Capítulo 18: Un niño (no tan) perdido
Lo que había sido una tranquila cena en un restaurante de pasta italiana, terminó en una invasión por parte de los hombres de "La sombra". Después de correr unas cuantas calles, sin rumbo, terminaron acorralados en un callejón sin salida. Estaban atrapados. Estaban rodeados y no había escapatoria.
Emma se sentía responsable de la situación. Sabía que era absurdo sentirse así, pero ella era la salvadora y en cierta forma se sentía responsable, y más cuando las existencias que estaban en juego eran la de sus padres y la de Killian. Cerró los ojos e intentó concentrarse en su magia, lo único que se le ocurrió fue pensar en que esas personas que tanto quería estuvieran a salvo. Al parecer eso fue suficiente porque pudo sentir magia recorrer su cuerpo y salir de ella misma, y cuando abrió los ojos sus padres y Killian ya no estaban.
- ¿Dónde están? – Preguntó uno de los hombres.
- ¿Cómo hiciste para que desaparecieran? – Preguntó otro volviéndose hacia Emma.
- Magia. – Respondió ella con una sonrisa.
Se defendió como pudo con su magia y con las pocas balas que quedaban en su arma, hasta que finalmente las sombras lograron atraparla y la dejaron inconsciente.
Lo primero que sintió al abrir los ojos fue un gran dolor de cabeza. No sabía cuanto tiempo había estado sin poder de reacción, ni sabía donde estaba, así que eso la hizo ponerse rápidamente en estado de alerta. Mirando a sus alrededores se dio cuenta que estaba en una especie de prisión, probablemente subterránea porque había muy poca luz. De repente algo llamó su atención, un llanto leve y lento, un llanto de un niño. Se dirigió hacia la celda de al lado, que en un principio pensó que estaba vacía, y a través de los barrotes pudo notar la figura de un niño escondiéndose debajo de unas mantas.
- Eeyy. – Dijo ella llamando su atención. - ¿Qué pasa pequeño? ¿Por qué lloras? – Cuestionó, aunque se sentía tonta preguntando eso cuando probablemente el niño lloraba porque tenía miedo de estar atrapado allí.
- No podemos hablar, a ellos no les gusta que hablemos. – Dijo el niño, después de unos largos minutos de pleno silencio.
- ¿A quiénes? – Preguntó ella.
- A las sombras. – Respondió el niño casi en un susurro.
- Yo no le tengo miedo a las sobras y voy a hablar todo lo que quiera. – Dijo ella con toda la convicción que pudo, para darle confianza al niño. – Soy Emma. – Se presentó pasando su mano por los barrotes para que él pueda estrecharla.
- Soy Roland. – Se presentó el pequeño dando algunos pasos hacia ella y finalmente aceptando agarrar su mano. - ¿Por qué estás aquí? – Preguntó con curiosidad.
- Ellos quieren mi magia. – Confesó ella honestamente. - ¿Tú? – Pidió saber.
- Ellos quieren que sea un niño perdido. – Contestó Roland en voz muy baja, como si al decirlo de esa forme evitaría que fuera verdad. – Creo que ellos tienen razón, mi papá me abandonó, y estoy en este mundo raro que es todo tan desconocido. – Dijo llorando desconsoladamente.
- Tu papá no te abandonó, lo que los trajo aquí y los separó fue una maldición oscura. – Explicó ella mientras le acariciaba la espalda. – Yo te voy a ayudar a encontrarlo y a que puedan volver a su mundo. – Prometió con absoluta seguridad.
- ¿Cómo? – Preguntó él, secándose las lágrimas con la manga de su buzo.
- Soy la salvadora. – Reveló ella como si eso tendría el poder de asegurar cualquier cosa que dijera. – Pero para empezar, debemos salir de aquí. – Dijo volviendo a observar sus alrededores para intentar idear un plan. - ¿Me pasas esa cuchara? – Dijo señalando el costado de la celda donde había un plato con comida y una cuchara.
Roland fue en búsqueda de la cuchara y se la entregó. La cuchara era de madera y tenía un hilo de alambre alrededor del mango. Emma desenredó el alambre y lo usó para abrir la cerradura de su celda. Una vez que estuvo libre suspiró aliviada, agradeciendo mentalmente que todavía tuviera esa habilidad que había aprendido escapando de algunas casas de familias adoptivas. Abrió la celda de Roland, y se sorprendió cuando lo primero que hizo el niño fue abrazarla con todas sus fuerzas. Una vez que el niño estuvo satisfecho y obtuvo toda la contención que le hacía falta, lo agarró de la mano y lo empezó a guiar a través de aquel espacio para buscar una salida. Recorrieron algunos pasillos oscuros y desiertos, hasta que encontraron una escalera. Al subirlas se encontraron con un par de hombres de "La Sombra", lo que hizo que Roland empezara a gritar del miedo. Ella empezó a hacerles frente, hasta que se dio cuenta que no tenía sentido. Allí siempre iban a ser más ellos, allí siempre les iban a ganar en número.
