Capitulo 4: Hansel y Gretel
Emma entró al departamento con sus tres cajas llenas de sus pertenencias personales. Finalmente había decidido que era hora de mudarse definitivamente con Mary Margaret. Ese era el primer lugar que sentía como un hogar, y a pesar de que eso la aterraba sabía que era su mejor opción.
- Veo que al fin decidiste mudar tus cosas. – Comentó Mary Margaret al verla entrar con las cajas.
- Si, creo que ya era hora de que lo haga. – Asistió Emma con una sonrisa.
- ¿Necesitas ayuda? – Ofreció Mary Margaret amablemente.
- No, no es necesario, solo tengo estas cajas. – Respondió Emma.
- ¿Solo esas cajas? – Preguntó Mary Margaret sorprendida.
- Si, no soy una persona muy sentimental. – Contestó Emma haciendo hombros. – Aparte nunca tuve mucho, así que… - Dijo con sinceridad.
Fue a su cuarto y acomodó sus cosas. Guardó la ropa en el ropero, sus libros y papeles del trabajo en el escritorio, su arma y sus maquillajes en la mesa de luz, y su legajo del sistema de adopciones y recuerdos los dejó en una de las cajas debajo de su cama. Una vez que se sintió a gusto con todo, se fue al supermercado a comprar un par de provisiones para ayudar a Mary Margaret con los gastos. Mientras recorría las góndolas, y elegía un par de cosas, escuchó como un guardia de seguridad maltrataba a dos niños acusándolos de ladrones. Sintiendo empatía hacia los niños, decidió intervenir. Ella había estado en esa situación cuando era chica, y sabía que no era para nada agradable.
- Ellos no están robando, están conmigo. – Aseguró Emma interrumpiendo la situación. – Chicos, ¿Por qué no ponen las cosas en el canasto? – Les dijo a los niños.
- Claro. – Respondió la nena colocando los paquetes de galletitas que tenía en el canasto.
- ¿No eres muy joven para que sean tus hijos? – Preguntó el guardia sospechando de la intervención de Emma.
- Ellos no son mis hijos, son mis sobrinos. – Contestó Emma buscando una excusa creíble. – Ahora, si nos disculpa se nos hace tarde. – Dijo agarrando la mano del nene para guiarlo hacia una caja.
Después de realizar la compra, salió con los niños y les dio las galletitas que habían intentado robar. Los niños se presentaron como Ava y Nickolas. Le pidieron perdón por lo que habían intentado hacer, y le agradecieron por su ayuda. Emma se ofreció a llevarlos a su casa, y ellos aceptaron. Los llevó a la dirección que le dijeron, y los dejó en la puerta, luego empezó a caminar pensando en que caso iba a ponerse a trabajar ese día. De repente vio a los niños entrar a un callejón. ¿Qué hacían allí? ¿Por qué no se habían quedado en la casa donde los dejó?
- ¿Qué hacen aquí? – Preguntó Emma siguiéndolos.
- Nosotros… - Comenzó a decir Ava.
- No tienen un hogar, ni familia, y esa no era su casa. – Dijo Emma adivinando lo que sucedía. - ¿Cierto? – Preguntó.
- Tenemos un papá, pero no podemos encontrarlo. – Respondió Nickolas.
- Bueno, hoy están en su día de suerte ya que mi especialidad es encontrar personas. – Comentó Emma con sinceridad. - ¿Me dejan ayudarlos? – Ofreció.
- De acuerdo. – Asistió Nickolas.
- Pero nada de sistema de adopciones. – Advirtió Ava.
- Lo prometo. – Aseguró Emma.
En ese momento vio a los niños por un instante, y ante sus ojos ellos se transformaron en Hansel y Gretel. Si seguía así, tendría que empezar a redefinir su concepción de la locura, porque para el caso ella se estaba volviendo completamente loca. Llevó a los niños a su departamento y les preparó una merienda.
- ¿Qué vas a hacer con ellos? ¿No tendríamos que llamar a servicios sociales? – Cuestionó Mary Margaret preocupada.
- No, si llam a servicios sociales los van a meter otra vez en el sistema de adopciones, y créeme que eso es lo peor que les puede pasar. – Negó Emma con convicción. – Yo voy a ayudarlos a encontrar a su papá. – Dijo decidida.
- ¿Y si no lo encontras? ¿Y si está muerto o no los quiere? – Preguntó Mary Margaret insistentemente, pensando distintas opciones de lo que podía pasar.
- No lo sé, por ahora prefiero concentrarme en encontrarlo. – Contestó Emma con sinceridad.
