Capítulo 11: La Sirenita
Emma se miró al espejo y se tomó un tiempo para ver como le quedaba el vestido. Una vez que se convenció de que ese era el indicado, recogió su cabello en una cola de caballo alta y prolija. La única vez que habían intentado tener una cita con Killian, había sucedido lo de Jefferson evitando que pudieran concretarla. Esa noche iban a volver a intentarlo, y Emma estaba nerviosa porque quería que todo salga perfecto. Para hacer más formal el asunto, él había propuesto que ella se fuera a cambiar al departamento de sus padres, así podía pasar a buscarla. Una vez que se sintió lista salió de la habitación a enfrentar a sus padres.
- ¿Y? ¿Cómo me veo? – Preguntó Emma entrando al comedor. – Sean sinceros. – Pidió sintiéndose algo tímida.
- Estás radiantemente hermosa. – Dijo Blancanieves mirándola con una gran sonrisa.
- Lo que tu madre dijo. – Comentó Encantador maravillado ante la belleza de su hija.
- ¿Cómo es qué nunca haz tenido una cita con Killian cuando ya llevan un tiempo de estar juntos? – Preguntó con curiosidad Blancanieves.
- Si. – Asistió Encantador siguiendo los pensamientos de su esposa. - ¿Cómo es que fueron a vivir juntos antes de tener una cita? – Cuestionó seriamente.
- Bueno, todo este tema de regresar a los personajes a sus respectivos cuentos ha generado que tengamos problemas de tiempos e interrupciones. – Explicó Emma jugando con sus pulseras para calmar sus nervios. – Aparte me cuesta todos estos temas de los sentimientos, así que se puede decir que lo estuve evitando. – Agregó, bajando su mirada porque ver los ojos de sus padres al hacer semejante confesión la hacía sentir vulnerable.
- No estés nerviosa, como dijo tu padre ya viven juntos. Así que no va a estar la incomodidad de no conocerse, y ya deben estar familiarizados con la intimidad. – Expresó Blancanieves, intentando calmar a su hija.
- Intimidad que no necesitamos saber. – Dijo Encantador tapándose los oídos, horrorizado ante lo que planteaba la madre de su hija.
- No ha habido más que besos. – Confesó Emma sonrojándose.
- ¿Así que el pirata ha sido un caballero? – Preguntó Encantador curioso. – Me alegra que así sea. – Dijo con sinceridad.
- Encantador. – Advirtió Blancanieves dándole un pequeño codaso en las costillas. - ¿Por qué no han avanzado en la relación? ¿Es algo que te molesta o…? – Comenzó a interrogar, sin saber bien como hacerlo, porque todavía no conocía a su hija como para saber que debía hacer para hacerla sentir cómoda al hablar de esas cosas.
- No estamos dando nuestro tiempo. Es la primera vez que me pasa algo así, y eso me gusta. – Admitió Emma sonriendo al pensar en como de a poco Killian se había ganado su confianza y su corazón.
El timbre sonó interrumpiendo la situación, y haciendo que la conversación quede olvidada. Emma dio un largo suspiro para tomar coraje, y abrió la puerta. Allí estaba él, tan hermoso como siempre. Estaba vistiendo jeans oscuros, una camisa azul marino, y una campera de cuero negra. Incluso tenía puesta una mano ortopédica, en vez de su garfio. Al parecer la cita era tan importante para él como para ella. Mirándolo de pies a cabeza para pode apreciar su belleza, sintió como sus rodillas tambaleaban y se aferró a la puerta para evitar hacer el ridículo.
- Estás hermosa. – Dijo él mirándola con adoración.
- Vos… - Comenzó a decir ella.
- Lo sé. – La interrumpió él guiándole el ojo y haciendo que ella ría. – Para ti. – Dijo ofreciéndole una rosa roja.
- Gracias. – Agradeció ella agarrando la rosa con aprecio y delicadeza.
- ¿Necesitan qué los lleve? – Preguntó Encantador interrumpiendo el pequeño momento íntimo.
- David. – Advirtió Emma usando su nombre falso para ganar su atención.