Pero si todos esos hombres eran reflejos de la sombra de Pan, significaba que en realidad eran una sola sombra. Con ese pensamiento en la cabeza usó su magia y asombrosamente logró lo que se había propuesto; donde antes había muchas sombras, ahora había una sola. Emma le hizo frente con su magia y pudo contenerla un poco usando algunos pequeños rayos de luz. Cuando sintió que había logrado paralizarla, agarró a Roland en sus brazos y salió corriendo de ese lugar. Corrió con Roland en brazos por las calles de alguno de los tantos barrios que había en la ciudad, sintiendo como los perseguían. Finalmente lograron subirse al tren, dejando las sobras atrás.
Necesitaba llevar a Roland a un lugar donde pudiera estar a salvo. El primer lugar que vino a su mente fue el Jolly Roger, pero al recordar todo lo que había sucedido en las últimas horas se dio cuenta que lo mejor era ir al departamento de sus padres ya que debían estar todos juntos buscando la manera de ir por ella. En el camino Roland se quedo dormido, así que ella lo cargó en sus brazos. Llegó al departamento sintiéndose totalmente agotada, y golpeó la puerta.
- Papá. – Dijo ella sonriendo cuando Encantador abrió la puerta.
- Emma. – Dijo él abrazándola, aunque lo hizo con cierto cuidado para no despertar al niño que su hija llevaba en brazos.
Blancanieves tomó al niño en sus brazos y lo acostó en el sillón. Emma se vio envuelta de abrazos, de Encantador, de Blancanieves, y de Killian. Uno por uno la abrazaron, hasta asegurarse que era real que ella estuviera allí. Todo eso más su agotamiento, la hizo abrumarse y conmocionarse.
- Nuncas más vuelvas a hacer algo así. – Reprochó Blancanives.
- Estábamos tan preocupados. – Sumó Encantador.
- Fue maravilloso lo que hiciste con tu magia. – La halagó Killian. – Pero la próxima vez asegúrate de que tú también vienes con nosotros. – Le pidió, su voz sonando totalmente desesperada.
- Lo siento, no fue mi intención preocuparlos. – Se disculpó ella, no estaba acostumbrada a que las personas se interesen tanto por su bienestar. Aunque debía admitir que ellos estuvieron haciéndole sentir eso desde que llegaron a su vida. – Yo no pensé que les iba a preocupar o importar… - Comenzó a explicar, el típico discurso que había aprendido en el sistema de adopciones a la fuerza.
- Siempre nos vamos a preocupar y nos vas a importar, te amamos. – Aseguró Encantador interrumpiéndola.
Sus piernas se tambalearon por un instante y se sintió mareada, finalmente el cansancio le estaba ganado. No tenía energías, y su magia estaba en sintonía con eso porque hizo que las luces parpadearan un par de veces. Killian la agarró de la mano y la guió hacia el sillón, probablemente percibiendo su malestar. A los segundos de sentarse, todo se volvió negro.
Despertó por la mañana, y cuando lo hizo Roland ya había explicado todo lo que había pasado a su familia. Desayunaron todos juntos, mientras Roland y Killian sacaron conclusiones de que probablemente lo que tanto la había agotado fue usar su magia. Emma lo pensó, y finalmente estuvo de acuerdo. Ella no estaba acostumbrada a usar magia, no tenía control sobre ella y no sabía exactamente como usarla; así que era probable que no supiera como distribuir sus fuerzas y energías al usarla. Por lo poco que sabía de la magia, que las personas se cansaran usándola tenía sentido.
- ¿Me vas a ayudar a encontrar a papá? – Preguntó Roland.
- Claro. – Asistió Emma. - ¿Por qué no nos cuentas cómo es así tenemos por donde empezar? – Propuso amablemente.
- Se llama Robin. – Contestó el Roland, y hizo una pausa para pensar. – El es amable, bueno, valiente y sabe contar las mejores canciones. Es alto, tiene el pelo y los ojos del mismo color que el mío, y tiene un tatuaje de un león en su brazo. – Describió a su padre.
Emma sonrió al escuchar la descripción y reconocer a ese hombre, el padre de Roland era el alma gemela de Regina.
