, quien solo puede sonreír. Yukiko le mira por el rabillo del ojo, y al verle sonreír, ella también lo hace.
—Buenas noches, hermanita.—le desean ambos, pese a que se estás mirando entre ellos.
La morena, siguiéndoles la corriente, cierra los ojos, no sin lanzarles un vistazo primero. Finalmente, yace con los ojos cerrados sobre la almohada, acomodada y dando la imagen de que duerme. Porque, ¿Realmente duerme?
Ni lo saben, ni se van a parar a comprobarlo, por sospechas iniciales que ya puedan tener. Al principio, le echan un ojo a la supuesta durmiente, y al cabo de unos instantes de observarla, su mirada cambia de foco, cruzándose entre ellas.
Al poco de mirarse, sobran las palabras para otr mágico beso surja solo. Incorporados ambos, se besan inclinados hacia delante, de nuevo con una calidez que les encanta.
—...Anda que habéis tardado.
Abriendo lentamente los ojos y todavía tumbada, Yukiko les observa, demandante. Sospechaban que la gran lianta del amor nunca se durmió, pero eso no quiere decir que les importe lo más mínimo. Ignorando a Yukiko, no frenan su beso por nada del mundo.
—...Vale, me callo. Que os aproveche.—les desea, con una sonrisa.
Después de unos largos momentos, el beso se finiquita, y Yukiko todavía está ahí viéndolo con una sonrisa. En el fondo, nunca ha querido entrometerse, y se alegra más que nadie de que por fin puedan disfrutar de un amor sin traumas.
—Oye, Yukiko, hermanita, preciosa, mi reina…
—¿Qué quieres, Manosuke?—inquiere, sarcástica.
—Veo que lo vas pillando. Estupendo.—aprueba Manosuke, con una amplia sonrisa.—¿Me cambias el sitio? Tú a la esquina, ¿Eh? Yo ya me quedo en medio…
—Al lado de Saru, mi nene precioso.—completa la morena, imitando su voz.—¿No?
—Vaya, estás que te sales. Venga, muévete.
—Ni hablar. Que os beséis es una cosa, pero temita a mi lado, no, gracias.
—Bueno, lo de la esquina es relativo. También puedes irte del cuarto, eso ya tú misma.—la incita Souta, conchabándose a Manosuke.
—Míralo, con ese brillo en los ojos. ¡Si tú también lo estás deseando!—revela Yukiko, ojiplática e irónica.—A partir de ahora, aquí se duerme. Descansad un poco, caramba.
Victoriosa y triunfal, Yukiko extiende ambos brazos para rodear sendos cuellos de sus hermanos, quien la miran de reojo con circunstancias.
—Pero…
—¡He dicho que a dormir!—impone, mandona.
Renegando, se apoyan sobre la almohada, uno a cada lado de la morena, que les abraza con una gran sonrisa. Sin embargo, nada se interpondrá entre Manosuke y Souta. Por eso, con el brazo que rodea el cuello de Yukiko, Manosuke aprovecha para acariciarle el pelo a Souta, con ternura pese a la distancia. Souta se conmueve, y sonríe para sí mismo. Pronto, le imita y hace lo mismo con él. Ambos se están acariciando, y con Yukiko de por medio, y sonriendo tanto como ella, que por otro lado no se da cuenta de nada.
Finalmente, acaban los tres dormidos, con una enorme sonrisa implantada en sus rostros. Y es que cuando están todos juntos y unidos, están felices. Y las circunstancias y los miedos dejan de importar o simplemente son inexistentes. Las circunstancias en las que se encuentran en ese momento, en realidad, son inexistentes, puesto que todo es un sueño. Lo que realmente existe es el aprecio tan fuerte que hay entre todos. Y eso, en cualquier circunstancia, será real. Será muy real.
