Disclaimer: Naruto, todos sus personajes y lo referente al mundo shinobi es propiedad intelectual de Masashi Kishimoto. La historia es una adaptación del Libro "Riesgo Aceptable", de Robin Cook. Su Trama, historia e ideas son de su autoría. Yo sólo adapté la historia para el disfrute, sin fines de lucro ni nada parecido, sólo por diversión.

Advertencias: Adaptación del Libro "Riesgo Aceptable" de Robin Cook. Varias escenas son completamente nuevas, otras, son variaciones de las originales del Libro. Algo de OOC en los personajes de Naruto, por imprimirlos en los respectivos personajes que representan. AU. Línea diferente de tiempo de relato. Sólo hecho para disfrute, sin fines de lucro cesante ni daño emergente.


Prólogo - Las Suplicas


Martes 12 de julio de 1692

Hizashi Hyuga abrió la puerta de la cabina y salió a cubierta al aire fresco de la mañana; vestía sus mejores pantalones bombachos a la rodilla y un chaleco rojo con pliegues almidonados. Estaba muy emocionado. Por fin acababan de rodear Naugus Point, a muy poca distancia de Marblehead, y ya habían tomado rumbo hacia Salem.

El hombre inclinó el cuerpo voluminoso sobre la borda mientras la brisa marina le acariciaba el rostro ancho y bronceado y le despeinaba el cabello rubio con tonos oro. Estaba contento de llegar a casa, aunque no podía evitar sentir cierta inquietud. Había estado ausente casi seis meses y sin haber recibido una sola carta. Suecia parecía estar en los confines de la Tierra.

Al aproximarse a Salem, Hizashi notó que botaban al mar una embarcación pequeña desde el muelle. Cuando ambas naves estuvieron más cerca, reconoció a su empleado, Ko Hyuga, de pie en la proa, y agitó alegremente la mano, pero Ko no devolvió el saludo. Mientras el pequeño barco se acercaba por un costado, Hizashi se dio cuenta de que el rostro enjuto de su empleado se veía demacrado y tenía la boca apretada. Algo malo había sucedido.

-Creo que será mejor que venga a tierra de inmediato -le gritó Ko a Hizashi.

Extendieron una escala hasta el pequeño bote y Hizashi bajó por ella. Una vez sentado en la popa, desatracaron. Ko tomó asiento a su vera. Dos marineros en medio de la embarcación se afanaban en sus remos.

-¿Qué sucede? -preguntó Hizashi, temeroso de oír la respuesta. El peor de sus temores era que se hubiera producido una incursión india contra su casa.

-Han ocurrido sucesos terribles aquí en Salem -le explicó Ko-. La Providencia lo ha traído a casa apenas a tiempo.

-¿Se trata de mis hijos? -inquirió Hizashi alarmado.

-No, no se trata de sus hijos -respondió Ko-, sino de su esposa, Hikari. Ha estado en prisión desde hace muchos meses.

-¿De qué la acusan?

-Brujería. Una Corte especial la condenó y hay una orden para ejecutarla el próximo martes.

-Esto es absurdo. ¡Mi esposa no es una bruja!

-Ya lo sé, pero en la ciudad se ha despertado una fiebre por la brujería; hay cien personas acusadas y una ejecución consumada: la de Izumi Nanare.

-La conocí -admitió Hizashi-. Tenía una taberna que funcionaba sin permiso. Era una mujer con un temperamento exaltado. Pero, ¿bruja? Me parece muy improbable. ¿Qué ocurrió para provocar tal temor a la voluntad maléfica?

-Todo se debe a los ataques -explicó Ko-. Ciertas mujeres, en su mayoría jóvenes, han sido aquejadas.

-¿Ha presenciado alguno de esos ataques? -preguntó Hizashi.

-Oh, sí -respondió Ko-. Todo el pueblo los ha visto durante las audiencias frente a los magistrados. Son un espectáculo terrible de contemplar. Las aquejadas se sacuden peor que los cuáqueros y chillan que seres invisibles las muerden.