- No se preocupen, ella está en perfectas manos. – Aseguró Killian.
- De hecho tienes una. – Le recordó Encantador. – Pero lo que me preocupa no es eso, sino que eres un pirata. – Dijo con seriedad.
- Nos vamos. – Dijo Emma agarrando a Killian de su mano ortopédica y arrastrándolo hacia la puerta. – Adiós. – Saludó con sacudiendo su mano libre a modo de despedida y cerró la puerta.
Emma y Killian cenaron en un restaurante que tenía una fantástica vista al océano. Luego fueron a caminar por la costanera. Hablaron de todo y de nada. Ella le contó de los Swans y su pasado en el sistema de adopciones; y él le contó de la muerte de su madre y su hermano, y de cómo su padre lo vendió como esclavo a un barco. Ella le contó sobre sus aventuras como agente de fianzas, y él le contó sobre sus aventuras como pirata. Él le prestó su campera cuando notó que ella tenía frío. Después de un rato de caminar, decidieron sentarse en un banco a disfrutar de la calma de la noche y el océano. Se quedaron abrazados, complacidos de estar en los brazos del otro y poder robarse un par de besos de a ratos.
- ¿Qué es eso? – Preguntó ella señalando algo a lo lejos que había llamado su atención.
Había una mujer de cabello color rojo intenso corriendo. De repente Emma pudo ver de quien estaba corriendo, dos hombres de negro la seguían, dos hombres de "La Sombra".
- Tenemos que ayudarla. – Dijo él levantándose del banco.
- Yo tengo que ayudarla, vos no. – Dijo ella con seriedad, agarrándolo del brazo para detenerlo.
- Pero… - Comenzó a protestar él.
- Ellos pueden hacer que dejes de existir. – Le recordó ella. – Yo no puedo permitir que eso ocurra, yo no podría tolerarlo. – Dijo, su voz quebrada ante el dolor de aquella idea.
Le llevó un largo instante convencerlo, pero finalmente Killian se quedo donde ella le pidió. Emma corrió al muelle al ver que la mujer se dirigía hacia allí. La vio saltar al agua, y vio a los hombres disparar unos cuantos dardos. Emma no sabía si habían logrado pegarle con alguno de ellos, pero necesitaba asegurarse. Una vez que los hombres se fueron, Emma corrió por lo largo del muelle y al creer ver un cuerpo saltó al océano. El agua estaba helada, pero evitó pensar en eso porque sino sólo lograría distraerse y volver las cosas más difíciles. Después de unos minutos, que parecieron una eternidad, encontró a la mujer y la sacó hacia la superficie. Lo más sorprendente de todo fue que cuando lo hizo pudo ver que la mujer ya no tenía piernas, sino que tenía una gran cola color verde llena de escamas. Emma nadó como pudo, arrastrando a la sirena con ella hacia la costanera. Killian ayudó a ambas a salir del agua, y cuando lo hicieron la sirena volvió a convertirse en mujer. Killian comenzó a hacerle reanimación, mientras Emma recuperaba el aliento y las fuerzas.
- ¿Killian? – Preguntó Ariel, una vez que escupió toda el agua que tenía dentro de ella y reconoció al hombre delante de ella.
- Si, Ariel, soy yo. – Asistió Killian con una sonrisa.
Emma los vio abrazarse y sintió algo de celos. Ellos se conocían de antes, y eso hizo que se formara un nudo en el estómago de Emma. ¿Habrían sido amantes? ¿Sería Ariel el final feliz de Killian? ¿Regresarían ambos a los Cuentos de Hadas al haberse reencontrado? Miles de preguntas se formaron en su cabeza al ver tan pequeño gesto, y eso la hacía sentirse ahogada, incluso más de lo que se había sentido en medio del océano. Ella no se consideraba una persona celosa, pero la intimidad y cercanía que veía en ellos hizo que su corazón se prepare para ser quebrado.
- ¿Cómo haz estado? – Preguntó Ariel.
- Bien. – Respondió Killian saliendo del abrazo para ver a la otra a la cara. - ¿Vos? ¿Y Eric? – Cuestionó.
