Capítulo 8: El Príncipe Encantador

Lo primero que dio cuenta Emma al despertar, fue que había mucha luz en la habitación y que todo su cuerpo dolía. Una vez que se acostumbró a la luz, miró sus alrededores, y notó que estaba en la habitación de un Hospital. Seguramente Killian la habría llevado allí. Pero él no estaba allí con ella, sino Mary Margaret. Su madre estaba dormida en una silla al lado de su cama, con la cabeza reposada contra la cama de ella. Le acarició el cabello y se permitió poder verla como Blancanieves por unos instantes. Su madre era hermosa.

- Emma, estás despierta. – Dijo Mary Margaret al despertar. Se refregó los ojos, como en señal de querer asegurarse que lo que estaba viendo era correcto.

- Lo estoy. – Asistió Emma.

- ¿Estás bien? ¿Cómo te sentís? ¿Te duele algo? – Cuestionó Mary Margaret velozmente, atropellándose ella misma con sus palabras, de la preocupación que sentía y había sentido.

- Wow, más lento, relájate, sino no vamos a poder avanzar en la conversación. – Comentó Emma con un poco de humor, queriendo romper la tensión del momento. – Estoy bien, solo un poco cansada. – Aseguró para tranquilizar a la otra.

- Lamento haber tenido que recurrir a Killian cuando sé que lo estabas evitando, pero cuando anoche no regresaste con Graham me preocupé mucho. – Se disculpó Mary Margaret, justificando sus acciones.

- ¿Killian fue a buscarme porque tú se lo pediste? – Preguntó Emma llena de curiosidad.

- Si, él también sabía que te habías ido, y cuando le comenté mis preocupaciones porque no habías regresado, me prometió que iba a solucionarlo. – Explicó Mary Margaret.

- Y lo hizo. – Agregó Emma algo conmocionada.

- Si, y siempre voy a estar agradecida con él por eso. – Dijo Mary Margaret acariciándole suavemente la mejilla. – Eres una gran amiga y te quiero. – Confesó.

- Yo también te quiero. – Dijo Emma con sinceridad, un salto de emoción en su corazón ante el hecho de que esas palabras venían de su madre e iban para ella. - ¿Dónde está Killian? – Preguntó cambiando el tema, porque todo eso la estaba superando y no quería rendirse ante sus emociones.

- Fue por café. Él nunca se fue de tu lado Emma, yo creo que en verdad siente cosas fuertes por ti. – Informó Mary Margeret.

A Emma no le gustaba hablar de sus sentimientos, así que se sintió aliviada cuando el momento fue interrumpido por el mismo Killian. Él venía con dos cafés y la Doctora. Mientras la doctora la examinaba y le hacía preguntas de rutina, ella intercambió unas cuantas miradas con Killian. Miradas llenas de sentimientos: agradecimiento, alivio, admiración, adoración, ¿amor? Su madre había dicho que él sentía fuertes cosas por ella, y estaba casi segura de que tenía razón. O por lo menos cuando veía la forma en que él la miraba, le gustaba creer que era así. Y ella también sentía fuertes cosas por él, aún cuando no estaba lista para sentirlas, admitirlas, ni asimilarlas. Pero lo hacía, lo sentía. Y eso la aterraba.

La doctora Grey indicó que por ahora se quedaría por el día en el Hospital, ya que le gustaría que fuera observada para asegurarse de que estuviera bien. Mary Margaret se fue a dar clases, y Killian se quedó con ella. Le habría encantado hablar de tantas cosas con él, todavía tenían tanto que aclarar y explicar, pero estaba tan agotada que se quedó dormida. Cuando volvió a despertar Killian seguía allí. Estaba en una silla, leyendo un libro. Pero cuando notó que ella había despertado, el libro quedo olvidado, y comenzaron a hablar.

- Lamento lo de Graham amor. – Se disculpó él honestamente, una vez que ella le había contado la historia de todo lo que había sucedido.

- Yo también, yo no quería perderlo. Siento que le fallé a él, y a Ruby. – Admitió ella tristemente.

