Capítulo 13: Valientes guerreras

Era un día tranquilo, como cualquier otro, si se podía decir que Emma tenía una vida tranquila. La verdad que su vida nunca había sido tranquila, tanto el sistema de adopciones y la vida de agente de fianzas hacía que su rutina nunca fuera algo estático y predecible. Y desde que se había enterado de todo lo de los distintos mundos con magia y personajes de cuento, su rutina era más caótica que antes. Siempre había algo nuevo que descubrir. Pero esa última semana había estado tranquila dentro de todo, y ningún nuevo personaje había aparecido en busca de su ayuda. Y en verdad tenía que quitarse la costumbre de decirles personajes, porque no era simplemente personajes como siempre había creído; eran personas de carne y hueso, llenas de sentimientos, como ella.

Hace un par de días Killian la había llevado con el Jolly Roger al medio del océano a ver las estrellas y disfrutar la calma de la soledad en medio de la inmensidad. Se había sentido tan perfecto, que Emma quería devolverle el favor, quería mostrarle como veían las estrellas en su mundo. Lo llevó al museo astrológico, donde vieron un documental donde explicaban la creación de las galaxias y los planetas. Luego fueron al observatorio a ver la lluvia de estrellas que había esa noche.

- Esto es increíble. – Dijo él sin poder dejar de mirar las estrellas.

- Sé que no es lo mismo que estar en medio del océano, pero pensé que podía gustarte ver como vemos las estrellas aquí. – Comentó ella, un poco nerviosa.

- Me encanta. – Aseguró él. – Hoy aprendí tanto y ver las estrellas con esta tecnología sumó mucho a mi perspectiva de las cosas. – Agregó mirando todo lo que había a sus alrededores.

- Me hace feliz que te encante. – Expresó ella sintiéndose aliviada al notar lo maravillado que él estaba con todo eso.

- Gracias por mostrarme parte de tu mundo, y gracias por tener en cuenta mis gustos para eso. – Agradeció él con sinceridad, mirándola intensamente. – Nunca nadie había hecho algo así por mí. – Confesó.

- Ni nadie había hecho todo lo que vos haces por mí. – Admitió ella agarrándole la mano para contenerse mutuamente. – Pero lo merecemos. – Dijo con confianza.

- Eso hacemos. – Asistió él, aceptando lo que ella decía.

Se besaron con ternura y continuaron viendo el baile de estrellas, aunque quizás el verdadero baile estaba en su estómago gracias a las sensaciones que los besos de él causaban dentro de ella. Al salir se encontraron con Encantador y Blancanieves, y fueron a cenar todos juntos al "Bosque Encantado". Comieron pizza, tomaron cerveza, jugaron a los dardos y rieron un largo rato. Recién abandonaron el restaurante cuando les informaron que este iba a cerrar. La estaban pasando tan bien, que Killian invitó a sus padres al Jolly Roger, prometiéndoles dar una vuelta para poder ver las maravillas de la noche de la ciudad desde el barco.

Estaban a unas cuadras del muelle, cuando escucharon unos gritos. Siguiendo las voces llegaron a un callejón, se encontraron con tres hombres de "La sombra" persiguiendo dos mujeres. Una llevaba una espada y un escudo, con las que se encargaba de detener los dardos que los hombres disparaban. La otra llevaba un arco, pero al parecer se había quedado sin flechas. Emma convenció a sus padres y Killian para que se escondieran, y fue a ayudar a aquellas mujeres. Al agarrarlos desprevenidos con su interrupción, pudo dejar a un hombre inconciente; y que a la par de ella, la moracha deje inconciente a otro con su espada. La colorada había quedado desprotegida y el hombre que quedaba le disparó un dardo, pero Emma saltó y se interpuso en el medio recibiéndolo por ella. Emma cayó al piso, y mientras la colorada la ayudaba a levantarse, la morocha dejo inconciente al hombre que quedaba.

- Gracias por ayudarnos. – Agradeció la colorada.

