Disclaimer: Los personajes son de la reina J. K. Rowling, a mí no me pagan ni medio centavo partido por la mitad por usarlos o por hacer que Theodore Nott se desnude (lástima).
Capítulo XXV: Saharabbey road
"Se lo llevó la tormenta y el tiempo, nada se pudo salvar, sólo quedó una chispa de luz, suspira por volver a empezar." Vetusta Morla
Eran más de las doce y Ashley Zeller acaba de irse a acostar, luego de ver un video de un concierto de navidad en Nueva York que su abuelo había puesto y que Ashley había empezado a ver con curiosidad después de un rato de oírlo. Rose estaba exahusta y al día siguiente tendría que trabajar en la División. No había descanso para ella. Suspiró y apuntó con su varita a los trastos sucios para que se empezaran a lavar solos. Una esfera colocada en la mesa de la sala, muy parecida a un chivatoscopio, empezó a sonar y a vibrar.
«No ahora…», pensó Rose Zeller, pero sabía que una vez que empezaba a sonar, la alerta no se callaría hasta que hubiera leído su mensaje. Era el modo más eficiente de comunicación entre los aurores cuando no había red flú disponible. Se aproximó hasta la sala, donde su padre aún seguía sentado en el sillón y cogió con la mano izquierda la alerta para que el mensaje apareciera en su superficie. Sólo respondería ante de tacto.
«Ven inmediatamente, tenemos a Scabior. T. L.» Así que Lupin. ¿Y quién más? ¿Cómo ese inexperto auror le mandaba una alerta a las doce y pico de la madrugada del veinticinco de diciembre, en plena navidad, avisándole que tenían a Scabior, un carroñero bastante escurridizo? Algo no le sonaba bien. Se suponía que Ted estaría con Harry, que celebraría navidad con los Weasley… ¿Qué había pasado?
—Volveré más tarde —le dijo a su padre, que la miraba fijamente, preguntándole con los ojos que ocurría.
—¿Una emergencia? —le preguntó él.
—Un fugitivo arrestado —especificó ella, sin darle más detalles—. Cuida a Ashley mientras no estoy —le encargó, como siempre hacía, siempre que salía así de casa.
Se dirigió a la chimenea, que estaba conectada con el ministerio desde hacía dos años, y se dirigió al atrio. Estaba vacío, no había ni un alma. Después de todo, era navidad. ¿Quién estaría allí bajo voluntad propia, si podía estar con su familia, o sus amigos? Suspiró y se dirigió hasta la planta donde se realizaban los juicios a los criminales y estaban las celdas preventivas donde todos se alojaban hasta que su juicio fuera realizado. Donde estaba Sayuri Ihara, esperando que se realizara su audiencia, que sería el veintiséis.
Allí encontró, parados al lado de la segunda celda a Ted Lupin, a Harry Potter y a su hijo, James, que parecía no saber muy bien qué pintaba allí.
—Rose —dijo Ted, aliviado, cuando la vió llegar.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, mientras su cerebro trabajaba a toda velocidad, ahorrándose los saludos.
—Atacaron la Madriguera —soltó Harry, y Zeller pudo entender qué era lo que James, estudiante de la academia de aurores, hacía allí exactamente. Se quedó callada esperando una mejor explicación, y entoces Harry decidió seguir—: Ron atrapó a Scabior…
«Así que Ron Weasley, ex auror», pensó Zeller, «podría haber llegado más lejos, pero ese accidente antes de que naciera su primera hija…»
—¿Y? —preguntó, manteniendo la calma.
—Estás al mando, Rose —le soltó Harry—. La División es enteramente tuya…
—¿Qué? —preguntó ella. Definitivamente no se esperaba aquello—. Potter… —empezó y hasta ella notó el tono amenazador que había adoptado su voz, mezclado con sorpresa.
—Lo digo en serio —zanjó Harry, con una voz que no daba derecho a replica. Demasiada fría, como nunca se la había oído—. Si sigo aquí, acabaré haciendo una estupidez. No permitiré que la División de aurores se hunda por eso.
