Disclaimer: Los personajes le petenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga en la que Harry Potter no fuera ta idiota… Es más, ni siquiera sería el protagonista.
Capítulo XXXIII: Bel amour
"Si je pouvais bâtir, un soleil, un empire pour toi, sans hésiter cent milles fois, je le ferais" Emilie Simon
«No volveremos a ser los mismos», pensó Jezabel. Veía a Antonin con más frencuencia, sí, pero ahora Theodore Nott la tenía sometida a una estrecha vigilancia. No podían arriesgarse, no más de lo necesario. Así que estaban en uno de los salones de la mansión Nott, rodeada de protecciones que su padre había hecho aun más fuertes después del secuestro.
—¿Cómo has estado? —le preguntó a Antonin. Antes nunca le hacía esa pregunta, no tenían ese tipo de conversaciones. Se limitaban a besarse y a discutir sobre su visión del amor.
—Normal —respondió él—. La herida cicatriza.
—La mía también lo hace. —Jezabel enterró su barbilla en uno de los hombros de Antonin—. No dormí bien ayer. Y mi padre se niega a abusar de la poción para dormir sin soñar.
—Apesta.
—Lo sé.
Se quedaron callados otra vez. Los había unido ese cuarto, los había unido Morrigan, con sus amenazas y los había unido el terror. Pero cuando estaba a salvo… Debería alegrarse. Debería sonreír. Pero no podía.
—Mi hermana quiere vengarse de los hijos de puta, por eso vino a hablar con tu padre —le dijo Antonin en voz baja—. No sé que se propone.
—Mi hermano desearía hacerlo —empezó Jezabel—. Pero no son más que deseos. —Hizo una pausa y al final, añadió algo—: ¿Así que así será siempre? ¿Nos perseguirá su rostro y su voz en nuestras pesadillas hasta que no podamos más?
La veía cada noche al cerrar los ojos. Y después de ella veía a Antonin retorciéndose en el suelo, víctima de la cruciatus. Y abría los ojos y estaba en su cama, con una colcha color salmón muy claro y colgadas del dosel cortinas del mismo color. Y veía el espejo ornamentado de plata que le había regalado su madre a los trece años, contándole como era una reliquia que le había dado su abuela Florence Greengrass. Y veía su gran recámara, que antes había pertenecido a otro miembro de la familia Nott… Y sabía que estaba a salvo.
Y por algún motivo, no lo sentía.
—Antonin… ¿por qué a nosotros?
Antonin sonrió con una sonrisa torcida que ya había perdido la poca inocencia que le quedaba.
—¿Y yo que sé? —le respondió él—. Casualidad, destino, circunstancias… Da igual. Es una putada, pero da igual la razón.
Jezabel no sonrió. Le apretó la mano.
—Antonin —llamó su hermana Liliane, que acababa de entrar al salón—. Vámonos.
Antonin besó a Jezabel antes, como si no quisiera separarse de ella. Jezabel lo entendía. Era su novia y su compañera de pesadilla a la vez. Estaban unidos por lo peor que les podía pasar en la vida.
—Te veré después —le dijo Antonin antes de seguir a su hermana Liliane al recibidor.
—Quieren venganza. —Emmanuel acababa de entrar—. Mi padre y ella. Lo he oído cuando se estrechaban la mano.
Se sentó al lado de ella. Era pálido, como ella, y había heredado también los rasgos de Daphne Greengrass. Sin embargo, los dos compartían los mismos ojos azules claros de su padre, Theodore Nott. Emmanuel había sido el hermano mayor que siempre había estado velando por ella sin decírselo a nadie. Protector como ningún otro.
—Lo sé —le dijo—. Antonin me lo dijo.
—Ojalá pudiera ayudarlos —musitó Emmanuel.
Apretó los puños.
—Papá no dejará que te pongas en riesgo —le dijo Jezabel—. Ni siquiera por esto. —Se acercó hasta a él.
—Papá hará todo para proteger a la familia —espetó Emmanuel.
—La familia es lo más importante, ¿no? —le recordó Jezabel.
«Aunque a veces, más que familia, parecíamos cuatro extraños con increíble parecido», se permitió pensar. Su unión había llegado con el ataque a Daphne Nott a plena luz del día en el callejón Diagon. Antes Daphne siempre había estado llena de compromisos, alejada de los hijos que a los veintiséis años no había estado segura de desear, y su padre siempre metido en los negocios.
Habían tenido demasiado tiempo para crecer como se les daba la gana. Como niños ricos y vanidosos, orgullosos de su linaje sangre pura.