- No agradezcas tan rápido. – Advirtió la morocha. - ¿Por qué no te extraña que tenga una espada y ella un arco? ¿Por qué ese dardo no te hizo desaparecer como a Macintosh? – Cuestionó apuntándola con la espada.

- Soy Emma, la hija del Rey Encantador y la Reina Blancanieves. – Se presentó Emma.

- Eres la salvadora. – Dijo la colorada mirándola con admiración.

Ambas guerreras se arrodillaron ante ella, e hicieron una reverencia de respeto. Emma nunca se había sentido tan extraña como en esa situación. No sabía qué hacer, ni cómo reaccionar. La estaban tratando con respeto, como si fuera alguien sumamente importante. Y quizás lo era, pero ella no estaba acostumbrada a eso, ni lo quería. Porque por más que fuera importante, aunque todavía le costaba asimilarlo, nadie tenía que porque arrodillarse ante ella. Ante los ojos de ella todos eran iguales. Así que Emma las imitó, se arrodilló e hizo una reverencia para ellas.

- ¿Por qué haces eso? – Preguntó la morocha sorprendida. – Tú eres la de la realeza. – Le recordó.

- Seré de la realeza pero soy una persona como ustedes, y si esa es su manera de saludarme, también lo será la mía para ustedes. – Explicó Emma.

- Soy Mérida. – Se presentó la colorada, una vez que todas estuvieron nuevamente de pie. – Y ella es Mulán, mi novia. – Presentó a la morocha con una sonrisa.

- ¿Si ya tienen sus memorias, por qué no regresaron a su mundo? – Preguntó Emma confundida, era la primera vez que se encontraba ante una situación así.

- Vemos el portal si eso es a lo que te refieres. – Dijo Mulán señalando hacia un costado de la calle.

- Solo el que puede atravesarlo puede verlo. – Informó Emma.

- Podemos ver el portar, pero no podemos irnos hasta que mis hermanos estén a salvo. – Explicó Mérida la razón por la que todavía no habían atravesado el portal. – Esos hombres los secuestraron. – Dijo señalando a los hombres que seguían inconcientes en el piso.

- Las ayudaré a recuperarlos, pero ahora lo mejor es irnos antes de que despierten. – Sugirió Emma.

Emma las guió hacia donde estaban sus padres y Killian. Luego de presentar a todos, fueron al departamento de Encantador y Blancanieves. Al otro día, cuando ya estaban todos descansados y con las energías renovadas, empezaron a planear el rescate. Por suerte Mérida sabía donde tenían atrapados a sus hermanos, y le fue sencillo encontrar la ubicación en un mapa de la ciudad.

- Bien, Mérida y yo iremos por sus hermanos. Ustedes todos se quedan aquí. – Dijo Emma su plan.

- Si crees que vamos a dejarte sola… - Comenzó a protestar Encantador.

- No voy a permitir que ninguno de ustedes nos acompañe. – Dijo seriamente, dirigiéndose a sus padres y Killian. – Los hombres de Pan pueden hacerlos dejar de existir en un cerrar y abrir de ojos, no voy a arriesgar perderlos de esa forma. – Justificó su pedido, o más bien su orden.

- Pero si somos más es mejor. – Protestó Blancanives.

- Todos sabemos pelear y defendernos. – Sumó Killian.

- No hay nada que puedan hacer o decirme para hacerme cambiar de idea. – Dijo Emma dando por cerrado el tema. – Si quieren ayudar, quédense aquí buscando una manera de derrotar a Pan. – Ofreció una idea de trabajo alternativo para hacerlos sentir útiles, aunque sabía que ninguno se conformaría con eso.

- Mulán lo mejor va a ser que cruces el portal y nos reencontremos más tarde, en nuestro mundo. - Dijo Mérida.

- Ni lo sueñes. – Advirtió Mulán.

- Pero… - Comenzó a protestar Mérida.

- Es mi vida y yo puedo elegir que hacer con ella, elijo pelear contigo. – La interrumpió Mulán.

- ¿Aún si eso puede llevarte a dejar de existir? – Preguntó Mérida con cierto temor presente en tu voz.