—No enti… —empezó Zeller, pero entonces la voz de James Potter la interrumpió:
—Asesinaron a mi madre —soltó de tajo. Mantenía la cabeza gacha, dejando que el cabello lo escondiera de las miradas de los demás. Rose se le quedó mirando un momento, sin preguntar nada más. Parecía que estaba conteniendo su furia a todas penas.
—Por favor, Rose… —pidió Harry, y la auror se fijó por primera vez en la mirada desolada que le dirigía Potter, como nunca se la había visto, ni siquiera en los casos más desesperados—. No renunciaré —dijo—, eso desmoralizaría a mucha gente, pero… no me siento capaz de estar aquí y dirigirlos sin mandarlos al fracaso… Estás al mando, Rose. Todo lo que hagas… es tu responsabilidad.
—Así que además de sin ministro, también nos vamos a quedar sin ti —le espetó.
Harry sonrió un poco en modo de disculpa.
Rose Zeller suspiró.
—Está bien —aceptó, finalmente—. Cuidaré de la División hasta que puedas volver —le dijo, y lo abrazó.
Rose Zeller, que no era dada a las muestras de afecto, pero podía ver la desolación que se escondía tras aquella mirada dura, la desesperación que se desvelaba tras sus actos, que se escondía tras sus palabras frías.
La División de aurores le pertenecía.
Se enteró casi a primera hora de la mañana, cuando se abuela fue a despertarlo pata decirle que su padre estaba en el hospital porque le habían avisado que Astoria presentaba mejoras y se le había salido lo de la exequia a Ginny Potter publicada en El Profeta. Entonces había bajado a desayunar con un vago malestar, preguntándose como estaría Albus, o como estaría Lily, con quien había pasado intercambiando cartas todo el fin de semana. Antes de mediodía decidió que no podía seguir en la duda y que aunque Ginny Potter —que siempre lo había mirado con un aire de superioridad, como si los Potter fueran mejor que los Malfoy— no le importara en lo más mínimo, se presentaría de improviso en la casa de los Potter, en pleno Londres. Aunque no fuera el mejor apoyo moral del mundo.
Definitivamente, había mucha gente allí, para una casa tan pequeña en comparación a la mansión Malfoy y todos lo miraron como si tuvieran que resignarse a su prescencia. Al menos había sido Albus quien había abierto la puerta mientras una mujer con peinado de trenzas y piel oscura, que era a todas luces la madre de Roxanne Weasley, se metía de nuevo en la cocina con una mujer pelijorra que le preguntaba si podía ayudar en algo más antes de irse.
—Tienes casa llena —comentó como saludo, sin saber qué decir o cómo comportarse con Albus, que estaba despeinado y lo miraba como ausente.
—Tía Audrey insiste en ayudar —respondió él—, aunque sea muggle… Pero creo que ha confortado un poco a Lily hace rato. Y tía Angelina ha decidido que hará la comida porque Kreacher está arriba llorando y nadie creía que apreciara tanto a mi madre… Y tampoco es que el elfo doméstico sea ya muy joven…
—¿Y tú, cómo estás? —le preguntó Scorpius, de improvisó, cortando la verborrea de Albus, que nunca hablaba tanto.
Albus se le quedó mirando un momento antes de responderle.
—¿Y tú cómo crees? —le espetó, con la voz dura.
—Ya —murmuró Scorpius, sintiéndose incómodo—. Lo siento.
Albus se encogió de hombros.
—En todo caso… Lily está peor —musitó, apretando los puños—. No sé que decirle. No sé que hacer, Scorpius. —Se quedó callado un momento, un segundo apenas—. Quizá lo dábamos todo por seguro… —musitó—, quizá creíamos que era imposible que nuestra madre no conociera a nuestros nietos, quizá no veíamos el peligro…
—Quizá el peligro no se dejó ver —lo cortó Scorpius—. Al, estas cosas no se pueden prever. —Al menos sabía de lo que hablaba. Recordaba la sensación cuando había visto a su madre en coma e intentaba imaginarse los sentimientos de Albus, que debían ser mil veces peor.
—Ya… —dijo Albus, que no se veía muy convencido—. Mi hermana está arriba —le dijo— y… ya lo he intentado muchas veces… ¿podrías…?