La mente de Hizashi se debatía entre un torbellino de ideas. El sudor brotó de la frente. Trató de pensar qué debía hacer.

-Tengo un carruaje esperando -comentó Ko-. Pensé que querría ir directamente a la cárcel.

-Sí -contestó Hizashi en forma lacónica. Desembarcaron y se encaminaron con rapidez hacia el vehículo. Ninguno de los dos habló mientras la carreta avanzaba dando tumbos por el muelle adoquinado.

-¿Cómo se determinó que la brujería provocaba esos ataques? -inquirió Hizashi al llegar a la calle Essex.

-El doctor Kobayashi lo aseguró -contestó Ko-. Después, el reverendo Chiriku y luego todo el mundo, incluso los magistrados.

-¿Por qué están tan seguros? -preguntó Hizashi.

-Durante las audiencias -repuso Ko- todos presenciamos cómo las acusadas atormentaban a sus víctimas, y cómo ellas se liberaban al instante de su horrible sufrimiento en cuanto tocaban a las acusadas.

-¿Pero no las tocaban para atormentarlas?

-Eran los espectros de las acusadas los que realizaban el maleficio -explicó Ko -. Sólo las víctimas pueden ver a los espectros; por eso las aquejadas señalaron a las acusadas.

-¿Y mi esposa fue acusada de esta manera?

-Así es -admitió Ko-. Por Ayumi Uchiha, hija de Madara Uchiha, de la aldea de Salem.

-Lo conozco -repuso Hizashi-. Es un hombre insignificante y furibundo.

-Ayumi Uchiha fue la primera víctima -Ko titubeó-. Eso sucedió en su casa, a principios de febrero. Hasta ahora, todavía está aquejada, igual que su madre, la señora Ayame.

-¿Y mis hijos? -preguntó Hizashi.

-Sus hijos se han librado de ser acusados -informó Ko.

-Gracias a Dios -repuso el comerciante.

Dieron vuelta en Prison Lane. Ko se detuvo frente a la cárcel. Su patrón le ordenó esperar y bajó del carruaje.

Hizashi Hyuga encontró al carcelero, Jirobo, en una oficina en completo desorden y comiendo pan de maíz recién horneado de la panadería. Se trataba de un hombre obeso, Tenía ojos de color Naranja y tres mechones de cabello del mismo color de sus ojos al estilo de un Mohawk es decir un mecho en el centro del cráneo y dos a los lados. Hizashi lo despreciaba, pues se sabía que era un sádico que disfrutaba atormentando a los prisioneros.

Fue evidente que Jirobo no se sintió complacido de ver a Hizashi. Se puso de pie de un salto y se agazapó detrás de su silla.

-No se permite visitar a los condenados -habló con voz ronca y la boca llena de pan-. Por órdenes del Magistrado Danzo Shimura.

Sin poder contenerse, Hizashi sujetó al carcelero de la camisa de lana con los puños cerrados y puso el rostro cerca del suyo.

-Si ha maltratado a mi esposa, tendrá que vérselas conmigo.

-Eso no es mi culpa -balbuceó Jirobo-. Es de las autoridades. Yo tengo que acatar sus órdenes.

-Condúzcame a ella -espetó Hizashi, al tiempo que apretaba con mayor fuerza y constreñía la garganta del hombre. Jirobo, sofocado, sacó las llaves. Hizashi lo soltó y lo siguió hasta una puerta maciza de roble, que el guardián abrió. Después de cruzar dicha puerta, pasaron por varias celdas. Todas estaban abarrotadas. Los presos miraban fijamente a Hizashi con ojos vidriosos. En la parte superior de una escalera de piedra, Jirobo encendió una vela que tenía un broquel. Después de abrir otra puerta de roble, bajaron a la peor área de la prisión. El hedor no se soportaba. El sótano consistía en dos cuartos grandes. Las paredes enmohecidas eran de granito. Los innumerables prisioneros estaban esposados a las paredes o al piso, con grilletes en las muñecas, en los tobillos o en ambos. Hizashi tuvo que pasar encima de la gente para seguir a Jirobo.