—¿Piensas lo mismo que yo? —le preguntó Emmanuel.
—Quizá.
Emmanuel sonrió.
—Mamá no despertará, o eso dicen —soltó a bocajarro. Después de todo, ya parecían inmunes a las malas noticias.
—Ya… —Jezabel, la más chica, había sido siempre la predilecta de ambos padres—. Emmanuel, ¿por qué nos tocó ser Nott?
—Porque sí. —Le dio la razón más estúpida del mundo y aun así era lógica para su pregunta que no tenía una respuesta correcta—. No lo cambiaría, Jezz, no lo cambiaría por nada.
«Jezz». Sólo Emmanuel la llamaba así.
—Yo tampoco.
Jezabel sonrió.
—Yo tampoco, Emmanuel.
Pero de haber podido, habría eliminado a Morrigan de su mente para siempre, para no recordar la desgracia nunca más.
—Traficas con información ahora —le dijo James Potter al tiempo que se sentaba en la mesa del comedor de su apartamento. Al fin y al cabo, ya todo Dios sabía que estaba relacionado con Liliane Zabini de alguna manera. Su extensa familia no había preguntado nada, pero había visto la interrogación de sus ojos, queriendo averiguar que estaba haciendo ella allí poco antes de año nuevo.
—Pucey me lo enseñó —le dijo Liliane—. En Slytherin, traficar con información es bastante rentable.
—¿Pucey? ¿Niklaus Pucey? —le preguntó James—. No sabía que estabas relacionada con él.
—Oh, más de lo que te imaginas —soltó Liliane—. Me enseñó más cosas además de los evidentes beneficios de traficar con información y con habladurías. —Liliane miraba el libro que tenía enfrente—. Me enseñó que hasta el chico que más alardea se vuelve idiota cuando ve a una chica desnuda.
—Hace tres semanas no creo que me dijeras eso de muy buen grado —le espetó James, intentando imaginar aquella escena, pero sacudiendo la cabeza cuando notó el rubor de sus mejillas.
Liliane sonrió enigmáticamente y no respondió.
—¿Cuántos años tenían? —preguntó James, vencido por la curiosidad, seguro de que su pregunta no se iba a oír demasiado bien.
—El morbo no tiene límites —comentó Liliane—. Quince. A finales de cuarto, años antes de que decidiera que sería divertido tirarse a la novia de tu hermano.
—¿La novia de mi hermano?
—Higgs, James, Higgs —aclaró Liliane—, la chica que falsificaba pases para que todo dios pudiera entrar a la sección prohibida de la biblioteca. Aun los hace, supongo. Y se tira a tu hermano.
—No sabía que estuvieras tan enterada de eso.
—Antonin —dijo solamente—. Sabe más de lo que parece.
«Pero al fin y al cabo sólo son chismes y habladurías», pensó James. «Es Hogwarts, es otro mundo. Y nosotros estamos metidos de lleno en el mundo real». En el colegio sus preocupaciones eran totalmente diferentes. Sólo importaba el nuevo chisme, el nuevo romance, la cercanía de los exámenes, la increíble travesura que realizaría con Frank y con Fred, la mirada de Longbottom cada que los mandandaban a su despacho, las reuniones de Slughorn, en las que Slughorn era lo menos importante… Había salido dos años atrás y ya le parecía un mundo terriblemente diferente.
Liliane le apuntaba con la varita al libro que había matado a Diggle. Probablemente le hacía un revelio. Él lo haría.
—Tenías razón, Potter —soltó Liliane, entonces—. El libro libera un hechizo parecido a un engorgio cuando alguien lo toca… Y a menos de que tengas una idea de cómo desactivarlo, o de cómo lograron que el libro hiciera eso, nos atascamos aquí.
—Mi cabeza no bulle de ideas en este momento, qué quieres que te diga, Zabini —le dijo James—. Pero no creo que eso nos ayude a encontrar a nadie. —«Y hay unas cuantas personas en este mundo a las que, definitivamente, quiero encontrar». El problema era que no sabía qué haría cuando encontrara a los asesinos de su madre. ¿Sería capaz de alzar la varita y matarlos a sangre fría? No lo sabía. Pero si se los encontraban de frente, las circunstancias lo obligarían a averiguarlo.
—Los libros no —le espetó Liliane—, pero la información que Lupin nos filtre, sí que puede ser de ayuda.
—Eso es delito.
—Si nadie se entera, no hay delito —le insinúo Liliane.