—Claro —le dijo Scorpius, dándole un apretón en el hombro—. ¿La misma habitación que siempre?
—Sí —respondió Albus y Scorpius subió las escaleras, buscando el cuarto que tenía con letras rojas escrito «Lily Potter. NO ENTRES». Ignoró el letrero y abrió la puerta sin ni siquiera tocar.
Se encontró a Lily Potter sentada en la cama, con el cabello despeinado y un paquete largo a medio abrir sobre las rodillas. Scorpius se acercó con cautela, pero Lily ya se había dado cuenta de que alguien había invadido su sagrada privacidad.
—Vete —espetó—. Quién quiera que seas… —se interrumpió al levantar la vista y descubrir a Scorpius mirándola.
—Soy yo, Lily —murmuró él.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó ella, demasiado directa, demasiado fría, demasiado seca. Estaba encerrándose en su muralla, allá donde nadie la alcanzaría y nada podría hacerle daño.
Scorpius se encongió de hombros.
—¿Cómo estás? —le preguntó.
—Todos me preguntan lo mismo —le dijo Lily, volviendo la mirada hacia sus pies descalzos—, y ya todos saben la respuesta. ¿Cómo se supone que estás cuando muere tu madre? ¿Cuándo le explota una bomba frente a tus ojos…? ¿Cómo se supone que estás, Scorpius? —Le cayeron lágrimas rodando por las mejillas y Scorpius se acercó a ella, sentándose a su lado—. ¿Cómo voy a estar…? —medio sollozó—, ¿cómo voy a estar? Para la mierda —murmuró—, estoy para la mierda… ¿Y sabes que es lo peor? La gente que intenta hacerte sonreir. De verdad espera que sonrías, no importa que tu madre se haya muerto, porque obvio ella querría verte feliz… Pero, Scorpius, ¿cómo se supone que me puedo sentir feliz después de todo esto?
«No lo sé», pensó Scorpius, mirándola atentamente, descubriendo como la desgracia la hacía aun más bella. Era la chica más hermosa que había conocido nunca. La más hermosa que vería en toda su vida…
La abrazó y ella se recargó en su hombro, dejando caer el largo paquete que tenía en las piernas. La dejó llorar en su hombro, sintiendo como sus lágrimas empapaban su camisa. No sabía qué decirle o cómo tratarla. No sabía qué hacer, pero al menos estaba allí, y la estaba abrazando…
—Y… es navidad… y… ni siquiera he abierto los regalos —balbució, con la voz cortada, rota—. Sólo el de ella… sólo el de ella. ¿Y sabes? —le preguntó, sin esperar ninguna respuesta—. Hace unos días le dije… le dije que tenía poca imaginación para los regalos… Incluso…, llegué a pensar que me daría algo…, algo que no me gustaría. Pero… ¿sabes qué me regaló? Es una saeta de luz. Una saeta de luz. Llevaba ahorrando desde julio para comprarla y… al final… me la compró ella. La escoba más rápida del mercado… Scorpius… No creí que fuera a regalarmela…
«Cuánto lo siento por tu madre, Lily», pensó Scorpius, sin decírselo. Ya se lo dirían todas las personas que asistieran al funeral de aquella tarde. Y muchas no serían sinceras.
El ataúd de Ginny Weasley estaba cerrado. Nadie quería ver el cadáver. Nadie quería enfrentarse a aquel cuerpo deshecho y sin una pierna que antes había sido la esposa de Harry Potter, ex buscadora de las Holyhead Harpies, redactora de la columna de deportes en El Profeta. Nadie quería ver el cuerpo, y sin embargo, todos los miembros de la familia Weasley tenían presente el grito de Ginny, la visión de su cuerpo sin una pierna… la sangre, sobretodo la sangre derrámandose sobre el pasto, sin pausa.
Arthur y Molly Weasley habían aceptado que los siguientes serían ellos. James sabía que nunca, ni en sus peores sueños, habrían imaginado que después de enterrar a Fred, enterrarían a otro hijo. Menos a ella, la única mujer en varias generaciones, Ginny. Mucho menos a ella.