Roland fue a vivir con ellos al Jolly Roger. Emma lo ofreció quedarse en el departamento con sus padres, pero el niño le había tomado cariño y no aceptó separarse de ella. Los días pasaban, y seguían sin encontrar rastros de Robin y eso la preocupaba.
- Estoy preocupada, nunca tardamos tanto en encontrar a otro personaje. – Dijo ella sintiéndose derrotada.
- Sé que es difícil, pero ya lo vamos a encontrar. – Aseguró Killian.
- ¿Cómo podes estar tan seguro de eso? – Preguntó ella frustrada.
- Porque nunca te he visto fallar en lo que te propones. – Respondió él con convicción y admiración.
Las palabras de él siempre lograban tranquilizarla. La confianza de él en ella hacia que su corazón latiera en aprobación. Todo lo que sentía hacia él en ese momento era amor y agradecimiento, así que atravesó el pequeño espacio que los separaba y unió sus labios en un profundo beso donde intentaba transmitirle todo eso. El beso se fue volviendo cada vez más intenso, hasta que alguien golpeando la puerta del camarote los interrumpió.
- ¿Si? – Preguntó Emma, una vez que salió del beso y recuperó su respiración.
- ¿Puedo pasar? – Preguntó Roland abriendo la puerta.
- Por supuesto. – Respondió Emma, señalando la cama en señal de que estaba bien que se una si quería hacerlo. - ¿Qué anda pasando? – Pidió saber una vez que el niño se acomodó en cama a su lado.
- No puedo dormir. – Respondió Roland.
- Mmm yo tengo el mejor truco para poder dormir. – Dijo Emma pensativamente.
- ¿Si? ¿Cuál? – Pidió saber Roland.
- Una buena historia. – Contestó Emma con una sonrisa ante la curiosidad repentina del pequeño.
Emma agarró el libro de Cuentos de Hadas y leyó cada una de las historias a Roland. Así pasaron un muy largo rato. Roland escuchó atentamente, miró los dibujos, hizo comentarios y preguntas. Emma notó la tristeza que tuvo el niño cuando fue el turno de la historia de su padre, pero a vez sintió alivio de que la historia estuviera.
- ¿Vas a ser mi mamá? – Preguntó Roland, rompiendo el silencio. Hace rato que habían terminado las historias y Emma había pensado que él ya estaba dormido.
- Roland yo no soy tu mamá, ni tampoco creo que pueda serlo. Tú ya tienes un padre y… - Comenzó a decir ella, sin saber como reaccionar sin herir los sentimientos del niño.
- ¿No me quieres? – Preguntó él interrumpiéndola, su voz quebrándose de tristeza.
- Claro que te quiero, te quiero mucho. – Aseguró ella abrazándolo.
- ¿Y entonces por qué no queres ser mi mamá? – Preguntó él sin entender.
- Porque ya tienes un padre y una familia, y ustedes tienen que volver a su mundo. – Respondió ella acariciándole suavemente la cabeza.
- Tenes razón. – Aceptó él, considerando lo que la otra decía.
– Cualquier mujer que tendría la posibilidad de ser tu madre sería muy afortunada, eres un gran chico. – Dijo ella con sinceridad, deseando con todas sus fuerzas que Regina algún día pueda cumplir ese rol. – Quizás no pueda ser tu madre, pero si puedo ser tu amiga. – Propuso.
- ¿Lo prometes? – Preguntó él, sorprendido ante eso ya que la mayoría de los adultos no consideraban a los niños como sus amigos.
- Siempre amigos, lo prometo. – Dijo ella ofreciendo su dedo meñique.
- Yo también lo prometo. – Dijo él imitándola, agarrando con su meñique el de ella para sellar la promesa.
Emma lo abrazó y tarareó una melodía hasta que Roland se quedo dormido. Toda esa situación había generado un gran dolor en ella porque se podía sentir identificada con aquel pequeño niño. Roland se sentía abandonado, y ella sabía muy bien como se sentía eso. Y a pesar de que las situaciones eran distintas, porque Roland sabía que su padre y él estaban separados por causas mayores; la esperanza de reencontrarse con él se iba perdiendo a medida que pasaban los días. Emma sintió dolor por aquel niño, y también sintió dolor por la niña que fue ella. La niña que creció sola, llorando, sin poder entender porque sus padres la habían abandonado.
Al otro día Emma decidió llevar a Roland a la feria para distraerlo y hacerlo pasar un buen rato. Killian los acompañó alegremente, pareciendo un niño más ya que no conocía ninguno de los juegos. Se subieron al carrusel, a los autos chocadores, a las tazas giratorias, a la vuelta al mundo, y jugaron algunos juegos de competencia hasta ganar un peluche de un pato amarillo. Cuando se sintieron cansados, ella compró un algodón de azúcar para cada uno y se sentaron en un banco a disfrutarlo.