«Y por mí no se enterarán», pensó James. Tenía más cosas que perder si se le salía todo lo que había estado haciendo con Zabini. Empezando por el hecho de que Liliane le había ocultado pruebas de un delito a Zeller, falsificándolas, y él era su cómplice. Ahora con el «tráfico de información» que había armado Liliane… Sin embargo, tenía que admitir que podía ser muy útil. Y que Liliane le caía bien… bueno, un poco.
Sólo faltaba rogarle a Merlín que a Rose la encontrarán viva. Fuera quien fuera, pero que la encontrarán.
«Rosie… ¿por qué tú?»
No le gustaba que la vieran llorar. Odiaba mirarse al espejo y descubrir el mapa de sus propias lágrimas tatuado en su rostro. Era una leona orgullosa y odiaba el sonido de sus propios sollozos, que se habían vuelto últimamente tan frecuentes, estuviera donde estuviera. Y en ese momento, estaba en la mansión Malfoy. ¿Por qué se permitía enseñarle la parte más escondida de su ser a Scorpius, que ni siquiera pertenecía a la familia, y que sólo había sido un pretendiente más hasta que ella se había lanzado a besarlo? ¿Por qué a él le dejaba ver sus lágrimas, las que ni siquiera Albus o James, sus hermanos, conocían? Scorpius conocía la peor parte de ella. La que el temeroso de Hugo no veía, o el protector de Albus ni siquiera conocía. La parte que ella odiaba y aceptaba como suya a partes iguales.
La parte que la hacía llorar de rabia al recordar comos su padre había intentado apartarla, como le había gritado a Albus que la sacara de allí y su hermano lo había intentado, pero no había podido hacerlo antes de que los dos vieran el macabro espectáculo que su madre había protagonizado al quedarse sin pierna. Y lo peor fue después, en la espera. Sentados todos en los restos del aquel comedor en el jardín que contenía los restos de una cena navideña que nadie quería probar. Esperando que apareciera Teddy o su padre o James y les dijeran que su madre estaba bien.
Pero cuando aparecieron su padre tenía el rostro más triste que le había visto nunca, y Teddy evitaba mirarlos a la cara. Y James lloraba.
Y Lily Potter nunca había visto llorar a su hermano mayor desde que eran unos críos. Menos de aquella manera, como lo había hecho, con callada desesperación, antes de acercarse a ellos y abrazarlos sin decir ni una palabra. Ella había entendido de inmediato lo que había pasado. Había entendido que su madre no volvería nunca y se había negado a aceptarlo.
—Desearía regresar el tiempo, Scorpius —le dijo al chico rubio— regresarlo hasta antes de navidad y advertirles a todos. Pero no se puede. A veces sueño con eso, sueño que salvo a mi madre. Me obsesiona la idea.
—Lily —musitó él—. Ojalá pudiera regresar el tiempo para ti.
¿Por qué lo había elegido a él como confesor? Él, Scorpius Malfoy, que hasta hacía semanas sólo veía su cabello rojo con admiración. Al mejor amigo de su hermano, al adolescente mimado por su padre y su abuela, que la había recibido cuando había llegado con una mirada recelosa y un frío apretón de manos.
—¿Cómo está tu madre? —le preguntó Lily, cambiando de tema.
—Mejora —respondió Scorpius—. La darán de alta en pocos días. —Casi sonreía.
—Me alegro por ti.
«Ojalá me pudieran decir lo mismo, oh, mamá…, ojalá estuvieras aquí. Y nunca volvería a decirte lo mala que eras escogiendo los regalos de todos los que no eran tus hijos…, ni me enfadaría contigo por trabajar los fines de semana, te lo juro. E iríamos juntas a ver a las Holyhead Harpies, como siempre, y me contarías de cuando fuiste cazadora en su equipo y como tuviste que dejarlo cuando te dijeron que estabas embarazada de James… Ojalá estuvieras aquí, mamá».
Y Rose. Por favor.
Que la encontraran viva. Que la encontraran bien.
Al menos todavía tenían esa esperanza.
La miraban como a una tullida, como si se pudiera caer en cualquier momento y morir. Tenían razón. Quien sabe cuantas cosas le podían hacer a Rose para atormentarla a ella. A su Rose. La niña pelirroja bonita que había estado nueve meses en su vientre y había nacido tras veintiocho horas de trabajo de parto y que tenía los ojos azules de Ron y los rasgos de ella. La niña más bonita que había visto nunca, que había visto crecer al lado de su hermano, la niña que quería ser medimaga. ¿Por qué se la habían llevado a ella?