Intentó a hacer que las palabras de Mary Margaret no la desanimen, pero le dolieron un poco. Ella sabía que tenía que pensar también en la posibilidad de que la idea de ayudarlos no funcionara, pero no quería hacerlo. Ella sabía lo doloroso y difícil que era estar en el sistema de adopciones, y era algo que no le deseaba a nadie. Así que iba a ayudar a esos niños, iba a encontrar a su padre.
- Quiero mostrarles algo. – Dijo Emma a los niños.
- ¿Qué es? – Preguntó Nickolas con curiosidad.
- Es mi manta de bebé, es lo único a lo que me aferré durante toda mi vida porque es lo único que tengo de mis padres. – Respondió Emma agarrando la manta como si fuera un maravilloso tesoro. – He pasado toda mi vida rodeada de chicos en su situación, y siempre todos nosotros nos aferramos a alguna cosa. – Dijo emotivamente. - Yo quiero encontrar a su papá, pero necesito su ayuda. ¿Hay algo que tengan de él que me pueda servir para encontrarlo? – Pidió saber.
- Tenemos algo, pero si te lo damos te asegurarás de que no nos separen. ¿De acuerdo? – Dijo Ava con cierto temor y Emma asistió. – Mamá siempre tenía esto con ella, y decía que era de papá. – Comentó entregándole un colgante con una brújula a Emma.
- ¿Los encontrasté? – Preguntó Nickolas.
- ¿A quién? – Preguntó Emma confundida.
- A tus papás. – Dijo Nickolas.
- Todavía no, pero ahora voy a encontrar al de ustedes. – Dijo Emma con seguridad.
Emma encontró al papá de los niños al otro día. Trabajaba como mecánico en un taller de autos. Lo que fue extraño, fue que lo encontró gracias a Ruby, la camarera que a veces veía como Caperucita Roja. Ella reconoció el colgante y le dijo a quien pertenecía. Emma agradeció su ayuda y fue a enfrentar al hombre, rogando que todo salga a favor de Ava y Nickolas.
- No es posible. – Negó Michael devolviéndole las fotos de los niños y las pruebas de adn.
- Si, lo es. – Asistió Emma.
- Lo de Dory fue algo de una sola vez. – Insistió él sacudiendo su cabeza.
- A veces es todo lo que se necesita. – Discutió ella.
- Yo no tengo hijos mellizos. – Dijo él.
- Si, los tienes. – Discutió ella. – Tienes hijos que han estado solos, viviendo en la calle desde que su mamá murió, porque no quieren que los separen. Si no te haces cargo de ellos, van a terminar en el sistema de adopciones. – Dijo tristemente.
- ¿Cómo estás tan segura que son míos? – Preguntó él defensivamente.
- Por esto. – Dijo ella mostrándole el colgante.
- Mi brújula. – Dijo él agarrando el colgante.
- La mamá de los niños la tenía, y les dijo que pertenecía a su padre. – Explicó Emma.
- Es mucho. Yo no puedo hacerme cargo de ellos, no cuando a penas puedo hacerme cargo de este taller. – Dijo él pensativamente.
- Esos niños no pidieron ser traídos a este mundo, su madre y tú lo hicieron. Ellos te necesitan, y si no te haces de cargo de ellos algún día vas a tener que responder por tus decisiones, porque tarde o temprano te van a encontrar. – Expresó ella lo que pensaba y sentía.
- Lo siento, pero no sé nada sobre ser un papá, ellos están mejor sin mí. – Negó él devolviéndole el colgante.
Explicar a los niños lo de su padre fue más difícil de lo que jamás había imaginado, pero les dijo la verdad. A ella le habría gustado recibir explicaciones sobre el abandono de sus padres, así que sabía que las personas en esa situación merecían la verdad por más doloroso que fuera.
- ¿Encontraste a su padre? – Preguntó Mary Margaret.
- Si. – Asistió Emma.
- Eso supuse cuando vi que estaban juntado sus cosas, que bueno que lo hayas encontrado. – Dijo Mary Margaret con una sonrisa.
- El padre no quiere a los niños, tendré que llevarlos a servicios sociales. – Informó Emma desilusionada y dolida con todo eso.
- Ohh, lo siento. Sé que es triste y doloroso para ti, porque querías que ellos tengan la familia que tú no tuviste. – Se disculpó Mary Margaret.
- Jamás tendría que haberles dado falsa esperanza. – Se maldijo Emma a sí misma.
- Jamás hay que perder la esperanza. Lo que hiciste con ellos fue un gran gesto, aún cuando no haya resultado como querías. – Aseguró Mary Margaret. – Y tú quizás puedas encontrar a tus padres algún día, y recibir las respuestas que quieres. – Agregó con confianza.