Y James estaba harto. Harto de estar allí, harto del ataúd cerrado en el que estaba el cuerpo de su madre que nunca volvería a ver y de la cantidad tan monstruosa de gente que había llegado a su funeral. Algunos viejos amigos del colegio, como los Longbottom, que habían llegado con sus dos hijos. O los Scamander, que habían estado en la cena. Habían acudido también los McLaggen, a los que todos los Weasley —con la notable excepción de Fred, que mantenía una relación tira-afloja con Dahlia McLaggen—, y Harry, habían tratado de uñas. La mayoría se habían negado a contestar a las preguntas de Lavender, que estaba dispuesta a hacer de aquella muerte un doloroso espectáculo en Corazón de Bruja.
A James le pareció ver también a muchos compañeros de El Profeta de su madre y varios aurores, entre ellos la auror a la que su padre había dejado al mando, Rose Zeller, que no se quedó en el funeral más de un cuarto de hora, alegando que tenía muchas cosas que hacer.
Dean Thomas y su esposa, Parvati, le dieron las condolencias por la muerte de su madre con una mirada cargada de lástima. Parecían sinceros y era obvio que tenían buenas intenciones, pro a James le desagradaban esas miradas de lástima que le dirigían cada que se le acercaban. Frank Longbottom se había apostado a su lado, intentando mantener una conversación, pero al ver que James contestaba sólo con monosílabos —o directamente no conestaba—, había optado por quedarse allí, callado, dándole su apoyo en silencio.
James sentía como si le estuvieran exprimiendo el corazón, como si se lo estuvieran haciendo polvo. Veía a su hermano Albus, de pie delante del ataúd, sin decir nada a nadie, y a Lily, sentada en la primera fila de sillas, que recargaba la cabeza en el hombro de Scorpius Malfoy —a quien la mayoría de los asistentes miraba con extrañeza— y lloraba quedamente. Veía las lágrimas caer por el rostro de su hermana, sin que esta hiciera ningún intento por limpiarlas…
A James siempre le había parecido que Lily era una mujer fuerte, como su madre. Le había parecido que las bromas pesadas de todos sus primos mayores y de él mismo la habían curtido, y a menudo prefería la prescencia masculina a la femenina —porque decía no entender a la mayoría de las mujeres—. Y ahora la veía allí, más destrozada que cualquier otra persona, llorar por la muerte de su madre. Ginny Potter siempre había sido más cercana a su tercera hija que a cualquiera de los otros dos… Y aunque a todos los quería del mismo modo, se notaba el vínculo especial que tenía con Lily, que quería jugar Quidditch profesionalmente.
Y entonces, decidió que no podía seguir allí parado, recibiendo miradas de lástima y conmiseración.
—¿A dónde vas? —le pregunto Frank cuando lo vio correr hacia la verja principal de la Madriguera.
«No tengo ni idea», pensó y no dijo nada. «Lejos, quizás». Cuando se desaparecio, no obstante, supo inmediatamente a qué lugar llegaría. La mansión Zabini.
El elfo doméstico lo dejó pasar y Liliane lo recibió con una mirada que no delataba sorpresa, pero si le preguntaba qué hacía allí a esa hora en ese momento.
—Vaya, Potter… No esperaba verte hasta mañana —le dijo, aun sentada en uno de los sillones del salón de invierno, con un libro entre las manos. Iba vestida con otro de sus vestidos negros.
«El luto», le había explicado ella la primera vez que le había pedido ayuda y ahora parecía entenderla. La había visto en el funeral de su madre, recibiendo el pésame de todos los asistentes, y ahora entendía su desesperación callada. ¿Cuántos de los asistentes en el funeral de Ginny Potter no habían ido a ganarse el favor de su padre? ¿Cuántos de verdad sentían su muerte? ¿Cuántos iban a cumplir sólo una obligación social de la que no habían podido zafarse? ¿Cuántos iban a admirar a Harry Potter, el chico que vivió, su héroe nacional y a decirle que sentían, sin sentirlo realmente, su desgracia, y que lo entendían, sin conocer si quiera esa sensación?
