Capítulo 3: Cenicienta

Emma tuvo una semana difícil. Entre dormir en su auto, comer comida comprada todo el tiempo, más los dos criminales que había estado persiguiendo, su humor se esfumaba rápidamente. Así que una vez que atrapó a los dos criminales y recibió su recompensa, decidió darse el gusto de ir a comer al restaurante "El Bosque Encantado". Ese pequeño restaurante se había convertido en uno de sus favoritos, así que continuaba yendo allí a comer en más de una ocasión, sin importar de que las personas que trabajaban y concurrían a el parecían más de una vez personajes de Cuentos de Hadas ante sus ojos. Emma era buena ignorando esos detalles. Cuando alguien aparecía como un personaje de Cuento de Hadas, solamente tenía que sacudir su cabeza y frotar sus ojos, y ellos volvían a la normalidad.

Estaba agarrando su chocolate caliente, cuando un nene pasó corriendo y la empujó sin querer, haciendo que toda la bebida cayera en su suéter.

- Mierda. – Dijo Emma mirando su suéter, que estaba todo mojado y manchado.

- Hay una lavandería aquí al lado. – Informó Ruby, una de las camareras.

- Gracias. – Agradeció Emma el dato.

Cuando estaba por salir del restaurante, Killian entró y ambos se quedaron mirándose unos largos segundos. Hace varios días que no lo veía, y volver a verlo hizo que su corazón diera unos pequeños saltos de exaltación que no comprendía. Ambos intentaron moverse a un lado para dejar pasar al otro, pero eligieron el mismo generando que ambos queden demasiado cerca.

- No te preocupes, no te estoy siguiendo. – Dijo él defensivamente. – Solo vengo a comer, este es mi restaurante favorito. – Justificó.

- No tenes que darme explicaciones. – Negó ella, aunque para su interior agradeció que el encuentro haya sido una casualidad.

- Tu suéter esta manchado. – Comentó él observándola.

- Lo sé, por eso estaba yendo a lavarlo. – Dijo ella algo frustrada.

- Ten, usa esto mientras tanto. – Ofreció él, sacando una camisa celeste de la bolsa que llevaba con ropa limpia.

- Así que ahora vas a ser un caballero. – Dijo ella levantando sus cejas.

- Siempre soy un caballero. – Aseguró él guiñándole un ojo.

- Como sea. – Dijo ella revoleando la mirada. – Yo no puedo aceptar esto así que… - Comenzó a rechazar su ayuda.

- Acéptala, por favor. – Pidió él insistentemente.

- Bien, como quieras. – Dijo ella finalmente agarrando la camisa. – Supongo que gracias. – Agradeció.

- De nada. – Dijo ella.

Agarró la camisa y salió del restaurante lo más rápido que pudo, para no tener tiempo de arrepentirse. Entró a la lavandería, se sacó el suéter y la remera sucia, las metió en un lavarropas, e inició un lavado rápido y económico. Se vistió con la camisa de él, y se sentó en un banco a esperar. Por un momento se dedicó a aspirar el perfume de él que había en la ropa y sonrió, su perfume era una mezcla a agua salada de mar y cuero.

- ¿Te sentís bien? – Preguntó Emma a una mujer embarazada que lucía con bastante mal aspecto.

- Si, estoy bien. – Respondió la mujer. – Solo que tengo un par de contracciones. El doctor me dijo que era normal que esto suceda estos días, ya que mi bebé está por nacer. – Explicó mientras acariciaba su panza.

Emma miró a la mujer y por un momento la vio como si fuera Cenicienta. La vio con un vestido largo color celeste, y el cabello recogido en un complicado peinado con una corona. Sacudió su cabeza, y volvió a verla como la empleada que era. Un cartel en su delantal indicaba que su nombre era Ashley.

- No sé si estoy hecha para esto, si puedo tener un hijo. Todos creen que no puedo hacerlo, y quizás tengan razón. – Dijo Ashley tristemente, rompiendo el silencio.

- Que se pudran. – Dijo Emma seriamente.

- ¿Qué? – Preguntó Ahley confundida.

- Que se pudran. – Repitió Emma cruzándose de brazos. – Sé lo que es que las personas te digan lo que puedes, y no puedes hacer. No dejes que nadie te diga eso, la decisión es tuya. – Dijo empáticamente.

- No creo que sea lo que pensas… - Comenzó a decir Ashley.