- Siempre te elijo a vos. – Respondió Mulán.

Emma las vio besarse y le dio alegría que su amor fuera tan fuerte como para que elijan estar juntas en cualquier circunstancia. Pensó por un instante si estaba haciendo lo correcto en quitarles esa elección a sus padres y a Killian, quizás estaba siendo egoísta. Pero ella quería protegerlos, ella no quería tener la posibilidad de perderlos. Y si iba a perderlos, porque sabía que lo iba a hacer en algún momento, quería que fuera para que fueran felices en su mundo de cuentos y no para convertirse en la magia que daba vida a la isla de Pan.

Encontrar el lugar donde estaban los hermanos de Mérida fue sencillo, gracias al GPS y la buena memoria de la colorada. Mérida llevaba su arco y sus flechas, Mulán su espada, y Emma su pistola y su magia si podía hacerla funcionar. Todas estaban listas para dar pelea. Entraron a la vieja casa de las afueras de la ciudad, y empezaron su búsqueda. La casa sorprendentemente estaba vacía y pudieron moverse con facilidad por ella. Encontraron a los trillizos, Harris Hubert y Hamish, atados en el sótano.

- ¡Mérida! – Exclamaron los tres chicos a la vez, alegres y aliviados de ver a su hermana.

- Mis pequeños. – Dijo Mérida abrazándolos emotivamente. - ¿Están bien? – Preguntó observándolos de pies a cabeza.

- Si. – Asistió Harris.

- Estamos bien. – Aseguró Hubert.

- Sabíamos que nos encontrarías. – Dijo Hamish con una sonrisa.

Emma estuvo feliz al ver el reencuentro y el amor presente en esa familia, pero seguía intranquila con la situación. Tenía la sensación de que algo malo iba a ocurrir. Así que apresuró a todos a salir de allí cuanto antes. Cuando salieron del sótano se encontraron que el comedor de la casa estaba repleto de hombres de "La sombra". Sin poder a llegar a dar más que un suspiro, se encontraron en medio de una batalla donde se dedicaban a esquivar dardos y protegerse mutuamente.

Alguien estaba por atacarla por sus espaldas, pero estaba concentrada en pelear con el hombre que tenía a su frente y puso prioridad ante eso. Pero la persona de sus espaldas fue detenida, y la de su frente también. Encantador había acabado con el hombre de su espalda, mientras Killian había terminado con el de su frente.

- ¿Qué hacen acá? – Preguntó Emma con una gran mezcla de sentimientos: confusión, sorpresa, miedo.

- Vinimos a pelear contigo. – Respondió Killian.

- Elegimos pelear contigo. – Agregó Encantador.

- Nunca más vas a tener que enfrentar nada sola. – Dijo Killian.

No podía creer que no le habían hecho caso. Ella les había pedido que se quedaran, que no se arriesgaran a la posibilidad de perderse a ellos mismos. Pero allí estaban ellos, queriendo pelear con ella a pesar de todo, queriendo protegerla. Sintió pleno amor hacia ellos por todo lo que eso significaba, pero a la vez sintió furia y dolor. La conversación quedo interrumpida, porque aparecían más y más hombres de "La Sombra". Todavía estaban todos enteros, pero sabía que no iba a durar mucho porque cada vez los otros eran más, haciéndolos quedar en desventaja. ¿Cuánto más podrían aguantar sin que alguno deje de existir? De repente todo fue en cámara lenta, y Emma pudo ver perfectamente cómo un dardo iba a pegar en Killian. Gritó desesperada por él, sabiendo que ya era tarde, que no podía hacer nada para evitar eso. Pero al parecer su magia pensaba lo contrario, porque en medio de su grito se activó, haciendo que todos los hombres de "La Sombra" queden congelados en su lugar.

- Increíble. – Dijo Mulán, apreciando el poder de su magia.

- Gracias amor. – Agradeció Killian. – Esto es fascinante. – Dijo tocando a uno de los hombres congelados para ver si reaccionaba.

- Lo mejor es irnos ya de aquí. – Dijo Emma empezando hacerse camino hacia la puerta.