-Por aquí -indicó Jirobo, mientras conducía a Hizashi a un rincón al otro extremo del sótano-. Acabemos con esto.

Hizashi lo siguió y miró hacia abajo. A la luz de la vela, con dificultad reconoció a su esposa. Hikari estaba esposada con grilletes enormes y apenas tenía energía para espantar a las alimañas que deambulaban libremente en la penumbra.

Hizashi le arrebató la vela a Jirobo y se acuclilló junto a su esposa. A pesar de su estado, ella sonrió.

-Me alegra que hayas regresado -musitó débilmente-. Ya no tengo que preocuparme por los niños. ¿Están bien?

Hizashi tragó saliva con dificultad. Tenía la boca seca.

-Vine directamente del barco a la cárcel -contestó-. Todavía no veo a los niños.

-Por favor, ve a verlos. Temo que estén intranquilos.

-Me ocuparé de ellos -prometió solemne Hizashi-. Pero primero tengo que encargarme de que te liberen.

-Tal vez lo logres -repuso Hikari-. ¿Por qué tardaste tanto en regresar?

-El equipamiento del barco tardó más tiempo de lo planeado.

-Bueno, al menos ya estás de regreso -suspiró Hikari.

-Volveré -aseguró Hizashi al ponerse de pie abrumado por la preocupación. Luego siguió a Jirobo, que lo guiaba de regreso a la oficina-. Muéstreme los documentos -exigió Hizashi.

Jirobo rebuscó en el desorden de su escritorio y encontró la orden de arresto de Hikari y la de ejecución. Hizashi las leyó y luego buscó en su bolsillo y sacó unas cuantas monedas-. Quiero que cambien de lugar a Hikari y que su situación mejore.

Jirobo tomó el dinero con gusto.

-Le doy las gracias, amable señor -replicó. Las monedas desaparecieron en el bolsillo de sus pantalones bombachos-. Pero es imposible mudarla. Los casos de pena capital siempre se alojan en el nivel inferior. Tampoco está permitido quitarle los grilletcs, puesto que están especificados en el ordenamiento para evitar que el espectro abandone el cuerpo de su esposa. Sin embargo, puedo mejorar su situación como respuesta a su amable consideración.

-Haga lo que pueda -indicó Hizashi.

Afuera, Hizashi tardó un momento en subir al carruaje. Sentía que las piernas le temblaban.

-A la casa del magistrado Sarutobi -ordenó. Ko fustigó al caballo. No se atrevió a preguntar por Hikari. La angustia de su patrón se notaba a la legua.

Al llegar a la esquina de las calles Essex y Washington, Hizashi bajó del carruaje.

-Espérame -dijo lacónicamente.

Hizashi llamó a la puerta y, cuando ésta se abrió, se sintió aliviado de ver la figura alta, delgada y adusta de su viejo amigo Hiruzen Sarutobi. Hiruzen condujo a Hizashi a su salón, donde pidió a su esposa que los dejara a solas para conversar en privado. Ella estaba trabajando en su rueca de lino en el rincón.

-Lo siento -dijo Hiruzen cuando estuvieron solos-. Es una penosa bienvenida para un viajero cansado.

-Por favor, dime qué hacer -pidió Hizashi con voz débil.

-Temo que no sé qué decir -empezó Hiruzen-. Los ánimos del pueblo están encendidos y tal vez impera una idea delirante, poderosa y generalizada. Mi propia suegra, Nanami Sarutobi ha sido acusada. Sé de cierto que ella no es bruja, lo que me hace poner en tela de juicio la veracidad de los alegatos de las chicas aquejadas y de sus motivos.

-Por el momento no me preocupan las razones que tengan las chicas -explicó Hizashi-. Necesito saber qué puedo hacer por mi amada esposa.

Hiruzen suspiró profundamente.

-Mucho me temo que haya muy poco qué hacer. Tu esposa Hikari ha sido condenada por un jurado que actúa dentro de un tribunal especial de lo penal que atiende los casos acumulados de brujería.

-Pero dijiste que dudabas de la veracidad de los acusadores.