- Las personas van a decirte quien eres toda tu vida, solo tienes que pelear y decir "no, esto es lo que soy". Si quieres que las personas te vean distinto, haz que lo hagan. Si quieres cambiar las cosas, deberás hacerlo y cambiarlas por ti misma, porque no hay Hadas Madrinas en este mundo. – Aconsejó Emma.

- Gracias. – Agradeció Ashley.

- Los niños solo necesitan amor. Te lo digo por experiencia, a mi me habría gustado que mis padres se quedaran conmigo. – Confesó Emma.

El momento fue interrumpido cuando la jefa de Ahsley la llamó para que hiciera un par de cosas. Emma esperó que su lavarropas termine, y luego se fue a su auto. Cuando llegó guardó las cosas en el baúl. De repente, vio que en la vereda de enfrente había tres hombres de negro, mirándola a ella de manera rara. Los hombres le hicieron acordar a la situación que había vivido días atrás con Walsh en su departamento. No pudo subirse al auto, ya que ellos se apuraron en rodearla. Emma apartó a uno de ellos de su lado, pegándole una fuerte piña en la cara, y salió corriendo. Los hombres empezaron a perseguirla, pero por suerte pudo escapar.

Era tarde. Estaba cansada, estaba asustada, y tenía frío. Lo único que tenía de abrigo era la camisa de Killian. El hombre estaría loco con su teoría sobre los personajes de Cuentos de Hadas, y su creencia de que era Capitán Garfio, pero Emma estaba segura de que si habría estado con ella habría hecho todo lo posible por ayudarla y protegerla contra esos hombres. No sabía a donde ir. No quería volver a su auto porque tenía miedo de volver a encontrarse con los hombres de negro. No quería ir al barco de Killian, porque tenía miedo de lo que ello podría llegar a significar. De repente recordó algo que le dio una gran idea, sacó una tarjeta del bolsillo de su jean y fue a la dirección que decía.

- Emma. – Dijo Mary Margaret sorprendida al abrir la puerta y encontrarse con la otra.

- ¿La habitación que tienes de más sigue disponible? – Preguntó Emma.

- Claro. – Respondió Mary Margaret. – Pasa. – Indicó amablemente dejándola pasar al pequeño departamento.

El departamento era acogedor y estaba decorado con estilo bohemio-romántico. Tomaron un chocolate caliente, y luego Mary Margaret le mostró su habitación. La habitación era pequeña, estaba pintada de color beige, y solamente tenía una cama y un ropero. Pero para Emma era simplemente perfecto. Se acostó a dormir y se fundió en un sueño profundo, sintiéndose más segura de lo que jamás se había sentido en su vida.

Al otro día se despertó con un llamado de Ashley. La joven estaba por tener a su bebé y no tenía quien la ayude, ni la acompañe. Emma la pasó a buscar con su auto y la llevó a la clínica. Una vez que Ashley dio a luz, la dejaron pasar a la habitación a conocer a la beba.

- Es hermosa – Dijo Emma mirando a la beba con adoración. - ¿Cómo la llamarás? – Preguntó.

- Alexandra. – Respondió Ashley. – Gracias por haber venido a acompañarme, sos la primera amiga que tengo. – Agradeció tímidamente.

- De nada. – Dijo Emma.

- Emma, cuando agarré a Alexandra en brazos recordé todo. – Dijo Ashley. – Necesito que me ayudes a encontrar a mi esposo, al padre de mi hija. – Pidió con cierta desesperación.

Emma aceptó ayudarla, y usó sus habilidades de agente de fianza para encontrar a Sean, el supuesto esposo de Ashley y padre de Alexandra. Después de una semana logró encontrarlo. Sean decía no estar casado, ni tener hijos. Pero Emma insistió tanto, que terminó accediendo a conocer a Ashley. Emma estuvo durante el encuentro, el cual resultó algo incómodo. Para no sentirse de más en la situación se encargó de tener a la beba Alexandra en sus brazos, para que Ashley y Sean puedan hablar tranquilos.

- Sé que no me recuerdas, ni recuerdas quien soy, pero te juro que lo que estoy diciendo es verdad. – Aseguró Ashley a Sean después de haberle contado todo sobre sus vidas juntos.

- ¿Puedo sostenerla? – Preguntó Sean señalando a la beba.

- Claro. – Asistió Ashley señalando a Emma que estaba bien que Sean agarre a su hija.

