Capítulo 10: El sombrero loco

Emma estaba regresando de resolver uno de sus casos. Había quedado con Killian en tener una cita, así que iría al Jolly Roger a prepararse y luego harían lo que fuera que él haya planeado. Estaba ansiosa y emocionada a la vez, hace tanto tiempo que no tenía una cita real (ya que sus citas de agente de fianzas no contaban como verdaderas citas) que no estaba segura de cómo vestirse apropiadamente, ni cómo actuar en la situación. Pero confiaba en Killian, y estaba empezando a creer que sin importar lo que hicieran todo saldría bien.

Estaba distraída en sus pensamientos que no dio cuenta que alguien saltó frente a su auto. Frenó bruscamente sin poder evitar golpear al hombre extraño. Miró el semáforo y comprobó que a pesar de haber estado distraída, ella estaba cruzando bien porque el semáforo estaba verde para su paso. A pesar de todo lo sorpresivo del momento, bajó de su auto lo más rápido que pudo para ayudar a aquel hombre.

- Lo siento mucho. – Se disculpó ella. - ¿Estás bien? – Preguntó agachándose en el suelo para examinar al hombre.

- Si, creo que estoy bien. – Asistió el hombre.

- Déjame ayudarte. – Dijo ella extendiendo sus manos para ayudarlo a ponerse de pie.

- Gracias. – Agradeció el hombre aceptando su ayuda y logrando ponerse de pie. – Y no te disculpes, fue mi culpa. No estaba prestando atención, estoy preocupado buscando a mi perro que se perdió. – Explicó tristemente.

- Lamento lo de tu perro. – Dijo ella sintiendo pena por él. - ¿Estás seguro que estás bien? ¿Necesitas que llame una ambulancia o te alcance a algún lado? – Cuestionó al notar que el otro rengaba y le costaba mantenerse en pie.

- Si no es mucha molestia, vivo a media cuadra. – Expuso él, señalando hacia donde vivía.

- Te acompaño. – Decidió ella. – Soy Emma. – Se presentó.

- Yo soy Jefferson. – Informó él, posando su brazo en el hombro de ella para ayudarse al caminar.

Emma pudo notar algo raro en la sonrisa que él le dio, algo que le generó tener un escalofrío en todo su cuerpo. Por un momento juró que pudo verlo como el sombrero loco del Cuento de "Alicia en el País de las Maravillas"; pero tan rápido como llegó esa visión, a la vez desapareció. Ella no estaba segura de si era real lo que había visto o había sido su imaginación al estar todo el tiempo pensando en los Cuentos de Hadas. Aparte, mismo si fuera real, no sabía si él estaba al tanto de su verdadera identidad. Así que mejor solucionar el problema presente, mejor ayudarlo a que llegue a su casa.

- Gracias por acompañarme. – Agradeció él cuando llegaron a la puerta de su casa.

- De nada. – Dijo ella.

- ¿Podría pedirte un último favor? – Preguntó él, mostrándose algo inseguro.

- Por supuesto. – Respondió ella con una sonrisa amable.

- Tengo volantes de mi perro, ¿Podría dártelos así repartís un par por el barrio ya que yo no puedo por mi pie? – Pidió él con cierto tono suplicante.

- Si, claro. – Asistió ella.

- Bien, espera aquí en el hall que voy a buscarlos. – Dijo él dejándola entrar a su casa.

Jefferson desapareció hacia el interior de la casa, mientras Emma se quedo en el hall a esperar. La casa era estilo inglés. Era antigua y grande. El piso era de madera, las ventanas estaban cubiertas con gruesas cortinas que no dejaban pasar bien la luz y todo estaba perfectamente acomodado. Por un momento Emma imaginó vivir en una casa así de grande con una familia, pero por más que lo intentó no pudo. Esa casa no lucía, ni daba la sensación de ser un ambiente familiar. A los minutos Jefferson regresó con los volantes.

- Aquí están. – Dijo él entregándole los volantes.

- Bien, los repartiré camino a mi casa. – Aseguró ella agarrando los volantes. - ¿Qué demonios? - Preguntó sorprendida al sentir un pinchazo repentino en su mano.

- No deberías confiar en extraños. – Advirtió él sonriendo.

Lo último que vio Emma antes de perder la conciencia fue la cara sonriente de Jefferson. Cuando despertó, le costó comprender y recordar donde estaba. Después de volver en si misma, su instinto de supervivencia se puso en estado alerta y empezó a buscar la forma de escapar de esa situación. Ella estaba acostada en un sillón, sus manos y brazos atados con cinta aislante, y su boca tapada con un pañuelo. Después de minutos de observar la habitación, comprobar que estaba sola, y no escuchar ruidos cercanos a ella; decidió que era momento de moverse. Tiró un almohadón del sillón al piso, y rompió contra este un vaso que estaba en la mesa ratona frente a ella. Usó uno de los vidrios para liberarse de las cintas aislantes, y una vez que tuvo sus manos libres también se deshizo del pañuelo de su boca.