- Bien, aunque él todavía no recuerda. – Contestó Ariel. - ¿Cómo hiciste para recordar? – Preguntó curiosa.
- Cuando encontré al Jolly Roger. – Informó Killian orgulloso ante su conexión con su barco.
- Increíble, sabía que tu amor por tu barco era mayor que por las personas. – Bromeó Ariel generando que ambos rían.
- ¿Vos cómo recordaste? – Preguntó Killian.
- Cuando me metí en la bañadera y de repente mis piernas se convirtieron en una cola de sirena. – Explicó Ariel sonrojándose. – Ohh, ¿Quién eres? – Preguntó al darse cuenta de la presencia de Emma.
- Ella es Emma, mi novia y quien te salvó hoy. – Dijo Killian presentándola. – Ella es Ariel, la mujer de uno de mis mejores amigos. – Presentó a la misteriosa mujer.
Toda sanación de celos y de miedo desapareció al escuchar que él la presentó como su novia. ¿En verdad él pensaba en ella como eso? Al parecer si. Emma sonrió de oreja a oreja, sintiendo como de repente todo volvía a acomodarse en su lugar dentro de ella y su corazón volvía a latir. A ella siempre le había fastidiado las personas que presentaban a otras definiéndolas por su estado sentimental, pero que él la haya presentado como su novia le pareció adorable y la llenó de una inmensa felicidad.
- Un gusto conocerte Emma. – Dijo Ariel saludándola con un abrazo.
- Lo mismo digo. – Dijo Emma sorprendida ante el abrazo, pero correspondiéndolo amablemente.
- Ya era hora que Killian se consiguiera una mujer que lo haga volver a ser un hombre correcto, así que estoy segura que será maravilloso conocerte. – Explicó Ariel.
- Eso espero, gracias. – Dijo Emma, mordiéndose el labio de los nervios.
Después de las presentaciones volvieron al departamento de los padres de Emma, para que tanto ella como Ariel puedan vestirse con ropa seca. Una vez cambiadas, se sentaron todos alrededor de la mesa del comedor a tomar chocolate caliente que Blancanieves había preparado. Ariel y Killian explicaron cómo se habían conocido. El príncipe Eric había sido parte de la tripulación de Killian, cuando por un tiempo buscó vengarse de Rumpelstiltskin ya que él había asesinado a sus padres. Pero después de un tiempo, Eric conoció a Ariel y al enamorarse plenamente de ella decidió dejar de lado la venganza y volver a su Reino. A pesar de que había dejado la tripulación, siempre se mantuvieron en contacto ya que habían formado una hermosa amistad.
- Increíble que te hayas enamorado de la salvadora, Eric va a estar maravillado cuando se entere. – Comentó Ariel con una gran sonrisa, una vez que le contaron todo lo que habían estado haciendo para devolver a cada personaje a su cuento.
- Hablando de Eric, ¿Cómo crees que podemos devolverle su memoria? – Preguntó Killian.
- Creo que lo mejor va a ser encontrar a Max, después de todo fue gracias a el que nos conocimos. – Respondió Ariel pensativamente.
- ¿Quién es Max? – Preguntó Emma con curiosidad.
- El perro de Eric. – Contestó Ariel.
- Era el perro de la tripulación. – Aclaró Killian. – Pero Eric formó una relación especial con él, tenían una conexión. – Agregó con una sonrisa al recordar los momentos que había vivido con su amigo.
- Hasta que un día lo perdió, y yo lo encontré, y luego él nos encontró. – Sumó Ariel a la historia.
- ¿Cómo vamos a hacer para encontrar un perro en Bostón? - Preguntó Blancanieves.
- No lo sé, yo lo he estado buscando y por ahora no he conseguido nada. – Dijo Ariel preocupada.
- No creo que sea tan difícil, si podemos encontrar personas también podemos encontrar perros. – Dijo Emma con confianza.
- Si hay alguien que puede hacerlo, estoy seguro que eres vos. – La halagó Killian, dándole su voto de confianza.