-Sí. Pero su condena no dependió del testimonio de las chicas. Las pruebas contra ella resultaron verdaderas y contundentes. No hubo ninguna duda.

-¿Crees que mi esposa es bruia?

-Por cierto que sí -respondió Hiruzen-. Lo siento. Es una verdad muy dura de soportar para un hombre.

Hizashi miró a los ojos a su amigo, cuya opinión respetaba.

-Debe haber algo que pueda hacer -contestó suplicante Hizashi-. Aunque sólo sea retrasar la ejecución para tener tiempo de conocer los hechos.

Hiruzen colocó la mano sobre el hombro de Hizashi.

-Como magistrado de la comunidad no hay nada que pueda hacer. Te sugiero que vayas a Boston y hables con Shikaku Nara. Sé que ustedes fueron compañeros en la Universidad de Harvard. Él es uno de los jueces de la Corte de lo penal y ha manifestado cierto recelo respecto a todo este asunto.

Hizashi agradeció a Hiruzen y se apresuró a salir. En menos de una hora emprendió a caballo el trayecto de casi veintiocho kilómetros y llegó a Boston por el suroeste. Al atravesar la puerta de la ciudad con sus fortificaciones de ladrillo, la mirada de Hizashi divagó involuntariamente hacia la horca, donde se balanceaba un hombre que acababa de morir. Un estremecimiento de terror le recorrió la espina dorsal. Como respuesta, fustigó al caballo.

El bullicio del mediodía en Boston, ciudad que tenía más de seis mil habitantes, aminoró el avance de Hizashi. Era casi la una cuando llegó a casa de Shikaku en South End. Hizashi desmontó y ató el caballo a la cerca de estacas.

Encontró a Shikaku en su salón, fumando tabaco con una pipa de boquilla larga. Hizashi advirtió que su amigo de la universidad se había vuelto corpulento en los últimos años y estaba muy lejos de ser aquel chico desenfadado que solía patinar con él en el río Charles durante sus años de escuela.

Shikaku estaba feliz de ver a Hizashi, pero su saludo fue reservado. En respuesta a las preguntas de Hizashi respecto a Hikari, confirmó lo que Hiruzen le había contado. El magistrado afirmó que la culpabilidad de Hikari quedaba fuera de duda, debido a las pruebas encontradas en su casa.

Hizashi suspiró y trató de reprimir el llanto. Se sentía perdido. Preguntó a Shikaku sobre la naturaleza de las pruebas presentadas contra su esposa.

-Me cuesta trabajo decírtelo -repuso Shikaku.

-Pero, ¿por qué? -inquirió Hizashi-. Está por demás claro que tengo derecho a saber.

-Sin duda alguna -contestó Shikaku-. Pero tal vez sea mejor si visitamos a mi buen amigo, el reverendo Chouji Akimichi. Él tiene más experiencia que yo en los asuntos sobrenaturales. Sabrá bien qué aconsejarte.

-Me atengo a tu buen juicio -decidió Hizashi.

Cuando Shikaku tocó a la puerta de la casa del reverendo Chouji Akimichi, en la esquina de las calles Middle y Prince, una joven sirvienta abrió y los hizo pasar a la sala. El reverendo Akimichi bajó de inmediato y los saludó de manera evasiva. Shikaku explicó la naturaleza de su visita.

-Comprendo perfectamente -dijo Akimichi, al tiempo que señalaba unas sillas. Todos tomaron asiento.

Hizashi ya conocía al clérigo. Era más joven que él y Shikaku, pues se había graduado de Harvard en 1678, siete años después que ellos. Sin importar la edad, se advertían en él algunos de los cambios físicos que Hizashi notó en Shikaku: había engordado, tenía la nariz enrojecida y se le había alargado ligeramente; además, el rostro tenía una consistencia pastosa. Sin embargo, los ojos brillaban con inteligencia y feroz determinación.

-Le ofrezco toda mi afectuosa compasión por sus tribulaciones -dijo el reverendo Akimichi a Hizashi-. Los caminos del Señor a menudo son inescrutables para nosotros los mortales. Además de su sufrimiento personal, estoy profundamente preocupado porque los acontecimientos en Salem se están saliendo de control.