Estaba con la mano en la puerta de salida, cuando un fuerte ruido la impactó y la hizo detenerse. Un disparo. Se dio vuelta y se encontró con Jefferson con un arma en su mano.

- ¿A dónde crees que vas? – Preguntó él enojado.

- Yo… - Comenzó a decir ella.

- No me hagas tener que dispararte, no me obligues a eso. – La interrumpió él algo desesperado.

- Bien. – Aceptó ella, sin saber bien que decir, ni como reaccionar.

- Necesito tu ayuda. – Informó él.

- ¿Qué necesitas? – Preguntó ella, sintiendo como un nudo se formaba en su garganta.

¿Qué iba a pedirle? Emma se maldijo así misma por haber aceptado ayudarlo, sino lo habría hecho no estaría en semejante lío. Miró el reloj que había colgado en la pared y se dio cuenta que llevaba tres horas de retraso a su cita, Killian seguramente debía estar preocupado y aterrado, y eso le hacía sentir un fuerte e inesperado dolor en su pecho. Lo que fuera que Jefferson necesitara, esperaba que fuera algo que estuviera dentro de sus posibilidades. Él la agarró del brazo y la guió hacia el comedor. Allí había una larga mesa llena de telas y sombreros. Emma lo miró y volvió a verlo como el sombrero loco, solo que esta vez estaba segura que todo eso era real.

- Necesito que me hagas un sombrero para así poder regresar a mi mundo. – Demandó él su necesidad.

- Tú eres El Sombrero Loco. – Dijo ella pensando en voz alta, dando cuenta de lo que sucedía.

- Y tú eres la salvadora, por lo tanto eres la única que tiene magia aquí. Así que manos a la obra. – Añadió él, señalando hacia la mesa con el arma.

- Esto no funciona así. – Negó ella. – Yo no sé hacer sombreros mágicos que funcionen como portales, la única manera en que vas a poder regresar a tu mundo es obteniendo tu final feliz. – Explicó lo mejor que pudo.

- ¿Estás segura? ¿Mi final feliz? – Cuestionó él, tomándose un momento para asimilar todo eso.

- Así es como lo lograron los personajes que ya he ayudado. – Justificó ella.

- Mi final feliz. – Repitió él. – Necesito encontrar a mi hija, ella es lo único que necesito para ser feliz. – Dijo con su voz llena de emociones encontradas.

Justo en ese momento, se escuchó un fuerte estruendo. En apenas segundos se vieron invadidos por el Capitán Garfio, Blancanieves, y el Príncipe Encantador. La mente de Emma rió ante lo absurdo de la situación. Su novio era el Capitán Garfio y sus padres eran Blancanieves y el Príncipe Encantador. Aunque con Killian todavía no habían definido su relación, a ella le estaba comenzando a agradar la idea de pensarlo como un novio. Ellos seguramente habían trabajado en equipo para encontrarla, y ahora acababan de tirar la puerta abajo para rescatarla. El corazón de Emma dio un pequeño salto de exaltación, nunca nadie había estado dispuesto a arriesgar tanto por ella. Todas sus emociones y pensamientos se vieron interrumpidos por Jefferson, quien la agarró a ella y usó su arma para apuntarla a su cabeza.

- Si dan un paso más la mato. – Amenazó Jefferson agarrando a Emma con fuerzas.

- Llegas a hacerle daño y te juro que te arrepentirás. – Dijo el Príncipe Encantador con gran seriedad, su espada firmemente agarrada en su mano.

- Vamos Jefferson, creí que éramos amigos. – Intentó negociar Capitán Garfio.

- No después de que te aliarás con la Reina de Corazones. – Dijo Jefferson mirándolo acusadoramente.

- Sabes muy bien que todos hacemos cosas inesperadas en situaciones desesperantes. – Argumentó Capitán Garfio.

- Y esta es una de esas situaciones. – Agregó Jefferson siguiendo su razonamiento.

- Suéltala o una de mis flechas terminará en tu cabeza. – Advirtió Blancanieves apuntándolo con su arco y flecha.

- ¿Crees que una flecha viajará más rápido que una bala? – Preguntó Jefferson con cierta ironía.

- ¡Basta! ¡Se callan todos y bajan sus armas! – Explotó Emma, finalmente reaccionando ante todo lo que estaba pasando frente a sus ojos. – Jefferson es mi amigo y vamos a ayudarlo a encontrar a su hija para que puedan regresar a su cuento. – Informó con convicción.

- ¿Si es tu amigo por qué tiene un arma en tu cabeza? – Preguntó el Príncipe Encantador, demasiado aterrado y molesto ante la situación.

- Porque estaba asustado, pero una vez que se dio cuenta que yo iba a ayudarlo sin necesidad de ser forzada quedo todo aclarado. – Explicó Emma.