Lo primero que hicieron fue subir la información de Max a todas las webs de mascotas perdidas. Después imprimieron gran cantidad de volantes con la foto y la información de Max, y al otro día salieron a repartirlos por toda la ciudad. Cuando fueron a repartir los volantes a la zona del puerto, encontraron que Eric estaba allí ayudando a cargar provisiones a un barco. Después de unos minutos, Killian logró convencerla a Ariel de que vaya a hablar con Eric.
- ¿Crees que va a funcionar? – Preguntó Emma a Killian, mientras miraban a Ariel enfrentar a Eric.
- Yo creo que si. – Respondió él con convicción. - El amor de ellos es muy real, así que eso lo va a traer devuelta, y la foto de Max quizás ayude para su interés en la situación. – Explicó intentando mantener la calma.
Killian decidió centrar su atención en continuar repartiendo volantes para calmar sus nervios, pero Emma no podía quitar los ojos de la pareja. Se imaginaba lo difícil que debía ser para Ariel que Eric no la recuerde, porque si Killian no la recordaría en algún momento… Ella no quería vivir en ninguna vida, ni ninguna realidad, ni ningún mundo, donde él no pueda recordarla. Recién pudo volver a respirar en paz cuando vio a la pareja besarse.
- ¡Killian! – llamó Eric con alegría.
- ¡Eric! – Exclamó Killian recibiendo a su amigo con un abrazo.
- Que bueno es volver a verte. – Dijo Eric dándole una palmada en la espalda.
- Que bueno es que vuelvas a recordar quien eres. – Dijo Killian con una gran sonrisa llena de alivio.
Ariel presentó a Emma a Eric. Entre Killian y Ariel lo pusieron al día de quien era ella, y de todo lo que había pasado. Eric agradeció una y otra vez a Emma por haber salvado a Ariel, y la abrazó cuando se enteró que era la mujer que había logrado que Killian la llame y reconozca como su pareja. Ariel y Eric le contaron varias anécdotas ridículas y vergonzosas sobre Killian, haciéndola reír y sentirse a gusto con ellos. Esa era la primera vez que Emma conocía amigos de Killian, y debía admitir que se sentía bien. Ellos eran muy buenas personas y hacían sentir feliz a Killian, así que eso la hacia feliz a ella también.
- ¿Qué es esa luz? – Preguntó Ariel señalando hacia un lugar donde había una luz, que sólo ella y Eric podían ver.
- Esa luz es la señal de que es hora de que regresen a casa. – Respondió Killian.
- Es el portal que los llevará de regreso a su cuento. – Agregó Emma a modo de explicación.
- ¿Y vos? – Preguntó Eric a Killian.
- Todavía no es mi momento. – Contestó Killian.
Ariel y Eric se despidieron de ambos con cálidos abrazos y promesas de volverse a ver, y luego tomados de la mano desaparecieron en una luz blanca. La situación tenía algo de agridulce, como en general solía tenerlo, pero esta vez parecía más intenso ante la cercanía de las personas que acaban de marcharse. Emma agarró la mano de Killian buscando contenerlo un poco, ella sabía que debía haber sido difícil para él ver a sus amigos marcharse.
- Es difícil. – Admitió él, después de un largo silencio.
- Lo sé. – Asistió ella. - ¿Pero, sabes qué hace que todo sea mejor? – Preguntó.
- ¿Qué? – Pidió saber él.
- Queso a la parrilla y aros de cebolla del "Bosque Encantado". – Respondió ella.
Tomados de la mano fueron hacia el restaurante y pidieron su menú favorito para llevar. Se sentaron en la costanera, y disfrutaron la comida mientras disfrutaban de ver el sol del atardecer caer lentamente sobre el mar. Emma lo abrazó con más fuerzas esa noche, e hizo que cada uno de sus besos durara más de lo normal. Él no la cuestionó en ningún momento, y ella estaba casi segura de que comprendía perfectamente porqué estaba actuando de esa manera. Necesitaba estar con él, y necesitaba olvidarse del dolor que sabía que iba sentir cuando fuera él quien deba volver a su cuento.