-En este momento, mi única y gran preocupación es mi esposa Hikari -repuso Hizashi.

-Como debe ser -agregó el reverendo Akimichi-. Sin embargo, nosotros, los clérigos, debemos pensar en la congregación como un todo. Esperaba, por algunos signos, que el demonio se manifestara en medio de nosotros, y el único consuelo que tengo ahora es que, gracias a su esposa, sabemos dónde.

-Quiero conocer las pruebas presentadas contra mi esposa.

-Y yo se las mostraré -respondió de inmediato el reverendo Akimichi-. Siempre que mantenga su naturaleza confidencial, puesto que tememos que si las revelamos, la situación en Salem se exacerbe aún más de lo que ya está en la actualidad.

-¿Que ocurriría si decido apelar la condena?

-Después de que haya visto las pruebas, estoy seguro de que no tomará esa decisión -advirtió el reverendo Akimichi-. ¿Me da su palabra al respecto?

-Sí, le doy mi palabra -dijo Hizashi-. Siempre que no se me niegue mi derecho a apelar.

Ambos se pusieron de pie y siguieron al reverendo Akimichi a un tramo de escalones de piedra. Después de encender un cirio, empezaron a bajar al sótano.

-He analizado todas estas pruebas con mi padre, Chouza Akimichi -dijo el reverendo Akimichi por encima del hombro-. Hemos concluido que tienen una importancia extraordinaria para las futuras generaciones como prueba fehaciente de la existencia del mundo sobrenatural. En consecuencia, creemos que el lugar idóneo para guardarlas es la Universidad de Harvard. Como usted sabe, él es el presidente de la institución.

Llegaron al final de las escaleras y, mientras Shikaku y Hizashi aguardaban, el reverendo Akimichi procedió a encender las antorchas de la pared. Habló mientras recorría el lugar.

-Tanto mi padre como yo coincidimos en que hasta ahora los juicios por brujería han dependido, en gran medida, sólo de las pruebas espectrales. Las de Hikari son el tipo de pruebas verdaderas que nos gustaría ver en todos los casos -hizo una señal a Hizashi y a Shikaku para que lo siguieran hasta un gabinete grande, cerrado con llave-. Pero suscitan gran indignación. Dejaron a mi criterio que fueran traídas a este lugar después del juicio. Jamás he presenciado una prueba más contundente del poder del diablo.

-Reverendo -dijo Hizashi-. Sólo muéstreme de qué se trata.

-Paciencia, hijo mío -replicó el reverendo Akimichi mientras sacaba una llave de su chaleco-. Debes estar preparado.

-Estoy preparado -dijo Hizashi, al borde de la exasperación.

-Que Cristo Redentor esté con ustedes -el reverendo Akimichi deslizó la llave en la cerradura-. Ármense de valor.

El reverendo Chouji Akimichi abrió el gabinete. Entonces, con las dos manos, abrió de golpe las puertas y retrocedió.

Hizashi jadeó y los ojos se le salían de las órbitas. De manera involuntario, se llevó una mano a la boca por el horror. Trató de hablar, pero momentáneamente la voz le falló. Aclaró la garganta.

-¡Basta! -se las arregló para decir y desvió la mirada.

El reverendo Akimichi cerró con llave el gabinete.

-¿Es verdad que esto es obra de Hikari? -preguntó Hizashi.

-Sin duda alguna -respondió Shikaku-. No sólo el alguacil Asuma Sarutobi lo encontró en tu propiedad, sino que Hikari reconoció en forma completa y libre su responsabilidad.

-Está claro que esto es obra del demonio -dijo Hizashi-. Sin embargo, estoy convencido de que Hikari no es bruja. Necesito tiempo. ¿No hay manera de conseguir una suspensión temporal de la sentencia, aunque sea sólo por un mes?

-El gobernador Hashirama Senju puede conceder una suspensión -informó Shikaku-. Pero sólo lo hará si existe una razón convincente.