- No, si ellos quisieran conocerme, no harían que sea tan difícil que los encuentre. – Negó Emma tristemente, sintiéndose derrotada.
Una vez que los niños estuvieron listos se subieron al auto, y los llevó hacia la oficina principal de servicios sociales infantiles. Le partía el alma tener que entregarlos, pero sabía que era lo correcto porque la calle no era un lugar para que ellos vivan. Sin embargo, cuando bajaron del auto una voz los detuvo. Michael estaba allí. Al parecer se había arrepentido. Lo niños corrieron hacia él y lo abrazaron, y cuando eso sucedió, ante los ojos de Emma todos se transformaron en personajes de Cuentos de Hadas.
- Lamento no haber venido antes. – Se disculpó Michael a sus hijos. – Ahora que los veo mi memoria volvió. – Dijo emocionado.
- Ya era hora papá. – Dijo Gretel sin soltarlo.
- Nosotros siempre recordamos por el colgante. – Explicó Hansel. – Te extrañamos. - Agregó emocionado.
- Yo también los extrañé. – Dijo Michael dando un beso en la cabeza a cada uno. – Gracias por haber hecho que nos encontremos. – Agradeció a Emma.
- Yo, no… - Negó Emma sin saber bien que decir y reaccionar a como los estaba viendo.
- Papá allí está la luz para volver a nuestro mundo, tenemos que irnos. – Dijo Gretel agarrando a su papá de la mano.
Los tres caminaron de la mano hacia una luz blanca que solo ellos podían ver, y desaparecieron por arte de magia. Emma no sabía que pensar, ni sentir con todo lo que acababa de ocurrir. Estaba feliz de haberlos reunido, pero a la vez todavía creía que había algo loco en todo eso de verlos como personajes de cuento y que desaparezcan de un momento para otro. Pero era lo mismo que había pasado con Ashley, así que ya no podía seguir negándolo. Algo extraño estaba ocurriendo, y de alguna forma ella se estaba encargando de solucionarlo. Caminó hacia el muelle y se sentó a ver el mar para poder acomodar sus pensamientos.
- ¿Estás bien? – Preguntó una voz conocida.
- ¿Me estás siguiendo? – Preguntó ella volteándose para comprobar que esa voz pertenecía a Killian, o mejor dicho Capitán Garfio.
- En este caso tú eres la que me está siguiendo, yo siempre estoy por aquí. – Dijo señalando su barco.
- Ohh, lo siento. – Dijo Emma algo avergonzada.
- ¿Mal día? – Preguntó él uniéndose al banco con ella.
- No, de hecho fue bueno, reuní a una familia. – Respondió ella.
- A Hansel y Gretel con su padre, y a Cenicienta con su príncipe. – Dijo él.
- ¿Cómo sabes? – Preguntó ella sorprendida.
- Porque cuando lo hiciste, sus historias se volvieron a color. – Explicó él mostrándole el libro.
- Esto es una locura. – Comentó observando las imágenes del libro de dichas historias, ahora eran a color y las imágenes tenían movimiento.
- Pero es real. – Aseguró él con convicción.
- Supongo que lo es. – Aceptó ella mordiéndose el labio de los nervios. – Si es real, significa que tengo padres, que ellos me enviaron a este mundo para salvar a todos. – Dijo tristemente.
- Sé que te sentiste abandonada toda tu vida, y yo también he pasado por eso. Pero tenes una familia, y fueron separados a la fuerza. Todos ustedes merecen ser reunidos y tener su final feliz. – Expresó él con calma.
Lo miró a los ojos y sintió algo extraño en todo su cuerpo, sintió que la mirada de él estaba repleta del mismo dolor que el de ella. Sintió que él era capaz de entenderla, y que probablemente podía leerla a la perfección. Y eso la aterraba.
- Quédate con el libro, lo vas a necesitar. – Dijo él.
- Gracias. – Agradeció ella.
- Y si necesitas ayuda, ya sabes donde encontrarme. – Agregó él.
Killian se levantó del banco y se fue a su barco. Emma lo miró, hasta que desapareció de su campo visual. Agarró nuevamente el libro en sus manos y observó las imágenes. Todo eso era real. Los personajes de Cuentos de Hadas estaban atrapados en su mundo, y ella tenía que ayudarlos a volver al de ellos. Pero, ¿Cómo lo haría? Ella no tenía la menor idea de eso. ¿Se suponía que esa luz que veían y luego los hacía desaparecer, era un portal que los llevaba devuelta a sus cuentos? ¿Por qué ella no podía ver esa luz, pero si podía verlos desaparecer?