- No es tu culpa, la culpa es de este grupo de personas bajo órdenes de Pan. – Aseguró él seriamente. – Nunca había escuchado algo así, de una agrupación en la que trabajen en conjunto personas de ambos mundos. – Dijo pensativamente.

- Yo menos, imagínate que hasta hace poco ni siquiera sabía que había más mundos que éste. – Dijo sintiéndose frustrada ante el hecho de que las cosas fueran más de lo que podía manejar.

- Pan es muy peligroso, así que las personas bajo su comando sea del mundo que sean también lo van a ser. Vamos a tener que tener cuidado. – Expresó él sus preocupaciones y conclusiones.

- Quien va a tener que tener cuidado eres tú. A mi no pueden hacerme nada, en cambio a ti pueden hacerte desaparecer como a Graham y Walsh. – Dijo ella, su voz empapada de emoción y temor ante la idea de que él pueda dejar de existir.

Como si habría una magia de atracción que los uniera, se fundieron en los brazos del otro y unieron sus labios en un pequeño beso. Cuando se separaron para poder respirar, Emma sintió que quizás lo mejor iba a ser que hablaran de lo que sucedía entre ellos y aclararan sus sentimientos, aún cuando todavía no estaba lista para hacerlo. Pero la idea fue rápidamente borrada de su mente cuando dos enfermeros entraron al a habitación a traer otro paciente. El paciente iba en una camilla y estaba inconsciente. Lo acostaron en la cama de al lado de ella, y luego se fueron. Emma miró al paciente con curiosidad. Era un hombre rubio y de tez clara. Mirándolo detalladamente pudo verlo como El Príncipe Encantador. Si en verdad creía en Los Cuentos de Hadas, aquel hombre era su padre.

- Ese es mi… - Comenzó a decir ella con la voz temblorosa.

- Padre. – Terminó él por ella.

- ¿Por qué? ¿Cómo? – Preguntó ella boquiabierta, todavía sorprendida con la situación.

- Mmm quizás sea el destino. – Sugirió él. – Hay cosas que no tienen explicación, por mucho que se las busquemos. Y que tú pareces siempre casualmente encontrar a cada persona de mi mundo, o personajes de cuento como te gusta llamarnos, es una de ellas. – Dijo con convicción.

Cuando la enfermera le trajo el almuerzo, Emma preguntó por su compañero de habitación y lo que recibió de información fue que se llamaba John y estaba en coma. La tarde pasó más rápido de lo que pensaba que iba a pasar, las historias de Killian sobre su vida de Pirata la ayudaban a entretenerse e imaginar como sería aquel mundo mágico. El sol estaba terminando de esconderse por el horizonte, cuando Mary Margaret volvió a entrar en la habitación. Killian había ido a comprar algo para comer, así que eso significaba que esa era la primera vez que estaba con sus dos padres a solas.

- Hola Emma. – Saludó Mary Margaret con una sonrisa.

- Hola Mary. – Devolvió Emma el saludo. - ¿Cómo estas? ¿Cómo te fue en el trabajo? – Preguntó.

Pero Mary Margaret no respondió, ni dijo nada. Simplemente se quedó congelada en su lugar, mirando a aquel hombre extraño en estado de shock. Sólo que aquel hombre no era un extraño, era su esposo. De repente algo en la expresión de Mary Margaret cambió, apareció cierto reconocimiento en sus ojos y fuerza en su postura. A partir de ese momento, Emma nada más pudo verla como Blancanieves.

- Encantador. – Susurrró Blancanieves, una lágrima de emoción cayendo de uno de sus ojos.

Blancanieves se acercó a la cama donde estaba acostado su esposo, y le dio un beso en los labios. Al instante que sus labios se unieron una luz dorada salió de ellos y los rodeó, producto de aquel mágico beso, del beso del verdadero amor que compartían.

- Blanca. – Dijo Encantador reconociéndola al abrir los ojos.

- Encantador. – Dijo Blancanieves con una sonrisa.

- Me encontraste. – Comentó Encantador mirándola maravillado.

- ¿Alguna vez dudaste que lo haría? – Preguntó Blancanieves.