- Emma… - Comenzó a decir Killian siguiéndola.

- ¡No, no digas nada! ¡Esto es exactamente lo que no quería que pase! – Lo interrumpió Emma, volviéndose enojada hacia él y su padre con enojo. – ¿Tan difícil era hacer lo que les había pedido? – Preguntó, su voz quebrándose y volviendo a su tono normal.

- Hija, nosotros solo queremos cuidarte y protegerte. – Dijo Encantador, intentando razonar con su hija.

- ¡Suban al auto y guárdense sus patéticas disculpas, no las necesito! – Exclamó Emma con enojo señalando el auto.

Se repartieron entre el auto y la camioneta, y dejaron aquel lugar lo antes posible. Emma dejo a su padre y a Killian en el departamento, y ella se fue con el resto de los personajes para despedirse. Las guerreras la agradecieron su ayuda y le prometieron que iban a proteger siempre al Reino de sus padres, el Reino al que ella pertenecía. Se dieron un último abrazo, y después cruzaron el portal.

Emma no sabía como hacer para acomodar sus sentimientos respecto a todo lo que había pasado ese día. Se sentía ahogada en sus propios pensamientos. Le costaba asimilar que las personas que más quería estaban dispuestos a arriesgarse por ella aún cuando eso significaba poner su existencia en peligro. Ella nunca había tenido esa clase de amor, y nunca había pensado que iba a tenerlo, ni siquiera merecerlo. Sin embargo, allí habían estado Encantador y Killian demostrando lo contrario. Hasta incluso estaba segura que su madre también debía haber querido sumarse, pero ellos lo evitaron. No sabía si estar agradecida, o si seguir furiosa por el hecho de que no habían hecho lo que ella les había pedido, y por el hecho de que casi perdió a Killian por eso. Ella no quería imaginarse una vida donde él no exista, no podía soportarlo, no podía tolerarlo. Y cómo no sabía que hacer, entonces fue al bar "The Rabitt Hole" a ahogar sus preocupaciones el alcohol.

- ¿Ya te vas? ¿No quieres tomar un trago conmigo? – Cuestionó Killian, encontrándose con ella a la salida del bar.

- No estoy de humor para seguir tomando, ni para estar contigo. – Respondió Emma fríamente y se hizo camino por la calle.

- Emma, espera, no te escapes. – Pidió él, agarrándola del brazo para detenerla. – Sé que venimos de mundos distintos, pero algún día vas a tener que confiar en mí, confiar en que puedo tomar mis decisiones y cuidarme. – Dijo haciendo que ella se vuelva hacia él y queden enfrentados.

- ¿Crees que esto es por qué no confío en vos? – Preguntó ella sorprendida ante esa errónea idea.

- Si no es eso, ¿Qué es? – Pidió saber él confundido.

- Que todas las personas que he tenido en mi vida tarde o temprano me han dejado. Yo no quiero perderte, no puedo vivir eso, no puedo. – Confesó ella, atropellándose con sus propias palabras. Su voz temblorosa ante el temor que estaba admitiendo en voz alta.

- No tienes que preocuparte por mí, yo soy un sobreviviente. – Aseguró él mirándola intensamente, leyendo toda la verdad en sus ojos y comprendiéndola.

Como si una fuerza de atracción los uniera, juntaron sus labios en un intenso y cálido beso. Ella dejo que sus palabras la curen y la tranquilicen, y se perdió absolutamente en el fantástico encanto que era ser besada por él. Tal vez él tenía razón, él era un sobreviviente igual que ella. Habían sobrevivido heridas y dolores tan trágicos, que unos simples hombres de negro no los iban a detener.

Quizás era mejor tenerlo cerca, porque le gustaba que él quiera cuidarla, y se quería dejar cuidar porque él la hacia sentir a salvo. Y quizás era mejor tenerlo cerca, porque así podía asegurarse que él estaba bien. Y si algo malo fuera a pasar, tenía que tener confianza en que su magia lo iba a proteger como lo había hecho esa tarde.