Jefferson bajó su arma, y a cambio los demás hicieron lo mismo. Killian fue el primero en ir hacia ella y cerró la distancia que los separaba con un beso. Al parecer él supo en seguida que algo andaba mal cuando ella no se presentó a la cita. Emma explicó todo lo referente a Jefferson. La situación por suerte resultó más simple de lo que todos habían esperado o imaginado, ya que Blancanieves reconoció a la hija de Jefferson como una de sus estudiantes. Así que a la mañana siguiente, al terminar el horario de clases Emma fue a conocer a Grace (o mejor dicho Paige). Decidieron que lo mejor era que fuera Emma a hablar con ella, ya que un hombre queriendo hablar con una niña podía llegar a resultar sospechoso ante los demás padres y niños.

- Hola Grace. – Saludó Emma a la niña.

- ¿Cómo sabes mi nombre? – Preguntó Grace (Paige) sorprendida.

- Porque eres una niña muy especial y tengo un regalo de parte de alguien que te quiere mucho. – Respondió Emma.

Emma le entregó a Grace el objeto que Jefferson había elegido para ella, un conejo blanco de peluche. Al agarrar el conejo Emma pudo notar el cambio en la niña, pudo ver como había vuelto a ser Paige; como se había recuperado a ella misma, su memoria y su identidad.

- ¿Y mi papá? – Preguntó Paige.

- Esperándote. – Respondió Emma señalando hacia la esquina.

Paige corrió hacia su padre y ambos se reencontraron en un fuerte abrazo. Jefferson la levantó en el aire y lloró de la emoción, mientras su hija repetía una y otra vez que él la había encontrado. La mirada de Jefferson se encontró con la de ella desde la distancia, y Emma pudo leer en sus labios que él decía un "gracias" profundamente sincero. Jefferson y Paige regresaron a su cuento fundidos en el abrazo.

- Eso fue emotivo. – Dijo Blancanieves entrando a su departamento y dejando pasar al resto.

- Lo fue. – Asistió Capitán Garfio.

- ¿Así qué esto es lo que haz estado haciendo? – Preguntó el Príncipe Encantador, volviéndose con curiosidad hacia su hija.

- Y lo que tendré que seguir haciendo. – Agregó Emma a modo de respuesta. – Killian, ¿Crees que podrías ir a comprar comida al "Bosque Encantado"? – Pidió.

- Claro. – Asistió el Capitán Garfio, comprendiendo que ella necesitaba un momento a solas con sus padres. – Regreso en un rato con la cena. – Informó.

Una vez que Killian se fue, Blancanieves preparó chocolate y los tres se sentaron en el living a disfrutarlo tranquilos. Emma estaba nerviosa, sabía que tenía que hablar con ellos, ser sincera, y aclarar todo lo que estaba sucediendo desde que se habían encontrado. Pero no sabía como hacerlo, y eso la aterraba. Todo lo que sentía y pensaba era contradictorio. ¿Cómo iba a poder hacerse entender cuando ni siquiera ella misma se entendía?

- Emma, entendemos que estés dolida y enojada con todo, y estás en tu derecho a estarlo. Pero, nosotros te amamos… - Comenzó a encarar la conversación el Príncipe Encantador.

- Y necesitamos que lo sepas, y lo creas. – Terminó Blancanieves la idea de su esposo.

- Yo no sé cómo hacer esto, yo nunca tuve padres. – Dijo Emma, jugando con su taza para calmar sus nervios.

- Solo danos la oportunidad de conocernos, por favor. – Rogó Blancanieves.

- Es que… - Empezó a decir Emma, pero sus inseguridades la invadieron. Miró a sus padres por un instante, para ver si era seguro expresar honestamente sus sentimientos. - ¿Para qué? ¿Cómo vamos a hacer para conocernos y luego volver a separarnos? ¿Cómo voy a hacer para dejarlos entrar, cuando sé que voy a volver a estar sola cuando regresen a la realidad de su cuento? – Continuó ella, cuestionando, dejando libre todos sus temores.

- Emma nosotros no vamos a dejarte. – Aseguró el Príncipe Encantador, dándole la mano para contenerla.

- Pero en algún momento van a tener que regresar a su cuento. – Protestó Emma, soltando un par de lágrimas silenciosas.

- Encontraremos la forma de que vengas con nosotros o de quedarnos. – Dijo Blancanieves secándole las lágrimas suavemente.

- O encontraremos la forma de regresar a ti, pero sea como sea siempre te vamos a encontrar. – Aseguró el Príncipe encantador.

- Y sea como sea, el amor siempre vale la pena hija. – Agregó Blancanieves.

Emma se encontró contenida en los brazos de sus padres. Era extraño porque nunca había vivido algo así, un cariño tan repentino e intenso a la vez (aunque quizás si, con Killian). Pero a la vez se sentía natural y seguro, en los brazos de ellos se sentía a salvo. Así que se dejo contener y abrazar, sin cuestionárselo. Seguro ya tendría tiempo para eso después, ya que a su cabeza parecía fascinarle cuestionar todo. Al rato Killian llegó con la cena, y comieron todos juntos. Emma disfrutó de poder compartir un momento tan íntimo y familiar con todos ellos. Eso era lo que se sentía tener una familia. Recién estaba empezando a experimentarlo, pero debía admitir que podría acostumbrarse fácilmente a eso, y hasta incluso amarlo con cada parte de su ser.