- Emma, las sombras. – Dijo Roland, señalando a un par de hombres a lo lejos.
- Tenemos que irnos. – Dijo Emma levantándose del banco y tomando de la mano al pequeño. – Llévalo, yo me encargaré de las sombras. – Pidió a Killian.
- Pero… - Empezó a protestar Killian.
- No voy a poner en riesgo sus existencias. – Dijo ella.
Empezaron a correr a través de la feria, pero con la desesperación de querer escapar Emma terminó haciendo lo que quería. Los dejó irse y ella se volvió hacia las sombras para enfrentarlas. Una vez que terminó con ellas, se propuso encontrar a Roland y Killian para comprobar que estaban bien. Antes de llegar a ellos fue interceptada por unos hombres, pero esos hombres no eran de "La sombra", aunque igualmente sus intenciones eran atacarla. Empezaron a dispararle flechas, las cuales Emma detuvo a la perfección con su magia. Su corazón estaba acelerado ante la adrenalina de lo que estaba viviendo. Estaba maravillada de lo que estaba logrando, hasta que percibió un grito a lo lejos, un grito de Roland. Ante la idea de que el pequeño estuviera en peligro, su magia reaccionó haciendo que todos los que estaban alrededor de ellos se congelaran. Emma corrió hacia donde estaba Roland y apartó el dardo que estaba yendo en dirección a él, cuando hizo eso todo volvió a descongelarse. Killian se deshizo de aquella sombra y Roland se escondió detrás de un tacho de basura del susto que todo eso le estaba causando.
- ¿Quién eres? ¿Cómo hiciste todo eso? – Cuestionó el líder de los hombres que disparaban flechas.
- Soy Emma. – Se presentó ella, sonriendo al notar como Killian se ubicaba a su lado de manera protectora.
- ¿Papá? – Preguntó Roland, saliendo de su escondite.
- Roland. – Dijo el hombre quitándose la capucha al reconocer la voz de su hijo.
Roland y Robin se reencontraron con fuerte y cálido abrazo lleno de emoción, haciendo que todos se emocionaran con ellos. Ese encuentro transmitía tanto amor que Emma estaba segura que sería capaz de derretir hasta el corazón más helado. Roland contó todo lo que había pasado y vivido a su padre, quien escuchó cada palabra como si fuera la más importante del universo. Emma se emocionó al presenciar un amor tan puro como el de ellos. Roland ya no era un niño perdido, en realidad nunca lo había sido; Roland tenía un padre que lo amaba con todo su ser.
- Gracias por salvar a mi hijo. – Agradeció Robin.
- Fue un placer, él se ganó mi corazón desde un principio. – Dijo ella con sinceridad. - ¿Puedo pedirte un favor antes que te vayas? – Preguntó, dudando si era buena idea decirle o no.
- Si, claro. – Asistió él.
- Mantente abierto a la idea del amor, en algún lado tienes un alma gemela y cuando la conozcas estoy segura que van a ser muy felices. – Expresó ella, queriendo creer y deseando que él y Regina fueran almas gemelas como ella le había dicho.
- Supongo que puedo intentarlo. – Dijo él, después de pensarlo por unos largos minutos. - ¿No me vas a decir quién es? – Preguntó con cierta curiosidad.
- No. – Respondió ella.
- Bien. – Aceptó él.
Roland se despidió de ella con un gran abrazo y unos cuantos besos, y le pidió que cuando terminara su trabajo de salvadora fuera a buscarlo para que puedan seguir siendo amigos. Emma se aferró a la mano de Killian mientras Roland, Robin, y todos los Merry Men regresaban al mundo de los cuentos.
- Algún día vas a ser una gran madre. – Dijo Killian mirándola con fascinación.
- ¿En verdad crees eso? – Preguntó ella asombrada
Nunca se había planteado esa idea ya que ella nunca había tenido una madre. ¿Y cómo ella podía ser madre si nunca tuvo una madre que le enseñara a serlo? Aunque ahora si la tenía una madre…
- Si. – Respondió él con sinceridad.
Emma se refugió en sus brazos para demostrarle la alegría, alivio y agradecimiento que sentía hacia su confianza. Ella misma se había demostrado que podía cuidar de niños. Lo había hecho con Hansel y Gretel, y lo había hecho con Roland. Y ahora tenía una madre quien la podía guiar. Quizás ahora la idea de ser madre no era tan terrible, quizás junto a él en un lejano futuro no tenía nada de terrible.