- Nunca. – Respondió Encantador con sinceridad.

Volvieron a besarse, pero esa vez lo hicieron más prolongadamente y con pasión. Emma se sintió incómoda ante eso, sintió que estaba de más allí. Ellos serían sus padres, y estaría presenciando su amor, pero eso no significaba que se sintiera a gusto con eso. Es decir, debía admitir que ser testigo de semejante amor era algo admirable y hermoso, e incluso daban ganas de desearlo para uno. Pero a la vez se sentía una intrusa, como si ese momento debería pertenecer a ellos nada más. Encima le hizo acordar todo eso que le había hecho tanta falta en su vida, todo el amor que no había tenido.

- ¿Qué pasó? ¿Dónde estamos? ¿Qué hago aquí y cómo me encontraste? – Cuestionó Encantador, una vez que se separaron y recuperaron el aire.

- Emma. – Dijo Blancanieves volviéndose hacia la otra cama de la habitación del Hospital. – Hija, nos encontraste. – Afirmó mirándola con todo el amor del mundo.

Blancanieves fue hacia ella y la hundió en un intenso abrazo. A Emma le costó corresponder el abrazo, porque nunca había tenido eso. Nunca nadie la había mirado, ni abrazado en la manera en que Blancanieves lo estaba haciendo. Blancanieves hacía todo eso como lo hacía una madre naturalmente, y Emma nunca había tenido una madre.

- No puedo creer que todo este tiempo hayamos vivido juntas y no me haya dado cuenta de quien eras. – Dijo Blancanieves, saliendo del abrazo para poder mirar a su hija con adoración y acariciarle sus mejillas.

Ese pequeño comentario hizo que el corazón de Emma doliera. ¿Por qué su madre no había podido recuperar su memoria al conocerla a ella? ¿Por qué su madre si había recuperado su memoria cuando lo vio a su padre? Se sintió inútil e insignificante. Sus padres no habían recuperado sus memorias gracias a ella, y eso solo podía significar que seguía sin ser suficiente.

- Eres hermosa. – La halago Encantador, levantándose de su cama y yendo hacia la cama de la otra para verla mejor.

- No sabes todo lo que estuvimos esperando poder encontrarte y conocerte. – Comentó Blancanieves emocionada.

- No hubo día que no pasará en el que no pensáramos en ti. – Agregó Encantador, igual de emocionado que su mujer.

De un momento para otro la conversación empezó a fluir, y Emma se encontró atrapada en las palabras de sus padres. Primero le contaron sobre cómo se conocieron y cómo se enamoraron, luego sobre cómo la tuvieron y cómo la decidieron enviarla al mundo sin magia para que pueda salvar a todos. Le contaron que Rumpelstiltskin había hecho la maldición antes de que ella naciera, pero como Emma era producto del verdadero amor la maldición no funcionaba en ella y por eso podía salvar a todos si la enviaban al mundo sin magia. Después empezaron a entablar una conversación detallada sobre la maldición, sobre cómo suponían que funcionaba con lo poco que sabían y sobre cómo Emma era la salvadora. Emma se mantuvo callada sin decir ni una palabra, todo ello la abrumaba. Llegó un momento en que todo fue demasiado, y sintió la necesidad de correr. Sin cuestionarse sus motivos y siguiendo sus instintos de supervivencia, se quitó el suero del brazo y se levantó de la cama.

- ¿Qué haces? – Preguntó Blancanieves sorprendida ante la reacción de la otra.

- Me voy. – Respondió Emma poniéndose sus botas.

- No puedes irte, todavía no te dieron el alta. – Discutió Blancanieves.

- No me importa, yo no puedo estar más aquí, no con ustedes. – Dijo Emma dirigiéndose a la puerta.

- Emma sabemos que todo esto debe ser abrumador, pero por favor quédate. – Pidió Encantador.

- Acabamos de encontrarnos, este tendría que ser un momento feliz. – Justificó Blancanieves.

- Y lo es, pero he pasado toda mi vida sola, creyendo que me habían abandonado. – Expresó Emma tristemente.