-Creo que podría justificar una suspensión ante el gobernador -opinó el reverendo Akimichi-. Pero sólo con una condición: debes contar con la cooperación plena de Hikari. Ella debe volver la espalda al Príncipe de las tinieblas. Debe abdicar de sus relaciones con el diablo y revelar la identidad de aquellas personas que hayan firmado pactos diabólicos similares. El hecho de que el tormento de las mujeres aquejadas continúe sin mitigarse constituye una prueba de que los servidores del demonio todavía andan sueltos en Salem.

Hizashi Hyuga se puso de pie de un salto.

-Conseguiré su consentimiento esta misma tarde -expresó emocionado.


De rodillas al lado de su esposa encarcelada, Hizashi estaba emocionalmente agotado, y desfallecía de hambre y sed. Pero no pensaba para nada en sus propias necesidades, sino sólo en el rayo de esperanza que Chouji Akimichi le había dado a Hikari. Con suavidad, movió el hombro de ella. Los ojos de la mujer se abrieron y de inmediato preguntó por los niños.

-Todavía no los veo -contestó Hizashi-. Pero tengo buenas noticias. Fui a ver a Shikaku Nara y al reverendo Chouji Akimichi. Creen que podrán conseguir suspender la ejecución.

-Gracias a Dios -repuso Hikari.

-Sin embargo, tienes que confesar -dijo Hizashi-. Además, debes informar los nombres de otros que sepas que tienen pacto con el diablo.

-¿Confesar qué? -preguntó Hikari.

-Que eres una bruja -repuso Hizashi con exasperación. El cansancio y la tensión ponían a prueba la última pizca de control que tenía sobre sus emociones.

-No puedo confesar -contestó Hikari.

-¿Y por qué no? -preguntó Hizashi con tono estridente.

-Porque no soy bruja -explicó Hikari.

En su estado de alteración y cansancio, la ira de Hizashi estalló. Acercó el rostro a centímetros del de ella.

-Confesarás -gruñó-. Te ordeno que confieses.

-Amado esposo -repuso la joven Hikari sin intimidarse ante Hizashi-, ¿te han dicho cuáles son las pruebas que tienen contra mí?

-Vi las pruebas, querida -aseguró Hizashi-. En la casa del reverendo Akimichi.

-Debo de ser culpable de alguna transgresión a la voluntad de Dios -contestó Hikari-. Podría confesar eso si conociera su naturaleza. Pero, sé perfectamente que no soy bruja y te aseguro que no he atormentado a ninguna de las jóvenes que testificaron en mi contra.

-Confiesa por el momento, sólo para conseguir la suspensión -suplicó Hizashi-. Quiero salvarte la vida.

-No puedo salvar la vida y perder mi alma -replicó con fuerza Hikari-. Además, no estoy dispuesta a acusar a una persona inocente para salvarme.

-Tienes que confesar -le gritó Hizashi-. Si no confiesas, te abandonaré.

-Haz lo que te dicte tu conciencia -respondió Hikari-. No voy a confesar que soy bruja.

-Por favor - suplicó Hizashi-. Por los niños -las lágrimas anegaban los ojos y surcaban el rostro cubierto por costras de polvo.

Con dificultad, Hikari alzó la mano esposada y la colocó en el hombro de Hizashi.

-Ten valor, mi querido esposo. El Señor siempre actúa de manera inescrutable.

Al perder todo vestigio de control, Hizashi se puso de pie de un salto y salió corriendo de la prisión.


Espero hayan disfrutado de la lectura de este Prólogo -que aún no termina- que con mucho gusto y dedicación he traído para ustedes. Cualquier duda que tengan, no duden en enviarme un MP o búsquenme en el foro "Grandes Juegos Mágicos" del cual soy Moderador, os invito a que se pasen por el mismo si son megafanáticos de Fairy Tail. Si quieren compartir con gente amena y divertida sobre nuestra serie favorita, jugar divertidos juegos, participar en nuestro juego de Rol y en los retos como este, sólo deben pasarse por allí y encantados los recibiremos…

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Nos vemos en el siguiente escrito…

De Pie, Reverencia, ¡Aye Sir!