—Estaré bien, Susan —le espetó a la mujer de cara redonda enfrente de ella. Acompalada de Roderick Barfleur—. Procuraré estarlo.
—Quizá sería conveniente que no te presentaras en público unos días… por si pasa algo… —le dijo Roderick, intentando suavizar lo que nadie quería decir: que ella podía morir en cualquier momento.
—Hermione, estás en grave riesgo —intervino Susan, tratando de calmar los ánimos—. Los medios no cuestionarán tu desaparición por unos días, pues lo interpretarán a su modo. —Se acercó a ella—. No podemos correr riesgos con las elecciones.
«Que las elecciones se vayan a la mierda», pensó. Primero estaba Rosie. Pero no podía decirle eso a esos dos, que eran los hilos que movían a todo el Winzengamot. Sabía que se convertiría en ministra. Lo sabía, pero el día aun estaba lejos y ella estaba en peligro mortal, con su hija desaparecida. ¿Dónde estaba Rose? ¿Dónde? ¿Qué le habían hecho? ¿Cuánto la habían aterrorizado? Ella misma tenía terribles recuerdos de cuando Bellatrix la había torturado… «Pero eso no fue un día entero. Rose lleva con esos malnacidos desde sábado y casi son las cinco de la tarde del lunes».
Lunes primero de enero.
Vaya inicio de año tenía.
—Me retiraré de donde El Profeta o la radio pueda verme, entonces —cedió Hermione—, pero mi hija es más importante en este momento.
—Moveremos todas las influencias que podamos, Hermione —le dijo Roderick—. Si tu nombre viene tras ellas, serán muchas. La encontrarán, te lo aseguro.
«No me lo asegures, encuéntrala». No tenían ni una pista. ¿Cómo la iban a encontrar así?
A su niña. Su niña… ¿Por qué se la habían arrebatado de aquella manera desalmada?
Entonces sintió el dolor. Otra vez. El dolor en todo el cuerpo y de mordió los labios para no gritar y se aferro a la mesa, pero no pudo evitar que se le escapara un jadeo. Ese dolor, capaz de hacerte sentir en el infierno. La Cruciatus en todo su esplendor…
—¡Hermione! —Susan se dio cuenta y se precipitó ante ella—. ¡Hermione! —La sostuvo de un brazo y Hermione se lo agradeció con una mirada.
Como empezó, se detuvo. De repente.
«¿Qué le están haciendo, Merlín? ¿Qué le están haciendo?»
¡Hola!
Bien, tenemos un capítulo un poco pasivo, como han sido los últimos. No, no lo siento por la falta de acción, a veces es un poco necesaria.
Jezabel y Antonin se deleitan ante lo apestoso de sus vidas después del secuestro. El trauma post-secuestro es cañón y les pega muy muy muy duro. También vemos como Jezabel percibe a su familia, como quiere a su hermano, por la conversación que ellos tienen al final de la escena, dejando en claro los altos valores familiares que les han inculcado. «La familia es lo más importante».
Liliane trafica con información y tiene una conversación con James. Sí, lo de Pucey es en serio. ¿Qué creían que Higgs tenía su exclusividad? Claro, que ahora sí que la tiene… o no. ¿Conseguirá datos útiles de la boca de Ted Lupin? Ya lo veremos. En fin… teoricen, señores, teoricen.
Lily se cuestiona varias cosas junto con Scorpius, recuerda el momento en el que le dijeron que su madre estaba muerta y otras cosas. ¿Por qué Scorpius es su confidente? Ya lo sabremos.
Y lo de Hermione. ¿Vivirá? ¿Morirá? ¿Llegará a Ministra?
La canción se llama Bel amour, es francesa y es de Emilie Simon. También es parte de la película La delicatesse (La delicadeza), una película que deberpian ver porque es con mi adorada Audrey Tautou. Pero sin salirnos del tema, la canción aborda la desesperación de todos por recuperar a Rose, los sentimientos de Lily al hablarle internamente a su madre y la tristeza de Hermione. Sobre todo los primeros versos, en la cita: «Si yo pudiera construir un sol, un imperio para ti, sin vacilar, mil veces yo lo haría». ( www . youtube watch ? v= pMQpKvBfFT0 Sin espacios)
Bueno, hasta la que sigue.
Y, por último…
¡Por Narnia! ¡Y por Aslan!
Andrea Poulain
A 11 de junio de 2013