- Pero no te abandonamos por voluntad propia, lo hicimos para salvarte y salvar a todos. – Explicó Blancanieves defensivamente, sintiéndose dolida hacia la especie de reproche de su hija.

- Lo hicieron porque eso es lo que son, héroes, príncipes y princesas. Y eso es grandioso y maravilloso, pero no cambia el hecho de que toda mi vida estuve sola. – Retrucó Emma.

- Pero si no te habríamos enviado aquí, estaríamos todos malditos y atrapados en este mundo por siempre. – Argumentó Blancanieves.

- Pero quizás habríamos estado juntos. – Dijo Emma, su voz repleta de emociones. - ¿Qué maldición es peor? – Preguntó mirando acusadoramente a sus padres.

Necesitaba irse de allí cuanto antes, irse lo más lejos posible. Estaba a punto de explotar, y si iba a hacerlo quería hacerlo lejos de sus padres. El reencuentro estaba resultando ser más difícil y doloroso de lo que había imaginado que iba a ser, y todos sus sentimientos de niña perdida y abandonada en el sistema de adopciones resurgieran en su interior con gran potencia. No quería lastimarlos, y sabía que escapando lo estaba haciendo, pero también sabía que si se quedaba y les mostraba lo rota que estaba los iba a lastimar peor. Al abrir la puerta de la habitación, otra persona se apareció, Killian con una bandeja de comida.

- ¿Está todo bien? – Preguntó al notar la tensión en el ambiente. – Traje tu cena amor. – Dijo volviéndose hacia Emma, preocupado al verla fuera de la cama y en estado de vulnerabilidad.

- No, nada está bien. – Negó Emma. – Quédate con la cena, yo no la quiero. – Dijo pasando por su lado para salir de la habitación.

- No creo que sea una buena idea que te vayas sin… - Comenzó a decir Killian.

- No me importa lo que digan los doctores, ni el alta, yo solo necesito irme de aquí. – Lo interrumpió Emma. – No me sigan, quiero estar sola. – Advirtió antes de desaparecer por el pasillo.

Emma se fue del Hospital y camino por las calles de la ciudad sin rumbo. No sabía que hacer, ni a donde ir. Todos sus sentimientos y pensamientos estaban mezclados, haciéndola ahogarse en un padecimiento sin fin. Acababa de encontrar a sus padres, lo que había querido hacer durante toda su vida; pero aún así se encontraba más perdida que nunca. Caminó por la costanera, y se sentó en un banco a observar el mar. No sabía cuanto tiempo había pasado allí, perdida en su cabeza, pero recién reaccionó de regreso a la realidad cuando un abrigo de cuero fue colocado sobre sus hombros haciéndola dar cuenta del frío que sentía. Killian, él la había encontrado. Le dio su abrigo, y se sentó a su lado.

- No quiero hablar. – Dijo ella, rompiendo el silencio.

- Jamás te obligaría a hacer algo que no quieras. – Aseguró él.

- Lo sé. – Asistió ella. – Pero, ¿Podrías quedarte y hacerme compañía? – Pidió con cierto temor presente en su ser, temor de no ser suficiente para él.

- No hay nada que me gustaría más. – Dijo él con sinceridad, uniendo su mano con la de ella a modo de consuelo.

Emma no era buena con los sentimientos. Él lo sabía y la aceptaba así, y eso le dio cierta paz. Alguien podía verla como era y no quería cambiarla, y eso era aliviador. Él no quería, ni necesitaba explicaciones sobre su personalidad. Él simplemente quería estar con ella. Emma no estaba lista para enfrentar a sus padres, pero por el momento consideraba que eso estaba bien. A veces no se trataba de ganar una guerra de una sola vez, sino de ir obteniendo pequeñas victorias en las distintas batallas. Dejo caer su cabeza en el hombro de Killian, y permitió que la calidez de su cuerpo la confortara. Allí en los brazos de ese Capitán Pirata no tenía la necesidad de justificarse, porque con él se sentía bien ser quien era ella. Dejarse contener por él sin siquiera dudarlo, esa era una pequeña batalla ya ganada.