Emma entregó a la beba a Sean. Él la agarró con delicadeza y la observó con fascinación. La meció suavemente en sus brazos, y de repente sus expresiones se transformaron en algo que lucía como reconocimiento. Sean miró a Ashley y sonrió, se acercó a ella y le dio un pequeño beso en los labios.

- Ella. – Dijo Sean después de besarla.

- Thomas. – Dijo Ella (Ashley). - ¿Recuerdas todo? – Preguntó ilusionada.

- Todo. – Respondió Thomas (Sean). - ¿Qué es eso? – Preguntó señalando una luz blanca intensa que había aparecido.

- Nuestro final feliz. – Respondió Ella agarrándolo de la mano. – Gracias Emma. – Agradeció a su amiga.

- ¿Por qué? – Preguntó Emma confundida.

- Por devolvernos nuestro final feliz. – Contestó Ella con una sonrisa. – Emma, sé que todavía probablemente no crees nada de lo que estás viendo, pero te aseguro que todo es real. Tienes que creer, todos te necesitan, tú eres la única que puede devolvernos a donde pertenecemos. – Explicó con calma.

Cuando Sean y Ahley se besaron, o mejor dicho Thomas y Ella se besaron, Emma los pudo ver como un Príncipe y una Princesa. Emma vio como Ella guiaba a su esposo y a su hija hacia una supuesta luz blanca y brillante que solo ellos podían ver. De repente, los tres desaparecieron, como por arte de magia. Emma miró un largo instante el espacio que había quedado vacío, sin rastro de ninguna de las personas con las que había estado hasta recién. ¿Qué diablos acaba de suceder?

Fue al departamento de Mary Margaret, se duchó, se preparó un chocolate caliente, y se acomodó en el sillón para intentar calmarse y relajarse. Necesitaba acomodar su cabeza, antes de volverse loca. Pensando en todo lo que había pasado esos últimos días se maldijo así mima por haber decidido ir por Walsh. Si ella nunca habría decidido atrapar a ese criminal, todos los raros sucesos que le estaban pasando no estarían ocurriendo.

- ¿Estás bien? – Preguntó Mary Margaret cuando entró al departamento y vio a su compañera en estado de preocupación.

- Si. – Asistió Emma. – Es solo que tuve uno de esos días donde todo resulta loco. – Agregó al notar la mirada insistente de la otra, que pedía saber más.

- Entiendo. – Dijo Mary Margaret dirigiéndose a la cocina para dejar las provisiones que habían comprado.

- ¿Puedo hacerte una pregunta por más extraña que resulte? – Pidió saber Emma.

- Claro. – Contestó Mary Margaret, asistiendo con su cabeza.

- ¿Crees en la magia? – Preguntó Emma.

- Si, creo. – Respondió Mary Margaret con sinceridad, después de tomarse un momento para pensarlo.

- ¿Y en los finales felices? ¿Y los Cuentos de Hadas? – Cuestionó Emma.

- Woow, ahora si esto me resulta extraño. – Comentó Mary Margaret con una pequeña sonrisa. – Los Cuentos de Hadas no son simplemente cuentos, sino que son un medio al cual aferrarnos para tener esperanza en que cada uno puede encontrar su final feliz. El problema es que muchas veces los finales felices no son lo que creemos, por eso cuesta tanto encontrarlos. – Expresó lo que sentía y pensaba.

- Veo que lo tenes bastante trabajado el asunto. – Comentó Emma observándola con una mezcla de asombro, admiración, y curiosidad.

- Soy una maestra de primaria. – Justificó Mary Margaret. - ¿Esperabas algo distinto de mí? – Preguntó.

- No, no esperaba nada distinto. – Respondió Emma.

Quizás tenía que empezar a repensar su idea de locura. Killian y Mary Margaret no eran personas que le den la sensación de que estuvieran locas. Pero que las personas creyeran algo con todo su ser, no significa que eso fuera real. Para algunas personas era fácil y sencillo creer, ya que sus personalidades eran alegres y burbujeantes. Pero Emma no era así. Ella había aprendido desde niña que los finales felices no existían, lo aprendió cuando cada familia por la que había pasado la devolvía al sistema de adopciones. Le resultaba admirable que algunas personas puedan creer en la magia y los finales felices, pero ella no podía hacerlo. No cuando la vida fue cruel con ella, y le demostró que todo lo que quería lo tenía que obtener por ella misma. Aunque en momentos como ese, donde conversaba con alguien que si creía, deseaba ella poder ser también una de esas personas.