—¿No has leído El Profeta —le preguntó James.
—Sí. —Liliane volteó a verlo—. Y he de decir que te hacía en otro lugar, mucho más deprimente que este.
—Ahora lo entiendo —le dijo James—. No quiero oír los pésames de gente que los dice sólo por compromiso, no quiero ver sus miradas de lástima… Me tratan como si fuera una bomba a punto de explotar…
Liliane lo miró con una ceja alzada.
—No estoy aquí para escuchar tus problemas, Potter —le espetó, aunque parecía amable—. Sin embargo, si quieres ocupar la mente en algo… Tengo una biblioteca llena de libros.
James se encogió de hombros y le tiró un pedazo de pergamino que había aferrado hasta ese momento, sin soltarlo. El pergamino estaba casi hecho pedazos, lleno de sudor, pero aún así Liliane pudo leer el mensaje. El último mensaje de venganza qe James había recibido.
—¿Y esto qué? —le preguntó Liliane.
—No lo noté antes —empezó James—, pero, ¿no te suena de algo esa caligrafía, esa tinta? Zabini, los que asesinaron a tu madre también hicieron lo mismo con la mía.
Liliane no dijo nada por un momento, viendo el pergamino, considerando qué decir o qué hacer.
—Así que tienes un verdadero motivo para ayudarme, Potter —le dijo, lentamente—, un motivo para joder a esos hijos de puta.
«Algo así», pensó James. «Pero nunca me convertiría en ti, Zabini».
Hallo!
Pues este capítulo es transitorio, y, como podrán ver, está dedicado a Ginny Potter que sí… ¡está muerta! Y créanme que no me alegra nada decirlo porque ella me gustaba mucho cuando hacía mocomurciélagos a gente idiota como Zacharias Smith.
La primera escena es de madrugada, porque Rose Zeller al parecer no descansa ni en navidad. Harry, temeroso de cometer errores, de dejarse llevar por la desesperación o el odio, la deja al mando de la División de aurores y ella al ver el estado de su jefe, acepta. ¿Qué pasará en esa oficina ahora que Rose está al mando de todos los aurores? ¿Harán algún progreso? Bueno, les dejo eso a su consideración.
Después Scorpius Malfoy hace gala de ser bien amigo y bueno, pues pasa lo que pasa. Albus no está bien, a él también le ha dolido, y aunque a Scorpius Ginny ni le va ni le viene, se siente mal por su amigo. Intenta consolar a Lily, pero lo único que hace es dejarla llorar en su hombro y Lily no lo rechaza. Sí, me he inventado la saeta de luz. Vamos, que como no hay nada más rápido que la luz en este mundo debe ser muy buen nombre para una escoba rápida. Y Ginny se la ha comprado a Lily de regalo de navidad. Lily juega al Quidditch, ¿qué posición? Los dejo adivinar.
Se pueden ver algunas caras en el funeral, y James acaba harto con todas su letras, lárgandose a la mansión Zabini. La caligrafía de las notas, como podrán notas, es la mismita. Sólo James podría haber notado el parecido, pero sólo se dio cuenta con la última… Parece que no tenía la cabeza muy bien puesta. Ahora, si la caligrafía es la misma, eso significa que… los agresores de Pansy y de Ginny son los mismos y que al parecer James y Liliane ahora de verdad unirán fuerzas. Aunque no hay que olvidar que a Liliane la consume la ira, y James parece que no quiere andar por esos derroteros, pero bueno, muy bien no debe de estar.
La cansión del capítulo es Saharabbey Road de un grupo español que me encanta. ¿Adivinan quien es? Vetusta Morla (si han leído el libro más famosa de Michael Ende… ¡es un sacrilegio que el nombre no les suene de absolutamente nada!). Es de su disco Los días raros. El principio, evidentemente, se refiere a la pérdida de Ginny… —«Se lo llevó la tormenta y el viento, nada se pudo salvar…»— ( www. youtube watch ?v= KWtITuQ5lSo Sin espacios)
Por último, no olviden…
All Hail Lelouch!
Nea Poulain
a 7 de abril de 2013
